Los hijos de San Vicente, por nuestra consagración, no somos “cesantes” en la tarea de desarraigar la pobreza

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: María Ángeles González, H.C. · Año publicación original: 2009 · Fuente: Vincentiana.
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“A nadie le es lícito permanecer ocioso” Ch. L.3

La pobreza siempre es un aguijón y desafío permanente para la familia vicenciana y, máxime, si hay un inmenso caudal de desgracias y sufrimiento, que hoy son bien conocidos por todos nosotros, y cuya causa es producto de la intervención injusta del ser humano. Esto, nos obliga a pensar y actuar responsablemente en la lucha por la justicia; es decir, por un hogar para los niños que malviven, para los mayores abandonados, para los enfermos, inmigrantes, refugiados, encarcelados y, asimismo, la lucha contra el hambre, el paro, xenofobia, el SIDA y otras enfermedades propias de países en desarrollo, y que por desgracia forman parte de la larga lista que podríamos confeccionar de situaciones injustas.

Por todo esto, sin ninguna duda, deberíamos responder siempre al cómo podemos vivir con tanto sufrimiento y pobreza y qué participación tengo yo mismo en la existencia de la pobreza, del sufrimiento y en qué medida soy responsable de la destrucción del medio ambiente, de la desocupación, de la violencia, de la radicalización en religión, xenofobia, desigualdades de género y hacia todos los oprimidos. No debemos caer en la tentación de mucha gente de preguntarle a Dios por qué existe todo este mal o culpar como responsable único al pecado estructural sin afrontar en integridad y con todo nuestro ser la culpabilidad personal.

Para esta reflexión partimos de la verdad que todos sabemos: Dios ni crea ni quiere la existencia de pobres. Los pobres son los dañados y afectados por la injusticia estructural, que si, es un pecado efecto del dominio, avaricia y egoísmo de los ricos y poderosos, haciendo que los excluidos vivan impotentes a la violación de sus derechos más fundamentales y vean, asimismo, pisoteados, de múltiples formas su dignidad humana. Por tanto, la culpabilidad que recae en las instituciones, el gobierno que autoriza o permite los daños y males sociales que empobrece y sostiene por generaciones en esta situación a muchos seres humanos, no tiene lugar a dudas que responde a un pecado estructural.

La literatura ha puesto de manifiesto a lo largo de la historia, con gran sensibilidad y claridad, los hechos indignos e inmorales impropios del ser y actuar de cualquier persona humana. Recordemos con este propósito el ejemplo de la inhumana situación de injusticia infringida a los presos deportados a Siberia que hizo decir a León Tolstoi, en pensamiento de su príncipe Nejliúdov, el por qué unas autoridades responsables de apropiarse de la vida de las personas, consideran que “en el mundo hay situaciones en que no es obligatoria una actitud humana hacia estas personas. Porque todos estos señores que se consideran superiores por el poder, si no tuvieran esta autoridad pensarían como es posible hacer marchar a esa gente con tal calor y tan hacinados, hambrientos  y harapientos, o por el contrario, les habrían hecho parar siempre en este camino de un calvario, al ver que uno de los presos perdía las fuerzas y enfermaban, le habrían hecho salir fuera de este caminar y los habrían dado agua, le habrían permitido descansar y, si ocurría una desgracia habrían mostrado su sentimiento. Pero no hicieron así, hasta impidieron que otros lo hicieran y eso porque no les consideraban personas y ponían los deberes del cargo por encima de las relaciones y dignidad humana. A ello se debe todo, pensó el príncipe. Si se pudiera admitir siquiera fuese por una hora y en un caso excepcional que el amor al hombre es más importante que cualquier otra cosa, ningún delito contra nuestros semejantes se podría perpetrar sin considerarnos culpables. Resulta horrible ver a personas carentes de la primera virtud humana: del amor y la compasión hacia sus semejantes. De lo que se trata, seguía pensando el príncipe, es que estos hombres admiten como ley lo que no lo es, y no admiten lo que es; la existencia de una ley eterna, inmutable e ineludible, escrita por el propio Dios en el corazón de los hombres, el Amor. Y experimentó el príncipe la alegría del viajero que ha descubierto un mundo nuevo, ignorado y hermoso”.[note]Cfr.: Tolstoi. Resurrección, Circulo de lectores,  Barcelona, 1972, pág 363 ss[/note].

Sin embargo, se le olvidaba al Príncipe mencionar la culpabilidad de los “mirones pasivos” de todos los que bien por impotentes, impasibles, indiferentes, dejamos que millones de personas mueran cada día, minuto, en el mundo. Nosotros, como seres humanos no debemos permanecer “sentados cómodamente” ante las injusticias y sufrimiento de nuestros semejantes sin denunciar, con la palabra y las obras, al menos, con todos los medios a nuestro alcance, los errores de las llamadas leyes de la sociedad que dan impunemente autorización a “patronos y capataces” para fomentar la corrupción con su consecuencia más grave de empobrecimiento y que disfrazan  con el nombre de orden mundial, “lavándose las manos” con las migajas de sus inmensas fortunas.

Por lo tanto, si sabemos destapar la raíz de la injusticia social,[note]Cfr.: Sb. 21-24[/note], hemos de continuar con la pregunta de índole personal, de cuál es mi parte en esta situación injusta de la historia de todos los humanos en este tiempo y cómo puedo yo modificarla y, por los mismo, a qué restricciones, renuncias,  nivel de vida austera estoy dispuesto a vivir para que algo cambie y dónde puedo hacer algo para que las cosas vayan mejor. Somos testigos de una crisis económica mundial, ¿nos ha afectado siquiera en algo en nuestro vivir a los hijos de San Vicente? o más bien seguimos en nuestro “balcón, viendo la procesión” del sufrimiento y que otros arrastre la cruz.

No podemos vivir en la absurda seguridad de que somos dueños de nuestra vida, que ésta nos ha sido dada para nuestro propio placer y disfrute. Se trata, si esto es así, de un absurdo evidente. Porque si hemos sido creados y enviados a este mundo, ha sido por voluntad de Alguien y para un fin constructivo en común. Es lógico que nos vaya mal cuando no buscamos el Reino de Dios y su justicia, ya que el resto se nos dará por añadidura.[note]Mt.6,31[/note]. Es una pena que en muchas ocasiones andemos perdidos buscando nuestra voluntad, “el resto” a sabiendas de que si consagro mi vida a que en la tierra impere el Reino de Dios y todos alcancen el máximo bien posible de dignidad, una vida completamente nueva de igualdad fraterna renacerá  para nuestra historia.

Ya tenemos experiencia, en alguna medida, de que si me encuentro con la pobreza y tengo el coraje de ocuparme de ella, surge un dinamismo como consecuencia del cual los más desvalidos, empobrecidos, se vuelven un poquito, al menos, más “felices” y nosotros más agradecidos con Dios y con la vida nuestra. ¡Ojalá! nos demos cuenta de todo lo que podemos hacer,  que si hago algo por los demás se produce el cambio de muchas de las desgracias existentes y no caigamos en la tentación, pecado, de decir simplemente: “las cosas son así”, “una gota no hace el océano”, e incluso tenemos el atrevimiento de confirmar, en el día a día, una actitud pasiva frente al compromiso de justicia evangélica, de no hacer el océano con todas las gotas y que no urgirnos al constante hacer de samaritanos en cualquier edad, circunstancia de nuestra vida.

Nos preocupa y/o criticamos a los muchos jóvenes que están sentados horas y horas ante el televisor o el ordenador, porque un aluvión de imágenes terribles se abalanza sobre ellos, que provoca la huida a otros mundos destructivos de sus vidas. Sin embargo, conocemos algunos de ellos que se ponen en marcha hacia personas que tienen que cargar con el peso del dolor y sufrimiento y este estar en contacto con los pobres hace que experimenten el que pueden ser salvadores de vidas, descubren posibilidades que sólo podemos realizar como personas activas,[note]Cfr:.Carlos M. Martín Georg Sporschill, coloquios nocturnos en Jerusalén, E. Paulinas,Madrid 2008, Pág 22.ss.[/note] no así si son consumidores pasivos de las maquinas destructivas de dignidad en el ser humano. No defraudemos este germen joven de esperanza, solidaridad y lucha porque no quede nadie fuera de una sociedad mas justa y humana. Este movimiento activo, confiesan los mismos jóvenes, nace del testimonio y el espacio solidario creado por los verdaderos testigos del Dios de Jesucristo.

No perdamos esta oportunidad de respuesta testimonial como tarea que Dios ha confiado a nuestra  vida. Quien responda de ese modo se convertirá en un colaborador de Dios en el mundo, sentirá que Dios lo necesita, en cada minuto de su vida, lo sostiene y acompaña. Si lo único que hago es lo mismo que hemos criticamos en los jóvenes, es decir: ver la televisión, el estar constantemente frente al ordenador, vivir para nosotros mismos, los “músculos” del amor, de la creatividad y también de la relación con Dios se hacen cada vez más débiles. Creo que tenemos que hacer “ejercicios”. Tales son: la oración, retiros, intercambios comunitarios y acciones de compromiso social al verdadero servicio de los pobres. Quien lo hace así notará más tarde que se convierte en el verdadero interlocutor del Amor de Dios, creíble para todas las generaciones, en definitiva será una persona más feliz.

Sufrimos hoy los vicencianos algunas tentaciones con tintes modernos que paralizan parte de nuestro tiempo en esa obligación de desgastar hasta el último minuto como obreros de la mies. Me permito poner la mirada en tres momentos de la vida de San Vicente que nos instan a responder sin decaer en las diversas dificultades, con constancia y creatividad, sin atomizarnos por las distintas seducciones disfrazadas de derechos de la persona en un mundo tan complicado y estresante

Así, el primer hecho a reflexionar y que queremos recordar aquí como lección que nos ayude a sanar nuestro espíritu de gastar negligentemente nuestro tiempo, es la reacción  de los primeros meses de estancia de San Vicente en la casa de los señores de Gondy, fueron de crisis, ocasionados por el escaso trabajo de instruir  a dos niños ricos, que unido a la añoranza de la reciente y primera experiencia de verdadera vida sacerdotal de párroco en Cliny, que Vicente había tenido y le lleno de gozo y que Berulle con su autoridad cortó y frustró. Pero que nuestro Vicente supo ensanchar su radio de acción sacerdotal  a situaciones que no estaban en el programa de trabajo confiado por obediencia: instrucción religiosa a los criados de la casa, predicar y confesar en los lugares que los Gondy ejercían poderío evitando instalarse, acomodarse y lo más importante no malgastar ociosamente y mal orientar su vida de sacerdocio

Sobre el hecho de refugiarnos en nuestra enfermedad, mucha edad y en el que ya hemos trabajado bastante en nuestra vida, para así pasar las horas y los días dedicados a nosotros mismo con pasatiempos inútiles, nos vemos de nuevo obligadas a encontrarnos nuevamente con San Vicente[note]Jaime Corera, Vida del señor Vicente Vicente de Paúl, CEME, Salamanca, 1988, Pág 138 ss.[/note] “quien a los 64 años, se podría haber muerto en Paz  y ya hubiera sido una vida de “manos llenas” ante Dios. Todos los cargos, fundaciones y trabajo de los cuales se responsabilizaba en esos momentos hubieran sido suficientes para hacer que su nombre pasara a la posteridad con honores. Recordemos brevemente su gran quehacer: desde 1617 es creador y animador de numerosas cofradías parroquiales de la caridad dentro y fuera de París; desde  1618 ha sido un activo misionero rural, trabajo al que comienza a asociar un número creciente de sacerdotes y hermanos a partir de 1626 con la fundación de la Congregación de la Misión; es capellán general de las galeras desde 1619; desde 1622 es director del primer monasterio de la Visitación de París, cargo que se extiende a los otros tres que se fundarán posteriormente en la misma ciudad; desde 1633 dirige y anima la pequeña compañía de las Hijas de la Caridad; también anima las Conferencias de los Martes con el clero de París, obra que se irá extendiendo luego por otras diócesis de Francia; al año siguiente, 1634, funda la cofradía de las damas de la caridad del Hotel-Dieu; en 1636 funda en la Lorena una casa que iba a ser la base de una campaña de gran envergadura de ayuda a los damnificados de las guerra, campaña que se extendería luego a Picardía siendo éste un tipo de actividad que, en una región u otra, incluyendo el mismo París, no dejará de ocuparle prácticamente hasta su muerte; a partir de 1938 comienza a organizar la asistencia a los niños abandonados.

A estas actividades que ocuparon los días de su vida hasta la misma muerte habría que añadir su participación durante diez años en el Consejo de Conciencia, intervenciones ocasionales solicitadas por diversas autoridades en casos de reforma de monasterios, reforma de costumbres, asuntos variados de política civil y religiosa, que le obliga a viajes, reuniones frecuentes, entrevistas. Pero más que nada este panorama de actividad casi frenética le obligaba a escribir cartas, se calcula que en los últimos treinta años de su vida escribió unas 30.000.  Pero Dios no lo llevó consigo cuando su siervo Vicente estuvo a punto de morirse, quizás oyó las mismas palabras que Teresa de Calcuta en momentos de enfermedad grave: “en el cielo no hay suburbios, los pobres aún te necesitan en la tierra.

Pocos franceses llegaban como él llegó, a la edad de ochenta años. La mayor parte no llegaban ni siquiera a los cuarenta. Cualquiera de las varias enfermedades que le perseguían desde años más jóvenes podía haber dado con su cuerpo en la tumba mucho antes, como daban con él periódicamente en la cama las fiebres recurrentes y pertinaces. Más de veinte años antes de morir estuvo con la idea de que podía morirse en cualquier momento; se preparaba cada día para ello, pero no por ello disminuyó el ritmo de su actividad o la regularidad de una vida que comenzaba a las cuatro de la mañana y terminaba a las diez de la noche o más tarde. Vicente de Paúl invertía al día unas doce horas de trabajo, y además el tiempo exigido por las obligaciones regulares de la vida común: rezo del oficio divino, oración, misa, charlas espirituales con su comunidad, recreaciones”. Gracias a Dios, contamos con muchos y valiosos testimonios en nuestras comunidades, cuyos miembros con mucha edad (de 80-95 años) o enfermedad y otras limitaciones, están dando sus últimos años de vida evangélicamente; anotamos algunos de estos hechos que nos son conocidos: visita a domicilio, atención a personas de la calle y acompañamiento a centros sociales de aquellas personas desconocedoras de sus derechos, refuerzo escolar a niños con dificultad de aprendizaje, apoyo en comedores, escucha, atención de confesiones, algunos más creativos como lectura y comentario bíblico en lugares como talleres de carpintería y peluquería y otros lugares de tipo laboral.

San Vicente supo levantar sus ojos más allá de los límites Francia y empezó a extender su mirada por el ancho mundo, es el otro paso en el camino hacia Dios que podemos dar y que podría ser comprometerse como “misionero”.  Muchos de nosotros tenemos una vida magnifica, sobrante, en comparación con otras muchas personas en el mundo, solamente que nos fijemos en nuestra posición de salud y educación, alimentación y objetos personales. Hay que aprender a regalar posiciones de justicia e igualdad a tantas personas que desde una vida llena necesidades vitales y sin posibilidades de cubrir, y que son el grito que ellos lanzan a nuestra conciencia. La respuesta, en vocación profunda de estar al menos al lado de los más crucificados, no sucede de forma automática, exige un aprendizaje de escucha a Jesucristo: “… todo lo que hagáis a uno de estos hermanos  más pequeños a mi me lo hacéis”.[note]Mt.25,45[/note] No podemos esperar a ser santos para ir a países en desarrollo y mucho menos ofrecernos y convertirnos en turistas aventureros, sino que desde la sencillez y humildad  hemos de transmitir nuestra fe, nuestra confianza y nuestro Amor de Dios en la gratuidad de servicio a nuestros hermanos sufrientes y alcanzaremos así cuotas de conversión que nos sorprenderán a nosotros mismos, como nos afirmó San Vicente.

Dar pasos en este camino hacia nuestra conversión puede significar ir al encuentro de otra cultura con sus diferentes costumbres, conocer otras religiones, aprender otros idiomas, dejar de hacer lo que se sabe y estábamos acostumbrados hacer en nuestro lugar de origen para hacer de todo obstáculo “nuestra piel”, a fin de que, de ese modo, se difundan la Luz de la Palabra y Amor, donde la fe en el Dios Encarnado “mueva montañas” y los “sin techo” tengan casa, los enfermos medicamentos, los niños de la calle hogares-escuelas, los ancianos atención y cariño, y no haya emigrantes forzados por motivos de miseria y así la esperanza será una realidad colmada de dignidad para todos.

Cuando sintamos también que las cosas se pongan difíciles o cuando asumamos tareas temerarias, cuando vengan los “grandes tsunamis”, no tengamos miedo, el señor Jesús nos sorprenderá una y otra vez y no nos dejará  caer y nos fortalecerá. Con la oración, si verdaderamente estamos a la escucha, llega remos a estar muy cerca de Dios, de su voluntad. También podemos dudar como humanos y luchar como Job, sufrir tristeza como Jesús y sus amigos Martha y María, pero siempre aceptar y vivir en la voluntad del Padre a ejemplo del mimo Jesucristo.

En nuestra identidad de cristianos vicencianos existe el Dios que quiere que nosotros confiemos en El y también unos en otros. Si la confianza proviene del corazón y si hemos tenido muchas experiencias positivas de servicio a los pobres, llegaremos a ser personas seguras y fuertes. Las personas que han aprendido a confiar no tiemblan, sino que tienen la andadura de intervenir, de protestar cuando alguien dice algo despreciativo, malvado, destructivo contra las personas Sobre todo tienen el coraje de decir que sí, cuando se las necesita. Dios quiere que sepamos que El está de nuestra parte. El puede hacernos fuertes. No se puede realizar obra buena alguna, no se puede ir a los niños de la calle o a los sin techo o dirigir una parroquia y decirse a sí mismo que uno lo hace con sus propias fuerzas. Si no se confía en que se recibe una fuerza sobrenatural o divina, es un acto de soberbia. Dios quiere mujeres y hombres que cuenten con su ayuda y su poder. Estos pueden transformar la tierra y, sobre todo, transformar el sufrimiento y las injusticias, a fin de que el mundo llegue a ser como Dios lo ha creado, como Dios lo quiere: lleno de amor, justo, bien cuidado, interesante digno para todos. Para todo ello siempre se nos querrá como colaboradores y en todo tiempo.

Quizás necesitamos una oportunidad para recomenzar, para caminar agarrados al verdadero sentido. En los últimos tiempos nos han rodeado noticias de color oscuro que nos han dejado cabizbajos y preocupados. Esta crisis de valores, que se disfraza de económica, es la disculpa que tienen algunos para no dejarnos respirar tranquilos. ¡Cuidado que viene la crisis! ¡hay que apretarse el cinturón! Pero la verdad es que la crisis quienes la sufren son los de siempre. Y la crisis más profunda que atravesamos tiene que ver mucho con las actitudes con las que nos enfrentamos a la vida. La fe y una espiritualidad propia nos hacen más falta que nunca. Nuestra vida de consagradas tiene vocación de salir al encuentro de los pobres con actitudes de Jesús. Hemos de sentirnos enviados a las personas excluidas, a acompañar, a iluminar, a ser misericordia y compasión, a testimoniar con nuestro servicio en este nuestro tiempo. El tiempo del Espíritu de Jesús Resucitado sopla, nos mueve y empuja. Es, por tanto, el tiempo del Espíritu Santo y el nuestro. Con redoblado empeño sigamos siendo lo que somos; vamos a hacer de nuestra vida consagrada a Dios, una mano extendida y un corazón abierto a Dios y a los hermanos, sobre todo a los predilectos de este mismo Dios

Somos una caricia de Dios para el mundo. Hemos vivido la gracia de las distintas Asambleas como fiestas de la Vida del Espíritu, en esta vida humana tan frágil y tan amenazada, no sólo por algunas leyes, sino sobre todo por la injusticia estructural y nuestros pecados personales, que generan tanta miseria y tanta hambre en este siglo de la prosperidad, donde la dignidad de las personas está cuestionada. Si, ojalá, las asambleas celebradas últimamente nos sigan gritando que ese no puede ser, que  el lujo, el derroche, el despilfarro, lo superfluo, no pueden convivir con la miseria y el hambre. Hemos de ponernos manos a la obra y pensar que ya que no queda tiempo para el desánimo, para el lamento, para la queja, propio de los espíritus apocados y achicados o peor indiferentes.

Tenemos motivos sobrados para el gozo porque el Señor Jesús Resucitado es quien sostiene y da sentido a nuestra vida. No tengamos miedo a los calvarios ni a las cruces porque están convocados a ser Resurrección, la muerte ya no tiene la última palabra.[note]Cfr:.Mt.8,23-27[/note]. En medio de nuestra precariedad y pequeñez, en medio de nuestras carencias y debilidades, se abre con una fuerza insospechada la energía imparable del Dios de la Vida que nos lanza a ser testigos en primera persona, sin ambigüedades, con la seguridad de que somos nosotros sino el Espíritu de Dios el que actúa en nosotros y con nosotros, y este es el plus de la “Ong” de los Hijos de Dios. La Vida tiene que abrirse paso en medio de la vida. La Resurrección es la mejor razón para no quedarnos atrapados en la resignación, en el conformismo, en el cansancio.

Nuestra presencia vicenciana en el mundo de los pobres, sin exhibicionismo, la encontramos en los muchos testimonios ejemplares de “centenares de Hijas de la Caridad y P. Paules que trabajan cada día en gratuidad para mejorar la cotidianidad del prójimo. Destacan en la discreción y relativa invisibilidad de su particular  presencia en el mundo. Su presencia es modélica y su testimonio ejemplar. Es una presencia discreta, sin estridencias, sin confundir la presencia con la publicidad y la foto de notoriedad.” Es una labor de asistencia, promoción e integración social. Se realiza bajo dos principios básicos: vivencia de una espiritualidad encarnada y convicción de que hemos de trabajar con los demás en actitud de siervos. Nuestra espiritualidad es verdad, porque nos comprometemos en la auténtica atención de cuerpo y alma con y para los más desfavorecidos, para llegar a ser Buena Noticia y sentirnos  evangelizados.

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