Isabel Seton, la biografía: 01 – Hija de «la libre América»

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Tú a quien elegí…
a quien escogí desde los confines de la tierra,
y a quien llamé desde el límite del mundo,
…no temas, pues Yo estoy contigo…

Octubre de 1778. Sobre los peldaños de la escalinata, ante una casa de dimensiones modestas, a la que rodea un pequeño jardín, está una niña de ojos oscuros, de rostro fino, cuyos cabellos castaños se ensortijan en mil peque­ños bucles. La casa, que evoca para nosotros una de esas viviendas de gran arra­bal moderno, de uno o dos pisos a lo más, es semejante a todas las que se alzan a lo largo de las calles estrechas y sin pavimento de Nueva York.

La niñita de aire pensativo, de mirada notablemente seria, se llama Isabel Ana Bayley. Más familiarmente, la llaman Betty.

A los 4 años, sentada sola sobre un peldaño de la escalinata, mirando las nubes, mientras mi hermanita Catalina, de 2 años, yacía en su ataúd, me pre­guntaron si no había llorado, cuando la pequeña Kitty había muerto.

-No, porque Kitty ha subido al cielo. Yo bien quisiera ir también allá con Mamá.

Este diseño, de sencillez y precisión de líneas, es de la mano de Isabel. Marca el comienzo de las notas redactadas por ella, casi medio siglo más tarde, y que intitulará Dulces Recuerdos: unas páginas de un cuaderno de notas -26 exactamente- cuya fotocopia está ante nuestros ojos. Consignados verosímil­mente el año que precede a la muerte de la que entonces se llamará Madre Se­ton, estos Dear Remembrances, escritos a vuela pluma y sin ninguna pretensión literaria, hasta sin puntuación la mayor parte del tiempo, nos hacen sentir, con asombro, la proximidad de esa americana de alma vibrante, entusiasta y fuerte cuya primera infancia se inscribe precisamente entre la proclamación de la In­dependencia de los Estados Unidos de América, por el Congreso de Filadelfia –4 de julio de 1776-, y el reconocimiento oficial de esta Independencia por el tratada de Versalles, 3 de septiembre de 1783.

Como tiene gusto en recalcarlo José Dirvin, su biógrafo más autorizado, Isa­bel Bayley es «de la vieja cepa americana y, cuando surge nuestra gran repúbli­ca, llega a ser ciudadana americana de derecho».

Por sus venas corre sangre francesa, inglesa, irlandesa. En ella se hace la síntesis de las razas antiguas y del pueblo nuevo. Es sensible y fogosa. Su cora­zón está presto a dilatarse con las dimensiones del mundo, su energía capaz de «hacer frente» siempre, sean cuales sean los obstáculos que surjan en el camino. Hay en su alma una necesidad de absoluto que nadie sino Dios, al fin, podrá saciar.

No, Betty no llora por ver en el ataúd a su hermanita Kitty, puesto que su fe le dice ya que ella está junto a Dios, en el cielo, con su madre. Su padre, sin embargo, está allí, en casa. Y su hermana María, dos años mayor. Y su jovencísima madrastra, que no tiene 20 años. La niña podría arrimarse a ellos, ávida de protección y de ternura. Sola, con 4 años, manteniéndose aparte, busca más lejos, más alto, el sosiego que necesita su corazón. Y con todo, ella profesa a su padre desde este momento un afecto admirativo y apasionado.

Ricardo Bayley es, por esta época, un médico conocido, estimado. Será con­siderado en breve como un gran pontífice de la cirugía.

En 1726, su propio padre, Guillermo Bayley, había dejado Inglaterra para afincarse en Nueva York. Al desposar a Susana le Conte se vinculaba a una de las familias más conocidas del Estado neoyorquino. El hombre que iba a ser su suegro era hijo de Guillermo le Conte, un francés de Normandía, protestante convencido, a quien la revocación del Edicto de Nantes había forzado, como a tantos otros, a emprender e1 camino del exilio. Guillermo le Conte había sido uno de los fundadores de Nueva Rochela en 1690.

Cuando murió Guillermo Bayley, después de unos veinte años de matrimo­nia, dejaba a su viuda dos hijos. El mayor. Ricardo, había nacido en 1744. A1 menor se le había dado el nombre, mitad inglés, mitad francés, de su ilustre abuelo: William-le-Conte. El segundo matrimonio de su madre con Juan Guérri­neau marca para los dos hermanos la hora de la separación. Aunque hayan crecido el uno al lado del otro en la propiedad paterna, se manifiestan muy dis­tintos. Si en Guillermo hay tela de un hidalgo de gotera, se dan en él igualmente las condiciones que hacen al hombre de negocios, al comerciante. Es en el nego­cio donde Guillermo va primeramente a buscar fortuna, estableciéndose en Nue­va York.

Ricardo, por su parte, es atraído por las ciencias físicas y naturales, por la medicina muy particularmente. En este dominio, todo le apasiona: estudios, ex­periencias, inventos quirúrgicos, cuidado de los enfermos. Por entonces la fa­milia de su primo Pedro le Conte, afincada en Staten Island, tiene lazos de amis­tad con la del pastor Ricardo Charlton, cuyo hijo, Juan, es uno de los médicos más afamados del Estado de Nueva York. El joven ha hecho sus estudios en Inglaterra, luego ha ejercido, en calidad de cirujano, en la corte de Jorge III, donde ha adquirido el renombre de especialista sin igual. Su matrimonio con María de Preyster le ha introducido en la sociedad selecta de la ciudad de Nueva York. Allí, él sabe mantener su rango.

¿Qué más deseable para Ricardo Bayley que proseguir sus estudios de me­dicina bajo la dirección de tal maestro? Gracias a sus primos le Conte, es pre­sentado al Dr. Juan Charlton, y se instala inmediatamente en Staten Island. Entre los dos hombres, a quienes anima una pasión semejante, nace una sólida amistad. Ricardo Bayley frecuenta pronto, como familiar, el hogar de los Charlton. El Rvdo. Charlton es de origen irlandés. Si ha llegado al Nuevo Mundo, no es, sin embargo, como emigrante. Es en calidad de misionero como, voluntaria­mente, se ha expatriado. Habiendo recibido mandato de la Iglesia de Inglaterra, fue enviado primeramente a Lewand Island, en las Indias Orientales. Un primer cambio le condujo, después, a Nueva Windsor, en el Estado de Nueva York. Desde 1747 es rector en la parroquia de San Andrés de Staten Island, que for­ma parte de la ciudad neoyorquina. En América, ha desposado a María Bayeux, de la que ha tenido tres hijos.

El rector de San Andrés es un hombre de valor excepcional, profundamente religioso: inteligencia viva y cultivada, corazón ampliamente abierto a todos los problemas, a todas las miserias, alma de apóstol. Su amor universal a las almas le empuja a negar toda distinción de raza o de color. Campeón de la integración, antes de su carácter oficial, no tolera diferencia alguna, durante sus cursos de religión, entre los blancos y los negros. Los negros de América, por esta época, todavía son en su inmensa mayoría los esclavos de los blancos. Si uno acude a las estadísticas de 1774, entre una población de casi 30.000 habitantes, se cuenta entonces en Nueva York unos 5.000 negros.

Existen aún en América -escribe un colono de origen francés, Héctor St. John de Créve Coeur-, comarcas donde millares de negros son forzados a regar la tierra con su sudor, para contribuir a los placeres de sus amos inhumanos =. Aunque no todas los amos sean inhumanos, el Rvdo. Charlton, que deplora se­mejante violación de la justicia humana, adopta frente a los negros una actitud marcada con el cuño del verdadero espíritu evangélico, que le gana, al fin, múl­tiples y profundas simpatías. Amado, venerado, escuchado, juega, en el plano espiritual y social, un papel de primer orden en Staten Island, durante los años que preceden a la Guerra de Independencia.

También resulta extraño que, cuando el 9 de enero de 1769, Ricardo Bayley, que tiene 25 años, desposa a Catalina Charlton, una de las dos hermanas de ~u amigo, no sea el rector de San Andrés quien bendiga el matrimonio de su hija. La ceremonia tiene lugar en Nueva Jersey, en presencia del Rvdo. Chandler, pastor de la parroquia de San Juan de Elizabethtown. Un interrogante se presen­ta, desde entonces, al cual ningún documento histórico permite responder de manera cierta. Se permite presumir, no obstante, que el proyecto de semejante unión no había dejado de provocar algunas objeciones del lado de los padres de la joven. ¿Sería capaz Ricardo Bayley de hacer feliz a Catalina Charlton? ¿Sería él capaz de fundar con ella un hogar como lo deseaba, con justa razón, el mi­sionero que había basado toda su vida en realidades sobrenaturales?

Si es verdad que, desde este momento, para el joven Bayley se abre un brillante porvenir, se puede ya prever, con el ardor apasionado que él pone en comprometerse a ello, que la carrera científica y médica corre el riesgo de ser el todo de su vida. El Rvdo. Charlton tiene desde hace tiempo experiencia de los hombres para no presentir el peligro. ¿En un ser tal como Ricardo Bayley, la vida profesional no estaba llamada a ir por delante, siempre, de la vida conyugal, de la vida familiar?

Hay más. Si el joven, por el hecho de su bautismo, ha sido integrado en la Iglesia episcopaliana, es necesario reconocer que no existe prácticamente en él ninguna convicción religiosa personal, susceptible de orientar su vida profunda en un sentido verdaderamente cristiano. Le apasiona el hombre, en cuanto hom­bre. Dios le interesa poco. Encuentra su alegría íntima en los estudios clínicos, en las experiencias científicas que sus análisis o su bisturí le permiten realizar sobre el cuerpo humano. Cooperar con todas sus fuerzas al progreso de la ciencia médica, y, par consiguiente, arrancar a la muerte el mayor número posible de vidas humanas, es con seguridad un ideal que está lejos de ser despojado de su grandeza, y Ricardo Bayley es de los que son capaces de sacrificarle todo, hasta su vida.

Por grande que sea este ideal, se queda en el plano natural. ¿Habrá tomado Ricardo Bayley alguna vez conciencia del tercer orden, de que habla Pascal? El Rvdo. Charlton, personalmente, está acostumbrado a moverse siempre en el orden de la caridad. El puede temer ver comprometida, por tal unión, la dicha real de su hija. Temores no ilusorios, ya que, desde 1769, el año mismo de su matrimonio, Ricardo Bayley, acogiendo con entusiasmo los consejos de su cuña­do, el Dr. Juan Charlton, se embarca para Inglaterra, con la intención de per­feccionar allí, bajo la dirección del célebre profesor Guillermo Hunter, sus es­tudios de anatomía.

Pero un viaje transatlántico representa en ese final del siglo XVIII, una verda­dera expedición. No ha llegado aún el tiempo de los Boeings que ponen a Nueva York a unas horas de Londres. Es la época en que los grandes veleros navegan largas semanas entre los dos, continentes, a merced de los vientos contrarios o de las calmas chicha, antes de arribar al puerto. ¡Dichosos todavía, si no se les cruzaba sobre la ruta un navío corsario! Se concibe entonces qué sentimientos de confusión y ansiedad pueden oprimir el corazón de una joven mujer que ve embarcarse a su marido, antes, de cumplir su primer aniversario de vida conyu­gal, y que ya se anuncia para ella la maternidad.

Ricardo Bayley está en Londres, cuando nace, en el Estado de Nueva York, el primero de sus hijos, una niña a quien su madre da el nombre de María Mag­dalena. La noticia de este nacimiento, que Catalina hubiera gustado que se cele­brara en su hogar, no le llegará al discípulo de Guillermo Hunter sino semanas más tarde. ¿Le causará más alegría que los elogios que se oye otorgar por su ilustre maestro, y cuyos ecos envía a su mujer en correos tan raros y tan lentos de esperar? Inclinado sobre sus papeles, o bien tenso su espíritu para tener éxito en una operación delicada, ¿soñará con nostalgia en aquélla que, allá, a millares de millas, a la otra parte del océano, aguarda su venida acunando a su hija, la pequeña María cuyo rostro todavía él no conoce?

María tiene más de un año, cuando su padre la toma, por primera vez, entre los brazos. De vuelta en América, en el curso del año 1771, el Dr. Bayley, aso­ciado desde entonces a su cuñado, inaugura su vida de especialista, prosiguiendo con toda actividad sus investigaciones clínicas.

La fiebre amarilla y la difteria causan, en esta época, verdaderos estragas en el Estado de Nueva York. Incansablemente, el joven patólogo prosigue sus investigaciones, y va a llevarlas hasta un punto que ninguno, antes de él, había alcanzado todavía. Bien que entonces sea insospechada la presencia de toxinas en la sangre, el Dr. Bayley, no está menos persuadido de ello como de que el «ahogo» causado por el «garrotillo» no es la sola causa que hace de éste una enfermedad mortal. Por las conclusiones que saca de sus ensayos sobre la fiebre amarilla, está igualmente adelantado a su tiempo. Nadie hasta entonces había descubierto que el virus de la terrible enfermedad es transportado por una especie de mosquitos: la stegomia, que encuentra en las lagunas su terreno preferido de proliferación. Sin embargo, el Dr. Bayley no duda en establecer una relación de causa a efecto entre la marisma que rodea la ciudad de Nueva York y las fulmi­nantes epidemias que, periódicamente, diezman la población.

Verdaderamente, el Dr. Juan Charlton, puede estar orgullosa de haber im­pulsado en la carrera médica a su joven cuñado, que se revela, por otra parte, como un especialista de primer orden, y va a llegar a ser rápidamente uno de los primeros cirujanos de su tiempo.

Para el hogar de Ricardo y Catalina, los años que corren entre 1772 y 1775 son tres años de dicha: los únicos que conocerá. El 28 de agosto de 1774, Cata­lina trae al mundo una segunda hija: Isabel Ana. Según toda verosimilitud, la niña recibió el bautismo en la parroquia episcopaliana de la Trinidad. El incen­dio que va a destruir casi por completo la ciudad de Nueva York, dos años más tarde, en el curso de las hostilidades, no ha dejado subsistir uno siquiera de los registros que permitirían conocer la fecha exacta de la ceremonia.

Este nuevo nacimiento parece traer a la joven familia una alegría luminosa que nada, al parecer, debe ya ensombrecer. En realidad, no es más que una llamarada de muy corta duración. Pues, mientras María, con el embeleso todo nuevo de sus cuatro años, se extasía inclinándose sobre la cuna del bebé y descubre la apacible seguridad que trae al hogar la presencia de su padre, mientras la joven madre, feliz, cree que han terminado para ella las horas de soledad y zozo­bra, los pródomos de la revolución se hacen cada vez más netos, cada vez más amenazantes para quien sabe abrir los ojos. Guillermo Bayley, el hermano de Ricardo, que ha llegado a ser uno de los primeros comerciantes neoyorquinos, siente venir la tormenta. El médico, por su parte, se niega a pensar que pueda estallar un drama entre la madre patria y las colonias de América. El debe, precisamente, ese año de 1775, volver a tomar contacto en Londres con el pro­fesor Guillermo Hunter. Este encuentro es para él de la más alta importancia: no se volverá atrás de su decisión.

Se marcha. Y, bruscamente, los acontecimientos políticos se van precipitando. Apenas el navío mercante en el que había embarcado arriba a Inglaterra, estalla la guerra de la Independencia en América. El rumor llega pronto a Gran Bretaña. ¿Mide entonces, Ricardo Bayley qué distancia le separa de los suyos, de su mujer Catalina, de sus dos hijas, y qué peligros les amenazan allí? Pero, aún cuando hubiera tenido el deseo de volverse sin dilación, se hubiera encontrado con la imposibilidad de regresar al Nuevo Mundo. No hay navío mercante, en las condiciones presentes, que esté presto a partir de los puertos ingleses en dirección a las colonias rebeldes.

Una flota militar, en cambio, se equipa a toda prisa. Cuando se hace a la vela para América, bajo el mando del Almirante Howe, persuadido de ir a una pronta victoria, el Dr. Bayley que se ha alineado siempre al lado de los Realistas, se embarca con la armada británica, en calidad de cirujano militar. El 12 de julio de 1776, desembarca en la costa americana, llevando el uniforme de las tro­pas de su Majestad Jorge III. Puede llegar a Nueva York, encontrar allí a su mujer y a sus hijas. Tan sólo por unos días, pues las operaciones militares le obligan a regresar, sin demora, a su puesto, en navíos ingleses.

Parece que Catalina está todavía en la ciudad la noche del terrible incendio. Noche de terror y de angustia para todos los habitantes de Nueva York que ven elevarse las llamas impulsadas por el viento de través, que queman, en unas horas, casi los dos tercios de los edificios, la mayor parte de los cuales eran de madera. Tan pronto como puede, la señora Bayley llega con sus dos hijas a la ciudad de Newtown, donde encuentra refugio en la familia de sus padres.

En la primavera de 1777, espera un nuevo nacimiento. Sola todavía. Sin Ricardo. ¡Cuántos sufrimientos, ruinas, angustias, privaciones desde el último adiós! ¡Si, al menos, su marido estuviera allí! A1 cuartel general de las fuerzas británicas, las cartas de Newtown llegan urgentes, alarmantes. Mas ¿cómo ob­tener un permiso, cuando la guerra está en su punto culminante? En vista de las continuas negativas con que topa, día tras día, el cirujano militar, de manera brusca y resuelta, presenta su dimisión. Y se apresura hacia Newtown. Cuando llega allá, es para asistir, impotente, a la muerte de Catalina que acaba de traer al mundo, el 8 de mayo, una tercera hija: Kitty.

De juzgar los acontecimientos según las apariencias, es evidente que el ma­trimonio de Ricardo Bayley con Catalina Charlton no ha sido un éxito.. Pero Dios se vale de las causas segundas. Más fuerte que nuestros errores, más pode rosa que nuestra miseria, su gracia es siempre capaz de hacer surgir maravillas allí donde nuestros razonamientos, cortos en demasía, no las habrían esperado. Cinco meses después de la muerte de su hija, desaparece, a su vez, el Rvdo. Charlton, el infatigable pastor de San Andrés, a los 72 años, sin que se haya extinguido jamás en él el ardor apostólico de los primeros años. Era el 7 de octubre de 1777, el mismo día en que el ejército británico, mandado por el ge­neral Burgoyne, se veía forzado a capitular junto a la ciudad de Saratoga.

Porque la lucha proseguía, feroz, por causa de la Independencia. Si la lle­gada del joven marqués de La Fayette, después del tratado de alianza firmado con Francia, daba, aquel año, una nueva esperanza a los Insurrectos, sería nece­sario esperar hasta octubre de 1781 la capitulación de Cornwallis, hasta sep­tiembre de 1783 la firma del tratado de Versalles.

Así pues, en pleno período de guerra, el Dr. Bayley queda viudo, con tres hijas: María, Isabel y Catalina, de las que la mayor tiene exactamente 7 años. Su vocación médica se hace más imperiosa que nunca. ¡Hay tantos heridos que curar!, ¡tantas experiencias así mismo que probar sobre unos miembros rotos por los proyectiles, sobre los tejidos musculares desgarrados por las balas!

Sin embargo, el 16 de junio de 1778, trece meses después de la muerte de Catalina Charlton, Ricardo Bayley desposa, en segundas nupcias, a Carlota Bar­clay, hija de Andrés Barclay y de Helena Roosevelt. El tenía 35 años. Ella iba a hacer 19. Durante el otoño de este mismo año, moría, a sus dos años y cuatro meses, la última de las hijas que Catalina Charlton había traído al mundo.

A los 4 años.., mirando las nubes, mientras mi hermanita Catalina… yacía en su ataúd…

Seguir a Isabel en el hilo de los días, durante los diez años que van de la muerte de Kitty -1778- al tercer viaje de su padre a Europa -1788-, no es cosa fácil. Lo cierto es que la trama sobre la que corren los hilos de su vida es, lo más a menudo, un cañamazo de sombra y sufrimiento. El segundo matrimonio de Ricardo Bayley, cualesquiera que hayan sido las razones, privará a sus dos primeras hijas de un hogar digno de este nombre. Tal vez Carlota Barclay es demasiado joven para tomar en su mano la educación de dos hijitas que no son suyas. Tal vez, sus maternidades, tan próximas, agotan todas sus fuerzas y toda su energía. En 1788, Isabel y María tendrán siete medios hermanos y hermanas: Emma, Ricardo, Andrés, Guillermo, Guy Carleton, María Elena. Por otra parte, no parece que hubiera habido entre Betty y su madrasta la menor afini­dad. Una incomprensión, más bien, que se manifiesta respecto a todo y a nada. La hija, sin duda, no tiene un carácter fácil. Es sensible, apasionada, volunta­riosa. Hubiera hecho falta tacto y mucho amor para guardar a la niñita, tan vul­nerable, en una atmósfera de sosiego que la hubiese permitido desplegar sin cho­ques su rica naturaleza. Frente a Betty, la joven mujer parece no haber tenido jamás la intuición maternal, cuyo papel es tan importante en la educación de los hijos.

Por otra parte, la vida profesional continúa absorbiendo lo mejor del tiempo y de las fuerzas de Ricardo Bayley. Al fin de las hostilidades, reanuda el ejercicio de sus funciones, como médico cirujano civil. Rápidamente, llega a ser uno de los miembros más activos de la sociedad médica de Nueva York, y si­multáneamente será nombrado pronto profesor de anatomía, en el laboratorio anexionado por él al hospital de la ciudad.

A quien se asombrara de ver tan rápida y tan totalmente integrado en la joven república de los Estados Unidos a un hombre que había servido, en el curso de los años precedentes., bajo la bandera británica, bastaría citarle, según parece, otra de las páginas que St. John de Créve Coeur había de hacer publicar en inglés, luego en francés, bajo el título de Lettres d’un cultivateur américain a:dressées a W. S.: Cartas de un cultivador americano a W. S., iniciales de Guillermo (William) Seton de quien Isabel Bayley había de ser nuera en 1794.

Entre el gran número de personas que vinieron a saludar a Washington (en Monte Vernon, inmediatamente después de la firma del tratado de Versalles) hubo varios Realistas cuya humanidad hacia los prisioneros americanos y con­ducta durante la guerra habían merecido la estima de todo el mundo; el General y el público, olvidando sus antiguas tendencias políticas, tuvieron la generosidad de no ver en ellos sino a hombres respetables, en los que la violencia del cela no había sofocado los sentimientos de conmiseración.

Ricardo Bayley, como Guillermo Seton por otra parte, había estado entre los Realistas antes del nacimiento de los Estados Unidos. Pero la América de la In­dependencia marchaba deliberadamente hacia adelante, sin vuelta atrás. Pues así es como lo subraya también St. John de Créve Coeur, no sin énfasis: El americano es un hombre nuevo, que actúa según principios nuevos. Hay ideas nuevas y opiniones nuevas. Desde que se pasó de página, los Realistas, de ayer pueden ser mirados hay como auténticos y legítimos ciudadanos de América, dado que se pongan al servicio de la joven república, cuya bandera nacional de las tres estrellas flota desde entonces sobre el inmenso territorio de las antiguas colonias.

¿Guardaron las dos hijas mayores del Dr. Bayley algunas recuerdas precisos de los acontecimientos políticos, de las batallas, de los incendios, del terrible in­vierno de 1780, o del entusiasmo delirante con que resonaron las calles de Nue va York, el día de la marcha definitiva de las tropas inglesas? Jamás, según pa­rece, ha hecho alusión a ello Isabel en sus notas, en su diario o en su correspon­dencia ulterior. Pero otros hechos de este período de su vida han quedado para ella asombrosamente presentes, sin duda, porque llegaron a lo más íntimo de ella misma. Es por lo que las primeras páginas de los Dear Remembrances permiten sorprender a la niña, aquí o allí, como bajo el disparo furtivo de un flash.

A los seis años, aupando a mi hermanita Emma hasta la ventana de la buhardilla, monstrándole el ocaso del sol, le dije que Dios vivía allá en lo alto, y que las niñas que son buenas subirían allá… enseñándole sus oraciones.

– Mi pobre madrastra, entonces en una gran pena, me enseñó el salmo 22: «El Señor es mi pastor».

Entre líneas, cuatro palabras añadidas: El Señor me conduce. Luego el texto continúa: y durante toda mi vida fue éste mi salmo predilecto.

Y otro sobreañadido al final de la página, el versículo cuarto del salmo 22: – Aún si anduviere por medio de las sombras de la muerte, no temeré nin­gún mal, porque Tú estás conmigo.

Desde muy temprano, Betty está familiarizada con los textos bíblicos. Se le han hecho aprender cierto número de ellos. Pero, si ella hace gustosa y espontá­nea referencia a ellos, es por un atractivo personal. A pie llano entra en el do minio sobrenatural, allí se encuentra a gusto y allí se despliega por lo más re­cóndita de su ser.

Sin que sea fácil precisar su fecha, verosímilmente después de la guerra, el Dr. Bayley, a fin de zafar, en cuanto era factible, la tensión persistente entre su segunda mujer y sus dos hijas mayores, se resolvió a hacer inscribir a las chiqui­llas en la institución privada llamada Mamá Pompelion, quizás simplemente como externas, o más bien, según parece, como pensionistas. La educación que allí se da es selecta. Allí los estudios están relativamente adelantados. Entre otras cosas, Betty aprende la música y se inicia en la gramática francesa. Escribirá y hablará muy bien el francés. Sucedía a veces que, durante las horas de clase, se oía re­sonar en la calle el trote de un caballo o el ruido de las ruedas de un coche. Betty se sobresaltaba. Era su padre que iba a pasar ante las ventanas de la es­cuela, su padre en ronda de visitas médicas, con el tío Juan Charlton. Ellos dos habían inaugurado aquella nueva forma de ir a casa de los enfermos: en coche. La niña corría a la ventana. Sí, ¡bien que eran ellos! Reconocía de lejos sus gran­des abrigos rojos, los tricornios de fieltro negro sobre las pelucas blancas, y, por el escote del abrigo, la parte cimera del traje de velludillo azul con botonadura dorada. Si se le permitía, salía un instante, y el Dr. Bayley detenía su atelaje, el tiempo de abrazar a su pequeña Betty. Si no, la niña debía reaccionar con toda su voluntad para no dejar el aula.

En los períodos un tanto austeros del pensionado, las chiquillas prefieren, con seguridad, las temporadas más o menos prolongadas que se les ofrece en la familia de su tío paterno, Guillermo Bayley. Sara Pell, su tía, cuya ilustre abuela era hija de un jefe indio Wampage, les abre gustosa su hogar y su corazón. En la casa solariega de Shore Road, en Nueva Rochela, Isabel y María vuelven a en­contrar, no sin placer, con un clima equilibrado, la presencia de primos y de primas de su misma edad.

Vuelven también a encontrar allí a una encantadora anciana, la señorita Molly Besley, quien, de buena gana, invita a su hogar a la pequeña tropa ruido­sa y llena de vida. La Srta. Molly habla perfectamente el francés, y cada una de las Bayley tiene a honor hacerle apreciar los progresos realizados en esa lengua, que no es, propiamente hablando, una lengua extranjera para ninguno de ellos, dada su ascendencia. De sus primeras estancias en Nueva Rochela, que su Dear Remembrances permite situar en 1782, Betty ha guardado muy vivos recuerdos.

-En Nueva Rochela, en casa de la Srta. Molly Bs, a la edad de 8 años. Las niñas, sacando de los nidos los huevos de pájaros. Yo, volviendo a juntar a las crías sobre una hoja, viéndolas palpitar, pensando que la pobre madrecita, sal tando de rama en rama, vendría a llamarlas de nuevo a la vida… Lloraba porque las niñas querían destruirlas, y en consecuencia, siempre me gustaba jugar y pasearme sola…

¿Es una alusión a la Srta. Molly, cuando anota, a continuación de su amor a la soledad, su dicha de encontrarse entre personas de edad?

Consigna también, con un frescor que no han alterado los años, su admira­ción ante las nubes… su embelesamiento en contemplarlas, pensando siempre en su madre y en la pequeña Kitty del cielo… su embelesamiento en estar sentada sola al borde del agua, o en vagar durante horas por la playa tarareando y re­cogiendo conchas…

Así, mientras se maravilla de una flor, de una mariposa, de un animal que acaba de descubrir, de la sombra de las nubes que corre sobre la arena o la pradera, del susurro de las ramas que balancea el viento, su ingenua contempla­ción la orienta como por instinto hacia el Señor y hacia la eternidad. Como para Teresa de Lisieux niña, «todo viene a ser para ella una imagen que le revela a Dios». Ella lo anota explícitamente: todo lo que hace nacer en ella la admi­ración es para su alma objeto de vagos pensamientos, inacabables, sobre Dios y el cielo.

Esta confesión es de importancia. Es claro que, desde los años de su prime­ra infancia, todo lo que toca a Dios ejerce sobre Betty un atractivo del que ella no busca defenderse, porque es como una respuesta a una llamada secreta cuya profundidad no sabe todavía. Presiente ya, descubriendo las maravillas que las criaturas ofrecen a nuestros ojos, que

«Dios, posando sobre ellas su mirada
con sola su figura
vestidas las dejó de su hermosura»

como lo canta san Juan de la Cruz.Con todo, el trazo divino, la impronta de su belleza, no basta para la niña de 7 años, de 8 años. Es Dios mismo a quien está ávida de conocer. La confidencia de sus Dear Re .mefnbrances es formal: Ale­gría de saber todo lo que es religioso.

Es necesario concluir que desde este momento hay, en Betty, algo que no es el hecho de su hermana María, cuya educación ha sido, sin embargo, semejante a la suya, más marcada incluso por la influencia cristiana de Catalina Charltoo y del pastor de San Andrés. A esta diferencia inicial que existe, en este plano, entre ella y su hermana mayor, Isabel hará una alusión directa en 1816:

-Yo tenía sobre María una gran ventaja, escribe entonces al Sr. Bruté de Rémur, habiendo estado apasionadamente adherida a la religión, cuando era pro­testante, lo que no era su casa.

Así pues, para Betty, cuyas primeras miradas se posan sobre el mundo en el curso de los años, trágicos y triunfantes, en que su país conquista la libertad, el fresco histórica, subido de color, sobre el que se perfila su silueta de niña, permanece, no obstante, como difuminado. Que haya gemido al eco de las batallas, a la vista de las ruinas amontonadas, que todo su ser, entusiasta y sensible, haya vibrado al son de las campanas de la victoria, no se puede dudar. Y, no obstante, sus primeros recuerdos, los que menos se permite olvidar, son de otro orden. La alondra se eleva en flecha por encima de los surcos. Así la niña que no ha encontrado, en su medio familiar, la seguridad y la ternura maternal que su corazón necesitaba para un desarrollo normal, se eleva como por instinto hacia otra ternura, hacia otro amor, asaz fuertes, asaz seguros para no engañarla jamás. Los años que van a seguir no hacen desaparecer en ella ese atractivo personal que no se debe a ninguna influencia humana, sino a una llamada de Dios.

-12 años. Corazón de niña, ingenuo, ignorante… de nuevo en casa, junto a mi padre… alegría de leer oraciones… dicha de ocuparme de los bebés, y de cantar la nana sobre sus cunas.

Dios que sabe sacar partido de todas las causas segundas, hasta de las que para nosotros son más desconcertantes, atrae hacia El, en la soledad, a la niña que no ha tenido su parte de ternura humana. La muerte demasiado temprana de su madre, la de su abuelo, de su hermanita, le hace volver sus ojos hacia el cielo. Su fe, del todo sencilla, le hace buscar en la eternidad bienaventurada a los que la han dejado. Y, ya, Dios viene a ser para ella la gran realidad.

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