Hermanos misioneros en la Casa Central (1967)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Delgado, C.M. · Año publicación original: 1967 · Fuente: Anales españoles.
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Decía San Vicente que los buenos Hermanos son el tesoro de la Compañía. De este tesoro, la Provincia de Madrid siempre ha­bía sido rica; pero parece que poco a poco vamos gastando —¿malgastando?— ese rico tesoro, y sentimos que tiende a ago­tarse. En los años 1964 y 65 no ha habido ni siquiera uno que hiciere los primeros votos. Y actualmente tampoco hay ninguno haciendo el noviciado, aunque sí alguno que espera entrar pronto. Esperemos que las nuevas medidas tomadas hagan variar un poco este triste panorama.

Mientras tanto, presentamos aquí unas pocas de las joyas de ese tesoro, para admirar su valía, para que nos hagan desear y pe­dir que tengan numerosos sucesores y, finalmente, para que sirvan de estímulo a los más jóvenes a fin de que perseveren como ellos hasta el fin.

De los veinte Hermanos Coadjutores que trabajan en la Casa Central de la Provincia de Madrid, cuatro han sido misioneros largos años en las Provincias hispanas. Todos aparecen con escaso y plateado cabello. Tres usan gorra vasca y tres llevan gafas. Tres son burgaleses y uno navarro. Ninguno tiene mal humor. Son todos ellos como esas “glorias viejas” del fútbol que aún rinden en el equipo. He aquí un poco de la biografía de cada uno de ellos que se remonta al siglo pasado:

1.. Bartolomé Tobar Mayoral, hijo de Liborio y Eulalia, nació el 24 de agosto de 1886, en Villalvilla de Burgos. Cursó humanidades en Tardajos, pero “como le dedicaron a aprender latín antes de saber es­pañol”, no tuvo mucho éxito entonces, quien después había de ser intér­prete de inglés para muchos Padres. Ingresó en la Congregación el 7 de septiembre de 1902, y profesó dos años y un día después, en la Habana, el año 1904.

Cuando llevaba, además de tres meses de postulantado, catorce de noviciado, el Padre Valdivielso le llamó para comunicarle su destino a Cuba. Y así, con la cédula personal, sin pasaporte y sin aduana, arrivó a Cuba en 1903, para salir definitivamente de allí, cincuenta y ocho años después, bien cacheado en la Aduana y con todos los papeles muy examinados y en regla, según lo pedía el régimen de Fidel Castro.

El Hermano Tobar es parte de la historia viva de la Congregación en Cuba. Tuvo cinco directores de novicios: los Padres Arana, Ignacio

Martín y Vila, en España, y Pastor y Güell, en Cuba. En la isla tuvo también cinco Visitadores: los Padres Güell, Gómez Doroteo, Alvarez Juan, Antonio López y Subiñas Gregorio.

En la expedición de su destino iba un elenco de glorias familiares: el santo P. Goñi, el simpático P. Bacáicoa, el orador P. Miguel Gutié­rrez, el escritor P. Nieto y el trabajador P. Maurillo Tobar. Presidía aquella primera gran expedición el P. Arnáiz, y en ella se incluían Sor Inés, recientemente nombrada Visitadora, y siete Hermanas más, el diácono Juan Rodríguez y el Hermano Tobar.

El trabajo principal del Hermano Tobar en Cuba puede concretarse en el de sacristán y de oficinista en el despacho de la iglesia-misión de la Merced. Los incontables matrimonios y bautizos que se realizaron en dicha iglesia desde 1904 a 1961 han sido transcritos a las actas y firma­dos por el Hermano Tobar. Dos veces fue a los Estados Unidos, para servir de intérprete: una en 1925, acompañando al P. Chaurrondo, y otra en 1926, sirviendo al P. Atienza en el Congreso de Chicago.

Este buen trabajador del Señor tiene quien le paga su regreso a las Antillas. Mientras tanto vive con nosotros, viste un abrigo azul para proteger sus tropicalizadas carnes, y ve cómo se le van marchando los dientes, que tanto apretó a la hora del trabajo.

2. Pedro Martínez Ubierna, hijo de Crisanto y Saturnina, vino al mundo el 26 de noviembre de 1895, en Ubierna, provincia de Burgos. Entró en la Congregación el 8 de julio de 1912 e hizo los votos en 1914, año en que recibió su destino, a Teruel.

El H. Pedro nos recuerda los tiempos en que los Hermanos salían a misiones con los Padres. El era el cocinero de aquellos misioneros que se llamaban Celestino Moso, Angel Sedano, Hilario Orzanco y Ma­riano Bravo. De aquella época es la anécdota del “Padre Cocinero”. En la Misión de Avejuela, el P. Quintas mandó al H. Pedro que cantara la Salve en la iglesia y que se la enseñara al pueblo. La gente aplaudió a rabiar, espontáneamente al varonil tenor H. Pedro, y alguien gritó: ” Viva el Padre Cocinero!” En 1926 fue destinado a Limpias, y en 1928, a Madrd.

El 27 de marzo de 1932 llegaba a Venezuela, y desde entonces su vida variaba un poco de actividad. Era el segundo miembro de la Con­gregación en llegar a Vanezuela. El P. Gaude le había precedido y ejercía el oficio de rector en el seminario de Barquisimeto. Un mes des­pués llegaría su compañero de viaje, P. Ramiro, obligado a vestir de paisano. Así se formó el primer trío fundacional.

Al H. Pedro le llamaban con cariño Don Pedro. El director de la orquesta le ofreció enseñanza gratis de música con tal de que fuera a cantar a los conciertos. Lecciones no recibió, pero, aconsejado por sus superiores, cantó muchas veces con la orquesta en los teatros, si bien sus preferencias eran cantar los funerales en la iglesia.

Veinte años estuvo en Barquisimeto, y de allí tiene sus mejores’ re­cuerdos. Hasta de torero hizo una vez. “Si no torea don Pedro, no to­reamos nosotros”, habían dicho los mozos. La corrida era a beneficio; y “Don Pedro”, con los debidos permisos, se vistió de torero, y con el manto de San Juan se lanzó al ruedo. Salió el primer toro, se abrió de capa el Hermano, le dio un pase de rodillas, y el toro saltó la alam­brada y se fue el campo. Lo mismo hicieron el segundo, el tercero y el cuarto. El quinto se encaró, y con el cuerno se llevó media capa de San Juan. Seguramente que si la cocina pudiera hablar nos contaría anécdotas, aún más interesantes, del H. Pedro.

En 1954 regresó a España. Entonces iba a comenzar la cuesta de su calvario : en poco tiempo sufrió ocho operaciones en los ojos, todas las cuales aportaron su dolor, pero no le devolvieron la vista. Quien quiera hablar con el H. Pedro que se pase o por la basílica de La Milagrosa, donde es posible que le oiga cantar, o por la cocina, donde de seguro lo encuentre pelando patatas. Allí el cieguecito le preguntará por su bienestar con su abundante cortesía, o le invitara a rezar un rosario repleto de “Padre nuestros”.

3. Ulpiano Vidán Pascual, hijo de Gregorio y Lorenza, nació el 3 de abril de 1892, en Larrión, de Navarra. Cursó humanidades en Teruel, y aunque entonces no se le daba bien el latín, ahora recuerda de memoria todas las excepciones de los en “um” y en “o”; y sabe cantar un pre­facio propio para los priores, en latín, pidiendo el mismo trato para las faltas de los súbditos que para las propias, que también las tienen. Ingresó en la Comunidad de Madrid, en diciembre de 1910, e hizo los votos en Avila, su primer destino, el 8 de diciembre de 1912. En Avila estuvo poco tiempo, ya que en 1913 fue destinado a Cuba, y desde allí a su querida Borinquen, Puerto Rico, en 1914.

El ha visto las transformaciones de la isla desde que arribó en el vapor cubano Julia. Entonces, Cuba y Puerto Rico formaban una sola Provincia; y en su viaje le acompañaban, de regreso, los Padres que habían ido a la Habana, para elegir su representante a la próxima Asamblea. Del grupo de viajeros sólo queda él. El H. Vidán recuerda el tren que recorría la isla, y que ha sido sustituido, ya hace años, por autobuses.

Sus quehaceres en la isla fueron sencillos, pero utilísimos. El cie­guecito P. Crespo solía decir: “El Hermano Ulpiano cocina muy bien.” En los tiempos más costosos de la revista La Milagrosa, él se iba por los pueblos a cobrar las suscripciones. Se hospedaba en casa del cura, cuando le había, y adelante. Cuando estaba en casa, no les gustaba a los Padres que viniera con el capazo repleto de la compra por la calle; pero a él le gustaba menos ver a los Padres comprando patatas.

Después de muchos servicios en Puerto Rico regresó a España, donde pronto se compró una amplia gorra vasca y un abrigo ceniza, en 1965. Para entonces ya había celebrado bodas de oro en la isla. Este verano pasado tuvo la suerte de ver a su sobrino P. Esparza, de la Provincia de Perú, y con él hizo unos viajes.

El bondadoso H. Vidán tiene como un hormigueo en los hombros. Cuando se le habla, en tiempos que él juzga de silencio, mueve los hombros y corre haciendo cantar las alpargatas; pero no se va muy lejos. Si alguno quiere saber algo de los temblores de tierra de 1918 y de cómo la gente salía corriendo a la calle y rezando credos, que le pregunten a él. No estaría mal que algún día pudiéramos decir: “San Ulpiano, el de las alpargatas, rogad por nosotros.”

4. Angel Saldaña del Río, nació del matrimonio Nicolás y Leandra, el 1 de marzo de 1898, en Tardajos, Burgos. Hizo sus votos en Madrid el 18 de julio de 1917; y, por tanto, este año se cumplen las bodas de oro de su profesión. En otra ocasión ya se dijo de él que es amante del diálogo y del monólogo.

En 1919 fue destinado a Filipinas. En la expedición iban seis Padres, dos Hermanos y dos estudiantes, uno de los cuales, Zacarías Subiñas, llegaría a ser Visitador, en años difíciles y largos.

Capitaneaba el grupo el entonces Visitador P. Angel Martínez. Las 18 Hermanas que les acompañaban convertían el barco en un feliz ro­daje de película. Después de las presentaciones en Manila, cada uno recibió su destino. El H. Saldaña se quedó destinado en la Casa Central, a la que vio transformarse en Colegio de San Vicente y en Seminario diocesano, y posteriormente en Universidad.

Aunque no pasó la guerra civil española, sí sufrió la segunda guerra mundial, cuando los japoneses invadieron Filipinas, y mataron a 16 Pa­dres Paúles. Fueron años de apuro, en los que hubo que convivir con los soldados nipones en el Seminario de Cebú.

En 1958 regresó a España, después de haber gastado sus años buenos en servicio de la Provincia de Filipinas. En Madrid, en la Casa Central, su oficio es el de refitolero. Los otros Hermanos le llaman cariñosamente “el Alcalde”. Pero la verdad es que es suave como la cera, excepto cuando tose.

Estos cuatro Hermanos, pues, que fielmente han servido a la Con­gregación, se hallan entre nosotros, siendo un signo de la entrega a Dios y a los demás.

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