Formación litúrgica de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jesús María Muneta, C.M. · Año publicación original: 1974 · Fuente: Libro "Vicente de Paúl, animador del culto".
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Han quedado ya expuestas las principales fuentes de la es­piritualidad vicenciana. Es la espiritualidad del Oratorio la más influyente, y es lógico dadas las relaciones entre Vicente y los más eminentes miembros de aquél. Vicente, dirigido por Bérulle en sus años de búsqueda; unido en amistad con Con­dren y Bourgoing, sucesivos superiores del Oratorio. Con A. Bourdoise, sometido a la influencia del Oratorio, colaborará Vicente en la obra de los seminarios: de él dirá Vicente: «es el primero en establecer un seminario para aprender todas las rúbricas»,1 y a su muerte pronunciará la oración fúnebre.2 Es­te intercambio entre Vicente y los suyos con los padres del Oratorio ayudó a un conocimiento mutuo y a un esfuerzo por llevar adelante las prescripciones del Concilio de Trento.

Eran notorias las celebraciones litúrgicas y paralitúrgicas realizadas en la iglesia del Oratorio. Por otra parte Pedro Bé­rulle no hizo otra cosa que establecer en París el Oratorio ro­mano, fundado por Felipe Neri. El Oratorio romano, como fraternidad espiritual, dio origen al llamado «oratorio musi­cal». El «oratorio musical moderno» nace en medio de la prác­tica de los «ejercicios espirituales» del Oratorio, en los que se mezclaba la conversación o plática sagrada y la música con texto moral o semisagrado; ésta ya en forma de las antiguas «laudas» o como «madrigal espiritual».3 En la forma más sim­ple el «oratorio musical» era música devota que precedía y se­guía al sermón. El «coral» y la «cantata» protestante respon­día a la palabra evangélica como afirmación de la asamblea.

El Oratorio filipino, una vez establecido en la «Chiesa Nuova», Santa María en Vallicella, se rodea de los músicos más nota­bles de la ciudad, dando con su aportación musical un enorme interés a los «ejercicios y catequesis». Allí estuvo el primero Francisco Soto de Langa, Animuccia, Palestrina, Tomás Luis de Victoria… Carissimi.4 El despertar religioso, aunque devo­cional, se opera en Roma por esta práctica catequético-musi­cal, y es este ambiente lo que intenta calcar Pedro Bérulle en París, como ya lo ha hecho Carlos Borromeo en Milán. Si en París no se llega al esplendor de la forma «oratorio musical» de Roma, que ha dado para el arte y la historia de la música religiosa el Jephté de Carissimi, sí se ordenarán los Oficios y las celebraciones de los domingos y días festivos con tanta so­lemnidad que el público quedara edificado y conmovido.5

Del ambiente del Oratorio Vicente aprende la lección: la celebración realizada con solemnidad y gravedad atraía al pue­blo, mientras que la ruín liturgia de tantos sacerdotes ignoran­tes lo apartaba de la Iglesia y de la práctica religiosa, al mis­mo tiempo que abría la puerta para la infiltración protestante, que les ofrecía como novedad una liturgia participada en su propia lengua.

Aparentemente la formación litúrgica de Vicente no debía ser extraordinaria, dado cómo se hallaban los estudios en aquel entonces. Vicente estudió en la universidad filosofía escolásti­ca, teología y moral, en una época a caballo de dos siglos, he­redera del desorden causado por las guerras de religión y opuesta a la reforma de Trento. La praxis litúrgica de la misa y de los sacramentos se aprendía los días inmediatos a recibir las órdenes, y suerte se tenía si se encontraba un buen maes­tro. No era extraño, ya se ha anotado, que por falta de instruc­ción, muchos se ordenaban desconociendo los ritos y las cere­monias más elementales.6

Sin embargo la formación de Vicente es más densa de lo que en un principio se puede pensar. Hay que anotar a su for­mación el contacto con la liturgia y el canto ya desde su época de internado con los Padres Franciscanos de Dax. Allí apren­dería sin duda las fórmulas más sencillas del canto gregoriano, las antífonas marianas, el Kyrial y las Vísperas del domingo.

En el estudio del quatrivium se estudiaba música, ¿qué clase de música?, ¿sólo teoría? No se podía estudiar otro tipo de música que no fuera la relacionada con el canto litúrgico, ya que la música moderna comenzaba a nacer. En su estancia en Roma pudo apreciar la «misa papal», precisamente a raíz de la promulgación del Ceremoniale Episcoporum. Sus biógra­fos nos dicen que estudió algún tiempo teología en Roma.7 Te­nemos el dato de la cautividad: él se salvó gracias al canto de las antífonas marianas y de la salmodia de algunos salmos. Al bachillerato en Teología hay que unir la licenciatura en Dere­cho canónico, y ésta la obtiene cuando se pone en marcha la reforma de Trento en Francia. El Derecho incluía abundante material sobre normas litúrgicas, ritos y ceremonias. Vicente estudia esta materia cuando ya se ha publicado todo el cuerpo litúrgico encomendado por el Concilio a los Papas. Veremos el entronque de la mentalidad litúrgica de Vicente en las normas de los libros litúrgicos, en los cuales se inspira. Con tal prepa­ración Vicente emprende con seriedad la reforma del Santua­rio.

La experiencia enseñaba a Vicente la fuerza que tiene la li­turgia cuando ésta se realiza con seriedad y dignidad. El Ora­torio atraía al público de París porque la celebración era su­mamente cuidada, ya en los ministros como en los cantores. Se cuidaba en particular la uniformidad. Se quería vivir el es­píritu de Trento: la compostura del que sirve al altar —sus gestos— deben suscitar en el fiel que está presente el senti­miento religioso que le impulse a la adoración y contempla­ción del misterio que se celebra a través del rito, que no es otro, en la mentalidad del Oratorio y de Vicente, que el miste­rio del Verbo-Encarnado, hecho víctima.8

Vicente, una vez asimilada esta idea, la lleva a la práctica, ya en Clichy ya a los ejercicios de Ordenandos, misiones y se­minarios.9

Vicente se instruyó en las normas establecidas en el Bre­viario, Misal y Ritual romanos. Las normas eran claras y pre­cisas en cuanto a la introducción de nuevos ritos o mutilación de los prescriptos:

«Decretamos que a éste Misal nuestro, dice la bula que promulga el Missale Romanum de san Pío V, nada se añada, quite o cambie… Ni en la celebración de la Misa se realicen otras ceremonias que las prescritas».

El capítulo V de la sesión XII del Concilio de Trento pone de relieve las ceremonias solemnes de la Misa, tanto porque subliman el sacrificio, cuanto por su finalidad catequética: «a través de estos signos visibles de la religión y de la piedad, las mentes de los fieles se despiertan a la contemplación de los misterios, que se ocultan en este sacrificio».10

Se aprecia el valor de la ceremonia, de la vestidura sagrada y de los gestos —elementos que hacen posible el rito litúrgi­co— en su doble finalidad: dar esplendor al culto, y suscitar en el fiel que se halla presente la adhesión al misterio que se celebra.

No dudo en afirmar la influencia ejercida en la Europa «contrarreformista» de la obra del cardenal Roberto Belarmi­no. Vicente le es deudor en algunas de sus ideas, pero va más allá en la aplicación práctica, como se anotará más adelante.

Jedin asegura que la tarea de renovación del Misal «esta­bleció sencillez en la vida litúrgica, unidad en los ritos y cla­ridad en las rúbricas».11 El fino sentido práctico de Vicente le hace emprender la senda de la sencillez litúrgica. Realizar con piedad y uniformidad el rito y la rúbrica para impulsar a los fieles a la adoración; conmover, no en el sentido de suscitar admiración o curiosidad, sino en aquel otro, profundo, que des­cubre la grandeza del misterio que se celebra: la muerte y re­surrección del Verbo-Encarnado. Sintiendo la liturgia en la sencillez de medios con que siempre la celebra, aleja el peligro inherente a la actuación del Oratorio: la esplendidez de las ce­lebraciones, el ceremonial detallado y la música de la cantoría, polifónica a menudo, atraían a muchos sólo por el espectáculo o por el gusto estético, algo que no entra en el sentir de Vicen­te. No es el rito por el rito, ni el arte que impresiona, ni el cere­monial por satisfacer el gusto de la época, es mucho más pro­funda la convicción de Vicente: basta leer sus escritos para darse cuenta de que la liturgia era la vivencia de su recia espi­ritualidad y de su seriedad sacerdotal.12

Veremos luego, cómo la liturgia no es otra realidad, en la mentalidad de Vicente, que la celebración del misterio de Cris­to, que muere como víctima de propiciación y resucita para redimir a la humanidad, y que se hace presente misteriosa­mente en la Misa: «Centro de la devoción» (IX, 5). La rica for­mación le hará superar el individualismo piadoso en el que caen algunas congregaciones religiosas.13 Lo superará prescri­biendo la recitación del Oficio en comunidad, y en comunidad se hará la oración mental y la misa solemne de los domingos y días festivos.14

Por las numerosas conferencias y repeticiones de oración se aprecia el conocimiento y el profundo valor espiritual que Vi­cente concedía a los grandes tiempos litúrgicos. Entre los años 1650 a 1660 no falta año en que no hable del Adviento y de la Cuaresma y sus respectivas preparaciones; de la Navidad y de la Pascua y su celebración; de las disposiciones íntimas para recibir el Espíritu Santo; del misterio de la Trinidad al cual se dirige toda celebración litúrgica. Es una pena que tan sólo nos hayan llegado los esquemas de muchas de estas conferen­cias, de haberlas poseído tendríamos un abundante material para mejor definir el pensamiento litúrgico de Vicente.15

Dom Brassó pone de relieve la disociación entre la plegaria litúrgica y la vida cristiana. Liturgia y piedad son dos realida­des distintas que siguen su propio curso, independiente el uno del otro, tal vez desconociéndose mutuamente. El acoplamien­to de estas dos realidades se deja sentir en nuestro tiempo: Dom Próspero Gueranger iniciará la restauración hace más de un siglo, completándose en nuestros días con la promulgación del Misal renovado y el Breviario.16

En el pensamiento y actuación de Vicente apenas se apre­cia esta fisura entre vida litúrgica y piedad privada. En las Re­glas Comunes de la Misión no existe festividad que no sea pro­piamente litúrgica; más, toda la espiritualidad gira en torno a dos centros polares, que constituyen la base y finalidad del culto cristiano: veneración de los «inefables misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación». La veneración per­fecta de estos misterios se realiza «en el debido culto de la Eu­caristía, ya se la considere como sacramento, ya como sacrifi­cio».17

Hasta aquí ha llegado el refinamiento litúrgico de Vicente: es la conclusión más perfecta y más profunda, pero sencilla por lo exacta.

  1. COSTE, XII, 289.
  2. Idem., XI, 195; XII, 368.
  3. He aquí uno de los primeros ejemplos de «lauda espiritual natali­cia» con texto del P. Giovanela Ancina (1545-1604) y música del P. Fran­cisco Soto de Langa (1535-1619): «Nell’apparir del sempiterno sole che a mezza notte piú riluce intorno, che l’altro no faria di mezzo giorno. Cantaron gloria gli Angeli del cielo, e meritario udir si dolci accenti pas­tori que guardavano gli armenti… 4. Quivi in vili panni avvolto il fanciul con Gioseffe e con Maria: O benedetta e nobil compagnia».
  4. Cf. CORTE, A. DELLA, Antologia della Storia della Música, 118 ss. GATri, La Música, vol. III, 561 ss.
  5. Cf. HOUSSAYE, M. de Bérulle, II, 132 ss.
  6. COSTE, IV, 327.
  7. Cf. HERRERA, op. cit., 67-73.
  8. Cf. JuNGmANN, Missarum Solemnia: Pone de relieve el esfuerzo del Oratorio por acercar la oración privada a la liturgia. «El Oratorio no sólo se limitó a publicar uno de los mejores comentarios a la Misa en el si­glo xvii, sino que animó a los fieles a unirse a la acción del sacerdote», 122.
  9. Cf. ABELLY, op. cit., I, 43 ss.
  10. Constitución promulgatoria del Missale Romanum de San Pío V: «Ac huic Missali Nostro… nihil umquam addendum, detrahendum aut immutandum esse decernendum…». DENZ., n. 1746: «Neque in missae celebratione alias caeremonias item adhibuit…» quo et maiestas tanti sacrificii commendaretur et MENTE•S FIDELIUM PER. HAEC VISIBILIA. RELIGIONIS ET PIETATIS SIGNA AD RERUM ALTISSIMARUM; QUAE IN HOC SACRIFICIO LATENT, CONTEMPLATIONEM EXCITARENTUR».
  11. Cf. KLAUSER, op. cit., 100, cita.
  12. AGNEL, A., St. Vincent de Paul, 84-100. BouYER, op. cit., Thomas­sin, oratoriano, conciliador de la piedad privada y la liturgia, no es ajeno a los falsos conceptos barrocos, época del ceremonial ampuloso, envuelto en piedad sentimental. La liturgia era concebida como la «Etiqueta del Gran Rey», 8-18.
  13. Cf. BRASSO, Espiritualidad litúrgica, 81-82.
  14. REGLAS COMUNES, c. X, art. 5.
  15. COSTE, XII, 452-483.
  16. Cf. BRASSO, op. cit., 73-88.
  17. REGLAS COMUNES., c. X, arts. 2 y 3.

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