Isabel Seton, la biografía: 16 – Cayeron las cadenas

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Ahí está el Señor que llega con poder,
su brazo impera.
Mirad, con El viene su salario
y su recompensa le precede.
Cual pastor apacienta su rebaño:
lo congrega su brazo,
toma en brazos los corderos
y hace reposar a las paridas.
Is 40, 10-11

Pocas ciudades, al parecer, se transformaron, en siglo y medio, de forma tan espectacular como Nueva York. Imagínese cuál sería la extrañeza de un businessman neoyorquino de nuestros días que se viera bruscamente trasladado, dentro de la ciudad misma, unos ciento sesenta años atrás. Nada de edificios gi­gantescos, sino minúsculas viviendas. Nada de avenidas inmensas, rectilíneas, de tráfico trepidante, sino callejuelas tortuosas y mal pavimentadas. Nada de anun­cios luminosos que cada noche parecen abrasar la ciudad entera con fuegos artificiales de mil colores, sino miserables quinqués que proyectan sobre el sue­lo enlodado un pálido refleja amarillento. Nada de sirenas potentes, anunciando la salida de los paquebotes que alcanzarán Europa en cuatro días. Nada de zum­bidos de aviones que transportan en unas horas sus pasajeros a Londres, a París, a Roma, sino el ¡yo! ¡yo! de los marineros que izan las velas de un navío del que nadie puede prever el día que arribará al puerto lejano hacia donde se apres­ta a zarpar.

Más que su ciudad, sin embargo, se ha transformado la mentalidad de los habitantes de Nueva York en el plano social y religioso. El que los ciudada­nos de USA hayan podido elegir para presidente en 1960 a un católico como Kennedy, y que otros presidentes, Johnson o Ford, hayan aceptada como cosa normal ver a una de sus hijas pasar de la comunión protestante a la Iglesia católica, es algo que hubiera sido inconcebible en los primeros años del siglo XIX.

Para seguir sin tropiezo el desarrollo de los acontecimientos que va a susci­tar la entrada de Isabel en la Iglesia católica, este año de 1805 y durante los que van a seguir, nos es menester aceptar una extrañeza semejante a la del financiero moderno que se viera trasladado al medio de la vida neoyorquina, en la época que, entre los franceses, Napoleón se hacía coronar por el papa Pío VII en Notre-Dame.

Cuando, la víspera de dejar Liorna, la Sra. Seton se había abierto a Felipe Filicchi sobre sus temores, había obtenido de su amigo toscano esta brusca y franca respuesta: «…Tiene temor de que Dios no cuide de usted. Yo le digo que El cuidará, realmente, de usted». En el diario destinado a Rebeca y que, de hecho, Rebeca logrará leer, Isabel había consignado las palabras de Felipe, las cuales había comentado de inmediata: Así lo espero, Rebeca. Sabes que teníamos la costumbre, tú y yo, de sentir envidia de los que eran pobres porque ellos nada tenían que ver con el mundo. Ahora ha llegado para ella el tiempo de experi­mentar realmente la verdadera pobreza. Ella sabe que determinándose a hacerse católica, no sólo corta los puentes con Enrique Hobart y la comunidad episcopa­liana de San Pablo, sino que se pone al margen de la buena sociedad de la ciudad.

Si los católicos son ya, en cuanto tales, francamente menospreciados por bien de razones de las que, al fin, muchas están totalmente fuera de las cuestiones religiosas propiamente dichas, la pobre pequeña parroquia de San Pedro no tiene, en verdad. nada que pueda ayudar a la gente bien educada de Nueva York a salir de prevenciones. Los que frecuentan la iglesia, construida en la esquina de Barclay Street, son gentes muy pobres: emigrantes sin fortuna, llegados de Irlanda, Francia o Alemania. No son ellos, seguramente, de las que se encuentran en los almacenes del florista Grant Thorburn o del peletero John Jacob… Su nivel social, como su tipo de vida, les emparentaría más bien con las miserables familias desarraigadas de que se componen las aglomeraciones lamentables de nuestras modernas chabolas.

El párroco de San Pedro, en 1805, es el Sr. Mateo O’Brien, hombre bastante original, al parecer. Sucedió en la parroquia neoyorquina a su hermano, el Re­verendo P. Guillermo O’Brien, un dominico, de quien hará mención el Rvdo. J. Roosvelt Bayley, hijo de Guy Carleton, medio hermano de Isabel, en «The history of the Catholic Church on the island of New York». Parece que el fraile predicador «sacerdote fiel e inteligente» había tenido más valía personal que el Rvdo. Mateo O’Brien. No es cierto, en todo caso, que Isabel haya podido en­contrar junto al párroco de San Pedro toda la ayuda espiritual de la que estaba tan necesitada. Nada puede pues atraerla, humanamente hablando, hacia los católicos de Nueva York. No encontrará en la pequeña parroquia de San Pedro ni las bellas ceremonias que la habían impresionado en Italia, ni las obras de arte religioso que podían servirle allí de trampolín para elevarse a Dios, ni la so­ciedad selecta como era para ella la de los Filicchi. No encontrará tampoco en absoluto una enseñanza doctrinal de valor excepcional.

Y estaba bien así. Pues ninguno podría sospechar jamás que ella se había pasado a la religión católica por un motivo que no fuese esencialmente sobre­natural. Antes bien ella podría decir con San Pablo: «Todo lo que para mí era ganancia lo he juzgado como pérdida por causa de Cristo… Por El he aceptado perder todo… » (Flp 3, 7-8). Con ese espíritu acepta ella, sin una mirada hacia atrás, la desgracia social que venía a hacerse suya. Así nadie tendría derecho jamás a poner en duda su declaración formal: Sólo busco a Dios y su Iglesia. Una vez tomada su determinación, Isabel no era mujer como para dejar dife­rir las cosas. El 27 de febrero, que resultaba ser, en 1805, el miércoles de Ceniza, se presenta en San Pedro. Y, claro está, el mismo día le es necesario comunicárselo a Amabilia.

¡Día entre los días, Amabilia! ¿A dónde fui? ¿a dónde? A la iglesia de San Pedro, la que tiene en su cima una cruz y no una veleta (como las otras), a la iglesia que llaman aquí, entre tantas otras, la católica. Cuando doblé la esquina de la calle donde se encuentra, me dije: «Allí es a donde voy, Dios mío, con todo mi corazón vuelto hacia Ti». Su corazón -dice ella- no podía más, creyendo que iba a dejar de latir, cuando, en silencio, me arrodillé ante el pequeño sagrario y la crucifixión, que se encuentra detrás del altar. Era un gran cuadro, obra del mejicano José María Vallejo, la única obra de arte valiosa, sin duda, de la pe­queña parroquia. Ah, Dios mío -repite Isabel- aquí es donde es menester me quede a reposar. Si hubiera podido pensar en cualquier cosa fuera de Dios, habría bastado, creo yo, para impresionarme, ver la gente que avanzaba y se empujaba unos a otros. Pero ella había venido por Dios solo, y sólo más tarde supo que se trataba de la recepción de la ceniza, ceremonia completamente desconocida entre los protestantes. Un sacerdote irlandés que le parecía «muy raro, aunque muy venerable» y que acababa de llegar recientemente a la parroquia -el Sr. Ma­teo O’Brien por consiguiente-, hace, no obstante, una pequeña plática sobre la muerte, tan sencilla y familiar que la encanta y le da nuevo vigor.

A1 comienza de marzo llega la esperada respuesta del Sr. de Cheverus. ¿Para qué, entonces, andar con nuevas dilaciones? El 14 de marzo, en presencia del párroco de San Pedro y de Antonio Filicchi, Isabel Seton, llena de calma y paz, hacía oficialmente su profesión de fe católica.

Después de la salida de todos los que estaban en la iglesia, se me hizo pasar a una pequeña pieza que está cerca del altar y allí hice profesión de creer lo que cree y enseña el Concilio de Trento, riendo en mí al volverme hacia mi Salvador que veía bien que yo no sabía lo que creía el Concilio de Trento… Mi corazón creía solamente lo que la Iglesia declara ser su creencia. Pues en cuanto a circular más en medio de lo que creen las gentes de aquí y las de ahí, yo no puedo más: estoy agotada de ello. Esta vez, me encontraba con el corazón ligero, el espíritu libre, y era, con todo, sin rogar a Nuestro Señor que hundiese profundamente mi corazón en su costado abierto que yo veía tan expresivo en la espléndida crucifixión o bien presente en su pequeño sagrario donde por siempre, ahora, descansaré. ¡Oh Amabilia, los dulces recuerdos de aquel día con los niños y aquel juego de mi corazón con Dios, riendo a boca llena con ellos…!

Unas líneas, breves, en los Dear Remembrances, consignan en un mismo re­cuerdo las dos fechas memorables: – los miles de lágrimas, de oraciones y de gritos del alma vacilante que se sucedieron hasta el Miércoles de Ceniza, 14 de marzo de 1805, en que entró en el Arca de San Pedro con sus bien naci­dos — Error de fecha, sin duda, pero los días para Isabel son como un día único.

Tan dichosa, ahora -prosigue la carta dirigida a Amabilia- de prepararme para esa buena confesión: malísima como soy, estaría dispuesta a proclamarla desde las azoteas para asegurarme una buena absolución que espero de inmedia­to. Y luego, ¡en marcha para una vida nueva, para una existencia nueva!

Las confidencias prosiguen, con fecha del 20 de marzo. Ahí está, ¡resultó harto fácil! El Sr. O’Brien se mostró -asegura ella- lleno de benevolencia, de compasión, pero también de firmeza. En resumen, se mostró tal que Isabel encontró en esta primera recepción del sacramento de la penitencia lo que hubiera esperado de Nuestro Señor mismo. Es a Cristo, además, lo que su fe le ha hecho ver realmente en la persona de su ministro, él y ella, teniendo así -como lo anota ella can una gran justeza- la parte irreversible que revierte en cada uno. Y luego, ¡oh Amabilia, formidables aquellas palabras que desatan cuando se ha estado atada durante treinta años! Tuve el sentimiento de que mis cadenas caían como las de San Pedro, cuando vino a tocarle el mensajero de Dios.

Para esa existencia nueva, ella siente que ha sido preparada, en verdad, por la amargura de su alma y por los meses de pruebas que acaban de pasar.

«En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada, -¡oh dichosa ventura!­

salí sin ser notada…» (Noche oscura, 1)

Ella podía hacer suyas ahora aquellas estrofas ardientes de san Juan de la Cruz:

«Aquésta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía a donde me esperaba

quien yo bien me sabía… » (Noche oscura, 4)

¡Dios mío, qué cosas tan nuevas para mi alma! El día de la Anunciación, yo no haré más que uno con Aquél que ha dicho: «Si no coméis mi carne y no bebéis mi Sangre, no tendréis parte conmigo…». Cuento los días y las horas. Todavía un poco de espera, todavía un poco y luego… Sol brillante de aquellas marchas matinales de preparación. Nieve espesa o helada, todo es parecido para mí. No veo más que la cruz del campanario de San Pedro. ¡Los niños están locos de alegría con el pensamiento de ir conmigo, a su vez!

Los recuerdos se fijan precisos en su memoria. Para decir la alegría de aquel dichoso encuentro, las palabras se apresuran bajo su pluma tan vibrantes en los días lejanos de los Dear Remembrances como este 25 de marzo de 1805:

ahora los RECUERDOS que afluyen desde aquel día hasta el 25, día de una PRIMERA COMUNIÓN en la iglesia de Dios… horas contadas, la vela del corazón para la suprema dicha que él había deseado tanto tiempo – los secretos, el misterio de Bendición — alegría celeste, bienaventuranza, inconcebible para los Angeles.

No hay palabras para esto – – FE ARDIENTE – – –

— espera de la aurora a través de un sueño interrumpido sin cesar – – primeros rayos del sol percibidos al fin sobre la cruz, sobre el campanario de San Pedro brillante con tal esplendor AQUELLA MAÑANA — cada paso de los dos mil… tan indigna de andar por aquella calle… la puerta de la iglesia, por fin acercarse al altar – – –

El día mismo de la Anunciación, prosigue ella, para Amabilia: 25 de marzo. ¡Al fin, Dios es mío y yo soy suya! Ahora que todo sigue su curso. Le he reci­bido. Las terribles impresiones de la noche precedente: temor de no haber hecho todo lo que era menester para prepararme, y con todo, incluso entonces trans­portes de confianza y de esperanza en su bondad. ¡Dios mío! ¡No iba a recordar yo hasta el postrer suspiro aquella noche de vela esperando la aurora! Mi corazón espantado, palpitante, con tanta prisa de marchar. La larga caminata hasta la ciudad. Cada uno de mis pasos: ¡más cerca de la calle, más cerca del sagrario, más cerca del momento que El entraría en mi pobre humilde morada, tan total­mente suya!

¡Y cuando El estuvo en ella! El primer pensamiento que me vino a la me­moria: ¡Que Dios se levante, que mis enemigos sean dispersados! Pues me pare­ció que en lugar de la humilde acogida, llena de ternura que yo esperaba darle, sólo era un triunfo de júbilo y alegría porque El había venido, El, el libertador, mi protección, mi escudo, mi fuerza y mi salvación, hecho mío para este mundo y para el otro.

La imagen de David danzando delante del Arca santa le parece la única capaz de expresar algo de los sentimientos de su alma. Ahora, pues, todos los sentimientos de mi corazón se han dado libre juego; exultación (danza dice pro piamente el texto americano) más ferviente -¡no, yo no debo decir eso!- pero quizás tan ferviente como la del Profeta Rey delante del Arca. Pues yo era mu­cho más rica que él, más favorecida de lo que él pudo serlo jamás.

– la viva esperanza -precisarán los Dear Remembrances- de que ya que El había hecho tanto, recibiría al fin a una tan pobre criatura para El, por SIEMPRE – — las dos millas de vuelta con el tesoro de mi corazón — primer beso y primera bendición a mis 5 queridos, llevando a TAL DUEÑO a nuestro hu­milde alojamiento – ¡ahora -concluía la larga misiva a Amabilia- se trata «de frutos». Hasta ahora siento verdaderamente todas las potencias de mi alma sostenidas fuertemente por Aquél que ha venido con tanta majestad a tomar po­sesión de su pobre humilde reino.

No hay duda de que estas líneas llevaron a Liorna, tanto a Felipe como a Amabilia, una alegría profunda. Otra carta iba a salir casi al mismo tiempo para Boston con la que ella causaría una alegría no menos viva a uno de los sacer­dotes franceses que había exiliado la Revolución.

Juan Luis de Cheverus tenía entonces 37 años. Ordenado sacerdote en Le Mans en 1790, párroco de Mayenne dos años más tarde, había rehusado prestar el juramento constitucional. Encarcelado en una prisión del Estado, se escapa y logra ganar Inglaterra. Da, para subsistir, clases de francés y de matemáticas en un colegio protestante. Entretanto, se perfecciona en la lengua inglesa y adquie­re al mismo tiempo un conocimiento más profundo de las creencias de la comu­nión anglicana. Descubre a la vez los valores positivos que han quedado en ella y los errores que ha causada, en el pueblo de Dios, una separación cuyas doloro­sas consecuencias se propagan y amplían tanto a través del antiguo como del nuevo mundo. En 1795, recibe de América una carta urgente de uno de sus vie­jos colegas de París, el abate Matignon, ex-profesor de la Sorbona, que le invita a juntarse con él en América. Mons. Carroll, que le acogió gustosamente en Bos­ton, desea precisamente la venida a su diócesis de sacerdotes católicos instruidos y que posean la lengua del país. El 3 de octubre de 1796 el Sr. de Cheverus llega a Boston. No se trata aquí de imponerse: es menester hacerse aceptar, hacerse amar ante todo. Con tanta tacto como caridad, Juan Luis de Cheverus trata de «hacerse todo a todos a fin de salvar a todo precio a algunos», siguiendo el con­sejo del Apóstol (1 Cor, 9, 22). Rápidamente, se gana la estima de los que se le acercan.

«Señor, -le declara con toda franqueza un protestante- he aquí un año, desde 1797, que vengo estudiándole, que sigo sus pasos, que observo sus accio­nes; yo no creía que un ministro de su religión pudiera ser un hombre de bien… Vengo a darle una reparación de honor: le declaro que le estimo y venero co­mo al hombre más virtuoso que he conocido». En el momento de la recepción del presidente Adams en Boston, el Sr. de Cheverus no solamente se ve puesto so­bre el pavés, sino -lo que es un precio más estimable- recibe la misión delica­da de hacer él mismo las correcciones que juzgue necesarias para la fórmula de juramento que deberán prestar los electores de Massachusetts, a fin hacer la fór­mula aceptable a los miembros de las diversas confesiones religiosas. El no con­sidera, por otra parte, como un honor menor pasar varios meses cada año en medio de las tribus indias católicas que ha encontrado en la inmensa región de Maryland y más allá.

Cuando, unos años más tarde, Pío VII erija la sede de Baltimore en sede metropolitana, creando los cuatro obispados sufragáneos de Boston, Filadelfia, Nueva York y Bardstown, el Sr. de Cheverus será nombrado obispo de Boston.

Tal era el hombre de valer, a la vez instruido y dotado de un celo apostólico sabio y prudente con quien Antonio Filicchi había puesto en relación a Isabel Seton. De primeras, ella le da toda su confianza y a partir de 1805 se establece entre ellos una correspondencia asidua y profunda.

Isabel tiene entonces -escribe ella, en resumen, el 2 de abril de 1805- que expresar con alegría, toda la gratitud de que se siente deudora hacia aquél que ha dado prueba para con ella de un interés caritativo y lleno de bondad, cuando estaba consumida de aflicción, de dudas y de temores. Gracias, pues, al Sr. de Cheverus por haberla ayudado con sus consejos a triunfar al fin de sus vacilacio­nes y de sus, repugnancias. Sí, ella ha sido recibida en la verdadera Iglesia con una convicción cierta, «semejante a un pobre marinero náufrago que acaba de ser devuelto a su verdadero HOGAR». Le ha parecido que había sido admitida a una vida nueva y a aquella paz, de la que habla San Pablo, que está por encima de todo sentimiento. Con David, yo exclamo ahora: «Tú has salvado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída». Deseo ciertamente con todo fervor andar en su presencia en la tierra de los vivientes, estimando tan grave privilegio como el mío, lo que El ha hecho por mí, tan por encima de mis esperanzas más vivas que apenas puedo contener tal dicha.

Y, muy finamente, ella añade, consciente de la fascinación única del converso que descubre personalmente con un alma adulta las maravillas de la gracia di­vina: Usted, querido señor, no ha podido experimentar jamás lo que yo, personalmente, he experimentado, pero se lo puede imaginar: una pobre criatura, con­sumida, quebrantada de pecados y de penas, que se ve lanzada de golpe, sin transición, en una palabra, a la vida, a la libertad, a la calma. ¡Oh, ruegue por mí, a fin de que pueda ser fiel y perseverar hasta el fin!

Está totalmente decidida -afirma ella- a aprovecharse al máximo de los avisos y consejos que el Sr. de Cheverus tenga a bien darle con esa intención. Una intuición, a la vez humana y sobrenatural, le hace presentir e1 papel de un guía prudente y esclarecido para el alma que quiere avanzar con seguridad por el camino de la intimidad divina. Es verdad que existen cantidad de buenos libros -concede ella-, pero las directrices personales de un verdadero padre espiritual tienen otro valor, un alcance irreemplazable. Ambos se completan felizmente. Por eso permanece fiel a la lectura de san Juan, de la Imitación de Jesucristo, de san Francisco de Sales y de los sermones de Bourdaloue. Desde hace varios meses uno de sus sermones es para ella tema de meditación diaria. Nos inclinaríamos a pensar que se trata del de la fiesta de Epifanía.

Sin preocupación por el qué dirán, frecuenta asiduamente la pobre iglesia de San Pedro. Ella sigue allí de la mejor manera los oficios de la Semana Santa. Entonces se está lejos aún, en 1805, de la renovación litúrgica que nosotros conocemos. Apenas se pide a los fieles participar en los oficios: ellos asisten más o menos pasivamente. En las parroquias episcopalianas, el servicio religioso tiene lugar en lengua vernácula. Aquí, el buen párroco musita como para él solo inter­minables frases latinas de las que las asistentes no entienden gran cosa. Durante esos días santos de 1805, Isabel, con los ojos fijos en su libro, trata de recoger­se de la mejor manera, sin intentar comprender la serie de gestos, genuflexiones, postraciones. Ya no hay nadie junto a ella, como en Toscana, para indicarle el significado o el símbolo. Pero Cristo está presente en el sagrario. Esa presencia le basta. Dentro de unos días será la Pascua: ella se acercará de nuevo a la santa Mesa.

Incesantemente, su meditación, su plegaria, su oración se vuelven, como a su único polo, al misterio eucarístico, al sacrificio eucarístico, a la comunión eucarística. A decir verdad, las notas consignadas por Isabel, en este período, si tienen siempre un calor, una vida que no engañan, son no obstante menos per­sonales. Se siente aflorar en ellas sin cesar la reminiscencia de las obras de doc­trina o de piedad de las que la joven mujer se nutre al presente con avidez. Sin embargo, se destacan a veces algunas palabras que siguen siendo muy suyas.

Busquemos siempre el nombre de Jesús, su nombre de amor, para que sea antídoto de toda discordia que nos rodea… Jesús está en todas partes, pero en su Sacramento del altar está tan actualmente y realmente presente como mi alma en mi cuerpo; en su sacrificio ofrecido a diario, es tan realmente ofrecido como lo fue en la cruz…

Le gusta recurrir a su salmo de predilección: «El Señor es mi pastor»… Pero qué resonancia nueva toman actualmente en su corazón los versículos:

A las frescas praderas me lleva a sestear,

a las aguas de remanso me conduce El repara mi aliento,

… frente a los opresores

me preparas un banquete… (Sal 23, 2-5)

Es un hecho, los opresores están ahí, y no cejan. Son en su mayoría los amigos de ayer, es el Rvdo. Hobart, son, apenas con algunas excepciones, los miembros, de la familia de la viuda de Guillermo, los Seton, sobre todo. El sábado pasado -explica Isabel a Antonio en el transcurso de abril- tuve una con­versación muy penosa, ciertamente la última, con el Sr. Hobart, pero quedé compensada plenamente, más del céntuplo, el domingo por la mañana, por mi querido Dueño en la Comunión, y mi Fe, si es posible, se hizo más firme y más resuelta que si no hubiese sido atacada.

Unas líneas en los Dear Remembrances serán suficientes para cubrir los tres años que van a transcurrir entre este 25 de marzo de 1805 y el 9 de junio de 1808:

ahora con el corazón pacificado, contento en los mil encuentros con la Cruz abrazada con toda el alma; pero tan atento a conservar la paz con TODOS.

recuerdos muy dolorosos ahora — sin embargo, agradeci­miento respecto a ellos – DESPERTACIÓN DE NUESTRA GRACIA tan evidente a tra­vés de TODO.

Solamente en el plano material es sombrío el porvenir en esta primavera de 1805. Guillermo Magee Seton, al morir, dejó prácticamente sin ningún recurso pecuniario a su mujer y a sus cinco hijos, acostumbrados hasta entonces a la comodidad y al bienestar. Sin duda, cada uno de los miembros de su familia, de La que algunos se encuentran a la cabeza de una gruesa fortuna, hubieran querido acudir longánimemente en ayuda de Isabel, desde su regreso de Liorna, si ella misma no hubiese roto, en cierto modo, con los suyos por el solo hecho de pasar a la religión católica. Julia Scott, su amiga de Filadelfia, es de los pri­meros en hacerle llegar algunos dólares. Su cuñado, Wright Post, y su hermana María, a pesar de desaprobar abiertamente su determinación, no escatiman para con ella. Su madrina, la Sra. Startin permanece, de momento, atenta a sus nece­sidades. Pero, en realidad, quien asegura a la viuda de Guillermo el sostenimien­to financiero más efectivo y más regular es. Antonio Filicchi, cuyos negocios es­tán entonces en plena prosperidad. Ha dado a su banquero de Nueva York las órdenes más formales y precisas respecto a las sumas que ha de entregar a la Sra. Seton. El las renovará de manera perentoria, en toda ocasión, incluso des­pués de su vuelta a Italia.

Isabel sabe bien que no puede substraerse a tales ayudas, aún cuando su orgullo natural se encabrite en lo más íntimo de ella, para apaciguarse a los pies de Cristo, El que «de rico que era se hizo pobre por nosotros» (2 Cor 8, 9).

Ella no es, con todo, mujer coma para vivir a expensas de los demás sin tratar de hacer, por su lado, todo lo que es factible.

Se elabora un primer proyecto con el Sr. Juan Wilkes. El querría abrir una pensión donde recibiría a muchachos que, siguiendo cursos en calidad de exter­nos en Nueva York, no pueden volver cada noche a su hogar. ¿Aceptaría Isabel dirigir esa pensión? El asunto no resulta, al menos por el momento.

Antonio Filicchi, de pleno acuerdo con su hermano Felipe y Amabilia, pro­pone entonces a la Sra. Seton llevarla con sus hijos a Liorna, cuando él embar­que. Ella se niega. Desde el momento que, cada mañana, ella puede tener la misa en América ¿por qué iba a dejar de nuevo su país?

El mes de mayo de 1805, anda en conversaciones con un profesor inglés, Patricio White, que desea abrir una escuela para muchachos y muchachas. El ha oído hablar de la Sra. Seton, de cómo ella ha asumido personalmente la enseñanza de sus hijos con competencia. Si ella quiere al presente formar equipo con el Sr. y la Sra. White, la escolaridad de sus hijas se encontraría asegurada para el porvenir, mientras que ella gozaría personalmente de una situación estable. El proyecto parece tomar cuerpo, cuando un rumor sin fundamento se extiende por la ciudad, al cual no es extraño el Rvdo. Hobart. ¿No va a convertirse la escuela proyectada en un peligroso hogar de papismo? La Sra. Sadler y la Sra. Dupleix, indignadas por la mala fe de que se da prueba frente a su amiga, corren a casa del pastor. Le hacen notar que contrariamente al rumor que corre, los White no son católicos, sino protestantes. Jamás Isabel Seton ha tenido el menor pensamiento de hacer proselitismo. Simplemente, ella reclama el derecho concedido a todo ciudadano de la libre América: ganar su pan y el de sus hijos. Enrique Hobart admite que se ha equivocado. La escuela se abre, pero, desde el comienzo, tiene una mala prensa. El Sr. White, por otra parte, si es buen pro­fesor, no parece tener las cualidades requeridas para una buena administración; prueba, un fracaso anterior que ha conocido no hace mucho en Albany. En re­sumen, la escuela White tiene que cerrar sus puertas en julio.

De la noche a la mañana, la Sra. Seton debe, en consecuencia, dejar la «simpática casa» cuyos encantos acababa de ponderar a su amiga Julia Scott. Hela, una vez más, sin hogar, con Anina, Guillermo, Ricardo, Kate y Rebeca. La mayor tiene 10 años, la menor 3. Le es forzoso entonces aceptar la propues­ta de su cuñado y juntarse a la familia Post que va a instalarse para el verano en una casa de campo en Greenwich. Greenwich, en 1805, no es más que un sim­ple pueblo donde tiene la impresión de estar muy lejos de la ciudad. No hay facilidad, en todo caso, para volverse a allá. Duro sacrificio para Isabel. ¡Ni misa, ni comunión, ni sacramento de penitencia! Y esas mil pequeñas nonadas que corren el riesgo de poner, a cada instante, fuego a la pólvora, como la absti­nencia del viernes, a la que la joven mujer cree deber ser fiel, a pesar de todo pero de la que el párroco de San Pedro la dispensa sabiamente.

Al presente, María mira a su hermana con una especie de conmiseración o casi un cierto desprecio. Isabel hubiera querido, al menos, poner las cosas -n su punto. Que se acepten las razones válidas de su actitud, aunque no se las apruebe. Pero en el espíritu de María, sucesión de los Apóstoles, verdadera Iglesia, presencia real, no son más que bagatelas.

Apóstoles o no Apóstoles -respondió ella cierto día- ¡sé lo que con tal que no seas católica romana! ¡Metodista, cuáquera, si quieres. ¡Cuáquera!, mira, ¡eso me agradaría mucho! Son encantadoras las cuáqueras y vestidas con un chic… mientras que las católicas… Son sucias, asquerosas, harapientas. Escupen en el suelo dentro de su iglesia, se atropellan…

¿Para qué discutir? Lo más grave, sin embargo, no es aún esa soledad que siente Isabel tan dolorosamente y que hace de ella una verdadera extranjera en medio de su familia, es la confusión que puede resultar para sus hijos de una estancia que se prolonga en semejante clima. A cada instante, ellos oyen las dis­cusiones que, a pesar de todo, Isabel no siempre puede evitar, con las amigas de su hermana, si no es con ella. San los chistes sobre el «papismo», los sarcasmos o la indignación declarada frente a la «postura imposible» en que se ha colocada esa «pobre Sra. Seton». No hay nada, desde el fracaso de la escuela White que no sea malignamente orquestado, de manera a veces muy poco cortés, por unas gentes que reprochan precisamente a los parroquianos de San Pedro su falta de delicadeza y de educación.

-¡Que esa Sra. Seton abra entonces una tienda! ¡Ella podría ganar bien su vida vendiendo paquetes de té o porcelana!

Se ríen. Se desternillan de risa. ¡Tal fracaso para una mujer que brillaba, no hace tanto tiempo, en los salones más encopetados de la ciudad, para una mujer a quien se tenía a honor invitar a las más fastuosas recepciones! Acordaos: ¡ella bailó, claro está, en el baile dado con ocasión de la recepción del Presidente! -Ella podría también intentar abrir una escuela maternal…

-Sí -comentará Isabel- una escuela de chiquitines para que haya seguridad de que a unos bebés que no hablan todavía ella no podrá enseñarles a decir las palabras del «Ave María»…

Tales reflexiones fueron hechas, quizás, más o menos conscientemente, ante Bill y Ricardo. Ellos, no son, por lo demás, unos muchachos fáciles. Privados tempranamente de la presencia de su padre, sufren inconscientemente una frustración cuyas consecuencias pueden ser nefastas para su futuro. La Sra. Seton se da perfecta cuenta. Igualmente Antonio Filicchi. El está decidido a hacerse cargo de los gastos de su escolaridad. Al marchar al Canadá, en el mes de julio, visitará in situ los colegios católicos que existen en Montreal. La cuestión, no obstante, quedará en suspenso hasta la primavera del año siguiente.

Isabel, por otra parte, ha tenido que dejar apresuradamente por dos veces el pueblo de Greenwich, llamada con urgencia junto a la mayor de sus medias her­manas, Emma Craig Bayley primero y luego junto a su madrastra. Con seis se manas de distancia, le es menester asistir a una y a otra en sus últimos momen­tos. El 22 de julio, muere a los 26 años Emma, que acababa de traer al mundo un hijo. El 1 de septiembre, es su madre quien sucumbe, Carlota Barclay a la que había desposado el Dr. Bayley en segundas nupcias, y de la que estaba separado. Olvidando las diferencias pasadas, Carlota mandó venir espontáneamente a Isa­bel a su cabecera. Las dos últimas de sus hijas, Elena y María, todavía unas adolescentes, descubren en su media hermana, a quien apenas conocían, tesoros de ternura y de comprensión para con ellas. Isabel no puede menos de alegrarse de esta total y sincera reconciliación que ha podido permitirle, al menos, testimoniar a la Sra. Bayley un afecto verdaderamente filial.

Pero al ver partir a Emma y a su madre sin los consuelos de que nuestro Dios todopoderoso nos ha provisto tan abundantemente, mi corazón -dice ella- ­se llenó de compasión para ellas, mientras que siento una alegría grande en ex tremo, para poder expresarla con el pensamiento, de la suerte tan diferente que tenemos ante los ojos nosotros, para esa misma hora (de la muerte), por la divina misericordia y la bondad de nuestro Dios.

Sin duda, ella aprovechó esas dos idas inesperadas a Nueva York, para correr a San Pedro, confesarse, asistir a la misa y comulgar, pues, como lo subraya ella una vez más, la comunión es para ella riqueza en la pobreza, alegría en medio de las penas más profundas. A los salmos, que desde siempre han hecho su alegría, ella se complace ahora en añadir los himnos eucarísticos, de Santo Tomás y hace notar su predilección por el Pangue lingua, que canta el misterio del Cuerpo y de la Sangre preciosa de Cristo, ese misterio en que la fe suple a los sentidos impotentes.

Al final del mes de julio, un religioso de la Orden de San Agustín, abierto y dinámico, acaba de llegar a la parroquia de San Pedro, para ayudar al Sr. O’Brien. Tiene 25 años. Isabel cree volver a encontrar en él, pero en la línea d: que está segura, lo que esperaba hacía poco del Rvdo. Hobart, en el oficio dominical de la Trinidad. Cecilia Seton, que, desde la muerte de Rebeca, su hermana ma­yor, ha permanecido en casa de los Seton, frecuenta ella también, por esta época, clandestinamente sin duda, la pequeña parroquia católica. Isabel no se extraña de ello. Desde hace mucho tiempo, ella conoce las secretas aspiraciones de Ceci­lia. Pero esa relación no es del gusto de los Seton. Una tormenta se prepara y retumba ya sordamente, en 1805, incitando a Isabel a la mayor prudencia en lo concerniente a sus relaciones con Cecilia, con Enriqueta y su prima Isabel Faqu­har. Las tres jóvenes, durante la estancia de la Sra. Seton en Europa, se han relacionado íntimamente y forman, en el plano espiritual, un pequeño equipo in­tensamente vivo, cuya animadora es manifiestamente Cecilia, a pesar de ser la más joven.

La experiencia personal del Sr. de Cheverus le permite comprender sin difi­cultad la red de obstáculos, en la que ha de moverse, sin cesar, Isabel. No le es menester sólo una gran fuerza de alma para mantenerse dentro del camino en que

se ha comprometido, le hace falta una extremada prudencia para no suscitar en torno suya una crisis de la que no sería ella la única afectada.

Pero el Sr. de Cheverus está en Maryland, y los correos con Nueva York distan mucho de ser rápidos. El aconseja, por tanto, personalmente a la joven mujer, en ese verano de 1805, que se dirija, llegando el caso, al Sr. Tisserant. El Sr. Tisserant es también un sacerdote emigrante francés, procedente de la dió­cesis de Bourges. Está en los EE. UU. desde 1798, y al presente vuelve al nuevo puesto que se le ha designada en Elizabethtown, en el estado de Nueva Jersev, mucho más próximo a Nueva York que lo está Baltimore. Es un hombre -precisa el Sr. de Cheverus- conocedor de la vida espiritual profunda.

Un hecho es cierto: desde esa época, el rumor que ha levantado en Nueva York el paso de la Sra. Seton a la Iglesia Católica es revelador, a la vez del estado de los espíritus en la ciudad y de la personalidad de la joven mujer. Se menos ruido en torno a ella, si no se hubiera impuesto en cierta manera por un comportamiento excepcional. Su rango social por sí solo no hubiera bas­tado para hacerla tan relevante. Así mismo su reputación había pasado ya las fronteras del estado de Nueva York. Ya su nombre era conocido en los medios católicos de Baltimore. Las cartas de Felipe y de Antonio Filicchi a Mons. Ca­rrol no habían dejado de despertar la atención de aquellos sacerdotes franceses que han ofrecido toda su vida -como el Sr. de Cheverus- para hacer conocer a la joven América el verdadero rostro de la Iglesia católica, el cual un exceso de pasiones o de ignorancia habían desfigurado allí prácticamente.

Cuando Antonio se encuentre, unos meses más tarde, en Maryland, hallará acogida, interés y simpatía, junto a las más altas personalidades religiosas, en cuanto se trate de la Sra. Seton. Por el momento, en esos meses de verano de 1805, él ha llegado hasta Canadá a donde le llamaban sus negocios comerciales. Aprovecha su estancia en Montreal para visitar el colegio que recientemente han abierto allí los Sulpicianos. Le agrada tanto el colegio que si dependiera de él, reservaría inmediatamente la plaza de Guillermo y de Ricardo. Secretamente, de­sea que Isabel misma con sus tres hijas vaya a establecerse en aquella ciudad esencialmente católica. Teme volverse a Italia, sabiéndola en debate con tantos enredos, tantas dificultades, tantos riesgos. El le escribe para hacerle el elogio del colegio canadiense. Pero Isabel le responde que la idea de enviar a los muchachos al Canadá la espanta. Su respuesta alcanza a Antonio en Boston. El no la quiere presionar. ¿No podría ella, en esas condiciones, intentar poner a su hijos bien en el colegio de Georgetown, bien en el de Baltimore? El primero está dirigido por los Jesuitas, o al menos por algunos miembros dispersos de la Compañía, el se­gundo por los Sulpicianos. Esta vez también la cuestión queda sin respuesta in­mediata, pues en el mes de noviembre el proyecto del Sr. Wilkes, abandonado de momento, vuelve a tomar cuerpo de manera consistente. Se encuentran los primeros internos de la pensión: son los alumnos del Rvdo. Guillermo Harris, ministro de la parroquia de St. Mark-in-the-Bouweries. Si la Sra. Seton acepta tomar la dirección de la pensión, es decir asegurar la responsabilidad material, el puesto está vacante, inmediatamente. Ella se lo refiere a Antonio, quien en­cuentra aceptable la solución. Hasta el último momento, no obstante, se puede temer que las conversaciones fracasen. No es seguro todavía que los padres acepten ver a sus hijos confiados, aunque sólo sea en el plan material, a una católica. En realidad, todo se encuentra arreglado al fin de noviembre.

La situación, sólida tal vez, no se muestra muy confortable. A pesar de la ayuda efectiva de una mujer de servicio competente, la Sra. Seton se ve cons­treñida a un trabajo pesado y penoso: cocina, colada, costura. Por la noche se cae literalmente de cansancio y de sueño. Y, no obstante, lo que gana, asumien­do esa tarea agotadora, no le basta aún para hacer vivir a sus cinco hijos. La Sra. Startin, los Post, Julia Scott, Antonio sobre todo. continúan asegurándole regularmente una ayuda financiera. Sin embargo, ella se juzga dichosa de tener de nuevo un HOGAR. Hace partícipe de esa alegría a Julia, el 6 de diciembre, precisándole que la pequeña Ana toma hasta lecciones de danza con una exce­lente profesora, la Sra. Faquhar, quien al mismo tiempo es su vecina y amiga. Eso -añade ella- no es tanto por aprender los pasos de la danza como por adquirir cierta facilidad en sus movimientos y agradar de esa manera a «Tía Scott». El frescor del detalle que sabe guardar su puesto, el que le conviene, el medio de las precauciones, de los azares, de las más graves cuestiones, es cierta­mente la nota que caracterizará siempre a Isabel Seton. Pruebas agobiantes, tra­bajos agotadores, gracias de elección, nada le hace perder la espontaneidad, la fina malicia de su espíritu como tampoco el sentido de las realidades más humil­des con que está tejida toda vida humana, la de los santos como la de todos los demás. Así pues, este año de 1805, comenzado por ella en la angustia v la obs­curidad, transido de la alegría llameante del 25 de marzo, acaba sencillamente en la paz. El 10 de enero siguiente, Isabel resumirá la situación para Julia Scott también: Soy dulcemente, tranquilamente y silenciosamente una buena católica.

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