Túnez, al fondo de una amplia bahía del Mediterráneo, sirvió por mucho tiempo, como Argel, de guarida a los piratas que iban a vender las presas que habían hecho en sus carreras marítimas. Desde su cautividad en esta ciudad, san Vicente de Paúl no se había olvidado de los pobres esclavos cristianos cuya triste suerte había compartido y se había hecho la promesa de socorrerlos por todos los medios que la divina Providencia pusiera a su disposición. Pero durante mucho tiempo, sólo pudo rezar por ellos.
Era en efecto una obra difícil, no pudiendo tolerar los turcos la presencia de un sacerdote cristiano más que en el estado de esclavitud o de tributarios de su codicia. San Vicente se convenció por el estudio que había mandado hacer de los tratados entre Francia y el Gran Señor, de que nuestros reyes estaban autorizados a mantener, en todas las ciudades marítimas dependientes de la Puerta, a algunos de sus súbditos con el título de cónsul, y los propios cónsules a recibir a un capellán para el servicio religioso de su casa. Hacía mucho tiempo ya los reyes de Francia habían usado de una parte de este derecho y, en interés tanto del comercio como de los cristianos esclavos, habían establecido consulados en las principales ciudades marítimas del levante y de la berbería. San Vicente resolvió sacar partido de esta situación.
Para situarse de alguna manera en la necesidad de llevar lo antes posible a los esclavos de Berbería los socorros que reclamaba su triste posición, quiso que en el contrato de la fundación que hizo la Sra. duquesa de Aiguillon, de una Misión permanente sobre las galeras de Marsella, pasado el 25 de julio de 1643, se mencionara el envío de los sacerdotes de la Misión a la costa de África; era como un compromiso tomado y una carga impuesta a la Compañía. Entre tanto la fundación estaba de lejos de abastecer a las dos obras, y la caridad de san Vicente de Paúl le hizo buscar los medios de comenzar la Misión de Berbería, lleno de confianza en que la divina Providencia vendría en su auxilio. Nueve o diez mil libras que el piadoso rey Luis XIII le envió por esta época le comprometieron a no diferirla ya más, y a enviar algunos Misioneros a Túnez, en la primera ocasión que se presentara. Luis XIII se murió enseguida y la ocasión no se presentó hasta dos años después.
Los poderes pedidos a Roma habían llegado para el Misionero asignado por él, y el santo escribió a Lange Martin, cónsul de Francia en Túnez para pedirle si se le haría agradable recibir en su casa, en calidad de capellán, a un Misionero, añadiendo que ni el sacerdote ni el hermano que le acompañaba serían carga para él; y a la respuesta favorable del cónsul, mandó partir a Julien Guérin, sacerdote, y al hermano coadjutor François Francillon. Los dos misioneros llegaron a Túnez el 22 de noviembre de 1645.
El hermano Fracillon debía coronar más tarde cerca de medio siglo de trabajos en el suelo de África, con el martirio. Veamos cuál había sido la preparación y cuáles fueron los trabajos del Sr. Julien Guérin en la Misión de Túnez.
I.- El Sr. Julien Guérin, nacido en la parroquia de Selles, diócesis de Bayeux, en el año 1605, fue recibido en la Congregación de la Misión, el 30 de enero de 1640. El Señor que le llamaba a una alta santidad y que quería servirse de él para la santificación de un gran número de almas, le había dado excelentes padres de quienes recibió una educación muy cristiana. Desde sus más tiernos años, se alistó en la carrera de las armas; a pesar de los peligros inherentes a esta profesión, supo siempre mantenerse en el camino de la virtud conservando la saludable práctica de algunos ejercicios de piedad a los que sus padres le habían acostumbrado. No sólo evitó siempre los duelos, las blasfemias y demás excesos tan comunes entre las gentes de guerra; sino que también sus ejemplos y sus exhortaciones fueron útiles a muchos de sus compañeros quienes, a la vista de su conducta edificante, pisotearon el respeto humano y se mantuvieron o entraron en los senderos de la virtud. El recuerdo de la bondad del Señor que le había protegido visiblemente en medio de tan numerosos peligros, penetraba su alma con los sentimientos de la más viva gratitud, y le gustaba repetir que cuando era joven, aunque fuera, decía él, el peor de todos los hombres, el buen Dios le inspiraba el deseo y le daba la gracia para oponerse al mal y a las ofensas que se cometían contra su santa Majestad.
De regreso del ejército, entró en el estado eclesiástico, aceptando el curato de Saint-Mamens, que le trasladó su hermano mayor. Éste, queriendo dedicarse por entero a su propia santificación, abrazaba el Instituto de la Congregación de la Misión. Esta resolución emocionó profundamente al Sr. Julián y le hizo concebir un ardiente deseo de seguir el ejemplo de su hermano; tres meses después, renunció él mismo a este curato, vendió sus bienes, distribuyó su importe a los pobres, según el consejo del Evangelio, y entró también él en la familia de san Vicente de Paúl, a la edad de treinta y cinco años. Se entregó con el mayor ardor a todos los ejercicios del Seminario, sin dejar ninguno, por pequeño que fuera, por encima de todo se entregó a la mortificación y a la humildad.
Por obediencia, lo dejaba todo a la menor señal de su Superior, para hacer con el mayor ardor lo que se le ordenaba. Sabiendo cuánto contribuye la pureza de intención a honrar al Señor, hasta en las acciones de menor importancia en sí mismas, estaba atento a caminar siempre en su santa presencia; esta práctica le fue también muy útil para corregirse de cierta vivacidad o prontitud demasiado grande que hubiera podido llevarle a algunas salidas de trono y hacer su celo menos útil para la salvación de las almas.
San Vicente llevaba varios años ocupado en llevar por sus limosnas algún remedio a los espantosos males que desolaban la Lorena; en 1641, unió a aquellos de sus sacerdotes, ocupados en esta provincia, al Sr. Guérin, que se sintió feliz por una ocasión tan hermosa de acudir en ayuda de los pobres más necesitados.
Dios solo conoce el celo y la ternura con los que se empleó en el bien de los desafortunados de esta provincia desolada, la benevolencia y la y la devoción de que usaba en el servicio de los miembros dolidos de Nuestro Señor. No contento con prodigar sus cuidados a los que recurrían a su caridad, buscaba a los más abandonados, los reunía en alguna pobre choza donde, después de distribuirles el pan a de palabra divina, les daba una limosna tan abundante como podía mezclando sus lágrimas con las de estos infelices. Iba luego de casa en casa a visitar a los enfermos para distribuirles caldo con las mayores señales de amor y de cordialidad. Acabada la visita, volvía a sus pobres a los que amaba como a sus propios hijos. Este ejercicio de caridad practicado en un gran número de parroquias le atrajo la admiración y el agradecimiento de toda la comarca, y san Vicente de Paúl decía a propósito «que no se podía quitar nada ni desear nada después de tales trabajos, de tal manera los había realizado».
Estas tareas tan multiplicadas y excesivas habían alterado notablemente su salud. Con el fin de cuidar a un obrero tan útil, fue llamado a Paris y enviado poco después a Richelieu, donde hizo sus votos el 14 de junio de 1642.
Cuando se repuso, san Vicente le empleó en la casa de Saintes.
Ces fatigues si multipliées et excessives avaient altéré notablement sa santé. Afin de ménager un ouvrier aussi utile, on le rappela à Paris et on l’envoya peu après à Richelieu, où il fit ses vœux le 14 juin 1642. Desde su llagada se entregó a las mismas obras de caridad que en Lorena, dándose sobre todo al cuidado de los prisioneros a los que visitaba, los alimentaba, los vestía, los instruía en las verdades de nuestra santa religión y haciéndosela amar, a fin de que después de recobrar su libertad se dedicasen de buen grado a conformarse a sus enseñanzas divinas. Muchas veces, animado por el arrepentimiento de algunos de ellos o sabiendo que su detención privaba a su familia del apoyo que era indispensable, les pagó sus deudas y les consiguió la libertad. Su tierna compasión por estos desdichados, apoyada sobre pruebas tan manifiestas de su caridad, triunfaba de las resistencias que le oponían los corazones más insensibles, como se vio en una circunstancia que vamos a decir.
Un preso condenado a muerte se obstinó en negarse a los auxilios de la religión. Le conducían ya al suplicio; por el camino se acuerda de la benevolencia de que había sido objeto por parte del Sr Guérin, no puede resistir a este pensamiento; pide le hagan venir para asistirle en sus últimos momentos. Avisan a toda prisa al primer Sacerdote de la Misión que encontraron; pero este pobre criminal, no reconociendo a su bienhechor en este Misionero, no pudo resolverse a poner en orden su conciencia, y fue indispensable llamar al Sr. Guérin. Llegado éste, encontró al criminal ya al pie de la escalera de la horca. Enseguida le abrazó, le animó a la confianza en Dios, a arrepentirse sinceramente de sus faltas; y resultó tan bien que la muerte de este desdichado edificó a todos los asistentes.
La dulzura con que sazonaba sus charlas le daba un dominio tan fuerte sobre sus oyentes que era prácticamente imposible no dejarse convencer y llevar a la práctica de la virtud. Hubo no obstante en Saintes dos personas que se resistieron por algún tiempo, engañándole con vanas promesas; pues bien, un día que se veían más apuradas para darse a Dios generosamente, , para cortar en seco su conversación, le hicieron salir bruscamente de casa de ellos. El Sr. Guérin se dejó llevar sin manifestar el menor resentimiento; pero adivinando que los procedimientos usados con él eran un índice del combate que estas personas sentían interiormente entre la gracia y la naturaleza corrompida, no dejó de visitarlos de nuevo. En efecto, algunos días después, había ido a verlos, causando su paciencia y su bondad una impresión tan grande que se determinaron a cambiar de vida y a conducirse cristianamente.
A esta dulzura nuestro santo Misionero juntaba un valor poco común, como vemos en un viaje en que se vio asaltado por ladrones que, pistola en mano, le detuvieron en seco, y la gritaron: «¿Quién vive? amenazándole con disparar a la menor resistencia. El Sr. Julien Guérin, sin moverse, tomando su crucifijo, les contestó: » Viva Éste! Viva Éste cuya imagen tengo en las manos!» Sorprendidos por esta salida y desconcertados, los ladrones le dejaron continuar su camino sin causarle ningún daño.
El celo del que era animado le daba un atractivo particular para los trabajos que tenían como fin inmediato la salvación de las almas; con el fin de ganar los corazones a Jesucristo, echaba mano con avidez de todas las ocasiones que se presentaban de darle a conocer y amar. Una señora de calidad peligrosamente enferma habiéndole llamado para asistirla en sus últimos momentos, él aprovechó de su estancia en su casa para catequizar a toda su familia. Dios acompañó sus charlas con tantas bendiciones, que esta familia apreció la felicidad de su retorno sincero a la práctica de los deberes de la religión, y le pidió con las instancias más vivas que diera una misión en sus tierras. Él se entregó de buen grado a los deseos que le manifestaban, y en la época convenida comenzó en esta parroquia, acompañado tan sólo de un hermano coadjutor, los santos ejercicios. Bueno pues, predicó con tanta eficacia desde el comienzo, que pronto no siendo suficientes los días para oír las confesiones, se vio obligado a dedicarle cinco o seis noches seguidas. Al preguntarle uno de los parroquianos cómo podía resistir a tantas fatigas y soportar un trabajo tan continuo sin tomar ningún descanso y casi sin comer, respondió: «Creéis que Dios no sostenga por otros medios a los que se privan de las comodidades corporales para atender la necesidad espiritual del prójimo?»
Su entrega tan absoluta a la salvación de las almas le había hecho comprender la importancia de la oración, no sólo para trabajar eficazmente en su propia perfección sino para sacar en sus charlas con el Señor los sentimientos que deseaba llevar al corazón de sus oyentes; por eso, al salir de estas conversaciones con el Señor, abandonándose por completo al espíritu divino que le animaba, sus palabras tenían una fuerza y una unción que le sometían todos los corazones.
Siempre preparado para realizar los trabajos que él llamaba la santa obediencia, él experimentaba no obstante un deseo más vehemente de ocuparse en la obra de las Misiones; su felicidad y su gozo se manifestaban a pesar de él por abundantes lágrimas, cuando era designado para ir a evangelizara los pobres habitantes de los campos. Se encontraba entonces impedido en su lecho por alguna indisposición, el pensamiento de que iba a ir de misiones parecía servirle de remedio soberano, y por abatidas que estuviesen sus fuerzas, se reanimaban cuando se trataba de ir para ganar almas a Dios. Como parecían sorprenderse del cambio que se operaba entonces en él, por los ánimos que manifestaba, y por el celo que desplegaba en el curso de las Misiones: «No veo nada sorprendente en todo esto, decía, ya que estos trabajos se emprenden, estas fatigas aliviadas por la salvación de las almas rescatadas por la sangre de nuestro divino Maestro; mi único pretensión es colaborar a la salvación de estas pobres almas».
Desde hacía tiempo su humildad y su tierna compasión por los pecadores más abandonados le hacían suspirar por el favor de emplearse en el alivio de los cristianos esclavos o al menos de servir a los forzados de las galeras, si le reconocían demasiado indigno para del primero de estos empleos. Como le decían un día que quizás fuera enviado a Berbería: «Oh Dios, respondió, sería posible que yo mereciera esa gracia, me siento demasiado indigno, tales favores no son para un pecador tan miserable como yo». Esta persuasión de su inutilidad fue sin duda el motivo mismo por el que el Señor le otorgó ver el cumplimiento de sus deseos. San Vicente teniendo presente en el espíritu el testimonio que le había dado Mons. obispo de Saintes sobre el piadoso Misionero, «que no conocía a nadie más lleno del espíritu apostólico como el Sr. Guérin», y al continuar recibiendo a su cuenta informes tan favorables, creyó que el momento fijado por la divina Providencia de realizar su pensamiento había llegado por fin, y resolvió enviarle a Túnez.
Esta noticia llenó el corazón del apóstol novel con tal alegría que parecía ir más bien a un triunfo que a un inminente peligro de muerte. Cuando poco antes de su partida que estaba expuesto a ser colgado, a ser empalado, o a ser colocado en la boca del cañón, «Eso es poca cosa, respondió, lo que me consuela es que espero sufrir mucho más». Lo pasó peor…lo pasó mejor: una muerte más oscura, es verdad, pero a pesar de todo verdadero martirio, al servicio de la caridad.
II.- Al llegar a Túnez, el misionero encontró esta pobre iglesia en el más triste estado en lo temporal y en lo espiritual, aunque hubiera sido erigida en prefectura apostólica anteriormente.
Desde su llegada, el Sr. Guérin se dedicó sin reserva al bien espiritual de los esclavos; por la dulzura de sus palabras, la afabilidad de sus maneras, el tierno interés que manifestaban sus charlas, las limosnas que les distribuía con prudencia y con acierto, se ganó pronto todos los corazones y calmó su desesperación. Después de prepararlos y hablarles de Dios los llevó a disponerse a la recepción de los sacramentos y a gustar las prácticas religiosas.
Al principio todo se hizo en secreto. Mas pronto pudo dar a la religión su aparato externo, con sus cantos y con sus ceremonias. Las mazmorras se transformaron en otros tantos pequeños templos donde los esclavos podían libre y públicamente oír la santa misa y participar en los divinos misterios. Nuestro Señor residía allí noche y día en su tabernáculo; en medio de los pobres y de los afligidos, objetos eternos de sus predilecciones, y una lámpara ardía siempre delante de él, símbolo de la fe de los esclavos y de su amorosa Providencia. Cuando se lo llevaban a los enfermos, le acompañaban con la antorcha o el cirio en la mano. En la Fiesta del Corpus, era llevado en procesión seguido de una multitud cuyos lazo y harapos le hacían para una mirada cristiana, un espléndido triunfo, y durante toda la octava quedaba expuesto a la veneración pública. El domingo y las fiestas, el oficio divino se celebraba en las obres capillas de las mazmorras con menos riqueza, pero con tanta solemnidad como en las iglesias de París. se hacían con frecuencia fundaciones piadosas a las que contribuía el denario del esclavo y se establecían cofradías en honor de la santísima Virgen o bien para el alivio espiritual de los moribundos y de los muertos. En una palabra, era en una tierra infiel el cumplimiento de la palabra del profeta: «Dijo el Señor a mi Señor: Reinad, triunfad en medio de nuestros enemigos». Cada año, la fiesta de san Luis, patrón de la capilla consular y protector de esta tierra de Túnez que ha santificado con su muerte, se celebraba con gran pompa. En todas las asambleas religiosas el rey y Francia tenían su recuerdo. Os encantaría, escribía el Sr. Guérin a san Vicente, oír todos los días de fiesta y los domingos cantar en nuestras iglesias y en nuestras capillas el Exaudiat y demás oraciones por el Rey de Francia, por quien los extranjeros mismos muestran respeto y afecto. Y no lo estaríais menos viendo con qué afecto estos pobres cautivos ofrecen sus oraciones por todos sus bienhechores, a quienes reconocen que están en su mayoría en Francia o vienen de Francia. No es ciertamente un pequeño motivo de consuelo ver aquí a casi toda clase de naciones, en los grilletes y en las cadenas, pedir a Dios por los Franceses».
Su condescendencia, su dulzura, su tierna compasión, su celo infatigable que las miserias más repugnantes no eran capaces de cansar, le hacían tener como a un ángel bajado del cielo. Por su paciencia y su valerosa perseverancia consiguió hacer desaparecer al menos en gran parte abusos deplorables que se consideraban como incurables, a pesar de los obstáculos que le suscitaron algunos eclesiásticos esclavos cuyas costumbres estaban lejos de responder a la santidad de su estado. Por su longanimidad, su paciencia y sus prudentes consejos, se ganó el afecto de estos sacerdotes, los encaminó al deber y logró de algunos de ellos auxiliares útiles ante sus compañeros de infortunio.
La piedad de los cautivos se redoblaba, y también el trabajo del Misionero, en ciertas circunstancias, como las cuarenta horas y sobre todo el Jubileo. Entonces, eran los regresos a Dios admirables tras largos años de abandono de las prácticas religiosas; eran incluso abjuraciones de la apostasía hechas con heroísmo y peligro de la vida; Entonces también eran noches enteras pasadas oyendo las confesiones, porque los amos no permitían a los esclavos perder en el curso del día un instante de trabajo.
El Misionero era sostenido por la vista de los frutos maravillosos que la gracia operaba por su ministerio. Esta cristiandad de cautivos parecía querer reproducir el heroísmo de los primeros tiempos del cristianismo, y san Cipriano habría podido aplaudir también a estos confesores de la fe, a estos mártires. El primero que, durante este periodo, la fecundó con su sangre fue un joven Portugués de veintidós años; ésta es su historia.
III.- Antolin de la Paix era poco favorecido en bienes de fortuna, pero rico en la fe. Habiéndose embarcado en una pequeña embarcación comerciante, cayó en manos de un corsario de Túnez. Frisaba por entonces los diecinueve años. Fue llevado a esta ciudad, y vendido a un turco. La divina Providencia le permitió de esta manera para dar en su persona un ejemplo de la fe más firme, de la paciencia más rara y de una castidad heroica. Antonin fue en la casa de su amo como otro José en la de Putifar, y tuvo que luchar contra los mismos enemigos.
Los primeros meses de su cautividad fueron bastante pacíficos, atento a sus deberes, obediente a sus amos, lleno de atención y de obsequios en todo lo que le podía serles útil, supo suavizar poco a poco la ferocidad de su patrón. Éste, impresionado por la fidelidad de su esclavo, le dio muestras de confianza. Antonin se vio también objeto de las atenciones de su ama; desconfió de ello y mantuvo las distancias dentro de una modestia sostenida. Recurrió sobre todo al Señor para no dejar que su corazón cayera en los lazos que le tendían. Humillada por los rechazos que experimentaba, esta mala mujer resolvió vengarse con las persecuciones que le suscitaba cada vez que se encontraban; sus quejas incesantes amargaron pronto a su marido contra Antonin a quien le atrajeron muchas reprimendas y a veces castigos; pero el santo joven lo soportaba todo con la mayor resignación y ponía siempre su confianza en Dios. Esta mujer perversa, desesperando de vencer su resistencia, resolvió perderle. Así que un día, hallándose sola con él, lanzó unos gritos agudos; las gentes de servicio acudieron, y la encontraron en la mayor desolación tirándose del pelo, arañándose la cara y acusando al joven esclavo de querer violentarla.
El marido, demasiado crédulo en las imputaciones calumniosas de su mujer, y transportado de furor, fue a hundirle el puñal en el corazón de pretendido culpable, cuando acordándose de los servicios que Antonin le había prestado, la conducta irreprochable que había visto siempre en él, se contuvo, queriendo someter a un examen equitativo las acusaciones de las que era objeto. Las respuestas de los criados no pudieron aclararle nada; solo, el relato de su mujer era abrumador para Antonin. No dudando ya de su infidelidad, le cargó de cadenas y fue a denunciar al Bey el horrible atentado cometido en su casa por su esclavo cristiano, pidiendo pronta y severa justicia. El Bey se la prometió, y envió a unos ujieres para apresar al culpable que fue encerrado en una prisión.
El Señor, que velaba por la salud de un alma tan inocente y tan pura, le suscitó a uno de sus ángeles en la persona del Sr. Guérin, residente en Túnez hacía casi un año, y que procuró al piadoso cautivo consuelo y los socorros que necesitaba. El Misionero, advertido de lo que acababa de suceder, se presentó en la puerta de la prisión. La actitud desvergonzada de los primeros guardias que prohibían la entrada, le anunció la dificultad de pasar más adelante; no obstante, apenas hubo hablado cuando le dejaron pasar. Llegado a la segunda puerta, el carcelero no puso dificultades en abrírsela, y entró al foso oscuro y profundo donde se encontraba Antonin. Éste, oyendo que le llamaban, creyó llegada su última hora,; y pensaba que venían a arrancarle del calabozo para llevarle al suplicio. Pero tranquilizado por una voz dulce y compasiva, todavía lo fue más cuando reconoció al Sr. Guérin; entonces el contento sucedió al temor y no podía agradecer lo suficiente al Misionero que había tenido la caridad de venir a él. El Sr Guérin , al ver a este mártir de la fe y de la virginidad, con los pies estrechamente atados por las trabas de madera, maniatado, encadenado por el cuello y la cintura, no pudo por menos que derramar lágrimas; acercándose a él con respeto, besando devotamente sus cadenas, «Ánimo, hijo, le dice, dichosa la madre que os dio a luz y que os ha enseñado cómo combatir a los enemigos de nuestra salvación. Más dichoso vos mismo por haber sido hallado digno de sufrir por el nombre de Jesucristo y su santa ley. Él es vuestro Redentor, él os ha libertado, su sangre adorable ha sido el precio de vuestro rescate. Que vuestra generosidad persevere hasta el fin».
Antolin, fortalecido con las palabras del ministro del Señor confesó solemnemente su deseo de seguir fiel a Dios. Hizo luego su confesión con los sentimientos de la más viva piedad y de la confianza más entera en las misericordias del Señor. Después de la confesión tuvo la suerte de alimentarse con el pan de los fuertes que no se esperaba recibir. Este nuevo favor de la bondad divina le llenó de consuelo y de un profundo agradecimiento. Después de algunas palabras más, el Sr. Guérin, a instancias del carcelero, tuvo que dejar al santo confesor de la fe, prometiéndole volver al día siguiente. Llegado el cuarto día, el mezouard (verdugo), seguido de sus criados, fue a la prisión; el Sr. Guérin estaba allí ya y el generoso mártir pudo confesarse otra vez. Disponiendo el Señor el corazón de estos bárbaros, permitieron al Misionero acompañar a Antonin hasta el lugar del suplicio, gracia que no había sido concedida hasta entonces. Aunque el Sr. Guérin no habla del género de muerte que hubo de sufrir este santo joven, es de presumir que fue el fuego el empalamiento que eran los suplicios ordinarios de los cristianos esclavos.
Antonin, llegado al lugar de la ejecución vio los instrumentos de suplicio sin espanto. Tan firme y tan constante en los crueles tormentos que le hicieron pasar como lo había sido en los diferentes bastonazos que había recibido ya. No profirió ninguna queja ni demostró ningún movimiento de impaciencia. «Soy cristiano, decía él, la Iglesia romana es mi madre, y yo moriré en su seno a pesar de los esfuerzos de mis enemigos y del infierno mismo». Las últimas palabras que pronunció fueron éstas: «Oh Dios mío, soy cristiano; y muero inocente!»
Hicieron tal impresión en el amo de este heroico joven que sintió con amargura haber procurado su muerte; convencido de la inocencia de su esclavo y persuadido de la infidelidad de su esposa, él no pensó ya más que en vengarse. De regreso a casa, la mandó estrangular. Después de esta especie de reparación hecha a la inocencia, se permitió a los esclavos llevarse su cuerpo. Encerrado con devoción en una caja de madera, se le puso una rosa recién recogida en la boca, y fue transportado como en triunfo a la pequeña capilla del cónsul de Francia. Las exequias que le hicieron el P. Guérin y los esclavos fueron verdaderamente magníficas. Inhumado fuera de la ciudad en un rincón de tierra sin cultivar y bendita, Antonin allí descansa, en la paz del Señor, hasta que quiera en su bondad manifestar su gloria. Todos los esclavos le reverenciaban ya como a un santo; el Sr. Guerin tenía hacia él los mismos sentimientos. Testigo de sus combates y de sus victorias, lleno de confianza en sus méritos, imploraba su auxilio en todas las penas y las dificultades, inseparables de las funciones del santo ministerio y tan multiplicadas en esta tierra de maldición. «Yo le he querido en la tierra, él me ha querido a mí escribía a san Vicente (agosto de 1646), ¿podría dejar de quererme en el cielo?»
IV.- Algún tiempo después, se trataba de un joven francés que era empalado en Túnez por no haber querido, él tampoco, prestarse a una infame pasión. En su cruel y vergonzoso suplicio, los papeles se invirtieron. «Mientras que él se mantenía intrépido, entre sus verdugos, algunos de éstos emprendieron la fuga; y los demás no le ejecutaron, escribía el Sr. Guérin, sino temblando como la hoja».
Se comprende después de esto a qué peligros, a qué atropellos debía estar expuesta la virtud de las mujeres, sobre todo que unían la belleza a la juventud. Por esto el Sr. Guérin, con la ayuda de los mercaderes cristianos, no retrocedía ante ningún sacrificio arrancarlas de las manos de sus infames patronos, sobre todo si eran renegados. Cuando no había podido recoger la suma suficiente, él lograba a veces un término para su compra y, entre tanto, las ponía en lugar seguro, al abrigo de toda persecución culpable. Pero, de vez en cuando, era forzado el asilo era forzado, y eran sometidas a las más crueles violencias para hacerles abjurar de la fe y de la virtud. Una de ellas recibió un día más de quinientos bastonazos y su cuerpo magullado fue pisoteado por los bárbaros, que le reventaron hasta los pechos y acabaron su glorioso martirio. El Sr. Guérin, al enterarse de estas tristes noticias, redoblaba los esfuerzos para recoger el rescate de estas desdichadas; y cuando lo había conseguido, se apresuraba a concluir con los amos, hacer escribir las cartas de franquicia, y llevarse a las a las víctimas rescatadas, ya que con frecuencia había entre estos monstruos innobles arrepentimientos, y había que estar en guardia contra el retorno de su pasión feroz.
El Sr. Guérin no ponía menos empeño en rescatar a los jóvenes, expuestos a renegar de la fe o a servir a infames caprichos. Una vez salvó a un niño de Marsella, de trece años tan sólo, que había recibido mil bastonazos porque no quería renunciar a Jesucristo. Tras lo cual, le habían desgarrado un brazo, y le habían condenado a cuatrocientos nuevos bastonazos; se trataba, en su situación, de la muerte o de la apostasía. Ante esta noticia, va rápidamente a ver a su patrón, se arroja, con las manos juntas y en tres o cuatro ocasiones, a sus pies, y acaba por arrancarle al niño por el precio de doscientas piastras.
Con estos esfuerzos, con estos sacrificios, el Sr. Guérin no sólo conservaba a los católicos en la fidelidad y la virtud, sino que devolvía también a la verdadera fe a un gran número de protestantes. En una carta a san Vicente del mes de junio de 1646, cuenta la conversión de un joven inglés de once años, apresado por los cosarios en las costas de su patria, vendido luego en Túnez. En una edad tan tierna, había reconocido pronto, a la luz de la desgracia y de la gracia, la verdad y abjurado del error. Es uno de los más hermosos muchachos que se vean, escribía el Misionero, y uno de los más fervorosos cristianos que se puedan desear. Su fervor cobra nuevo vigor bajo el bastón y en las torturas que le infligía su amo para hacerle abjurar de su fe. «Golpea, le decía entonces, golpea, , córtame el cuello, si quieres; pero sabe que soy y moriré cristiano católico. Estad tranquilo, Padre mío, añadía volviéndose hacia el Sr. Guérin, estoy resuelto a sufrirlo todo, incluso la muerte antes que renunciar a mi divino Salvador». Transportado entonces de admiración, el Sr. Guérin sólo tenía un dolor, no poseer las doscientas piastras exigidas como rescate. «Sería cual otro Beda para su patria, escribía, tanta inteligencia y virtud posee.»
La tierna solicitud del Sr. Guérin no se limitaba a los esclavos de la ciudad; su corazón los seguía a todas partes donde sus amos bárbaros los conducían en el mar como en las carreras. Se puede saber por lo que enviaba a san Vicente:
«Esperamos una gran cantidad de enfermos al regreso de las galeras. Si esta pobre gente sufre mucho en las carreras del mar, los que se quedan aquí no sufren menos. Se les hace trabajar todos los días serrando el mármol, expuestos a los ardores del sol, que son tales que sólo se pueden comparar va un horno ardiendo. Es algo sorprendente que el trabajo y el calor excesivo que soportan no sería capaz de hacer morir a caballos, y sin embargo estos pobres cristianos no dejan por eso de subsistir, no perdiendo más que la piel que dan como presa a estos calores devoradores. Se los ve sacar la lengua igual que perros, a causa del calor insoportable en el que deben respirar. Ayer, un pobre esclavo de edad, hallándose abrumado por el mal y sin poder seguir más, pidió permiso para retirarse, pero no tuvo otra respuesta que aunque debiera reventar sobre la piedra, debía seguir trabajando. Os dejo pensando cuánto me impresionan estas crueldades y qué aflicción me producen. Sin embargo estos pobres esclavos sufren sus males con una paciencia increíble; bendicen a Dios entre todas las crueldades que se ejercen sobre ellos, y puedo deciros de verdad que nuestros franceses lo soportan con bondad y con virtud sobre los demás países. Ahora tenemos dos enfermos muy graves y que, según todas las apariencias, no pueden recuperarse, a los que hemos administrado todos los sacramentos; y, la semana pasada, murieron otros dos como perfectos cristianos, y de quienes se puede decir que su muerte ha sido preciosa a los ojos del Señor. La compasión que he sentido por estos pobres afligidos que trabajan serrando el mármol me fuerza a a distribuirles una parte de los refrescos que he destinado sólo para los enfermos».
V.- Los mahometanos mismos, llenos de admiración a la vista de una entrega tan constante en el Sr. Guérin, acababan por enternecerse y concebían la más alta estima por la religión que la inspiraba; muchos incluso quisieron abrazar nuestra santa fe, y el Sr. Guérin no se ocupó de esto sino con una prudencia consumada para no comprometer en un instante una obra que no sólo prometía los más hermosos frutos de salvación sino que ya tenía los éxitos más consoladores. Entre los sectarios de Mahoma que se presentaron a él para instruirse, se halló a un hijo de Agy-Mohamet, bey de Túnez, llamado Chéruby. Era la noche que este príncipe iba a ver al Misionero para instruirse en las verdades santas, y pronto fue digno de recibir el bautismo. Se escapó entonces en secreto con tres esclavos, dirigiéndose hacia Palermo, que dependía de España, y de allí se fue a Madrid. Chéruby escogió este país antes que Francia por estar más cerca de Túnez; y quería alejar la sospecha de que era por la persuasión del Misionero francés porque había emprendido la huida, y no exponerle, con los cristianos a quienes atendía, a la ira de su padre y al furor del fanatismo musulmán.
Agy-Mohamet, al enterarse de la escapada de su hijo, entró en una cólera extrema, que fue compartida por todos los que le rodeaban, y mandó dar muerte a una esclava cristiana que le habían dicho que se había casado con Chéruby. La prudencia aconsejó al Señor Guérin no aparecer en público e interrumpir momentáneamente el ejercicio de la caridad con respecto a los esclavos; nos enteramos en efecto, por una carta de san Vicente del 25 de julio de 1646, que acababa de escapar de un gran peligro, que se había visto obligado a permanecer oculto durante un mes, esperando hora tras hora que vinieran a prenderle para mandar quemarle, a lo que estaba resuelto. Era el martirio tan deseado y que se le escapó. Al cabo de este tiempo, fue llamado por el bey, como sospechoso de haber ayudado a la evasión de su hijo; pero el Misionero respondió a todas las preguntas con tanta franqueza y prudencia a la vez que el bey quedó satisfecho; le dio incluso una amplia autorización de visitar en todos los lugares a todos los esclavos cristianos.
El Sr. Guérin, habiendo adelantado más que nunca en la confianza de Agy-Mohamet, se aprovechó para pedir la autorización de mandar venir a otro sacerdote en su ayuda, puesto que ya él no podía llegar a la tarea que crecía de día en día. «Dos y tres, si quieres, le respondió el Bárbaro, yo los protegeré como tú en todas las ocasiones y nunca te negaré nada; pues sé que no haces mal a nadie, y que al contrario haces bien a todo el mundo». Y considerando a la vez los intereses de su patria y los de la fe, el Sr. Guérin obtuvo incluso de parte del joven Luis XIV una carta, «que tengo aquí, escribía san Vicente de Paúl, y no encontramos a nadie que sepa interpretarla». En esta carta, el bey, entre otras cosas, agradecía al rey de Francia que le hubiera enviado en el Sr. Guérin a un hombre tan probo y tan digno de su confianza. El Misionero no tardó en informar a san Vicente de la acogida favorable que su petición había obtenido y éste se apresuró en entregarse a sus deseos enviándole al Sr. Le Vacher a quien más tarde debían los musulmanes hacer morir en Argel, en la boca del cañón.
VI.- A pesar de tantos trabajos, Túnez y los alrededores no eran un teatro bastante vasto para el celo del Sr. Guérin. De vez en cuando hacía excursiones bien a las costas, bien adentrándose en las tierras, para consolar a los esclavos más abandonados. Una vez llegó hasta Bicetra, la antigua Útica, donde acababa de enterarse que dos que habían llegado dos galeras de Argel. Era el día de Pascua; partió al momento. El viaje fue duro; ya que habiéndose negado a llevar escolta de jenízaros, fue asaltado por árabes que le molieron a palos. Uno de ellos habiéndole agarrado por la garganta, tanto le apretó que creyó que le iba a estrangular. «Pero como yo no soy más que un miserable pecador, escribía, en su deseo siempre engañado del martirio, Nuestro Señor no me juzgó digno de morir por su servicio».
Llegado a Bicerta, se encontró con más de cuatrocientos esclavos cristianos en el estado más lamentable. El Misionero, al verlo, se sintió penetrado de una compasión paternal hacia ellos, los abrazó tiernamente, y al besar sus cadenas se sentía feliz por servirles el alimento que les había mandado preparar. Estos pobres desdichados, objeto de tanta ternura, de cordialidad y de atenciones por parte de un hombre a quien no conocían, no podían contener las lágrimas, y se encontraron dispuestos a hacer todo lo que deseaba el buen Misionero. Después de socorrer las necesidades corporales más urgentes, el Sr. Guérin se ocupó de su salvación, y con el consentimiento de su amo, ayudado de un sacerdote que había traído, les dio una pequeña Misión de diez días. Les procuró la dulce satisfacción de llegar a tierra, sin cadenas, a oír todos los días la santa misa en la casa de un particular transformada en capilla; con excepción de algunos griegos cismáticos, ellos solicitaron hacer una confesión general y participar en la sagrada mesa de la que un buen número se habían visto privados ocho, diez y hasta veinte años. Un espectáculo como éste edificaba hasta a los turcos que en su enternecimiento y su admiración corrían a besar las manos del Misionero siempre que le veían pasar. Estos santos ejercicios se terminaron con unos ágapes cristianos en los cuales el Sr. Guérin reunió a todos los pobres esclavos antes de darles el beso de paz y despedirse. Después de la partida de las galeras, el misionero pidió la cuenta a su huésped que le había dado la hospitalidad, pero éste no quería cobrar nada, diciendo: «Sacerdote, vete en paz, la caridad que tú ejerces con los demás merece bien que se ejerza contigo». Palabras conmovedoras en la boca de un bárbaro infiel y capaz de avergonzar a más de un discípulo de Aquél que no es más que amor y caridad.
En este momento referiremos aquí lo que leemos en otra carta del Sr. Guérin dirigida a su venerado Padre san Vicente de Paúl:
«No puedo por menos de haceros saber lo que me dijo lo que me dijo un turco, no hace mucho tiempo, sobre la confusión de los malos cristianos. Yo me esforzaba en reconciliar a dos que se deseaban mal uno a otro, y al ver que yo sufría para ponerlos de acuerdo, me dijo delante de ellos, en su lengua: «Padre mío, entre nosotros los turcos no nos está permitido permanecer más de tres días mal con nuestro prójimo, aunque hubiera matado a uno de nuestros parientes». Y en efecto, he visto más de una vez esta práctica entre ellos; y los he visto abrazarse al instante de haberse peleado. No sé si el interior respondía al exterior; pero no hay duda de que estos infieles no condenan para el día del juicio a estos malos cristianos que, no contentos con guardar el odio en sus corazones, lo sacan al exterior con escándalo, y se glorían incluso de la venganza que se han tomado, y que se quieren tomar de sus enemigos, razón para que pensemos así, y cuánta gente que nosotros tratamos de bárbaros, consideran el odio como una pasión vergonzosa.
Una entrega tan generosa por parte del Sr. Guérin y de sus cohermanos, que san Vicente acababa de enviar a Argel, eran conocidas en otras muchas ciudades de los Estados berberiscos, y de todas partes se pedía al santo fundador de la Misión apóstoles de la caridad cristiana. A pesar de su vivo deseo de asistir a estos antiguos compañeros de infortunio, la escasez de los obreros y de las necesidades urgentes que de ellos padecía Francia, no le permitieron prestar un oído favorable a las peticiones que se le dirigían; no obstante no pudo resistir a las instancias que le fueron hechas para Salé y, si esta Misión no tuvo lugar, ello se debió a un conjunto de circunstancias ajenas a su voluntad, como leemos en una carta del 25 de julio de 1646 al Sr. Portail. «Nos piden en Salé de Berbería donde existe libertad de predicar a Jesucristo. ¿Quién podría ser apto para ir? Era el cónsul de Francia quien se había dirigido a san Vicente; dio lugar a una petición tan cristiana y designó a uno de sus sacerdotes que recibió la orden de comunicarse con el cónsul en Marsella, y estar a punto para embarcarse para Salé. Pero un religioso de otra Comunidad se le adelantó. San Vicente que temía toda falta de inteligencia, escribió al cónsul el 5 de octubre, en estos términos: «Os agradecemos el honor que habéis hecho a nuestra pequeña Congregación por querer fijaros en ella para emplearla en el servicio de Dios y en la asistencia a los esclavos de Berbería; pero tenemos por máxima ceder a los demás las buenas obras que se presentan para hacer. Estoy persuadido de que ellos lo desempañarán mucho mejor de lo que los nuestros podrían hacerlo. Si por desgracia estos obreros cuyos empleos estarían tan cerca llegaran a tener algún altercado, no dejarían de producir escándalo entre los cristianos y los infieles». La partida del Misionero quedó por lo tanto suspendida y el proyecto de Misión en Salé debió abandonarse.
El Sr. Guérin, animado por el espíritu de san Vicente que le había enseñado a no ver más que al Hijo de Dios mismo en estos pobres esclavos, no poniendo límites a su celo, no descuidaba sin embargo, según las recomendaciones que se le habían hecho en su despedida de París, la asiduidad a los ejercicios de piedad en uso en la Compañía. Su experiencia por lo demás le convencía de que sólo recurriendo con frecuencia al Señor, con oraciones fervientes y por una unión habitual de su corazón con el de su divino Maestro, podía ser en sus manos un instrumento útil para la salvación de las almas. Cuando circunstancias que se presentaban con frecuencia le ponían en la necesidad de apartarse del reglamento que se había trazado, el primer momento libre era empleado en el ejercicio de piedad que se había visto obligado a diferir. La devoción de la que se había visto siempre animado es señal suficiente de su asiduidad en el santo ejercicio de la oración que san Vicente consideraba como un arma indispensable al Misionero, para salir siempre victorioso de las luchas interiores y exteriores que debe sostener contra sus enemigos, y para mantenerse en el espíritu de fe que debe dirigirle en todos sus actos. Encontraba en la lectura espiritual y en la recitación un descanso a todas sus fatigas; en la celebración cotidiana de la santa misa, su alma recobraba un vigor nuevo para sostener los combates del Señor por la participación del pan de los fuertes; creyéndose deudor a los esclavos, sus queridos amos, a su tiempo y a su celo, estaba persuadido de que se debía más aún al hermano Francillon, asociado a sus trabajos; además el mejor medio de hacerle cooperador útil era que entraran en su corazón los sentimientos de amor a Dios y al prójimo que animaban su propio corazón. La conducta constantemente llena de entrega y de piedad de este buen hermano dice lo suficiente de los cuidados que debió tener de él el Sr, Guérin.
VII.- Era imposible que el sr. Guérin no sucumbiera a tantos trabajos, si no le ayudaban con prontitud; por eso aceleraba la llegada del cohermano que le habían prometido. Fue el 22 de noviembre de 1647 cuando el Sr. Jean Le Vacher abordó en Túnez. A pesar de su escasa salud, iba a ser de una gran ayuda y llegaba muy a tiempo; la peste causaba entonces estragos entre los cristianos y los turcos. Los dos Misioneros rivalizaron en celo y dedicación entre los desdichados atacados de la plaga, hasta que el mes de mayo del año siguiente (1648) el Sr. Le Vacher fue contagiado y reducido a tal extremo que le creyó muerto. El Sr. Guérin tuvo entonces que ocuparse de su sepultura y se retiró, no dejando a su lado más que al hermano Francillon. Al cabo de dos horas, el hermano, cuyos ojos no se apartaban de este querido misionero, advirtió un ligero movimiento. En un transporte de gozo contenido todavía por el temor, pidió auxilio el Misionero vivía; llegan, y conocida la verdad, tofos dan gracias a Dios.
El Sr. Guérin al comunicar la enfermedad del Sr. Le Vacher a san Vicente, le expresaba al mismo tiempo los llantos, los gemidos de los pobres esclavos, de los comerciantes y del cónsul. «Los turcos mismos, decía, vienen a visitarnos y los grandes de la ciudad me han ofrecido sus servicios. En fin, Señor, veo bien claro que es bueno servir a Dios, ya que en la tribulación, él suscita a sus mismos enemigos para ayudar a sus pobres servidores. Estamos afligidos por la guerra, por la peste y por el hambre, y con todo ello no nos quejamos; nuestro ánimo es muy bueno, a Dios gracias; no tememos ya a la peste como si no existiera. La alegría que sentimos, el hermano François Francillon y yo, por el restablecimiento del Sr. Le Vacher, nos ha vuelto ardientes como los leones de nuestras montañas».
Esta fuerza no se desplegó por largo tiempo; algunos días después, el buen hermano mismo es alcanzado por la peste. Por otro lado, el Sr. Guérin quien, desde el mes de octubre del año precedente, se veía cada vez más débil y obligado a multiplicarse en el servicio de los apestados, no teniendo, en la época en que la guerra interrumpía el comercio, en que el hambre se añadía a la peste, más que malos y pobres alimentos para sostener sus fuerzas, cae enfermo a su vez y los tres Misioneros se vieron simultáneamente en el lecho. Viendo esto, el hermano Francillon se levanta. En vano tratan de retenerle: «Que Dios haga de mí lo que quiera, responde, pero en el estado en que se hallan mis dos Padres, yo haré por ellos lo que haría por un hijo. Y en efecto, olvidándose de su mal, va de uno al otro, sin abandonar su cabecera sino para ir a la ciudad en busca de alimentos y medicinas. Dios bendice su caridad; al cabo de algunos días se le quita la peste y el Sr. Le Vacher entra en convalecencia; pero el Sr. Guérin sentía que las fuerzas le abandonaban cada vez más. Los progresos de su mal no le asustaron; suscribió con alegría y sumisión perfecta a la voluntad de Dios, mirando a la muerte como el término de sus trabajos y la coronación gloriosa que un obrero fiel debe esperar de la misericordia infinita de su Dios. Sólo tenía una pena, la de morir en su lecho, él que había contado con la felicidad de ser empalado o quemado vivo por su divino Maestro. Entregó su alma a su Creador, en Túnez, el 13 de mayo de 1648.
Al recibir esta noticia, san Vicente, a pesar de su profunda aflicción, alababa a Dios por la salud de los unos que iba a permitirles «que continuaran sus servicios en la persona de los esclavos enfermos y abandonados, que es el grado de caridad más elevado que se pueda ejercer en este mundo»; por el fallecimiento de los otros, «porque es un martirio de amor morir por la asistencia espiritual y corporal de los miembros vivos de Jesucristo». El Santo dedicó dos conferencias, en San Lázaro, a hablar de las virtudes del Sr. Guérin; mandó recoger los detalles de su vida y de su muerte para comunicárselos a todas las casas de la Congregación. «El asunto bien se lo merece, leemos en una de sus cartas, era una alma de las más puras, de las más desprendidas y de las más entregadas a Dios al prójimo que yo haya conocido nunca. Oh qué pérdida para los pobres; pero qué pérdida para nosotros por no tener ya este ejemplo de celo y de caridad. A menudo me he servido de él como el más eficaz para animar a la Compañía a la práctica de estas virtudes. Ya no le tenemos, Dios nos lo ha quitado; tal vez sea para castigarnos por el mal uso que hemos hecho; pero como es cierto que la mayor parte se han aprovechado, quiera Dios ayudarnos a una mayor emulación para ir a establecer por todas partes el imperio de su Hijo Nuestro Señor. Este buen siervo de Dios no ha esperado a ir a Berbería para amar y consolar a los pobres, lo ha hecho siempre en Francia y en Lorena todo lo que pudo, y esto es lo que le ha merecido la suerte de ir a morir en el servicio de los pobres esclavos como lo han visto muchos en nuestra conferencia. Volviendo por último la mirada hacia el futuro, «Una muerte así, añadía el Santo, es preciosa en el cielo y en la tierra, y será, con la ayuda de Dios, la semilla de los Misioneros, como la sangre de los mártires fue la semilla de los cristianos».







