Isabel Seton, la biografía: 21 – Una hebra de seda, dos hebras de lana

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Todo tiene su momento,
y su tiempo todo quehacer bajo el cielo.
Un tiempo el nacer,
y un tiempo el morir;
un tiempo el plantar,
y un tiempo el arrancar … lo plantado.
Un tiempo el llorar,
y un tiempo el reír;
un tiempo el gemir,
y un tiempo el danzar;
…Un tiempo el buscar,
y un tiempo el perder…

Eclesiástico 3

Así toda vida humana está tejida de penas y de alegrías. Bien que todo sea gracia para los que aman a Dios, para los que se han comprometido en el camino de la unión divina y que saben descubrir siempre, en todo, y por todas partes la Providencia amorosa, indefectible, del Padre, que, mejor que nosotros, sabe lo que nos conviene. Toda obra divina, por otra parte, está marcada del sello de la cruz. Los santos lo saben, y, como lo proclama san Pablo: rebosan de alegría, en todas sus tribulaciones (2 Cor 7, 4).

A la hora misma en que Isabel cree tocar por fin el puerto de silencio y de paz por tanto tiempo deseado, a la hora en que nada le quedaría ya -al pare­cer- sino consagrarse al Señor, ofreciéndose a El dentro de una vida de oración y dentro del servicio diario de los miembros de su Cuerpo Místico, de nuevo las pruebas están en víspera de caer sobre ella de todos los lados a la vez.

Cuando Teresa de Ávila quiso establecer en su ciudad natal un monasterio de carmelitas decididas a vivir sencillamente, pero íntegramente, la regla primitiva de su orden, sabemos con qué oposición se topó de primeras. Una de las mayo­res pruebas de aquí abajo es la contradicción de las gentes de bien -le hizo no­tar entonces aquel gran amigo de Dios que era Pedro de Alcántara, san Pedro de Alcántara, como le llama hoy la Iglesia-. Esa prueba iba a experimentarla a su vez la Madre Seton.

Todo parecía, no obstante, tan bien encaminado en Stone House aquel verano de 1809. Pero, apenas el Sr. Dubourg regresa a Baltimore, después de la instala­ción de las Hermanas en el Valle, a continuación del retiro que acaba de predicarles, en una de sus primeras cartas hace saber a la Superiora que se acaba de tomar una decisión, respecto al confesor de la comunidad. En adelante las Her­manas no deberán recurrir ya al ministerio del Sr. Babad. Ni en el confesonario, ni en el locutorio. Ni siquiera por correspondencia. Si se exceptúan las tres últi­mas en llegar, Rosa White, Catherine Mullen y Sally Thompson, todas las Her­manas de la pequeña comunidad eran, no obstante, las hijas espirituales del Sr. Babad. La interdicción bruscamente formulada por el Sr. DubourQ, sorprende a la Madre y la perturba.

Ningún documento preciso permite conocer el motivo invocado por el Sr. Du­bourg, en acuerdo sin duda con el Sr. Nagot, y que hubiera justificado, en la carta escrita a la Madre Seton, la decisión que él había creído su deber tomar. Resta que el Sr. Badad, tal como aparece a través de los documentos auténticos escritos por mano de los que mejor le conocieron, no debía en absoluto revelarse como el director espiritual ideal para una comunidad femenina en formación. Ciertamente Isabel no tiene entre las manos todos los datos del problema. Ella no ve, no puede ver lo bien fundado de una determinación que le parece arbitraria, lamentable sobre todo para el bien espiritual de su comunidad. Su hija Anina, sus dos jó­venes cuñadas Enriqueta y Cecilia están también personalmente muy unidas al Sr. Babad y le escriben a menudo cuando está en Baltimore. Poniendo, sin tar­danza, a Mons. Carroll al corriente de la situación, ella explicita su pensamiento respecto al confesor que el Sr. Dubourg quiere suplantar. Es una persona en quien tengo la mayor confianza, y a quien soy deudora del mayor progreso espi­ritual. Ella quiere esperar que el Sr. Dubourg vuelva sobre su veredicto. Se hace insistente en las cartas que le dirige. Que piense que no está sólo en causa la -Madre. Ese nuevo sacrificio lo aceptaría gustosa en cuanto a ella. No cree deber suyo imponérselo a sus Hijas.

El Sr. Dubourg no es hombre que reconsidere una decisión. A los ruegos de la Madre Seton él se cierra en banda. La Madre, entonces, acude de nuevo al arzobispo. Ella le manifiesta su confusión. ¿No se encuentra entre el superior eclesiástico de la comunidad y la comunidad misma como entre la espada y la pared? Inclinarse, sin comprender, ante la prohibición es -le parece- lanzar la turbación en el espíritu de las religiosas.

Encima de todo esto -explica a Mons. Carroll- placía a Nuestro Señor quitarme todo la que era consolador en la devoción y privarme al mismo tiempo de todo apoyo que El me daba a manera luminosa. El pie de la Cruz ese era mi refugio. Ahora marcho derecha por la Fe… Me abandono personalmente a Dios sin cesar y comprometo a todas mis compañeras a hacer lo mismo.

Esta simple confesión, en este momento preciso, tendría tal vez valor de signo, de signo importante. ¿El hipersensible Sr. Babad tan dado a ver en su propia vida, como en la de los demás, «signos», «hechos milagrosos», que manifiestan una predilección por el lado «maravilloso» de las intervenciones providenciales, había sido capaz de conducir a la Madre Seton y a sus compañeras por el camino de la fe pura que es como lo subraya San Juan de la Cruz «el medio más próximo y más proporcionado para unir el alma a Dios».

Sea lo que fuere de esto, la decisión del Sr. Dubourg permanece irrevocable. Más aún, ante la insistencia de la Madre Seton, brutalmente presenta su dimisión de Superior eclesiástico de la Comunidad. En ello, una vez más, lo que los juicios aportados por sus compañeros nos enseñan de su carácter, tan pronto a cortar, a decidir, incisivamente, permite con el decurso de la historia, concebir mejor como pudieron desarrollarse los acontecimientos.

Ante la dimisión del Sr. Dubourg, la Madre Seton se hunde. Aquel golpe tan imprevisto, no impresiona sólo a su joven Instituto, sino que ella, a quien tantos favores, tantos beneficios materiales habían llegado por mediación del sulpiciano francés, no se perdona haber podido llevarlo a actuar de esa forma. Porque, ahora, voluntariamente, se declara culpable. A ella, a su insistencia indiscreta incumbe la responsabilidad de la ruptura del Sr. Dubourg frente a una obra que no había sido fundada sino gracias a su bondad, a su comprensión y a sus lar­guezas. Ella está dispuesta a reconocer sus errores con tal, sin embargo, que se le muestren claramente. Protesta que ella y todas sus hijas guardan para el Sr. Du­bourg su ternura filial. Le suplica una vez más que no les abandone. En vano.

Cuando, dos meses más tarde, Mons. Carroll llega a Emmitsburg para visitar allí a la Comunidad, las dificultades persisten. La dimisión del Sr. Dubourg, al persistir, no deja de poner al Sr. Naeot en un serio embarazo. Muchos de los sulpicianos de la primera hora han sido reclamados para Francia por el Sr. Emery, Limita así el número de los que pueden asumir aquel cargo y aquella responsa­bilidad para con las Hermanas de San José. Del Sr. Babad evidentemente no hay cuestión. El Sr. Flaáet ha sido designado para obispo de Baltimore, sin haber re­nunciado sin embargo a su deseo de entrar en los Trapenses de Maryland. Quedan los Sres. Tessier y David. Ni el uno ni el otro, sin duda, parecen tener la compe­tencia requerida para ejercer el cargo delicado que el Sr. Dubourg era capaz de asumir. El Sr. Nagot queda a la expectativa.

El 20 de noviembre de 1809, no obstante, llega al Valle Mons. Carroll. Hace a las Hermanas su primera visita. Gran regocijo en Stone House. El arzobispo se muestra de una bondad paternal llena de delicadeza. Enriqueta y Anina reciben de sus manos el sacramento de la Confirmación. Y no es en la parroquia de San José donde tiene luear la ceremonia sino en la pequeña capilla del convento. Al ver al prelado revestido de los ornamentos pontificales, oficiar como en la catedral en la pieza exigua y tan pobre adonde las Hermanas van cada día a recogerse ante el Santísimo Sacramento, Isabel comprende que el arzobispo de Baltimore aporta, haciendo aquello, una consagración a la obra naciente que él anima y que bendice.

Sin duda, espera ella que esta visita pastoral aportará igualmente feliz desen­lace a la crisis suscitada el mes de agosto precedente. Pero tomar directamente partido respecto a un nombramiento que parece recaer por derecho en el Superior de los Sulpicianos, es cosa imposible para Mons. Carroll. El lamenta per­sonalmente también la dimisión del Sr. Dubourg. Sin embargo no puede más que invitar a la paciencia, a la confianza en Dios a la superiora de la nueva comuni­dad cuyo impulso resulta para él una causa de alegría.

El nombramiento de un superior no es, por otra parte, el único problema que, en esta hora, angustia el corazón de Isabel. Mons. Carroll lo sabía: las obli­gaciones de una vida religiosa que ella había querido, las responsabilidades de una fundadora que ella había tenido que aceptar en consecuencia de acontecimiento; providenciales, irían siempre parejas, en ella, a los deberes de la madre de familia que ante todo era ella y sería siempre. El desgarramiento era inevitable. La com­plejidad de la situación, que, de hecho era la suya, podía resultar causa de nuevos conflictos.

Jamás, es verdad, hasta ahora, había tenido Isabel dificultades con uno o con otro de sus cinco hijos. Traqueteados como habían sido, sin embargo, des­de el día de la marcha de sus padres a Italia, la muerte de su padre, las pruebas de toda suerte que había conocido su madre, parecían haber encontrado en la ternura con que ella les rodeaba una compensación a todo aquello de lo que ha­bían quedado frustrados, sin saberlo.

Anina, con todo, salida a los nueve años para el lejano viaje a Europa, había estado asociada a unas pruebas cuyo peso era demasiado gravoso para una niña, inconscientemente, su madre, la había considerado demasiado pronto como una amiga con la que se comparten las angustias y las penas. Mirándola como a una adulta que Ana no era todavía, se defendía del mal, en el mismo momento de ejercer sobre ella un dominio afectivo que solo se justifica respecto a una niña muy pequeña, antes del despertar de su Personalidad. Apasionadas ambas, a miles de millas de su país, de su familia, a la hora de la muerte de Guillermo, la madre y la niña habían traspasado una sobre otra el exceso de ternura que la muerte prematura de un esposo y de un padre dejaba hervir en sus corazones.

Para Catalina y Rebeca, el problema no se planteaba con la misma crudeza. Rodeadas, cuidadas con exceso en la familia de sus tías, ellas habían conocido enseguida, desde el retorno de su madre a Nueva York, la vida sencilla de un hogar donde ciertamente faltaba la presencia de su madre, pero donde el afecto maternal había bastado, hasta entonces, para colmar su necesidad de seguridad. Ellas eran demasiado pequeñas para tomar verdaderamente conciencia del drama interior que había atravesado su madre. Su vida psicológica no había sido perturbada como la de su hermana mayor. En cuanto a los muchachos, pensionistas en Georgetown, habían llevado allí, hacía dos años, la vida normal de los co­legiales de su edad.

Que Ana conozca ahora una crisis afectiva, es cosa inevitable. Acaba de cumplir los 13 años, cuando su madre, dejando definitivamente Nueva York, llega a Baltimore. La mayor dificultad con la que debo contar -confiesa en aquel momento la Sra. Seton- es el encanto de mi Ana. No sin un cierto legítimo or­gullo escribe a Julia Scott, el 3 de octubre de 1808: Tu Ana es para una gran ayuda; es una muchacha encantadora, física v moralmente, Desde que está en Baltimore, se hace de tal forma mujer, por su desarrollo físico y su comportamiento, que apenas la reconocerías. Ana, piensa ahora en su tocador. Se quiere elegante, trata de vestirse como lo están sus compañeras y poco a poco, imita sus maneras.

Nada de inquietante hay, realmente, en esto si no es, en un plano puramente psicológico, el juego de una estúpida competición al que se entregan las jovencitas para seguir la moda del día, tratando de parecer, gracias al ajuste excesivamente apretado del corsé, la del talle más fino.

Con toda evidencia, este año de 1808, la niña, se hace adolescente rápida­mente. Ella lanza sobre el mundo una mirada nueva, personal y con un estreme­cimiento de todo su ser, descubre nuevos horizontes. Es normal. Pero esta adolescente, que tiene el carácter apasionante de su madre, y de su padre una gran fragilidad orgánica, no ha tenido la infancia serena y distendida que hubiera de­bido prepararla normalmente para este período siempre un poco difícil. Arranca­da brutalmente, antes de sus diez años, a unas relaciones familiares que ella hu­biera debido conocer con sus tíos, sus tías, las primas, los primos de su edad, quedó frustrada, por una serie de circunstancias excepcionales, de una vida de familia expansiva. Y vedla aquí llevada a vivir, en plena crisis de crecimiento y pubertad, dentro de un ambiente conventual.

Entre Ana María y su madre, que hasta ahora ha sido todo para ella, se abre una fosa sin que Isabel sea consciente de ello. Después de todos los trastornos que ha conocido la familia Seton, desde 1803, Ana María tendría necesidad de otro solaz que el que se le ofrece al presente. Las amistades espirituales que son ahora la confortación de su madre no son capaces de colmarla a ella. La atmós­fera de noviciado, que marca desde 1808 el hogar de Isabel, en Paca Street, no es evidentemente la que convendría de todo punto a sus hijos.

La hija mayor de la Sra. Seton comienza a oponer una viva resistencia. No podríamos reprochárselo. La vocación religiosa de su madre no es la suya. ¿No habría proyectado Isabel, inconscientemente, sobre su hija su propia vida espiritual, hasta el punto de confundir las dos? De todas formas, suponiendo incluso que la niña hubiese oído o esté designada a oír por su cuenta la llamada del Señor a la vida religiosa, no es en absoluto de una sana pedagogía conside­rarla, a sus 13 años, como una monjita. Su crecimiento físico como su desarrollo psicológico reclaman imperiosamente otra expansión humana, base indispensable del sano equilibrio requerido, precisamente, para una vida espiritual adulta y auténtica. ¿Qué de extraño, dentro de tal contexto, que la adolescente quede em­briagada, muy inocentemente, por lo demás, al sentir brotar en su corazón una primera llama de amor por uno de los mayores del colegio Santa María? ¿Qué de extraño que ella hubiera rehusado, al mismo tiempo, sugerir palabra de esto a su madre cuya censura e incomprensión temía secretamente?

En la capilla del colegio donde los alumnos de los dos institutos, de mucha­chos y de muchachas, son llevados para los mismos oficios -oficios previstos para seminaristas menores, y, con toda evidencia, demasiado largos para los de más- la mirada admirativa de un colegial se ha posado sobre Ana María. ¡Qué fina es y graciosa, y bonita, la hija de la Sra. Seton! A su vez Anina ha levantado sus ojos. Carlos Dupavillan es un alumno de las clases terminales. El debe tener de 16 a 18 años. Pertenece a una excelente familia católica de !as Antillas fran­cesas. Ha sido enviado de la Guadalupe a Baltimore por su madre, que es viuda y de la que es hijo único. Carlos quería que Anina pidiera autorización para ha­blarle. Anina se niega. Es pues, en la capilla donde se prosiguen, por un tiempo los silenciosos diálogos. Más elocuentes que las palabras pueden se las diarias ojeadas que ellos se cambian. Es poco, sin embargo. Se llega a las misivas. Gui­llermo y Ricardo traen desde ahora en sus libros de clase las notas dulces de Carlos para recibir en gran secreto, con la misión de devolvérselas, las que a escondidas ha redactado su hermana mayor para él. Juego apasionante, en el, que los dos hermanitos son pronto maestros consumados, hasta el día en que su madre sorprendió el secreto de Ana.

Con este descubrimiento Isabel enloquece, se siente herida personalmente. Prueba, estas líneas trazadas espontáneamente con destino a Catalina Dupleix: ¡Mi Anina -ahí está mi dolor- mi Anina, tan joven, tan encantadora, tan pura, presa en un pequeño romance apasionado de juventud! Como te digo ¡ella ha dado su corazón sin que yo lo sepa! Después de esto ¿qué podría hacer una ma­dre desgraciada, que ama perdidamente, si no es jugar el papel de amiga y confi­dente, esforzándome en disipar mi abatimiento y tomando el partido -si no hay remedio- de ayudar a Anina con mi amor y mi compasión?

Si las palabras tienen un sentido, está claro que la tristeza de Isabel viene aquí, en primer lugar, del hecho de que su hija hubiese dispuesto de su corazón sin que ella, su madre, lo hubiera sabido por unas confidencias que le habrían sido debidas. Feliz aún, si ella juega ahora «ese papel de amiga y de confidente» que de veras debería ser el suyo en la circunstancia. Pero parece que «este amor perdido», del que ella no hace misterio, le impide mirar el problema con una sere­na objetividad. Al leer las cartas múltiples dirigidas en esta circunstancia con destino a Isabel Sadler o a Julia Scott, uno no está obligado a reconocer que Isabel no ha actuado hacia Ana María como se hubiera esperado de una educa­dora de valer como, sin embargo, era ella.

En todo caso, es un error contrariar con que requiere ciertamente ser prudentemente respetado de todas formas. De haberse sentido tomada en serio por su madre, considerada ella como mujer que se va haciendo, es de presumir que Ana María hubiera dado su confianza. Pero, justamente, su madre persiste en ver en ella la niña que ella ya no es. Yo no tenga reproches que hacerle -escribe ella a Isabel Sadler- pues es imposible que una niña pueda estar más estrechamente vigilada o prudentemente aconsejada que mi Anina. ¿No sería precisamente esta actitud misma la que, en este caso exacto, estaría sometida a reproches? Julia Scott, que es madre también, da, sin embargo, a su amiga que le grita su angustia este jui­cioso consejo: Ya pienso que nosotras esperamos demasiado de la naturaleza humana, si esperamos de nuestros hijos una confianza ilimitada.

En realidad, Isabel se encara con la falta de confianza de su hija como con un estado de cosas inconcebible. La muerte prematura de su marido, cualquiera que haya sido el espíritu sobrenatural con el que aquella muerte fue aceptada, no dejó de exacerbar menos en la joven viuda la necesidad apasionada de ternu­ra que la caracteriza. Ella confiesa con toda franqueza a Julia: Es una madre apasionada. ¿Por qué no reconocerlo? Es todavía en esta época, en el plano psico­lógico, una «madre posesiva». Una rectificación ha de realizarse y se realizará, en efecto, en el curso de los años siguientes, dolorosa y necesariamente.

La ascesis cristiana -explica muy justamente uno de los más juiciosos entre los psicólogos modernos- consiste en desprenderse de la posesión y no en olvi­darse. Es, además, mucho más difícil en la práctica… Cuando se trata de una relación con un sujeto humano, el otro reacciona ante la posesión con actitudes, conscientemente o no, de defensa… De ahí el malestar y a veces la ruptura entre dos seres que hasta entonces vivían en total armonía. El ejemplo más impresio­nante es el conflicto demasiado frecuente de am joven o una joven y sus padres.

A esta desposesión total frente a aquellos a quienes ama, frente a sus hijos sobre todo, Isabel no llegará sino más tarde. El Sr. Dubois que había seguido el trabajo de la gracia en su alma tan vibrante, dirigirá en 1812 al Sr. Bruté de Rémur una carta que hablará largamente a este propósito. De esta falla psicológica no tomará todavía conciencia la madre de Ana María en 1809. Así mismo, para explicar, si no para justificar, esta especie de dominio maternal del que ella no piensa que le sería menester desprenderse, podían invocarse causas válidas.

El sentido de su propia responsabilidad espiritual frente a sus hijos, desde su retorno de Liorna se le presentó como trágico. Paca ser fiel a sus nuevas con­vicciones religiosas se vio obligada a aceptar una ruptura brutal con los suyos. Su compromiso con la fe católica no fue solamente para ella un compromiso per­sonal. Fue, en realidad, el compromiso de los cinco hijos que ella había traído al mundo y de los que ella se sabía responsable ante Dios.

Desde 1806, apenas unos meses después de su profesión de fe, ella da cuen­ta a Mons. Carroll del problema que deriva de aquella situación. Suplica al obis­po de Baltimore que pese, antes de darle las directrices que ella reclama de él, y reflexione en lo que sería de sus hijos pequeños en el caso de que su muerte, cuya eventualidad le hace considerar el estado precario de su salud, les privara de su tutela. Si ellos quedan en su situación actual, serían entonces, desaparecida yo, arrancados a nuestra fe, que los otros miembros de su familia consideraban «como un amasijo de errores», y todo se pondría en obra para separarlos de ella.

Ahora bien, en el pensamiento de su madre, no es solamente su adhesión efectiva a la fe lo que sería entonces puesto en causa, sino su salvación eterna. Desde 1806, la preocupación de la perseverancia final de sus hijos la persigue sin tregua. Y la perseguirá hasta sus últimos días, tomando a veces la forma de una verdadera obsesión. En esta ansiedad espiritual, justa en sus fundamentos, exce­siva en sus modalidades, encuentra una secreta complicidad la ternura apasionada Isabel.

Así se puede, al parecer, explicar la forma desconcertante de actuar de ella con su hija mayor. Desde el comienzo de 1809, Anina ha sido debidamente ser­moneada. Es excesivamente joven para comprometerse como ella ha pretendido hacerlo. Tenía que haber desconfiado de toda iniciativa personal sin el consenti­miento expreso de su madre. Carlos vendrá a verla, una sola vez, a casa. Anina y él podrán hablar juntos, pero en presencia de la Sra. Seton. Luego, todo quedará en eso, por el momento. Una carta dirigida a Julia Scott, el 2 de marzo, no deja en pie ninguna duda en cuanto al tenor de los reproches y de los consejos que han sido procurados a la adolescente.

Parece que desde el momento en que ella ha tomado conciencia del malestar y de la tristeza que me causaba, el terror de su espíritu alarmado ha hecho cesar toda la zarabanda de imaginación que la había cegado; y se ha hecho dócil y atenta a mi voluntad, como si mi voluntad no estuviera opuesta a la suya. Pobre hija, hija querida, yo no sé cómo ella puede ser tan paciente; yo me acuerdo bien que a su edad, yo no lo hubiera sido, sin ver ya nada, sin oír ya nada del bienamado.

¡Extraña declaración, en verdad! Isabel afirma no menos que será particular­mente dichosa, si los proyectos de Emmitsburg pueden realizarse, llevando a su hija mayor lejos de Baltimore. Será probablemente un medio eficaz de librar a Ana de las secuelas de su imprudencia. Pues si el joven Dupavillon permanece riel a su afecto, tiene toda la posibilidad de obtener su demanda; si no fuera que su dicha propia exige que ella no vea ya al muchacho.

La conclusión sería excelente si las premisas de este razonamiento no hubieran sido falseadas a priori. ¿De dónde viene, en efecto, el terror que ha hecho cesar –como dice Isabel- lo que ella llama la imaginación, la ceguedad de Anina, ¿no es la sola conciencia que la adolescente ha cobrado de haber disgustado a su madre? Ella sabe que Carlos ha recibido la autorización de escribirle a Emmits­burg, pero con la condición formal de que todas sus cartas pasarán antes por la censura materna. ¿Los usos y costumbres de la época bastan para justificar tal exigencia? En toda hipótesis, ella crea un malestar peligroso tanto en el joven que se siente supervisado, como en la adolescente en quien hace nacer un sen­timiento de falsa culpabilidad.

Isabel ha obtenido, sin embargo, todos los informes deseables y tranquiliza­dores sobre Carlos Dupavillon. Sé respecto de él más que Anina misma – confesará ella a Isabel Sadler- y esto, por intermedio del Sr. Babad, que había desea do siempre que Ana pudiera ganar el afecto de Carlos de la manera que ella lo ha ganado, que parece sólida y leal…

Sea lo que fuere de las esperanzas que su madre le ha permitido mantener para un porvenir lejano, Ana María ha dejado Baltimore en plena crisis afectiva. Enriqueta se hace su confidente. El pensamiento de ambas se lanza a través del océano, hacia Guadalupe, hacia Jamaica. Andrés… Carlos… Uno se imagina cuántas veces estos nombres vienen a sus labios y el tono de sus conversaciones y el estremecimiento de su ser joven, que tiende hacia el amor.

Cuando llega a Enriqueta la carta desconcertante de Andrés Bayley ¿cómo no iba a compartir ella la confusión de su joven tía? Se invierten de repente los papeles. En el corazón ardiente de Anina, todo encendido de esperanza, Enrique va vierte ahora la amargura de su decepción. Desamparada, Anina, rehúsa bus­car junto a su madre el sosiego de que tiene necesidad.

Verosímilmente Julia Scott propone tomar algún tiempo a la adolescente en su casa de Filadelfia, lo que hubiera sido para Ana María una feliz diversión. Isabel cree deber suyo negarse. Si tú la tuvieras en tu casa -escribe ella a su amiga el 20 de septiembre de 1809- sería para ti una fuente de disgusto per­petuo, pues su crecimiento prosigue y ella se evade a esa obediencia ciega que ¿no tiene derecho a esperar de una niña que no tiene 15 años.Ella está sujeta a cambios de humor que la hacen de tal desigualdad de carácter, que resulta muy difícil hacerla feliz; será necesario para eso que haya adquirido madurez y que la experiencia le haya dado las lecciones necesarias. El gran error, por mi parte, -concluye Isabel- ha sido el de haber hecho de ella demasiado temprano mi amiga y mi compañera.

En esto ve con exactitud. Pero, con un cerrojazo brutalmente echada, ahora que su hija está en edad de hacer el aprendizaje de una vida personal, su madre no se resigna a verla emprender su vuelo, fuera de ella, lejos de ella. Error psicológico manifiesto, que los textos escritos por la mano de la Sra. Seton no permiten poner en duda por desconcertante que ello sea.

Ahora bien, mientras Isabel mantiene, sin saberlo, la confusión y la ansiedad en el corazón de su hija mayor, Guillermo le da, a su vez, en otro plano, serias inquietudes. La semana que precede o que sigue a la visita de Mons. Carroll y a la confirmación de Enriqueta y de Anina, abate al muchacho una fuerte gripe. Se le tiene que trasladar cerca de su madre, a Stone House. Los cuidados con que se le rodea, de día y de noche, parecen ineficaces. Pronto se pierde toda es­peranza de detener el mal fulminante.

Mi Guillermo recibiendo la extremaunción y tan bien preparado para la muer­te -anotarán los Dear Remembrances-. Su calma y su silencio en el paroxismo de su fiebre, mientras que su tía Enriqueta y su madre cantaban por él las Le­tanías…

Contra toda esperanza, sin embargo, Guillermo se repone. La vitalidad de sus 13 años recobra ventaja tan rápidamente como el mal le había aniquilado. Se junta a sus compañeros en el Monte Santa María. Entonces es a Enriqueta a quien hay que instalar en la enfermería. Desde el mes de noviembre las jaque­cas a que ha estado siempre sometida la joven, se redoblan de repente. Vencida por el mal, Enriqueta debe guardar cama. En cuatro semanas la enfermedad -¿fiebre cerebral o meningitis tuberculosa?- da cuenta de su juventud y de su vigor. El 21 de diciembre, recibe los últimos sacramentos de manos del Sr. Du­bois. Tono Es PAZ Y AMOR -decía ella-. Escuchad el latido de mi corazón en el huerto de Getsemaní. ¡Ved cómo le flagelan! ¡Oh Jesús mío, yo sufro conti­go…! ¡Jesús mío, tú sabes que yo creo en Ti, que yo Te amo!

Así evocarán los Dear Remembrances los últimos momentos de Enriqueta, que se extingue antes del amanecer del 22 de diciembre de 1809. Se la entierra en el recinto de la comunidad, a la sombra de los grandes robles, en el rincón preciso donde unas semanas antes, ella, en el curso de un paseo, había señalado, riendo, el lugar de su tumba.

En Nueva York la muerte de Enriqueta Seton, apenas conocida, levanta una ola de indignación, de escándalo. ¿Qué necesidad había tenido ella, «la bella En­riqueta» de escuchar «la voz de sirena» de su cuñada, de dejarse seducir a su vez, para acabar miserablemente a los 20 años? Dos días después de Navidad, Isabel escribe a Julia Scott: Nuestras montañas están muy negras, las praderas todavía verdes, y mis seres queridos retozan con los corderos, excepto la pobre Ana que siente profundamente la pérdida de su amiga, de su confidente. Se paseaban siempre juntas, compartían la misma cama… En cuanto a mí, como si fuera un trozo de hierro, o una roca, sigo, día tras día, como a El le place y cuanto le pla­ce… ¡Pero, claro está, cuando llegue mi turno estaré muy contenta!

Parece que, por un momento Isabel siente quebrantarse su ánimo. Dos Her­manas de la comunidad están enfermas. Anina también. Epidemia de gripe, qui­zás, cuyo primer afectado habría sido Guillermo, y que los conocimientos de la época no permitían diagnosticar ni detener como en nuestros días. Isabel, valién­dose de las experiencias precedentes, teme inmediatamente lo peor. Comienzo a ver verdaderamente a dónde vamos, escribe no sin melancolía a Mons. Carroll en los primeros días de enero de 1810.

El nombramiento del Sr. David como superior eclesiástico de la comunidad acaba de tener lugar por otra parte, en el curso del otoño de 1809. Isabel temía este nombramiento, no sin razón. El retrato que sus cohermanos trazaron de Jean-Baptiste David deja presentir la forma como él asumirá la responsabilidad que el Sr. Nagot ha acabado por confiarle. Es de esos hombres que, por la pre­ocupación de objetividad íntegra, se hacen incapaces de posar una mirada objetiva tanto sobre los seres como sobre los acontecimientos, olvidando que las situaciones están en perpetuo cambio y los seres humanos en constante transformación. De una sola mirada, el Sr. David abarca la situación y la juzga según su óptica personal. Los matices se le escapan como la movilidad de la vida. Cree poder resolver las cuestiones delicadas y vitales como se resuelve una ecuación alge­braica. No es en absoluto propio de su carácter, por otra parte, volverse sobre el juicio que ha dado acerca de las personas y acerca de las cosas. Nada de común entre él y la Madre Seton. Ningún punto de contacto verdadero. Ningún diálogo posible. Desde los primeros días, ella toma conciencia de ello y se encuentra como paralizada.

En realidad, apenas el Sr. David entra en el cargo, ase las riendas del gobier­no con una rigidez que no es quizás por su parte sino la consecuencia del terror secreto que le obsesiona: no desempeñar según la perfección requerida la tarea que le está confiada. Semejante tendencia de espíritu nada tiene de expansiva. Es con este espíritu, no obstante, como el Sr. David piensa cumplir su deber, en el sentido estricto de la palabra. Responsabilidad espiritual, responsabilidad material, quiere asumir todo, tanto en las grandes líneas como en los más pe­queños detalles, sobre todos los planos a la vez: vida conventual, formación de los sujetos, organización de la vida escolar.

El no comprende dónde acaban los límites de su poder sobre la comunidad, y dónde comienzan los de la autoridad de la superiora. Se inmiscuye, de buena fe, sin duda, pero con detrimento del orden y de la paz en un dominio que no es el suyo. Tal como se revelará incapaz, unos años más tarde, de colaborar por falta de flexibilidad, con aquel hombre de real valía cual era el Sr. Badin, en Kentucky, del mismo modo, choca de frente, en Emmitsburg con la superiora y fundadora de las Hermanas de San José. Ella no cree su deber entrar en todas las miras del Sr. David. El Sr. David se niega a renunciar a su forma personal de juzgar los hechos. Desde entonces su decisión está tomada: a la Madre Seton la sustituirá Sor Rosa White, pura y simplemente.

Otros fundadores y otras fundadoras conocieron semejante prueba: piedra de toque de su desasimiento frente a una obra de la que Dios quiere permanecer el dueño. Basta con evocar, entre otros muchos nombres, el de Jeanne Juga..l, fundadora de las Hermanitas de los Pobres, el de santa Rafaela María Porras, fun­dadora de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y más próximo todavía a nosotros, el de Thérése Soubiran.

Sobre solo el plano humano, tales hechos parecen incalificables. Pero, precisa­mente, los instrumentos que el Señor escoge para trabajar de forma especial en la extensión de su Reino, no se mueven sobre solo el plano humano. Son movidos por el Espíritu como dice san Pablo (Rom 8, 14) y sin buscar comprender por qué caminos Dios les guía, se abandonan a El en paz. Configurados con la imagen de Cristo que con ser Hijo de Dios, no retuvo celosamente el rango que le igualaba a Dios, sino que se anonadó… haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz (Filp 2, 6-8), poco les importa, al fin, de qué instrumentos se sirve Dios para conducirles, a su vez, al más íntimo despojamiento. No quiere decir, sin embargo, que su corazón humano se haya hecho insensible. Simple­mente, lúcidamente también, ellos asumen el sufrimiento, la injusticia, el olvido, en la fe.

E1 instrumento que debe desposeer a Isabel Seton frente a la obra que Dios mismo le ha confiado será el Sr. David. Durante los dieciocho meses que durará el mandato de su cargo, él proseguirá su plan, esforzándose por todos los me dios en llegar a sus fines. Con seguridad Isabel no había solicitado ni el título de fundadora ni el de superiora. Ella había deseado consagrarse al Señor en la vida religiosa. Nada más. No era que temiese que se la descarga de lo que ella consi­deraba no como un honor, sino como un mayor servicio. Resta que las actuaciones del Sr. David ponían en peligro la cohesión misma de la comunidad amenazando la vida de la congregación naciente, corriendo el riesgo de conmover los funda­mentos de la caridad fraterna así como de la mutua confianza. Sor Rosa White, por otra parte, no ha maniobrado para obtener el cargo del que su director espi­ritual ha decidido por sí mismo, hacerla investir. Su afecto por la Madre Seton es profundo y leal. La confianza que ella le ofrece no puede ponerse en duda. Es evidente que ella misma había sufrido personalmente por la forma de actuar del Sr. David.

Un millar de sufrimientos, un millar de millares de alegrías… dispensación de la gracia… Así resumirán los Dear Remembrances aquel período crucial de los comienzos de la comunidad de Emmitsburg. Es un hecho: dichas y desdichas siguen entrecruzando sus hilos de seda y sus hilos de lana para que se teja día tras día la obra de Dios.

El 20 de febrero de 1810, las Hermanas dejan Stone House que resulta dema­siado pequeña. Gracias a la competencia y a la actividad del Sr. Dubois, se eleva ahora en el Valle una nueva casa, más amplia que la primera, mejor adapta da también a la vida conventual así como a la labor escolar que allí se debe desarrollar. Es White House, la Casa Blanca, situada un poco al este, a nivel in­ferior, de la aglomeración del pueblo de San José. Es preciso, con todo, subir una ligera pendiente para llegar allá según se viene de Stone House. El traslado se hará solemnemente. Se organiza una verdadera procesión. Abre la marcha el Sr. Dubois, llevando el Santísimo Sacramento. Le sigue la Madre Seton con las Hermanas de la comunidad. Luego viene el grupo de las alumnas y entre ellas Ana María. Sólo Sor Cecilia es incapaz de hacer a pie el trayecto, relativa­mente corto, que separa las dos casas. Ahora es Cecilia quien está fulminada de una extrema fatiga. Se la transporta en una camilla. No se trata ciertamente en su caso, de una gripe más o menos maligna.

Aunque las instalaciones de White House están lejos de terminarse, la comu­nidad, toma posesión de la nueva morada con una verdadera alegría. ¿No era la Casa Blanca para las Hermanas el primer convento regular? Será más todavía:

la primera de las escuelas parroquiales de USA. En efecto, el 22 de febrero, día de la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía, se acoge en White Hou.se a las tres primeras externas, tres muchachas del pueblo: fecha importante en los Anales del Catolicismo en América.

El mes siguiente, en la solemnidad de San José, 19 de marzo, el Sr. Dubois canta la misa mayor en la capilla de la Casa Blanca. No importa que la cons­trucción material de la casa no esté terminada. Aquel día -dirán las crónicas- ­es un día de gala a pesar de la indigencia, vecina de la miseria que marca la ins­talación, incluso la de la capilla. Un cuadro de Cristo y de su Madre que Isabel ha podido traer de Nueva York es su único ornamento, con dos candelabros de plata. Se ha adornado el altar con laurel silvestre y flores recogidas en el soto. Pero el Señor está allí presente, y es la mayor de las alegrías. La misa, es verdad, no será celebrada sino rara vez en la capilla de White House, por falta de cele­brantes. Pero al menos las Hermanas irán a hacer allí cada día su meditación y su adoración. Será menester continuar mucho tiempo todavía trasladándose a una de las dos iglesias del barrio para asistir allí a la misa diaria.

El día luminoso de 19 de marzo había de ser seguido de cerca por horas en las que, una vez más, «las sombras de la muerte» cubrirían el valle. Al día si­guiente de la Anunciación, el 26 de marzo de 1810 Isabel escribía a Julia:

Cecilia va a seguir pronto a Enriqueta… unos meses, unas semanas, ¿qué diré yo? Ambas me eran más queridas que yo misma. Nos separamos y la natu­raleza gime; en cuanto a mí es una angustia que me anonada, nada en absoluto de ruidosos sollozos, más el espíritu herido de estupor, aturdido. Al cabo de diez minutos, recobra su equilibrio habitual y todo continúa como si nada hubiera ocurrido. ¡Es siempre lo que experimento en el momento de la muerte de los que me son queridos! ¿Pero qué? La fe levanta el espíritu por un lado y la esperanza por el otro. La experiencia dice que debe ser así, y el amor: ¡que sea así!

Unos días más tarde, por consejo urgente del Dr. Chatard, Isabel se pone en marcha hacia Baltimore, llevando a su joven cuñada, a fin de confiarla a un especialista francés, sin ilusionarse, sin embargo, con el resultado de su gestión. Si Mons. Carroll aprueba personalmente el viaje es para que se proporcione al mismo tiempo a Cecilia el consuelo de la presencia y de los consejos de su padre espiritual, el Sr. Babad, en aquellos días que serán sin duda para ella los últimos aquí abajo. Sor Susan, en cuanto enfermera, acompañará a la enferma. Ana Ma­ría también, para rodearla hasta el fin de su cariño. Triste despedida.

La familia de George Weis, nuestro excelente amigo -como lo subrayan los Dear Remembrances- acoge a las viajeras agotadas de fatiga. Durante tres se­manas, les ofrece su generosa y delicada hospitalidad, es decir, hasta después de la fiesta de Pascua, hasta después de la dulce muerte de Cecilia el 29 de abril de 1810. Duras semanas, en verdad, para la Madre Seton, que pasa junto a Cecilia, sin contar con su fatiga, largas horas de vela, diurnas y nocturnas, y debe, ade­más, recibir visitas, a veces muy indeseables. Pues hay, entre los amigos de la familia Seton, quienes le hacen en cierto modo culpable de la muerte prematura de sus cuñadas cuya vida no ha lucido mucho tiempo en Emmitsburg.

Más que nunca la Madre fundadora se siente íntimamente destrozada. ¿Cómo hacer frente al mismo tiempo a unos deberes que se superponen y parecen a veces oponerse? Su comunidad por un lado, sus hijos por el otro. ¿Y a quién debe, al fin, dar la prioridad? El estado de espíritu de Anina persiste en inquie­tarla. La muerte de Sor Cecilia, la novicia de la comunidad de Emmitsburg, tan próxima a la muerte de Enriqueta, la desdichada novia de Andrés Bayley, hace zozobrar el corazón de la adolescente. ¿Cómo llevarla al Valle en tal estado? ¿Pero cómo dejarla sola en Baltimore, donde Carlos Dupavillon termina precisa­mente sus últimos meses de estudios? Una circunstancia material va a zanjar la cuestión. En el vehículo que debe conducir a la vez a Emmitsburg a las viajeras y el ataúd de Cecilia, solamente podrán tener plaza, con el cochero, dos personas. La Madre Seton y Sor Susan deben obligatoriamente volverse. Es Anina quien se quedará. La Sra. Robert Barry le abre de corazón su casa, no sólo por unos días de espera, sino por todo el verano y para todo el año si ella lo desea. Así Anina podría en mejores condiciones que en el Valle proseguir sus estudios de dibujo y de música, de que ella gusta.

Isabel se deja tirar de la mano. El 3 de mayo Anina acaba de cumplir sus 15 años. Es la primera vez que su madre se separa de su hija mayor. Ella no se atreve a hacer el balance de todos los peligros a los que en su terror, cree dejarla expuesta. Porque he aquí que ya Luisa y Emilia Caton, jóvenes, a decir verdad, mundanas y superficiales, han hecho a Ana María los más seductores proyectos. Están dispuestas a introducirla en el turbión de los placeres ficticios de que está tejida su vida. Deprimida físicamente, conmovida por la muerte de Cecilia, Isabel enloquece literalmente. Por consiguiente no termina de multiplicar ante su hija recomendaciones, normas y prohibiciones. Ana María no deberá jamás encontrar­se a solas con Carlos Dupavillon. Todas las cartas dirigidas a ella o que ella es­criba deberán ser leídas por la Sra. Barry. En cuanto a las invitaciones de la familia Caton, Anina no deberá aceptar bajo ningún pretexto. Con la muerte en el alma y a punta de nervios también, la Madre 5eton vuelve a emprender con Sor Susan el camino de Emmitsburg en la carreta donde se ha izado el ataúd de la primera de las Hermanas de la Caridad partida para la eternidad.

La inquietud la roe todavía respecto a su hija durante el mes de julio. Prueba, estas líneas dirigidas a Julia Scott: Cuando vi a mi Anina en peligro de muerte -en el mes de diciembre precedente- experimenté un sentimiento de alegría mezclado de dolores de alumbramiento, regocijándome con su inocencia y sope­sando para el futuro el peso de la miseria humana…

Uno tiene la impresión de que, en el pensamiento de Isabel, su hija, desde que no está ya bajo su tutela inmediata, está en perpetuo peligro de perderse. Tal actitud de su madre guarda a la adolescente en un infantilismo que no puede ser más que lastimoso. En realidad, las crisis en que se debate Anina entran ahora en una nueva fase más violenta, más grave que la primera. Su sensibilidad tre­pidante acaba de ser exarcebada por los dolorosos acontecimientos tan cercanos uno al otro. Su personalidad, prácticamente bisoña, busca firmeza en las mil na­derías de la vida. Ella se alegra, inconscientemente tal vez, de encontrarse libe­rada de la tutela de su madre, y, al mismo tiempo, está afectada al verse separada de ella por primera vez. Los consejos múltiples que ha recibido la oprimen y sin embargo, la atan. Ella ve a Carlos Dupavillon pero no se siente más libre respec­to a él. Sobre la llama vibrante y clara de su amor naciente, han sido arrojados demasiados consejos, demasiadas reticencias que la ahogan ahora. Un sentimien­to confuso de culpabilidad ha herido su impulso. Ella se sabe comprometida frente al joven, si no por una promesa formal, al menos por su primer compor­tamiento. ¿Pero cómo ver claro en esto?

En el momento de dar su adiós a Carlos que se embarca para la Guadalupe, asegurándole que volverá al año siguiente, hará su petición oficial y llevará a Anina, si consiente en seguirle para siempre, ella se niega obstinadamente a darle el beso que le implora como prenda de su amor recíproco y fiel. Confusamente, Carlos se da cuenta de que entre él y el corazón de Anina, a quien ama, está el corazón de su madre, y que eso no es normal. Incluso dentro de unos meses aceptaría Ana María embarcarse a su vez, rompiendo de un mismo golpe las amarras que, en el plano afectivo, la atan apasionadamente a la Sra. Seton. Se concibe que dentro de este contexto de cosas, el joven haya podido plantearse la cuestión. A la hora en que el velero que le transporta se aleja, sabe que una fisura, que él consumará personalmente, dentro de unos meses, se le haría sin razón reproche. Pero, es mucho más desconcertante, frente a las consecuencias que van a derivarse para el futuro de Anina, que su madre no vea de primeras más que un motivo de alegrarse. Como si, finalmente, no pudiera concebir para su hija una vida que la separara de ella permitiendo a la adolescente de hoy, a la mujer de mañana, tomar sus riesgos personales, inevitables, sin estar, sin em­bargo, en oposición con la vocación que es suya. ¿Cómo interpretar en otro sen­tido la carta escrita a Julia Scott todavía el 20 de julio de 1810?

Anina no está, en este momento, en estado de integrarse en su entorno. Calma, taciturna, y siempre concentrada y hasta melancólica, no encuentra otro placer que el de su trabajo y el de su piano. Su «Alexis» le ha hecho llegar dos cartas típicas del idilio de su edad. Pero jamás hubiera podido yo creer -yo que fui antaño Betty Bayley- que nunca según lo que ella dice las dos veces, le haya dado la menor muestra tangible de afecto. Y transcribe las propias líneas dirigidas desde la Guadalupe por el joven a la que ama: Anina, tú te me has negado siem­pre y yo he respetado tu reserva, pero, en el último momento, cuando yo te dejé tal vez para zozobrar en el mar, ¿podías tú continuar negándome un beso? ¡Una prueba, una sola, de que yo te era querido! El recuerdo de que persististe en obrar así hasta el fin es para mí una perpetua nube de tristeza.

¿Pero la reserva excesiva de que ha dado prueba Ana no le estaba dictada, en realidad, por las prohibiciones de su madre? Sin encararse siquiera a esta hipótesis, Isabel no quiere descubrir en alto, personalmente, sino una especie de virtud heroica que aureolaba ya a su hija dentro del sentido intransigente de su deseo materno. El comentario del incidente sea cual fuere, tiene un sonido extraño.

¡Bagatelas de palabras! ¡Pero para mí son una armonía celestial! ¡Que rni querida haya podido tener una virtud y una pureza evangélica, en este amanecer primero de su amor naciente y juvenil -pues para mí, no hay duda alguna, Anina no está exenta de pasión-, es una alegría para su madre, una alegría que sólo una puede conocer!

Ante tal confidencia, uno no se puede librar de cierta inquietud. ¿No está la madre de Ana María, sin quererlo, sin darse siquiera cuenta de ello, proyectan­do simplemente sobre su hija su propia vocación? En la misma carta, sin embargo, ella afirma con tanta fuerza y sinceridad, que de tener que renunciar por el bien de sus hijos a la vida religiosa cual es la suya en Emmitsburg, ella dará siempre la primacía a sus deberes de madre.

…Una situación cual es la mía aquí, como ya te dije, resulta -de todas las que yo podría imaginar- la más conforme a mi carácter, a mis sentimientos, a mi amor de la tranquilidad -yo no digo a mi felicidad, tú sabes que no se da Libertad que da la soledad, vida en el campo, abundancia de lo que es necesario, creo yo, para responder a las exigencias de la naturaleza, ventajas reales para el desarrollo intelectual, todo eso lo tengo aquí. De suerte que el pensamiento de vivir ahora fuera de nuestro Valle, me parecería imposible, si yo me perteneciese a mí misma. Pero los queridos hijos tienen sus derechos, los primeros, y yo tengo que guardarlos, inviolables. En consecuencia, si sucediera que los deberes a los que estoy comprometida fuesen incompatibles con los que me obligan respecto a ellos, he tomado el solemne compromiso ante Mons. Carroll, como ante mi pro­pia conciencia, de dar la prioridad a mis seres queridos y anteponer su ventaja a todas las cosas.

Es imposible negar la sinceridad de tal afirmación. ¡Extraña contradicción, sin embargo! Presta a sacrificarse, efectivamente, por sus hijos, a olvidarse por ellos, Isabel sigue siendo al mismo tiempo, aun sin saberlo, una madre posesiva. Prueba manifiesta de que las fallas psicológicas evidentes de una naturaleza como la suya no ponen en causa ni su lealtal ni su generosidad esencial. Pues así lo hace notar también uno de nuestros psicólogos modernos: El espíritu es insepara­ble en nosotros del psiquismo… y el acontecimiento espiritual que se realiza entre dos libertades, una santa -la de Dios- otra pecadora -la nuestra-, tiene lu­gar en el seno de nuestra vida psíquica, y no, fuera de ella. Sería, pues, un error confundir santificación y realización de la persona moral.

No hay que añadir menos que Isabel, este año de 1810, parece ignorar las re­percusiones dolorosas que su actitud ha suscitado en el corazón de Anina y más todavía las consecuencias que pueden derivar por parte del joven. Pues triste mente Carlos Dupavillon se embarcó, la primavera anterior, para zarpar hacia las Antillas, dejando en Baltimore a una Anina inquieta, perturbada, que en su propio corazón no llega ya a ver claro, no sabiendo ya finalmente si debe andar en sus propios sentimientos o en los de su madre.

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