Inculturación del carisma en un mundo en cambio

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Fuente: Anales españoles.
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Breve historia del término «inculturación»

Para emprender responsablemente el estudio sobre la inculturación del carisma vicenciano, tema de las próximas asambleas de las Hijas de la Caridad, es necesario comprender bien lo que el vocablo inculturación significa y los distintos aspectos que la tarea de la inculturación lleva consigo.

El término inculturación es un término nuevo, un neologismo. Nació hace unos 50 ó 30 años. El Concilio Vaticano II no usó este término, ni Pablo VI, a pesar de que, tanto el Concilio como Pablo VI, se interesaron mucho por el tema de la cultura, de donde se deriva el vocablo inculturación. La Constitución «Gaudium et Spes» dedicó todo el capítulo II a la promoc.ión de la cultura. Pablo VI trató de la cultura en la Exhortación Apostólica «Evangelii Nuntiandi». En este documento, Pablo VI dice que la «ruptura entre el Evangelio y la Cultura es el drama de nuestro tiempo.

Las menciones que más han contribuido a que el término inculturación adquiera la resonancia que ha logrado han sido la del Sínodo de los Obispos de1977, que trató sobre la Catequesis; la Carta circular del P. Arrupe (14-5-1978) sobre la inculturación en la Compañía de Jesús. Juan Pablo II ha hecho vario menciones en muchas de sus intervenciones, muy especialmente en la Encíclica «Slavorum Apostoli» (1985), publicada con ocasión del undécimo, centenario de los santos Cirilo y Metodio (1985); en la «Redemptoris Missio», que versa sobre las Misiones «ad gentes» y en otras muchas ocasiones, cuando ha abordado el tema de la Nueva Evangelización3. Hoy, el término inculturación es muy signifi­cativo no sólo por los principios doctrinales, teológicos y sociológicos en que se fundamenta, sino por la praxis pastoral que suscita. Para muchos, la incultura­ción, más que un acervo doctrinal, es una praxis apostólica de envergadura. Cuando surge una nueva palabra o se pone en circulación, si ya existía, por algo será. Cabe preguntarnos: ¿por qué ha surgido este neologismo, esta nueva pala­bra? Después, responderé a esta cuestión.

No obstante la novedad del término, la inculturación, como tarea, no es una novedad total. La Iglesia ha estado siempre, con mayor o menor acierto, com­prometida en el proceso de inculturación, siguiendo a Jesús, que se encarnó. La Encarnación es el hecho más extraordinario y más inspirador de inculturación. San Pablo, siguiendo las huellas de Jesús, se hizo «todo a todos» (1Cor 9, 22). En el Concilio de Jerusalén, se abordó, de hecho, el problema de la inculturación (Hech 15).

No interesa ahora deternos en la historia de la inculturación. Basta recordar al­gunos hechos históricos por los que se puede ver que la expansión del cristia­nismo es un proceso claro de inculturación, con luces y sombras. No siempre se acertó. Otras veces, en cambio, fue un acierto extraordinario, como la incultura­ción del evangelio llevada a cabo por los santos Cirilo y Metodio entre los pue­blos eslavos. Los jesuitas misioneros de la China y de la India, Ricci y Nobile, son famosos por su esfuerzo en inculturizar los ritos de la Iglesia latina en la In­dia y en la China’. Entre las figuras misioneras vicencianas está el P. Vicente Lebbe, misionero Paúl belga que trabajó en China. Su empeño fue entrar de lleno en la cultura China. El P. Vicente Lebbe es considerado hoy como uno de los más grandes misioneros que intentaron inculturizar el evangelio dentro de la cultura milenaria de China.

Tampoco es difícil encontrar esta preocupación en la labor evangelizadora del mundo cristiano. Basta un ejemplo, el que nos da San Vicente, creador del lla­mado «Pequeño método de predicación». Inventado para que las gentes sencillas del campo comprendieran lo mejor posible la doctrina que los misioneros les pre­dicaban’. La historia de las misiones populares demuestra el esfuerzo de los misioneros para que la pobre gente del campo comprendiera la doctrina cristiana y se convirtiera al evangelio.

 Lo que significan los términco «Cultura» e «Inculturación»

Lo primero que hay que decir es que, cuando hablamos de inculturación, esta­mos pensando en el Evangelio y en las Culturas de los pueblos. Es decir, estamos dentro de una cuestión teológica y sociológica. Esto quiere decir que el vocablo inculturación lo tomamos únicamente en sentido teológico y el de cultura en sen­tido sociológico. Esto es importante. No se trata sólo de estudiar las relaciones entre cultura y cultura. Para describir los fenómenos que suceden cuando dos cul­turas distintas conviven, existe otro término, el de «aculturación». Tampoco se trata del proceso que una persona sigue para asumir una cultura distinta de la que posee. A este hecho se le llama «enculturación'».

De todas maneras, es importante que las Hijas de la Caridad sepan que, cuando tratan de la inculturación de su carisma, usan el término inculturación desde el punto exclusivo del quehacer evangelizador en el mundo en el que traba­jan. Las Hijas de la Caridad deben tener muy presente, por una parte, que el ca­risma es una realidad teológica. Por otra parte, deben tener en cuenta el mundo, tan variado culturalmente. Este es el aspecto sociológico de la inculturación.

Significados del vocablo «Cultura»

Veamos ahora lo que significan los conceptos que entren en juego. En primer lugar está el concepto de cultura, la raíz del sustantivo inculturación y del verbo inculturizar. ¿Qué entendemos por cultura? Uno queda espantado cuando lee que unos estudiosos americanos han publicado un estudio en el que presentan unas 200 descripciones de cultura’. Haremos lo posible para no perdernos en esa selva.

Hay términos en castellano que pueden ayudar a entender lo que significa cultura, por ejemplo, mentalidad e idiosincrasia, que, aplicados a un pueblo, con el carácter peculiar de un pueblo, su modo de ser, de pensar y de sentir Io mismo hay que decir de los términos condición, genio, costumbres, tradiciones de un pueblo o de un sector del  pueblo.

El Diccionario de Sinónimos de Julio Casares, de la Real Academia de la Len­gua, encuadra el término «cultura» en campos distintos.

En el campo del saber. En este campo, la palabra cultura está relacionada con los vocablos de sabiduría, ciencia, arte, ilustración, culto, intelectual, enseñanza. Es la concepción más antigua de cultura. Se aplica, por tanto, a las personas que saben, personas «cultas» o a las instituciones que promueven el saber, por ejem­plo, un Instituto de cultura.

En el campo sociológico o psicológico. En este campo, el término cultura es la expresión colectiva de un pueblo. Hace referencia a los estilos típicos de vida de esos pueblos y a las manifestaciones del mismo. Es el concepto de cultura más moderno.

Otro campo es el del progreso material o espiritual. Cultura, en este campo, significa mejoramiento, adelantamiento. Los pueblos cultos son los pueblos que han progresado en todos los órdenes, en el orden del saber y en el orden de la téc­nica.

Finalmente, está el campo histórico. En este caso, el vocablo cultura hace refe­rencia a las civilizaciones, como son, por ejemplo, la griega, la latina, la hispana.

El significado del término «cultura», que aquí nos interesa, es principalmente el 2.°, el que describe la psicología colectiva de un pueblo, nación o grupo.

Además de lo dicho, el concepto cultura se puede describir de varias maneras. Al final expondré las descripciones que considero más sencillas, más fáciles de entender y suficientes para lo que se pretende y, también, las más eclesiales9.

1.ª «La cultura es un todo complejo que incluye los conocimientos, las creen­cias religiosas, el arte, la moral, las leyes, las costumbres y todas las demás dis­posiciones y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad».

1 «La cultura es un conjunto de sistemas sociales, de creencias religiosas, de actitudes intelectuales, de expresiones artísticas, etc., que constituyen el patri­monio de un pueblo y que, hasta cierto punto, continúan modelándolo».

La UNESCO dio esta descripción de cultura en la conferencia internacional te­nida en Méjico en 1982: «Es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Además de las letras y de las artes, comprende los modos de vivir, los de­rechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y creencias»10.

El Vaticano II, en el número 53 de la Constitución Gaudium et Spes, ofrece una larga descripción de lo que significa el término cultura. Expongo lo que consi­dero más significativo: «…el vocablo ‘cultura’, muchas veces, comporta un con­tenido sociológico y etnológico; en este sentido, se puede hablar de diversidad de culturas, por el diverso modo de emplear las cosas, de realizar un trabajo y ex­presarse, de cultivar la religión y dar forma a las costumbres, de establecer leyes o instituciones jurídicas, de desarrollar las ciencias o las artes o de cultivar la belleza, toman su origen diversas condiciones comunes de vida y diversas formas de armonizar sus bienes. De ese modo, por la acumulación de instituciones tradi­cionales, se forma un patrimonio que es propio de cada una de las comunidades humanas. Así también, se constituye un marco definido e histórico, dentro del cual se inserta el hombre de cada pueblo o edad, y del que toma los bienes nece­sarios para procurar su civilización».

Teniendo en cuenta lo dicho, y para no perdemos en el bosque de descripcio­nes del término cultura, selecciono dos:

1.ª Cultura es una «determinada manera de vivir, de sentir, de pensar, de ex­presarse que tienen determinados grupos humanos. Esta es la descripción que la Madre General ha escogido para orientar a las Hermanas Jóvenes.

2.4 De lo que dice Pablo VI en la Exhortación Apostólica «Evangelii Nun­tiandi», podemos describir la cultura de la manera siguiente: «Cultura es la fuente de donde proceden los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras, y los mo­delos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación».

Significado del término «Inculturación»

Inculturizar, a la luz de las enseñanzas de Pablo VI y Juan Pablo II, es anun­ciar el Evangelio, encamarlo en las distintas culturas para enriquecerlas y trans­formarlas con los valores evangélicos. Al mismo tiempo, esas culturas enriquecidas y transformadas por el Evangelio permitirán una comprensión más rica del mismo y crearán nuevas formas de manifestarlo.

Aplicando lo dicho al carisma de las Hijas de la Caridad, había que decir que es vivirlo, aplicarlo en las distintas culturas para, en espíritu de humildad y senci­llez, enriquecerlas y transformarlas. Al mismo tiempo, el carisma se verá enrique­cido en su comprensión y en sus expresiones.

El P. Arrupe dio esta descripción a los jesuitas, en la circular sobre la «Incultu­ración y la Compañía de Jesús: «Inculturación es la encarnación de la vida y mensaje cristianos en un área cultural concreta. De tal manera que esa experien­cia no sólo llegue a expresarse con los elementos propios de la cultura en cues­tión (lo que no sería más que una superficial adaptación), sino que se convierta en principio inspirador, normativo y unificador que transforme, recree, esa cul­tura, originando así una ‘nueva creación’. Esta descripción se puede aplicar muy bien a la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Otra descripción de inculturación es la siguiente: «el esfuerzo que se lleva a cabo por introducir el mensaje de Cristo en el ambiente socio-cultural, que está llamado a crecer con todos los valores propios, con tal de que esos valores sean conciliables con el Evangelio»».

Juan Pablo II la describió teniendo en cuenta la Iglesia: «La inculturación es la encarnación del Evangelio en las culturas auctóctonas (originarios del país) y, a la vez, la introducción de éstas en la vida de la Iglesia».

La descripción de Juan Pablo II también se puede aplicar a la Compañía. La inculturación del carisma de las Hijas de la Caridad en las diversas culturas en las que ellas trabajan y, al mismo tiempo, los valores del carisma, expresados por esas culturas, se introducen en la Compañía. Es cuestión de poner «Compañía» donde Juan Pablo II pone «Iglesia», salvando las lógicas distancias que hay entre la Iglesia y la Compañía.

Para terminar este apartado sobre las descripciones de la inculturación, pode­mos también exponer lo que Pablo VI entiende por inculturizar. Para Pablo VI, inculturizar es hacer que la evangelización logre su fin, es decir, «convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, sus vidas y su ambiente concretos». Más adelante dice: «lo que se pretende (al evangelizar) es transformar grandes sectores de la humanidad. No se trata de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas y en poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio… las culturas o, más exactamente, las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro de la Buena Nueva»‘ .

Cuestiones particulares

1. ¿Por qué ha surgido la preocupación por la inculturación del Evangelio?

Como respuesta a la primera pregunta, señalo algunos hechos, sin pretender ser exhaustivo. Son muchísimas las razones que se alegan hoy para justificar la tarea de la inculturación del Evangelio».

Una es el convencimiento de que el Evangelio está sobre toda cultura y que no se identifica con ninguna cultura. Pablo VI lo dijo claramente: «El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes de todas las culturas’.

La evangelización no logra su finalidad si no evangeliza la cultura de los pue­blos. Los hombres viven inmersos en sus propias culturas. El Evangelio que se anuncia, dice también Pablo VI, deberá ser vivido por hombres vinculados por sus propias culturas».

El mismo Evangelio no logrará su plenitud y quedará limitado si sólo vive dentro de una cultura. Al mismo tiempo, las culturas no alcanzarán su plenitud si no son evangelizadas. Pablo VI dijo: «Las culturas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva’. Juan Pablo II dice en las «Redemptoris Mis­sio»: «Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las di­versas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en la misma comunidad; trasmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas —las semillas del Verbo— y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión’.

A estas razones se pueden añadir otras de orden social:

El resurgir de las culturas que luchan por su vigencia y por expresarlas, se­gún su modo propio. Las guerras de Chechenia, entre servios, bosnios y croatas, tienen como motivo, entre otros, la defensa de su cultura. Lo mismo tenemos que decir de muchos problemas que se plantean en las Autonomías de España, con re­lación al resto del Estado Español. Por ejemplo, el problema de las lenguas.

El hecho de la prevalencia de la cultura secular sobre la religiosa por el se­cularismo y el peligro consiguiente de que el Evangelio quede empobrecido y ori­llado. Todas las encuestas que se hacen ahora de la cultura española dan como re­sultado el vigor de la cultura secular y la decadencia de la cultura cristiana, hasta el punto de preguntarse quién es creyente en España hoy.

El reconocimiento de los efectos negativos por haber presentado el Evange­lio desde la prevalencia de una cultura y haberse visto más como colonización que como evangelización o como imposición del espíritu nacionalista exagerado.

Otras razones son de orden eclesial: el sentido de catolicidad de la Iglesia, el resurgir de las Iglesias locales, las teologías «locales» con sus consecuencias pas­torales, la llamada del Romano Pontífice a la Nueva Evangelización.

2. Las razones dadas a nivel eclesial para la inculturación del Evangelio, ¿valen también cuando reflexionamos sobre la inculturación del carisma?

En general, sí, aunque no todas, ni siempre en el mismo sentido y de la misma manera. Por lo que se refiere al carisma vicenciano, podemos asentar las razones siguientes:

El carisma está constituido por valores evangélicos muy puros, como son el servicio a los pobres, la expresión del amor del Padre, hacer presente a Cristo, fuente y modelo de caridad.

La eclesialidad del carisma vicenciano. Este debe ser presentado en armonía con la Iglesia. La Compañía forma parte de la Iglesia. Participa de la misión evangelizadora de la Iglesia. La Constitución 1, 13 enseña que la Compañía está unida al Misterio de la Iglesia y participa de su Misión salvífica universal.

La universalidad del carisma vicenciano. El carisma vicenciano no ha sur­gido en la Iglesia para ser realizado únicamente en lugares y en culturas determinadas. Desde el mismo inicio de la Compañía, el carisma vicenciano tuvo carác­ter universal, «no conoció fronteras», según se recuerda en la Constitución 1, 2.

La internacionalidad, de hecho, de la Compañía. No sólo por razón del ser­vicio al pobre, sino por razón de los propios miembros. ¿Es lícito, nos pregunta­mos, formar a una haitiana, por ejemplo, según la cultura americana? El carácter internacional de la Compañía, reconocido en la Constitución 1, 18, se expresa «en su vida».

El hecho de la variedad de ambientes en los que las Hijas de la Caridad sir­ven. La M. General, en sus orientaciones sobre la inculturación dada a las Herma­nas Jóvenes, enumera los siguientes: «No sólo las diferencias culturales entre el Norte y el Sur, Oriente y Occidente, sino entre niños y ancianos, adolescentes y jóvenes, entre el campo y la ciudad (rural-urbano), entre el obrero y el profesio­nal, entre el culto e ignorante» . A continuación, la M. General lanza los siguien­tes interrogantes: «¿Cómo vivir la radicalidad del carisma, encarnándolo en esas distintas culturas, subculturas o grupos diferenciados? Ciertas mediaciones ¿son todavía válidas, hoy, para encarnar y expresar el carisma? ¿Qué mediaciones son las más adecuadas hoy en cada lugar y contexto…? ¿A qué cambios nos im­pulsa la necesidad de inculturizarnos allí donde vivimos?».

El propósito loable de los Superiores. Ellos suponen que es también el deseo de toda la Compañía: «El ardiente deseo de toda la Compañía de una fidelidad dinámica y creciente al carisma y al espíritu que ha recibido»». Es seguro que la Compañía no ha desarrollado plenamente el contenido del propio carisma. Es se­guro que no se han agotado las formas de expresar el carisma de la Hija de la Ca­ridad, en el vasto mundo de culturas diversas en las que trabajan.

Aunque no se diga expresamente, también se podía añadir como razón para acometer la tarea de inculturizar el carisma el reconocimiento de ciertos errores del pasado.

Inculturación del carisma

El Sínodo de Obispos de 1994, que ha tratado sobre La Vida Consagrada y su función en el mundo, ha formulado varias proposiciones. Han sido enviadas al Santo Padre para que él, oportunamente, las recoja en el documento definitivo del Sínodo. Varias de estas proposiciones se refieren a la  inculturación de los carismas. Se reconoce que la expresión de la vida consagrada es uno de los grandes desafíos del futuro, ante la gran diversidad de ambientes, razas, culturas y secto­res que la Iglesia tiene que evangelizar.

El fundamento teológico de la inculturación es, como dije, la Encarnación de Cristo, el consagrado por excelencia. Todo don relacionado con la Encarnación —los carismas de la vida consagrada y apostólica lo están— debe entrar dentro del dinamismo de la Encarnación.

La inculturación dimana también de la consagración plena y total a Dios y a los Hermanos, sin distinción de culturas. El reto está precisamente en el modo de vivir y expresar la consagración a Dios y a los hermanos, en culturas tan diversas. No hay la menor duda de que la cultura es determinante para que la consagración a Dios y el servicio a los hermanos sean significativos.

Inculturizar el carisma no es simplemente un trasplante de costumbres, sino crear una mentalidad vivificada por el carisma, hacer que el alma se identifique de alguna manera con el carisma. La Madre Rogé gustaba hablar de la Hija de la Caridad como sierva y acudía a la expresión de «alma de sierva». La Hija de la Caridad debe tener el alma de sierva. Nadie discute que ser «sierva de los pobres» es un rasgo característico del carisma de la Hija de la Caridad.

El carisma contiene muchos aspectos: trabajo, oración, estilo de vida, práctica de las virtudes propias y de los consejos evangélicos, las relaciones interpersona­les, relaciones con el mundo, con las personas, con los bienes materiales, etc. Todo debe ser objeto de la tarea de la inculturación.

Situaciones diversas en cuanto a la inculturación del carisma

La tarea de la inculturación se plantea en niveles diversos:

Originariamente, es decir, cómo el Fundador inculturizó el don de Dios, cómo pasó de la inspiración a la institución, a la plasmación real y visible del ca­risma. Pensemos en un cuadro de un pintor japonés y el de un pintor africano. Ambos han plasmado la inspiración según la propia cultura.

La inculturación originaria tiene importancia. Va a depender de ella, en gran medida, la eficacia y la permanencia del carisma. Pero nunca debe ser la defini­tiva, si el carisma tiene vocación universal.

En segundo lugar, está la inculturación permanente. La que se requiere para que el carisma siga vivo y eficaz en las diversas culturas, y supere los riesgos que le acechan a causa de los cambios culturales que sobrevienen en el correr de la historia. El carisma, revelado como experiencia espiritual del Fundador, debe ser trasmitido, custodiado, profundizado y desarrollado constantemente, en sintonía con el Cuerpo de Cristo, en crecimiento perenne.

La historia de la Compañía es un ejemplo del esfuerzo por la inculturación permanente. La Compañía se esforzó para acomodarse a los cambios sociales y eclesiales que siguieron a la Revolución francesa, muy diferentes de las circuns­tancias en las que vivieron las primeras Hermanas en el siglo XVII. Las Hijas de la Caridad de 1830, siendo verdaderas Hijas de la Caridad como las de 1660, año en que murieron los Fundadores, vivían y trabajaban de muy distinta manera a como vivían y trabajaban las primeras Hermanas. Más o menos intensamente, la histo­ria lleva consigo siempre un dinamismo de inculturación. La labor de adaptación y actualización a las circunstancias cambiantes de los tiempos, pedida por el Con­cilio Vaticano II, obedece al mismo dinamismo».

3. En tercer lugar, está la inculturación proyectiva del carisma. El carisma, ya inculturizado en una cultura determinada, pasa a ser plantado en otra cultura. Un carisma nacido en Europa, fundamentado en instituciones culturales europeas, ex­presado según la mentalidad europea, es llevado a otro continente, por ejemplo, al continente africano. Es el caso de las Hijas de la Caridad que desde una vivencia española del carisma fueron a la India y allí lo han plantado. Es seguro que sus esfuerzos de inculturizar el carisma de las Hijas de la Caridad se llevará a cabo por las Hermanas nacidas en la India.

La tarea que las Hijas de la Caridad deben desarrollar en las próximas asam­bleas es la de inculturizar el carisma de una manera permanente, es decir, dentro de la propia cultura, teniendo muy en cuenta los cambios serios y profundos que en la propia cultura han sucedido y están en vigor.

Principios de inculturación en las Constituciones actuales de las Hijas de la Caridad

La M. General ha recordado a las Hermanas Jóvenes la C 2, 9, que contiene un principio muy importante de inculturación, la atención a la persona: «Su primer paso es la atención, base indispensable de toda evangelización; atención hacia las personas, su vida, las realidades socioculturales de los pueblos y la atención ha­cia el Espíritu de Dios que actúa en el mundo». La lectura atenta de las Constituciones, desde la clave de la inculturación, permite encontrar otros principios en los que la tarea de la inculturación del carisma, en un mundo cambiante, encuen­tra base y estímulo.

La «secularidad de la Compañía» es uno de ellos. No entendida la seculari­dad a la luz de la vieja y pasada concepción jurídica, sino en la concepción pasto­ral propia de la secularidad, que exige estar presente en el mundo y atender al mundo para poderse comunicar con él y ofrecerle el valor evangélico adecuado. Es necesario estudiar la Constitución 1, 9, desde la perspectiva de la incultura­ción. Si lo hacemos desde esta perspectiva, veremos el sentido nuevo que tiene la secularidad de la Compañía.

La espiritualidad de la Compañía:

La práctica de la sencillez y humildad exige a las Hermanas hacerse «inte­ligibles» y «cercanas» a los pobres. La cercanía física, sin la cercanía espiritual y cultural, no consigue nada, al contrario, puede crear rechazo. Tampoco es pensa­ble la posibilidad de hacerse «inteligibles» si el lenguaje, signos y gestos son aje­nos a la cultura del pobre (C 1, 10; 2, 3).

La inquietud de la Hija de la Caridad es llegar a la promoción integral del hombre. Exige a las Hijas de la caridad que no separen el servicio corporal del es­piritual, la humanización de la evangelización (C 1, 11).

El compromiso de «revelar a sus hermanos el Amor de Dios por el mundo» exige a las Hijas de la Caridad el respeto por todos los «mundos», dignos todos, porque todos son amados por Dios y en todos hay «Semillas del Verbo».

Los consejos evangélicos, asumidos por voto en la Compañía de las Hijas de la Caridad, están ordenados no sólo a la santificación de la Hija de la Caridad, sino para potenciar el servicio a los pobres. La Constitución 2, 4 enseña que los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia reciben del servicio su carácter específico.

Las virtudes y los consejos evangélicos, por una parte, responden a valores evangélicos muy fundamentales. Por otra, afectan muy profundamente a aspec­tos muy importantes de la personalidad, como son la afectividad, la libertad y la relación con las personas y los bienes temporales. De ahí que, tanto las virtudes como los consejos evangélicos, tengan una dimensión cultural muy significa­tiva».

La eclesialidad de la Compañía. La Constitución 1, 13 se puede también leer a la luz de la inculturación. La Compañía, en las diócesis: «participa, según su espíritu propio, en la pastoral establecida por los Ordinarios de lugar y en la vida de la Iglesia local» . Antes dijimos que una razón del auge de la incultura­ción ha sido el realce que han tomado las iglesias locales.

La internacionalidad de la Compañía. Aludí a la internacionalidad de la Compañía, refiriéndome a las personas. Según se establece en la C 1, 18, la inter­nacionalidad de la Compañía es más amplia. Se expresa: «en su vida, su organi­zación y su representación». Los tres aspectos pueden exigir una inculturación conveniente. Un ejemplo puede ser la necesidad de que los órganos representati­vos respondan a las exigencias de las diversas y principales culturas presentes en la Compañía. No se concibe, por ejemplo, un Consejo General, si es representa­tivo, sin la presencia de personas de diferentes culturas.

Los principios fundamentales de la pastoral de la Hija de la Caridad

Además de los principios antes mencionados, podemos también citar aquellos otros principios que la Compañía ha escogido para orientar su pastoral de servicio a Cristo y a la Iglesia, en la persona de los pobres.

Atención a la persona. En este principio, antes citado, se alude expresa­mente a las condiciones socioculturales de los pueblos (C 2, 9).

Ayudar al pobre a tomar conciencia de su dignidad (C 2, 9). Este principio es de suma importancia porque afecta a la conciencia de la persona que es, como dijo Pablo VI, el santuario del hombre, en el cual está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo íntimo de él». La ayuda va encaminada a que el pobre tenga de sí mismo el concepto propio como hombre, como ciudadano y como hijo de Dios. La caridad apremia a las Hijas de la Caridad, a contribuir a que toda persona realice su vocación de hijo de Dios (C 2, 3).

El carácter misionero «ad gentes» de la Compañía, según se expone en la Constitución 2, 10: «Ir por los caminos del mundo…» y prestar «particular aten­ción a la ‘Semilla de la Palabra’ que contienen las diversas culturas».

El principio de gobierno, referente a la unidad dentro de las diversidades: «Trabajan por conservar la unidad dentro del respeto a las diversidades, que permiten un apostolado más eficaz y una vitalidad mayor en la Compañía. Estas diversidades implican, en lo que se refiere a las actividades y estilo de vida, op­ciones diferentes que siempre se hacen en función del servicio de Cristo en los pobres y según el espíritu de la vocación» (C 3, 24).

Presupuestos para que la tarea de la inculturación del carisma sea responsable

El tema de las próximas asambleas, domésticas, provinciales y general, no abarca todos los aspectos del carisma, sino solamente dos: el estilo de vida y la vida fraterna en común, es decir, cómo inculturizar el estilo de vida de la Hija de la Caridad y su vida fraterna en común.

De todas maneras, aunque el trabajo de las asambleas se haya centrado en el estilo de vida y en la vida fraterna, casi seguro que tendrán que tener en cuenta otros aspectos del carisma, como son el espíritu y el servicio. Posiblemente, tam­bién otros elementos de la historia y de la vida de la Compañía, disposiciones constitucionales y tradiciones. El problema de fondo va a ser, pues, el siguiente: Qué es lo invariable y qué es lo cambiante, qué cambios afectan al carisma y qué cambios no le afectan.

Igualmente, el principio de la diversidad en la unidad se va a poner al rojo vivo. En principio, hay que decir que sólo los valores teológicos son los invaria­bles, lo demás son variables. ¿Será suficiente este criterio para mantener la uni­dad de la Compañía? ¿Se van a contentar con la unidad teológica y con muy poca unidad en las instituciones? Sólo les indico aspectos importantes que deben tener en cuenta. Naturalmente, estos aspectos merecen ser desarrollados más amplia­mente.

1.ª El primer presupuesto es, como dice la Madre General a las Hermanas Jó­venes, conocer bien el carisma propio, entender bien qué elementos son esencia‑

.’ les o accidentales, perennes o coyunturales. «Profundizar en los elementos esen­ciales del carisma de los Fundadores y del Espíritu de la Compañía. Sin esa profundización, se corren los riesgos de diluirlos en las diversas y cambiantes culturas».

La labor de distinguir lo esencial de lo accidental, lo perenne de lo coyuntural, no es tarea fácil. Es necesario recurrir a los orígenes, a las intuiciones e inspiracio­nes de los Fundadores (C 1, 3), al espíritu y propósitos de los Fundadores y a las sanas tradiciones». Pero no es suficiente. La Compañía es un ser vivo, con capaci­dad creadora y con derecho a introducir nuevos elementos esenciales, constitutivos de su identidad. Un caso, por ejemplo, es el de los votos (1, 13; 2, 15). Otro caso es el carácter mariano de la identidad de las Hijas de la Caridad (C 1, 12).

La constitución 1, 3 asienta otro criterio que puede ayudar al discernimiento: La llamada que oyeron las primeras Hermanas sigue suscitando y reuniendo, a través del mundo, a las Hijas de la Caridad, que se esfuerzan por beber en las fuentes, las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores para responder, con fi­delidad y disponibilidad siempre renovadas, a las necesidades de su tiempo. Esta constitución se formuló en la perspectiva de la actualización, pero es evidente que se puede leer desde la perspectiva de la inculturación. La formulación es gené­rica. Obliga, por tanto, a hacer un trabajo serio para saber qué es lo variable e in­variable, referente al carisma de la Hija de la Caridad.

En este quehacer del discernimiento, pueden ayudar, también, las enseñanzas de los Superiores y los documentos conclusivos de las Asambleas. Pero se deben leer con esmerada atención. Fueron concebidos y formulados en circunstancias históricas determinadas, por personas marcadas, sin duda alguna, por el momento histórico. Eran personas, como se suele decir, hijas de su tiempo. Si leemos hoy, por ejemplo, algunos escritos de la Madre Guillemin, nos percataremos que hay afirmaciones que ahora no nos dicen casi nada, entre otras razones, porque la misma Compañía las ha superado.

Los Superiores son conscientes de que el tema de la inculturación es muy am­plio y llamado a tener repercusiones en las distintas Provincias, Regiones, Comu­nidades y Hermanas en los servicios concretos. Se trata de cómo «encarnar hoy con fidelidad y dinamismo en cada lugar y servicio, el carisma de los Fundado­res, el espíritu propio, para mejor seguir cumpliendo el fin».

2.ª El segundo presupuesto es conocer la cultura actual en aquellos aspectos que afectan a la inculturación del carisma. También lo aconseja la Madre General: «Conocer más prudentemente el contexto cultural del lugar y de los pobres a los que servimos, para discernir los valores y contravalores que ahí se dan».

Hoy tenemos muchos escritos en los que se exponen las características de la cultura actual. Lo malo es que esas características, unas veces son duraderas y otras veces duran muy poco. Por ejemplo, cada año, los estudios sociológicos di­cen cómo es la juventud. Es fácil percibir cómo algunas características son exce­sivamente efímeras, cambian en muy poco tiempo.

Unas características pueden sintonizar bien con el carisma, por ejemplo, el sentido de solidaridad. Otras, en cambio, son totalmente contrarias, como es la de consagrarse a Dios por toda la vida. Todos los observadores ponen de relieve cómo la cultura actual se distingue por falta de compromisos duraderos. Otras ca­racterísticas pueden ser «provocativas», por ejemplo, el clamor por la justicia.

La inculturación puede ir por el camino de la asimilación y potenciación de los valores culturales existentes, en unos casos. En otros casos, puede ser una incul­uración de «choque» o ir contra corriente, como puede suceder en los campos de la castidad, pobreza y obediencia, valores evangélicos que el hombre de hoy no valora.

Según la Madre General, hecho el discernimiento, se deben «asumir las que puedan ser mediaciones válidas, a la vez que tratamos de transformar lo que no sea evangélico» . El discernimiento obliga también «a respetar y a apoyar las ex­presiones culturales de los pobres, sin imponerles las nuestras, siempre que sean válidas como mediaciones de la fe y de valores humanos».

Actitudes de las personas

Termino estas reflexiones señalando algunas actitudes que deben animar a las personas empeñadas en la noble tarea de inculturizar el propio carisma.

En principio, la tarea de la inculturación del carisma es tarea de todos los miembros de la Compañía, de las Hermanas Mayores y de las Jóvenes. Como es natural, la aportación de unas y de otras será seguramente distinta, pero se deben completar. Es posible que las Hermanas Mayores estén en mejor disposición de saber qué es lo esencial y accidental, lo variable e invariable del carisma. Es posi­ble que las Hermanas Jóvenes puedan aportar mejor las características y expresio­nes de la cultura ambiental. Juan Pablo II en la Encíclica «Redemptoris Missio» dice: «La inculturación debe ser tarea de todo el Pueblo de Dios y no solamente de algunos expertos… debe madurar en el seno de la Comunidad»».

En todo caso, una primera condición es el amor sincero, auténtico y visible, a la vocación de Hija de la Caridad. El amor a la vocación es un punto de apoyo necesario para una tarea en la que, unas veces, la Hermana se debe despojar de muchas convicciones y de experiencias que le han sido muy queridas y satisfacto­rias. El amor a la vocación es un punto de apoyo para no exigir a nadie lo que no responde a una llamada del amor a la vocación y ser cautas con lo que se pro­pone.

La pertenencia a la Compañía debe ser clara. La Hermana ha venido a la Compañía para vivir y morir en ella, a dar a Dios y a los pobres todo lo que es y tiene. Cada Hermana, por otra parte, ha recibido en herencia los valores del ca­risma. No es fácil ser fieles a la herencia recibida si no se la estima profunda­mente y no se ha identificado de alguna manera con ella.

La fe en el futuro de la Compañía, no obstante las tentaciones que en ciertas Provincias se puedan dar a causa de la falta de vocaciones, de la reconversión de obras, de los fallos en las relaciones mutuas. La Compañía —don de Dios— des­cansa sobre la roca firme de la Providencia de Dios.

La magnanimidad de espíritu, la grandeza de alma, para no caer, ni enre­darse en cosas realmente poco significativas, aunque afectan a la sensibilidad. Se debe ir a las cuestiones de fondo. A los modos correctos de expresión sólo se puede llegar cuando se ha tocado fondo en las cuestiones importantes y se han planteado bien dichas cuestiones.

El cuidado de no confundir inculturación con mundanización. La mundani­zación es ceder ante el empuje de los valores y comportamientos «mundanos» que, aunque no sean moralmente malos, sustituyen a los valores evangélicos. Es, en la práctica, seguir una moral de «mínimos» y marginar la moral cristiana que es una moral de superación.

Aceptar el ritmo, más lento, que supone toda tarea de inculturación. No siempre se puede ir de prisa. La inculturación debe ser como la suave lluvia que, poco a poco, empapa la tierra en la que se va a sembrar la semilla; como el rayo de sol que, lentamente va dando vigor a la vida oculta en la semilla; como la se­milla que madura poco a poco. La tarea de la inculturación exige estudio, experi­mentación, revisión, discernimiento, dejar que «el tiempo decante…». Pablo VI dice que es como una «incubación del misterio cristiano en el seno de un pue­blo»31.

Conclusión

Con lo expuesto, he pretendido contribuir a crear un clima, un ambiente, en el que la tarea de la inculturación del carisma en un mundo cambiante se pueda ha­cer con responsabilidad y decisión. Mi trabajo es solamente propedéutico, es de­cir, introductorio al estudio de los temas de inculturación propuesto para las pró­ximas asambleas domésticas, provinciales y general de las Hijas de la Caridad.

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