Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 28

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XVIII: En Italia. El invierno en Pisa.

Florencia.—Su Conferencia.—La autorización.—Nuestra Señora de Pisa.— Trabajos de historia.—La vida ascendente.—El sacrificio.

1852

De Pisa, después de haber saludado a nuestra Señora en su mo­rada, Ozanam dirige inmediatamente la mirada hacia Francia au­sente: «Dé usted gracias a Dios con nosotros —escribe a Cornu­det— por habernos guardado y conducido; ruéguele que prosiga su obra y que nos lleve a buen puerto, pues esta tierra encantadora no nos hace olvidar la patria». Otra carta decía: «Espero que ha­bré de renacer en primavera. Mas, sea cual fuere la voluntad de Dios, debo esperarla con amor, puesto que mezcla tanta dulzura a las amarguras de su cáliz».

Así escribía Ozanam el 13 de enero. Aprovechó esa mejoría para ir a Florencia, que sólo dista veinte leguas de Pisa, y a donde lo atraían los intereses de la sociedad de San Vicente de Paul. Desde 1847, como él mismo lo cuenta, al atravesar la Toscana, habfa arrojado la semilla de una Conferencia que había tardado mucho en germinar. Hoy, nuevas ideas y nuevas necesidades sociales ha­bían acreditado esa obra popular y habían brotado Conferencias en varios lugares del país. «La autoridad eclesiástica les prestaba’ su protección, los religiosos la recomendaban, los seglares fervientes se alistaban en ella».

Mas en Florencia, como en Pisa, como en Livornio, la Sociedad no había obtenido la autorización del gran duque de Toscana, que la consideraba sospechosa de liberalismo; y la frialdad que mostra­ba el pequeño grupo naciente helaba el germen de la obra. La llegada de Ozanam a Pisa despertó la esperanza. Su libro Dante y su filosofía, traducido varias veces al italiano, había naturalizado al autor y popularizado su nombre, acaso más que el de escritor francés, en esta madre patria de su héroe. La Gran Duquesa no po­día ignorarlo. Una de sus damas de honor era la madre del joven canónigo Guido Palagi, el santo sacerdote que había puesto por en­tero el ardor de su proselitismo al servicio y al reclutamiento de la caritativa asociación.

Hacía pocos días que había llegado Ozanam, cuando le comu­nicaron que la gran Duquesa madre, de paso por Pisa deseaba, verlo y charlar con él por la noche. «Tenía fiebre ese día —refiere el señor Cornudet—, una opresión violenta, una hinchazón de todo el cuerpo. En vano sus familiares se opusieron a esa visita: `Me siento muy mal —les respondí—; pero es sin duda el último ser­vicio que puedo prestar a la Sociedad de San Vicente de Paul. Le debo demasiados favores para que no intente lo último que puedo hacer por ella, si Dios me da fuerzas». La gran Duquesa, mujer de fe y de corazón, lo recibió con una bondad y una distinción marcadas; pero no le ocultó las fuertes prevenciones del duque con­tra la sociedad en general, y la conferencia de Florencia en par­ticular, pues la consideraba como una especie de camarilla política, que sólo se podría autorizar si ciertos miembros, que le designó con sus nombres, dejaran de formar parte de ella. Ozanam, res­petuosamente, expuso el origen y el espíritu de la sociedad; según su reglamento, la política estaba excluida, su obligación era aco­ger indistintamente a cualquiera que se presentara, con tal que fuera honorable y cristiano. Su palabra era ardiente, y la fiebre más bien le daba ánimo, lejos de abatirlo. La Gran Duquesa lo escuchó, atenta y conmovida. Le dio las gracias, sin contestarle nada. Mas, unos días después, la Conferencia de Florencia, y con ella las de Pisa y Livornio, recibieron la autorización oficial del go­bierno.

Una solemne reunión de la Conferencia, fijada para el 30 de enero, debía promulgar e inaugurar ese nuevo estado de cosas. Una carta de Ozanam a Lallier da fiel, pero modestamente cuen- ta de ello, sin mencionar en forma alguna su visita a su alteza y el resultado obtenido: «En esta capital del Josefismo —escri­be— un joven y piadoso canónigo, cuya madre es dama de honor de la gran duquesa, pone todo su empeño en propagar nuestra asociación. Tuve el consuelo de asistir a una de sus sesiones, como había visitado en otro tiempo a nuestros cofrades de Londres y de Burgos. Suben a mis ojos lágrimas de alegría cuando encuentro a estas distancias nuestra pequeña familia, siempre ínfima por la obscuridad de sus obras, pero grande por la bendición de Dios. Pese a la diferencia de idiomas, siempre se estrechan del mismo modo la mano y hay entre ellas la misma cordialidad fraternal; y podemos reconocernos con la misma señal que los primeros cris­tianos: ‘¡Ved cómo se aman!’ »

Les habló en italiano: su discurso figura en ese idioma y en francés en sus obras impresas. Lo que se ve en él, después de la alegría de encontrarse en familia, allá, en Toscana, como en In­glaterra y en Castilla, es la necesidad de manifestar que, si es vicepresidente del consejo general, no es a consecuencia de su mérito personal. No tiene más merecimiento que su antigüedad en esa sociedad cuyos modestos principios refiere y cuya maravillosa extensión admira. «En vez de ocho miembros, cuenta dos mil sólo en París y visita más o menos a veinte mil asistidos. Posee sólo en Francia quinientas Conferencias, además de las que tiene en In­glaterra, en España, en América y hasta en Jerusalén». Decía el propósito de la obra: obra de caridad espiritual más que corporal, particularmente apropiado a las necesidades de la hora actual y al presente estado político de Italia. En fin, el espíritu de la obra: espíritu de humildad, de caridad y de paz. Tal es también el es­píritu de ese pequeño discurso de sencillez evangélica. Termina así: «Pronto regresaré por algún tiempo a Pisa, donde tengo, como aquí, otros hermanos en San Vicente de Paul; pero, dentro de unos meses, antes de volver a mi patria, espero volver a veros y edifi­carme con esa fraternidad cristiana que me ha preparado entre vosotros tan calurosa y dulce acogida. Llevaré en mi corazón su imperecedero recuerdo y daré testimonio ante nuestros cofrades de París de que, bajo el hermoso cielo de Italia, el árbol de San Vicente de Paul ha lanzado ramas dignas de figurar entre las más florecientes».

La historia de esta sesión y de este discurso tuvo su epílogo. Grande fue la sorpresa del orador, cuando, al día siguiente, se leyó extensamente reproducido en los periódicos católicos del lugar. Se mostró sumamente disgustado: «Esto es contrario a las costum­bres tanto como el espíritu de la Sociedad, que sólo hace el bien sin hacer ruido». Ozanam declaró que si hubiera previsto esa pu- blicidad no hubiera hablado. Poco después, habiéndole rogado que tomara de nuevo la palabra, sólo aceptó después de la promesa expresa de que no se repetiría esa indiscreción. Al día siguiente, sin embargo, algunos miembros influyentes fueron a suplicarle que los relevara de su compromiso: resistió tres das y sólo cedió a la sú­plica de su confesor, quien le afirmó que su discurso provocaría probablemente una fundación en Loreto. Permitió que se imprimie­ran cien ejemplares. Se hizo una tirada de doscientos: segunda traición, que el orador no perdonó completamente sino cuando vio el feliz resultado en la fundación de Conferencias en Mace-rata, en Porto Ferrayo y hasta en Cerdeña, donde el discurso del célebre profesor francés produjo gran efecto».

Mas no se necesitaba tanto para abatir las fuerzas ya muy que­brantadas del conferencista. Unos días después, escribe en una car­ta al señor Foisset: «Mi salud anda mal; por eso recé y puse a todos mis amigos en oración, para que el cielo se digne liberarme. Tantos votos no podían permanecer sin respuesta ; pero también parece que mis pecados no podían permanecer impunes. Desde mi salida de Francia, el cansancio de un largo viaje ha quebran­tado mis fuerzas; y aquí me tiene doliente, vacilante, pero sin caer, más o menos como la torre inclinada ante la cual paso to­dos los días. He aquí un ejemplo que • debería consolarme e ins­truirme. Pues, a pesar de su inclinación, dura desde hace cerca de setecientos años; y no deja de servir a Dios a su modo, cele­brándolo con la voz de sus campanas».

Escribía esto el 4 de febrero. El 28, echa la culpa del retraso de su restablecimiento a las eternas lluvias que caen de ese hermoso cie­lo de Toscana. Un mes después, el 4 de marzo, reitera la misma acusación: la intemperie, su vida reclusa ; en cambio, tiene el con­suelo de las visitas de arte y de las visitas de fe y de oración a la catedral donde encuentra su refugio y su dicha. Tal es el tema de esta página y de las siguientes al Padre Maret, para quien revive el espectáculo de las cosas, de las personas y de los lugares.

«Estará enterado, señor y muy querido amigo, de mi odisea, de mis viajes y navegaciones y cómo he venido a tornar mis cuarteles de invierno en Pisa, hace seis semanas. Se imaginará usted sin duda que su viajero lleva una vida de delicias bajo un cielo sin nubes, bogando blandamente sobre las aguas del Amo, transportado hacia las hermosas montañas de San Giulano, cuando menos, soñando al claro de luna en la maravillosa plaza de Pisa, errando en el Campo Santo, evocando los manes de los antiguos pisanos en estos pórticos abiertos pintados por Giotto y Benozzo Gozzoli. ¡Cuán lejos está de la verdad! De todas las historias santas que representó Benozzo, sólo una veo aquí y siempre la misma: la del diluvio. Pronto hará quince días que vivimos envueltos en un cielo de lluvia que a veces se convierte en densa nieve y que levantan furiosos vientos. Por fortuna, a falta de los pórticos abiertos del Campo Santo, puedo refu­giarme en la Catedral, e ir a rezar bajo esas bóvedas heroicas elevadas en 1063 por unos cruzados que se anticipan a Godofredo de Bouillon y que con el botín tomado a los infieles irguieron esta in­comparable iglesia».

Y en otro pasaje: «En los buenos días, nos ocurre tomar un coche bien cerrado y mandar que nos lleven a la Catedral. Allí, se esfu­man todos los recuerdos del diluvio y nos sentimos verdaderamente, por espacio de una hora, en el Paraíso. ¡Ah! esos viejos maestros habían comprendido muy bien que la Iglesia debe ser una Jeru­salén celeste. Y construyeron ésta con tanta ligereza, que no se sa­bría decir si se elevó de la tierra o si bajó del cielo. Las ochenta y cuatro columnas que cargan sus cinco naves son esbeltas como las palmeras de los jardines eternos. Unos ángeles, que parecen pinta­dos pór Guirlandaio, pero que de seguro están vivos, suben y bajan en grupos encantadores a lo largo del gran arco que abre el san­tuario. Y en el fondo del ábside, Cristo está sentado y aplasta bajo los pies de su trono al león y al dragón. ¡Ah, en presencia de esta nueva transfiguración exclama uno de todo corazón: `Señor, se está bien aquí; levantemos aquí tres tiendas.»

«Si, al salir de la basílica, la lluvia un momento suspendida per­mite dar la vuelta a la plaza, considerar la fachada con su cúpula bizantina, y detrás, las murallas que han visto tantos asaltos, enton- ces vuelve uno con el alma lo bastante alimentada de poesía para sufrir sin murmurar largos días de cautiverio, como los santos, des­pués de sus éxtasis y sus visiones, soportan con más paciencia los sinsabores de la vida».

Eran, en efecto, un cautiverio esos días de invierno, de los que Ozanam daba así el horario y el empleo: se levantaba a las nueve, como un enfermo, para obedecer al ángel de la guardia amabilí­simo, pero extremadamente severo que vigilaba la ejecución del tratamiento; desayunaba al amor del fuego. A las once, si el ven­daval soplaba con menos furia, iba a misa en la vecina iglesia. Luego se trasladaba a la biblioteca que estaba a dos pasos y donde hubiera olvidado el tiempo a no ser por el temor saludable de la misma guardiana. Volvía a casa para escribir una carta, para dar una lección a María. «Luego el almuerzo, cada vez más cerca de la chimenea, pues el frío aumenta al caer la tarde. Alguna lectura termina el día, durante la cual tiene uno tiempo de añorar a los amigos que animaban las reuniones de la calle de Fleurus. Há­game usted favor de decirme si lo que acabo de describir no es un invierno de Berlín o de Munich?»

Los que han tenido el espectáculo de Ozanam en oración, ve­rán su imagen en estas cartas. Ha. franqueado las puertas de bronce . del domo. Ha llegado al final de esa selva de columnas que dividen las cinco naves: está allí cara a cara bajo los ojos del Cristo colosal del mosaico del ábside. Lo contempla sentado entre la Vir­gen Santísima y San Juan. Allí evoca todos los recuerdos históricos de ese lugar, los deposita a los pies del rey de los siglos; y los más bellos salmos acuden a sus labios para expresar su entusiasmo. «Allí, envuelto y, por decirlo así, agobiado ante la majestad divina, me sentía feliz de que Nuestro Señor hubiera inspirado a un pueblo la idea de construirle una morada casi digna de El. El temor de Dios, el sentimiento de la nada del hombre, el orgullo legítimo del cristiano, todas esas emociones despiertan a la vez y se comprçnde la palabra del salmo: ` ¡Cuán amados son vuestros tabernáculos, oh Señor de las virtudes!’ »

Ozanam dice también su dicha al encontrar en esta iglesia y en otras de la ciudad pobres gentes que lo edifican: «La masa del pueblo, cuando menos aquí y en Florencia, llena las iglesias. A di­ferencia de nuestra Francia, se ve, aún en los días hábiles, los al­tares, circundados, no de gente decente, sino de artesanos, cocheros, campesinos y mujeres del mercado, con las cuales hay que codearse si quiere uno sentarse en las bancas que sustituyen a nuestras sillas. Casi todos los días oigo la misa de once: Saint-Simón la llamaría `la misa de la canalla’. Las comuniones son más frecuentes de lo que yo hubiera creído. . »

Dice en otro pasaje: «El pueblo de aquí es muy degenerado; pero cuando menos ha conservado la fe y no deja solitarias las catedrales de sus mayores. Digo el pueblo, es decir sobre todo la gente que, en Francia, no va a la iglesia y que frecuenta las cantinas y los bailes populares. En la misa de once, que es a menudo la mía, no se imagina usted cuán a gusto me encuentro en compañía de pe­queños artesanos, cocheros, verduleras, pillos, querido amigo, de todo lo que repugna a nuestra delicadeza, pero, al fin y al cabo, de esos pobres a los que amaba el Salvador».

En la biblioteca, situada a dos pasos de su casa y poseedora de 60,000 volúmenes, Ozanam encontraba la acogedora hospitalidad del encargado, el señor Ferrucci, «el más complaciente de los bibliotecarios», que lo instalaba allí en su casa, aparte, en el escritorio p°rofesoral, cerca de la pequeña chimenea privilegiada, ante la misma mesa en que el año anterior había trabajado el señor Ra­vaisson, del Instituto. Iguales eran los miramientos que le prodiga­ban los profesores de la Universidad de Pisa. En fin —escribe—tenemos aquí una pequeña Atenas, si puedo dar ese nombre a unos cien estudiantes griegos. Mas debo confesar que esos hijos de Arís­tides y de Filopoemen son menos asiduos en la escuela que en el teatro; y tienen fama de pagar mal sus deudas».

Ozanam emprendió la búsqueda de los Orígenes de las Repú­blicas italianas, para cumplir la misión que le había encomendado el ministro. La Emancipación de la Comuna de Milán en el siglo XI le proporcionó el tema y los documentos de un trabajo en que se encontraba frente a Gregorio VII y Pedro Damián: «Al re­gresar por Milán, tendré esta última impresión de los lugares que reviste de color y de vida la historia; y sacaré una narración pa­recida a la del señor Agustín Tierry. Es un trabajo que puede realizar un enfermo de Pisa, sobre todo si el sol italiano se decide a brillar en su ventana de Lungarno y calentar sus pensamientos».

El sol tardaba en brillar. El tiempo de cuaresma fue espantoso. «Torrenciales aguaceros hinchan el curso del Amo, amenazan los puentes de mármol; y a tres pasos de nosotros las heladas nieves blanquean las montañas de Lucca».

Otro trabajo mitigaba su tedio, pero sin aliviar su mal: la re­dacción de su «odisea», como llamaba su Peregrinación al País del Cid. Trabajaba bajo los ojos de su mujer que «muerta de miedo de que se agravara su enfermedad, se atrevía a afirmarle que las áridas montañas de Castilla la Vieja no tenían la belleza de la cam­piña romana; que exageraba Las Huelgas y Miraflores, y que en cuanto a ella, no daría tres maravedíes por la tumba de Juan II, etc. — Pero resisto —escribe el marido a Ampère— tengo todos mis apuntes; y al volver de París, si Dios me presta vida y me da fuerzas para sustentar unas clases sobre el poema del Cid, me pro­pongo aprovechar este viaje de España y escribir unas veinte pá­ginas de las que no se avergonzará usted».

Así pues, lo obsesionaba el recuerdo de la Sorbona que añora­ba: «1 Ah, pobre Sorbona —escribe—, cuántas veces vuelvo en espíritu hacia esas salas ahumadas que vi llenas de tan generosa juventud! Querido amigo, después de los consuelos infinitos que un católico encuentra al pie de los altares, después de las alegrías de la familia, no conozco dicha más grande que la de hablar a jóvenes que tienen inteligencia y corazón!»

Escribe esta carta al señor Benoît, su suplente interino, cristiano como él, para felicitarlo y agradecerle sus hermosas lecciones de literatura alemana.

Otras veces, dirige la mirada hacia algún hogar de lejana amis­tad. Escribe al señor Lenormant: «El lugar que se digna conser­varme en sus pensamientos me hace pensar en el que encontraba en vuestro hogar, cuando la señora Lenormant nos acogía, a mi mujer y a mí, con tanta gracia e indulgencia. No sé todavía lo que Dios hará de mí; pero de seguro ha hecho lo bastante para el ho­nor y la dulzura de nuestra vida, al elegimos a nuestros amigos. Por mucho mal que piense yo de mí, no puedo creer que me haya creado para no hacer nada, cuando me hace conocer uno tras otro a todos los mejores cristianos de mi tiempo y a las almas más elegidas».

Casi todas las cartas dirigidas, durante esta cuaresma, a sus amigos de Francia son de agradecimiento. Nadie fue más fiel que Ozanam al deber de la acción de gracias a los hombres como a Dios. Habiendo recibido el artículo bibliográfico que Ampère ha­bía dedicado a los Poetas franciscanos en la Revue des Deux-Mondes, el 15 de mayo: «Querido amigo —le escribe—, nos ha colmado a nosotros y a nuestros pobres franciscanos. Quiero agra­decerle también lo que ha hecho para esos piadosos mendigos que trata usted con tanta bondad y que hace revivir en esa com­pendiada descripción. Sus tres páginas tienen todo el color y el perfume de ese jardín conventual que usted bosqueja, con sus en­redaderas de jazmín a lo largo de los claustros. Amelia y yo, como jueces imparciales, hemos decidido que ese artículo es uno de los trozos más exquisitos que haya escrito usted. Quiero añadir que nuestra añoranza del profesor ausente ha conmovido algo más que mi amor propio y su acento ha llegado a lo más hondo de mi corazón».

Tal parece que todas las facultades de Ozanam, naturales y sobrenaturales, las del espíritu, las del corazón, se hayan superado a sí mismas, en estos dos últimos años, a pesar de su sufrimiento, o tal vez debido a él. Es la vida ascendente en su cúspide. Sobre todo la bondad, la sensibilidad tienen delicadezas y ternuras su­premas. Hasta él lo advierte: «En esta apacible ciudad, en esta vida tan descansada, me parece a veces que saboreo más profun­damente mis afectos de familia, que acaricio más a gusto mis recuerdos de amistad. Tengo tiempo libre para entrar en mi corazón don­de encuentro muchas cosas que corregir; pero en fin, creo encon­trar en él la fe y la paz, y esto basta para darme muchos momentos de felicidad». En otro lugar, al hablar de las personas que lo ro­dean: «Ve usted, mi querido amigo, que si Nuestro Señor me da parte de su cruz, es, como se hace en Roma, una partícula bien ligera, en el marco de un hermoso relicario; con esto me refiero a consuelos y dulzuras sin fin. Tengo a mi buena y tierna Amelia, que sabe mezclar a sus cuidados tanta gracia y amenidad. Tengo a mi pequeña María siempre alegre y que empieza a alegrarnos con su charla infantil. Encontré para mi conciencia a un sacerdote lleno de caridad y de luces. Dios me ha dado nuevos amigos, y sé que los antiguos no me olvidan».

Por esa abnegación de su esposa, no sabe cómo bendecir. a Dios: «El ama de la casa os manda saludar. La pobrecita ha te­nido malos días. Mas ha florecido bajo las primeras sonrisas de abril. Y en verdad, si salgo de apuros, tendrá gran parte del mérito». Y .en otro pasaje: «Usted conoce a la que Dios me dió como án­gel de la guardia visible; usted la vio a la obra. Mas, desde que mi mal se ha agravado no se imagina todos los recursos que ha en­contrado en su corazón, no sólo para aliviarme, sino para con- solarme. ¡Qué ternura ingeniosa, paciente, infatigable me rodea a todas horas y se anticipa a todos mis deseos!» Y al final de otra carta, exclama: «¿Qué he hecho para que Dios me haya con­cedido semejante familia y amigos como usted?»

Los amaba en Dios, el Dios del altar en que reza y comulga, el Dios del cielo al que aspira: «En esas grandes fiestas que no he podido pasar con vosotros, os he encontrado en el altar santo. Sí, creo firmemente, cuando comulgo, que estoy en comunicación es­trecha con mis amigos cristianos unidos al mismo Salvador. ¿Por qué no tardo en caer, cuando me aparto de esa santa compañía, en mis desalientos? ¿Cuándo veremos el lugar donde ya no habrá divisiones entre los cristianos, ni injusticias públicas, ni envileci­miento para las grandes naciones?»

De antemano confiaba a la amistad, la de un sacerdote del más alto mérito, o que más quería en el mundo: «Adiós, querido ami­go —escribe al padre Maret—; con frecuencia me consuela el pen­samiento de que, si muero, usted sería el amigo de mi pequeña familia, como ha sido el mío. Por eso, toda esta familia lo ama cariñosamente, pero nadie más que su devoto amigo».

Pensaba, pues, en su muerte, hacia la, cual se encaminaba cargando su cruz. Al doctor Franchisteguy, que le había anunciado la muerte súbita de un colega de Bayona, después de larga enf er­medad y muchas buenas obras, responde, el 3 de abril: «Fue lla­mado de improviso; pero no digamos que no estaba preparado. En cuanto a mí, cuando veo cristianos sometidos a la prueba de esos males lentos y crueles, me imagino que son almas que sufren su purgatorio en este mundo y que tienen derecho a la respetuosa compasión que debemos a los justos de la Iglesia doliente. ¡Ah, si Dios quiere aceptar para la expiación de sus pecados las penas sufridas en este mundo, cuán felices son de haberse purificado a ese precio, con dolores infinitamente inferiores a los de la otra vida, en medio de los consuelos de la religión, de la amistad, de la fa­milia, cerca de una mujer que se desvive de ternura y de cuida­dos, de alegres niños que devolverían la sonrisa a los labios más desolados! Sufrir así dos años y hasta diez, para luego entrar de plano en la paz del cielo ¿no sería el destino más feliz?»

Así se preparaba Ozanam a morir.

El sacrificio había empezado ya por el desprendimiento. Escri­be a Lallier: «¿Sabe usted, querido amigo, que durante las tres últimas semanas de cuaresma pensé muy seriamente en estar listo para los últimos sacrificios? Mucho le costaba a la naturaleza; sin embargo, me parecía que, con la ayuda de Dios, empezaba a des­prenderme de todo, fuera de los que me aman y que puedo amar fuera de esta tierra. Tuve primero que renunciar a acompañar a mi madre política a Roma, renunciar a las ceremonias de Semana santa, a las catacumbas, a la Misa de Pascua que es para mí la más bella de las cosas visibles, al consuelo de besar otra vez los pies de Pío IX y de visitar una vez más la tumba de los Santos Após­toles». Como O’Connell, Ozanam había de expirar en el camino a Roma.

Así pues, habían vuelto las Pascuas. Después de casi sesenta días consecutivos de lluvias, se hizo un claro en el cielo y en su «cora­zón. «Hoy, con el rayo del sol que despierta a las flores, despiertan a su vez mis esperanzas —escribe el 15 de abril a Ampère—. Des­de Pascuas, empiezo a revivir; y si se mantiene la mejoría ¡qué felicidad será para mí volverlo a ver en París a fines de mayo! Pero ¿lo permitirá Dios? Démosle gracias por lo que ya ha hecho por mí. Esperemos que termine la obra. Sin embargo, quiero estar sometido a su voluntad. ¿Y dónde puedo aprender mejor esa sumisión que en este país de Toscana que, fértil en artistas, lo es más aún en santos?»

Según él, fue un alivio para su cuerpo y su alma ver el pro­greso, en esa misma costa de Toscana y de Liguria, de la acción católica por las conferencias de San Vicente de Paul. La carta del lunes de Pascuas a Lallier le enumera cinco nuevas familias flores­cientes «en ese suelo en que la vida católica languidecía como sofo­cada bajo las doradas cadenas del Josefismo». Asimismo en Génova y sus aledaños, en que el espíritu católico, en lucha con el mazzinis­mo, el socialismo y el protestantismo, había agrupado sus fuerzas en torno de la misma bandera: «El volteranismo hace aún es­tragos entre la burguesía ; pero sobrevive la fe en la masa del pueblo. Aquí, como casi en todas partes, muchos intelectuales son incrédulos; pero los espíritus más grandes se honran con ser cre­yentes».

«Las sonrisas de abril son pérfidas», escribe poco después el en­fermo. Era el anuncio de una recaída. «Sé que mi mal es grave, aunque no desesperado. Sé que necesitaré mucho tiempo para cu­rarme, y que es posible que jamás me cure; pero trato de abando­narme con amor a la voluntad de Dios y vivo por desgracia más con la boca que con el corazón: Volo quod vis, volo quando vis, volo quomodo vis, volo quia vis». Lo repetía sin cesar.

La lectura de la Sagrada Escritura, que había sido el alimento de toda su vida, se convirtió en el tema diario de ese triste invierno de Pisa. Los Salmos compartían con el Evangelio su predilección: «Durante largas semanas de languidez, los Salmos casi no han salido de mis manos. No me cansaba de releer esos sublimes la­mentos, esos arrebatos de esperanza, esas súplicas llenas de amor que responden a todas las necesidades, a todas las miserias de la naturaleza humana». No sólo, como de costumbre, marcaba los pasajes más hermosos, sino que rogó a su mujer que se los copiara, para poder verlos en tal forma unidos bajo sus ojos todo el día; y para que después otros encontrasen en ellos un refrigerio a sus do­lores. Traducidas y reunidas en un pequeño volumen bajo el título de Libro de los Enfermos y precedidas de un prefacio del Padre Lacordaire, que es su digno estuche, esas páginas más divinas que humanas están dedicadas a todos los que sufren.

El 23 de abril de 1853 era el cuadragésimo aniversario de su nacimiento. La fecha era solemne: ¿vería acaso otro año en este mundo? Ozanam abrió su Biblia en el Cantar del Rey Ezequías; leyó lo siguiente: era la respuesta del Altísimo. Lo transcribió; luego, sobre la misma página, colocándose en presencia de Dios, derramó toda su alma doliente y depositó la ofrenda entera de su sacrificio en estos términos de una heroica y sublime grandeza. Es el Ecce Venio. No se puede quitar nada.

Pisa, 23 de abril de 1853

Dije en medio de mis días: iré a las puertas de la muerte. Busqué el resto de mis años. Dije: No veré al Señor mi Dios en la tierra de los vivos.

Mi vida se aleja de mí, como se pliega la tienda de los pastores.

El hilo que aún urdía se ha cortado como con las tijeras del hi­landero: entre la mañana y la tarde, me has llevado a mi fin.

Mis ojos se han cansado a fuerza de levantarse al cielo.

Señor, sufro violencia; ¡respóndeme! Mas ¿qué diré y qué me responderá el que hizo mis dolores?

Pasaré ante Ti todos mis años en la amargura de mi corazón.

«Es el principio del cantar de Ezequías. No sé si Dios permitirá que pueda aplicarme el final. Sé que cumplo hoy mi cuadragési­mo año, más que la mitad del camino de la vida. Sé que tengo una esposa joven y querida, una hija encantadora, excelentes her­manos, una segunda madre, muchos amigos, una honrosa carrera, trabajos llevados precisamente al punto en que puedan servir de fundamento para una obra en que he soñado largo tiempo. Sin em­bargo, heme aquí en las garras de un mal grave y tenaz y tanto más peligroso que oculta probablemente un completo agotamiento.

«¿Será preciso dejar todos esos bienes que Tú mismo me has dado? ¿No quieres, Señor, conformarte con una parte del sacri­ficio? Entre mis desmedidos afectos ¿cuál será preciso inmolarte? ¿No aceptas el holocausto de mi amor propio literario, de mis am­biciones académicas, hasta de mis proyectos de estudio, en que se mezclaba quizá más orgullo que celo por la verdad? Si vendiera la mitad de mis libros para dar su precio a los pobres; y si, limi­tándome a cumplir con las obligaciones de mi empleo, dedicara el resto de mi vida a visitar a los indigentes, a instruir a los apren­dices y a los soldados ¿Señor, estarías satisfecho y me concede­rías la dulzura de envejecer al lado de mi esposa y de terminar la educación de mi hija?

«Acaso, Dios mío, no lo quieres. No aceptas estas ofrendas in­teresadas, rechazas mi holocausto y mi sacrificio. Lo que pides es a mí mismo. Está escrito al principio del Libro que debo hacer tu voluntad y he dicho: ¡aquí vengo, Señor!

«Vengo. Si me llamas, no tengo derecho a quejarme. Me has dado cuarenta años de vida. Que los míos no se escandalicen si te niegas ahora a hacer .un milagro para curarme. Hace cinco años ¿no me trajiste de muy lejos y no me concediste ese plazo para hacer penitencia de mis pecados y mejorar? ¡Oh! todas las ora­ciones que te dirigieron entonces fueron escuchadas: ¿por qué las que te dirigen ahora y en mayor número habrían de perderse?

«Pero quizás, Señor, las escucharás de otro modo. Me darás valor, resignación, paz de alma y esos inefables consuelos que acom­pañan a tu presencia real. Me permitirás encontrar en la enfer­medad una fuente de méritos y de bendiciones: y esas bendiciones harás que recaigan sobre mi mujer, sobre mi hija, sobre todos los míos a quienes mis trabajos hubieran quizá servido menos que mis sufrimientos.

«Si repaso ante Ti mis años con amargura, es por los pecados con que los mancillé. Mas, cuando considero las gracias con que los has enriquecido, evoco mis años ante Ti, Señor, con gratitud.

«Así me viera encadenado por Ti en un lecho de dolor durante los años que aún me quedan de vida, no bastarían para agrade­certe los días que he vivido. ¡Ah! si estas páginas son las últimas que escribo, que sean un himno a tu bondad».

Ozanam agradece a esa bondad divina que le haya dado un padre como el suyo, una admirable madre: recuerda el beneficio de la educación que le dieron. Luego, termina así: «Vosotros que después de mí rezaréis por mí, seguid rezando también por mi padre y mi madre. La bendición del Señor se concede a las familias en que se recuerda a los antepasados»..

Estas admirables páginas tuvieron su complemento. Ese mismo día solemne, Ozanam, aprovechando una ausencia momentánea de su mujer, a quien no quería entristecer, escribió sumariamente el esbozo de su testamento, bajo esta forma breve, que se proponía revisar y completar:

«En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

«Hoy, veintitrés de abril de mil ochocientos cincuenta y tres, en el momento en que cumplo mi cuadragésimo año de edad, en las inquietudes de una grave enfermedad, pero sano de espíritu, escribí en pocas palabras mis últimas voluntades y me propongo expresarlas más completamente cuando tenga más fuerza.

«Entrego mi alma a Jesucristo, mi Salvador, espantado de mis pecados, pero confiado en su infinita misericordia.

«Muero en el seno de la Iglesia católica, apostólica y romana. Conocí las dudas del siglo actual; pero toda mi vida me ha convencido de que sólo hay descanso para el espíritu y el corazón en la Iglesia y bajo su autoridad.

«Si concedo algún valor a mis largos estudios, es porque me dan derecho a suplicar a todos los que quiero que sigan fieles a una religión en la cual he encontrado la luz y la paz. Mi oración supre­ma a mi familia, a mi mujer, a mis hijos, a todos los que nazcan de ellos, es que perseveren en la fe, a pesar de las humillaciones, los escándalos, las deserciones que puedan presenciar.

«A mi querida Amelia, que fue la alegría y el encanto de mi vi­da, y cuyos cuidados tan dulces han consolado desde hace un año todos mis males, dirijo adioses breves como todas las cosas de la tierra. Le doy las gracias, la bendigo y la espero en el cielo. Sólo allí podré devolverle todo el amor que merece.

«Doy a mi hija la bendición de los patriarcas, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es triste para mí no poder trabajar ya mucho tiempo en la obra tan grata de su educación; pero la confío sin pesar a su virtuosa y bien amada madre».

Ozanam nombra luego a sus dos hermanos, a su madre politica, a sus parientes y amigos, los de París y los de Lyon, abarcándolos a todos en su pensamiento y dándoles cita al lado de los seres que lloró con ellos. El señor Noirot, el señor Ampère, Enrique Pesson­neaux, Lallier, Dufieux, tienen un lugar aparte. A todos les pide perdón por sus arrebatos y sus malos ejemplos.

Luego solicita las oraciones de cada uno y en particular las de la Sociedad de San Vicente de Paul, diciendo: «No os dejéis dis­traer por quienes os digan: Está en el cielo. Rezad mucho por quien os quiere mucho, pero que mucho ha pecado. Con esta seguridad dejaré la tierra sin tanto temor. Espero firmemente que no nos se­paremos: y que permanezca con vosotros hasta que vosotros ven­gáis a mí.

«Recibid la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

Cuando los días calurosos lo permitieron y lo exigieron, los mé­dicos prescribieron al enfermo una estancia a orillas del mar. Nos falta verlo alli en Livornio, en San Yacopo, en el Antignano, esce­narios sucesivos de una lucha en que el alma sigue siendo hasta el final dueña del cuerpo que anima; lucha que empieza en la espe­ranza, prosigue en la paciencia, se consume en el amor de la vo­luntad de Dios y termina en Marsella, donde el cuerpo y el alma se separan para llegar cada uno a su lugar de procedencia, uno a la tierra que vuelve a adueñarse de él, la otra al cielo que la recibe.

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