Félix Cayla (décimo Superior General) (1734-1800)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, V.
Estimated Reading Time:

El Espíritu Santo queriendo darnos en la persona de Moisés el modelo de un jefe perfecto, dijo que se había hecho querido de Dios y de los hombres, y que su memoria estaría en bendición. (Eccli., XLVI). El compendio  que se va a trazar de la vida del Superior general, cuya pérdida llora hoy la Congregación de la Misión, probará que este hermoso elogio puede serle aplicado en la exactitud más literal.

El Sr. Cayla había nacido en la Rouergue, en la diócesis de Rodez, de la que fuera obispo el Sr. Abelly, primero y excelente escritor de la vida de san Vicente de Paul. Pertenecía a una familia distinguida, de la que recibió una educación bien por encima de lo común. Hizo sus primeros estudios en Cahors, bajo la dirección de los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús. Cumplidos en filosofía los quince años, se presentó para ser recibido en la Congregación. El Sr. Jacquier, entonces visitador de la provincia de Cahors creyó deber probarle con un retraso bastante considerable. Su perseverancia triunfó de los obstáculos que la prudencia de los superiores le oponía. Fue admitido en el seminario interno a los dieciséis años. Supo sacar provecho de los dos años que pasó allí, según la costumbre, para adquirir el amor y el verdadero espíritu del estado que abrazaba, y para establecerse en esta piedad sólida y tierna que, desde entonces, ha constituido siempre uno de los principales rasgos de su carácter.

Los éxitos brillantes que se conquistó luego en sus estudios, determinaron a sus Superiores a dedicarle con preferencia a la enseñanza. Profesó después, y siempre con distinción, en el seminario de Cahors, donde los estudiantes de la Congregación se instruían con los seminaristas de la diócesis, la filosofía y la teología dogmática y moral. Eclesiásticos que tuvo entonces como escolares aún al cabo de tanto tiempo no hablaban más que  con admiración de los talentos que le habían visto desplegar; y con ternura, de las lecciones y de los ejemplos de virtud que habían recibido de él. Fue luego enviado, en calidad de profesor de teología, a Toulouse. Su permanencia, por esta vez, no fue muy larga; tuvo sin embargo todo el tiempo necesario para hacerse conocer, y preparar los caminos al gran bien al que la Providencia le destinaba  a operar en lo sucesivo.

La supresión de los Jesuitas había dejado vacante el seminario de Rodez. Mons. el Obispo (Mons. Gtimaldi)  propuso a la Congregación de la Misión reemplazar a estos Padres. El Sr. Jacquier, con quien fue tratado este asunto, aceptó el nuevo establecimiento. Se tenía la intención de no enviar allí más que a sujetos capaces de sostener la reputación de una casa de estudio justamente acreditada, y el honor de la Congregación, que se encargaba de dirigirla. El Sr. Cayla solo tenía entonces treinta y cuatro años, cuando fue nombrado superior de este numeroso seminario. A pesar de su juventud, no tardó en justificar la elección de sus superiores. En los pocos años que estuvo, supo conciliarse la estima general, y causar en el clero de la diócesis una impresión que el intervalo de treinta años no ha borrado todavía.

Las necesidades  del seminario de Toulouse pidieron un superior de un mérito y de una capacidad fuera de lo ordinario. Esta ciudad, una de las más considerables de Francia, poseía una Universidad célebre que atraía a su seno a un número prodigiosos de estudiantes,  la juventud eclesiástica allí se retiraba y era educada en varios seminarios. El que era dirigido por nuestros cohermanos, y que además estaba obligado a dar misiones, se hallaba cargado de deudas, y en un estado ruinoso que le ponía en la imposibilidad de recibir y de educar en adelante  a los estudiantes de la Universidad. El Sr. Cayla fue a quien el Sr. Superior General juzgó capaz de restablecer esta casa. Lleno de una humilde confianza en Aquel que le llamaba por la voz de sus Superiores, sondeó, sin asustarse, la profundidad  del abismo, que estaba encargado de colmar: puso manos a la obra, y sus logros sobrepasaron pronto toda esperanza. Ahorros prudentes y bien entendidos fueron su primer recurso. La confianza pública, de la que no tardó en disfrutar, sus virtudes, sus cualidades amables le permitieron encontrar almas desinteresadas, que le abrieron sus bolsas, préstamos ventajosos apagaron deudas onerosas, y le proporcionaron medios de reparar las edificaciones. Reduciendo estas reparaciones a lo justamente necesario, puso muy pronto la casa en situación de recibir a un número considerable de jóvenes clérigos que, en el corto espacio de algunos años llegó a superar los ciento treinta  varias diócesis del Languedoc y de las provincias vecinas [confiando a sus sujetos  de preferencia  al nuevo superior de la Misión.

No contento con haber enderezado los asuntos temporales  de esta gran casa, el Sr. Cayla no se limitó a devolverle su antiguo lustre, sino que le procuró uno nuevo. Creyó estar viendo que el plan de los estudios eclesiásticos de Toulouse era susceptible de una gran mejora. Propuso sus ideas que, adoptadas por Mons. el Arzobispo y apreciadas por todo el mundo, no tardaron en producir los más felices efectos. Pronto se vio un noble estímulo apoderarse no solo de los estudiantes  de cada seminario, sino también de los mismos seminarios. Se vio a todos los jóvenes clérigos de Toulouse, animados por el incentivo de recompensas más honoríficas que lucrativas, entregarse con un ardor muy nuevo al estudio de las ciencias de su estado.

Fue necesario ante todo que los estudios fijasen toda la atención del Sr. Cayla. Se entregaba antes que nada a inspirar un espíritu verdaderamente eclesiástico a esta numerosa juventud, la esperanza de muchas diócesis. Jamás instancia alguna pudo conseguir de él que suprimiera ciertos ejercicios de piedad, bajo pretexto de aprovechar algunas horas de más para el estudio. Nunca los talentos más distinguidos, ni ninguna consideración humana, pudieron decidirle a  abrir las puertas del santuario a sujetos que no creía hechos para edificar. Pastor fiel y vigilante, tenía día y noche los ojos abiertos sobre el rebaño confiado a su custodia. Raramente la hipocresía ha podido escapar a su penetración. Si era indulgente con faltas escapadas a la vivacidad de la edad, era inexorable con el vicio; firme, cuando convenía serlo, no dudaba nunca en recortar los miembros, cuya corrupción  podía llegar a ser contagiosa. Él sabía, ya por instrucciones públicas y llenas de unción, ya por correcciones particulares, administradas con destreza, y sazonadas con todo lo que la mansedumbre tiene de más insinuante, sabía, digo, inspirar en tantos corazones jóvenes el amor a la virtud, el gusto por la piedad. Decir que había hecho de esta casa algo perfectamente regular, es demasiado poco; había sabido hacer reinar en ella el fervor más consolador. La veneración, el afecto que tantos eclesiásticos de todo rango, formados en su escuela, conservan aún hacia él;  los testimonios que han tenido a gloria darle ; la firmeza que han demostrado en circunstancias que han ocasionado la caída de tantos otros, son pruebas irrefragables del raro talento que tenía para ganar los corazones, y de la pureza, de la solidaridad de los principios en los que sabía establecerlos.

De igual manera querido y respetado de sus cohermanos que trabajaban a sus órdenes, les daba el ejemplo de la regularidad que él les pedía a ellos. En él, tenían una regla viva. Se adelantaba a sus necesidades; salía al encuentro de sus justos deseos: en sus dudas y sus confusiones, él era, por su luz y su prudencia, su consejo y su recurso. Si no podía disipar siempre sus penas y sus aflicciones, la sensibilidad de su corazón quería por lo menos compartirlas: él era, por su dulzura, su honradez y su complacencia, el lazo de unión de su sociedad; y su virtud, tan amable como sólida le entregaba también el alma de sus  recreos.

Su celo no estaba de tal forma encerrado en la diócesis en la que trabajaba, como para no extenderse al exterior: convertido en una de las principales lumbreras del clero de Toulouse, y de muchas otras diócesis, era consultado de todas partes, y nunca negó su asistencia a nadie. ¿Quién podrá decir el número de los retiros eclesiásticos que ha dado y los éxitos verdaderamente sorprendentes obtenidos? El clero del Languedoc y de las provincias adyacentes celebra a porfía la elocuencia llena de fuerza y de unción con la que él sabía presentar las verdades cuya práctica en sus ejemplos en Béziers especialmente, no se habla más que con admiración  de los discursos que él ha predicado allí y del fruto prodigiosos que han cosechado en el clero de esta diócesis. Por eso Mons. el obispo (Sr. de Nicolaï) se lo ha hecho demostrar varias veces en su enfermedad, la parte de tenía en ello, y se ha afligido vivamente por su muerte.

El Arzobispo de Toulouse era a la sazón el demasiado famoso ex-cardenal de Loménie.  Este hombre tan conocido por sus horribles escándalos sabía, por lo menos ya en esta época, respetar la virtud en los demás, y querer en ellos el espíritu eclesiástico. Su diócesis pasaba, y con razón, por estar muy bien gobernada. Él honraba, él distinguía de manera muy especial a nuestro respetable difunto quien, en consecuencia tenía la parte más activa en el gobierno de su diócesis, y en el bien que en ella se operaba. Pero encontró el secreto de procurar el bien del rebaño, sin halagar los vicios del pastor. Ha pintado él mismo su conducta y sus principios en una respuesta que dio a uno de sus cohermanos, tal vez el único que haya pensado en condenar sus relaciones con el Sr. de Loménie. «Sin deciros, respondió el Sr. Cayla, que yo le haya dado mi confianza, me impuse por obligación aceptar la suya. Si Dios hubiera querido que me la diera toda entera, yo no me habría servido de ella más que para el bien. Le respeto como arzobispo, y colaboro en el deseo que tiene, que su diócesis sirva de modelo a las otras». Es difícil reunir vistas más puras, y una prudencia más consumada en una circunstancia la más crítica  quizás, en que un hombre virtuoso pueda encontrase.

Por grande que fuera la consideración de la que gozaba el Sr. Cayla en el mediodía de Francia, no era sin embargo conocido aún en la Congregación, como merecía serlo. La provincia de Cahors, o de Aquitania, en la que había sido recibido, y había permanecido siempre estaba muy alejada de París. Esta provincia, además,  así como la de Lyon, teniendo su seminario interno y sus estudios aparte, tenía relaciones menos frecuentes con la casa de San Lázaro y menos inmediatas con las otras cinco provincias que París dotaba de sujetos y de obreros. Y por ese motivo forzoso, tenía menos medios de hacer conocer  en ellas a sus alumnos.

Una sola circunstancia se había presentado, en la que el Sr. Cayla se había presentado con su aire en San Lázaro. Diputado por su provincia a la asamblea general de 1786, había sido nombrado su secretario. Esta comisión, y el modo cómo se despachó fueron suficientes para que  se viera su mérito y fijar en él las miradas, y conciliarle la estima de toda la Asamblea. Los deputados extranjeros se acuerdan  todavía, y repiten con satisfacción que, si en esta ocasión no tuvieron tiempo de conocer y apreciar enteramente  al Sr Cayla, supieron al menos distinguirle perfectamente, y apreciarle más que a ningún otro deputado francés.

Llegó por fin el momento en que debía ser colocado en el candelero. La muerte del Sr. Holleville, asistente de la Congregación y de las casa de San Lázaro, dejaba esta doble plaza vacante. Los demás asistentes generales designaban a diferentes sujetos para reemplazar al difunto, que se había llevado los justos pesares de toda la Congregación. El Sr. Jacquier, este hombre tan dulce, tan conocido por su deferencia para con sus asistentes, les resistió esta vez. Habiendo sido durante mucho tiempo Visitador de la provincia de Cahors, conocía perfectamente al superior del seminario de Toulouse. Le dio por sucesor el Sr. Holleville, nombrándole a la vez asistente general, y asistente particular de San Lázaro. Esta elección inesperada, y digna de la sabiduría de uno de los más respetables sucesores de san Vicente, obtuvo el aplauso general.

Una enfermedad seria que, en aquella época, obligó al Sr, Cayla a ir a tomar las aguas en los Pirineos, no le permitió ir seguidamente a París: se retrasó incluso mucho tiempo. Al llegar, se encontró con la casa de San Lázaro y toda la Congregación sumida en la aflicción. El Sr. Jacquier no estaba ya. El Sr. Pertuisot, primer asistente, era vicario general. La reputación del nuevo asistente le había precedido: la espera general no quedó defraudada. Su piedad, su modestia, su regularidad cautivaron a todo el mundo. Los discursos que se vio obligado a hacer cada semana a la Comunidad hicieron en ella un aviva impresión, y no contribuyeron poco a secar las lágrimas. La nobleza, la pureza de su dicción eran también lo que menos se admiraba. La unción muy santa que reinaba, el celo que animaba la elocución, producían efectos verdaderamente saludables. Esta honradez, esta educación sencilla y franca, que le eran como naturales; sus maneras dulces, afables, solícitas, y al mismo tiempo llenas de dignidad, acabaron pronto por ganarse todos los corazones.

Algunos meses después de su llegada, se celebró la asamblea general para elegir  al sucesor del Sr. Jacquier. La edad, las debilidades del Sr. Pertuisot le incapacitaban para llevar una carga parecida. Se deliberó sobre la elección. En el primer escrutinio, el Sr. Cayla tuvo el número de votos suficiente. La resistencia, las lágrimas de su humildad fueron inútiles. Fue proclamado Superior general. Su elección no cambió en nada su modo de hacer en los diferentes órdenes de la casa ni en su conducta particular. Como se le vio asistente, así se le vio general. En su nuevo puesto, él no conoció más que las obligaciones.

En el primer año de su generalato, se hicieron en todo el reino las elecciones de los diputados a los estados generales. El clero de París debía nombrar a seis. El general de la Misión tuvo muchos votos para ser de ese número. Un dignatario de la Iglesia metropolitana le ganó tan solo por algunos sufragios; pero fue nombrado sin dificultad primer suplente, es decir destinado a reemplazar al primero de los seis diputados en caso que faltara.

Acabadas estas elecciones, el Sr Cayla se puso en camino para hacer la visita de las casas de la provincia del Poitou. Se había propuesto visitar sucesivamente a todas las demás. Los disturbios sucedidos en Francia no le dejaron tiempo ni medios más que para las de Champaña. Su visita había producido ya los efectos más felices en estas dos provincias. Se había ganado la veneración, el afecto, la confianza de todos los Misioneros, y así se había adquirido sobre ellos una autoridad mucho más poderosa que la que tenía por el puesto. Los sentimientos sufrió el que había dejado grabados  en sus corazones, le habrían facilitado sin duda infinitamente la ejecución de los proyectos de reforma y mejora que meditaba.

No hacía más que dos días que había acabado la visita del Poitou, cuando la casa de San Lázaro sufrió el saqueo horrible del que todo el mundo ha oído hablar. El desastre fue tal que, para repararlo, no se hubieran necesitado, a juicio de los expertos, menos de un millón de libras. Aparte de la pérdida común, cada miembro de la casa las tuvo personales. La del Sr. Cayla debió ser considerable. Nada de eso perturbó la paz de su alma. Rodeado de ruinas y de destrozos, él conservó la misma calma, la misma serenidad, la misma ecuanimidad de alma, que cuando la casa estaba entera y floreciente. Poco tiempo después de convertirse en Asamblea nacional  los Estados generales, uno de los seis diputados eclesiásticos de París se retiró. Se aconsejaba al Sr. Cayla que cediera la plaza al suplente que venía tras él. Pero en ese puesto, entonces más peligroso que honorable, vio grandes deberes que cumplir frente a la Iglesia y al rey; y desde entonces fue sordo a todas las instancias, asistió a la Asamblea nacional hasta el fin. No contento con reunirse siempre con el partido de los católicos, y de los sujetos fieles, subió dos veces a la tribuna para defender bien alto la verdad, y mandó imprimir su opinión.

Algunas personas  le sugirieron que se abstuviera al menos el día en que se  debía exigir      de los eclesiásticos de la Asamblea ese juramento pretendido cívico, tan solemnemente condenado después por la Santa Sede. Le indicaron  que, determinado a rechazar este juramento impío, sería más prudente quedarse en la Casa que ir a exponerse a la furia de un pueblo amotinado; esta prudencia no podía ser del gusto del Sr. Cayla. No tenía pensado perderse la ocasión de confesar públicamente la fe con peligro incluso de su vida. Respondió simplemente que el peligro sería común con todos los que pudieran ser fieles a Dios. Acudió pues a la sesión. Y al rechazar el juramento, el compartió la gloria del clero de Francia en ese día memorable para siempre. Al salir de la sala, debió abrirse paso, como sus cohermanos, por un populacho innumerable, cuyos rugidos feroces iban destinados a asustar a los más valientes. Calmado en medio de esta tempestad horrible, volvió a dispar las inquietudes de los suyos con la sangre fría de un hombre superior a todo temor, y con la satisfacción de un corazón que se aplaudía por haberse expuesto a defender los intereses de la religión.

Por lo demás, supo siempre cumplir las funciones de diputado en la Asamblea nacional, sin faltar nunca a sus ejercicios particulares, ni sobre todo a los deberes de su puesto. Desde que se vio libre, se dedicó a las necesidades de la Congregación, y a las de su Comunidad, las horas que había necesitado pasar hasta entonces en la Asamblea. Era inevitable que la casa de San Lázaro se resintiera  de la conmoción universal: su presencia sin embargo, su dulzura, su prudencia, su firmeza, su ejemplo lograron mantener hasta el fin la tranquilidad, la subordinación, y toda la regularidad que podían llevar consigo las ruinas de que estábamos rodeados, y las inquietudes sin cesar renacientes  por las éramos asaltados.

No había esterado a los últimos momentos para  para prevenir a los Misioneros contra los peligros de la seducción. Desde que la impiedad había comenzado a desvelar sus proyectos, había tenido la atención de hacer circular  por todas las casas sus instrucciones  más sólidas y más luminosas. Las reiteró, las multiplicó, y redobló de actividad, de solicitud a medida que vio llegar el peligro más apremiante.

Tantos cuidados, sostenidos con estos ejemplos, no podían dejar de producir frutos de bendición. La casa de San Lázaro y las demás de la Congregación han estado preservadas del contagio que ha devastado a tantas Comunidades. (Ezech., III, 19). Si algunos sujetos se han mostrado infieles a su vocación, el Sr. Cayla ha podido darse el consolador testimonio, de haber librado su alma, haciendo cuanto dependía de él para salvar las de ellos. Estas pérdidas además, que merecen apenas ser contadas, habida cuenta del gran número de misioneros franceses, quedan bien abundantemente compensadas por el valor heroico de muchos y la constante fidelidad de todos los demás. Estas manchas, apenas sensibles, han quedado más que lavadas  en la sangre de tantos de nuestros cohermanos muertos bajo la espada de los verdugos, y víctimas de su entrega por la salvación de las almas.

Consultado por un gran número de eclesiásticos de todo rango, no solamente de la capital, sino también de las provincias más distantes, por muchos de sus antiguos alumnos, el Sr. Cayla creyó que, en un momento en que el infierno estaba desencadenado con un furor cuyo ejemplo no ha visto siglo alguno, todos eran responsables  en la Iglesia de todo lo que tenían de fuerzas y de luces, él respondió de viva voz  y por escrito a todas las consultas ; y se ha sabido que sus respuestas habían tenido el mayor éxito, que habían contribuido a cimentar a los que las recibieron y a los que les fueron comunicadas.

Animados por el ejemplo del jefe, los miembros de la Congregación se entregaron generosamente a las necesidades de la Iglesia: en todas partes emplearon todos los medios que tuvieron para sostener el valor del clero y la fe de los pueblos. No se necesitaba tanto para hacer nuestras casas sospechosas a la gente que conspiraba contra el Señor y su Cristo. La de San Lázaro, en París, no estaba designada más que bajo los nombres más propios para excitar de nuevo contra ella a un pueblo extraviado. La impiedad la había marcado como debiendo ser la tumba de sus habitantes y uno de los teatros de sus furores sanguinarios. Pero el Señor no permitió que sus proyectos contra ella se ejecutasen. Fue en la casa de Saint-Firmin, esta casa, la cuna de la Congregación, a la que le estaba reservada la gloria de ser teñida con la sangre de su Superior e inundada con la de tantos otros sacerdotes fieles y valerosos. Instruido a propósito de la masacre meditada, y del peligro que le amenazaba próximamente, el Sr Cayla solo tuvo tiempo de mirar por su seguridad. Dejó  la casa de San Lázaro, que este extremo solo pudo determinarle a abandonar. Después de quedarse por algún tiempo oculto en París, salió para dirigirse a Amiens, donde pasó algunos meses igualmente oculto, y siempre expuesto al peligro. Pudo más tarde pasar a tierras del emperador; y después de permanecer en distintas ciudades de Flandre, llegó reunido con sus asistentes, a respirar y descansar  en la casa de la Congregación en Manheim.

Todavía le quedaba un largo y penoso viaje que hacer. El inmortal Pío VI le ofreció un asilo. Partió de Manheim el mes de mayo de  1794. En  este camino, visitó casi todas las casas de la Congregación en Italia,  y no llegó a Roma hasta el 9 de noviembre del mismo año.

Que no dominaba lo suficiente la lengua del país, para poder hablar en público, y conversar  con las comunidades que ha visitado o en les que ha residido nuestros Srs. cohermanos italianos hubieran podido convencerse por sí mismos que no se ha exagerado nada hablando del talento distinguido que había recibido de Dios, para el ministerio de la palabra. Hallándose en Florencia, juzgó conveniente poner por escrito un breve discurso que fue al punto traducido al italiano. Esta traducción leída a la comunidad, llamó la atención. ¿Qué habría sido si el autor hubiera pronunciado él mismo el discurso con el tono animado y lleno de unción que le era ordinario?

El estado de la religión en Francia no le permitía apenas otra cosa por ahora, que  derramar lágrimas  sobre la suerte de las siete provincias  francesas de la congregación. Las revueltas sucedidas en Polonia, la agitación, los movimientos convulsivos de toda Europa, haciendo casi imposibles las correspondencias siempre lentas y difíciles, eran la causa de que, de ordinario, tenía poco que hacer por la Congregación. Pero, si los medios de servirla como deseaba le faltaban, su celo, su solicitud, su entrega a ella no han perdido nada de su actividad. ¿Cuántos golpes no han llevado a su corazón las supresiones de casi todas las casas de la provincia romana, y de las de la Lombardía? Obligado a abandonar precipitadamente la casa de San Andrés de Roma que él había elegido para residir, y a retirarse a la del Monte-Citorio, ha sentido, meses después, el dolor de ver la supresión de esta casa acusada igualmente, y en el momento de ser ejecutada. Si lo hubiera sido, él se encontraba entonces sin asilo, sin recursos. ¿Cuántas veces sin embargo no se le ha visto olvidarse de sí mismo para gemir por las desgracias de la Congregación y de sus miembros, para llorar sobre la ruina de tantos establecimientos derruidos en un momento, y sobre la pérdida de tantas almas, a la salvación de las cuales había tenido el consuelo de ver dedicarse a los Srs. sus cohermanos de Italia con un celo igualmente infatigable y desinteresado.

Por fuerte que fuera su repugnancia en mantener la sombra de relación con los enemigos de la Iglesia, le hemos visto superarse entonces, para ir  donde ellos a suplicar  por la causa  de la única casa que nos hubiera dejado en todo el Estado eclesiástico, y obtener la suspensión del fallo pronunciado contra ella; suspensión que ha sido la salvación. Si ha tenido el consuelo de ver antes de su muerte a la mayor parte de nuestras casas salir de sus ruinas, ¿qué dolor no se ha llevado a la tumba al dejarlas en un estado de necesidad que no les permite aún recuperar todo el bien que estaban acostumbradas a hacer?

Por lo demás, estas aflicciones, estas penas del Sr. Cayla han sido las que, lejos de alterar en nada su resignación a la voluntad del Señor, le añaden un nuevo grado de perfección. Cuanto más sentía la fuerza de los golpes, más también adoraba profundamente, y besaba con amor la mano que le golpeaba. Pocos días antes de que cayera en cama, temiendo que tantos sufrimientos hubieran dejado en su alma una impresión que contribuyera a mantenerle en el estado de languidez en el que se encontraba hacía seis semanas, le rogué que me dijera si no tenía alguna tristeza. No, me respondió, no la tengo. Tengo una firme confianza que el Señor nos mirará con ojos de misericordia. Espero esos momentos con paciencia; y yo estoy resignado, por su gracia, a su voluntad.

La misión de la China había fijado su atención de una manera muy especial. El Sr. Raux, que es el superior, le había pedido dos sujetos para el palacio del emperador, Había escogido, para este fin a dos jóvenes profesores de grandes esperanzas, y les había hecho formar en París, uno para la astronomía y la relojería, el otro para la pintura. Despojándole de todo, la Revolución le quitó los medios y la posibilidad de hacerles partir. Llegado a Roma, no retrocedió ante ningún obstáculo; ha intentado todos los medios de enviar a esta importante misión los auxilios que reclama con insistencia. Al fin ha encontrado el de hacer pasar a dos sujetos, que están actualmente en Londres en el momento de embarcarse para China. Creyendo  además que sería útil hacer oír su voz a los alumnos chinos del seminario interno de Pekin, les ha escrito en latín (pues se les enseña esta lengua) una carta en la que ha empleado todo lo que su solicitud paternal podía tener de más insinuante para animarlos a formarse, a enriquecerse en el espíritu de la congregación, y a hacerse dignos hijos de san Vicente.

El estado de la misión de Argel era también objeto de sus inquietudes tan vivas que no le quedaban más que sus oraciones y sus lágrimas para ayudar a este establecimiento tan precioso a toda la cristiandad, no obstante acercándose a su ruina. La de Constantinopla no le era menos querida, ni sus desgracias menos sensibles. Al morir, ha dejado en su despacho una carta muy importante, relativa a esta misión; es la última que escribió. Tenía gran empeño en que fuera enviada a su destino; y se han cumplido sus intenciones.

En medio de tantas angustias, tuvo después de todo un consuelo tanto más real cuanto que sostenía más sus esperanzas en el futuro. Fue el restablecimiento de las Hijas de la Caridad en Francia. Las últimas cartas que recibió de ellas hace más o menos un año, le anunciaban que ellas tenían ya más de doscientas casas, sobre las cuales la Superiora general ejercía la misma autoridad que antes de la Revolución. La general misma le escribía que uno de nuestros cohermanos, desafiando todos los peligros, se había entregado a fatigas increíbles para visitar todas estas casas; que estas santas mujeres, animadas por las lecciones, los ejemplos de este hombre verdaderamente apostólico, habían conservado, bajo un hábito nuevo, todas las virtudes de su estado. Las instrucciones que el Sr. Cayla ha dado verbalmente a este digno cohermano, las que luego ha enviado por escrito, no han contribuido poco al establecimiento de las medidas casi infinitas de prudencia y de circunspección necesarias frente al gobierno. Él ha tomado otras particulares a fin de obviar los inconvenientes de su muerte, y las confusiones, mayores todavía, que pudieran resultar de la de la Superiora general.

Si el Sr. Cayla era sensible a los desastres de la Congregación, lo era todavía más a los males de la Iglesia. No hablaba nunca de ellos sin enternecerse, a veces hasta las lágrimas. Su estancia en Roma había estrechado de nuevo los lazos que le habían atado y dedicado siempre a la Santa Sede. Poco tiempo también antes de su muerte, se le oyó, en una charla particular, hacer profesión de esta entrega: lo que había hecho ya otras veces. Cuál no fue su dolor cuando vio la impiedad llegar hasta Roma y poner sus manos sacrílegas sobre el vicario de Jesucristo.

En estos días de desolación, iba al pues de los altares a buscar alivio. Nuestros Srs. los cohermanos de Italia saben, tan bien como nosotros, en qué grado poseía el espíritu de oración. Ellos han sido testigos de su fidelidad en entregarse invariablemente a este ejercicio la hora entera señalada por la regla; cómo estaba durante este tiempo precioso inmóvil y absorto en Dios. Ellos han visto con qué fervor celebraba los santos misterios; con qué exactitud, qué piedad asistía a los divinos oficios; con qué asiduidad visitaba varias veces al día a Nuestro Señor en el sacramento de su amor.

No hay uno de ellos que no haya admirado esta humildad profunda, que parece haber formado su carácter distintivo. Después de vivir tantos años con él, nunca he oído salir de su boca una palabra que pudiera hacerme sospechar el bien inmenso que ha realizado y la consideración de la que gozaba en Toulouse, en todo el Languedoc y toda nuestra provincia de Cahors. Atento a servirse el mismo en todo, él  rechazaba absolutamente las ayudas de otro cuando no eran indispensablemente necesarias. Enemigo de toda distinción, huía hasta la sombra de las que su puesto no constituía un deber aceptar. Aparte de las obligaciones de General, él parecía únicamente atento a confundirse en medio de sus cohermanos,  y a hacerles olvidar que él era Superior.

Todos ellos han visto la prueba de esta inalterable dulzura, que mostraba, no solo en sus palabras, sino también en sus acciones, en su porte y en toda su persona; de estas maneras serviciales y afables, con las que acogía indistintamente a todo el mundo, y que en todas partes le han conquistado a tantos amigos como personas ha conocido.

Si poseía eminentemente el arte de ganarse la confianza, sabía usarlo de modo que no se arrepintiera nadie de habérsela dado. Impenetrable sobre los secretos que le eran confiados, no comunicaba siquiera con sus asistentes,  sin una verdadera necesidad, las cuestiones a las que tenía que responder. Por esta razón, no contento con escribir él mismo todas sus cartas, no permitía a su secretario  doblarlas ni ponerles la dirección: si alguna vez había que sellarlas, era siempre a la vista.

Tan atento a las relaciones, estaba lejos con toda seguridad de faltar a los deberes de la caridad, en particular a los que nuestras reglas prescriben para con los enfermos. Animado del espíritu de san Vicente, no dejaba de visitar a los enfermos, de la categoría que fuesen, e incluso hasta los criados de la casa. No ahorraba gastos para curarlos. Se ha sabido que siendo superior de su provincia, había enviado, a expensas de la casa, a cohermanos enfermos a tomar aguas minerales bastante lejos, y declaradas necesarias por los médicos.

Impresionado por la edificante caridad con la que los enfermos están cuidados en nuestras casas de Italia, y cuya prueba él mismo ha experimentado en su última enfermedad, tan solo habría deseado que las enfermería se estableciesen por todas partes, si fuera posible, con las mismas bases que tenían y que tienen aún en otras partes.

Tan atento y complaciente se mostraba con los demás, como duro era consigo mismo. A nadie se le ha oído menos que a él, sobre el artículo de la salud; nunca nadie ha sido menos delicado, ni más fácil sobre el de la alimentación. Sabía estar contento con todo. Siendo General, como antes de serlo, no permitió nunca, sin verdadera necesidad, que se le preparara nada particular. Le hemos visto todos, en Roma, negarse hasta los menores alivios, que su edad y su temperamento parecían exigir, en una época en que las necesidades extremas de la casa habían necesitado las reducciones más severas sobre la calidad y la cantidad de la alimentación. Al verle debilitarse sensiblemente le suplicamos varias veces inútilmente que cuidara un poco de su salud. Habíamos logrado sin embargo decidirle a tomar por la mañana un brebaje que sabíamos que le sería saludable. Pero ya no había tiempo. Le sorprendió la enfermedad antes de poder comenzar este régimen.

El espíritu de mortificación que él aplicaba en todo regulaba en especial el empleo de estos días. Fiel a la lección de nuestro santo Fundador que quería que sus hijos, después de ser apóstoles en misión, fueran solitarios en la casa, él no salía más que lo más raramente posible. En Roma, como en París y otros lugares, no hacía visitas, más que las mandadas por el deber, o por grandes conveniencias. En Roma en especial, pasaban meses sin salir. La vida retirada y demasiado sedentaria que ha llevado, no ha contribuido poco a abreviar sus días. El tiempo que la liquidación de los asuntos y sus ejercicios de piedad le dejaban libre  lo empleaba constantemente en el estudio. Su vista había sufrido hasta el punto que para el otoño de 1797 había perdido casi por completo el ojo izquierdo, y el otro estaba afectado considerablemente. Sorprendería ver todo lo que ha escrito en su retiro en Roma. Celoso por no perder nada de sus lecturas, tomaba notas sobre todo lo que leía, o hacía extractos. También había adquirido una extensión de luces poco común Ningún género de conocimientos le era extraño. Hablaba de todo como hombre infinitamente modesto, que había aprendido prodigiosamente, y no se le había olvidado nada. Esta costumbre de un trabajo siempre metódico, unida a una gran profundidad, a una justeza, a una solidez de espíritu bastante raras, había contribuido no poco a cultivar, a perfeccionar el talento  particular  de los asuntos que había recibido de la naturaleza. Por embarullados que estuviesen, tenía una facilidad extraña para ver el verdadero punto y aclarar las dificultades. El juicio que hacía era, de ordinario, pronto y seguro por igual. En su última enfermedad, cuando apenas podía soportar un cuarto de hora de atención, fue consultado por una de nuestras casas sobre varias cuestiones delicadas, que habían compartido los consejos de los miembros de la comunidad. A pesar de su estado, que le hacía imposible todo trabajo seguido, supo todavía poner en su respuesta  una precisión, una claridad, una justeza, que habrán acercado infaliblemente las mentes.

Tal fue el noveno sucesor de san Vicente de Paúl. Tal fue el que la Providencia  acaba de llevarse de la Congregación. Sintió, el 23 de diciembre último, los primeros ataques de la enfermedad que acabó de madurarle para el cielo. Una fiebre bastante fuerte le forzó a guardar cama, y le privó del consuelo de celebrar los santos misterios durante las solemnidades de Navidad. El médico le permitió por primera vez subir al altar el día de la Epifanía. Ataques frecuentes de una fiebre bien tercia, bien cuarta, o más bien nunca bien caracterizada, le retuvieron en su habitación el resto de enero y contrariaron frecuentemente el ansia religiosa que tenía de ofrecer el santo sacrificio. Se encontró sin embargo bastante bien el día de la Purificación, para bajar al refectorio, y estar presente en la recreación de la Comunidad. Un nuevo acceso de fiebre le confinó otra vez a partir del día siguiente, en su apartamento, el día siguiente salió en coche para tomar el aire, y por última vez. Al otro día, tuvo otro ataque de fiebre, que no le impidió decir la santa misa. Pero un desvanecimiento considerable, una postración total de fuerzas, y la fiebre continua y con mayor fuerza comenzaron, el 8 de febrero, a dar inquietudes serias. El lunes por la mañana, 10 del mismo mes, perdió súbitamente el habla y el conocimiento, por lo que se le dio la extrema unción. El Señor se dignó concederle la una y la otra en un grado suficiente para que pudiera confesarse, recibir el santo Viático por la tarde. Fortalecido por el pan de los fuertes, pasó unas cuarenta horas en un estado convulso que, sin tener nada de espantoso, no le dejaba sino breves intervalos de un conocimiento muy imperfecto, en uno de los cuales quiso confesarse de nuevo y manifestó el deseo que tenía de recibir otra vez  a Nuestro Señor; pero hacía poco tiempo que lo había recibido. Expiró el miércoles por la mañana, dos horas antes de mediodía, a la edad de sesenta y seis años menos seis días, en el cincuenta y un año de su vocación, y el duodécimo muy avanzado de su generalato.

Sus virtudes, que todas las voces celebran a porfía, nos dan un ajusta confianza de que su muerte no ha sido más que un paso, y la aceleración de la recompensa de sus trabajos y de sus sufrimientos. Pidamos al Señor que se digne, en su misericordia, darle un sucesor tan celoso tan celoso imitador como él lo ha sido de las virtudes de nuestro santo Fundador, y capaz de llevar el peso del superiorato  en una circunstancia la más penosa en que la Congregación se haya visto nunca.

Los que deseen tener su retrato, pueden dirigirse a los Srs. nuestros cohermanos de Génova, que le hicieron hacerse mientras estaba con ellos, el mes de julio de 1794.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *