Isabel Seton, la biografía: 18 – Esos señores de San Suplicio

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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No os acordéis de lo de antaño,
no añoréis lo antiguo.
Mirad, voy a realizar algo nuevo,
y ya aparece, ¿no lo notáis?
Si, abro un camino en el desierto,
ríos en la estepa.
…El pueblo que me he formado
proclamará mis loores.
Is 43, 18-21

En el momento de morir, en 1629, el cardenal de Berulle, después de fundar el Oratorio, el P. Bourgoing pudo rendirle públicamente este testimonio: Lo que él ha renovado en la Iglesia -en la medida que Dios le ha dado los medios ha sido el espíritu de religión, el culto supremo de adoración y de reverencia debido a Dios. Si el espíritu de la Escuela francesa, cuyo promotor era Berulle, ha marcado profundamente su impronta en la renovación del Gran Siglo, la fun­dación de la Compañía de San Sulpicio, por más de un título, había quedado singularmente impregnada de él. Y, por consiguiente, aquellos misioneros del siglo XVIII, llegados de Francia al Nuevo Mundo, estaban para inculcar también a la juventud de los seminarios y de los colegias encomendados a su cuidado, a una con el sentido de la transcendencia divina, el del civismo de la casa de Dios.

Nos es permitido imaginar en este mismo contexto con qué solemnidad sobria y mesurada se desarrolla, aquella mañana del 15 de junio de 1808, la misa pon­tifical del Corpus Christi en el Seminario de Baltimore, con ocasión de la consagración de la capilla que acababa de construirse. El edificio de estilo ojival situado en el ángulo del cuadrilátero formado por los pabellones de clases, es de vastas proporciones. El altar, casi en el centro, separado como el de nuestras catedrales góticas, se alza en medio del templo, destacado por la altura de tres gradas y concebido de manera que permita el despliegue de las funciones litúrgicas.

Aquel jueves del Corpus, la llama viva de 105 cirios se hace brasa sobre el altar. Las volutas del incienso se elevan hasta los nervios de la bóveda. El rito

y ceremonias de la misa mayor prosiguen con un orden admirable. Mons. Carroll, asistido del diácono y subdiácono, en dalmática, oficia con dignidad, con recogi­miento. En el coro, más de veinte sacerdotes con alba o sobrepelliz, ante los cua­les evoluciona el grupo debidamente adiestrado de los clérigos, portadores quien del incensario, quien del candelero, de los bonetes, de la mitra a del báculo del arzobispo oficiante. Avanzan, se inclinan, se cruzan, hacen profundas reve­rencias, sosegados, pacíficos y pacificantes. El toque del órgano sostiene a veces el canto coral y a veces alterna con las voces de los niños, límpidas, altas, claras.

Acaba el introito. El P. Hurley que ha venido, por la circunstancia, desde Filadelfia, entona el primer Kyrie. En ese momento preciso, se abre con discre­ción una de las puertas de la capilla. Una mujer vestida de negro entra de puntillas, se arrodilla, se inclina profundamente. Detrás de ella tres chiquillas repiten cada uno de sus movimientos. Ana María, Catalina, Rebeca Seton, sorprendidas, maravilladas, tienen un poco la impresión de vivir en un sueño. Ellas se han olvi­dado por el momento de los siete días de navegación bastante dura que acaban de soportar y de la lluvia que azota y cae sin cesar desde que han dejado el puerto y de la salida un tanta precipitada de Nueva York.

Sin duda hacía muchos meses que hablaba su madre de la posibilidad de un viaje a Montreal o Baltimore, pero sin que nada preciso viniera a asegurar su realización. Luego, el mes de abril, la cuestión se había presentado con urgencia. El número de alumnos de la pensión Wilkes disminuía cada vez más, en tanto que, desde Baltimore, el Sr. Dubourg dirigía a la Sra. Seton unas proposiciones que no dejaban de representar para ella serias ventajas. En resumen, después de pedir consejo, ella había tomado su decisión en mayo. Desde entonces las cosas no se habían demorado. Se le daban dos meses para organizar su salida de Nueva York con sus hijas. En tres semanas ella está dispuesta. Así es como las cuatro se habían embarcado, el 9 de junio, a bordo del Grand Sachem, que había arri­bado al puerto de Baltimore, el 14 por la noche. Anina, Kate y Rebeca llegabaa pues directamente con su madre del muelle de desembarque, a donde el Sr. Du­bourg había enviado el coche que las había conducido a la capilla de Santa María. Y ahora ellas asistían a la misa pontifical cuyo esplendor no les recordaba sino muy lejanamente las misas dominicales de la parroquia de San Pedro.

Todo lo que te escribí de Florencia -anotará Isabel esa misma noche con destino a Cecilia- es una sombra en comparación. Y en los Dear Rmembrances encarece: Ceremonias formidables, vistas por primera vez… este día del CORPUS CHRISTI, día de maravillas para nosotros…

El mes de abril pasado, Mons. Carroll había recibido, por voluntad de Pío VII, el título de arzobispo. Baltimore había llegado a ser la primera sede metropoli­tana de América. Cuatro sedes sufragáneas fueron erigidas simultáneamente: Nueva York, Filadelfia, Boston y Bardstown en Kentucky. Los titulares, entre los cuales han sido elegidos dos misioneros franceses, no podrán, es la verdad, por causa de las circunstancias, tomar posesión de esas sedes episcopales antes de dos o más años. El decreto pontificio no expresa menos la esperanza que anima por esa época el corazón del Romano Pontífice, en lo tocante al desenvolvimiento, crecimiento e irradiación del catolicismo de los Estados Unidos.

En esta perspectiva Mons. Carroll está convencido plenamente de que la ve­nida de los Sulpiciano5 franceses había sido una verdadera bendición, en tanto que él prosigue su larga y fecunda carrera. La tarea a él confiada era inmensa. El se ha gastado en ella hace ya tantos años y esa tarea le parece apenas comen­zada. Hubiera querido hacer mucho más. Sin la ayuda de los Sulpicianos hubiera hecho todavía menos. Tiene 73 años este año de 1808. El puede evocar las etapas más grandes de su larga vida.

Hijo de un emigrante irlandés, Juan Carroll nació en tierra americana, en Upper de Marlboro, un pueblo situado en el territorio del Estado actual del Maryland. Hizo sus estudios en Europa. Alumno brillante del Colegio inglés de Saint Omer, entró, a los 18 años, en el noviciado de la Compañía de Jesús. Or­denado sacerdote en 1759, presencia, en 1773, la dispersión de los Jesuitas. Tem­poralmente la Compañía se ve disuelta. Juan Carroll había aceptado entonces por un año el cargo de preceptor de una familia de Inglaterra, antes de empren­der de nuevo, en 1774, el camino de vuelta a Maryland. Era el año mismo del nacimiento de Isabel Bayley.

Volvía al Nuevo Mundo con una cultura sólida, una apertura de espíritu a todos los problemas de su tiempo, y hacía suyos sin reserva los deseos de inde­pendencia que bullían entonces en el seno de las colonias inglesas de América. Su valía personal, unida al conocimiento que tenía de Europa, le había merecido ser designado para una misión oficial en cuyo decurso se había encontrado en re­lación con Franklin, y luego con Washington. De ambos se había atraído una fiel amistad. Ha venido a visitarme el Nuncio y me ha dicho que, por recomen­dación mía, el Papa ha nombrado a Juan Carroll superior del clero católico de América -anotaba en sus memorias Benjamín Franklin, con fecha del 1 de julio de 1784-. Cinco años más tarde, Juan Carroll es preconizado obispo de Baltimore. A1 año siguiente, 1790, se presenta en Inglaterra a fin de recibir ?a consagración episcopal de manos de Mons. Walmesley.

En el curso de su viaje entra en contacto con el Sr. Nagot, a quien el Sr. Eme­ry, superior general de los Sulpicianos, ha enviado precisamente de París a Lon­dres, para presentar al primer obispo de América una proposición tan oportuna como inesperada. ¿Aceptaría Mons. Carroll recibir en su diócesis a algunos Sul­picianos franceses? Estos misioneros del Nuevo Mundo, prestando todo su con­curso a la tarea pastoral, inmensa, como venía a ser la del obispo, establecerían al mismo tiempo un seminario en Baltimore. Ellos tomarían a su cuenta los gastos necesarios a la fundación. Ellos llevarían incluso consigo a América a algunos sujetos en vías de formación. Dos razones habían dictado al Sr. Emery su de­terminación. El deseo de proseguir y extender la obra misionera explícitamente querida por el Sr. Olier, fundador de la Compañía de San Sulpicio, y la opor­tunidad de asegurar a los Sulpicianos franceses un refugio eventual en el extran­jero, a la hora en que los pródromos de la Revolución ensombrecían de forma inquietante el próximo futuro de la Francia religiosa. Una oferta de tal naturaleza no puede dejar indiferente a Mons. Carroll. Ve en ella una respuesta providencial al angustioso problema que le plantea, desde su consagración episcopal, el reclu­tamiento sacerdotal de los Estados Unidos, donde los católicos son minoría, don­de los sacerdotes emigrantes no tienen siempre la valía deseable. Da, de buenas a primeras, su acuerdo a la proposición del Sr. Emery, sin hacerse no obstante ilusión sobre la situación delicada que corre el riesgo de ser la suya frente a unos sacerdotes extranjeros que van a poner pie, casi al mismo tiempo que él, dentro de su propia diócesis.

Al año siguiente, el 8 de abril de 1791, se embarca en Saint-Malo el primer con­tingente de misioneros. Lo integran los Sres. Nagot, Lavadoux. Tessier y Garnier. A bordo del mismo navío se encuentra un pasajero con nombre ya célebre: Fran­cisco Renato de Chateaubriand, que parte hacia el descubrimiento del Nuevo Mundo con el entusiasmo de sus 23 años.

A estos obreros de la primera hora vendrán a juntarse otros, en los años si­guientes. Tales son los Sres. Flaget, David, Maréchal, Dubourg, Babad. Tres de ellos ocuparán un día en los Estados Unidos las sedes episcopales de Bardstown, Baltimore y Nueva Orleans. Los Sres. Flaget y Dubourg serán considerados, al modo de Mons. Carroll, como los «Padres de la Iglesia de América». Tal título será concedido igualmente al Sr. Dubois, al Sr. de Cheverus y al franciscano ir­landés, P. Miguel Egan.

En 1801, el obispo de Baltimore podía rendir ya a sus colaboradores este bello testimonio, escrito con destino al Sr. Emery: No he conocido nunca en nin­guna parte unos hombres mejores y más capaces para formar eclesiásticos, tales como los pide la religión, que los Señores de su Sociedad. Igualmente, estoy persuadido de que una de las mayores desgracias que podía acontecer a esta dió­cesis sería perderlos. Y cuando, no obstante, el Sr. Emery se interroga sobre la oportunidad de dejarlos en América, donde el número de vocaciones sacerdotales esperadas está lejos de alcanzarse, cuando piensa llamar a varios de los misione­ros cuya presencia en Francia le parece más, útil, pasada la Revolución, Mons. Ca­rroll le hace llegar estas líneas instantes: Le conjuro por las entrañas de Jesucristo que no los retire por entero.

Una galería de cuadros de la época ha fijado el rostro de casi todos los pri­meros misioneros de Maryland. Retratos hieráticos, fríos, demasiado solemnes, que dan mucho menos el verdadero rostro de los hombres de lo que lo hacen los disparos indiscretos de los fotógrafos de hoy. Existen, con todo, otras instantáneas y nos han sido guardadas intactas. Ellas brotan súbitamente de la lectura de sus recuerdos o de las cartas autógrafas, numerosas, prolijas, con las que aquellos buenos señores juzgaban bueno tener a sus superiores de París al corriente de los hechos, grandes o pequeños, de su apostolado, de los problemas que plantea­ba, de las dificultades que vencía, y hasta de las diferencias que, por un tiempo, oponían, uno a otro, a aquellos hombres de personalidades fuertes con un sen­tido misionero emprendedor. No es sino en su escritura, en las líneas apretadas de sus misivas, en las rúbricas de sus firmas donde revelan algo de sí mismos y se nos hacen en cierto modo presentes.

El Sr. Nagot tenía mucha alma, entusiasmo, exaltación -anotó Eduardo De­mondesir que, acompañando al grupo de los Sulpicianos, recibiría la ordenación en Baltimore de manos de Mons. Carroll-. Y explica: Desde antes de llegar

a Maryland, durante un discurso pronunciado en San Pedro de Terranova, el Sr. Nagot anunció que íbamos a convertir América y, sin duda, él lo deseaba ardientemente. A nuestra llegada a Baltimore, monseñor nos recibió y se apresuró a decir al Sr. Nagot que para repartir a los americanos el pan de la palabra de Dios, era menester hacer una molienda de un celemín de celo por nueve de pru­dencia.

El Sr. Nagot tenía entonces 57 años. Natural de Taurs, había ida a hacer sus estudios a París. Ingresado a los 20 años en San Sulpicio, había enseñado prime­ramente en Nantes y luego, verosímilmente, en el seminario de París o en Issy les-Moulineaux. A la vez activo y contemplativo, «hombre grave y compuesto», llegaba a América con las directrices precisas del Sr. Emery: fundar un seminario según el espíritu del Sr. Olier, es decir según los principios y la mentalidad que habían sido en Francia los del siglo de Luis XIV. Ahora bien, la América de la Independencia no tenía nada de común con la Francia de 1646. En Francia -escribirá el Sr. Deluol en 1817- no pueden nunca formarse una idea exacta de este país, de su gobierno, y del carácter de sus habitantes; no hay más pare­cido entre ellos y los franceses que el que hay entre la noche y el día.

La escuela de Georgetown era el primer establecimiento cuya apertura había decidido en su diócesis Mons. Carroll. Había llamado, para tomar su dirección, a antiguos cohermanos de la Compañía de Jesús que aguardaban -y deberían aguardar hasta 1814- el restablecimiento de su Sociedad. A la vez colegio ge­neral y seminario menor, el centro de Georgetown abriría, en consecuencia, sus puertas a todos los muchachos que estuviesen a punto de proseguir allí el ciclo de los estudios, fueran católicos o protestantes. Eventualmente podrían añadirse en él las clases propias del seminario mayor. La llegada de los Sulpicianos a Bal­timore, la fundación inmediata del colegio Santa María, copia de un seminario menor, trastorna un poco, desde el comienzo, los primeros planes del obispo, en tanta que la obligación, para los Sulpicianos, de abrir un colegio al lado del seminario, parece responder a la propia vocación de San Sulpicio. No cesarán de plantearse problemas de adaptación y de colaboración. La gran distancia que separa Francia de América y la precariedad de los medio de comunicación no facilitarán su solución. Podrán surgir a veces cuestiones delicadas, y hasta espi­nosas, tratando de resolverlas cada uno lo mejor posible, según la óptica personal y su temperamento. Nada de extraño, pues, que, de un tiempo a otra, estalle un conflicto en el que se encuentren enfrentadas dos concepciones diferentes, miran­do, no obstante, una y otra al equilibrio y a la adaptación. Pues los misioneros franceses, con formar parte casi todos de la misma Compañía de San Sulpicio, están muy lejos de haber sido fundidos en el mismo molde. ¡Y es una suerte!

Los Sres. Lavadoux, Tessier, Garnier tienen en esta época, al parecer, menos relieve que el Sr. Nagot, «el jefe de la misión francesa». Ellos, por otra parte, no se mezclarán casi en la fundación de la Madre Seton. Más destacada se revela la fisonomía de Juan Bautista David. Había nacido en Nantes en 1761, y, después de proseguir sus estudios en el colegio oratoriano de su ciudad natal, había ido a París donde demandó su admisión entre los Sres. de San Sulpicio. Ordenado sacerdote a los 24 años, enseña en el seminario de Angers, luego en 1792 se embarca para Filadelfia y Baltimore con el Sr. Flaget a quien permanecerá siem­pre unido por los vínculos de una fiel amistad.

Generoso, resuelto, tenaz en sus ideas, difícil para revisar su propia forma de considerar un problema o de resolverlo, le será preciso siempre estar a sus anchas para dar su medida. Polemista encarnizado, no llegará nunca a entenderse con el Sr. Badin, primer misionero de Kentucky y primer sacerdote ordenado en los Estados Unidos, que gozaba, sin embargo, de una muy grande notoriedad. «El arzobispo -vendrá a concluir el Sr. Maréchal- me hacía observar que el nombramiento del Sr. David para la sede episcopal de Filadelfia restablecería pronta la paz, al no tenerle ya junto a sí el Sr. Badin como principal adversario». Pero aquel hombre que parecía irreductible, demasiada seguro de sí mismo, no experimenta menos en el fondo de su ser un sordo temor frente a «un terrible ministerio» que teme no desempeñar como debe. «El mundo nos alaba por la mitad del deber que hacemos, y Dios nos reprobará por la otra mitad que no hacemos» -escribirá él, desde el momento de su nombramiento episcopal, to­mando a su cuenta las palabras de aquel a quien llama, sin más precisión, «el santo Obispo de Amiens».

Diametralmente opuesto al Sr. David, se nos muestra Benito José Flaget que, ingresado en San Sulpicio a los 20 años, tiene casi 30 cuando arriba a Baltimore, en 1792. Natural de Auvernia, hizo sus estudios en el colegio de Clermont. Después de una primera estancia de tres años en Indiana, enseña en George­town en 1796. Relacionado con Washington que le aprecia altamente, es envia­do temporalmente a la Habana con el Sr. Dubourg. Allí encuentra al futuro rey Luis Felipe y traba amistad con él. En 1801, es profesor en el colegio-seminario Santa María. El 3 de febrero trazará estas líneas destinadas a su hermano: «Ten­go todavía buen pie, buen ojo, buen diente. Mis cabellos, negros en otro tiempo como el ébano, se hacen de un blanco más brillante que la nieve de manera que, con una figura aún bastante joven, comienzo a tener la cabeza de viejo». Esos cabellos los lleva medio largos, al estilo del Cura de Ars, de quien tiene la mirada apacible y profunda. Tan pronto como los Trapenses erigieron un monasterio en Maryland, en 1804, el Sr. Flaget tiene el proyecto de que se le admita entre el número de los hijos de San Bernardo. Da los primeros pasos para obtener su ingreso en el noviciado. Sin embargo, en 1808, se entera de que el Papa Pío VII le destina para la sede de Bardstown. El quiere negarse. El Sr. Emery le impone la obligación de aceptar la carga episcopal como servicio a la Iglesia. Obispo de Bardstown, luego de Lauisville, después del traslado de esa sede a las riberas del Ohio, hará venir a su diócesis junto con las Hermanas del Buen Pastor y los Pa­dres de la Compañía de Jesús ya restablecida, a los Trapenses de Gethsemaní.

La estancia del Sr. Dubourg en Maryland hizo, sin duda alguna, más ruido que la del Sr. Flaget. Todos los cohermanos hablan de él en su correspondencia, y los juicios que ofrecen al respecto son bastante diversos. Era el primero de los Sulpicianos a quien Isabel había conocido. A él es deudora de haber venido a Baltimore. Y, sin duda, ella comparte la admiración que le profesa entonces el Sr. Flaget que trazará de él, en una carta escrita el 28 de noviembre de 1803, este elogioso retrato:

Después de Dios y de nuestro buen arzobispo (Mons. Carroll), es el Sr. Du­bourg, superior y director del Colegio (Santa María de Baltimore), a quien somos deudores de estos grandes establecimientos. A unos talentos extraordinarios, en todos los sentidos, une un física excelente, una piedad admirable y unas delica­dezas que le ganan todos los corazones. Sólo tiene 40 años, es el más joven de todos los Sulpicianos de América, como también el más benemérito. ¡Cuántas cosas no podrá hacer, si vive veinte años más!

Los Souvenirs de Eduardo Demondésir presentarán, es verdad, al Sr. Dubourg bajo una luz un poco diferente: …Yo no creo que pueda encontrarse un hombre más sujeto a caer en faltas y más pronto, más hábil para salir de ellas. Todo le era provechoso, sus faltas y sus caídas le empujaban adelante. Era de una actividad asombrosa con medios de todo género, que hacía flecha de toda made­ra… Aun cuando el Sr. Demondésir esté animado de un espíritu satírico eviden­te, no está falto, sin embargo, de espíritu de observación. Que el Sr. Dubourg había sido a veces excesivo en sus reacciones, ahí están los hechos para probarlo. Entre él y el Sr. Maréchal no hubo siempre perfecta armonía, pero el Sr. Ma­réchal estaba dotado también de una fuerte personalidad.

En cuanto al Sr. Babad, hará recaer sobre el Sr. Dubourg la responsabilidad de una crisis financiera, provocada -dice él- «por sus gastos extravagantes». A decir verdad, uno se niega a dar crédito a las afirmaciones del Sr. Babad. El tiene 45 años. este año de 1808, y ha pasado unos años en La Habana antes de llegar a Maryland. Si damos crédito a la nota necrológica que le dedicará, al día siguiente de su fallecimiento, 14 de enero de 1846, su sobrino Juan Babad, «clérigo minorista», él se habría adquirido allí una reputación extraordinaria de taumaturgo. En realidad, uno experimenta un cierto malestar, mientras prosigue la lectura de veinte grandes páginas de ese panegírico, donde lo maravilloso tiene un lugar preponderante.

«Mi tío -dice Juan Babad- daba siempre a los pobres; sobre lo que, si se le puede hacer reproche, es de no haber dado siempre con discernimiento… «. Esa falta de discernimiento en todos los planos sería quizás, finalmente, el rasgo característico de un hombre esencialmente bueno, muy sensible, extrañamente sintonizado con todo su ser con el movimiento romántico tal como el Genio del Cristianismo presentaba entonces la religión misma. «El Sr. Babad es conside­rado en toda la ciudad como un santo sacerdote» -escribirá de él el Sr. Bruté de Rémur, futuro obispo también, en una carta dirigida a uno de los Superiores de París, en 1815, en tanto que el Sr. Maréchal, que no le encuentra capaz de asu­mir el menor cargo ante los alumnos del seminario o del colegio, manifestará al mismo destinatario parisiense: «el Sr. Babad es, un puro cero…».

La personalidad de ese Pedro Babad permanece al fin bastante enigmática. El no hará fácil ninguna de las obras en las que se ve llamado a participar, a pe­sar de su ardor apostólico, que, con ser auténtico, no parece haber encontrado nunca su punto de equilibrio. El teme -dice- «haber perdido su primera voca­ción por la disipación del ministerio exterior», y no ceja de agitarse respecto a todo, formulando, por otra parte, sobre sus cohermanos que le son manifiesta­mente superiores par muchos títulos, juicios desafortunados, estrechos, que natu­ralmente no sirven para simplificar los problemas por resolver.

Que los otros sulpicianos de Maryland hayan dado, a su respecto, muestra de una reserva bien prudente, bien excesiva, según el caso, nada tiene, por tanto, de sorprendente. Lo que parece mucho más asombroso es que Isabel Seton con su juicio seguro y su gran buen sentido, haya puesto de golpe, el día mismo d-2 su llegada a Baltimore, su confianza total en quien ella llamará pronto el santo P. Babad. Impulso de su corazón, seguido con excesiva rapidez quizás, pero que va a ser, tanto para ella como para su obra naciente, una fuente de cuantiosas dificultades.

Porque, desde que Isabel ha respondido a las proposiciones del Sr. Dubourg, desde que ha venido a ponerse a disposición de los Sulpicianos franceses de Ma­ryland, le será menester en adelante acceder a caminar con ellos. El sendero por el que ella se aventura va a tomar tan a menudo el trazado del sendero de aqué­llos, su obra estará tan ligada a la obra de ellos, en ciertas ocasiones, que la de­pendencia de una en relación a la otra vendrá a ser inevitable. Hasta el día en que, habiendo encontrado su dirección propia, la pista de las Hermanas de la Caridad de América, al estilo de la de los pioneros que avanza primeramente co­mo a ciegas por regiones desconocidas, desemboque en plena luz, allí donde Dios, que escribe siempre recto hasta con líneas torcidas, no ha cesado de conducirla. Aquí y allí, en verdad, el Señor prosigue su propia obra con instrumen­tos humanos falibles y limitados. Es así, desde la llamada de los primeros dis­cípulos de Cristo, como crece y se desarrolla su Reino.

Ahora bien, más objetivo, sin duda, que unas conjeturas que correrían el ries­go de ser arbitrarias, el conocimiento, por imperfecto que sea, de los misioneros que trabajan en Maryland a la hora que Isabel, a su vez, llega allí, ayudará a tener una mirada lúcida sobre las situaciones a veces embrolladas, a menudo desconcertantes, en las que serán parte interesada tanto las Hermanas de la Caridad americanas como los Sulpicianos franceses. Las diferencias que. por otra parte, parecerán dividir entre ellas, sobre tal o tal punto, a esos señores de San Sulpicio, u oponerlos a las miras de Mons. Carroll, no cortarán jamás la unión profunda, sobrenatural, que más acá de las divergencias de miras, de las oposiciones de caracteres, permitirá al equipo misionero hundir en lo más pro­fundo de la tierra de América la semilla fecunda del catolicismo para la mies futura.

A la carta que dirigía Mons. Carroll en 1801 al Sr. Emery para decirle en cuánta estima tenía a los Sulpicianos franceses, responden, siete años más tarde, estas líneas escritas por el Sr. Flaget: «La sede de Baltimore ha sido erigida en arzobispado y nuestro santo arzobispo ha recibido el pallium de Su Santidad. A él somos deudores de nuestro establecimiento en los Estados Unidos, del colegio y del seminario, y, sin duda, a sus oraciones debemos el éxito del uno y del otro».

Ningún equívoco posible. Una estima recíproca cimenta al equipo misionero, y el sentido sobrenatural que le anima asegura, a pesar de los enfrentamientos y hasta de los chispazos, su estrecha cohesión. La solemnidad que reúne, este 15 de junio, a los Sulpicianos franceses en torno al arzobispo de Baltimore, su arzobispo, es más que una solemnidad litúrgica. La consagración de un edificio de piedra como es la capilla del seminario y colegio Santa María toma ahora un valor de símbolo. Es también la consagración de 16 años de esfuerzos comunes y ya fructuosos para la Iglesia de América.

La llegada de Isabel Seton a Baltimore, en este preciso día, no es tampoco fortuita. Es providencial, y la coincidencia que la guía justamente a los Sulpicia­nos el día mismo en que la Iglesia celebra la fiesta del Santísimo Sacramento toma ahora también un singular relieve. La fecha del 15 de junio de 1808 mar­ca también en su vida la de una etapa excepcional, cargada de consecuencias. Y su admiración no ha de acabarse con la solemnidad litúrgica de este día.

Tan pronto termina la misa, Ana María, Kate y Rebeca se ven junto con su madre rodeadas de un grupo simpático, con prisas de desearles la bienvenida. El arzobispo es de los primeros en saludar a la Sra. Seton, en sonreír a las niñas. Anina, con sus cabellos en bucles, es una muchachita encantadora de 13 años, alta y desarrollada para su edad. Catalina cumplirá 8 años al fin de mes. Rebeca no tiene 6 todavía. Junto a Mons. Carroll y al Sr. Dubourg y al P. Hurley, a quienes ya conocían, se encuentra la madre del Sr. Dubourg y su hermana: la Sra. Fournier. Muy verosímilmente, por razón de la solemnidad que reúne este día en Santa María a la casi totalidad de los sacerdotes franceses, la Sra. Seton y sus hijas fueron presentadas a los Sres. Nagot, Flaget, David y Babad. La Sra. Fournier las invita a comer, mientras su hija mayor, Aglaé, que es sensible­mente de la edad de Kitty, declama unos versos, a decir verdad bastante ampu­losos, que el Sr. Babad ha compuesto para la circunstancia.

Las tres pequeñas americanas no comprenden gran cosa, si no es que un afecto nuevo se les ofrece, que aquí ya no estarán como en Nueva York al margen de las demás niñas. Más que sus hijas, queda encantada Isabel. Ella es particularmente sensible a la atención del Sulpiciano que ha dedicado un poema a sus propias hijas. Pronto, ella confiará a Catalina Dupleix: Todas estas peque­ñas delicadezas de la vida diaria que tocan el corazón y de las cuales yo estaba totalmente privada, se han hecho ahora una herencia de cada día, gracias a la familia del Sr. Dubourg cuya hermana y madre son incansables en el cuidada que se toman por nosotras.

En realidad, ¿no va a encontrar más Isabel? ¿La posibilidad de dar nueva­mente a sus hijos un hogar y un padre? ¿Y la estabilidad de una situación mate­rial normal, asegurada para el presente y el porvenir, que no estuviera ya dependiendo de la caridad de los, demás, aunque fuese la más delicada y la más ami­gable de las caridades? ¿No va a poder darse de nuevo sin freno dentro de un amor humano lícito y bienhechor su propio corazón, tan profundamente tor­turado desde hace cuatro años? Hay en esto algo más que un sueño: una pers­pectiva que Isabel entrevé desde fines de ese mes de junio de 1808, quizás desde la semana siguiente inmediata a su llegada a Baltimore.

El lunes 19 de junio, sale para Georgetown a fin de buscar a sus hijos. Will y Ricardo serán efectivamente desde ahora, según deseo expreso del Sr. Du­bourg, externos en el Colegio Santa María de Baltimore. En el coche que la lleva

a través de Maryland, Isabel ha tomado sitio al lado del P. Hurley, que va acompañado por Samuel Sutherland Cooper. Ahora bien, desde el instante que han sido presentados, el Sr. Cooper y la Sra. Seton han experimentado el uno por el otro un atractivo espontáneo. Ella tiene 33 años. El tiene 39. El ha pasado re­cientemente de la comunión protestante a la Iglesia católica, como ella, con un fervor semejante hacia la Eucaristía. El quiere ahora vivir según todas las exigen­cias de la vida cristiana cuya profesión acaba de hacer. Ella también. En las miras de la Providencia ¿tendría valor de signo este encuentro? El sentimiento íntimo que hace ahora vibrar por entero el ser de la joven mujer es de un orden diferente. Este verano de 1808, Isabel Seton y Samuel Cooper son todavía libres. Ellos podrían unir sus vidas y eso sería —parece a primera vista— para el mayor bien de Ana, de Guillermo, de Ricardo, de Catalina y de Rebeca. Podrían llegar

a ser, en la comunidad católica de Baltimore, lo que llamamos hoy un hogar de acción católica, eficaz e irradiante. ¿Se perdería, al fin, con ello, la fundación mis­ma de una casa de educación femenina que los Sulpicianos deseaban confiar a la joven mujer? El Sr. Cooper dispone de una fortuna personal que sería capaz de facilitar el establecimiento proyectado.

Que tales preguntas hayan asaltado a los interesados, se puede tener por cier­to, según las confidencias de Isabel misma. Ella habla con toda franqueza tanto de una atracción mutua, espontánea, de un interés que la empuja hacia Samuel Cooper, como de una estima recíproca entre ellos. Cecilia, que conocerá un poco más tarde en Nueva York, a ese amigo del P. Hurley no le encontrará, por su parte, sino muy poco seductor. Le hará más bien el efecto de una especie de original, un tanto pasado de moda… Yo bien quisiera no verle de manera dis­tinta a la que tú le ves personalmente -le replicará Isabel-. A Julia Scott ella le confiesa, con un eufemismo encantador, que no sabe cómo podían haber cam­biado las cosas a consecuencia de ese atractivo…

Pero había un Sí… El uno y la otra, efectivamente, habían creído discernir una llamada más elevada, más exigente aún: la de un camino exclusivamente consagrado a Dios. Si Dios les pedía el sacrificio de una dicha lícita y legítima, ellos no regatearían. Ellos le harían ese don «que excluye del afecto del hombre no sólo lo que es contraria a la caridad -como lo explica santo Tomás de Aquino- sino también todo lo que podría simplemente impedir a todas las potencias del hombre dirigirse totalmente hacia Dios»

Así pues, tan pronto coma ambos comprendieron que antes de su encuentro les había sido dirigida otra llamada, con respeto recíproco de una vocación más alta, renuncian deliberadamente a ese amor humano naciente por el único temor de retardar mutuamente su marcha por el camino del mayor amor. Es todo. De una y otra parte da vuelta la página. Un hombre de una personalidad tan viva, tan perfecta, es una ofrenda digna de la fuente de toda perfección –con­cluye sencillamente Isabel-. Como recuerdo, sin embargo, de su viaje común a Georgetown, ella quiso dejarle su rosario. Ella volverá a ver, ciertamente, al Sr. Cooper, pues él tendrá su papel que representar en la fundación próxima, pero la Sra. Seton se prohibirá entablar con él la menor correspondencia. Al final del mes de agosto, Samuel Cooper entraba en el Seminario de Santa María, para comenzar allí los estudios que, bien que él alcanzara ya la cuarentena, le permi­tirían un día acceder al sacerdocio.

Al ver el desarrollo de los acontecimientos ulteriores, nos podíamos pregun­tar si la simpatía súbita que, en un plano completamente diferente, atrae a Isa­bel de forma casi irresistible tanto hacia el Sr. Babad como hacia el Sr. Cooper no es una especie de revancha de su naturaleza, de su «extraordinaria sensibili­dad, de su receptividad tan intensa, tan vibrante»  demasiado tiempo reprimidas desde su salida de Liorna. Pues es manifiesto que, entre las personalidades de valía que le va a ser dado conocer en Baltimore, ni Babad ni Cooper podían solicitar el primer puesto.

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