Galería misionera

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Herrera · Año publicación original: 1969 · Fuente: Anales españoles.
Tiempo de lectura estimado:

Introducción

Empezamos hoy una serie de siluetas biográficas de los Misioneros que sobresalieron por sus virtudes, ciencia y trabajo; que van desde el último cuarto de siglo a la mitad del que corre, enhebrando el hilo en el punto histórico en que lo dejó el P. Paradela. Creemos que seguimos escribiendo la historia de la Congregación en España al escribir la de los que la hicieron. Esperamos que al resucitar su memoria salte de nuevo a la vida algo del espíritu que les animó, como estrellas que puedan ilu­minar un poco la andadura de los que venimos detrás. Cuando la luz es poca, siempre es de agradecer la que puedan prestar las estrellas. Saca­remos primero a la luz la de los ignorados por más escondidos, y luego iremos sacando la de los otros según nos vayan saliendo al paso.

Abriendo la puerta.

¡Lástima grande que la ignorancia o los prejuicios igualitarios de una sociedad materializada o comunistoide no nos permitan tratar a los san­tos con la intimidad y cercanía que ellos se merecen! Lo considero un error y un producto rencoroso de la envidia de los montecillos que, para disimular su pequeñez, quieren pasar el rasante por las crestas de las montañas a nivel de su enanismo.

No fue esa la actitud de S. Agustín, ni la de S. Ignacio, ni la de otros colosos ante los santos. Su trato no sólo educa, sino que también deja en los que lo frecuentan algo de aquel resplandor de sus virtudes, de parecida manera a como las mariposas, un momento aprisionadas, dejan en las manos más toscas aquel sutil polvillo de oro que llevan en sus alas. Quiera Dios que se aclaren las hendiduras luminosas que estas si­luetas resplandecientes de nuestros Misioneros, resucitados del sepulcro polvoriento de nuestros archivos, pretenden abrir en las cárceles que para nuestros espíritus está tejiendo, aunque con los barrotes de oro del Pa­raíso terrenal, prometido con pecado y todo, esta civilización que nos atosiga y despersonaliza con sus gritos, con sus masas y con su endiosa­miento. Únicamente la “Luz que viene de lo alto”, que se quiebra, como una pedrería, para iluminar las vidas de los santos, nos pueden librar de estas oscuridades, de esta cárcel dorada, si se quiere, pero cárcel, “del cuerpo de esta muerte”, que amenaza con asfixiar nuestro espíritu.

La galería.

Y para que podamos tratar a los santos de nuestra cercanía que son los de la misión e iluminarnos con los resplandores de sus vidas, pre­tendo desplegar ante los ojos de todos una “galería” que los vaya hacien­do visibles y tratables y nos aliente a subirnos hasta ellos. Y para que haya quien nos abra la puerta, empezaremos con un portero, que también los porteros pueden ser santos y misioneros, como lo fue S. Alonso Ro­dríguez, y como lo pueden ser los cocineros, los albañiles, los hortelanos, los estudiantes, los que predican y los que misionan, con tal que sepan manejar la milagrosa hierba filosofal–esa “transmutadora de quintasesencias”—, que así llamaba S. Vicente de Paúl a la pureza de intención. Abra, pues, esta galería misionera el retablo de un “portero que parecía un marqués”.

Retablo I. Un portero que se parecía a un marqués

Una vocación vulgar.

Cuando yo era joven, oí contar la extraña vocación de un Hermano que pidió el ingreso en la Congregación porque había oído decir que en ella se comía bien y sin mucho trabajo; pero he aquí que con el contacto de otros, con las lecturas de buenos libros y con la explicación que le die­ron, lo que había empezado por “bocación” con “b”, se convirtió en “vo­cación” con “y”. Y que fue de las buenas lo probó su vida ejemplar y las lágrimas y la humildad con que él contaba en una repetición de los Ejer­cicios los orígenes de su vocación, no cansándose de alabar a Dios que, por medios tan burdos, le había traído a la Compañía. Nunca me dijeron el nombre de ese Hermano. ¿Se trataría del Hermano Octaviano Pérez? Tal vez.

Fue un día en Tardajos.

Hacia 1890 llegaba a Tardajos en plan de visita pastoral el Arzobispo de Burgos; y, si bien no teníamos todavía casa en este pueblo, ya eran conocidos los Paúles por el Clero burgalés, que nos enviaba, ya desde anti­guo, muy buenas vocaciones. Y el Arzobispo no debía de ser ajeno a esa inclinación. El caso es que le presentaron el lamentable caso de dos niñas y un hermano suyo de dieciocho años, que habían quedado, por la muerte de sus padres, no sólo huérfanos, sino en total desamparo. El problema de las niñas lo resolvió el bueno del Arzobispo internándolas en el Cole­gio de Saldaña, gobernado por nuestras Hermanas; mas ¿qué hacer con el muchacho? Tal vez le propondría ingresar como Hermano en la Con­gregación, y para animarle le diría que aquí se estaba bien y no tendría que preocuparse de la comida. Acaso el muchacho captó este aspecto, que es el que le apremiaba, y dijo que sí. El caso es que el Arzobispo escribió y los superiores le admitieron el 30 de junio de 1889, empezando el novi­ciado el 21 de noviembre del mismo año y haciendo los votos el 22 del mismo mes del 91. Tuvo por forjadores de su espíritu a los dos santos Misioneros que fueron los PP. Masferrer y Arana, que de tal suerte le troquelaron que un Misionero, al darnos de él su primera impresión, nos da los primeros perfiles de su retrato.

Su primer retrato.

“Aún no se me ha borrado de la imaginación la impresión, tan favorable y edificante a la vez, que me causó su persona la primera vez que le vi. Aquel porte, aquella finura, aquella modestia innata en él, aquella humil­dad en su trato, le daban un conjunto tal de virtud que encantaba a cuan­tos le trataban.” Estos perfiles le delatan discípulo del P. Arana o hijo espiritual del P. Bonafonte, que convivió con él seis años, y fueron parte no pequeña para configurar en él al portero ideal.

El portero ideal.

Tal vez hubiera sido un buen sastre o un buen cocinero, que fueron los dos primeros oficios que tuvo, si hubiera permanecido mucho tiempo en ellos. Mas, persuadidos los superiores de que el portero es “el pórtico de la comunidad”, destinado a recibir el primer choque de los que vienen de fuera, y que, por tanto, es la primera imagen que reciben de ella, no tardaron en darse cuenta de que el Hermano Pérez podría ser un portero ideal. La humildad y la estima que tenía de los demás fueron creando en él el espíritu de amable y pronta servicialidad, que es la característica de un buen portero, siempre que no la convierta en adulación o servilismo. Por aquella fecha entraban en casa importantes y altos personajes, Obis­pos, Cardenales y hasta Ministros. Era menester un portero que estuviera en, todo, y el P. Arnáiz echó mano del recién profeso Hermano Pérez. Le vio atento, amable, dispuesto y hasta de cierto porte distinguido, que más que su físico, le daba la virtud, que trascendía en él. Y a la verdad que nunca el P. Arnáiz tuvo que arrepentirse.

“Parece un marquesito.”

Uno de los personajes que más frecuentaba la casa era el Cardenal Cascajares, Arzobispo de Valladolid. Desde el primer momento captó la valía del portero. Esta impresión, lejos de desvanecerse con el trato, se fue afianzando en el ánimo del Cardenal. Un día, hablando de él con el P. Arnáiz, inquirió, curioso:

Dígame, P. Arnáiz, ¿de dónde se ha traído al Hermano Pérez, que por sus maneras y trato parece un marqués?

Años más tarde insistía en sus elogios el ilustre Purpurado:

—Nunca he tenido a mi lado persona alguna que mejor supiese adivi­nar mis deseos como ese Hermano. Es tal su tino y acierto en saber las personas que tiene que recibir y a las que ha de despachar que jamás he tenido necesidad de darle ninguna advertencia para ello. Nunca come­te la menor torpeza que dé lugar a disgustarme.

Y añadía no sin gracejo:

Andese con cuidado, P. Arnáiz, que el día menos pensado le robo al portero.

Pero es seguro que, aunque el Cardenal lo hubiera intentado, él no se hubiera dejado robar. Eso lo sabía el P. Arnáiz y lo sabían todos.

Lo que sabían todos.

Porque todos sabían que la humildad es el lastre y amarre que ata la vocación al sitio en que Dios ha colocado a una persona. Y todos lo sabían así: “Humilde con los superiores, humilde con sus Hermanos, hu­milde y atento con los externos, cuyo aprecio y amor se conquistaba hasta el extremo de que ninguno de cuantos se acercaban a la portería, si él no estaba, dejaba de preguntar por el Hermano joven, ese Hermano tan bueno, tan solícito, tan cariñoso.”

También con los de casa.

– No faltan quienes para los de dentro son escasos en las mieles que les sobran con los de fuera, cosa que nadie observó en el Hermano Pérez. Nunca vieron los suyos alterado aquel semblante bondadoso, ni áspero en palabras, ni le oyeron quejarse de nada ni de nadie, ni murmurar de nadie; lo que sí le oyeron fue hablar bien de todos y de todo, y excusar sus defectos y ensalzar sus virtudes.

“Todo para su viejecito.”

Y en esta línea nadie participó de su bondad como el que estaba más próximo a él, su compañero de portería. Con los que están lejos no es difícil tener caridad; sus defectos, si los tienen, ni los vemos ni nos mue­len molestar. En cambio, los que nos hieren son los defectos del vecino, y tal vez más, los del mismo oficio, que es entre quienes con más fre­cuencia surgen las escaramuzas. El compañero del Hermano Pérez era un poco entrado en años, madrileño él, de la hora undécima, achacoso y con ciertas teclas y manías difíciles de contemplar. Tenía cincuenta y cuatro años cuando ingresó en la Misión el 2 de febrero de 1884. Pues “ese Hermano tan bueno, tan solícito y cariñoso” con los de fuera, se desbordaba en bondad, solicitud y cariño con el Hermano. Máximo Bar­bero, que tal era el nombre de su socio de portería. Y ello no sólo du­rante una enfermedad pasajera, sino crónica y de larga duración, como fue la que aquejó al buen Hermano Barbero. El confortable caldo, la alimenticia taza de leche o cualquier cosa que al enfermo le apeteciera, se lo llevaba con alegría y presurosa solicitud. Todo, como él decía, para mi viejecito. El le vestía, le acostaba y se enteraba si algo le faltaba.

—¡Ay Hermano!—suspiraba a veces el enfermo—. ¡Cuánto le hago su­frir! Tenga paciencia y ofrézcalo al Señor.

Y aquel Hermano “tan bueno y tan cariñoso” la tenía y lo ofrecía, a Dios, y luego sonreía con la alegría que es el, premio de las almas morti­ficadas.

Los calores de Madrid.

Todos saben lo terribles que son los calores de Madrid, singularmente en los meses de julio y agosto. Al Hermano Pérez le sentaban muy mal; en estos meses se volvía inapetente y empezó a apoderarse de él la ane­mia. Esta llegó a agudizarse en el verano de 1900. Hubo que ordenarle que se metiera en la cama y él obedeció con resignación. Durante los tres meses que estuvo en ella dio admirables ejemplos de paciencia, de gra­titud por los servicios que le hacían y de alegría con que recibía y habla­ba a los que le visitaban. Llegó a reponerse un tanto, y para consolidar su mejoría, los médicos aconsejaron que se le trasladara a Hortaleza.

¿Un marqués o un San Luis?

La mejoría prosiguió con aquellos aires, de suerte que los superiores creyeron poderle autorizar para hacer los ejercicios espirituales que aque­lla comunidad hizo a primeros de octubre. Fueron el último toque que Dios dio a su alma para llevársela al cielo. El 25 fue menester adminis­trarle los sacramentos, edificando a todos con su paciencia, con sus pa­labras de consuelo, con las invocaciones a los nombres de Jesús y de María y con las jaculatorias a San José y a San Vicente y, sobre todo, a la Virgen María, que le dio una muerte tranquila, apacible y dulce el 29 de octubre de 1900 a los veintisiete de su edad, once de vocación y nueve de portería. Cuando le amortajaron y, revestido con su negra y limpia sotana, le pusieron en el féretro, al contemplar aquella pálida y serena fisonomía, en que se notaba el paso por ella de un alma sencilla, de una conciencia tranquila o el de un ángel que se fue a ver a Dios, no podían menos los estudiantes de exclamar: “Parece un San Luis.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *