Fundación en Emmitsburgo
La respuesta de Isabel a la incitativa sulpiciana fue la percepción de una misión centrada en la dirección y formación de una comunidad de mujeres con vocación apostólica, que elegían llevar una vida religiosa, dedicada a la educación en la Fe de las niñas pobres… Pero a nivel económico, la experiencia hizo comprender muy pronto a la Comunidad la necesidad de admitir a pensionistas en la Escuela Academia San José de Emmitsburgo, cuyo pago de pensión cubría la instrucción gratuita impartida a las niñas pobres. Así se abrió en los Estados Unidos la primera escuela privada católica para niñas, dirigida por religiosas.
Con la ayuda de la Divina Providencia, Madre Seton y las Hermanas soportaron varias pruebas de Fe, como:
- La decepción, desde el comienzo, al enterarse de que, por razones de salud, su amigo de Baltimore, el Muy Respetable P. Francis Charles Nagot, S.S. (17341816), primer Superior de los Sulpicianos en los Estados Unidos, no podía acompañarlas como capellán en Emmitsburgo.
- La aceptación de una severa decisión del Padre Dubourg, prohibiendo a las Hermanas mantener correspondencia con el Padre Pedro Babade, S.S. (17631846), su confesor preferido; y la dimisión repentina del Padre Dubourg;
- Las preferencias de algunos Sulpicianos hacia las Hermanas que ellos habían orientado como candidatas a la comunidad. Por ejemplo, el sucesor del P. Dubourg ponía de relieve las aptitudes de Sor Rosa Landry White (1784-1841), prefiriéndola a Madre Seton.
A pesar delas condiciones primitivas de la ‘Casa de piedra’ y del invierno riguroso, durante todas estas pruebas Madre Seton siguió siendo una mujer de Fe. Sin embargo, sus cartas reflejan la angustia y la espera inquieta de la llegada de las Hermanas francesas, siempre en suspense. Sus preocupaciones se centraban en las implicaciones que esto tendría para ella como madre de su hijos. Aceptando el sacrificio, pero sin querer equivocarse, escribió al Arzobispo, Mons. Carroll: «Usted sabe que haré con alegría todos los sacrificios compatibles con mis primeras e indiscutibles obligaciones de madre».
Signos del Espíritu
Antes de la emigración de los Sulpicianos a América en 1790, el Padre James Emery, S.S., Superior General, ordenó a los primeros Superiores de la misión americana que se centraran siempre en el carácter específico de la misión de los Sulpicianos: la formación y la educación del clero. Añadió, sin embargo, que «si en el comienzo y por circunstancias no habituales, se veían obligados a aceptar funciones distintas a este trabajo, deberían considerarse como fuera de su condición de Sulpicianos y no estar satisfechos sino cuando pudieran volver a su estado primitivo». Cuando los Sulpicianos fueron restablecidos en Francia, los Superiores Generales nuevamente elegidos reiteraron esta política, tanto en 1829 como en 1845, lo que en definitiva llevó consigo cambios importantes para las Hermanas de la Caridad de la Comunidad de San José de Emmitsburgo.
Lo mismo que la doble familia vicenciana, los Sulpicianos franceses habían sido suprimidos durante el periodo revolucionario (1792). Fueron restablecidos por un tiempo en 1801, y de nuevo disueltos en 1810 después de que el Superior General, Padre Jacques Emery, S.S., (que fue también Vicario General en París cuando la sede episcopal estaba vacante) hubiera aportado su apoyo a la autoridad pontificia y a los derechos de la Iglesia en la elección de los obispos, en oposición a Napoleón I. Al año siguiente, los Sulpicianos fueron excluidos de los seminarios franceses.
La familia vicenciana también había pasado por grandes sufrimientos y había tenido problemas internos, comenzando por el saqueo de San Lázaro, el 13 de Julio de 1789. Después de la Revolución, la administración de la Congregación de la Misión en Francia y en Italia estuvo en manos de diferentes Vicarios generales (de 1804 a 1827). A principios de 1806, se dieron también ingerencias injustificadas de algunos obispos en los asuntos internos de las Hijas de la Caridad. Esto causó desunión y división en la Compañía. En 1809, la Congregación de la Misión se suprimió de nuevo. Por fin, el Padre Dominique Hanon, c.m., (Vicario General de 1807 a 1816) fue encarcelado (de 1811 a 1814) por haber protestado en nombre de las Hijas de la Caridad cuando Napoleón I retiró a la Compañía de la autoridad de la Congregación de la Misión para confiarla a su madre, D2 Leticia Bonaparte, en 1809.
Marcada por los cismas, el nacionalismo y problemas internos, el restablecimiento post-revolucionario de la familia vicenciana fue largo y complejo. Este periodo difícil llevó a la elección inválida de Sor Dominique Durgueilh (1810-1815) para la función de Superiora General. Hubo que esperar a que Luis XVIII (1755-1824) accediera al trono para que la Congregación de la Misión fuera restaurada en sus Estatutos de 1804 y a que Sor Isabel Beaudot (1815-1818) fuera elegida válidamente Superiora General, en 1815. Ese mismo año también la ciudad de París dio la Casa de la rue du Bac a la Compañía. Dos años más tarde, la Congregación de la Misión recibió su Casa Madre, en la calle de Sévres. Este tumulto en la familia vicenciana en Europa coincidió con la fundación americana en Emmitsburgo.
Establecimiento de la misión vicenciana
Madre Seton consideraba a Monseñor Carroll como a su padre espiritual, a quien le consultó, no solamente durante el discernimiento de su pre-conversión sino también, más tarde, con relación a problemas surgidos en el interior de la Comunidad de Emmitsburgo. La Regla de las Hermanas de la Caridad de los Estados Unidos recibió su aprobación en 1812 y rigió la comunidad hasta 1849. Inicialmente hubo divergencias relativas al modelo de gobierno de la nueva comunidad: debía ser una fundación francesa o una comunidad americana que dependiera directamente de los Sulpicianos, de un Sulpiciano en particular o del Arzobispo Carroll que dejó esta opción a los Sulpicianos y a Madre Seton. No es imposible que Mons. John Carroll hubiera preferido quizá ser el Superior General de las Hermanas de la Caridad. En una carta hace referencia a la «opción hecha por usted misma… de vivir bajo la protección de los Sacerdotes de San Sulpicio, … he puesto, en la medida en que un Obispo puede hacerlo, el gobierno de ustedes en sus manos».
No todos los Sulpicianos y los consejeros de Madre Seton estaban de acuerdo sobre la estructura de la nueva comunidad. El P. John Cheverus (1768-1836), un hombre de confianza, era de la misma opinión que el P. Dubois sobre el hecho de que la comunidad americana debería ser independiente de París, pero añadió: «Sin embargo, tengo razones para pensar, igual que usted, que muy probablemente las cosas hablarán por sí mismas». Después de que Madre Seton hubo examinado el resultado de las deliberaciones de los sacerdotes, escribió al Sr. Arzobispo manifestando lo que ella pensaba: «las reglas propuestas son casi las mismas que teníamos en el manuscrito original de las Hijas de la Caridad de Francia. Mientras que en mi pobreza he tratado de cumplirlas, jamás he tenido un pensamiento contrario a ellas».
Inculturación del carisma
Más de treinta años después, Mons. Benito Flaget describió sus esfuerzos en favor de las Hermanas de la Caridad de la Comunidad de San José, en una carta al P. Etienne:
«En 1810, con el permiso de su vicario general, P. Hanon, todas las Reglas, Constituciones e incluso las conferencias de San Vicente de Paúl —todos estos preciosos tesoros— me fueron donados por la Superiora del Hospital de Burdeos. Además, el P. Hanon me había permitido también ir con seis Hijas de la Caridad para fundar una comunidad de estas santas mujeres en Baltimore… Desgraciadamente, el barco en el que yo debía volver a América con las seis Hermanas que se me habían prometido, levó anclas cinco o seis semanas antes de la fecha fijada, y como ellas no habían tenido tiempo para prepararse, me vi obligado, muy a pesar mío, a dejar detrás de mí ese precioso tesoro. Por consiguiente, dejé 5.000 francos para pagar los gastos de su travesía y la de un buen sacerdote de Lyon que debía acompañarlas —pero no fue esa la voluntad de Dios, ya que unas semanas después de que yo dejara Francia, … Bonaparte les prohibió emigrar al extranjero».
El P. Juan Bautista David, S.S. (1761-1841) quizá pidió al Obispo elegido, Mons. Flaget, que llevara las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad cuando volviera de un próximo viaje a Francia5. La copia de las Reglas que llevó era un manuscrito anterior a la Revolución francesa, que databa quizá de hacia 1725. Sin embargo, faltan las firmas del copista y de la Hermana Sirviente y el sello, requisitos para autentificar el texto.
El P. Domique Hanon, c.m., organizó la misión de las Hermanas en América con miras a establecer una comunidad francesa en Emmitsburgo que dirigiera la formación de Isabel Seton y de sus compañeras. Al final del verano de 1810, las Hermanas de Emmitsburgo recibieron una carta de tres Hijas de la Caridad que llegaban a Emmitsburgo. Estaba escrita por Sor Marie Anne Bizeray (1778-1849), Hermana Sirviente, y llevaba también la firma de Sor Agustina Chauvin (1765-1818) y de Sor Margarita Voirin (1762-1844). Las Hermanas francesas añadían a su carta una copia manuscrita de la fórmula de Votos de las Hijas de la Caridad y las instrucciones para pronunciarlos.
Madre Seton, sin duda se había enterado ya por el P. Bruté que los Sulpicianos preveían unas dieciocho Hijas de la Caridad, una de ellas llamada Sor Celeste que iba a América desde Burdeos, pero que debió esperar en las islas de la Mancha para efectuar su travesía. Madre Seton continuaba esperando la llegada de otras Hermanas francesas y se inquietaba a propósito de su estatuto en la comunidad después de que aquéllas llegaran al Valle de San José. Así pues, expresó confidencialmente sus preocupaciones a Mons. Carroll:
«Estando yo presente, ¿qué autoridad tendría sobre nuestras Hermanas la Superiora que ellas traigan? ¿Qué Regla debe darles, y, cómo podemos saber que ellas consienten a las diferentes modificaciones de su Regla que son indispensables si las acogemos entre nosotras? ¿Qué ayuda económica podemos procurar a esta casa además de lo que recibimos de nuestras pensionistas y en qué medida esta acogida puede ser suficiente para mantenerla de acuerdo con sus estatutos? ¿Cómo van a poder admitir ellas los privilegios ilimitados de una madre hacia sus cinco queridos hijos? ¿O cómo puedo en conciencia o de acuerdo con su corazón paternal abandonar un derecho tan sagrado?.
La perspectiva de la llegada inminente de las Hermanas francesas era preocupante para Isabel Seton, que se sentía dividida entre su cometido como madre de sus cinco hijos y el de Madre para sus hijas espirituales. «La única respuesta que debo dar a cada cuestión es: «Soy Madre». «Cualquiera que sea el proyecto que la Providencia espera de mí, digo: Amen». Isabel sintió pena al enterarse de qué manera revelaron su vida antes de la partida del P. David para secundar al P. Flaget en su diócesis misionera y habló, en una carta al Arzobispo Mons. Carroll de «mi espíritu siempre inseguro respecto a mi situación». Es más o menos en esta época cuando Isabel escribió a sus amigos: «Todo está en suspense … y me preparo a vivir de nuevo en el mundo».
En su Diario, Sor Rosa White, Hermana de la Caridad, describe la manera como fueron aprobadas las Constituciones. «Todas teníamos libertad para adoptar o no estas Reglas, éramos libres para retirarnos de la Comunidad si lo deseábamos. Se nos invitó a todas a estar presentes a pesar de nuestra mala salud o de otras limitaciones. Se invitó a cada una a alzar la mano, si quería adoptar las Reglas.
Todas menos una, las aprobamos a mano alzada por unanimidad». El proceso de consulta a la Comunidad y la aceptación por cada Hermana de las Reglas propuestas son un eco del acto de establecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad del 8 de Agosto de 1655 por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. En enero de 1812, la comunidad empezó un noviciado de 18 meses, de conformidad con su nueva Regla. Al final de este tiempo, 18 Hermanas hicieron los Votos por primera vez en la fiesta de San Vicente de Paúl. Se conserva la meditación que Madre Seton escribió en esta ocasión.
Según el texto aprobado de las Constituciones de las Hermanas de la Caridad: «Las Hermanas de la Caridad son establecidas bajo la autoridad del Arzobispo de Baltimore y del Superior del Seminario de Saint Sulpicius (sic) en Baltimore, que designe el Superior (General) que dirija su Sociedad». De ahí que, en virtud de Constitución, el Superior del Seminario de Santa María, lo mismo que el de la Sociedad de San Sulpicio, pasaron a ser sus protectores canónicos. Entre otras recomendaciones, el Arzobispo Mons. Carroll había sugerido que se hiciera la distinción y que el P. Dubourg fuera nombrado primer Superior eclesiástico de las Hermanas de la Caridad.
Dirección de los Sulpicianos
El Padre Dubourg. El P. Luis William V. Dubourg, S.S., (1766-1833), que había hecho sus estudios en Francia donde recibió la formación presbiteral por los Sulpicianos, conocía bien a la familia vicenciana. Siendo Director del Seminario de Issy, el P. Dubourg huyó de París bajo el Terror, disfrazado de violinista y emigró a los Estados Unidos. En 1797, buscó religiosas Ursulinas para abrir una escuela de niñas en Baltimore, pero la situación política de Francia no permitió hacer realidad sus proyectos. Al año siguiente, el Superior General, P. Emery, le animó a buscar religiosas de enseñanza de Francia o de Cork en Irlanda u otras mujeres piadosas para que, cuando fuera posible, pudiera continuar su proyecto de abrir una escuela católica para niñas»’. Esto no se lleva a cabo hasta que encuentra a Isabel Seton.
Providencialmente, los caminos de Isabel Seton y del P. Dubourg se entrecruzaron en Nueva York y su «proyecto de vida» se hizo realidad con su ayuda. Años más tarde, recordaba que «desde hacía mucho tiempo deseaba él establecer las Hijas de la Caridad en América». Madre Seton repetía constantemente que ella «debía confiarse en todo a la Divina Providencia». Unos meses después de su llegada a Baltimore, el registro de minutas de la Asamblea de los Sulpicianos del 14 de marzo de 1809 indica que:
«Se trata de comprar una plantación próxima a Emmitsburgo para fundar allí una comunidad de hermanas, más o menos del estilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (sic), que se reúnen para la atención a los enfermos, la instrucción de las niñas en todos los sectores de la educación cristiana».
El P. David. Aunque Madre Seton tuvo desacuerdos con el P. Dubourg, sus conflictos fueron mucho más serios con su sucesor, el P. Juan Bautista David, S.S. (1761-1841). Después de que el P. Dubourg hubo dimitido a causa de una discrepancia, el P. David fue el segundo Superior General de las Hermanas de la Caridad de la Comunidad de San José. Éste proyectó obtener una Regla de vida para gobernar la nueva comunidad. Formado también por los Sulpicianos en Francia, llegó a los Estados Unidos en 1792, al mismo tiempo que uno de sus amigos íntimos, el P Benito José Flagel, S.S. (1763-1851), que iba a desempeñar un papel clave en la vida de las Hermanas de la Caridad. El P. David era un jefe innato y un escritor dotado, y fue uno de los pioneros en la predicación de ejercicios y misiones a congregaciones laicas en América. Su sentido misionero lo guiaba en la dirección de las Hermanas de la Caridad. Después de 1809, concentró sus esfuerzos en una rigurosa formación religiosa del pequeño grupo de celosas pioneras. Tenía por objetivo hacer de ese grupo una comunidad organizada, capaz de ejercer un ministerio según unos criterios concretos, es decir, los suyos. Isabel Seton luchó en vano pero nunca pudo establecer relaciones de trabajo agradables con el P. David, que parecía puntilloso en los detalles, prefiriendo las competencias de su antigua dirigida, Sor Rosa White. Fue una etapa de tensiones entre los dos, que Madre Seton intentó valientemente superar. Al principio, los Sulpicianos habían proyectado el establecimiento de las Hijas de la Caridad francesas, pero cuando la política de Napoleón lo hizo imposible, el sucesor del P. David facilitó la fundación de las Hermanas de la Caridad americanas con las Reglas de Luisa de Marillac y de Vicente de Paúl.
El Padre Dubois. Cuando el P. David dejó el estado de Maryland para su trabajo misionero en la diócesis nuevamente creada de Bardstown en el de Kentucky, le sucedió el P. John Dubois, S.S. (1764-1842), que fue el tercer Superior General (1811-1826) de las Hermanas de la Caridad de la Comunidad de San José. El P. Dubois había sido ordenado en 1787 y nombrado capellán de «Las Casitas» de las Hijas de la Caridad (calle de Sévres) en París, una obra donde había 400 pacientes y 40 Hijas de la Caridad (1787-1791). Allí permaneció hasta que se vio obligado a huir a América debido a la multiplicación de las persecuciones durante la Revolución francesa. Llegó a los Estados Unidos, a Virginia en 1791, provisto de cartas de presentación firmadas por Lafayette, dirigidas a Patrick Henry y a otros notables americanos. Se dice que el célebre orador Patrick Henry enseñó inglés al P. Dubois cuando éste era preceptor de sus hijos. En 1795, el P. Dubois fue nombrado capellán de la comunidad católica en Fréderick, en el estado de Maryland, y entró en la Sociedad de San Sulpicio (1808-1826). A partir de Fréderick, organizó grandes viajes misioneros por todo el oeste del Maryland. Así fue como conoció a la comunidad católica, cada vez más numerosa, próxima a Emmitsburgo. Intelectual de grandes dotes, de carácter decidido, el P. Dubois era también un hombre de de una escuela de muchachos, la del Monte Santa María, en 1808.
El P. Dubois parece fue uno de los primeros sulpicianos que escribió a los Superiores Mayores de Francia con relación al cambio en el gobierno de la Comunidad americana, después de que las Hermanas de la Caridad adoptaran las Reglas de San Vicente de Paúl. En 1816, el P. Dubois escribió a su Superior General, el P. Antonio Garnier, S.S., (1762-1845), expresando el interés de contactar con la Conlypqación de la Misión, para pensar en la posibilidad de unir la Comunidad americana a la de las Hijas de la Caridad francesas.
El P. Dubois había acogido a Madre Seton y a sus primeras Hermanas en el Monte Santa María, cuando llegaron por primera vez en junio de 1809, e incluso les había cedido su casita, que ellas pudieron utilizar durante varias semanas hasta que pudieron ocupar la vieja casa de campo en el Valle. Durante este tiempo, él vivió en el seminario que todavía estaba en construcción. En 1810-1811, el P. Dubois tradujo y modificó las Reglas de Santa Luisa y de San Vicente para adaptarlas a las necesidades de América. Al principio, el P. Dubois gozaba, junto con el P. Cooper y el P. Dubourg, del título de propiedad de los 269 acres pertenecientes a las Hermanas de la Caridad de San José. Cuando las Hermanas fueron al Estado de Maryland (1817), este título fue transferido a las Hermanas de la Caridad.
Debido a su experiencia de trabajo con las Hijas de la Caridad en «Las Casitas», el P. Dubois conocía las costumbres comunitarias. Pidió el parecer del Consejo a propósito de las prácticas de formación, pensando «que sería bueno obtener de Francia una información a este respecto» y dijo «que el uso de las Hermanas francesas ha sido y es…». En 1826, cuando salió de Emmitsburgo para ser Obispo de Nueva York, las Hermanas de la Caridad de San José se ocupaban de 16 casas a lo largo de la costa atlántica desde Nueva York al Maryland. El P. Dubois fue el último de los Superiores Sulpicianos que trabajó con Madre Seton y su partida dio lugar a un cambio notable en la comunidad del Valle de San José. Fue también una época difícil en el Monte Santa María, debido a los conflictos dolorosos que oponían al P. Dubois y a Mons. Ambrosio Marechal, S.S., Arzobispo de Baltimore, respecto a la administración del Colegio y del Seminario.
El Padre Deluol. El P. Luis-Regis Deluol, S.S., (1787-1858), sucedió al P. Dunois como cuarto Superior General de las Hermanas de la Caridad de San José (1826-1830); 1841-1849). El P. Deluol era un letrado distinguido, profesor, líder innato y también un buen orador. Las relaciones históricas entre el P. Deluol y la comunidad duraron 24 años incluyendo 12 años en que fue el garante de las Constituciones de Hermanas de la Caridad (1829-1841) cuando fue Superior de los Sulpicianos en los Estados Unidos.
El P. Deluol llegó a Baltimore en 1817 y visitó Emmitsburgo. Celebró la Eucaristía en la Capilla de la escuela privada «San José», en vida de Isabel Seton y tuvo con ella cierta convergencia de miras a propósito de algunos aspectos financieros, relativos a asuntos de la Comunidad31. Durante los años que estuvo en el cargo, desarrolló la práctica de la subsidiariedad en la toma de decisiones entre las Hermanas de la Caridad, tanto a nivel local como a nivel del Consejo, ya se tratara de cuestiones ordinarias o de la elección de la Madre General de la Comunidad. A pesar de este testimonio de su enfoque colegial, no existen documentos que atestigüen que el P. Deluol consultó al conjunto de las Hermanas, o a las Hermanas Sirvientes, o a los miembros del Consejo sobre su proyecto y sobre las estrategias a poner en práctica para unir a las Hermanas de la Caridad americanas con la Comunidad francesa. Parece que a las americanas no se les avisó ni informó antes de que el proyecto sulpiciano fuera un hecho.
El Padre Hickey. El P. Deluol nombró al P. Francis Hickey, S.S., (1789-1869; Superior General de 1830 a 1841) como quinto Superior General de las Hermanas de la Caridad de San José, cuando a él lo nombraron Superior de la Comunidad de Santa María en Baltimore. El P. Hickey consideraba que su misión consistía en orientar el crecimiento de la Comunidad, siguiendo la vía trazada por los Padres Dubois y Deluol. Trabajó no solamente con Madre Rosa White durante su segundo mandato, sino que colaboró también con Madre María Agustina Decount (1786-1870; Superiora de 1827 a 1833) y su Consejo hasta 1841, fecha en la que el P. Deluol asumió de nuevo la función de Superior General. Las actas de las sesiones del Consejo de septiembre de 1809 a agosto de 1812 no se han conservado. Esta falta de información oculta a nuestro conocimiento detalles de la fundación y de la construcción de la comunidad americana. Hay muchos interrogantes acerca de las órdenes repetidas del P. Hickey a la tesorera, Sor Margaret George, S.C., (1787-1868) de copiar todas las minutas del Consejo y de quemar los originales. De los dos libros de copias, solamente se ha conservado el volumen relativo al periodo 1813-1829.






