Justificación
El 22 de julio del presente año 2011 se abrían los actos conmemorativos del CL aniversario (1862-2012) de la llegada a las Islas Filipinas de los primeros Misioneros paúles e Hijas de la Caridad españoles, actos que culminarán en la misma fecha del próximo año. A buen seguro que a lo largo de la conmemoración irán apareciendo estudios interesantes de historia de la entonces llamada «doble familia vicenciana». Por parte de las Provincias de la C.M. españolas, he aquí su modesta colaboración centrada en la persona del primer superior de los misioneros y subdirector de las Hijas de la Caridad, P. Gregorio Velasco, cuya memoria se nos antoja providencial en tiempo de prueba. La grandeza de su espíritu humilde y sencillo y la cosecha vocacional, cuya primera semilla sembrada por él y por sus compañeros y Hermanas, ponen de relieve la grandeza de su obra espiritual y apostólica.
Existen ciertamente referencias biográficas del P. Gregorio, incluidas dentro de la historia de la Provincia de la C. M. filipina,1 pero adolecen de algún error referente a su infancia y juventud que hemos procurado subsanar. La razón explicativa de esos fallos estriba en la falta de documentación, desaparecida muy probablemente tanto del Archivo Diocesano de Burgos (ADB) como del Archivo Matritense de la C.M. (AMCM), en tiempo de la revolución septembrina de 1868. Para llegar a un conocimiento más pleno y verdadero de la vida y obra del P. Velasco, dividimos su carrera terrestre en cinco etapas.
Etapa 1ª: 1816-1838
Son escasas las noticias documentadas que tenemos del niño y adolescente Gregorio, hasta que entra en la C.M. Fue el segundo hijo de los diez vástagos que tuvo el matrimonio formado por Pío Velasco Velasco y Juana Velasco Villanueva: Antonia, Gregorio, Juana, Faustina, Antonio, Cipriano, Feliciano, María, Francisco y Valentín. Para los esposos era un honor, entonces, y una gloria verse rodeados en la mesa de numerosos hijos. Cinco de éstos murieron siendo párvulos: Antonia (1815), Juana (1819), Faustina (1821), Francisco (1823) y Valentín (1826).2 En aquel tiempo, principios del siglo XIX, la mortandad infantil era alarmante, consecuencia indubitable de la falta de higiene y de recursos médicos.
Pío y Juana eran modestos labradores; su hacienda y bienes de fortuna no les permitían pasar de la clase media baja, condición que se extendía a la gran mayoría de la población de Arroyal de Vivar. Hechos al trabajo de cada día, no podían sino madrugar y trasnochar para atender las labores del campo y ganadería. Como al mayor de los hermanos, a Gregorio le correspondió ayudar a su padre en las labores agrícolas más que al resto de sus hermanos hasta que alcanzó el presbiterado. El insigne pintor de Castilla, Marceliano Santamaría (1866-1952), reproduciría más tarde escenas costumbristas que recuerdan la vida del campesino Gregorio: «Dad de beber al sediento», lienzo en el que aparece una Hija de la Caridad, (1890), «El esquileo» (1897), «El precio de una madre» (1900), «Ancha es Castilla», escena pastoril, (1906), «La parva» (1925), etc.
Los años de mala cosecha repercutían sensiblemente en las imprescindibles comodidades domésticas. El dinero contante y sonante circulaba escaso y no era infrecuente pagar en especie: trigo y cebada. Amenazados por las gripes y epidemias que causaban estragos en personas y animales, vivían pendientes de la salud hasta donde se lo permitían las obligaciones y trabajos cotidianos. El pan, amasado y cocido en el pueblo, era el alimento básico y, a veces único, cuando no podían acompañarlo con algo de matanza. Si por casualidad el pan caía de la mesa o de sus manos era recogido del suelo y besado con especial reverencia.
Gregorio nace en Arroyal de Vivar el 10 de marzo de 1816. Arroyal, perteneciente al alfoz de Quintanadueñas, dista 10 km. al noroeste de la capital castellana y tres del municipio: Quintanadueñas. La agricultura y ganadería llenaba el tiempo de aquella gente sencilla y austera, cuyas raíces cristianas rezumaban fe y sacrificio; con la mirada puesta en el cielo imploraban, con rogativas, el agua para el campo y los frutos de sus huertas: puerros y cebollas, lechugas y pepinos, zanahorias y alubia verde, habas y tomates.
La población de Arroyal ha variado con el tiempo. Madoz le asigna, en 1846, 66 casas, todas de piedra y las más de buena construcción y comodidad interior, con un total de 60 vecinos y 222 habitantes. Tenía escuela de instrucción primaria, a la cual concurrían por lo regular 24 alumnos. El vecindario se surtía de una fuente de cuatro caños; fuera del pueblo se encontraba otra fuente de 2 caños cuyas aguas caían en un lavadero todo de sillería. La iglesia parroquial era frecuentada sobre todo los domingos y días festivos. A 1 km. del pueblo se halla la ermita de san Antón abad. Puntualiza además Madoz que los frutos cosechados en los campos pertenecientes a Arroyal producen trigo, cebada, avena, yeros y legumbres.3
La descripción hecha por Madoz ha variado y evolucionado con el tiempo. Hoy tiene asignada una población de 133 habitantes, pese a la proximidad con Burgos, capital. Los pocos niños del pueblo se concentran actualmente en la escuela de Quintanadueñas. La fuente de cuatro caños ha quedado reducida a una fuentecilla de un caño, aunque ha ganado la plaza de la iglesia. El lavadero, que aún se conserva pero desprovisto de los dos caños, almacena agua corrompida cubierta de maleza. El interior de la iglesia ha sido recientemente restaurado con gusto y acierto. La procesión desde la ermita de san Antón a la iglesia, con antorchas de escobas viejas, según una tradición inmemorial, para pedir la protección del santo patrono de los animales, no tiene nada que ver con la fe de aquellos labriegos de antaño.
Gregorio es bautizado dos días después de su nacimiento, el 12 del mismo mes de marzo y año de 1816, por el cura párroco D. Domingo Pardo, en la iglesia parroquial del pueblo, dedicada a san Cristóbal, que, hoy erosionado por las inclemencias del tiempo, preside desde su hornacina la entrada en el templo.4 El recién bautizado recibe el nombre de Gregorio por coincidir ese día del bautismo con la memoria de san Gregorio Magno -hoy trasladada al 3 de septiembre-; recibe además como patronos a María Santísima y a san José. Gregorio hará honor al nombre que lleva por ser muchacho despierto y vigilante para todo lo bueno que le deparara el presente y el futuro inseguro.
Al nacer Gregorio en 1816, España era gobernada por el desdichado rey Fernando VII, tras haber sufrido un destierro y firmado con Napoleón el Tratado de Valençay (1813), por el que sucedía a José Bonaparte (1808-1814). Burgos, capital, venía soportando los daños causados por la guerra de la Independencia (1808); la voladura del castillo no fue el peor de sus males.
Etapa 2ª: 1838- 1852
Al morir Don Pío Velasco, el 5 de marzo de 1838, dejaba viuda y cinco hijos: Gregorio, Antonio, Cipriano, Feliciana y María; sobre ellos lega sus escasos bienes.5 Su esposa, mujer piadosa y trabajadora, velará y cuidará de los hijos hasta que éstos se independicen y formen familia aparte. La muerte del padre presionó la voluntad del joven Gregorio para prepararse a recibir un día el sacramento del Orden. Comenzaba a vivir su segunda etapa.
Dotado de capacidad intelectual e inclinado a la piedad, el joven manifiesta sus deseos al cura párroco. Con este fin y tras haber adquirido la formación y cultura necesarias en el pueblo, con la ayuda de D. Domingo Pardo, que le introdujo en el conocimiento de la lengua latina y de otras materias, y en la capital del Arlanzón, ingresa como «externo» en el Seminario de san Jerónimo, de Burgos.6 En efecto, le vemos matriculado en 5º, 6º y 7º de Sagrada Teología.7 Las revoluciones entre liberales y carlistas de entonces no cercenaron su ilusión de entrar en el seminario diocesano y de alcanzar poco más tarde el sacerdocio jerárquico. Entretanto conjugaba las labores del campo, sobre todo en tiempo de siega y recogida de la mies, con el estudio. Es de suponer que, concluido el curso último de teología, 1840-1841, sería ordenado sacerdote, pero no es seguro.
Al haberse extraviado del ADB el Libro de Ordenaciones de 1832 a 1858, hemos de resignarnos por ahora a no conocer con certeza ni exactitud el día, el mes, el año ni el nombre del obispo que le ungió sacerdote. Sin embargo, la lista siguiente del episcopologio burgalés nos ayuda a aproximarnos a la ordenación sacerdotal de nuestro joven seminarista. Cuando Gregorio ingresa en el seminario, regía, seguramente, la diócesis de Burgos D. Ignacio Rives Mayor (1832-1840); al morir éste en Burgos en 1840, la diócesis queda vacante y es regida hasta 1845 por el Administrador Apostólico Severo Leonardo Andriani Escofer, obispo de Pamplona, que pasaría luego por breve tiempo a la sede de Burgos (1845-1847). A éste sucedió D. Ramón Montero, que no llegó a entrar en la diócesis, al sobrevenirle la muerte inesperadamente en Coria, el 30 de marzo de 1848. Le sigue D. Cirilo Alameda y Brea (1849-1857), trasladado a Toledo donde recibiría el título de Cardenal.
¿Quién de estos obispos pudo imponer las manos al joven Gregorio? Tras lo dicho, cabe el supuesto de que recibiera la ordenación sacerdotal de manos del Administrador Apostólico D. Severo Leonardo Andriani, en 1841, o acaso de algún otro obispo, de paso por Burgos, como consta de ordenaciones sacerdotales de diocesanos y religiosos dominicos, carmelitas y cartujos, o tal vez fuera a Palencia o a Valladolid, como algunos condiscípulos suyos en tiempo de sede vacante (1840-1845).
De ser así, no se sostiene lo escrito por Bruno Saiz, C.M., sin que nadie posteriormente se lo discutiera ni lo pusiera en duda: «Prendado del joven seminarista, el arzobispo de Burgos, que lo era el Cardenal Fuentes, al decir de una antigua y acreditada revista, le escogió para familiar suyo, cuando aún era simple estudiante de Teología Moral y tanto distinguió a su joven paje, que apenas se ordenó, hízolo su secretario, al par que le confió otros cargos en el Cabildo catedral».8
La noticia no se corresponde con el episcopologio de Burgos, al no constar el nombre del tal Cardenal Fuentes, ni en Burgos ni en la Iglesia española. En la ficha individual de entrada en el Noviciado de los Misioneros tampoco queda consignada la fecha de ordenación ni el nombre del obispo que le confirió el sacramento del Orden, datos que solían tomarse de inmediato al ingresar en la comunidad. Como apuntamos arriba, fue en 1868, probablemente, cuando, a consecuencia de la segunda supresión de la C.M. en España, se perdió parte de la documentación guardada en el AMCM, sito en la calle de Leganitos. Tal supresión supuso una gran dispersión de sacerdotes, estudiantes y seminaristas y pérdida de documentos importantes, como son las partidas de ordenación sacerdotal. La documentación perdida del P. Velasco es un caso más entre otros muchos.
El único Cardenal de Burgos, de este tiempo, fue D. Fernando de la Puente y Primo de Rivera (1857-1867), pero su presencia en la sede de Burgos es posterior a los años de formación y ordenación de nuestro seminarista, ya que para esas fechas de 1857-1867, D. Gregorio Velasco había ingresado en la Congregación de los PP. Paúles, habiendo ejercido antes el sacerdocio ordenado, en tiempo de los arzobispos D. Severo Leonardo Andriani Escofer (1845-1847) y D. Cirilo Alameda y Brea (1849-1857), que también llegaría a ser Cardenal, pero no de Burgos sino de Toledo, como hemos adelantado.
Aunque escueta, es más de fiar la nota que nos dejó el historiador Benito Paradela, quien conversando con el P. Daniel Mejía, contemporáneo del P. Velasco, recogió el siguiente apunte, entre noviembre y diciembre de 1922: «El Sr. Velasco fue seminarista en Burgos, luego paje del Sr. Arzobispo… Siempre se distinguió por su virtud y piedad. Era un niño en la sencillez. Le engañaban fácilmente…9 Cierto que a lo largo de su ejercicio ministerial dio señales claras de bondad y sencillez, virtudes que despertaban la confianza de cuantos deseaban confiarle los secretos de su vida espiritual. Lo de que «le engañaban fácilmente» ha de interpretarse como un gesto de bondad que le caracterizaba y le llevaba a olvidar las bribas que algún pícaro le tendía, pero no como si fuera un «crédulo». Por lo demás, él por temperamento y sabiduría del Espíritu procuraba practicar el consejo de Jesús: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3).
Consta que D. Gregorio Velasco firma, el 16 de noviembre de 1847, en la escritura de fundación del colegio de Saldaña (1846), en calidad de Prosecretario, la llegada de una Hija de la Caridad, «destinada para la dirección y cuidado del colegio».10 Luego parece lo más probable que fuera D. Severo Leonardo Andriani Escofer quien le escogió como paje y prosecretario en ausencia del secretario oficial. Eso de que le «confiara otros cargos en el Cabildo catedral» tampoco se sostiene, habida cuenta de que revisadas una por una todas las Actas o Acuerdos Capitulares, desde el 15 de noviembre de 1841 hasta finales de 1848, Actas en que rigurosamente se citan todos los nombres de los canónigos asistentes a las reuniones, no aparece su nombre ni una sola vez. Aún más, en el Libro de licencias de celebrar, confesar y servir con 2ª misa (1842-1847) tampoco figura su nombre,11 lo que indica que el arzobispo le dio de viva voz las licencias requeridas para confesar y celebrar.
Sigue comentando Bruno Saiz, que «no era el palacio el lugar más conforme con su buen espíritu, y a petición suya, fue nombrado párroco, confiándosele la administración espiritual del pueblo de Sotragero».12 Hemos podido comprobar que su primera firma, en calidad de Cura Beneficiado de Sotragero, está estampada en una partida de bautismo, el 3 de mayo de 1850, de donde deducimos que el cuidado espiritual del pueblo le ocupó no más de dos años, ya que ingresa en la C.M. el 15 de diciembre de 1852. A juzgar pues por esta firma y dado que los bautismos y entierros eran frecuentes en los pueblos, a mediados del siglo XIX, Don Gregorio no llegó a Sotragero antes de 1850.
Entiéndase que el «buen espíritu» de D. Gregorio no significa un reproche a cuantos sacerdotes despachaban los asuntos propios del «palacio arzobispal», que por cierto, según consta por otra parte, eran ejemplares, sino una reafirmación del deseo sincero que él abrigaba de practicar directamente la pastoral misionera con la gente humilde del pueblo.
Tras el Concordato de 1851, firmado por el Gobierno Español y la Santa Sede, y el posterior Real Decreto del 23 de julio de 1852, negociación que llevó adelante el P. Buenaventura Codina durante su mandato de Visitador (1844-1847) y luego siendo obispo de Canarias (1848-1857), quedaba restaurada la C.M. en España. Es entonces cuando D. Gregorio toma la decisión de entrar en dicha Congregación de la Misión y estrenar una tercera etapa de su vida.
Etapa 3ª: 1852-1862
La vocación misionera del P. Gregorio Velasco surge en un momento providencial, tanto para la consolidación de la C.M. en España como para su expansión en el propio país y en el extranjero. Puesto al habla con su arzobispo D. Cirilo Alameda y Brea y habiendo obtenido permiso del Prelado, escribe al Visitador de los misioneros paúles, P. Ignacio Santasusana (1847-1853), residente en Madrid, pidiéndole ingresar en la Congregación de san Vicente de Paúl, a la que ya conocía por su obra de las misiones populares, su dedicación al clero diocesano y por la atención que prestaba a las Hijas de la Caridad y a la Sociedad de san Vicente de Paúl, cuya primera Conferencia en Burgos se estableció, a la par que la de Madrid, en 1851, el mismo año en que Santiago Masarnau las introdujo en España. Don Gregorio estaba enterado de este acontecimiento.13 Nótese que por aquel entonces chicas jóvenes nacidas en la capital y provincia de Burgos, con distinta formación y cultura, comenzaban también a ingresar en la Compañía de las Hijas de la Caridad.14
El P. Santasusana responde gustoso a D. Gregorio, dándole su permiso de ingreso en el Noviciado o Seminario Interno de la C.M., sito en la calle Duque de Osuna, llamada también de Leganitos (Madrid), ingreso que se efectuará exactamente el 15 de diciembre de 1852. Fue el único ingreso de españoles que se registra en 1852. El P. Gregorio tenía a la sazón 36 años de edad y en torno a 11 años de ejercicio ministerial.
La casa de Leganitos era la segunda que los Paúles adquirían en Madrid, tras la pérdida de la primera ubicada en la Calle Real del Barquillo -cuna de la C.M. en la capital del reino-, suprimida al igual que los conventos de Órdenes religiosas, por decreto del 8 de marzo de 1836, en tiempo del Ministro de Hacienda Juan Álvarez Mendizábal. La casa de Leganitos se mantendrá como Casa Provincial y semillero de vocaciones misioneras hasta el 17 de septiembre de 1868, año en que la C.M. sufre su segunda supresión, al estallar la revolución septembrina o la gloriosa, proclamada en Cádiz. Pero esta revolución no afectará al P. Velasco, por encontrarse ya, en esas fechas, en Filipinas, donde recibe noticias de la suerte política que embargaba España.
Ambas revoluciones, la de 1836 y la de 1868, obligaron a evacuaciones del personal de la C.M. al extranjero: Europa, América y Asia, o a vivir en España fuera de la comunidad, con los consiguientes abandonos de la Congregación. No obstante, el nivel de perseverancia será alto y lo que es más importante y decisivo, el personal fiel a su vocación gozará de excelente salud espiritual y crédito apostólico ante la Jerarquía eclesiástica. Nadie dudaba de su preparación y competencia en el desempeño de los ministerios propios: misiones populares, dirección de seminarios y atención a las Hijas de la Caridad y Sociedad de San Vicente de Paúl.
Desde que ingresa en el Seminario Interno o Noviciado el P. Gregorio, en diciembre de 1852, es más fácil seguir sus pasos hasta que le sobrevenga la muerte. En la lista general de ingresos de misioneros españoles, redactada por José Mª Román, a D. Gregorio Velasco le corresponde el número 553 de los ingresados en la C.M. española.15 Llevaba de presencia en España la Congregación de la Misión desde 1704 y sus vocaciones habían procedido principalmente de Cataluña, Baleares y del Alto Aragón y pocas más de otras provincias civiles.
Cuando D. Gregorio entra en la C.M. ejercía de director del Noviciado el P. José Antonio Borja, misionero santo, hombre fiel en palabras y obras. Durante el tiempo de prueba o noviciado, nuestro recién ingresado se entrega en cuerpo y alma al estudio de la vida de san Vicente de Paúl y de las Reglas o Constituciones de la Congregación de la Misión, a la vez que combina, cuando así lo juzgan conveniente o necesario los superiores, la lectura y el estudio con la predicación de algunas misiones populares en la extensa diócesis de Toledo, a la que pertenecía Madrid. Según refiere Bruno Saiz, que lo toma del Hno. Fermín Covisa, natural de Menasalvas (Toledo), el pueblo cantaba:
Cuando el P. Velasco va a la misión, Parece un ángel enviado del Señor.16
El ingreso en la C.M. del sencillo sacerdote burgalés despertó la vocación misionera de otros sacerdotes, hermanos coadjutores y estudiantes avanzados en la carrera eclesiástica. Los famosos misioneros Faustino Díez, Inocencio Gómez, Aquilino Valdivielso, Romualdo López, Jerónimo del Río, y los estudiantes de teología Faustino Marcos, Nicolás Arnaiz, Ildefonso Moral17 y algunos más, que guardaban memoria de D. Gregorio Velasco, seguirán su ejemplo, ingresando en la Congregación de san Vicente de Paúl. Ese fue el efecto primero y más beneficioso producido por la decisión del P. Gregorio, al entrar en la C.M.
Sirva para confirmarlo la siguiente declaración que hiciera uno de sus más queridos admiradores, el P. Aquilino Valdivielso, que escribe a su familia al poco de entrar en el Seminario Interno, el 9 de noviembre de 1855: «Encendidos mis deseos de retirarme del mundo donde todo respira maldad, y enseñado por mis prudentes amigos: Don Gregorio, Don Faustino, Don Inocencio y otros conocidos que, cuando el Señor permite estos llamamientos en tiempos que no hay otro asilo que los paúles, indica que nos quiere para esta Congregación de misioneros, me he resuelto al fin, a no resistirme a la vocación divina».18
En 1854, el P. Velasco es enviado al Seminario de Vitoria, donde pronuncia los votos que se acostumbran en la C.M., ante el P. Melchor Igüés, el 16 de diciembre del mismo año 1854. Desde entonces, las virtudes que componen el espíritu de la Congregación misionera, con el consiguiente compromiso incondicional de los votos, para evangelizar a los pobres, constituirán su ideal evangélico en el seguimiento de Jesús. Impresiona vivamente la delicadeza de conciencia con que el P. Velasco pedía a sus superiores permiso para ir y venir, dar y recibir, según lo estipulado por las promesas hechas.19 Vivía con alegría la lección del evangelio: «Si alguno se viene conmigo y no pospone… incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26-27).
El P. Gregorio nunca se había pertenecido a sí mismo sino a los demás, pero desde que emitió los votos en la C.M., su mayor ilusión fue llegar a una configuración más plena con Cristo Jesús evangelizador, practicando la espiritualidad misionera proyectada por san Vicente de Paúl. Si tuviéramos que hacer comentarios a alguna de sus comunicaciones epistolares, referentes a los permisos de pobreza, quedaríamos sorprendidos por los detalles con que hilaba el consejo evangélico.20
La estancia del P. Velasco en el seminario-colegio de Vitoria fue breve, lo más hasta finales de 1855, porque en enero de 1856 vemos sus cartas firmadas y dirigidas al P. Melchor Igüés desde Madrid. Es el nuevo Visitador P. Buenaventura Armengol (1853-1856) quien saca de Vitoria al P. Velasco para traerle a Madrid y nombrarle subdirector del Seminario Interno, al lado del que fuera su director P. Borja, y ofrecerle otros ministerios como las misiones y la atención a las Hijas de la Caridad, de las que se hacía querer por su cercanía, bondad y sencillez. El veterano P. Borja iba perdiendo cada día facultades y sobre todo vista, no así el humor que conservó hasta el final de la vida. El P. Velasco, sin apegarse a los lugares ni a los ministerios, se mantenía siempre disponible y abierto a las órdenes de sus Superiores y a las necesidades del pueblo, de los seminaristas y de los compañeros de comunidad.
Durante este tiempo, el P. Igüés será uno de sus confidentes y corresponsales en cuestiones referentes al gobierno del Visitador Armengol, a quien apreciaba de corazón, pero sin defenderlo al enterarse de su intención de separar la familia vicenciana del gobierno central de París, aunque fuera temporalmente mientras durara el gobierno del general Espartero. La correspondencia que conservamos del P. Velasco con el P. Igüés, durante el paréntesis en que éste hace las veces de Visitador, hasta la venida del P. Masnou (1856-1862), de Estados Unidos, como sustituto de Armengol, evidencia las gestiones de prudencia de Igüés ante los Ministros del general Espartero por una parte y, por otra, ante los misioneros en quienes trataba de imprimir un gran amor a la Familia de san Vicente de Paúl. Poco antes de que llegara a España el P. Masnou, Igüés había pedido permiso al P. General, para enviar a misiones al P. Velasco, porque, a su modo de ver, «no parece que sea el más a propósito para dirigir a los seminaristas».21
El P. Buenaventura Armengol fue despedido de la C.M. por el Superior General Jean Baptiste Étienne (1843-1874), obsesionado en la aplicación de su programa de uniformidad sobre los Misioneros y las Hijas de la Caridad españoles, con desconocimiento de la realidad política por la que atravesaba entonces España. Jamás en la historia de la C.M. española se ha vivido una situación tan enojosa y espinosa frente al sucesor de san Vicente en el gobierno de sus congregaciones.
Expulsado el P. Armengol de la C.M., toma las riendas de la Provincia el P. Juan Masnou en circunstancias difíciles nacionales y congregacionales. Masnou confirma al P. Velasco como subdirector del Seminario Interno. Entre los años 1856 y 1862 que permanece en la casa de Leganitos como subdirector, ingresarán en torno a 64 seminaristas, entre los cuales destacarán dos de sus paisanos: el diácono Ildefonso Moral y el joven Eladio Arnáiz, hermano del famoso teólogo P. Nicolás Arnaiz, consejero del obispo de Badajoz en el Concilio Vaticano I.
Etapa 4ª: 1862-1875
Secundando la voluntad de la Reina Isabel II y conforme al compromiso contraído por el P. Melchor Igüés, en ausencia del Visitador Armengol, con el Gobierno de España y el nuevo obispo de Manila, Mons. Gregorio Melitón Martínez,22 el Visitador Masnou, hace suyo el compromiso pendiente y agiliza las gestiones para enviar cuanto antes a los primeros misioneros Paúles e Hijas de la Caridad a Filipinas. Pero no lo consigue porque, al fallarle el superior en quien había pensado, P. Inocencio Gómez, la expedición misionera se retrasa unos meses más de lo previsto. El P. Inocencio Gómez alegaba que él no estaba dispuesto a ser instrumento ni causa de disgustos para las Hijas de la Caridad, que según orden recibida del P. Étienne debían cambiar de hábito y tocado, según el modelo francés, tan pronto arribaran a las Islas Filipinas.
En tal situación se encontraba la Provincia de la C.M. española cuando es nombrado Visitador el P. Ramón Sanz (1862-1868), venido de México como sustituto del P. Masnou. Sanz reasume el compromiso de enviar a Filipinas Misioneros e Hijas de la Caridad, secundando los deseos de la Reina Isabel II y del arzobispo de Manila. Ante la reiterada negativa del P. Inocencio Gómez, el nuevo Visitador escoge para superior y subdirector de las Hijas de la Caridad al P. Gregorio Velasco, que acepta con espíritu de sumisión y pura obediencia el destino de la misión encomendada. Mons. Melitón, obispo de Manila, le había sugerido el nombre del P. Velasco, antiguo compañero del seminario de san Jerónimo, de Burgos.
El plan de fundar en Filipinas estaba pendiente desde hacía diez años. La Reina Isabel II había publicado una Real Cédula, firmada el 19 de octubre de 1852, y dirigida al Gobernador y Capitán General de las Islas Filipinas, prometiendo Misioneros Paúles e Hijas de la Caridad. La Real Cédula consta de 10 apartados, precedidos de una larga justificación de la misma, en la que hace saber «su deber de atraer a la Santa Fe Católica, para su bien y el de sus amados y leales súbditos de ese archipiélago». Tras asegurar y agradecer luego los servicios prestados en las Islas por los frailes agustinos, franciscanos, dominicos y jesuitas, llegados los puntos relativos a las Hijas de la Caridad y de los Misioneros Paúles, dice textualmente:
IX. «… Uno de los puntos en que más resalta la piedad de Mis gloriosos Predecesores, ha sido el cuidado que han puesto en proveer de recursos para el establecimiento de hospitales en todo los pueblos de indios y en las ciudades y villas habitadas por los españoles, dictando las reglas a las que habían de sujetarse en su administración los Hermanos de San Juan de Dios y otros religiosos a quienes tuvieron por conveniente encomendarlos; mas como con el transcurso del tiempo se hubiesen olvidado muchas de ellas, y caído otras en desuso, sobre todo después que por la supresión de la Orden de San Juan de Dios en la Península, ha disminuido notablemente en esas Islas el número de Hermanos de la misma, al punto de ano atender hoy debidamente a esos hospitales, faltando además la vigilancia que ejercía sobre todos ellos el General de la Orden, que ya no existe; conviniendo poner remedio al estado poco satisfactorio en que se encuentran esos hospitales, y persuadida de que nada puede contribuir más eficazmente a mejorarlo que la sustitución de los Hermanos de San Juan de Dios, por las Hermanas de la Caridad, que ten excelentes resultados están dando en todas partes, he dispuesto que impetre la correspondiente bula de Su Santidad por las extinción de las casas de San Juan de Dios, para establecer un beaterio, que al paso que se encargue de los hospitales pueda dedicase a la enseñanza de las niñas de los Colegios de Santa Potenciana, Santa Isabel, Compañía de Jesús y San Sebastián de acuerdo con los Patronos de los mismos.
X. «No quedarían satisfechas mis piadosas intenciones respecto al bien y salud espiritual de esos mis leales súbditos, si al mismo tiempo que procuro el aumento y mejor régimen de las misiones, no atendiese igualmente a las necesidades del clero secular parroquial, que con tan loable celo procura llenar sus santos deberes; pero con aquel no baste para este objeto si no lo acompaña una sólida instrucción religiosa, base de la verdadera piedad, y no se acostumbran además los que se consagran al augusto ministerio del sacerdocio, al recogimiento y morigeración de costumbres, que siempre ha recomendado la Iglesia para estas funciones, es de todo punto indispensable mejorar la educación de los Seminarios conciliares, que por falta de profesores y otros recursos no pueden llenar debidamente las miras, con que los estableció el Santo concilio de Trento. A este fin he dispuesto que se erija en esa ciudad de Manila una casa de Padres de San Vicente de Paúl, que además de la dirección de las Hermanas de la Caridad que les está encomendada por su Regla, se hagan cargo de la enseñanza y régimen de los seminarios conciliares, en los términos que acordareis con ese muy Rvdo. Arzobispo y Rvdos. Obispos de esas diócesis, quienes han de continuar con la suprema dirección e inspección, que sobre aquellos establecimientos les corresponde por dicho Santo concilio. Por tanto os ordeno y mando que cumpláis, observéis y ejecutéis, y hagáis cumplir, observar y ejecutar fiel y puntualmente esta mi Cédula sin permitir que en manera alguna se contravenga a lo que en ella va dispuesto por ser así mi voluntad; y que de esta mi Cédula se tome razón en el Consejo de Ultramar, refrendándose por sus Ministros semaneros… =YO LA REINA. =El Presidente del Consejo de Ministros Juan Bravo Murillo…»23
Pasados diez años desde la publicación de la Real Cédula y tras un final feliz de largos y complicados trámites de preparación, zarpan en la fragata «Concepción«, del puerto de Cádiz, la primera expedición compuesta por los PP. Gregorio Valasco e Ildefonso Moral, más los Hnos. Gregorio Pérez y Romualdo López, con 15 Hijas de la Caridad bajo la dirección de su superiora sor Tiburcia Ayanz, muy querida, por cierto, en Manila por niños y mayores, ricos y pobres.
Allí, en Cádiz, estaba el Visitador Sanz animando con su presencia y palabra a los expedicionarios. La travesía duró cuatro meses, desde el 5 de abril de 1862 hasta el 22 de julio, en que llegan a Manila. Dos días más tarde se trasladan al Seminario Conciliar, pero «sería el 2 de agosto cuando se inició la época de apogeo de la formación del clero diocesano filipino: fecha que marca un hito glorioso en la historia eclesiástica de Filipinas».24 Comenzaba entonces la gran contribución de la Congregación de la Misión a la cultura y formación del clero filipino.25
Al frente del grupo iba, en efecto, el P. Velasco, que hará de superior de la nueva comunidad y de subdirector de las Hermanas. Durante la navegación, la expedición no interrumpe la vida comunitaria: oración, recreación y comidas. Cualquiera que los viera pensaría que se trataba de una institución nueva en la Iglesia, para viajes marítimos. El P. Ildefonso Moral se encargará de comentar por carta-crónica, del 4 de agosto de 1862, al P. Étienne la travesía marítima, con profusión de detalles.26
Llegados al lugar de su destino y pese a la plena aceptación de la persona del P. Velasco y del nombramiento que había recibido, el P. Gregorio se sentía intranquilo en el ejercicio de su oficio. No pudiendo resistir más, escribe el 21 de julio de 1863 al Superior General y al Visitador de España se dignen exonerarle de tales oficios, petición que no fue atendida de momento. Con este motivo escribirá el Visitador español Sanz al P. Maller, residente en París como asesor de Étienne para asuntos españoles: «El P. Velasco es un santo, pero muy tímido, y es necesario que cuando usted le conteste le anime mucho».27 El relevo como rector del seminario y superior de la comunidad le llegó, en la persona del P. José Casarramona Comas, que se había personado en Filipinas con el P. Antonio Serra Far en la 2ª expedición, de 1865.
Desde 1863, el P. Velasco venía sufriendo un calvario. Llegó incluso a pensar si Dios le quería en otra Orden o Congregación como la de los Carmelitas, en la que se viese libre de toda responsabilidad de gobierno y con más tiempo para la oración. A eso obedece la carta que el 6 de diciembre de 1865 le escribe el Visitador P. Sanz desde España: «Si usted hubiera tenido un poco de paciencia, no hubiera escrito la carta que con fecha 27 de septiembre acabo de recibir…; a usted le hubiera excusado un mal rato y peor a su servidor… Supongo que a esta hora ya se habrá leído en esa la Patente de Superior del Sr. Casarramona… Quiera Dios que con esto se haya tranquilizado usted. Ha conseguido lo que pretendía; no es usted ya superior; sólo queda de subdirector de Hermanas…»,28 oficio del que sería también sustituido, en 1870, por el P. Aquilino Valdivielso a instancias del mismo P. Velasco.
Lo cierto es que su salud iba de mal en peor y expresa, a principios de 1872, al nuevo Visitador P. Mariano Joaquín Maller, deseos de volver a España, para no servir de carga a la joven Provincia filipina. Maller contesta el 3 de febrero del mismo 1872, que le parece bien, pero que, llegado a su país, se prepare para recibir el nombramiento de Consejero Provincial y Administrador.
El trabajo en Filipinas era agotador y los obispos de otras diócesis distintas de la de Manila no cesaban de pedir misioneros para sus seminarios. Desde España, los Visitadores Sanz y Maller habían enviado contados refuerzos, hasta que la obligada retirada de la comunidad seminarística y estudiantil del Berceau de Saint Vincent de Paul, en donde se habían refugiado tras la revolución «septembrina» de 1868, parte de los estudiantes fueron enviados al extranjero: los de moral a Cuba y los de dogmática a Filipinas. El Berceau de Saint Vincent había sido ocupado por los seminaristas y estudiantes franceses, a consecuencia de la guerra franco-prusiana, en 1870.
Los primeros -los enviados a Cuba- fueron recibidos con los brazos abiertos por el P. Jerónimo Villadás, y los estudiantes de dogmática a Filipinas, recibidos igualmente con el mismo afecto y aún mayor si cabe por el P. Casarramona. Estos segundos iban dirigidos por los PP. Aquilino Valdivielso y Manuel Orriols: dos misioneros de primera talla y extraordinaria valía. La salida precipitada del Berceau de Saint Vincent de Paul vino a resultar una providencia inesperada para las provincias de Ultramar.
La llegada de los estudiantes de teología, tanto a Cuba como a Filipinas, supuso un refuerzo admirable en los ministerios misionales y en la pronta creación de las nuevas Provincias de la CM: Filipinas fue creada Provincia canónica en 1872 y la de las Antillas (Cuba y Puerto Rico) en 1896. La autonomía canónica de la Provincia filipina había precedido veinticuatro años a la de las Antillas, por razones que no son del caso exponer aquí. El primer Visitador de la recién estrenada Provincia de Filipinas será el P. Diego Salmerón (1872-1874), de origen mexicano, al negarse a aceptar la patente para el mismo cargo y oficio el P. Aquilino Valdivielso, patente firmada por Étienne el 12 de octubre de 1871 y recibida por Valdivielso en diciembre del mismo año.29
La estancia del P. Velasco en las Islas se prolongará durante trece años, hasta 1875, suficientes para que se le considere fundador de la Provincia de Filipinas. Con ocasión del terrible terremoto que asoló, en 1863, parte de Manila, desplegó una actividad extraordinaria de caridad con toda clase de damnificados: gesto que reveló un corazón magnánimo y afectuoso con pobres y desgraciados sin techo ni pan. Su memoria quedaría perpetuada por largos años.
La semilla plantada por los cuatro primeros misioneros y las 15 Hijas de la Caridad creció como el grano de mostaza; así se desprende de aquella crónica que enviara el Visitador Eladio Arnaiz, en 1894, al Superior General Antoine Fiat, dando cuenta de los trabajos desplegados por la Familia de san Vicente en Filipinas durante los 32 primeros años de entrega en las Islas.30 En 1894, los misioneros sumaban 22, distribuidos en 5 fundaciones, y las Hermanas, 180, ocupadas en 12 centros de sanidad y enseñanza. Al celebrar el Cincuentenario de su llegada a Filipinas, el número de enviados había crecido considerablemente: «formaban en total un contingente de 124 sacerdotes, 33 hermanos coadjutores y 395 Hermanas de la Caridad».31
Etapa 5ª: 1875-1891
El P. Velasco regresa a España en 1875, el mismo año en que renunciaba a la sede de Manila Mons. Gregorio Melitón y coincidiendo con la restauración monárquica española en la persona del rey Alfonso XII, de corto reinado (1875-1885), muerto en el Pardo víctima de tuberculosis (25 de noviembre de 1885). Ejercía de Visitador de la Provincia de España el P. Mariano Joaquín Maller (1866-1892), uno de los grandes Visitadores que ha tenido la Provincia de la C.M. Española. Maller sólo conocía al P. Velasco por la correspondencia cursada con él. Pero esos escasos contactos eran más que suficientes para que le juzgase digno de toda confianza a la hora de confiarle puestos de responsabilidad.
A quien Maller conocía mejor y sus excelentes cualidades de trato con toda clase de personas y como gestor de negocios temporales y espirituales era al P. Valdivielso, que se convertirá en su momento en oráculo de consultas por parte de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad. En él pensó Maller sobre todo para levantar la Provincia española de la C.M. de su postración económica, en la que yacía tras la revolución de 1868, encomendándole la Procura Provincial. Y como lo pensó así lo hizo, trayéndolo a España una vez clausurada la Asamblea General de 1874, en París, a la que el P. Valdivielso había asistido como delegado de la Provincia de Filipinas. Su primera gestión de envergadura y de espléndido porvenir fue la adquisición de los terrenos para la Casa de los Cipreses, en el barrio de Chamberí, de Madrid (26 de septiembre de 1875), convertida hoy en la Casa Central de la calle García de Paredes, 45.
No había pasado todavía un año cuando se hacía también presente en España el P. Gregorio Velasco, estableciéndose en la nueva Casa de los Cipreses. El Visitador Maller no dudó en nombrarle Consejero provincial y Subdirector de las Hijas de la Caridad, oficios que acepta con resignación y espíritu de fe, tras la experiencia de Filipinas. Fue un acto heroico de obediencia, en virtud del voto que había profesado. Estaba convencido de no servir para esos oficios que le agobiaban hasta el extremo, dada su delicadeza y temor a disgustar o a equivocarse a la hora de tomar decisiones, en casos de conflicto con alguna Hija de la Caridad, en ausencia del Visitador Maller.
A tanto llegó su desasosiego interior, que escribe al P. Jean Baptiste Pémartin, secretario del Superior General de la Congregación, el 15 de abril de 1877, abrumado por la carga que pesaba sobre él: «Me tomo la libertad de rogar a Vd. suplique en mi nombre a nuestro M.H.P. Superior General -que lo era el P. Eugène Boré (1874-1878)- se digne exonerarme del cargo de substituto del Sr. Maller, durante su ausencia, en la dirección de las Hijas de la Caridad, por razón de mi insuficiencia y los padecimientos físicos y morales contraídos en los catorce años que próximamente he estado en Filipinas. Por estas mismas causas cesé hace como dos años en la dirección de las Hijas de la Caridad del archipiélago filipino»].32 He aquí al humilde misionero que reconoce sus aflicciones y las confiesa públicamente sin avergonzarse de ello.
A no mucho tardar le llegó el alivio de dejar el cargo de la dirección de las Hijas de la Caridad, tocándole de nuevo a su gran amigo P. Aquilino Valdivielso hacer las veces de Subdirector de las Hermanas de la Provincia española y de Asistente del Visitador. Su título de notario por la Universidad de Valladolid, sacado antes de entrar en la comunidad, le ayudó a salir airoso en multitud de negocios temporales, tanto relativos a la C.M. como a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Pero sobre todo su gran amor a la Familia Vicenciana le convirtió en consejero experimentado de muchos Misioneros, Hijas de la Caridad, Señoras de la Caridad, Hijos e Hijas de María y Socios de las Conferencias de san Vicente de Paúl. El P. Velasco seguirá acompañando y aconsejando a cuantos se acerquen a él, pero descargado ya de todo oficio de responsabilidad.
Su primer compañero de fatigas apostólicas en Filipinas, el P. Ildefonso Moral González, regresará a Madrid en 1885, bien a pesar suyo, después de 23 años de permanencia en las Islas donde fundó los seminarios de Nueva Cáceres, Jaro y Nueva Segovia; su competencia en estudios eclesiásticos y su predilección por la formación del clero filipino le reclamaban de distintas islas. Tras cinco años en Madrid, en 1890 fue nombrado superior de Andújar, y en 1891 Visitador de México, oficio que desempeñó durante 16 años y donde falleció el 13 de noviembre de 1907. Los Hermanos Gregorio Pérez López y Romualdo López fallecieron los dos en su querida Manila, no muchos años después de su llegada, dejando un gratísimo recuerdo por su dedicación y trabajo callado y sacrificado. El primero fue sepultado, con 48 años, en 1885, y el segundo en 1871, a la edad de 33 años.
La salud física del P. Velasco decaía a ojos vistas, según pasaban los días. De Filipinas había llegado muy gastado y disminuido físicamente. Llegó a cumplir 75 años; la muerte le sorprendió «con las armas en la mano«, expresión propia de su Fundador Vicente de Paúl, al mantenerse hasta el final en los ministerios que se le encomendaban, sin quejas egoístas, conducta poco común en personas mayores aquejadas por el sufrimiento físico o moral; fiel a los compromisos de oración comunitaria, apostolado y de amable convivencia fraterna, compromisos de los que nunca quiso excusarse, le granjeó la simpatía de todos, mostrándose solidario con su suerte y con total naturalidad y franqueza, en privado y en público.
Según nota firmada en el Libro de Difuntos de la Comunidad por el entonces superior de la Casa de los Cipreses, P. Eladio Arnaiz, el P. Gregorio Velasco muere el 11 de mayo de 1891, a las cinco de la tarde, de emblandecimiento cerebral, después de haber recibido los santos sacramentos. Había cumplido 75 años de edad, y 38 y medio de vocación misionera. Al día siguiente de su muerte, se celebraron los funerales en la capilla de comunidad y fue sepultado en el cementerio de San Isidro, Patio de la Concepción, Nº 1, de la capital de Madrid. Sus restos reposan hoy en el osario de nuestra cripta, en el mismo cementerio de San Isidro.33
Enterado el Superior General Antoine Fiat de su fallecimiento, le faltó tiempo para enviar el pésame más sentido al Visitador Maller y pedirle además una nota biográfico-necrológica del santo misionero, para publicarla en Annales CM, nota que no fue escrita, o al menos es desconocida para nosotros.
Elogio póstumo
El primero se lo propinó el Visitador P. Eladio Arnáiz, cuando al término de la visita girada a la Provincia de Filipinas, en 1893, por orden del Superior General, no tuvo reparo en escribir para Annales de la Congrégation de la Mission: «Los primeros misioneros enviados de España a las Islas Filipinas fueron los PP. Velasco, de santa memoria, y Moral: fundadores de la Provincia de las Islas Filipinas».34 Detrás de Arnaiz, historiadores varios han venido confirmando la misma opinión: el P. Gregorio Velasco era un santo que practicó la virtud en grado eximio, pasando las más de las veces desapercibido.
Su gran panegirista Bruno Saiz dice con palabras de una revista filipina, titulada El Oriente, a raíz del regreso del P. Velasco a España: «…No hay en Filipinas ni en la Península persona alguna, que habiendo tratado al P. Velasco, no le ame entrañablemente… Era de humildad profunda, de más vastos conocimientos de los que pudiera creerse y, sobre todo, de una sencillez que alejaba de sí la pedantería y la hipocresía de la virtud…Hombre sin aspiraciones de sabio, de predicación sencilla, atractiva y llena del espíritu de Dios, sin pretensiones de relumbrante orador… La Congregación de S. Vicente y las Hijas de la Caridad, con la salida del P. Velasco de estas Islas, han perdido aquí una joya de inestimable valor, una perla escondida y estimada en su justo precio por los hombres que se dejan llevar de los dulces encantos de una verdadera y sólida virtud; ha dejado un vacío que difícilmente llenará la Corporación y nunca tendrá lágrimas suficientes para llorar su ausencia».35
Más parco en elogios, comenta el imparcial Benito Paradela: «Hizo un bien inmenso y dejó allá, por su santidad y saber, un nombre imperecedero».36 No extraña, pues, que todos expresaran agradecimiento a su labor y entrega. Por más que alguien se lo hubiera propuesto, jamás habría encontrado en él ni el más mínimo indicio de dolo, disimulo o engaño. Era un verdadero Natanael, como quería san Vicente que lo fueran sus compañeros de comunidad: sencillos, sabios y humildes a la vez.
Pese a la verdad de todo lo dicho, el P. Gregorio Velasco ha sido un desconocido no sólo entre sus paisanos, sino también para una mayoría de misioneros Paúles e Hijas de la Caridad, fuera de aquellos que le conocieron y trataron en España o en Filipinas. ¿Haremos bueno aquello de que nadie es profeta en su tierra? Hora es ya de rescatarlo de la oscuridad y presentarlo como luz que ilumina las sendas de la vida cristiana y misionera. Figura escondida de la C.M., hoy es enaltecido tras haberse humillado antes delante de Dios y de los hombres.
La Provincia de Filipinas de la C.M. tiene la gloria de haber sido fundada por un misionero santo, entregado del todo a Dios y a los pobres, sin más aspiración que el progreso evangélico, cultural y científico del clero y del «pobre pueblo».
- Han escrito sobre la historia de los Misioneros Paúles en Filipinas, entre otros autores: Arnaiz, E., Extracto de notas sobre la Provincia de las Islas Filipinas, en Annales de la Congrégation de la Mission, T. LIX, 1894, p. 378-382; Saiz, B., Los Padres Paúles y las Hijas de la Caridad en Filipinas. Breve reseña histórica, Manila 1912; Paradela, B., Resumen histórico de la Congregación de la Misión en España, desde 1704 a 1868, Madrid 1923, p. 461-471; VV. Centenario de los Padres Paúles en Madrid 1828-1928, p. 371-403; Gracia, M. A., Padres Paúles en Filipinas, Jaro 1957; DelaGoza, R. – Cavanna, J. Mª., Vincentians in the Philippines 1862-1982, Manila 1985.
- Vide Libro de difuntos, de la parroquia de Arroyal, actualmente en el ADB.
- Madoz, Diccionario geográfico, Madrid 1876, sub v. Arroyal.
- Cf. ADB, Libro de bautizados, vol. 4, nº 234, Parroquia de Arroyal. Hasta ahora, se había tenido como fecha de bautismo la misma de su nacimiento; así consta en la ficha que obra en nuestro poder en el AMCM 29-D-2, pero la partida de bautismo lo desmiente.
- Cf. Acta de defunción de Pío Velasco en Libro de difuntos, de la parroquia de Arroyal, actualmente en el ADB, Acta de defunción, fotocopiada, en el AMCM 29-D-2.
- El Seminario de san Jerónimo gozaba de gran prestigio. Era el primero en España erigido, en 1566, según las normas de Trento. En 1897 fue declarado por León XIII en Universidad Pontificia, perdurando hasta 1931. La Santa Sede volvió a erigirlo en 1967 en Facultad de Teología del Norte de España.
- Cf. Libro de matrículas de 5º, 6º y 7º de Sagrada Teología, correspondientes a los cursos 1838-1839, 1839-1840, 1840-1841, fol. 16 v., fol. 60 r. y fol. 148 v., respectivamente, Archivo Biblioteca Facultad de Teología, Burgos.
- Saiz, B., o. c., p. 143. Desconocemos esa «antigua y acreditada revista» a la que pudo referirse el autor.
- Véase AMCM 32-C-1.
- Orcajo, A., Al servicio de los pobres. Historia de los Padres Paúles y de las Hijas de la Caridad en la diócesis de Burgos, Burgos 1979, p. 61.
- Cf. Archivo Catedralicio de Burgos, Libros citados.
- Saiz, B., o.c., p. 143.
- Cuando Federico Ozanam visitó Burgos el 18 de noviembre de 1852, pudo comprobar la existencia de sus Conferencias en la capital castellana. En el libro publicado después de su muerte: Pélerinage au pays du Cid, captamos el espíritu religioso y mariano que animaba los pasos del peregrino y profesor de Universidad: «¡Oh, Nuestra Señora de Burgos!, que sois también Nuestra Señora de Pisa y de Milán, Nuestra Señora de Colonia y de París, de Amiens y de Chartres, Reina de todas las grandes ciudades católicas. Sí, verdaderamente sois bella y graciosa: Pulchra et decora…»
- Consta que la primera joven burgalesa, Gregoria Molinuevo, entra en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 1 de diciembre de 1830. Hasta 1852 en que ingresa en la C.M. el P. Velasco son relativamente pocas las Hermanas de origen burgalés en comparación con las ingresadas de otras provincias como Barcelona, Navarra, Guipúzcoa… Sor María Josefa Díez, hija del P. Faustino Díez, que tras enviudar fue ordenado sacerdote y cantó la primera misa en el colegio de Saldaña -primera fundación de las Hijas de la Caridad en la capital castellana (1846)- el 6 de marzo de 1847, según declaración propia, cf. AMCM 23-F-8, entraría en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 11 de marzo de 1866, cf. Catálogo General del Personal y Establecimientos de las Hijas de la Caridad de la Provincia de España, Madrid 1896. Será sobre todo a partir de la fundación de Rabé de las Calzadas, en 1889, cuando una gran riada de jóvenes burgalesas engruesen las filas de la Caridad.
- Román, J.Mª., documento WORD titulado Misioes (Misioneros españoles).
- Saiz, B., o.c., p. 244-245. El Hno Fermín Covisa ingresó en la comunidad en octubre de 1862 y fue destinado a Filipinas en 1866. Falleció en Manila en 1924, a la edad de 88 años. Coincidió en España con el P. Velasco algunos meses, pero en Filipinas estuvieron juntos casi 9 años.
- Referente a la vocación del P. Ildefonso Moral valga lo siguiente: «Al trasladarse el Cardenal de Burgos Alameda y Brea en 1858 a su nueva sede de Toledo, quiso llevar consigo algunos aventajados seminaristas burgaleses, entre los cuales escogió al joven Ildefonso, a quien hizo su familiar, cuando apenas contaba veintidós años. En Toledo cursó el sexto año de Teología, disponiéndose a tomar los grados académicos. Pero sorprendió a todos la resolución que tomó por aquel entonces… de abandonar el mundo y renunciar al brillante porvenir que todos sus condiscípulos le auguraban, dados sus talentos, sus profundos estudios eclesiásticos y, sobre todo, la alta estima y protección que le dispensaba el Primado de las Españas», cf. Saiz. B., o.c., p. 249-250.
- Cf. Santos, J., Biografía del Sr. D. Aquilino Valdivielso… en Anales C.M. 1912, T. 20, p. 366-367.
- Carta al P. Melchor Igüés, del 8 de enero de 1856, cf. AMCM 29-D-2.
- La correspondencia activa y pasiva del P. Velasco, conservada en nuestro AMCM, es escasa. A buen seguro que pensó, contra el parecer de otros compañeros suyos de aquel tiempo, que sus apuntes de sermones, pláticas de misiones y ejercicios espirituales no merecía la pena ser conservados.
- AMCM 29-D-2.
- Mons. Melitón «veneraba como a un santo al P. Velasco y le admiraba como a un sabio y hombre prudentísimo, cualidades todas que escondía bajo la capa de la más profunda humildad» (cf. Saiz, B., o.c., p, 371). Mons. Melitón gobernó la diócesis de Manila desde diciembre de 1861 a 1875, año en que renunció a la sede arzobispal y volvió a España, retirándose a su pueblo natal, Pradoluengo, donde murió diez años más tarde, en 1885. Durante el tiempo que permaneció en Manila, el P. Velasco ejerció de consejero y confesor suyo.
- Cf. Carpeta Manila I, AMCM 19-C-1.
- Luengo y Salutan, José Mª., Los estudios eclesiásticos en los Seminarios Diocesanos en Filipinas en el siglo XIX – Análisis histórico-pedagógico, Madrid 1968, p. 177.
- Tal es el título de la tesis doctoral del Rev. Fr. R. S. DelaGoza, The Contributions of the Congregation of the Mision to Philippine Culture, Manila 1974.
- Moral, I., Navegación a Filipinas, en Annales de la Congrégation de la Mission, T. XXXI, 1866, p. 562-570. De Bruno Saiz es el artículo Nuestro cincuentenario publicado en Anales CM españoles, 1912, p. 434-449, y traducido en Annales C.M. franceses, T. 78, 1913, p. 429-439.
- Véase AMCM 29-D-2; cf. Paradela, B., o.c., p. 469
- Carta citada por Manuel A. Gracia, Padres Paúles en Filipinas, Jaro 1957, p. 53.
- Dicha Patente, guardada por Valdivielso, se conserva en el AMCM 56-D.
- Cf. Arnaiz, E., a.c., p. 378-382.
- Saiz, B., Nuestro cincuentenario, Anales de la Congregación de la Misión 1912, p. 447.
- Cf. AMCM 29-D-2.
- Una nota interesante del P. Fernando Espiago que me ha entregado desinteresadamente sobre nuestros difuntos enterrados en el cementerio de san Isidro, dice: «La primera partida (de difuntos de esta casa de García de Paredes 45), llamada al principio de los Cipreses, del Barrio de Chamberí, corresponde al P. Pedro Herreros, fallecido el 29 de marzo de 1878 y va firmada por el P. Aquilino Valdivielso… En 1891, la Congregación compra la cripta actual, situada en el Patio de la Concepción, en el cementerio de la Sacramental de San Isidro. Dicha cripta tiene tres osarios en su pavimento… Según nuestras notas, se han hecho once exhumaciones, con un total de 328 cuerpos, cuyos restos fueron colocados en dos de los tres osarios de nuestra cripta. En los muros de la misma se encuentran los nombres de todos nuestros difuntos…»
- Arnaiz, E., a.c., p. 379.
- Saiz, B., o.c., p. 247, 248.
- Paradela, B., o. c., p. 470.








