Historia de los Paúles en Cuba (Capítulo III A)

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Autor: Justo Moro – Salvador Larrua · Año publicación original: 2012 · Fuente: Mecanografiado.
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CAPÍTULO III. Preparando la futura morada

1. Reparaciones necesarias y urgentes en el Convento y en la Iglesia de la Merced

La restauración y puesta a punto del convento y de una Iglesia tan grande como la de La Merced, era un problema muy serio en La Habana de la segunda mitad del siglo XIX. En primer lugar, porque se trataba de una obra que exigía muchos recursos en un momento en que los Padres Paúles, recién llegados, no contaban con ninguno, excepto con el apoyo de los fieles y alguna colaboración del Obispado. En segundo lugar, porque los Frailes Mercedarios nunca llegaron a terminar ni la Iglesia ni los claustros del Convento de San Ramón Nonato, debido a la ley de exclaustración de 1841, ley que les obligó a exiliarse y a abandonar la Iglesia y el Convento y finalmente porque habían pasado más de veinte años de abandono, durante los cuales, el viejo templo había permanecido sin mantenimiento en un proceso de deterioro paulatino. Solo se reducía a las paredes y un piso de cemento. Hecho el inventario de los bienes y alhajas el 20 de Mayo de 1863, se fijó el día primero de Junio de 1863 para la toma de posesión del Convento y en el mismo día quedó instalada la nueva Comunidad.

El mismo P. Viladás nos dice:

El día primero de Junio de 1863, conforme lo acordado por el Gobierno Civil y Eclesiástico de esta isla y ciudad de la Habana, se instaló la Congregación de la Misión en el exconvento de Ntra. Sra. de la Merced y formaron su primera Comunidad: los presbíteros D. Jerónimo Viladás, Superior y Director de las Hijas de la Caridad. D. Joaquín Alaban, D. Francisco Javier Jaquemet. D. Joaquín Piñol, D. Ignacio Piocha, D. Eduardo Montaño.

Aquellos primeros pasos no debieron de ser fáciles para algunos de los misioneros que iniciaron esa experiencia. Después de varios años el P. Jaquemet, natural de Ginebra, Suiza, murió en los Estados Unidos, separado de la Congregación. El P. Piñol, natural de Tortosa, España, pidió el «dimitimus» pocos años después, en el año 1867 salió de la Congregación. El P. Ignacio Piocha, natural de Guanajuato, México, murió víctima de la fiebre amarilla el 26 de Julio de 1863, apenas unos días después de la solemne instalación en el Convento de la Merced. Según el libro del personal antes citado, fue sepultado en la bóveda de la Merced, en el Cementerio General.

Tuvo también el P. Viladás bajo su obediencia a otros misioneros ilustres. Los Padres Masnou y Maller fueron visitadores de España en años posteriores. El P. Juan Madrid dejó el pabellón muy alto entre los Sacerdotes de Madrid cuyas conferencias de los Martes dirigió durante muchos años. El P. Vila, que fue director de Novicios de la Provincia de Madrid. El P. Santonja, visitador que fue después de Filipinas y el P. Rojas, a quien el historiador Pedro Sainz, escritor de la Historia de la Provincia de Cuba y la del Seminario de la Habana, compara con el P. Viladás. Tal era la talla de aquellos primeros misioneros.

A pesar de que los Paúles se habían instalado en el Convento de la Merced el día primero de Junio del año 1863, sin embargo, la solemne instalación en el convento e Iglesia no tuvo lugar hasta el 19 de Julio del mismo año, día que coincidiendo con la festividad de San Vicente de Paúl, Fundador de la Congregación de la Misión, celebraron suntuosamente con asistencia de lo más granado de la ciudad. Entre otros dieron realce a la fiesta la Condesa de O’Reilly, gran protectora de los Frailes y el Conde de Cañongo, quien animó al P. Viladás para que iniciara de nuevo las obras.

A pesar de las muchas dificultades que estas tareas presentaban a los recién llegados, el Padre Jerónimo Viladás acometió el objetivo sin vacilar un momento. Al no haber planos originales de la Iglesia hubo que reinventarlos y gracias al talento del arquitecto José María Sardá se pudo continuar la construcción de la Iglesia. Se concedió el permiso de obras pedido por el Marqués de Castellflorit y las obras comenzaron el 10 de Febrero de 1865, bajo la dirección del arquitecto José María Sardá. El P. Viladás supo envolver en esta tarea a los personajes más conspicuos del gobierno, entre ellos al mismísimo Gobernador y Capitán General, Domingo Dulce, y a los representantes más poderosos de la sociedad civil.4

Para colaborar con las obras de restauración y remodelación del antiguo Convento e Iglesia de los Frailes Mercedarios, el Capitán General encargó el 2 de julio de 1863, que el geómetra de la Real Hacienda, D. Andrés Ma. Foxa, mensurara la parcela y preparara un croquis o plano de la porción de terreno que había sido propiedad del Convento. En el plano debían aparecer, además de la Iglesia, las casas enajenadas que estaban anexas al edificio.

Una vez terminados estos trabajos, el 15 de julio de 1863 se puso a subasta, según la usanza de la época, la ejecución de las obras en el despacho de D. Francisco P. Narbona, Administrador General de Bienes de Regulares. En la subasta estaba presente el Interventor Eclesiástico Pbro. Juan Bautista de Rivas, y el Oficial Primero D. Manuel Sánchez Segovia. En el acto se presentaron siete licitadores «aceptándose la oferta de la firma Castellá y Cía. que se comprometió a realizar el trabajo por $ 1, 490 pesos.

Mientras tanto, el P. Jerónimo Viladás no se había dormido después de lograr la tan ansiada fundación oficial y velaba por la comodidad de los Padres tratando de mejorar las condiciones de vida para ellos en el plazo más breve, ya que pronto debían llegar más misioneros de España. Por otra parte, las nuevas obras iban a revalorizar los edificios colindantes y a la larga costarían mucho más los terrenos, y esta era otra razón para redoblar su empeño.

Después de examinar el estado de las construcciones, sus avances y las necesidades más perentorias, el P. Viladás dictó un oficio al Obispo, el 3 de agosto de 1863, en el que le comunicaba que

Habiéndose comenzado las obras de reparación y aseo de las habitaciones de este ex convento de la Merced, ahora se debe levantar el alto que mira a la calle de Cuba. Sería conveniente que S. S. 1. mandara al Arquitecto que debe formular y presupuestar dichas obras para activar la construcción de las habitaciones en el alto, mucho más sanas y ventiladas, para poder alojar en ellas a los Misioneros que pronto deben salir de la Península, ya también por la ventaja que se reportaría al edificio, construyendo de nuevo, aunque sea poco.

La respuesta del Obispo a la solicitud del P. Viladás fue rápida. El prelado mandó preparar un presupuesto para conocer el costo total de las obras solicitadas. Sin embargo, la restauración seguía marchando muy despacio, a pesar de que tanto Mons. Fleix y Solans como el Capitán General apoyaban de forma priorizada las obras que se estaban realizando en el viejo Convento de los Mercedarios para que los Hijos de San Vicente pudieran instalarse de forma adecuada y lo más pronto posible.

Los Paúles habían tomado posesión de los antiguos locales del Convento y de la Iglesia adjunta el 10 de junio de 1863. Su instalación oficial fue reconocida legalmente por un oficio del Capitán General Domingo Dulce de fecha 11 de junio. Desde ese día residían allí el P. Viladás como Superior de la nueva Comunidad de los Paúles y los Padres Joaquín Alabán, Francisco Javier Jaquemet, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño, así como el P. Juan Masnau, Visitador de Méjico. El Señor Sena se había salido o le echaron por revoltoso cuando los sucesos de su tío el Sr. Armengol. El Sr. Planas había muerto en septiembre del año anterior y el Señor Bosch había sido llamado a la Península por imprudencias que había cometido. Los Padres decidieron esperar al 19 de julio, fiesta de San Vicente de Paúl, para celebrar el acontecimiento de su instalación con toda la solemnidad que ese hecho histórico se merecía.

Y la celebración hizo historia en La Habana. Con su facilidad para relacionarse y la simpatía que lo caracterizaba, el Padre Viladás

Supo interesar en ella muy vivamente al Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Obispo y a la Señora Condesa de O’Reilly, a la Presidenta de la Conferencia de Señoras y al Presidente del Consejo de Caballeros de San Vicente de Paúl, los cuales invitaron al pueblo todo a aquella solemnidad, en la que a las ocho y media ofició de Pontifical el mismo Prelado diocesano y predicó el P. Maruri, de los Padres Jesuítas, renombrado orador de aquel tiempo. Como preparación se había hecho al Santo Padre (San Vicente de Paúl ) su Novena, con Misa cantada, sermón y canto de los gozos.

Fue una celebración solemne y sentida en una Iglesia muy antigua que necesitaba una completa restauración. Aquel pobre templo, de una sola nave y con piso de hormigón, necesitaba reparaciones que se efectuaron apresuradamente y de forma incompleta para reabrirla al culto el 19 de julio (de 1863) aunque los trabajos continuaron hasta el año 1867.

No había de pasar mucho tiempo sin que el P. Viladás y el conjunto de la Comunidad de los Paúles demostraran hasta la saciedad cuán grandes eran las transformaciones que iban a hacer en la Iglesia que les había sido otorgada.

La Iglesia tiene forma de una cruz latina. Paralelas a la nave central corren otras dos naves laterales, que junto con la gruta de Lourdes y la capilla del Santísimo Sacramento, forman un perímetro rectangular. El decorado interior está sobrecargado pues tanto las columnas, las paredes y los techos han sido objeto de una profusión tal de adornos pictóricos que le dan cierto aire barroco a su estilo ecléctico.

En el camarín del altar mayor se encuentra la imagen de la Virgen de la Merced, vestida de blanco con un niño en los brazos. Dos esculturas, que representan a dos esclavos redimidos le ofrecen humildes, arrodilladas a sus pies, las cadenas de la esclavitud. Estas cadenas que el autor de este libro vio a su llegada en el año 1995, desaparecieron del camarín «llevadas», como recuerdo de la visita, por uno de los múltiples devotos de la Virgen.

La fachada de la Iglesia, con su concha barroca en el medio punto tiene cierta nobleza. Y los triples pilares con recuadros que la encierran, destacan sus proporciones. Nada igual o parecido se había hecho en la Habana en templos religiosos.

Hablando de la fachada de la Iglesia muy pocas personas se harán dado cuenta del anacronismo religioso que el observador atento puede detectar. Se trata del nicho central de la fachada donde se encuentra actualmente la imagen de la Virgen Milagrosa. No siempre fue así. El P. Chaurrondo nos narra el porqué de esa imagen en un lugar que históricamente no le pertenece.

el ciclón del año 1926 se llevó la cabeza de la imagen original de San Ramón Nonato, patrono del Convento e Iglesia de la Merced, que ocupaba el nicho de la fachada. Era de piedra artificial. Por lo demás, el cuerpo de la imagen estaba desgastado por la acción del tiempo. Es de saber que el nombre canónico de los Mercedarios era: Convento de San Ramón e Iglesia de la Merced.

Al P. López Antonio, que no tenía el menor sentido de lo arqueológico e histórico, se le ocurrió sustituir la imagen deteriorada de San Ramón Nonato por una estatua de la Milagrosa. Se discutió si de piedra, guardando el estilo de la fachada, o de mármol, que desdecía del total de la arquitectura. Al fin se prefirió de mármol, poniéndose en contacto con una casa de Barcelona, pero a causa de estar el artista fuera de España, se desistió de la estatua española Además de más barata hecha en Cuba, se aseguraba la entrega para la fiesta de la inauguración, haciéndose cargo de ella la Casa Duque por 850 pesos, más los costos de montaje. Así se hizo, quedando desde entonces esa imagen de mármol, de la Milagrosa, presidiendo la fachada de la Iglesia de la Merced, con un criterio extraño, de que una iglesia de la Merced, de origen antiguo y de devoción popular, esté presidida por una imagen la Milagrosa, por añadidura de mármol, y representando una devoción nueva. Creemos que ahí seguirá hasta que corriendo el tiempo, la comisión de monumentos artísticos deshaga esta, herejía histórica, colocando la’ imagen de la Merced ‘o del patrón del Convento, San Ramón Nonato.

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