Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo XI)

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Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo XI: Las conversaciones de Malinas

Preliminares y primera Conversación

El Sr. Portal no había dejado de pensar nunca en la unión de los anglicanos con la iglesia católica. Sus Conversaciones con lord Halifax habrían sido suficientes para sostener tensa la preocupación; pero dentro de sí llevaba el remordimiento de no haber podido poner e contacto a teólogos católicos autorizados con teólogos verdaderamente representativos de la Iglesia anglicana. Su principal intención había sido, en 1896 llevar a unos y a otros a conversar amigablemente, sin espíritu de controversia ni idea de conversión inmediata. No había escogido la cuestión de las órdenes anglicanas más que como un medio de interesar a los anglicanos por la idea de unión y por los medios de realizarla. Tampoco se esperaba que el Soberano Pontífice, quien se entusiasmaba entonces por los Orientales, tomara con tanta facilidad y tan a pecho la reunión con la Iglesia católica de los miembros de la Iglesia de Inglaterra. Lo que más le había dolido era ver el proyecto en que más empeño había puesto completamente olvidado, y dirigirse todo el interés hacia las ordenaciones anglicanas. Estas debían levantar entre los católicos ingleses una oposición muy violenta, y entre los anglicanos una susceptibilidad malsana. Cómo se le ocurrió, al cabo de treinta y cinco años, la idea de dirigirse al cardenal Mercier, para poner su idea favorita a cubierto de una autoridad moral de primer rango? Sin duda, habló de ello con lord Halifax, su confidente más íntimo. Pero parece claro que la intuición de genio que estuvo en el punto de partida de esta nueva campaña se debió al Sr. Portal. Acababa de entrar en relación con el arzobispo de Malinas, a propósito de un folleto que había escrito sobre los Hijas de la Caridad.

El cardenal había dado las gracias al autor por haberle honrado con un ejemplar, y haber deseado a su trabajo una amplia difusión. Así que fue «en cierto modo bajo los auspicios de san Vicente», como escribe él mismo, el haberse arriesgado en indicar al cardenal la importante llamada de la Asamblea de Lambeth en 1920, que se expresaba en estos términos

«la época en que vivimos, decían los obispos anglicanos, exige de nosotros un nuevo punto de vista y una nueva línea de conducta. L a fe no puede estar custodiada con propiedad, y la batalla por la conquista del reino de Dios no puede librarse con honor, cuando el cuerpo está dividido; y por consiguiente incapaz de crecer en la plenitud de la vida de Cristo. Creemos que ha llegado el tiempo en que todos los grupos separados de la cristiandad deben ponerse de acuerdo para olvidar todo lo pasado y tender hacia el fin de una iglesia católica reconciliada. Sólo en una rica diversidad de vida y de entrega se llevará a cabo la unidad de la comunidad entera».

El primer planteamiento del trabajo para la Unión (concebido, es verdad, de manera diferente del de Roma, pero querido en una Iglesia «católica») marcaba una evolución preciosa de los espíritus.

El Sr. Portal se sintió emocionado al ver qué poco se había sentido la importancia, por parte católica, de lo que él consideraba como una etapa destacada en las disposiciones de la iglesia establecida. Se le ocurrió entonces escribírselo al cardenal Mercier, dándole a conocer  el Appel (Llamada),  donde discernía la propuesta de conferencias preliminares, cuya finalidad podría ser una «re-ordenación». El Sr. Portal sugería que la iniciativa de las conferencias viniera del lado católico, ya que también era el Papa León XIII quien había tenido la primera idea,  hasta concretar Bruselas como lugar de reunión. (Carta del Sr. Portal del 24 de enero de 1921.)

Tuvo la alegría de leer en una carta de Malinas, del 3 de febrero de 1921, que la Llamada de Lambeth había sido objeto de la atención del cardenal el cual tenía la opinión «de un esfuerzo que realizar, con gran circunspección, sin duda, pero también con caridad».

El cardenal Mercier no hacía notar la sugerencia de conferencia, sin duda por no ver su realización posible, pero prometía orar, y aprovechar las ocasiones de emplearse «en este gran interés espiritual de la Iglesia».

Las cosas se habrían quedado en eso probablemente si el Sr. Portal y lord Halifax no hubieran tenido la ocasión de visitar al cardenal.

El Sr. Portal acostumbraba a contar cómo su viejo amigo, y él se escribieron el mismo día dos cartas idénticas y que se cruzaron. Uno y otro proponían una expedición común a los campos de batalla, proponían que no sería tan difícil llevar la antigua línea de frente hasta Malinas.

De esta forma recibió un día el cardenal, entre los que de aquí y de allá llegaban a pedirle consejo y oraciones, a los dos venerables de la Unión.

Sin duda de que este encuentro fue decisivo, y que el cardenal acogió desde entonces la idea de conversaciones en su palacio con algunos representantes de la Iglesia establecida. Su primer movimiento había sido sin embargo (y era natural) de sorpresa. «Por qué no dirigirse ustedes a las autoridades católicas inglesas? Dijo a lord Halifax.  –Porque el estado de los espíritus se opone a ello» le fue respondido. Y lord Halitas justificó su aserto con hechos y experiencias personales. El cardenal se rindió a sus razones. Pero propuso estas conversaciones preliminares como de pura documentación; razón por la que es natural que no se propusiera siquiera publicidad alguna sobre estos encuentros.

Se citaron para un  primer encuentro en el que el cardenal no tuvo a su lado más  a su vicario general Mons. Van Roey y al Sr. Portal, y enfrente de él a lord Halifax,  y a dos de sus amigos: el reverendo doctor Armitage Robinson, decano de Wells, y al Reverendo W.–R. Frère, superior de la comunidad de la Resurrección, después obispo de Truro. Estos dos últimos resultaban ser al mismo tiempo amigos del arzobispo de Canterbury. Antes de partir de Londres, los tres anglicanos se habían reunido para una conversación preparatoria en casa de lord Halifax, a fin de ponerse de acuerdo sobre un mínimo de ideas comunes de las que no se apartarían en absoluto. De todas maneras no consideraban el anglicanismo como una simple federación; y no venían a ofrecer a la Iglesia de Roma una pura y simple sumisión, sino una integración en un cuerpo amigo, más vasto y más rico; pensaban, en una palabra, practicar una política de mutuo enriquecimiento. Y en este espíritu examinarían las antiguas controversias.

Igualmente consideraban como fundamental la doctrina toda contenida en: 1º los Credos (el de los apóstoles y el de Nicea); 2º en los catecismos preparatorios a la confirmación y a la primera comunión; 3º en las Escrituras interpretadas por la iglesia; 4º en el Prayer Book; 5º en las decisiones dogmáticas de los seis primeros concilios. Se daban perfecta cuenta de que los católicos tendían a multiplicar las doctrinas que ellos tenían como «fundamentales», mientras que los anglicanos las reducían a un mínimum de enunciados.

La primera conversación tuvo lugar las 6, 7 y 8 de diciembre de 1921. Su sencillez se manifestó por la ausencia de plan general y por la variedad de los temas tratados. Es cierto que lord Halifax había preparado una memoria que debía servir de base a la discusión; pero contenía gran cantidad de temas, como el concepto de Iglesia, la enumeración de los sacramentos: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia. Pero ningún tema de estos se trató a fondo, como lo serían en un examen de los enunciados de la enseñanza anglicana con los capítulos y los cánones del concilio de Trento.

La lectura de la memoria proporcionó al menos materia para una multitud de observaciones de detalle. De esta forma el doctor Robinson declaró no poder conciliar los «treinta y nueve artículos» anglicanos con el concilio de Trento, mientras que Pusey y el Doctor Forbes. Obispo de Brechin, crían que no presentaban dificultades a una reconciliación de las dos Iglesias. Una gran inquietud de los anglicanos era saber cómo los católicos podían distinguir una verdad convertida en «artículo de fe». No tenían por ecuménicos a los concilios de Trento y del Vaticano, a los que no asistían. Los católicos tuvieron ocasión de hacer advertir que la infalibilidad no separa al Papa de la Iglesia, y que éste es el órgano de la Iglesia sin que sea necesario consultar a sus miembros. No propone a la fe de los católicos un dogma nuevo, sino que promulga de forma auténtica lo que está contenido de  un modo más o menos encubierto en el tesoro de la Revelación.

Los anglicanos se adherían a su fórmula oficial, que en la eucaristía el pan y el vino daban a los fieles el cuerpo y la sangre de Cristo por la consagración. Los católicos no juzgan oportuno discutir en esta ocasión toda la doctrina de la transubstanciación.

La jornada del 7 de diciembre fue consagrada a la Llamada de Lambeth, cuya lectura fue hecha pública. Los católicos dejaron pasar sin muchos comentarios una cantidad de afirmaciones; pero al leerse el capítulo VI, el cardenal Mercier hizo notar que la Sagrada Escritura no podía ser considerada como la regla suprema de la fe, ya que ella misma es interpretada por la Iglesia viva.  –Se dio lectura al capítulo VIII, cuyo texto ofrecía un interés especial a los católicos.

«Creemos, dijo, que para todos el medio verdaderamente justo de obtener la Unión es ejercer una deferencia mutua con respecto a nuestras conciencias respectivas. Con este fin, los que envían esta Llamada desean declarar que, si las autoridades de otras comuniones expresan así su deseo, están persuadidos de que una vez expuestas con claridad las condiciones de la unión, en otros puntos, los obispos y el clero de nuestra comunión aceptarían sin reparos recibir de estas autoridades un encargo o un reconocimiento formal, que indicaría a su congregación que nuestro ministerio tiene su lugar en la vida familiar.

«No está en nuestro poder saber hasta qué punto esta sugerencia pueda ser aceptable para aquellos a quienes se la ofrecemos. Todo lo que podemos decir es que la ofrecemos con toda sinceridad, como prenda de nuestro deseo de que todos los ministros de la gracia, los suyos y los nuestros, se declaren disponibles en el servicio de Nuestro Señor en una Iglesia unida. Esperamos que el mismo móvil animará incluso a los ministros, que no han recibido este reconocimiento formal, a aceptar un encargo para la ordenación episcopal, y a lograr así que su ministerio pueda extenderse a toda la comunidad.

«Obrando de esta manera, no hay uno solo entre nosotros que fuera acusado de renegar de su antiguo ministerio. Dios no quiera que ningún hombre se vea obligado a renegar de un pasado rico en bendiciones divinas par sí y para el prójimo!

«Más todavía, ninguno de nosotros quisiera deshonrar al Espíritu Santo, bajo cuya llamada todos nosotros hemos puesto nuestros diversos ministerios,  y el que, por su poder, nos hace aptos para cumplirlos.

«Buscaremos, al contrario, de una manera pública y oficial, el reconocimiento suplementario de una nueva vocación,  –que nos llamará a un servicio más extendido, en una Iglesia reunida; y pediremos para todos que la gracia de Dios nos dé la fuerza de cumplirla bien.»

Se trataba (y resulta muy difícil entenderlo de otra forma) de un ofrecimiento positivo (en el caso de que las dificultades dogmáticas hubieran quedado aparte) de aceptar, en interés de la paz y de la unión, reordenaciones.

A decir verdad, la segunda mitad del ar5ículo contenía como una doble contrapartida: una llamada a los disidentes no episcopalianos a recibir órdenes, y una especie de acto de fe en la validez del ministerio actual. Era de advertir que, como observó uno de los participantes católicos, «dado el estado de los espíritus en la época de la controversia sobre la validez de las órdenes anglicanas, nadie se hubiera podido imaginar que un ofrecimiento parecido pudiera hacerse tan pronto después de la condenación. Los obispos anglicanos daban con ello un gran ejemplo de humildad cristiana, y hacían un sacrificio real por amor de la Unidad».

Se habló también, esta primera reunión (aparte de la Llamada de Lambeth) del concepto anglicano de la Iglesia, de la doctrina de los sacramentos según el Prayer Book, del papel de la Escritura de la vida de la fe, del papel del episcopado y del papado en la vida de la Iglesia, del de las re-ordenaciones sugeridas,… en una palabra, hubo toma de contacto, y se conocieron, eso es todo.

El resultado esencial de la reunión fue confirmar al cardenal en la idea de que estas conversaciones «en un salón privado» contribuirían tanto a esclarecer el espíritu como a fo9rtalecer el celo de cada uno por la Unión. De esta manera resumía él la impresión que le había dejado este primer encuentro. «La primera conferencia que fue toda informativa nos ha llenado a todos de un profundo sentimiento de estima mutua, de confianza recíproca  y de cordialidad fraterna. Ha avivado nuestro deseo común de ayudar, si es posible, un acercamiento tal como ha sido deseado en la conferencia de Lambeth y hoy más que nunca quizás, por todos los que son los testigos entristecidos y a menudo impotentes de la desmoralización y descristianización de la sociedad.»

Más de un año iba a pasar antes de que el pequeño grupo se volviera a ver en Malinas. Desde enero de 1922 sin embargo, el cardenal, en una carta al Sr. Portal, hablaba de ese «primer encuentro preliminar a los que esperamos aún»; pero el año 1922 estuvo cargado de acontecimientos para el cardenal Mercier. El más importante fue el cónclave, que hizo de Pío XI el sucesor de Benedicto XV. Muy impresionado por la solemnidad del acto, y sobre todo por su alta significación, el cardenal Mercier lo comentó extensamente en una carta pastoral dirigida a sus fieles, en el mes de marzo de ese año. Lord Halifax tradujo casi inmediatamente esta importante documento y le publicó un extenso, haciéndole preceder de un amplio prefacio, que era una nueva llamada a la reunión. Acababa así. «El cardenal en el elocuente pasaje que pone fin a su carta pastoral nos recuerda que la unión de Cristo con nosotros y de nosotros con Él, unión que Nuestro Señor compara a la que él constituye con su Padre, es la fuente última y la expresión de la vida cristiana como de la unidad cristiana. Quiera Aquel que es la cabeza de la Iglesia inspirar de tal suerte a Pío XI que, bajo la inspiración del espíritu Santo, que puede hacer más que los hombres sean de un mismo espíritu en una misma morada, cada uno trabaje y ore de modo que todos formen de nuevo un rebaño y un pastor!

«Y nosotros, no trabajaremos, no rogaremos también, para que nuestros hermanos separados y nosotros nos volvamos una vez más a reunir en una comunión única? Representaos lo que esto sería si en nuestro días nosotros viéramos esta realización! Esta visión de una reunión semejante produce tal entusiasmo que todo lo demás resulta insignificante en su comparación.

«Qué será esta realización?  Oh! Saber que no se trata ya de una perspectiva lejana, sino de un hecho realizado! Roguemos también a Dios, con un ardor que no decaiga y con una de fe absoluta en que nuestra petición será concedida, que nos conceda ver con nuestros propios ojos a los representantes de la cristiandad reunidos, llegados del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, reunidos en San Pedro para ofrecer con un solo corazón y un alma sola un sacrificio santo, inmortal y supremo, por las manos de Pío XI, en acción de gracias al Padre, por conocer a sus hijos en respuesta a sus plegarias, la bendición de la paz».

Este folleto dio a conocer al público la existencia del primer encuentro de Malinas y las esperanzas que había despertado. También el cardenal Mercier dejó ya de hacer proyectos sin avisar al Vaticano,  –de donde llegaron, desde un principio, ánimos y bendiciones.

El cardenal Bourne fue igualmente informado. Por su parte, los arzobispos de York y de Canterbury concedieron una atención particular a la acción que se había emprendido y que iba a continuarse. Ellos tomaron la iniciativa de contactos con el cardenal Mercier para que se aumentara el número de representantes de la Iglesia anglicana.

En este mismo año el nuevo Papa Pío XI publicaba su encíclica «Arcano Dei», en la que se hacía claramente una llamada precisa al trabajo por la Unión animando a los apóstoles de la Unidad. «Venerables hermanos, decía el Soberano Pontífice, cuando desde esta sede apostólica, como de lo alto de un observatorio o de la torre de una ciudadela, nos dirigimos nuestras miradas al mundo, nos sentimos desolados al ver cuántas almas no conocen todavía del todo a Crsito, o se apartan de la pureza íntegra de su doctrina, o de la unidad de su Iglesia, cuántas ovejas pues que no pertenecen al rebaño que, por su vocación divina, debería ser el suyo. Vicario de Cristo, que es el Pastor eterno de las almas, animado del celo del que él mismo se sentía abrasado, no podemos dejar de repetir estas palabras, a la vez tan concisas y tan llenas de amor y de piedad compasiva, que le salían del corazón: Tengo todavía otras ovejas , y es preciso que las cuide. Y nuestra memoria nos sugiere decir una vez más, con un estremecimiento de alegría, la predicción de Cristo. Ellas oirán una sola voz, y no habrá más que un solo rebaño y un solo pastor.»

Segunda conversación de Malinas

La segunda reunión tuvo lugar los 13, 14 y 15 de marzo de 1923. Los mismos hombres se volvieron a ver en Malinas. Pero esta vez, aunque la conversación conservara su carácter privado, católicos y anglicanos se reunieron a sabiendas y con la aprobación formal de sus autoridades respectivas.

En estas nuevas conversaciones se dejó momentáneamente a un lado a petición de los anglicanos, el examen de las divergencias doctrinales que podían separar a unos y otros, y se aplicaron a un problema del todo práctico. Suponiendo que se llegara al acuerdo de nuevos sobre  los puntos de fe, bajo qué forma se podrá concebir la vuelta de la Iglesia establecida de Inglaterra al seno de la Iglesia romana? Preocupación bien comprensible entre Ingleses unidos con alma y corazón a una Iglesia que posee su fisionomía propia y que parece, a los ojos de sus fieles, íntimamente ligada a todo el pasado de gloria de su patria. Los miembros de la iglesia de Inglaterra no se sienten menos orgullosos de contar las trescientas sesenta y ocho diócesis de su Iglesia, establecidos en el mundo entero, que oponen a las veintiuna sedes episcopales, insulares todas, del siglo XVI.

Se siguió paso a paso en esta discusión una memoria preparada pro los anglicanos, para ponerse de acuerdo sobre sus reclamaciones. Es exacto decir que 368 diócesis miran a Canterbury, como a su centro. Pero las diócesis situadas fuera de Inglaterra tienen una gran libertad en cuanto a la elección de sus obispos «de la corona», es decir actualmente del primer ministro. Ni el capítulo catedral, no el arzobispo de Canterbury ejercen poder alguno sobre la nominación de los obispos: reciben un «permiso de elegir», que no es sino una fórmula a la que se someten por completo.

El cardenal pregunta cuál es, en la Iglesia de Inglaterra, la posición del arzobispo de Canterbury. Los anglicanos responden que el arzobispo tiene título de metropolitano y que tiene una jurisdicción efectiva en su provincia en Inglaterra. En cuanto a las diócesis situadas fuera de Inglaterra, es su jefe nominal, las convoca a conferencias como la de Lambeth, les da consejos, pero no puede imponerles su parecer. Según el decano  de Wells, la Unidad de la Iglesia se haría sin duda por la unión de toda la Iglesia anglicana a la Iglesia de Roma.

Un punto difícil de dilucidar era conciliar la jurisdicción papal con el principio admitido en Inglaterra que ninguna jurisdicción es reconocida por el Estado, que no tenga su sede en el interior de las fronteras. No se llegó en el curso de esta conferencia a resolver con claridad esta dificultad. En particular, aun dado el caso de que se zanjara la cuestión de la Unidad, cómo podría intervenir el Papa en el nombramiento de los obispos anglicanos? Ni el cardenal, ni el Sr. Portal admiten la posibilidad de la no intervención pontificia. El Reverendo Robinson la cree posible, si el arzobispo de Canterbury fuera tratado como patriarca, y esta cualidad le fuera reconocida en un concilio general.

Los católicos se muestran reticentes en todas las exigencias de sus interlocutores anglicanos. Aun cuando su parecer es favorable, no se sienten con autoridad para hacer ninguna concesión. Se ve con claridad que en cuanto al uso del inglés como lengua litúrgica, par la comunión bajo las dos especies, estarían bastante dispuestos a mostrarse conciliadores. Por el contrario, creen que Roma será más exigente sobre el celibato de los sacerdotes. Los anglicanos no reconocen bien la ventaja teórica, pero no desean el celibato obligatorio.

Intervalo entre  la segunda y la tercera conversación

Transcurrió un espacio de tiempo bastante largo entre la segunda y la tercera conversación de Malinas. Eso en primer término dio lugar a los titubeos de los anglicanos, con el arzobispo de Canterbury a la cabeza, en presencia del resultado que le parecía un tanto desconcertante. En Lambeth, la palabra de «pallium» fue mal entendida, e interpretada como una concesión muy grave hecha a los católicos. Durante el congreso anglo-católico, el telegrama enviado a petición del obispo de Zanzíbar al Papa y al patriarca ortodoxo de Constantinopla aumentó la inquietud. El Reverendo Gore, desde 1922, había predicado contra la iglesia de Roma, y expuesto en tres sermones las objeciones de los anglicanos. En sus cartas al arzobispo de Canterbury se queja de la tendencia de los conferenciantes anglicanos a hacer concesiones. Esta tendencia, ya sensible en la primera conversación. Le parece desastrosa y peligrosa en la segunda.

Además, delicada se presentaba la elección que se debía hacer de los nuevos miembros que se juntarían a los interlocutores de las conferencias precedentes.

Como había parecido desinteresarse al arzobispo de Canterbury en 1895 de la discusión sucedida en Roma sobre la validez de las ordenaciones anglicanas, así el nuevo arzobispo (lord Davidson) presta una atención sostenida a las conversaciones inauguradas en Malinas,  –aunque se quedara lo más posible entre bastidores, y evitar en un principio tomar responsabilidades.

Mantenía estrecha amistad con el decano de Wells, el doctor Armitage Robinson, y con el P. Frére, futuro obispo de Truro. Encargó a uno y otro prestar a lord Halifax la colaboración que éste les pedía. Pero a causa de los incidentes suscitados en Inglaterra por la segunda conversación se mostró muy inquieto por todo lo que podía presagiar un futuro compromiso entre los católicos y los anglicanos. Además surgían cuestiones delicadas. El arzobispo habría preferido sin duda dedicar la próxima conversación a generalidades, y reservar para después las cuestiones decisivas. Pero Frére se sentía apremiado para llegar a la cuestión, crucial para los anglicanos, de la posición del Papa de la iglesia católica. Él mismo había mostrado tanta afabilidad y tan buena voluntad, que los católicos no andaban lejos de verle como un de los suyos. Pero, a la par que el Sr. Portal le consideraba como favorable a las ideas católicas, así el superior de la Resurrección sentía la necesidad, para seguir siendo fiel a la fe anglicana, de rechazar todo lo que pudiera parecerse a un derecho divino, justificando todas las intervenciones del Papa en la vida de la Iglesia. Es el sentido de una carta que parece dejar bien clara su posición en el momento de las ásperas discusiones que tuvo por objeto la tercera conversación de Malinas.

«El arzobispo, escribe, parecía más bien querer mantenerse dentro de las generalidades en la próxima reunión, y no entrar en otro programa hasta después. En este punto yo no estaba de acuerdo con él. Me parecía que ya habíamos acabado con las ideas generales,  y que debíamos tener ahora un programa más preciso.

«No insistí más sobre este punto, porque en mi propio pensamiento había llegado a la conclusión que nuestro próximo programa debía ser en especial estudiar el desafío del cardenal en su pastoral y atacar la cuestión del Papado. Debemos mostrar nuestro verdadero juego y desplegar todas nuestras objeciones. Propongo un orden natural partiendo de lo que dijo el cardenal; pienso así mismo que habiendo mostrado cierta dosis de amistad, de benevolencia y de moderación (como lo esperamos) en nuestra reunión precedente, hemos llegado ahora al momento en que nos conviene sacar a relucir algo de nuestra obstinación y hacerles comprender (lo que no parecen haber hecho) la fuerza de nuestra posición contra lo que ellos dan como hecho, a saber (el concilio de 1870).

Creo que actuamos bien al no presentar este tema la primera vez; pero no puedo dejar de pensar que es necesario discutirlo, y ahora. De hecho, después de lo que ha expresado el cardenal en su pastoral y lo que vos habéis escrito, me parece que debamos llegar a exprimir la cuestión esencial, aunque no creo que haya medio alguno por nuestra parte de llegar a buen término de una manera o de otra.»

El doctor Armitage Robinson es un anglicano convencido de sus opiniones; además es un hombre de ciencia que inspira una gran confianza al arzobispo de Canterbury. Este último le quiso como colaborador de lord Halifax y no quiere reemplazarlo para la tercera   y cuarta conferencias- El doctor Frère se muestra tal vez algo más cercano a Roma y dispuesto a reconocerle derechos eclesiásticos numerosos, exigidos por la fuerza de las cosas. Pero ni uno ni otro los reconocen como de «derecho divino». Tal parece ser la posición teológica del doctor Armitage Robinson, aunque se le vea en su actitud hacia Roma una punta de agresividad, de lo que es testimonio la carta siguiente, que dirigió al doctor Frère.

«Creo que el 21 es el día en que debe tener lugar nuestra reunión preliminar, y yo me trasladaré entonces a Londres, si así os parece, lo mismo que a lord Halifax. Pienso que sería un adelanto si pudierais esbozar de antemano el plan que podríamos adoptar. Cuál es el principio director? Cuántos éramos en el momento de nuestra ruptura con Roma? Cuántos son los que están en comunión con Canterbury hoy? No se debe considerar a Canterbury ahora como un quasi-patriarcado, con una mayor independencia que la que pueden razonablemente pedir España y Francia? No podemos ser controlados por un puñado de italianos a las órdenes del papa. Nuestra primera cuestión debe pues ser ésta: la posición que acabo de señalar será por u momento tomada en consideración por Roma? De otra forma, si el cardenal Mercier piensa que eso no puede ser, yo no creo poder dirigirme a Malinas.

«Si lo creéis conveniente, hacedme el favor de enviar esto a lord Halifax, añadiendo vuestra propia opinión sobre el punto que yo he suscitado. Dadme saber noticias vuestras».

Lord Halifax es el tercer anglicano que tomó parte en todas las conversaciones de Malinas. Él también es uno de los amigos del arzobispo de Canterbury. Éste no lo habría elegido tal vez para representar a la Iglesia anglicana en una discusión como la que tenía lugar en Malinas; pero tiene una gran confianza en la lealtad del hombre y no pone dificultades en tomarle por confidente de sus inquietudes relativas al provenir del anglicanismo. Este es el sentido de la carta escrita el 20 de marzo de 1923 a lord Halifax por el arzobispo de Canterbury.

«Me doy perfecta cuenta de la inmensa preocupación que vos, el decano y Frère, habéis sentido para llegar a una posición, punto de partida de progresos ulteriores, a la vista de la solución que tan ardientemente habéis deseado!

«Mi propio deseo es tan ardiente como el vuestro, aunque las dificultades me parecen más graves que a vos mismo. Sería quizás más exacto decir que tenéis la fe que mueve las montañas.

«He encontrado conveniente dirigir una carta a decano de Wells. Adjunto os envío la copia. Ha sido escrita después de larga discusión con él y con Frère: uno y otro decidieron en qué término sería redactada. Robinson no la ha visto aún, pero Frère la ha leído y aprobado en el sentido de poner el acento sobre la necesidad de tener para el futuro una garantía contra el peligro de ver surgir malentendidos. Temo no poder apenas alimentar la esperanza de que la encontréis enteramente a vuestro gusto; pero vos habéis dado muestras del curso de estas negociaciones de una disposición tan amistosa, tan favorable hacia mí, que tengo la plena esperanza de que no le pongáis objeciones, aun cuando hubieseis deseado que fuera redactada con alguna diferencia. He tratado de expresarme de tal manera que no pueda causar un legítimo dolor a nuestros amigos católicos romanos, mientras que al mismo tiempo me he sentido comprometido a decir honradamente lo que pienso (y lo que, estoy seguro de ello, piensan todavía con más firmeza la mayor parte de la gente de nuestra Iglesia y de nuestro Estado) sobre el peligro de vernos dar la impresión de inclinarnos a un reconocimiento de lo que considero como una pretensión pontificia no justificada».

Que lord Halifax merezca esta confianza es cosa que se desprende también de su correspondencia con Mons. Gore que es el brazo derecho del arzobispo de Canterbury y que tiene más mérito en mostrar su sentimiento hacia lord Halifax por estar más alejado de compartir sus ideas y sus esperanzas. Creemos obrar bien al reproducir dos cartas de Mons. Gore, que revelan el fondo de su alma con la simple expresión de sus sentimientos hacia lord Halifax.

«Vos sois, le escribe el 24 de enero 23, un viejo y excelente amigo; me gusta y estimo vuestro carácter. Mas sabéis que hubo siempre entre nosotros grandes divergencias debidas a nuestros temperamentos, como pueden perdurar entre gente que está de acuerdo sobre la fe y la práctica católica, pero que son tales que convierten las discusiones en tan fútiles como desagradables. Mi deseo es trabajar por la Unión entre cristianos allá donde parezca posible. Veo una gran posibilidad de unión entre los protestantes de Escocia. La veo igualmente, en lo que a nosotros respecta, con los desdichados ortodoxos; y hago cuanto está en mi mano para realizarla. En cuanto a Roma, puedo entender que una pequeña sección de anglicanos se reconcilie con ella. Pero aquellos cuyos principio pudieran (a mi juicio) admitir esta reconciliación no me parecen desearla. Aunque tenga fe en la doctrina de Roma, detestan o temen su autoridad. Por lo que respecta a la masa de la Iglesia anglicana, me parece pura ceguera voluntaria pensar en la unión posible en la atmósfera actual. A propósito de la conferencia propuesta, no puedo imaginar nada mejor para su resultado que una simple declaración tal y como Figgis querría haberla hecho y como mi librito la expresará, en lo tocante a la manera como nosotros vemos a Roma, es decir como una evolución muy natural del cristianismo hacia un despotismo intelectual y moral. Baste con decir qué profunda debe ser la reforma antes de que una unión llegue a ser posible. Pienso que mi librito está a punto de publicarse. Está claro que no tengo la intención de retirarlo. Seamos amigos a pesar de nuestras divergencias».

P.S. –»Presumo que vuestra intención es de que lo conserve la encíclica pontificia; pero… os la devolveré si así lo deseáis. Pero, de hecho, he mandado que me la lean casi entera. El hecho de que el papado no haya elevado protestas inmediatas contra Alemania, en el momento de estallar la guerra contra el tratado de Versalles y contra Francia y, por encima de todo, su actitud con relación a los ortodoxos y el modo como se ha dejado llevar a facilitar el debilitamiento de la Iglesia ortodoxa y a la extirpación de la ortodoxia en Rusia  y en el Oriente Próximo, constituye para mí uno de los ejemplos más lamentables de fracaso que el mundo haya visto jamás, por parte de la iglesia más poderosa de la cristiandad».

La siguiente carta del 1º de abril de 1924 es más significativa todavía.

«Mi querido, muy amigo Halifax. En un buen gesto vuestro el haberos tomado tantas molestias, con una intrépida esperanza, para ponerme en el camino recto. Pero me temo que no esté en vuestro poder  hacerme caminar por la vía que indicáis. Hace 45 años, y más, que conozco los puntos, los diversos puntos en los que yo difiero de Liddon como de vos mismo. Debamos contentarnos con estar agradecidos por haber podido enterarnos sobre una amplitud de temas. Pero no creo que podamos ganar nada con discusiones. Sólo puedo aseguraros que he escrito con el deseo de conocer la verdad y de servir en lo posible los designios de Cristo. No es lo que os interesa de modo especial lo que me parece, a mí. Lo más interesante. Sabéis que no estoy dispuesto de ninguna manera a ignorar, o a tratar como desdeñables, las insuficiencias del anglicanismo. Pero ello no es razón para tomar sobre nosotros voluntariamente defectos que no tenemos. Decía que soy un obstáculo a loa reunión de los episcopados; es decir de las anglicanos con los romanos. Conocéis a un solo obispo anglicano que, persuadido como yo, podría ser conducido por este camino, sino después de un cambio radical en el dogma romano? Con toda seguridad, la esperanza más tenaz que pudierais alimentar sería, según vuestras propias expresiones, la formación de una Iglesia (Anexa) Uniata, que  comprendería todo lo más a algunos centenares de sacerdotes, a algunos miles de fieles. Qué significaría eso por la causa de la unión? Para mí, temo que nada constituye un obstáculo tan grande hoy en día al movimiento católico en la Iglesia inglesa tomada en su conjunto como las manifestaciones de aquellos que se han expresado en vuestra dirección. De nada sirve que discutamos o que nos peleemos. Lo que explica vuestra carta es sólo vuestra indomable y juvenil esperanza. Llevada al extremo».

Así que la elección fue muy complicada  para el arzobispo de Canterbury cuando se decidieron entre católicos y anglicanos aumentar el número de los interlocutores. Se sentía de una parte y de otra la necesidad de dar a las conversaciones un carácter más positivo, y un cariz más científico. El arzobispo de Canterbury puso los ojos en dos personalidades que merecían, por diversos títulos, atraer su atención: el Reverendo Kidd, rector  de Keble College y Mons. Gore.

El Reverendo Kidd no era solamente el rector de Keble College, sino también un especialista de la historia eclesiástica. Había dado un ejemplo de su conocimiento de la antigüedad escribiendo cuatro volúmenes sobre la historia antigua de la iglesia, hasta el final del concilio de Calcedonia. También había estudiado en particular la historia de la Reforma, pensaba dar un parecer competente sobre el concilio de Trento y la Iglesia moderna. Era muy considerado por su piedad y por sus principios eclesiásticos. Fue pues admitido con facilidad por el mundo eclesiástico anglicano al que se comunicó su nombre.

Sin embargo la mayor parte de los anglicanos de nota deseaban sobre todo la elección de Mons. Gore. Su reputación como hombre de ciencia era incontestable. Había tomado parte muy notable en la publicación de «Lux Mundi», y se había destacado por sus Ensayos teológicos e históricos. Era autor de obras considerables sobre la historia antigua de la Iglesia. Antiguo canónigo de Westminster, de Birmingham y de Oxford. Había dejado este último obispado para volver a ser estudiante». Tenía enfrente a una parte de la Alta Iglesia, habiendo mostrado convicciones por muy opuestas no sólo a las de lord Halifax (quien, eso sí, podía pasar por un extremista) sino a todo acercamiento con la iglesia romana. En 1922, durante el Adviento, había predicado tres sermones en los que exponía las quejas que tenía contra los anglicanos demasiado inclinados, según él, hacia Roma. Escribía al  arzobispo de Canterbury: «La tendencia manifestada por nuestra delegación en Malinas a hacer concesiones me parece, al parecer en la primera conferencia, y con seguridad en la segunda, más desastrosa y más peligrosa cada vez que pienso en ello».

Precisamente el arzobispo por su propia cuanta, acababa de exponer sus ideas en una hora particularmente interesante. Es esta.

«Los controversistas deben, a mi parecer, encontrarse ahora frente a frente en la plenitud de sus medios. Deben, además, temer el esquema general de algunas de las más vastas cuestione, a fin de descubrir si ellos no tropiezan con algún obstáculo grande e inquebrantable que, como tal, haría inútil y vana toda discusión sobre las posibilidades, comparativamente insignificantes, y ciertamente poco interesantes, de arreglos administrativos.

«Si quieren los representantes, la próxima vez donde se encuentren, ponerse a discutir en primer lugar lo que es más importante en sus pensamientos, las discusiones que han tenido lugar anteriormente podrán aparecer como plenamente fructuosas. Pero si debiera quedar en claro que ciertas grandes cuestiones doctrinales (o incluso algunas grandes cuestiones administrativas, como la pretensión de una autocracia pontificia indiscutible) sobre las que no sea posible ninguna modificación ni explicación, bien escaso es el provecho que yo veo en continuar discusiones condenadas al fracaso. Pues es preciso, por el lado anglicano, dejar claro y fuera de duda que los grandes principios en torno a los cuales gira la Reforma son todavía nuestros principios, fueran las que fueran las faltas y fallos por ambas partes, en el curso de las controversias del siglo XVI.

«Sería inelegante con respecto a nuestros amigos católicos romanos dejarles la menor duda en cuanto a nuestro partido sobre los grandes temas de controversia que tienen relación con los principios esenciales por los que hombres como Hooker, Andrews o Cosin lucharon. Aunque la terminología de entonces sea, sin duda, algo diferente de la de hoy. Lo que estos hombres sostuvieron nosotros lo sostenemos todavía; y creo que, de una forma o de otra, es indispensable ponerlo inmediatamente en claro.

«A mi parecer, sería bueno que, antes de dejar Inglaterra,  pudieran reunirse nuestros representantes, en Lambeth, por ejemplo; y que en una conferencia privada, con o sin la presencia de uno o dos arzobispos ingleses (quizás incluso de una o dos personalidades competentes), pudieran discutir lo que debe ser, en el estado actual del debate, el plan general que seguir en el curso de conferencias como las que van a tener lugar en Malinas».

Si los pensamientos íntimos de Mons. Gore coincidían con los del arzobispo de Canterbury, no dejaban de desagradar a ciertos miembros de la alta Iglesia. Mons. Frère, por ejemplo, escribe a lord Halifax, el 23 de enero del 23, con ocasión de una manifestación de Gore: «Es triste ver esta clase de desacuerdos entre nosotros. El escándalo de Gore ha debido abrir los ojos de la mayoría. No digo que eso le justifique. Le falta en efecto la comprensión que reconoce a Roma una voluntad creciente de mejorar su actitud como lo lleva haciendo estos tres últimos siglos. Nosotros les pedimos, en contrapartida, que vean cuánto hemos cambiado y cambiamos. Y es preciso que logremos que los nuestros vean de la misma manera. Es doloroso que Gore no camine en ese sentido, sino en sentido opuesto».

Nadie se extrañará de encontrar a lord Halifax entre los opositores de Mons. Gore, a la verdad, él conocerá, en su momento, los sentimientos más diversos. Le desautorizará con exceso escribiendo  al Sr. Portal: «Si hubierais leído el Cruch Times de esta semana, habríais visto cómo Gore enreda el asunto». Es preciso también que haya algo de verdad porque Mons. Frère le hace eco en la cartita que hemos reproducido. Pero lord Halifax continúa de esta forma: «Es preciso que los vuestros entiendan que Gore no tiene en el fondo mucha influencia entre nosotros, pero que se le presta cierta autoridad a causa de su saber y de su carácter personal». Poco a poco lord Halifax se da más cuenta dl valor del hombre; y llega hasta desear su presencia en Malinas,  por razón del aumento de autoridad que valdrá a la conferencia su intervención.

En cuanto al arzobispo de Canterbury, se siente tan inquieto por el resultado de la conversación, que desea recibir del cardenal Mercier una seguridad de que no se reconocerá al Soberano Pontífice un poder que exceda sus propias concepciones.

El cardenal le responde con una carta que Mons. Frère publicó por extractos en las «Recollections of Malines» (p. 668 74), como addendum secundum. La reproducimos aquí. Es una teoría del Papado.

«La sola lógica de nuestras conferencias, así como el deber de lealtad que se impone a todos sus miembros, los invitan a volver a examinar el  primado del obispo de Roma, sucesor de Pedro, que se define ahora por el concilio vaticano, como un dogma de fe católica. Nuestra tercera conferencia que, según vos y yo lo esperamos, se podrá celebrar pronto, y en cierto sentido a una escala más amplia, debería en consecuencia asumir la tarea de estudiar esta doctrina más a fondo, y debería dedicarse según vuestros deseos, a una vista precisa de su significación. Entre tanto, doy categoría de un deber profesional deciros lo que creo es la doctrina católica romana sobre este punto especial,  –punto sobre el que habéis tenido a bien preguntarme.

«Me preguntáis si el Primado concedido al Soberano Pontífice significa, o tiene por consecuencia el que, por derecho divino, solo el Papa es vicario de Cristo en la tierra, en el sentido de que, de él solo deriva, bien directamente, bien indirectamente, todo el poder legítimo de ejercer válidamente el ministerio eclesiástico; si, decís vos, el término de primado se entiende en el sentido de que el Papa ocupa jure divino la posición única y solemne de único vicario de Cristo en la tierra, de quien, como vicario de Cristo, debe venir, directa o indirectamente, el derecho de administrar válidamente en el interior de la Iglesia.

«Ciertamente el Romano Pontífice es en un sentido supremo Vicario de Cristo en la tierra, y la piedad de los fieles ha seguido concediéndole este título. Pero san Pablo declara que todos los apóstoles son  ministros de Cristo (sic nos existimet homo ut ministros Christi). La liturgia romana en el prefacio de la misa por los apóstoles llama a todos los apóstoles «vicarios designados por el Pastor eterno para la vigilancia moral de su obra (gregem tuum, Pastor eterne, non deseras, sed per beatos apostolos tuos continua protectione custodias, ut iisdem pastoribus gubernetur quos operis tui vicarios eidem contulisti praeesse pastores). Más aún, declaramos constantemente, en lo que concierne al simple sacerdote en el ejercicio de su ministerio, que es el representante de Cristo, un «otro Cristo» (sacerdos alter Christus). Si no ocupara el lugar de Cristo como «vices gerens Christi», «Vicarius Christi», cómo podría verdaderamente decir del cuerpo y de la sangra de N. –S. : Hoc est corpus meum; hic est calix sanguinis mei? Cómo podría, al perdonar los pecados, que sólo Dios puede absolver, decir: yo te absolvo? (Ego te absolvo) Por eso la aplicación corriente al Soberano Pontífice del nombre de Vicario de Cristo no implica que sólo el obispo de Roma posea poderes procedentes directamente de Cristo.

«Los poderes del obispo se relacionan: en parte con el cuerpo histórico de Nuestro Señor Jesucristo) lo que constituye el poder de orden), y en parte con su cuerpo místico)lo que constituye el poder de jurisdicción).

«Los poderes del orden, que son el de consagrar el cuerpo y la sangre de nuestro Salvador en la sagrada Eucaristía,  y el de conferir a otro la plenitud del sacerdocio, incluido el poder de transmitirle de manera que perpetúe la vida cristiana en la Iglesia, han sido comunicados por Cristo a todos los apóstoles. Permanecen en su plenitud a los obispos como sus sucesores; y ninguna autoridad humana puede poner obstáculos a su validez. Por ejemplo, no es bien sabido que la Iglesia de Roma reconoce la validez que continúa existiendo en las órdenes y en los sacramentos de la Iglesia ortodoxa Oriental, aunque haga mil años que se haya sustraído al Primado de Roma?

«En cuanto al poder de jurisdicción, se trata dl poder de gobernar la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Pertenece por derecho divino al episcopado, es decir a los obispos, sucesores de los apóstoles, en unión con el Soberano Pontífice. El episcopado, en tanto que institución gubernamental, es también de derecho divino; es ordinario e inmediato en los límites de la diócesis asignada al obispo por el Soberano Pontífice.

«La paz y la unidad de la sociedad cristiana requieren en efecto que a la cabeza del gobierno de la iglesia haya una autoridad suprema, la cual, a su vez, es también ordinaria e inmediata sobre toda la iglesia, sobre los fieles y sus pastores.

«A esta autoridad suprema pertenece la prerrogativa de asignar a cada obispo la parte del rebaño cristiano a la que es llamado a gobernar en unión con el Pontífice romano y bajo su autoridad.

«El poder de jurisdicción del obispo sobre su rebaño es de derecho divino; pero cuando los teólogos plantean la cuestión de saber cómo interpretar este origen divino sus opiniones no son unánimes. Unos piensan que este poder de jurisdicción viene inmediatamente de Dios, como el poder de orden. En este modo de ver, desde el momento que el Papa nombra al obispo y le asigna sus súbditos, su jurisdicción sobre ellos proviene de Dios, sin intervención humana. Esta opinión según Benedicto XIV se apoya en argumentos (válidos), (validis fulcitur argumentis). –Pero Benedicto XIV que existe también una opinión contraria, según la cual la jurisdicción viene de Cristo como causa principal, pero que es transmitida al obispo por el Pontífice romano, actuando de intermediario. En esta segunda opinión la consagración episcopal confiere al obispo la aptitud para recibir la jurisdicción; pero la jurisdicción «actual», no la tiene en su plenitud más que en virtud de un mandato del Soberano Pontífice. Esta segunda opinión, dice Benedicto XIV, parece tener a favor los mejores argumentos de razón y de autoridad. (Rationi et auctoritati conformior videtur sententia).)

«Ninguna decisión anterior, que requiera una aceptación universal, ha puesto nunca término a la controversia. El Codex Juris Canonici, publicado por Benedicto XIV, que tiene plena autoridad en la Iglesia católica, no la regula tampoco. Resume en los términos siguientes la doctrina general de la Iglesia romana sobre el episcopado. «Episcopi sunt Apostolorum succesores, atque ex divina institutione peculiaribus ecclesiis praeficiuntur, quas cum potestate ordinaria regunt sub auctoritate Romani Pontificis».  –Según los Padres del concilio Vaticano, este poder universal del Soberano Pontífice no se ha de considerar por los obispos como una amenaza o peligro. Es, al contrario, un apoyo, una fuerza y una protección de la autoridad que ejerce el obispo sobre sus fieles. (Tantum abest ut haec Summi Pontificis potestas officiat ordinariae ac immediatae illi episcopalis jurisdictionis potestati, qui positi a Spiritu Sancto in Apostolorum locum successerunt, tamquam veri pastores assignatas sibi greges singuli singulas pascunt et regunt, ut eadem a supremo et universali Pastore asseratur, roboretur et vindicetur.) Más de una vez en mi carrera episcopal la experiencia ha confirmado la verdad de esta declaración del concilio.

«Pero no me ha llegado el tiempo para que me extienda más sobre esta cuestión. Debo limitarme a responder a la cuestión sobre la que vuestra estimada carta ha llamando pro ahora mi atención. La conferencia que gracias a Dios va (así lo esperamos) a reanudarse pronto tendrá que determinar con más detalle esta cuestión de la supremacía del papa, que se adelanta a todas las demás cuestiones importantes, tanto cristianas como sociales.)

El arzobispo de Canterbury, tranquilizado por esta carta del cardenal Mercier, había acabado de fijar la elección de Mons. Gore, de quien se ha podido escribir: «Él se ha esforzado (el Reverendo Davidson) en anunciar lo que podría parecerse a un acuerdo escénico al elegir al doctor Gore, quien entre los anglocatólicos el más resueltamente anti-romano».

Gore, por su parte, respondió al arzobispo, a propósito de su invitación: «Con el fin de que conservéis durante el mayor tiempo posible vuestra actitud actual con un vigor mental real, creo que es de tal importancia el que os veáis libre de toda inquietud, general o parcial, que si estimáis seriamente que os conviniera unirme al grupo de Malinas, voy a consentir sin duda acudir a él.

Los católicos debían igualmente completar su número eligiendo a dos interlocutores. El Sr. Portal en una de sus cartas señala una preferencia por el P. Mac Nabb, dominico de Dowerside, favorable a las conversiones colectivas,  y añade: «Querría que los Dominicos se interesaran en el asunto». Pero el P. Mac Nabb recibió de sus superiores la prohibición de no escribir nada sobre las conferencias en curso.

El Sr. Portal propuso al abate Hemmer, por razón de sus estudios de patrística y de su conocimiento general de la historia de la iglesia, que había enseñado durante catorce años en la Clase de las jóvenes del Instituto Católico de París. Fue aceptado a la primera por el cardenal.

Este, a su vez, se inclinaba por la persona de Mons. Battifol. Este antiguo rector del Instituto Católico de Toulouse era entonces conocido por varios volúmenes sobre la Historia de la Iglesia: La Iglesia naciente y el catolicismo, La paz constantiniana, El catolicismo de san Agustín, La sede apostólica (359-451), estudios de Historia y teología positiva, etc. Además, había llamado la atención de los anglicanos por una controversia con Mons. Gore. Estos estudios aparecieron en la «Revue des Jeunes», se publicaron después de las conversaciones de Malinas bajo el título de Catolicismo y Papado. Era un hombre de gran valer u digno de oponerse al doctor Armitage Robinson y al obispo Mons. Gore. Fue pues invitado por Mons. Mercier, quien completó de esta manera el número de los interlocutores católicos.

A lo largo de esta investigación, el Sr. Portal y  lord Halifax intercambiaron cartas que arrojan una luz sobre los motivos que habían inspirado al arzobispo de Malinas. El Sr. Portal escribe a lord Halifax que sigue escéptico con respecto a la pretendida conversión a favor de la obra de Malinas de los cardenales Billot y Merry del Val. Si se han vuelto  favorables a las conversiones colectivas, lo que han de hacer es tomar la palabra en los diarios ingleses para explicar a los católicos su cambio de parecer. Por su parte, lord Halifax escribe al Sr. Portal: «Por el momento, lo único que se puede hacer es insistir al P. Walker y algunos otros para que expresen su opinión en la prensa católica. En cuanto a nosotros sólo nos queda seguir estrechamente unidos al cardenal Mercier. Su honestidad a toda prueba, su caridad sin límite, su deseo ardiente de asegurar un resultado favorable a nuestros intentos, son pruebas y garantías que no serán estimadas lo suficiente».

Tercera conversación

La tercera conversación se celebró en Malinas los 7 y 8 de noviembre de 1923. Por ambas partes los participantes en la reunión eran más numerosos Por parte católica, el cardenal había invitado a Mons. Batiffol, canónigo de N.–S. De París, y al abate Hemmer, por entonces párroco de Saint-Mandé, más tarde de la Sainte-Trinité, en París. El arzobispo de Canterbury, por su lado, había rogado que se uniera a los miembros anglicanos de las conversaciones al doctor Gore, obispo de Oxford, y al doctor Kidd, de Keble College en Oxford.

La importancia de este nuevo encuentro queda subrayada  por el hecho de que el doctor Dandalt Davidson, arzobispo de Canterbury, dirigió a los obispos en comunión con él una carta, con fecha del año 1923, en la que hacía alusión a las conversaciones de Malinas. Declaraba que seguía con interés las conversaciones, sin por ello comprometer su responsabilidad; que esperaba de estos encuentros un feliz resultado.

El gran capítulo de esta conversación fue el informe del doctor Robinson sobre la posición de san  Pedro según el Nuevo Testamento. He aquí lo esencial de su argumentación. San Pablo escribe a los Efesios, al enumerar los miembros y las funciones de la Iglesia: Cristo,  los apóstoles. Los profetas. No habla de san Pedro, de quien dependería la unidad de la Iglesia terrestre. Lo mismo en la epístola a los Gálatas: san Pedro y san Pablo tienen la misma talla, uno entre los circuncisos, el otro  entre las naciones. Los Hechos de los apóstoles muestran a san Pedro y a san Pablo igualmente preeminentes, aunque san Pedro lleve a cabo actos particulares, pero sin una autoridad general para dirigir la Iglesia. San Pedro se encuentra a menudo enumerado con Santiago y san Juan, sin otra preeminencia particular. Se puede considerar la triple pregunta referida por san Juan (Pedro, me amas?) como una obligación de apacentar las ovejas, impuesta a san Pedro en razón de su triple negación. Por fin, en el evangelio de Mateo, san Pedro ocupa sin duda un lugar destacado en el funcionamiento de la Iglesia; pero este evangelio es el único que refiere este texto tan grave: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Si san Pablo lo conoció, no vio en él la creación de una autoridad exclusiva.

El decana anglicano que san Pedro actúa a menudo como portavoz y como «leader» de los apóstoles.

El 8 de noviembre por la tarde, Mons. Batiffol leyó su respuesta. San Pablo en su epístola a los Efesios describe la unidad de la Iglesia entre  cristianos venidos del judaísmo y venidos de la gentilidad: no describe la unidad de la Iglesia en su funcionamiento.  –en la epístola a los Gálatas, san Pablo no habla de Santiago y de Juan a propósito de los circuncisos, cuya evangelización le está confiada.  –El Sr. Robinson no dice una palabra sobre el papel de san Pedro según la primera epístola a los Corintios. Tampoco es justo respecto de los Hechos de los apóstoles, en donde sin duda el término técnico de autoridad suprema no se pronuncia, pero donde Pedro actúa como verdadero jefe de la Iglesia. Pedro es nombrado como un personaje de primer plano, tanto en el Nuevo Testamento como en la tradición posterior. El Sr. Loisy es aquí más amplio que el decano Robinson. «La autoridad fundamental de los apóstoles no excluye ya la autoridad propia de Pedro, como las autoridad de Pedro no excluye la de los apóstoles».

En el resumen anglicano leído por el Reverendo Frère, se ha de concluir del Nuevo Testamento que Pedro es considerado como «leader» de los apóstoles porque era tratado como tal por Nuestro Señor; pero su «liderazgo» no implica ninguna jurisdicción.

Al contrario, los católicos afirman que la voluntad de Jesús, confiando un servicio propio a san Pedro, se manifiesta en los hechos como en el evangelio, donde Pedro es considerado como «fundamento de la Iglesia y principio de unidad». El concilio Vaticano se ajustó a los hechos de jurisdicción universal concedido a san Pedro.

El 9 de noviembre, el Reverendo Kidd leyó un informe sobre el lugar de san Pedro en la tradición consignada en el Decretum Gelasienum. Según san Ireneo, la Iglesia romana fue fundada por Pedro y Pablo, y su obispo ocupa la única sede apostólica de Occidente. Tiene, además, un primado entre todos los obispos de la cristiandad, tanto que no existe unión posible fuera de él

Mons. Batiffol demuestra entonces que, desde el siglo segundo, la iglesia de Roma se revela como fundamento de toda la iglesia. La «Sede romana» se atribuye por Tertuliano a san Pedro únicamente; también desde esta época no existe catolicismo auténtico sin primado del obispo de Roma. El Reverendo Kidd lee su segundo informe por la tarde. Trata del rechazo por la reforma de todo primado romano en el gobierno temporal y espiritual de la iglesia. Si existe otro primado, emana de un poder constitucional, y no autocrático.

El abate Hemmer no refuta estos textos modernos, que nada contienen sobre la misión del Papa; pero insiste a propósito de este tercer primado, sobre las relaciones del Papa y os obispos, de las que tratará en un trabajo especial reservado a la Cuarta Conferencia.

El decano Armitege Robinson excluye por completo la idea de una jurisdicción universal. Concedería al Papa una superintendencia general, que comportara un primado de deberes,  o sea un «liderazgo espiritual».

Gore no acepta esta expresión de superintendencia espiritual; prefiere la de «spiritual responsibility».

La tercera de esta tercera conferencia se destacó por el hecho de que el doctor Randalt Davidson, arzobispo de Canterbury, dirigió a los obispos en comunión con él esta carta de la que hemos hablado en la que hacía alusión a las conversaciones de Malinas. El pasaje discreto de esta carta suscitó una emoción considerable en el mundo religioso, y numerosos comentarios, en diversos sentidos, aparecieron en la prensa anglicana y católica.

Una colaboración de Roma en el Times, con fecha del 2 de enero de 1924, pretendía, por ejemplo, que el Vaticano no había conocido ni animado nunca las conversaciones y que los Belgas y los Franceses no estaban cualificados para una misión semejante. Sin duda es esta correspondencia la que inspiró al Echo de París un artículo lleno de reservas sobre las conversaciones. Los órganos de los católicos ingleses «Universe»  y  «Tablet» dieron cabida a estos rumores pesimistas. Aunque Roma no se conmovió por estos «movimientos diversos, el cardenal Mercier creyó necesario afirmar públicamente le responsabilidad que asumía, al reunir en su palacio episcopal a miembros de la Iglesia anglicana   y a teólogos católicos. Lo hizo en una carta admirable dirigida a su clero, y publicada en París en la editorial de la «Revue des Jeunes». Allí, después de hacer el relato de las reuniones de Malinas, decía el porqué. Pero con señales claras de que comenzaba asentirse seriamente fatigado.

El Sr. Portal tuvo con todo la ocasión de hacerle dos visitas ese año: una en la que fue solo, el 19 de junio, día del Corpus Christi, la otra a finales de noviembre, acompañado de lord Halifax. El cardenal Mercier había anunciado al Sr. Portal una visita en París, con motivo de su viaje a Roma, en diciembre, con el deseo de bajar a casa de su amigo, al 14 de la calle Grenelle; un cambio en los horarios de tren no permitió este encuentro.

Durante este año de espera. El Sr. Portal no estuvo inactivo. Fuera del contacto seguido que mantuvo con sus amigos, y los intercambios de ideas que provocaron tanto los proyectos como las reacciones de la prensa, llena de curiosidad, el Sr. Portal se cuidaba de que «ninguno de nuestros hermanos separados se sienta autorizado a decir que llamó con confianza a la puerta de un obispo católico romano, y que este obispo se negó a abrirle».

Justificaba también el espíritu de las «conversaciones» con aquellos que no dudaban en censurar una política de reunión colectiva.

Juzgáis que vamos por mal camino para resolver esta situación; nuestro método de trabajo, según vosotros, es equivocado; la experiencia os ha enseñado, decís, que es menester renunciar a trabajar sobre colectividades, que hay que apuntar sólo a los individuos. Pero con qué derecho ponéis límites a la acción de la divina misericordia? Trabajad lo que podáis con los individuos, iluminad con todas vuestras fuerzas a cada una de las almas que Dios  pone en vuestro camino; bien, nadie podría censuraros por ello. Pero qué os autoriza a prescindir de las Colectividades? Vuestro Exclusivismo es el que es condenable.

Recordaba las llamadas memorables de León XIII «ad Anglos», es decir al conjunto del pueblo inglés,  y terminaba con una elevación sobre la naturaleza del esfuerzo de apostolado, «esfuerzo lento y paciente, por el que se muere sin haber visto el fruto, y cuyo éxito depende de la bendición de Dios».

No os preocupéis por el éxito. Dios no lo exige de vosotros. Lo que os pide, dice san Bernardo, es el cuidado de los enfermos. Él se reserva la curación, Curam exigeris, non curationem.

El año de 1924 fue el año jubilar del cardenal Mercier. Los amigos y los discípulos del cardenal participaron de la alegría, y el Sr. Portal tuvo la ocasión de unirse a las felicitaciones de grandes y pequeños, tanto en nombre de los miembros de las «conversaciones» como en el de los Normalistas. A su regreso, trató ante todo de que se hiciera oración por la obra emprendida. Sabía que es Dios quien da a los esfuerzos su fecundidad. Nunca en su obra de misionero de la Unión se olvidó de pedir súplicas para sostener el trabajo de los apóstoles: Gracias a él, la novena de Pentecostés, instituida por León XIII (encíclica Divinum illud munus), se celebró siempre con esplendor en la piadosa capilla de los Lazaristas, de la calle Sèvres, junto al cuerpo de san Vicente de Paúl. El abate Calvet, el abate Quénet, el abate Hemmer, el abate Dujardin, el Padre Marie Dieux se sucedieron en la cátedra de la casa San Lázaro, y en ella dieron lecciones de ciencia y de caridad, en su mayor parte recogidas en preciosos fascículos. El Sr. Portal hubiese deseado más aún. Habría querido que renaciera ese gran movimiento de oración a favor de la catolización de Inglaterra, de la Ignacio Spenser fue el alma en la época en que Oxford recobraba la tradición católica. Escribió dos artículos titulados: «Una cruzada de oraciones» y el «Movimiento de Oxford», que aparecieron en la Revue des Jeunes del 25 de enero y del 10 de febrero de 1925. Fueron luego recogidos en fascículo. Habría querido que este pequeño trabajo despertara la piedad de los fieles y en particular que se llegara (según el propio deseo de Spenser) a escoger el jueves como día de oraciones, comuniones, misas y otros ejercicios de piedad por la Unión de las Iglesias.

El año 1925 debía contar con dos cartas pastorales sobre la Unión de las Iglesias: una de Mons. Chollet, arzobispo de Cambray, otra de Mons. Ricard, obispo auxiliar de Niza.

Por parte de los no católicos se podía registrar también una llamada a la oración del obispo de Truro, el doctor Frère, y una serie de meditaciones para la octava de Pentecostés, publicada por el «Year conference of faith and order». El Sr. Portal, en un bonito «Senex» de la Revue des Jeunes, titulado las «Campanas de leure», cantaba su íntimo gozo por este renacimiento de súplicas (18 de julio de 1925).

Cuarta conversación

La cuarta conversación tuvo lugar en Malinas los 19 y 20 de mayo de 1925.

Mons. Van Roey leyó un informe sobre los poderes del Papa y del episcopado bajo su aspecto teológico, Distinguía cuidadosamente las verdades de fe, definidas, las verdades teológicas cierta y los puntos discutidos. Esa un buen resumen de la enseñanza católica sobre las relaciones entre el episcopado y el Soberano Pontífice, y sobre la infalibilidad en materia de doctrina.

El Reverendo Gore, en una discusión subsiguiente, observó que le informe exponía muy exactamente la teoría del episcopado, pero que  prácticamente el poder de los obispos estaba actualmente muy reducido por el del Papa. Correspondió al cardenal responder que la intervención del Papa nunca había puesto trabas a su administración episcopal, durante dieciocho años.

El abate Hemmer hizo observar a Mons. Gore y a Mons. Batiffol, que citaban el derecho canónico, que una función esencial de la Santa Sede era obrar con precaución en todas las circunstancias extraordinarias, y que a pesar de ello el respeto por los «sagrado cánones» no debe impedir al Papa obrar de una manera suprema es decir en caso de necesidad. Se trataba también de oponerse a la tesis del Reverendo Kidd, el cual, en una reunión precedente, no consentía en reconocer al Papa más que una supremacía constitucional, excluyendo todo primado autocrático.

Los anglicanos reconocen todos cierto primado de la Sede apostólica, en nombre del veredicto de la Historia; pero ellos no incorporan este primado a la constitución divina de la Iglesia, lo consideran como un  producto accidental de las circunstancias. El curso de los acontecimientos ha formado un derecho eclesiástico que se opone al derecho devino. Habiendo definido la Iglesia de Roma una verdad dogmática, como la de la Inmaculada Concepción y la de la infalibilidad pontificia, no puede consentir «salvo jure communionis»  que se pueda pensar de otra manera.

Por la tarde del 19 de mayo, el abate Hemmer dio lectura a su informe sobre las relaciones entre el poder pontifico y el poder episcopal en el correr de los siglos. Es un resumen de la Historia de la Iglesia en el que el autor pone de relieve las intervenciones de los obispos de Roma. Es imposible señalar el momento histórico «en que el obispo de Roma habría sido investido de una autoridad nueva, insospechada anteriormente, y nacida tan sólo de la fuerte voluntad de un usurpador, o del consentimiento de una asamblea». Son las necesidades del tiempo las que imponen variaciones en el gobierno de la Iglesia. Modificaciones en las relaciones entre el Papa y los obispos se introdujeron  bajo la inspiración de Dios en el curso de los siglos.

El Revendo Gore reconoció el carácter providencial de muchas intervenciones romanas; pero, según él, la Santa Sede dejó perderse elementos críticos y democráticos, conservados por las Iglesias anglicana, ortodoxa y protestante. Al día siguiente, 20 de mayo, el cardenal sorprendió a todos los asistentes con la lectura de un informe, que tenía por objeto un patriarcado unido, pero, autónomo. El autor, de quien se decía que era un canonista, era (se supo más tarde) el benedictino dom Lambert Beauduin. Afirmaba que, por derecho divino, todos los obispos son iguales, con excepción del sucesor de Pedro, pero que, por derecho eclesiástico, hay una jerarquía de patriarcas: primados, arzobispos, metropolitanos, etc… Su pensamiento es que el arzobispo de Canterbury tenía una situación parecida a la de los patriarcas, pero que su subordinación a la Santa Sede era tan completa que su iglesia había acabado por ser «la más romana funcional y fielmente de toda la cristiandad». Haciendo luego una aplicación de la idea uniata contenida en la noción de los patriarcas orientales, preconiza entre la Iglesia romana y la iglesia de Inglaterra una asociación que permite llamarlas «unidas», pero no absorbidas. El arzobispo de Canterbury, dice, sería restablecido en sus derechos tradicionales y efectivos de patriarca de la Iglesia anglicana. La organización de esta iglesia estaría calcada en la de las iglesias orientales, con derecho canónico y liturgia propios. El autor lleva sus observaciones hasta proponer para el patriarca anglicano la procedencia sobre los cardenales, salvo quizás los cardenales obispos.

Los anglicanos consideraban que un informe de tal importancia no se  podía discutir por ellos acto seguido; y los católicos sorprendidos por la lectura de un informe que son se les había comunicado de antemano, demandaron y obtuvieron que no fuera tenido como un documento de las «conversaciones de Malinas». Cuando más tarde lord Halifax tomó a su cargo publicar este informe al mismo tiempo que el relato de las conferencias, no sólo los otros miembros anglicanos elevaron una protesta, sino que Mons. Van Roey, entonces cardenal de Malinas, escribió que » los católicos no dejaron de mostrar sus reservas», y que «este informe no formaría parte de los documentos relativos a las conversaciones.

El doctor Gore leyó un primer relato, que fue publicado por primera vez por Frère en las recollections of Malines: addendum VII, p. 110-119. Partiendo de un texto de san Cipriano, pregunta si los anglicanos y los católicos pueden diferir en doctrinas entre ellos sin romper la unidad entre las Iglesias. Él querría que toda doctrina que no se ha creído siempre en substancia por la Iglesia no forme parte de la fe exigida. «Es del todo imposible, se pregunta, que, para una reconciliación general con la comunión ortodoxa   y la comunión anglicana, la Iglesia romana se contente con exigir únicamente la aceptación de los artículos de fe que caen bajo la regla de san Vicente de Leríns, (quod ubique, quod semper), es decir de las doctrinas fundamentales?».

En la siguiente sesión, Mons. Batiffol separó la distinción protestante entre los artículos dichos «fundamentales» y los otros. Siguió una larga discusión sobre las verdades formalmente o virtualmente implícitas, más o menos deducidas  por vía de inferencia. Los concilios reconocidos por todos como ecuménicos han definido a veces artículos de los que no se puede decir que se hayan librado siempre de una evolución real.

El congreso de Albert-Hall.  La semana de la Unión

En el congreso de Albert-Hall, celebrado el 9 de julio de 1925, lord Halifax pronunció un discurso que sólo le comprometía a él, pero que, pronunciado ente el grupo selecto de la Iglesia de Inglaterra, proclamaba su fe en la obra que fue la de su vida. Reconoce un primado pontificio «divina providencia».

«En lo que concierne a nuestras relaciones con Roma, decía, es necesario acordarnos de que la autoridad del Papa (según la enseñanza romana es un poder separado del episcopado. Pero cuando el Papa actúa en unión completa con el episcopado, debe ser considerado como el centro y el símbolo de la Unidad, como investido, en virtud de sus funciones, de la autoridad apostólica sobre la iglesia visible a través del mundo, encargado del cuidado de esta misma Iglesia universal, Por ello es bueno acordarnos… de que nuestra unión con roma es quimérica, si no estamos prontos a conceder un primado dado por la Providencia misma a la Santa Sede, si no admitimos la reivindicación del Papa a ocupar, frente al episcopado entero, una posición tal que ningún otro obispo se atrevería a pretender. Es una cuestión que debemos encarar con todo lo que lleve consigo.

El cardenal, en una carta al Sr. Portal del 20 de julio de 1925, no podía menos de escribir: «qué admirable es este querido Halifax! A su edad una iniciativa como la de Albert-Hall es hermosísima! Tengo la firme confianza de que el buen Dios bendecirá un valor semejante, ya que sólo la fe puede inspirarlo».

Al entusiasmo de la causa de la Unión en Inglaterra pronto respondió un impulso caluroso en el continente. Del 10 al 26 de setiembre de 1925, tuvo lugar en Bruselas una brillante semana de la Unión de las iglesias, en la que tomaron la palabra Mons. Izeptycsky, los PP. De la Taille y Tyszkiewcz, s.j., Maniglier O.A.A.; dom Lambert Beauduin, Benedictinos de la Unión. El cardenal Mercier pronunció el discurso de clausura que tituló «De la unión de las Iglesias», y en el que insistía sobre los dos esfuerzos esenciales a un acercamiento de los cristianos, esfuerzo de simpatía y esfuerzo de oración.

También el Sr. Portal tomó la palabra en este memorable congreso. Relató con admirable serenidad los sucesos, a la vez tan gloriosos y tan dolorosos para él, en los que se vio mezclado de 1893 a 1896; citó profusamente al cardenal Wiseman, concluyendo con estas líneas:

Trabajaremos y sucumbiremos con nuestros hermanos. Combatiendo y rezaremos con la Iglesia de Dios, y con toda tranquilidad, Nuestro camino no puede ser ni más difícil no más desalentador que el de los apóstoles. No puede ser más espinoso que el de Nuestro Señor: «El discípulo no  está por encima del Maestro».

Y el Sr. Portal a seguir con su tarea de apóstol. El 19 de noviembre se hallaba en Lovaina con lord Halifax para hablar a la juventud belga de la Unión, más en particular de la Unión de las Iglesias. Definía con más claridad que nunca el modo como él entendía que un cristiano debía trabajar en la reconciliación de sus hermanos separados.

La Unión de la Iglesia no puede lograrse más que por verdaderos apóstoles, es decir por hombres de fe que empleen ante todo medios sobrenaturales: la oración, fuente de las gracias; la caridad, que da la comprensión de las almas, incluso de aquellas de las que estamos separados; la humildad, que nos hace confesar nuestros defectos y nuestras faltas. Somos todos culpables para con la Iglesia, hecho cierto que deberíamos reconocer. Estos son los elementos esenciales de toda acción a favor de la Unión. La política y los políticos nada tienen que ver en este asunto. La ciencia es incapaz, y mezclase en ello como diletante sería una especie de sacrilegio. Preciso es pues que los obreros de la Unión estén dispuestos a trabajar y a sufrir…

Pero añadía que, para llevar a cabo esta ardua tarea, se podía  disponer de un poder particularmente eficaz en la amistad.

A aquellos de hoy, como a los de mañana, séame permitido decir que existe un medio de centuplicar sus fuerzas, un medio muy profundamente humano, pero que no excluye el divino, que la gracia ennoblece como todo cuanto roca en nuestra naturaleza. Quiero hablar de la amistad. Un amigo, un verdadero amigo, es un don de Dios, aunque no se mire más que la dulzura de estar unidos en las alegrías como en las penas. Pero si encontramos un alma que corresponde a nuestras aspiraciones más elevadas, que considera como el ideal de su vida trabajar por la Iglesia, es decir por Jesucristo, Nuestro Maestro, la unión se hace en lo que tenemos  más profundo. Y si tenemos que estos dos cristianos están separados, que pertenecen a Iglesias diferentes, pero que quieren con todas sus fuerzas hacer caer las barreras, y para eso se entienden  en la acción… qué poder no tendrán?

Y para convencer a su auditorio de esta verdad, el Sr. Portal presentaba dos ejemplos notables: el de la amistad de Enrique Lorin y de Wladimir Soloviev, quien contribuyó a darnos «La Rusia universal». Y el de su propia intimidad con lord Halifax.

Esta conferencia puede considerarse como el testamento espiritual del Sr. Portal. Al declinar de su vida, arroja una mirada de conjunto sobre su orea de apostolado y, desde Madera a Malinas pasando por Roma, se da cuenta de que su obra es una, que una sola fuerza la ha animado: el amor de Nuestro Señor en su Iglesia. En todo lugar y siempre no ha empleado más que un arma, la simpatía que le fue revelada por las dulzuras de una inmensa amistad. Y ahora, esta fórmula de acción  que vivió durante un largo periodo de existencia en el que las tristezas penetrantes  ocuparon el mayor lugar, se la confía a los futuros apóstoles de la Unión.

Cierto que no se trata, decía con frecuencia, no mucho menos de caer  en una «comprensividad» doctrinal donde se respetarían las ilusiones o los errores bajo pretexto de que hay gente que se alimentan de ello y que después de todo es «su verdad». Ni por un solo instante de su vida pensó que «la » verdad podía hallarse fuera de la enseñanza de la Iglesia católica, apostólica y romana. Pero había comprendido admirablemente las palabras del apóstol: hacerse griego con los Griegos, y judío con los Judíos, lo que viene a decir: penetrar con toda clarividencia que da el afecto en el alma de los que están separados de nosotros, y entonces buscar y descubrir con gozo todas la creencias y todas las generosidades que están en el sentido de la vida católica. Luego, con piedad profunda y espíritu lleno de oración, inclinarse sobre estos gérmenes para orientar su crecimiento hacia la luz total.

Considerando su obra como operario concienzudo, él la juzgaba buena y conducente a acelerar el advenimiento del Reino. Asimismo con toda seguridad comprometía a los jóvenes en el camino por donde él había caminado. La conclusión de su discurso lo decía.

Tened confianza, jóvenes; abordáis la vida en una época que verá grandes cosas, en el mundo religioso sobre todo. En particular veréis sin duda la unión de la Iglesia de Inglaterra y de Roma. Permitidme pediros un recuerdo ese día por los dos amigos que trabajaron y sufrieron algo para que vosotros pudierais cosechar.

Muerte del cardenal Mercier

Las postrimerías del año 1925 se vieron ensombrecidas por la enfermedad del cardenal Mercier, cuya vida se apagaría el 23 de enero de 1926.

Los miembros de las conversaciones siguieron con dolor el progreso del mal; y cuando se supo que la agonía se acercaba lord Halifax y el Sr. Portal se dirigieron para una última visita y peregrinación al lado del gran cardenal.

Pero estas últimas escenas han sido descritas tan bien por Carlos Mercier que no podemos por menos de reproducir el proceso verbal emocionante que ha redactado de ellas este sobrino del moribundo. «De todas las visitas que recibió el santo arzobispo, las de lord Halifax  y de su amigo íntimo, el abate portal (estos dos servidores de la gran causa de la Unión de las iglesias, fueron ciertamente las más agradables a su corazón de apóstol. Movido por un sentimiento de santo ardor,  el abate Portal se apresuró a dirigirse a la clínica, figurándose que su venerable amigo haría lo mismo. Se le adelantó un día, y tuvo con el cardenal una primera entrevista (19 de enero).

El encuentro giró en torno al porvenir de las conversaciones de Malinas. El ilustre prelado hizo públicas las últimas disposiciones en previsión de su muerte; dio algunas directrices y preciosos consejos. «Al día siguiente Su Eminencia hacía saber: ‘que se sentiría muy feliz si lord Halifax y su amigo querían hacerle la gracia de asistir a la santa misa que se celebraría en su aposento el jueves 21 a las 7.

«Lord Halifax, profundamente emocionado aceptó con gratitud. A la hora fijada el noble anciano y su fiel amigo se encaminaron hacia la clínica de la calle des Cendres. Lord Halifax pasa el primero a la habitación, se santigua y besa la mano que le tiende el cardenal.

En esto el canónigo Dessain se acercó para celebrar la Misa.

«Era la fiesta de santa Inés. Al Agnus Dei, el venerado enfermo se revistió de la estola, símbolo de las virtudes pastorales, para recibir la sagrada comunión, la última antes de su muerte. Y mientras que a ejemplo de su divino Maestro, este buen pastor ofrecía su vida  pro todas las ovejas, un ilustre representante de la Iglesia anglicana, hundido en la oración, se unía enteramente a esta comunión de los fieles en Jesucristo.

«Terminada la misa, después de la recitación en común de las letanías de la santísima Virgen, los piadosos visitantes quisieron dejar al enfermo en su acción de gracias. Este se dio cuenta, y enderezándose, abrió los brazos a lord Halifax. Los dos apóstoles de la Unión se estrecharon en silencio.

«Las supremas conversaciones de Malinas se tuvieron este 21 de enero. Los médicos insistían para que suspendieran las audiencias; todo esfuerzo prolongado podía ser de consecuencias fatales. ‘Qué importa? Respondió el cardenal; es preciso».

«Se celebró un primer encuentro hacia las 10. Se recordaron los resultados obtenidos en el curso de las reuniones precedentes, y sin más se pasó a pronosticar su futuro.

«Su Eminencia habló durante 20 minutos, con voz alta y clara, visiblemente preocupado en comunicar todo su pensamiento a su noble interlocutor.

«Lord Halifax y el Sr. Portal se retiraron luego para dejar descansar al venerable enfermo. Este tiempo se aprovechó para redactar ciertas proposiciones, sobre las que hubo pleno acuerdo en el segundo encuentro. El cardenal admiraba a todos por la claridad y la vivacidad de su inteligencia. La serenidad de su alma daba la impresión de lo divino.

«Al terminar esta conversación quiso manifestar al magnánimo arzobispo de Canterbury toda su gratitud por los nobles sentimientos en su nombre por su amigo común. ‘Ut unum sint!’ es el deseo supremo de Cristo, es el deseo del Soberano Pontífice, es el mío, es también el vuestro. Ojalá se pueda realizar en su plenitud!

«La carta de la que se ha tomado este pasaje fue dictada por Su Eminencia a su secretario dos días antes de su muerte. Por la tarde, quiso todavía modificar una frase, la citó de memoria, cambiándole dos palabras para precisar más su pensamiento.

«Después se produjo el último adiós. El cardenal invita al santo anciano a sentarse junto a su cabecera; le toma las dos manos y las retiene en las suyas. Hacia el final de este coloquio íntimo, ya se ha quitado  de su dedo el anillo pastoral, y enseñándolo a su amigo: ‘veis este anillo? Lleva grabados a san Désiré y a san José, mis patrones, y a san Rombaut, patrón de nuestra metrópoli. Me lo dio mi familia cuando fui nombrado obispo. Lo he llevado siempre, aunque tuviera otros. Bueno! Si llego a desaparecer, os ruego que lo recibáis,’ Y como el venerable lord iniciaba un gesto, temblando de emoción: «Sí, sí, sí, dijo el abate Portal, apóstol de la Unión, para vos y para Eduardo!».

«El ilustre prelado bendijo por última vez a lord Halifax y a su familia; bendijo al abate Portal y a sus amigos de París. Después, asociando en un mismo sentimiento al sirviente y al dueño: ‘Y James? (el fiel ayuda de cámara de lord Halifax), dónde está James?’ Y mandaron subir a james para recibir una última bendición».

La continuación del relato la tomaremos de una carta que el Sr. Portal mismo redactó para La Croix.

A la 1 y 20, lord Halifax, infatigables, emprende el camino de vuelta a Inglaterra,  y yo volvía a París al finalizar el día. Cuarenta y ocho horas más tarde, antes de lo que pensábamos, el cardenal entregaba su hermosa alma a Dios. A sugerencia de su confesor, el Padre van den Steen, había ofrecido su vida por las causas que le eran más queridas, en particular por la unión de las Iglesias, de toda las Iglesias.

Nos volvíamos a encontrar con lord Halifax el 27. Estaba acompañado del doctor Kidd, presidente de Kebbe College, miembro de las conversaciones de Malinas. Los dos representaban al arzobispo ce Canterbury en las exequias del cardenal. El abate Hemmer y yo representábamos a la parte francesa. Mons. Batiffol no había podido venir.

Será suficiente añadir que por la tarde del día en que se celebraron las exequias en Malinas, el 29, fiesta de san Francisco de sales, la Señora Mercier, cuñada del difunto, con todo su familia, fue a casa del canónigo Dessain, para hacer entrega a lord Halifax del anillo pastoral que le había legado el cardenal Mercier.

Lord Halifax conservó este anillo como una reliquia. Hizo ejecutar una copia exacta que con exquisito pensamiento ofreció al sucesor del cardenal en la sede de Malinas, Mons. Van Roey.

Una vez muerto el cardenal, los miembros de las conversaciones, pensaron que, si su acción debía proseguirse con perseverancia, no era menos necesario poner punto final a esta obra particular, que debía una parte de su carácter a la personalidad del cardenal Mercier. Se trataba ante todo de publicar un informe de las conversaciones, de las que sólo se tenía hasta entonces  informaciones fragmentarias. Trabajo que ya había sido previsto, por lo demás, por el propio cardenal en una carta magnífica dirigida al arzobispo de Canterbury con fecha del 25 de octubre de 1925,. Escribía: «Creo, Monseñor, que nuestras reuniones no sólo han acercado los corazones (lo que es de por sí un resultado muy apreciable), sino que han armonizado los pensamientos sobre puntos notables, y realizado un progreso in agreement.

«La declaración de los acuerdos podría ser publicado bajo una forma explícita, desarrollada, o bien una forma reducida. Sería un modo afortunado de mantener el interés religioso de nuestros fieles respectivos.

«Unas conclusiones negativas, fueran las que fueran, no podrían otro efecto que suscitar polémicas de prensa, despertar animosidades seculares, ahondar divisiones, con detrimento de la causa a la que estamos resueltos a dedicarnos.

«Fieles a nuestro punto de partida, queremos sacar progresivamente a la luz lo que contribuya a favorecer la Unión: lo que es un obstáculo  debe ser escuchado o diferido».

El cardenal definía así el espíritu de las conversaciones:

«Nuestro pensamiento, en un principio, no fue en efecto examinar en un espacio de tiempo determinado algunas cuestiones de teología, de exégesis o de historia, con la esperanza de añadir un capítulo de apologética o de controversia a los trabajos científicos, religiosos de nuestros  predecesores. No. Nos hemos encontrado frente a frente, hombres de buena voluntad, creyentes sinceros, a quienes atemorizaban el desconcierto de las ideas, la división de los espíritus de la sociedad actual, entristecidos por los progresos de la indiferencia religiosa y de la concepción materialista de la vida que es su consecuencia. Teníamos en el pensamiento nuestro afán supremo de Unión, de Unidad, de nuestro divino Salvador ut unum sint! Ah! si tal sólo pudiesen ser uno!  –Y nos pusimos a trabajar sin saber cuándo no cómo se podría realizar la unión deseada por Cristo, sino persuadidos de que era realizable ya que Cristo la quería y que, por eso, temíamos que contribuir todos a su realización.

«La Unión no es, no será quizás nuestra obra; pero está es nuestras manos, y por consiguiente en nuestro deber, prepararla, favorecerla… Formamos una asociación de estudios, cierto; es más, una asociación de almas en una común plegaria. El simple hecho notorio de la existencia y de la renovación periódica de nuestras reuniones es, para el gran público, una exhortación constante a la reflexión religiosa, y a la oración colectiva por la Unidad».

El Sr. Portal se entregó sin remilgos a esta tarea de la puesta a punto, y su correspondencia con lord Halifax puso un ritmo más rápido. En vano se sentía sacudido por las crisis de su enfermedad que debía llevárselo el mes de junio. Se puede decir que trabajó, en unión con su amigo hasta la madrugada misma de su muerte. Cuando se apagó, el 127 de junio, se encontraron en su mesilla las pruebas de un artículo sobre lord Halifax, obra de uno de sus más jóvenes discípulos; y esto fue sin duda lo último que leyó y en lo que trabajó.

Una de sus grandes y últimas satisfacciones fue seguir los primeros pasos del monasterio benedictino de Amay-sur-Meuse, en Bélgica, especialmente consagrado al trabajo por la Unión. Así como inmenso fue el consuelo de sus últimos días al recordar todas las bondades que el arzobispo de Malinas había tenido con él.

He sufrido, decía a un amigo…, pero eso pertenece todo al pasado… Lo que me queda es la amistad del cardenal. Con ello me siento pagado y me basta con mucho.

Y sentía que la muerte del cardenal no había roto los lazos que los unían, y lo sentía de verdad al seguir orando y trabajando por la obra. Y servía en efecto como recompensa y desagravio por el viejo operario de la Unión, quien había tenido fe en la acción sobrenatural y en la fuerza de la amistad, el haber sido admitido en sus últimos años en la intimidad santa del cardenal Mercier. Y hay que creer que los dos amigos, reunidos ya para no separarse, continúan intercediendo por los que en su modestia tratan de impregnarse de su espíritu y de continuar su obra.

Quinta conversación: redacción de los informes

Al separarse en Malinas en mayo de 1925, se pensaba en una próxima etapa de las conversaciones para llegar a un informe en el que el cardenal no quería ver más que el acercamiento de los corazones con exposición de un acuerdo de ideas, que dejaba grandes esperanzas para el futuro.

El arzobispo de Canterbury le escribió el 30 de agosto de 1925 para  expresar sus dudas sobre las perspectivas de futuras. El cardenal le respondió el 25 de octubre siguiente para recordar sus inquietudes y fatigas y precisar la naturaleza de la publicación que deseaba. Todos estos proyectos se quedaron en nada a la muerte del cardenal. La muerte del Sr. Portal, cuatro meses más tarde, fue una prueba más para la obra que se proseguía en Malinas.

A decir verdad, de las personas que tomaron parte en las conversaciones, de 1923 a 1925, no había más que el Sr. Portal y lord Halifax que creyeran en la posibilidad de una reunión, en el sentido de una reconciliación, de la Iglesia anglicana y de la Iglesia romana. Se puede pensar que el docto Kidd compartía este sentimiento. El cardenal mantenía la esperanza, Pero todos buscaban en dichas conversaciones la ocasión de confrontar sus tesis,  y los medios de ajustarlas, De esta manera se realizó, en 1923 y 1925, un trabajo de discusión cuyo resultado no siempre se constató en el acto. Pero los católicos romanos recibieron la sorpresa de constatar que era más decisivo de lo que podrían esperar, cuando tuvieron ante los ojos el texto de la recapitulación redactado por los anglicanos a la vista d la reunión.

El 11 de octubre de 1926, Mons. Van Roey, ahora arzobispo de Malinas, se reunió con Mons. Batiffol y el abate Hemmer, con lord Halifax y con los Reverendos Frère y Kidd en Malinas. Trabajaron allí durante dos días en la redacción de dos informes sumarios, uno por parte anglicana, el oreo por parte católica.

La recapitulación anglicana tuvo por autor principal al doctor Armitage Robinson, decano de la catedral de Wells, antes decano de la abadía de Westminster y uno de los más eminentes «scholars» del anglicanismo. Era el más capaz de ser escuchado de la Iglesia anglicana y de causar sobre ella una impresión nueva   y profunda. El informe del Sr. Armitage Robinson, en el que los demás miembros anglicanos ejercitaron su derecho de crítica, no atribuye sin duda todo su valor a las vistas opuestas de los católicos, sino que da las conclusiones de los anglicanos, al menos a título de concesiones de espera, una fórmula autorizada  y a menudo muy notable. Sobre la autoridad de la sede apostólica en especial, se adivina un esfuerzo, cuán meritorio, para dar con él una expresión que, dejando de lado los términos más chocantes para los Ingleses, otorgue sin embargo a los católicos doctrinas que piensan no sacrificar. Las fórmulas del doctor Armitage Robinson han sobrepasado sensiblemente en Malinas el punto en que se había parado el movimiento de Oxford.

No se debe olvidar por otra parte que el anglicanismo no es una ortodoxia, que ningún anglicano como individuo, aunque sea obispo, está en condiciones de responder de la fe de los demás anglicanos. Cuando se afirma que la Iglesia anglicana enseña, ello quiere decir que el anglicano estima que su fe no es incompatible con la posición de su Iglesia. Por eso en el curso de las conversaciones, los católicos, los católicos aceptaron, sin observaciones, como doctrinas del anglicanismo, lo que no era más que la expresión de opiniones individuales, con frecuencia diferentes unas de otras.

El informe francés fue redactado en Malinas por el canónigo Hemmer, a quien se encargó exponer el pensamiento de los católicos presentes en Malinas y de hacer resaltar más las concesiones de los anglicanos. La comparación de los dos informes esclarece suficientemente la opinión; y en la Inglaterra católica en particular tranquiliza oportunamente a los espíritus sobre la obra del cardenal Mercier, de grande y santa memoria.

Del informe católico, no reproducimos más que la parte que se refiere al Papa y sus poderes. «En el curso de las conversaciones muy abiertas sobre el tema, anglicanos y católicos expresaron ciertas ideas comunes, que copiamos, ya de las proposiciones formuladas por unos y otros, ya de las explicaciones recibidas en materia de glosa, y cuyo resume  ‘no fuerza en nada el sentido.

«San Pedro ha sido aceptado como jefe o leader, porque así fue aceptado por Nuestro Señor.

«La sede de Roma es la única sede apostólica que conoce el Occidente.

«Ningún patriarcado ha sido constituido al lado del de Roma, y el Papa, según las palabras de san Agustín sobre Inocencio I, preside la Iglesia de Occidente. La Iglesia de Inglaterra debe su cristianismo a la sede romana, la que por la voluntad de san Gregorio le envió el bautismo.

«Además, el Papa posee un primado entre todos los obispos de la cristiandad, de tal forma que, sin comunión con él, no existe esperanza alguna de ver nunca a la cristiandad reunida. Ocupa con respecto a los obispo una posición tal que ningún obispo puede reivindicar una parecida.

«Desde el principio de la historia de la Iglesia, le ha sido reconocido al obispo de Roma, entre todos los obispos, un primado y un poder de dirección general (leadership).

«Así el primado del Papa no es solamente un primado de honor; lleva consigo un deber de solicitud y de acción en la Iglesia universal   y con vistas al bien general, de  tal manera que el Papa sea electivamente un centro de unidad, una cabeza que imprima una dirección de conjunto. De hecho, gracias a la acción del Papado. Los obispos de la edad Media pudieron defenderse contra los atropellos del poder civil. Ha sido una garantía para la independencia espiritual de la iglesia.

«Sobre el modo cómo usó el Papa de estos poderes en el pasado. Los anglicanos expresan algunas reservas, pero reconocen que se han de revisar entre el os muchos juicios sobre la Iglesia. Convienen de manera particular en que ésta se reformó ella misma en el concilio de Trento.

«Si se trata de ir más lejos y, por ejemplo, de caracterizar con rasgos particulares el deber del Papa de actuar para el bien general de la Iglesia universal, a la hora de detallar los derechos que corresponden se manifiesta entre nuestros amigos anglicanos cierta repugnancia a dar precisiones.

«Puede ser de utilidad sin embargo reproducir aquí algunas de sus  expresiones. Son del más alto interés, pues señalan una misma tendencia de pensamiento, una dirección parecida en investigación, tanto que permiten presagiar un acuerdo mucho más amplio en el porvenir. Los matices de expresión tienen aquí su importancia a causa del fondo que envuelven y encubren: responsabilidad espiritual (spiritual responsibility); poder espiritual de dirección (spiritual leadership); supervisión general (general superintendence); solicitud por el bien de la Iglesia universal (care for the well being of the Church as a whole). Parece que a través de todas estas expresiones, el espíritu saca un concepto muy positivo de un poder rico en contenido, paro cuya extensión se siente alguna dificultad en circunscribir.»

Pasados recuerdos han dejado alguna amargura en los corazones. Más que volver a los caminos del pasado, el espíritu trata de averiguar las formas que la acción del Papado podría tomar en el futuro. Pero lo que se trasluce en estas expresiones es el sentimiento de una alta misión que es la del Papa, y que al primado de honor se añade para él el primado de responsabilidad (primacy of responsibility).

Dejando por ahora la tarea de ajustar estas expresiones al vocabulario teológico de la doctrina católica, no se va a poder esperar que ahondando en estos pensamientos y extrayendo su contenido, se llegará a un acercamiento sensible en muchos puntos de la doctrina sobre el Papado católico?

Es inútil insistir sobre la importancia que presentan tales conclusiones en un intercambio de ideas entre cristianos aparentemente tan lejos  unos de otros. La alocución que pronunció lord Halifax en Albert Hall el 9 de julio de 1925 en el congreso anglo-católico era más significativa, si bien no le comprometía más que a él solo. Ante este grupo selecto de la Iglesia de Inglaterra que constituyen los delegados del movimiento de Oxford. Movimiento anglo-católico, lord Halifax repitió su fe en la obra que fue la de su vida, y proclamaba el primado pontificio divina Providentia.  –»En lo que se refiere a nuestras relaciones con roma, es necesario que recordemos que la autoridad del Papa, según la enseñanza romana, no es un poder separado del episcopado. Pero cuando el Papa actúa en unión completa con el episcopado, debe ser considerado como el centro y el símbolo de la unidad, como investido, en virtud de sus funciones, de la autoridad apostólica sobre la Iglesia universal. Bueno es, por lo tanto, que nos acordemos… de que nuestra reunión con roma es quimérica si no estamos prontos a conceder un primado dado por la Providencia divina misma a la Santa Sede, si no admitimos la reivindicación del Papa a ocupar una posición frente al episcopado entero, tal y como ningún otro obispo podría pretender. Es una cuestión que debemos examinar con toda claridad y con todas consecuencias».

El Sr. Portal parece un poco olvidado en el informe de las conversaciones, Sin embargo y de todas las maneras, él es el alma de ellas. Es él quien, de concierto con lord Halifax, tuvo la idea de recurrir al cardenal Mercier, y de someterle la difícil cuestión de la Unión de las Iglesias. Por grande que fuera su confianza en el futuro de su obra, no temía una convicción entera en la posibilidad de unir hic et nunc cuerpos eclesiásticos que habían evolucionado en el curso de varios siglos en condiciones diferentes. Su meta principal era habituar a hombres de Iglesia a exponer sus pensamientos íntimos con toda sencillez, franqueza y apertura de corazón.

De este contacto esperaba una concepción más clara de las ideas directrices en las que se inspiraba, de manera más  o menos consciente, la conducta de los sus interlocutores.

Habla poco en las reuniones de Malinas, y no es autor de ningún informe escrito, pero insiste sobre las deposiciones benévolas de los anglicanos, en particular sobre la humildad de sus obispos en las propuestas que hacen de aceptar un suplemento de ordenación. Deja toda iniciativa al cardenal en la dirección de las conferencias, pero le comunica sin artificio, casi ingenuamente, sus ideas, opuestas a todo espíritu de controversia. Así fue como el cardenal quien no había previsto, sin duda, más que unas conversaciones individuales, llega a preconizar unas conversaciones colectivas. Ve en los anglicanos llegados a Malinas una sinceridad de convicción lo que no impide la variedad radical de los temperamentos y de los espíritus.

La oposición a toda controversia hace que el Sr. Portal torne la palabra después de la tercera conferencia.

Escribe al cardenal el 8 de julio de 1923, para convencerle que no se retire de las Conferencias cuyo resultado no inspira confianza al arzobispo de Canterbury:

Creo que es imposible que Vuestra Eminencia se retire de las conferencias futuras; no tendrían gran interés, no siquiera para nosotros.

Nos podíamos entender desde ahora para que la controversia, en caso de producirse, tenga lugar por artículos o apartados. Y si debieran celebrarse estas conferencias, podrían tener lugar en Malinas. En este caso Vuestra Eminencia se contentaría con hacer la apertura y clausurarlas. Tendríais así la ventaja de no veros mezclado en la controversia misma, y nuestras futuras conferencias aparecerían como la continuación de las precedentes.

Hay una diferencia fundamental entre el Sr. Portal, quien sólo pretende aclarar a los interlocutores sobre sus pociones recíprocas, y los católicos de Inglaterra  y del continente, quienes piensan sobre todo en conversaciones inmediatas.

La mayor parte de los periodistas católicos se inspiran para sus artículos en esta idea: que no hay para Malinas más que un éxito posible, que consiste en la reunión inmediata de las iglesias. El Sr. Portal, por el contrario, se contenta con un enunciado de las diferentes opiniones teológicas, dejando al porvenir el cuidado de conciliar las antinomias y operar la reunión de las Iglesias.

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