Reconciliarnos con los inmigrantes
Uno de los problemas acuciantes de los tiempos modernos son las migraciones de personas a países más prósperos para mejorar su situación social y no en plan de turistas o de pícaros, que de todo hay.
Buscando las causas de las migraciones modernas, se encuentran muchas, pero hay una que a las naciones ricas no les interesa resaltar. Es la deuda externa de muchos países del “tercer mundo”. La reconciliación más urgente y necesaria es la reconciliación de los países ricos con los países pobres, la del Norte con el Sur, que resuena como una trompeta ensordecedora por toda la tierra con un sólo sonido: hay que perdonar la deuda externa de los países pobres o al menos que la “quita” que se les otorgue sea viable, de lo contrario se crean los “corralitos” que tantas molestias causan a los pequeños ahorradores.
La Iglesia se ha puesto al frente de la manifestación en favor de cancelar la deuda externa, como “una parte de la tarea más grande de luchar contra la pobreza y de asegurar que los habitantes de los países más pobres tengan una porción más grande del banquete de la vida. Los programas de cancelación de la deuda deben ser acompañados por la introducción de políticas económicas sanas y de un buen gobierno. Pero, tan importante como eso (si no lo es más) es que los beneficios que surgen de la cancelación lleguen a la gente más pobre, a través de un marco de inversiones exhaustivo y sostenible en las capacidades humanas, sobre todo en educación y salud”1.
Ciertamente no está en nuestras manos solucionar el problema, pero debemos participar en el esfuerzo como institución y como particulares. No podemos desentendernos, tenemos que colaborar y aportar nuestro apoyo. Primero, gritando que nunca habrá reconciliación verdadera mientras unas naciones pasen hambre, trabajen y se desangren para poder pagar una parte de los intereses que engendra la deuda. Segundo, defender y propagar, el derecho que tienen los pueblos pobres no solo a sobrevivir, sino también a avanzar en el progreso de las naciones. Pueblos que han sido colonias enriquecedoras de las naciones colonizadoras. Y tercero, reconciliarnos con esas naciones, acogiendo como amigos a sus hijos emigrantes.
Si esta llamada la recibe la humanidad por solidaridad, debe encarnarse de una manera más incisiva en los cristianos que han recibido de Jesús el mandamiento del amor hasta dar la vida por los demás. A estos dos motivos la Familia Vicenciana, añade el haber aceptado como ideal entregar la vida al servicio de los pobres de toda la humanidad.
Las migraciones han existido siempre; también en tiempo de san Vicente. Caravanas de hombres y algunas mujeres salían en busca de trabajo a regiones más fértiles en la temporada de siembra y cosecha. La mayoría marchaba para uno o varios meses, pero bastantes no volverían más a su pueblo. Eran montañeses que durante el invierno o en la juventud bajaban a las tierras llanas, gente del norte que descendía al sur, franceses que iban a la ribera del Ebro y a los puertos de España o italianos y alemanes que pasaban a Francia. El intercambio era corriente y no se tenía un sentimiento tan exclusivista de la nacionalidad estatal como hoy día. El único obstáculo para integrarse era el idioma y, para acogerlos, que no excluirlos, la escasez de bienes necesarios para la supervivencia de los nativos. Son los mismos obstáculos que dificultan la presencia de emigrantes en la actualidad. ¿De qué manera podemos ayudarlos a superar estas dos dificultades?
Lo ideal sería que no hubiera necesidad de emigrar, porque las naciones ricas ayudan a las naciones pobres y los habitantes pueden vivir en su patria al lado de su familia. San Vicente lo intentó y lo logró ayudando a las regiones de Picardía, Alsacia y Lorena desbastadas por la guerra entre Francia y la Casa de Austria. Todavía emociona leer las cartas que le escribieron a san Vicente para agradecerle los socorros que les envió: “Los potajes dados gracias a las limosnas de París a los refugiados han salvado la vida a más de dos mil pobres que, sin ese socorro, hubieran sido arrojados de las ciudades, en donde se habían refugiado, y hubieran muerto en medio de los campos sin ninguna asistencia espiritual ni corporal. Las religiosas de aquí y de otras ciudades reconocen en su mayoría que han podido salvar la vida gracias a las ayudas que han recibido; ruegan sin cesar a Dios por las personas que les han enviado o procurado esos beneficios” (IV, 88-89). Se han hecho famosas las aventuras del Hermano Mateo para llevar el dinero a los lugares empobrecidos sin que se lo quitaran los ladrones o los soldados (II, 127).
En bastantes ocasiones las naciones ricas prohíben la entrada a los emigrantes. No quiero juzgan si con motivos o sin ellos, sólo presento la situación de unos hombres o pueblos con los que estamos en deuda, porque pertenecemos a Estados colonizadores que se han enriquecido con los bienes de esos pueblos, y porque, hasta hace pocos años, también gente de nuestros pueblos han tenido que emigrar a América y a otras naciones económicamente más prósperas.
Tampoco está en nuestras manos solucionar el problema; ni siquiera conocemos los entresijos de la política y de la economía. Pero sí está en nuestras manos reconciliarnos con esas naciones acogiendo a sus hijos como amigos y tratándolos con dignidad y comprensión, con amistad. Porque en otros tiempos nosotros fuimos los emigrantes y porque son seres humanos a los que la necesidad o la guerra los han obligado a huir de su patria y de su familia para sobrevivir. Hace casi 400 años, en parecidas situaciones, san Vicente describe una epopeya de las Hijas de la Caridad: “Las pobres Hijas de la Caridad todavía participan más que nosotros en la asistencia corporal de los pobres. Hacen y distribuyen todos los días la comida en casa de la señorita Le Gras a 1.300 pobres vergonzantes, y en el barrio de Saint‑Denis a 800 emigrantes refugiados; solamente en la parroquia de San Pablo, cuatro o cinco de estas hermanas dan de comer a 5.000 pobres, además de los sesenta u ochenta enfermos que tienen que atender. Hay otras que hacen esto mismo en otros lugares” (IV, 382). A los refugiados hoy los llamamos emigrantes. Se necesitaba mucho dinero, que en gran parte aportaban las Voluntarias de la Caridad (AIC).
Exigencias
Es complicado saber respetar las prerrogativas de los pueblos que acogen y las libertades de los refugiados o inmigrantes, pues la sociedad acogedora tiene derecho a exigir el respeto a su cultura e impedir la división ciudadana o la invasión de otra cultura que anule la suya. Los inmigrantes tienen derechos, pero también obligaciones. Aunque toda la humanidad habita “la misma casa común” (Papa Francisco) como la única familia de los hijos de Dios, cada persona, grupo o pueblo tiene derecho a manifestarse de una manera diferente, si su manera de ser y su cultura son distintas. Dentro de esta familia universal necesitamos aprender tanto a dejarnos guiar por el Espíritu de Jesús que da carismas distintos según las diferencias de los miembros que forman el Cuerpo de Cristo2, como a respetar la civilización que nos acoge, mirando los valores de las personas3. Es decir, necesitamos un aprendizaje para contrarrestar las inclinaciones intolerantes de la naturaleza humana y que santa Luisa concreta en la compasión y en respetar la libertad de los demás (c. 191).
La razón y el corazón
San Vicente, hablando de las Hijas de la Caridad a los misionero, decía: “Ejercitan la misericordia, que es esa hermosa virtud de la que se ha dicho: ‘Lo propio de Dios es la misericordia’. También la ejercitamos nosotros y hemos de ejercitarla durante toda la vida: misericordia corporal, misericordia espiritual, misericordia en el campo, en las misiones, socorriendo las necesidades de nuestro prójimo; misericordia, cuando estamos en casa, con los ejercitantes y con los pobres, enseñándoles lo que necesitan para su salvación; y en tantas otras ocasiones como Dios nos presenta” (XI, 253).
Hay que tratar a los inmigrantes con el corazón. Aunque parezca un contrasentido, acaso el gran enemigo de los inmigrantes sea la razón. Al relacionarnos con ellos estamos dominados por la mente que busca causas para culparlos a ellos y motivos para disculparnos nosotros. Cuando san Vicente era ya un hombre maduro el mundo comenzaba a ser conducido por la razón. Habían llegado los tiempos modernos de la mano de Descartes. Justamente el año 1637, cuatro años después de fundarse las Hijas de la Caridad, Descartes publicaba “El discurso del Método”. Desde entonces el mundo lleva siglos siendo gobernado por la razón. Ya es hora de que sea dirigido por el corazón.
La razón es una facultad admirable, considerada la raíz de todo adelanto. En ella se fundamentan la justicia y el progreso. Quien la emplea en bien de la sociedad consigue el bienestar y la paz. Si no hubieran empleado la cabeza santa Luisa y san Vicente no hubieran creado, organizado y dirigido tantas obras de caridad que todavía perduran.
Para que la ayuda a los inmigrantes sea eficaz, se necesita una mente que discierna y organice, pero para relacionarse con ellos se prefiere el corazón. En realidad cabeza y corazón no se oponen, al contrario, se necesitan, y la Familia Vicenciana necesita tener cabeza, pero más corazón. Y es que, si falta el corazón, los inmigrantes pasan desapercibidos y las relaciones resultan un pedregal. Llama la atención que santa Luisa recalque la compasión cuando se trata de servir a los emigrantes refugiados.
Se intenta encontrar la paz política y social, basándose en la justicia, pero la justicia sin corazón no reconcilia; al contrario engendra nuevas injusticias que crean nuevos enfrentamientos. El dolor injusto es el que más enfurece y grita. La misericordia destruye la opresión y anula las humillaciones, y solo la compasión nos capacita para comprender la situación de unas personas obligadas a salir de su tierra, abandonando a los suyos y enfrentándose a morir por millares ahogados en el mar Mediterráneo.
Misericordia significa tener corazón ante la miseria ajena. En el Antiguo Testamento la idea más fiel de la misericordia está representada por el corazón de una madre que cuida de sus hijos: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49,15). Y podemos preguntarnos ¿nuestro corazón es de piedra o de carne? En el Evangelio ha pasado a la posteridad, como el mástil de la misericordia, la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 30-37) que igualmente nos pregunta ¿quién es el samaritano ellos o nosotros? De San Vicente es aquella famosa frase: “los pobres son mi peso y mi dolor” (Abelly, III, 120), y de él escribe santa Luisa que estaba agotado del “trabajo que tiene a causa de las caridades que se hacen a los pobres refugiados” (c. 411). No preguntaré si estamos agotados por el esfuerzo que hacemos para ayudarlos, tan solo, si comprendemos su situación y nos conmovemos.
Y no solo una ayuda material, san Vicente no se olvidaba que también los emigrantes refugiados tenían alma: “Nos hemos decidido a tener una misión con los que se han refugiado en París y hemos comenzado hoy mismo en nuestra propia iglesia con 800 de esas pobres personas alojadas por estos barrios; luego iremos a los otros” (IV, 381).
Inmigrantes especiales
Atención especial exigen las miles de mujeres que callejean por las ciudades y pueblos con peligro de caer en manos de “las mafias traficantes de blancas” para la prostitución. Ya sucedía en tiempo de san Vicente. Cualquier mujer sorprendida en la soledad era violada, sin exceptuar a las religiosas. La solución que dio san Vicente vale para hoy: acogerlas en casas particulares, en donde sean mantenidas e instruidas, librándolas de los males que se habrían seguido si se las hubiera dejado vagabundear por las calles; se va a apartar de este mismo peligro a las religiosas del campo que las revueltas han echado, algunas de las cuales están en la calle, otras se alojan en lugares sospechosos y otras en casas de sus parientes; pero como todas están en peligro y disipadas, es mejor acogerlas en algún convento o casa para ellas. Finalmente están los pobres sacerdotes que han emigrado en busca de algo mejor; vienen acá todos los días para que les demos de comer y los ejercitemos en las cosas que tienen que saber y practicar” (IV, 381).
A los religiosos y sacerdotes se les procuraba medios para su formación y para el ejercicio digno de su ministerio, ya que en sus países, “las iglesias, han sido profanadas, el Santísimo Sacramento pisoteado, los cálices y los copones robados, las fuentes bautismales rotas, los ornamentos desgarrados… Y lo que es más digno de lágrimas es que no solamente el pobre pueblo de estas fronteras carece de pan, de leña, de ropa, de mantas, sino que se encuentran sin pastores y sin los socorros espirituales, ya que la mayor parte de los párrocos han muerto o están enfermos, y las iglesias destruidas y saqueadas… Nosotros hacemos lo que podemos, pero es un trabajo inmenso; hay que ir y venir continuamente, expuesto al peligro de los bandoleros, para asistir a más de mil trescientos enfermos de los que nos hemos cuidado en esta comarca. Hay varios monasterios de religiosas en gran pobreza; sufren de hambre y de frío y se verán obligadas a morir dentro de su clausura o a salir para andar errantes por el mundo en busca de sustento” (IV 106-108).
No es solo una realidad histórica, todavía se persigue a los cristianos en la India, Etiopía y en otros lugares de Asia, África o Indonesia, masacrándolos cruelmente especialmente a los sacerdotes. Y da la casualidad que esos países han sido colonias de naciones cristianas de occidente.
Mucha delicadeza se necesitaba para atender a cientos de los llamados “pobres vergonzantes”, familias que habían vivido en holgura y debido a circunstancias especiales caían en la pobreza y tenían que emigrar (IV, 381-383). Eran cientos o miles solo en Paris como le escribía Luisa de Marillac a Sor Juliana Loret: “Tengo un gran disgusto por no poder enviarle a nadie para que las ayude porque, además de la dificultad de los caminos, no fuimos nunca tan pobres en Hermanas ni tan apremiadas para darlas a varios lugares, lo que no podemos hacer por el reparto de sopa que hacemos en todas partes. En casa hacemos cerca de 2.000 raciones para los pobres vergonzantes y lo mismo en los demás distritos” (c. 415).
Y nunca el enorme número de emigrantes puede ser disculpa para continuar acogiendo a los nuevos refigiados que llegaban, llegan y seguirán llegando (IV, 435)4.






