Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 29

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXIX: Livornio: El último verano

San Yacopo.— Siena.—El antignano; Marsella.—Santa Muerte.

Livornio está a cinco leguas al sur de Pisa. A un cuarto de hora de Livornio se encuentra, a orillas del Mediterráneo, dispersa en­tre las rocas, una encantadora aldea llamada San Yacopo: «Allí —escribe Ozanam— desde la primera alborada de mayo pudimos creer que había vuelto la primavera y nos instalamos como una parvada de gaviotas. Digo que está a un cuarto de hora de Livor­nio, si se atiene uno al reloj; pero en realidad está a cien leguas, si se mira el paisaje, la tranquilidad del paraje, la pureza del aire. San Yacopo tiene la feliz ocurrencia de dar la espalda a la ciudad mercantil, prosaica, y de abrir sus alegres ventanas sobre el mar, del lado del sur. Ante nosotros, el Mediterráneo, con todo el prestigio de sus aguas que cambian a toda hora, alternativa­mente resplandecientes bajo el fuego del sol, tornasoladas y cam­biantes bajo un cielo nublado. Es la inmensidad, pero no es la so­ledad. Barcos de vapor, grandes navíos mercantes, barquitas de pescadores lo animan; y, en lontananza, se descubre la Gorgona, Capraya, la isla de Elba, Córcega. Ese hermoso cuadro está en­marcado entre las montañas de la Spezia que vemos coronadas de nieve a nuestra derecha y, a la izquierda, el Montenero con su Ma­dona donde, todo el mes de mayo, cada pueblo vecino viene en ro­mería».

Después de esta descripción, Ozanam escribe «Mi esposa adora este país; pero ama sobre todo a los pescadores y sus bonitas barcas de velas latinas. Ha hecho el voto de que, si me curo venderemos nuestros libros para comprar un barco e irnos cantando como los italianos a pescar coral en las costas de Sicilia y de Cerdeña. Por fortuna, no he hecho la misma promesa; prefiero la patria; y creo que la primera vela que me lleve habrá de dirigirme hacia Francia, donde tengo prisa de volver a ver tantas personas cuyo recuerdo ha consolado nuestro destierro».

¿Acaso parecen estas descripciones escritas por la mano de un moribundo?

Apenas se había acercado Ozanam a Livornio cuando, inme­diatamente, desde el primero de mayo, la conferencia de San Vi­cente de Paul vino a suplicarle que presidiera el segundo aniver­sario de su fundación. Más aún, se le pidió que hablara. Aceptó de buena gana pronunciar unas cuantas palabras. Se las ha con­servado y traducido. Es preciso escucharlas, pues fueron las últi-, mas que pronunció en público y son el testamento de su caridad.

«Aunque debido a mi quebrantada salud, me estén prohibidos los más breves discursos —les dijo—, no puedo, sin embargo, resistir al deseo de dirigiros unas cuantas palabras para expresaros la emoción que experimento al encontrarme en medio de vosotros, amados cofrades en San Vicente de Paúl».

Luego, pensando en sí mismo, en un recuerdo a la vez triste y suave, se abandona a la emoción de evocar el pasado, con el pre­sentimiento de su próximo fin: «Cuando le llegan al cristiano los días aciagos de su vida —dice—, cuando se encuentra en lucha con graves enfermedades, ha llegado para él el momento de volver con el pensamiento hacia los días pasados, de evocar el recuerdo del bien y del mal que ha hecho: del mal para arrepentirse y castigar­se; del bien para sacar motivos de consuelo y de alivio, en la aflic­ción presente. Hoy hago la experiencia de ello, y mi palabra no logra evocar los consuelos que los recuerdos de los primeros años de mi juventud derraman en mi alma, sobre todo ahora que no sé si Dios me concederá mucho tiempo todavía la alegría de ver el bien, que hace nuestra querida Sociedad de San Vicente de Paul».

Ozanam felicita a la Conferencia de Livornio por los progresos que ha hecho en dos años de existencia. Como la propia Sociedad en otros tiempos, nació en el mes de las flores, mes consagrado a María, nuestra especial protectora. No constó sino de ocho miem­bros; es un rasgo de familia que posee en común con la incipiente Sociedad. Ozanam sabe que el obstáculo a su acrecentamiento es la división entre los partidos políticos: «No debería existir tal cosa en estas ciudades de Italia que, antaño desgarradas por las faccio­nes, vieron a un Padre Juan Vicencio, a un San Bernardino de Sie­na arrojarse, con el crucifijo en la mano, entre los combatientes, para reconciliarlos». Luego alude al odio de clases: «A vosotros, pues, queridos cofrades, os incumbe interponeros entre los ricos y los pobres en nombre de jesucristo, Dios de los pobres y de los ricos, el más grande de los ricos puesto que lo es por naturaleza, el más santo de los pobres, puesto que lo es por su libre elección de amor».

Todo es, pues, vigor y gracia en la palabra de Ozanam, como en la descripción que antes citamos. Es el fenómeno de la vida ascen­dente y el último flujo de la savia de otoño en la extremidad de las ramas de aquellas que miran al cielo.

La misma caridad de San Vicente de Paul lo impulsó a escri­bir en aquellos mismos días, el 5 de mayo, una carta delicada y bondadosa a uno de sus más interesantes asistidos,de París, el se­ñor Jerusalémy, judío convertido a costa de valientes sacrifi­cios, recomendando a la sociedad por las Conferencias de Roma y de Constantinopla. Ozanam felicita sobre todo a este hombre, con gran complacencia, por ser de raza judía, la raza santa de otros tiempos: «¡Ah! amigo mío, cuando se tiene la felicidad de ha­berse convertido al cristianismo, es un gran honor haber nacido israelita y sentirse hijo de esos patriarcas y. de esos profetas cu­yas palabras son tan bellas, que la Iglesia nada ha encontrado más bello para poner en boca de sus hijos. Sepa usted que, du­rante largas semanas de languidez, los salmos de David casi no han salido de mis manos. ¿El propio Salvador no gustó de que Le llamaran Hijo de David? Yo mismo, como ellos, Le grito a menudo en mi enfermedad: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Además, no sé si se lo he dicho a usted, pero mi hermano Car­los le contará que nosotros también creemos ser de origen israe­lita; es un lazo más entre usted y nosotros; y debe comprender mejor por qué nosotros, hermanos, nos asociaremos con cariñoso interés a todo lo que le concierne a usted. Pienso que Carlos lo ha­brá presentado en una Conferencia de San Vicente de Paul. Me agradaría saber que estamos unidos de este modo. No se canse de quererme, mi querido Jerusalémy, y de rezar por su devoto ami­go». Es imposible ser más perfectamente bueno.

La feliz influencia del mar en la salud de Ozanam no tardó en hacerse sentir, como lo había experimentado anteriormente en Dieppe y Biarritz. Al recobrar algunas fuerzas, trató de reanudar su trabajo literario. En San Yacopo, emprendió, acaso por décima vez, la redacción final de su viaje a Burgos, su odisea de tres días. «¡Ah! —exclamaba a veces— ¿por qué este San Jacopo de Livornio no es Santiago de Compostela?» Escribía lentamente, sua­vemente, sin dilación, sobre la misma mesa en que tomaba sus lecciones su hija María. Cuando había terminado una página, se la leía a su mujer y ambos experimentaban una dulce alegría al ver la expresión atenta de la niña que, también ella, recordaba.

En aquel mismo tiempo, mayo-junio de 1853, los Poetas fran­ciscanos abrieron a Ozanam las puertas de la Academia florentina de la Crusca (la Criba), en la que fue recibido en la misma sesión que Cesare Balbo, el ilustre autor de las Esperanzas de Ita­lia. Era ya miembro correspondiente de la Academia Tiberina de Roma, desde 1841; miembro de la Academia de los Arcos, des­de 1844. En otros países, era miembro de la Real Academia de Baviera, desde 1847; y en su patria, miembro de la Academia de Lyon desde el primero de enero de 1848. Mas nada parece ha­berle sido más sensible que la afiliación a la Orden de San Fran­cisco, cuyo diploma le fue entregado en San Yacopo, con el se­llo del Generak de la Orden. «Me coloca entre los bienhechores de la familia franciscana —escribe el 22 de junio— y me asocia a los méritos de los Hermanos Menores que trabajan y rezan en el mundo entero; es el más conmovedor de todos mis títulos».

En cambio, en aquel mismo tiempo y en la misma carta, de­claraba renunciar definitivamente à la Academia de Inscripcio­nes y Bellas Letras, a la que los amigos lo declaraban preparado y designado. Respondió al señor Ampère: «En este momento tan solemne en que las cuestiones de mi porvenir dependen de la gran cuestión de mi salud, cuando pido a Dios que me deje vivir para mi mujer y mi hija ¿no habría cierta temeridad en pedir lo su­perfluo, para satisfacer el amor propio literario?»

Dos meses «de trato con el mar» habían pasado así, y Ozanam pudo escribir, agradecido: «Tuve el gusto de recobrar poco a po­co la facilidad de vivir. Emprendo sin cansancio largos paseos; pa­so las mañanas entre los escollos contemplando las olas de las que conozco ahora todos los juegos. Las fuerzas vuelven despacio, co­mo era de esperarse después de tan larga crisis. De seguro si julio y agosto, que tienen fama de ser grandes médicos, se sirven tratar­me bien, estaré curado este otoño».

El día siguiente de esta carta, el 23 de junio, era el doceavoaa:ni versario de su matrimonio. Sentado frente al mar en que a trechos aparecían velas, Ozanam escribió para su mujer los siguientes versos de una gracia tan pura y tan tierna, inspirados por la fe, la es­peranza y el amor, esas tres musas cristianas:

Sobre el escollo de San Yacopo, el 23 de junio de 1853.

Sur un écueil lointain, notre nef échouée
Attend le flot sauveur qui la ramène au port;
Et la Madone, à qui la barque fut vouée,
Semble sourde à nos voeux; et l’Enfant Jésus dort!

Pourtant voici douze ans, sous ce doux patronage
Nous partions, pleins d’espoir; des fleurs ornaient ton front;
Et bientôt, pour charmer, pour bénir le voyage,
A la poupe s’assit un petit ange blond.

Depuis ce temps, le ciel s’est noirci sur nos têtes,
Les vents ont ballotté notre esquif nuit et jour.
Mais foui n’avons pas vu si cruelles tempêtes
Ni si rudes climats où s’eteignit l’amour.

Non, non, je ne veux plus craindre sous votre garde,
Compagne de l’exil que Dieu me prépara!
Déjà d’un oeil clément la Vierge nous regarde…
Tout à l’heure l’Enfant Jésus s’éveillera.

Et sa main nous poussant vers une mer calmée,
Sans peur et sans effort nous toucherons enfin
Au bord où nos amis, foule ardente et charmée,
Signalent notre voile et nous tendent la main.
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La casa de San Yacopo no podía dar abrigo a sus huéspedes sino hasta fines de junio. Se convino, pues, con los médicos que Oza­nam, como la gente elegante de Florencia, Pisa, Siena y Livornio, iría a pasar los meses de julio y agosto en el Antignano, bonita al­dea situada al pie de Montenero: «Volvemos a ser italianos por espacio de dos meses. Allí, mi pequeña María tomará baños y yo respiraré buen aire. Tendré la amable compañía del profesor Fe­rrucci, y por su conducto los libros de la biblioteca de Pisa, mi pro­veedora de este invierno. Mi esposa y mi hija tampoco estarán so­las. Y si Dios permite que siga progresando mi curación, podre­mos pasar allí felices momentos. No nos faltará el recuerdo de los ausentes, pero esta vez lo alegrará la esperanza de volver a ver­los».

Como el Antignano no podía recibir a Ozanam sino hasta me­diados de julio, dedicó los quince primeros días de ese mes a lo que llama «su visita pastoral» a las Conferencias de la región, Flo­rencia, Pontedera, Prato, etc., de la que envió una reseña a París. No resistimos al placer de copiar el retrato del modesto artesano que presidía la Conferencia de Pontedera. «Pontedera es una gran villa de cinco a seis mil almas… No hay que buscar allí muchos nobles y sabios, non multi nobiles, non multi sapientes; pero tene­mos en ella al cofrade B… y en él a uno de los presidentes más capaces y curiosos que conozco. El cofrade B… es afilador, pero no afilador ambulante; posee una tienda bien provista y, los días de mercado, afila guadañas, hoces y podaderas de los campesinos. Mas en las horas libres —y los italianos siempre las tienen— el co­frade B… ha leído mucho; estudia su religión en la vida y en las obras de los santos. En sus pláticas con los más bellos genios del cristianismo, ha adquirido en primer lugar una sólida instrucción, luego una singular elevación de sentimiento, un lenguaje,encanta­dor, acompañado de modales naturalmente amables y delicados. Vino a visitarme vestido de obrero; pero a los cinco minutos de conversar con él, reconocí a un hombre superior, infinitamente más interesante que la gente distinguida que llena los salones. En unas cuantas palabras, me permitió, no digo conocer, sino ver con los ojos la pequeña Conferencia de Pontedera, sus obras, sus dificul­tades, sus esperanzas, todo ello con una sencillez, un tacto, una exactitud de expresión que me encantaron el espíritu, en tanto que su exquisita pronunciación toscana me encantaba el oído».

Ozanam no se consolaba de que Siena no tuviera conferencia, tanto más cuanto que en aquella época la mitad de la Universidad de Pisa se había trasladado allí, atrayendo a un gran número de jóvenes estudiantes. Ozanam quiso visitar la ciudad. Y como se le objetaba que el viaje resultaría cansado: «Puesto que Dios me de­vuelve mis fuerzas —respondió–, debo emplearlas para su servi­cio».

Allí lo esperaba, a él y a su familia, la hospitalaria acogida del Reverendo Padre Pendola, el hombre más estimado de la ciudad. Maestro general del instituto de sordomudos de Toscana, direc­tor del colegio de los Tolomei, una de las más grandes escuelas ita­lianas, profesor en la Universidad, pareció, sin embargo, él que te­nía que ocuparse de tanta gente, no vivir, durante cuatro días, sino para esos cinco forasteros, la esposa, el enfermo, la niña, la cria­da, el conductor, que se habían instalado en esa casa donde todo estaba preparado para recibirlos y donde todo se les dio con pro­digalidad. «Así pues —le escribía más tarde Ozanam— sólo tuvi­mos que dejarnos vivir en esa bienaventurada Siena, donde cuen­tan que tantos santos fueron servidos por ángeles. No somos san­tos; pero de seguro un buen ángel nos sirvió. En fin, nos vamos cargados de regalos y recuerdos: yo, con su volumen de La Liga lombarda y sobre todo con el retrato de usted. Amelia con Santa Catalina; y mi pequeña María con tantas cosas, que más hubiera valido llevarse la torre del palacio de la comuna».

Mas la única cosa ante la cual desaparecían las demás, el objeto único de ese viaje, la anhelada fundación de una Conferencia de Sari Vicente de Paul, no la había logrado. Después de cuatro días de trámites para sentar sus bases, a pesar de una última entrevista en que insistió en su propósito con el Padre y algunos personajes influyentes, la respuesta fue que jamás convencería a los jóvenes de la nobleza toscana para que visitaran a los pobres. Ozanam se fue, pues, con el corazón traspasado. Sólo la esperanza de hacer ese bien lo había alentado y le había permitido resistir semejante cansancio: se había frustrado su viaje. Al regresar a su casa des­alentado, se le oía decir con los ojos anegados en lágrimas: «Dios ya no bendice mis esfuerzos. Acaso ya no quiere que lo sirva».

Sin embargo, el Padre Pendola, a quien llamaba también «su tierno amigo», no había pronunciado su última palabra. Quince días después de su regreso al Aritignano, como no recibiera con­testación, Ozanam se resolvió a acudir por vez postrera a ese ge­neroso corazón. Escribió. Las últimas líneas de su carta, ardiendo en la caridad de Jesucristo, no tienen su igual, según creemos, en todas las que brotaron de ese corazón de . fuego, que, estaba ya tan cerca de helarse. «Mi Reverendo Padre y tierno amigo. Estaba de­masiado alegre al ver la buena semilla de San Vicente de Paul ger­minar y fructificar en vuestra tierra de Toscana; pero sobre todo la he visto hacer tanto bien, sostener en la virtud a un número tan grande de jóvenes, encender en un número más pequeño un celo tan maravilloso. Tenemos Conferencias en Quebec y en México. Las tenemos en Jerusalén. Estoy plenamente seguro de que tenemos una Conferencia en el Paraíso, pues más de mil de los nuestros, des­de hace veinte años que existimos, han tomado el camino de una vi­da mejor. ¿Cómo no tendríamos una conferencia en Siena a quien llamaban la Antesala del Paraíso? ¿Cómo, en la ciudad de la San­tísima Virgen, no veríamos prosperar una obra que tiene a la. San­tísima Virgen de primera patrona? Y sobre todo ¿cómo no ha­bríamos de tener éxito en el colegio de los Tolomei en donde nues­tro joven vástago, creciendo bajo vuestra mano en la sombra, no correrá el peligro de una prematura publicidad?

«Tenéis niños ricos. ¡Oh padre mío, cuán útil lección para for­talecer a los corazones blandos es el saludable espectáculo de mos­trarles a Nuestro Señor Jesucristo, no sólo en las imágenes pinta­das por los grandes maestros y en altares resplandecientes de oro y de luz, sino en la persona y el sufrimiento de los pobres! A me­nudo hemos hablado de la debilidad, de la nulidad de los hom­bres, aun cristianos, en la nobleza de Francia y de Italia. Estoy se­guro de que son así porque algo faltó a su educación. Hay una cosa que no les enseñaron, una cosa que sólo de nombre conocen y que es preciso haber visto sufrir a los demás para aprender a su­frirla uno mismo, cuando venga, tarde o temprano. Esa cosa es el dolor, es la privación, es la necesidad… Es preciso que esos jóve­nes patricios sepan lo que es el hambre, la sed, la miseria de un desván. Es preciso que vean a seres miserables, niños enfermos, ni­ños llorando. Es preciso que los vean y los amen. Pues ese espec­táculo despertará algún latido en su corazón, a falta de lo cual es­ta generación está perdida. Pero nunca debe creerse en la muer­te de una joven alma cristiana. No está muerta: ¡está dormida!»

Después de esto, Ozanam se ocupa de los medios y arbitrios de la obra. Envía «a su querido y respetable amigo» el Boletín de la Sociedad, una instrucción para la formación de las Conferencias de los colegios, la adaptación del reglamento a su condición especial, la visita de los pobres por pequeños grupos, acompañados de un maestro, etc. «De todas sus buenas acciones, una parte vendrá a añadirse a la corona que Dios prepara al Padre Pendola; pero que le dará, espero, lo más tarde posible».

Aquí, Ozanam se disculpa de predicar al cura: «No, Padre mío, no vengo a predicarle; es su ejemplo, su conversación, su caridad lo que me predica, lo que me dice que tenga confianza en usted y ponga esta obra en sus manos».

Esta carta lleva la fecha del 19 de julio, fiesta de San Vicente de Paul. No se hizo esperar la respuesta. Al día siguiente, Ozanam recibía estas tres líneas, breves como un telegrama ; era un boletín de victoria: «Querido amigo mío, he fundado dos Conferencias, una eh, mi colegio, otra en la ciudad, el día mismo de las fiestas de San Vicente de Paul».

El mismo día, en París, y en la misma fiesta de San Vicente de Paul, en la asamblea general anual de la Sociedad, el vicepre­sidente, Señor Cornudet, encargado de tomar la palabra, pidió que lo dejaran sustituir su discurso con la lectura de una carta que aca­baba de recibir de Ozanam, su colega. «Esta carta —dijo– con­tiene los detalles más interesantes y edificantes sobre cierto nú- mero de Conferencias de Italia que nuestro querido vicepresiden­te tuvo la dicha de visitar hace poco». Todos escucharon conmo­vidos.

La carta termina así: «Lejos de encontrar en estos -acrecenta- mientos un motivo de orgullo, mis queridos Cofrades, nos parece que nos brindan una oportunidad de ser humildes. El césped de los campos se propaga rápidamente; nunca deja, sin embargo, de ser pequeño; y porque cubre mucha tierra, no dice: `Soy un ro­ble’. Nosotros también, al volvernos numerosos, seguiremos siendo pequeños y débiles; y no pensaremos en compararnos a las institu­ciones que Dios ha hecho crecer en la Iglesia como grandes árbo­les, para dar sombra y frutos. Seamos humildes. Advierto constan­temente, en Italia como en Francia, que nuestras Conferencias aca­ban por vencer las prevenciones y las dificultades. Todo el mundo se arma contra una obra nueva que anuncia grandes propósitos; pero ¿qué mal puede desearse a hombres oscuros que no tienen otra pretensión que la de llevar un poco de pan y de consuelo a unos cuantos tugurios? Dios nos conserve siempre en esta sencillez de nuestros principios; por este rasgo San Vicente de Paul nos re­conocerá como sus discípulos.

«Adiós, Señores y queridos Cofrades; me encomiendo a vues­tras oraciones que mucho necesito».

Recuérdese que, al servicio de su obra de verdad, en su última lección de la Sorbona, Ozanam había venido a inmolar, jadeante, sus últimas fuerzas: «¡En cuanto a mí, Señores, si muero, será a vuestro servicio!…» Asimismo, ahora, al servicio de su obra de caridad en Livornio, en Siena, viene a exhalar, moribundo, esos postreros sonidos de sus labios. «¡Sacrificarse hasta el martirio!» había escrito el joven apóstol, a los veinte años de edad.

Antignano dio todavía al enfermo algunos buenos días. Hasta fines de julio, todavía pudo Ozanam ir a pasear todas las tardes a orillas del mar, sentarse en las rocas, contemplar el paisaje, des­cansar, respirar. Todas las mañanas iba a pasos lentos a oír misa en una vecina iglesia. Era una pobre iglesia, construida en la mu­ralla fortificada que antaño la había protegido contra las incur­siones de los sarracenos, terribles devastadores de esa hermosa ri­bera.

Aún pudo escribir, cuando menos algunas cartas. La imagen de Lyon, su querida ciudad de Lyon, de sus amigos de Lyon, sus amigos más antiguos, lo obsesionaba como un pesar y también co­mo un reproche: el de su largo silencio. Les dirigió a todos, en la persona de uno de ellos, el señor Próspero Dugas2, este recuerdo que todavía no quería ser un adiós:

«Querido amigo, hace mucho que no he dado señal de vida a mis amigos de Lyon; y sin embargo, no me ha faltado tiempo para pensar en ellos. Dios, a quien es preciso bendecir siempre, me ha concedido ocios forzados al condenarme desde hace un año a abandonar mi casa, mis ocupaciones, mis costumbres. Tuve que aprender a romper là mitad de los lazos que atan al hombre a la tierra y he vivido errante, buscando la salud, pidiéndola a las aguas bienhechoras de las montañas, al aire del mar, al cielo de Italia.

«Muchos de los que me quieren en Lyon, o mejor dicho, todos me han acompañado con su solicitud en este destierro; os habéis preo­cupado por mi salud; me habéis socorrido con vuestras oraciones. Lo digo con fe: mucho he debido a las oraciones de la amistad, a los santos sacrificios ofrecidos por santos sacerdotes. Les atribuyo en primer lugar los consuelos infinitos que Dios se ha servido mezclar a mis amarguras. Al mismo tiempo que me enviaba en Pisa una te­rrible recaída, me prodigaba en esa misma ciudad los más tier­nos cuidados; llamaba en torno mío los afectos inesperados de varias personas para quienes era yo la víspera un extraño y que, en el momento de la aflicción, ya no veían en mí sino a un hermano.

«En fin, puedo esperar que tantos deseos hayan violentado al cie­lo; y empiezo a encontrarme en vías de una’ curación mucho tiem­po improbable. La bella estación y el aire del mar me han hecho mucho bien.

«Sin embargo, la decisión de los médicos me encadena toda­vía a los lugares en que experimenté los primeros síntomas de res­tablecimiento. Estoy seguro de que se negaría usted a compadecer­me al ver estas encantadoras colinas en que respiro las brisas del Mediterráneo, rodeado de mi pequeña pero amada familia, a los pies de la Virgen de Montenero que vela, como en Fourvière, so­bre una gran ciudad católica.

«Y sin embargo, queridos amigos, daría todos los esplendores de este horizonte italiano, todos los perfumes de esta vegetación del Sur, todo el encanto de esta hermosa lengua que oigo hablar con tanto placer, los daría todos por regresar a mi humilde casa, por volver a ver el arroyo de mi calle, la escalera de mi tercer piso, los libros de mi biblioteca y con mayor razón aún por abrazar a mis amigos de Lyon».

La última carta a Francia va dirigida al señor Eugenio Rendu que le había anunciado anteriormente su matrimonio. Menos de dos meses antes de su muerte le responde, en julio de 1853, y se sorprende uno al leer palabras tan risueñas y al ver una imagina­ción tan lozana: «Su amable carta nos llegó cerca de Florencia, la ciudad de las flores: era el lugar adecuado para recibir un mensa­je tan bonito. Mas ( por qué no llegó bajo el ala de una blanca paloma? Estábamos entonces, la señora Ozanam y yo, en la terra­za de la pequeña casa de campo de mi primo, abajo de San Mi­niato, teniendo a nuestros pies toda esa ciudad de mármol en una canasta de follaje». Ozanam responde ahora «sobre, una mesa per­fumada con ramos de mirto, blancos con una nieve de flores que siento no poder enviar a la desposada que las llevaría con tan­ta gracia… Pero este símbolo sería demasiado profano para cris­tianos». Ozanam felicita por su cristiano matrimonio al amigo cu­ya virtuosa juventud mereció la elección que Dios hizo para él de una esposa cuya compañía hará el honor y la dicha de su destino. «Semejantes encuentros no son comunes, y sólo quienes conocen su dulzura tienen derecho de hablar de ellos. Por eso os felicito, que­rido amigo; y me alegro ya como de un feliz presagio de ese nombre de Amelia que dará usted a su compañera. ¿Fue también nuestro ejemplo el que le hizo elegir el día 23 para su boda’? El 23 es afor­tunado… Los deseos de sus amigos, los méritos de vuestros pa­dres os tejen una corona que nunca se marchitará».

La Peregrinación al País del Cid llegó a su término en esa ciu­dad; pero ¡cuán laborioso! Ozanam apenas podía escribir tres lí­neas sin tener que descansar en un canapé. Ya no recibía sino a raros amigos, como los Ferrucci que dio a conocer en Francia la conmovedora reseña del padre Perreyve sobre la joven Rosa Ferru­cci, su hija. Notabilidades del país o de otras partes solicitaban sin embargo el honor de entrar en relaciones con el ilustre francés. Agradecido por sus bondades, Ozanam rechazaba sus homenajes. Un día que se había disculpado, valiéndose de su debilidad, de recibir a un gran personaje principesco que había llegado con gran boato, se presentó en la noche un pobre joven de Cerdeña, que venía a pie de Livornio, cubierto de polvo, con el fin de pedir­le unos informes útiles para la fundación de una Conferencia en su isla. El enfermo lo recibió con alegría, y haciendo acopio de fuerzas, lo retuvo dos horas.

Dos jóvenes miembros de la Conferencia de Livornio, los her­manos Bevilacqua, presa de un verdadero cariño, ellos y su fami­lia, por ese grande y santo amigo, le dedicaron todos sus instantes libres, sin escatimarlos. Era en el polvoriento camino que va de Livornio a Antignano un perpetuo servicio de finas atenciones, de exquisitos cuidados, de amables sorpresas. Un día, recibió el en­fermo un cargamento de sus flores preferidas; otro día, día de gran fiebre, una provisión de hielo; luego, otra al amanecer del día si­guiente. Cuando el mal se volvió más alarmante, sin que lo supie­ra el enfermo, los dos hermanos pasaron la noche en una casa veci­na y cuando una luz en la ventana de enfrente les anunció una cri­sis, vinieron a ponerse a las órdenes de la esposa y al servicio del esposo.

Los pescadores y los campesinos, a su vez, se habían sentido con­quistados por el «piadoso extranjero», como lo llamaban, y le lle­vaban sus pequeñas dádivas de tierra ó de mar, con esas dulces pa­labras de amistad y conmiseración de las que posee el secreto la lengua italiana. Ozanam se las devolvía con gran cortesía.

Toda esta solicitud afectuosa, lo mismo que la de su médico, de su confesor, superior de los Lazaristas de. Livornio, lo confundían de gratitud. Volvió a abrir su testamento para depositar en él sus nombres y su agradecimiento: «Antignano, 8 de agosto: Añado aquí las más tiernas gracias a los hermanos Bevilacqua, al señor doctor Prato y al Reverendo señor Massucco, que me han colmado con su amistad. Sólo Dios puede recompensarlos dignamente».

Por aquel entonces, sus fuerzas declinaban sensiblemente; se hin­chaban las piernas y sólo a duras penas lograba llegar hasta el ex­tremo del j ardincillo de la casa. Se avisó a sus dos hermanos. Car­los, el médico, llegó a principios de agosto. Nadie se hacía ilusio­nes, ni en París ni en Livornio, sobre el desenlace del combate; se lee en una carta del padre Perreyve, en aquellos mismos días: «Las últimas noticias de Ozanam son para desgarrar el corazón. Carlos, su hermano, ha recibido un telegrama de la señora Ozanam, hace cuatro días, diciendo que nuestro querido enfermo se encuentra en un estado de suma debilidad. No puedo deciros el profundo dolor que ha provocado ese telegrama en todos los que han conocido y amado al señor Ozanam. ¡Qué pérdida para todo lo que es el bien, la religión, la verdad! Pero sobre todo ¡qué pérdida para mí!»

La gran fiesta de la Asunción se acercaba. La víspera, declaró con insistencia que iría a la iglesia para comulgar y oír misa. Lle­gada la hora, se negó a subir en el coche que su mujer había man­dado traer de Livornio: «Es quizá mi último paseo en este mundo y quiero que sea para visitar a mi Dios y a su santa Madre»; y apo­yado en el brazo de la mujer a quien llamaba su ángel de la guar­da, emprendió el camino. Los campesinos, enterados de su llegada, se habían agrupado cerca de la iglesia; y cuando apareció, pálido, y atravesó sus filas, no hubo uno que no se descubriera y se incli­nara reverentemente, mientras las mujeres y los niños le enviaban ese gracioso signo de la mano que es el saludo del país. Se sintió conmovido hasta llorar.

Entre tanto, el viejo cura de Antignano se iba muriendo lenta­mente, también, él, a la sombra de su Iglesia. Al saber que el señor Ozanam estaba allí y pedía a un sacerdote que le diera la comu­nión antes de la Misa, exclamó: «Iré yo. Ayudadme a levantarme». Lo vistieron, lo ayudaron a bajar la escalera. Apareció en el altar de su iglesia adornada de flores y llena ya de feligreses con sus tra­jes de fiesta. Ozanam avanzó hacia la santa Mesa, sostenido por su esposa. El viejo sacerdote, sostenido a su vez por un acólito, bajó del santuario y les presentó a ambos el Pan de vida. Fue la última vez que desempeñó esa función sagrada. Fue también la úl­tima misa que oyó Ozanam en la tierra.

Así las cosas, su hermano sacerdote le dio la sorpresa de llegar de improviso para ya no separarse de él. De día lo acompañaba en coche hasta la orilla del mar. «Allí —relata— Ozanam se ap aba y caminaba con dificultad hasta un pequeño promontorio en/ que le habían preparado un asiento y desde el cual su mirada abarcaba el amplio horizonte del Mediterráneo, como para horadar su in­mensidad». De noche, los dos hermanos velaban alternativamente a su cabecera. Una vez, uno de ellos vio que lloraba en la obscu­ridad: «¡Por qué te atormentas? —le preguntó, abrazándolo—. Consuélate. Pronto veremos de nuevo a Francia». Mas él: «¡Ah! querido hermano, no se trata de eso; pero cuando pienso en mis pecados por los que tanto ha sufrido jesucristo ¡cómo podría con­tener mis lágrimas?» Otra vez que hablaba y lloraba así, una dulce voz le dijo: «Pero es usted tan gran pecador?» A lo cual replicó con gravedad y vivacidad: «Niña, no sabe usted lo que es la san­tidad de Dios».

El día 23 era el aniversario, festejado cada mes, de su feliz ma­trimonio. Ozanam no lo olvidó. La mañana de ese día, ofreció a su mujer una rama de mirto en flor que había cogido en la playa donde la había divisado la víspera pensando en regalársela.

Ese día o uno de esos días escribió para ella y depositó en su tes­tamento unos bellos versos de adiós, para ser colocados, después de su muerte, al pie de un cuadro copiado de Fray Angélico que le dejaba como recuerdo. El grabado representa a los ángeles levan­tando, abrazando e introduciendo en el Paraíso a los elegidos cuyos guardianes fueron en este mundo:

Ces anges attendaient, au sortir de la terre,
Les élus confiés à leur doux ministère.
Toi, mon Ange gardien, tu restes ici-bas:
Ta prière ouvrira le ciel devant mes pas.
Tu restes quelques jours pour mettre sur la voie
L’enfant, la tendre enfant qui causait notre joie.
Fais qu’elle pense à moi, donne-lui tes vertus.
Nous nous retrouverons au séjour où l’on aime,
Et nous échangerons, sous les yeux de Dieu même,
Le long embrassement qui ne finira plus.
3

Esos días y los siguientes transcurrieron para Ozanam al aire libre, sobre la terraza en que, recostado en un sofá, descansaba largamente en pensamientos de los que nada venía a distraerlo a no ser la voz de su hija que de cuando en cuando abandonaba sus juegos para venir a pedirle que la acariciara o la bendijera. La Biblia estaba allí, abierta a su lado. La palabra santa se había adueñado tan completamente de su espíritu que se había olvidado de cuanto lo rodeaba. Había textos como éste, al que se apegaba como a la fórmula consagrada de su propio sacrificio ofrecido al Eterno: «Señor, me ‘has prestado este cuerpo. Los otros holocaus­tos no pueden agradarte. Heme, pues, vengo, como está escrito al principio de tu libro. Haré tu voluntad, Dios mío».

«Una tarde que, recostado en la terraza, contemplaba el sol que se ponía sobre las olas, su mujer, sentada en una silla, un poco atrás de él para que no viera sus lágrimas, admiraba la serena paz que reinaba en las facciones y en la actitud de su marido. Le sirvió de tema para preguntarle: `è Cuál es el don de Dios que más es­timas?’ No vaciló: `La paz del corazón’, respondió. Luego, ex­plicando, dijo que sin esa paz, ningún bien puede hacemos feliz y que con ella todos los males son llevaderos, aun la cercanía de la muerte.

«Unos días después, en esa misma terraza, mientras estaban sen­tados juntos escuchando el murmullo de las olas y el canto de los pájaros en los bosques vecinos, dijo: si algo me consuela de dejar este mundo sin haber terminado lo que había deseado y empren­dido, es que nunca trabajé para que me alabaran los hombres, sino únicamente al servicio de la verdad».

Su mal empeoraba de día en día. El enfermo, agotado, hablaba poco; todos los síntomas anunciaban una próxima catástrofe. Mo­riría Ozanam en tierra extranjera? Había expresado vivamente el deseo de volver a ver a Francia. Decidieron embarcarlo sin tar­danza rumbo a Marsella.

La víspera del mes de septiembre fue el día de la partida. Acompañado de su mujer, de su hija y de sus dos hermanos, Oza­nam salió de su casa de Antignano, la casa de su dolor. Mientras el coche esperaba, rogó que lo llevaran, casi lo transportaran, apoyado en el brazo de su mujer y en el de su hermano, a la terraza del jardín que dominaba el mar. Permaneció unos instantes contemplándolo. Luego, quitándose el sombrero, alzó las maníos y dijo en voz alta bajo el cielo: «Dios mío, os agradezco las aflicciones y los sufrimientos que me habéis enviado en esta casa: aceptadlos en expiación de mis pecados». Luego, volviéndose hacia su esposa: «Quiero que tú también, junto conmigo, bendigas a Dios por nues­tros dolores». De pronto, estrechándola en sus brazos: «Lo bendigo también por los consuelos que me has dado».

Lo llevaron a bordo, donde permaneció algún tiempo sobre cu­bierta, sentado en un sillón, rodeado de los sacerdotes, religiosos, amigos, cofrades de San Vicente de Paul que habían venido a es­trecharle la mano o a besársela. Fue preciso abreviar esos adioses demasiado conmovedores, y bajarlo a su camarote, donde lo acos­taron. Su hermano el sacerdote pasó la noche a su cabecera.

Cuando amaneció, el barco atracaba en Bastia, donde pasó unas horas que aprovecharon para poner una cama sobre cubierta. El mar estaba tranquilo, el aire puro, el cielo sin nubes, y el enfermo no podía apartar los ojos de las poéticas costas de Italia que veía huir detrás de él. Mas cuando de pronto se elevaron las costas de Provenza, mostró una gran alegría al volver a ver su patria, y ben­dijo a Dios con las manos unidas. Se durmió, apaciguado. Cuando despertó, estaba en el puerto de Marsella. Sus ojos, casi al abrirse, vieron a su madre política, con otros miembros de la familia de su mujer que habían venido a recibirlo. Cuando estuvo cerca de ellos, pareció olvidar sus males y dijo casi alegre con un postrer esfuer­zo: «Este viaje ha terminado; voy a hacer otro; pero lo haré tran­quilo. Ahora que les he entregado a nuestra Amelia, Dios hará de mí lo que quiera».

Hubiera deseado ver París; pero este deseo no se cumplió. Tan luego como llegó a la casa que sus parientes de Marsella le habían preparado, se acostó y no volvió a levantarse. Los cofrades de San Vicente de Paul lo visitaron, con el corazón lleno de respeto y tristeza: no pudo recibirlos; pero se lo agradeció. «Ahora que había tocado la tierra de sus antepasados y de sus trabajos —escri­be Lacordaire— ya no parecía sufrir. Toda huella de aprensión había desaparecido; una tranquilidad que no era ni de la vida ni de la muerte se había difundido en su persona y nada igualaba la serenidad de su alma, como la de sus facciones. Rara vez hablaba; pero se unía todavía a los que amaba apretándoles la mano, ha­ciéndoles una señal o una sonrisa por las que se daba a entender. Sintiendo que llegaba el fin, él mismo pidió los últimos sacramen­tos. Como el Padre que lo asistía lo animaba para que confiara sin temor en la bondad de Dios: ` ¡Ah! —respondió— ¿cómo lo te­mería? ¡Lo amo tanto!’

Recibió con un fervor extraordinario la santa comunión. Des­pués de ese gran acto, la señora Ozanam se acercó a él; y, uniendo sus manos, hicieron ante Dios el sacrificio, ella de su marido, él de su vida.

El 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Santísima Vir­gen, se había iniciado. En la mañana de ese santo día, ningún in­dicio del final había alarmado a sus familiares. Mas . en la tarde, a eso de las siete y media, la respiración se hizo trabajosa y menos regular. Hubo un momento en que se le vio abrir los ojos, alzar los brazos, y se le oyó exclamar con voz fuerte: «¡Dios mío! ¡Dios mío, ten piedad de mí!»

Fueron sus últimas palabras. Empezó la agonía. Su mujer se arrodilló antes que todos; siguieron todas las personas de la casa. La pieza contigua estaba llena de cofrades de San Vicente de Paul, arrodillados en silencio. Su hermano sacerdote dijo las ora­ciones para encomendar el alma. Cuando terminaron, se hizo un gran silencio, entrecortado de lágrimas. Eran las ocho menos diez de la noche; un largo suspiro se exhaló de los labios del moribun­do: era el último. Federico Ozanam había entrado, según espe­ramos, en el goce de su Maestro.

Después de modesto oficio en Marsella, el cuerpo del difunto fue transportado a París, donde se celebraron sus funerales en San. Súlpicio en medio de un inmenso y religioso cortejo de sacerdotes, amigos, profesores, miembros de la Sociedad de San Vicente de Paul. Luego, le depositaron temporalmente en la cripta de la igle­sia, mientras, gracias a la amistad del señor Fortoul, ministro de cultos, pudo ser trasladado a la cripta de la histórica iglesia de los Carmelitas.

Allí descansa ahora el cuerpo de Federico Ozanam, bajo esta radiante palabra del Evangelio inscrita en su tumba:2 ¿Por qué buscáis entre los muertos a quien está vivo?

Esta iglesia es la que reúne para la oración y el santo sacrificio a los estudiantes del Instituto Católico, cumpliendo así con el pro­fético deseo que Ozanam, siendo él mismo estudiante, formuló el 15 de enero de 1831: » ¡Me sentiré dichoso si algunos amigos vie­nen a agruparse en torno mío! Entonces uniríamos nuestros esfuer­zos, crearíamos una obra, otros se unirían a nosotros; y tal vez un

La capilla subterránea está dedicada a Jesucristo vencedor de la muerte y a la día la sociedad se uniría bajo esa sombra protectora. El catolicis­mo, lleno de juventud y de fuerza, se levantaría de repente sobre el mundo; y, poniéndose a la cabeza del siglo renaciente, lo con­duciría a la verdadera civilización y a la felicidad».

Virgen María su Madre. Cerca del altar, sobre un mármol adornado de piadosos sím­bolos que recuerdan los de las catacumbas, se lee este epitafio latino:

OZANAM PIENTISSIMUS ADSERTOR VERI TOTIUS CARITATIS
VIXIT A. XL. M. IX. D. XVI. DECESSIT DIE VIII SEPT. MDCCCLIII
AMALIA CONJUGI CUM QUO VIXIT ANN. XII
ET MARIA PATRI POSUERUNT.
VIVAS IN DEO!

En la iglesia superior (capilla de San José), una segunda inscripción recuerda los títulos y méritos del gran cristiano:

A F. OZANAM VERE CHRISTIANUS, DOCTRINA ET CARITATE
ORATOR IDEM ET SCRIPTOR EGREGIUS ADSERTOR VERI STRENUUS
SODALITATI. B. VINCENTII CONDENDAE AUCTOR INTER PAUCOS PRIMUS
DICTORUM SCRIPTORU’M ET VITAE ELOQUENTIA ANIMOS JUVENTUTIS
AD FIDEM REVOCAVIT

  1. Sobre un lejano escollo, nuestra nave varada
    espera una ola buena que ala lleve hasta el puerto,
    y la Madona a quien la barca es consagrada
    no escucha nuestros ruegos y duerme el Niño Dios.

    No obstante hace doce años, bajo su patrocinio,
    partimos, animosos, con flores en la frente;
    luego, para encantar y bendecir el viaje
    se reclinó en la popa un angelito rubio.

    Desde entonces, el cielo se ha cubierto de nubes,
    los vientos procelosos persiguen nuestra barca;
    pero nunca hemos visto vendavales tan crueles
    ni tormentas que basten a apagar el amor.

    Ya no quiero temer mientras me des tu guardia,
    compañera de exilio, ¡que Dios me deparó!
    Ya con ojos clementes la Virgen nos contempla,
    ya pronto el Niño Dios habrá de despertar.

    Nos llevará su mano hacia una mar calmada,
    sin miedo y sin esfuerzo tocaremos por fin
    las costas en que ansiosa una turba de amigos,
    saluda nuestra vela y nos tiende la mano.

  2. Veáse PRÓSPERO DUGAS, Vie et Souvenirs, capítulo 11, pp. 32-33, edición Oudin Frères, 1878.
  3. Al salir de la tierra, esperaban los ángeles
    a las almas confiadas a sus dulces cuidados.
    Tú, ángel de mi guardia, te quedaste en el mundo
    para abrir con tus rezos el cielo ante mis pasos.
    Tuya es la misión de enseñar el camino
    a la tierna niñita que fue nuestra alegría.
    Haz que nunca me olvide y dale tus virtudes.
    Algún dia nos veremos allá donde se ama,
    y nos daremos, bajo los ojos de Dios mismo,
    un larguísimo abrazo que nunca tendrá fin.

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