Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 27

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XVII: La enfermedad. Los Pirineos. España. Peregrinaciones

El último curso. – Los Pirineos. – España. – Nuestra Señora de Burgos.—»El país del Cid».—Pouy y Buglosse.—De Marsella a Pisa.—La cornisa.

1852

La estancia en Sceaux y sobre todo el aire del mar en Dieppe habían restablecido un poco la salud de Ozanam, cuando menos por algún tiempo. Después de una prolongación forzada de sus va­caciones, a fines de diciembre, sintió el afán de reanudar sus lec­ciones en la Sorbona. Su hermano sacerdote había tratado de di­suadirlo: «No —respondió a sus apremios—; tengo que cumplir con una obligación. ¿Oué dirías de un soldado que se negara a seguir en la brecha, por temor a la muerte? Tengo que permane­cer firme en mi puesto. En él moriré, si es preciso morir». A los médicos les aseguraba que la inacción sería para él un mal peor que su propia enfermedad: «Soy un obrero: ¡tengo que realizar mi labor!»‘Pero había terminado su jornada y se acercaba la hora en que recibiría su salario.

Volvió a subir a su cátedra, prevenido, pero no curado. Si es pre­ciso creer una de sus respuestas a Ampère, sólo tomó algunas pre­cauciones. «Me canso menos al hablar. No trato de conmoverme cuando no siento emoción. No me yergo sobre el trípode, y el audi­torio no me lo toma en cuenta. De cuando en cuando, buscan algún pretexto para aplaudirme y excitarme: sin embargo, la juventud de las escuelas es, por lo general, tranquila y laboriosa».

Así transcurrió el breve semestre de invierno de 1852. Arreba­tado, ilusionado por su empeño en el trabajo, escribía el 12 de febrero a la misma persona: «Aunque mis fuerzas sólo vuelven len­tamente, me siento mucho mejor». Trató de aprovechar esa tregua para reanudar la redacción de su Siglo V: «Pero desde que me obligan a trabajar poco, mi esterilidad se vuelve desesperante. No sé cuándo habré terminado si no encuentro un poco de salud y de vida … Mas Dios, que me envió quebrantos de salud, me dejó las alegrías del corazón y lo bendigo por esa división». La pluma se le cae de los dedos, y sigue diciendo: «Uno de los mayores sufri­mientos que conozco es haber estudiado mucho, persuadirse que tiene uno ideas y no poder expresarlas». En esa cruel angustia va a debatirse al fin de su noble existencia.

Las vacaciones de Pascua debían ser la hora del descanso. Se ale­gra de ir a pasar la semana que sigue de Pascua cerca de Lallier, en Sens, con su mujer y su hija. El día mismo de la fiesta, escribe: «Querido amigo, la comunión que recibimos hace un rato en Nues­tra Señora, fue magnífica. Eramos unàs dos mil personas que re­zábamos y alabábamos a Dios, participando en los santos Misterios. Cuán cierto es que la virtud de ese sacrificio jamás se agota y que el Salvador está tan presente en su Iglesia como en el fervor de los primeros siglos. Querido amigo, no lo he olvidado; y estoy se­guro de que usted haría lo mismo por mí».

No fue a Sens. Casi a raíz de las solemnidades pascuales, cayó con fuerte fiebre, en medio de sufrimientos que esta vez vencie­ron ese valor viril. Tuvo que ponerse en cama y desde allí, al último momento, suplicó al decano que mandara anunciar el aplazamien­to de la reanudación de su curso. El señor de La Villemarqué, que fue a visitarlo, cuenta en la siguiente forma la escena patética que presenció en casa del enfermo y en la Sorbona.

Cuando, el día de la reapertura de los cursos, los estudiantes leyeron en una cartelera que debían renunciar momentáneamente a oír a Ozanam, hubo primero una decepción que se convirtió al poco rato en descontento. «En verdad, los señores profesores no se molestan y se eximen de dar sus cursos como si no les pagaran por hacerlo». Ignoraban la enfermedad del maestro.

Ozanam lo supo y se conmovió hondamente. Su lección estaba preparada. No pudo resistir: «La daré —exclamó—; es preciso honrar a nuestra profesión». Llegada la hora, salió de su cama, a pesar de las súplicas de sus amigos presentes, de las lágrimas de su mujer y de la prohibición del médico. Se trasladó a la Sorbona y bajó del coche apoyado en el brazo de un amigo. De pronto, inesperadamente, apareció en la sala del curso y luego en su cátedra, desencajado y pálido como un espectro.

Presa de compasión y remordimiento, los estudiantes, unánime­mente, lo saludaron con aclamaciones. Pidió que se hiciera silencio y con voz profunda y clara dijo: «Señores, se acusa a nuestro siglo de ser un siglo de egoísmo; y se dice que los profesores padecen de la epidemia general. Sin embargo, aquí es donde quebrantamos nuestras saludes; aquí gastamos nuestras fuerzas. No me quejo: Nuestra vida os pertenece; y os la daré. En cuanto a mí, si muero, será a vuestro servicio».

Dio su clase con una elocuencia y un vigor como jamás se ha­bían visto antes. El entusiasmo y la emoción del auditorio no pue­den describirse. Dijérase que todos tenían el presentimiento de que lo escuchaban por última vez. Al bajar de su cátedra y al salir de la sala en medio de las efusiones de sus amigos, uno de ellos le dijo, estrechando su mano ardiente de fiebre: «¡Estuvo usted admi­rable! —Sí —contestó Ozanam con una sonrisa—. Ahora se trata de dormir esta noche».

No durmió. Tuvo que acostarse inmediatamente, sufriendo ma­lestares extraordinarios, del carácter más alarmante. Acababa de despedirse para siempre de un auditorio que lo había amado y aplaudido durante doce años.

Lacordaire supo todo esto y se alarmó. Se hallaba entonces en su convento de Flavigny a donde se había retirado después de abandonar la cátedra de Nuestra Señora y la residencia en París. Escribió a Ozanam «para reprenderlo por sus imprudencias y pres­cribirle que se limitara, durante unos años, a impartir estrictamente su curso, empleando el resto del tiempo en viajar y distraerse». ¿Aun eso no era demasiado? Insistía: «Piense, querido amigo, que es us­ted de los poquísimos escritores católicos que han honrado a la Iglesia en nuestro país por su talento y su carácter; que ha perma­necido usted puro de los arrebatos y de las variaciones que nos afli­gen en muchos otros. Quédese con nosotros largos años. ¡Ay, nos iremos demasiado pronto! Y si la vida es poca cosa para usted mismo, hay que tenerle apego pensando en los demás».

La enfermedad se agravó. «Me siento muy mal —escribía des­pués—. La pleuresía me llevaba a grandes pasos y debía haberme matado, si la habilidad y el cariño de mi hermano, los cuidados de toda mi familia, las oraciones de mis amigos y la misericordia de Dios no hubiesen detenido los progresos del mal». Después de la crisis sus fuerzas lo abandonaron totalmente, pero’ no su caridad y su celo de apóstol, como lo muestra una carta que es su monu­mento. Está fechada el 16 de junio de 1852.

Durante sus días de sufrimientos, Ozanam recibió la visita de uno de sus antiguos compañeros de estudio, para asuntos de ca­ridad. Este, al escribirle después, le recordaba sus charlas de otros tiempos «cuando jóvenes y enamorados únicamente de la verdad, cónversábamos juntos y con Lallier de las cosas eternas». Pero el amigo confesaba que sus dudas de entonces seguían atormentán­dolo y confiaba su sufrimiento al querido compañero, más ilumi­nado y más feliz.

Aunque todavía no abandonara su cuarto y bien poco su cama, Ozanam lo olvidó todo y se expuso a todo.para salvar esa alma. Su respuesta es ni más ni menos la demostración católica en sus líneas principales. Empieza por reconocer la parte que corresponde al misterio en el insondable dominio de lo infinito. Responde a la objeción de crueldad elevada contra el dogma de la eternidad de las penas: «Quienes pretenden que ese dogma es inhumano é hablan así por amor a la humanidad? No, es porque tienen un sentimien­to menos agudo del horror del pecado y de la justicia de Dios».

Ozanam insiste más aún sobre la prueba experimental del cris­tianismo «a la que debe toda la fe de su infancia, toda la luz y toda la fuerza de su edad madura, toda la santificación de sus alegrías domésticas, todo el consuelo de sus penas». Ahí se encuentra esta declaración ya antes citada: «Aunque toda la tierra hubiese ab­jurado a Cristo, hay en la inefable suavidad de una comunión y en las lágrimas que provoca, un poder de convicción que me haría abrazar la cruz y desafiar la incredulidad de toda la tierra».

Independientemente de esta evidencia interior, Ozanam estudia, desde hace diez años, la historia del cristianismo; a cada paso que hace en ese estudio, se afianzan más sus convicciones… Prueba histórica, pues. Prueba social también: «Me he demostrado a mí mismo que debemos al Evangelio la libertad, la igualdad, la fra­ternidad. Que a él corresponden la grandeza y la dicha de todas las sociedades, como las de los individuos. No sabe usted acaso lo bastante, querido amigo mío, a qué punto esa fe en Cristo que re­presentan como apagada, sigue actuando fuertemente en la humani­dad; ¡cuántos siguen amando al Salvador del mundo! ¡Cuántas virtudes y abnegaciones se citan, que pueden rivalizar con las de los primeros tiempos de la Iglesia!»

En fin, esta súplica personal, ardiente: «¡Ah, amigo mío, no perdamos tiempo en discusiones infinitas! No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad y otra para practicarla. Por eso, Cristo no deja que lo busquen; se muestra vivo en esa sociedad cristiana que nos rodea; está frente a usted, lo apremia. Pronto tendrá us­ted cuarenta años, es tiempo de tomar una resolución. Vaya usted a ese Salvador que lo solicita. Entréguese a su fe como se han en­tregado nuestros amigos; en ella encontrará la paz. Sus dudas se disiparán, como se disiparon las mías. Le falta muy poco para ser un excelente cristiano; le falta únicamente un acto de voluntad: creer es querer. Quiera un día; quiera a los pies del sacerdote que hará bajar la sanción del cielo sobre su vacilante voluntad. Tenga usted ese valor, querido amigo. Tenga esa fe. Quiera su salvación, sea usted cristiano, sea feliz: ¡es el deseo de su amigo!»

Ese deseo se cumplió, según he podido saber. No se puede re­sistir a la urgente súplica de un corazón a punto de romperse como el que, aquí mismo, acaba de lanzar ese adiós: «Estoy tan poco restablecido que van a enviarme a las aguas de los Pirineos. Luego pasaré el otoño a orillas del mar y tal vez el invierno en el Sur…»

Tres semanas después de esta carta, el 16 de julio, cuando se lo permitió su estado, Ozanam dejó París con cierto pesar: «Es una gran desgracia para mí -declara— ver mis trabajos interrum­pidos como mi carrera, en el momento en que iba a presentar mi candidatura a la Academia ; pero hay que saber hacer sacrificios cuando los exige la Providencia y pedirle que se cumpla su vo­luntad como se cumple en el cielo».

El viaje de París a Eaux-Bonnes se hizo en pequeñas etapas, «en diez días. Ozanam se detuvo con religioso interés en Orléans, Tours, Poitiers. Visitó después el sur de Francia, desde Burdeos a Pau, y en cada ciudad, no dejó de visitar las Conferencias de San Vicente de Paul.

Su principal preocupación, en su estancia de un mes, fue el es­tablecimiento de una Conferencia en Eaux-Bonnes. Sería, en su pensamiento, el punto de concentración para los cofrades • de to­das partes que fueran a curarse en ese lugar. Paralelamente, inició y llevó activamente a cabo, mediante suscripciones, la construcción de un hospital destinado a recibir a los enfermos pobres que irían allí, con el mismo propósito. Cada Conferencia local se encargaría de los gastos de viaje de sus asistidos, en tanto que en Eaux-Bonnes, los enfermos ricos o acomodados tomarían a su cargo, con fraternal caridad, el mantenimiento de esa gente.

«Heme aquí, pues, en Eaux-Bonnes —escribe al llegar, al señor de La Villemarqué—, heme aquí perdido entre dos montañas, agotando a grandes vasos la fuente sulfurosa. Francamente, queri­do amigo, preferiría su sidra. Luego trepo, siguiendo a las cabras, por las rocas circundantes para digerir ese brebaje que indigna a mis entrañas. Me acompaña todo mi clan; y cuando abandone­mos estas alturas, iremos a tomar baños de mar en Biarritz. Lue­go, me desterrarán al sur de Francia para todo el invierno».

En otra carta, describe el grandioso encanto de esa ladera de los Pirineos: «No se cansa uno de admirar la belleza de la luz que dora las rocas, la curva elegante de esas lomas ; sobre todo las aguas que brotan doquier, cantantes y límpidas. Aun los Alpes no tienen nada comparable con el Circo de Gavarni. Figúrese que no está usted en un circo, sino más bien en el ábside de una catedral, de una altura de mil ochocientos pies, coronada de nieves, surcada de cascadas cuya blanca espuma se destaca sobre el fondo de unas rocas del más ardiente color; las murallas están talladas a pico. Cuando las nubes flotan encima, parecen los cortinajes del San­tuario; y si el sol brilla, no parece una luminaria demasiado re­fulgente para iluminar este edificio que dijérase empezado por los ángeles e interrumpido por alguna culpa de los hombres».

Durante esos «novillos» en los Pirineos, realizó la peregrina­ción al santuario de Betharam, donde Ozanam fue a llevar su oración a la Virgen del Ramo de oro: «Ese Ramo de oro, según dice la leyenda, fue una ofrenda de una joven que, al caer en el vecino torrente, hizo un voto a Nuestra Señora, y en ese mismo instante encontró bajo su mano una rama a la que se agarró. Yo también me agarré con todas las fuerzas de mi alma a la rama libertadora, a la que llamamos Consoladora de los afligidos y Re­fugio de los pecadores».

Mejor que hermosos lugares, Ozanam encontró en los Pirineos bellísimas almas. No sabría decir si podía encontrar algunas más adecuadas a las suyas que los dos jóvenes sacerdotes de soberana piedad y distinción, de los cuales uno era el Padre Perreyve, su discípulo, y el otro el Padre Mermillod, futuro obispo de Hebrón y cardenal, por aquel entonces vicario de Nuestra Señora de Gi­nebra.

El Padre Perreyve, hijo querido de Lacordaire y del Padre Gratry, lo era también de Ozanam. También él estaba enfermo, también él sentía que se le iba la vida, también él la ofrecía al Divino Maestro de la vida: y esas previsiones dolorosas y gene­rosas daban a sus charlas el carácter triste y dulce de un sacrificio asociado: «Cuando el cielo estaba puro —refiere el Padre Perreyve— salíamos temprano y nos dirigíamos a uno de esos risue­ños paseos que rodean a Eaux-Bonnes. A menudo era El Paseo Horizontal. Allí íbamos a buscar la paz de la tarde. Lo abandóná­bamos cuando el sol, ocultándose detrás de las purpúreas cúspi­des del Pico de Gers, dejaba subir hasta nosotros los frescos va­pores del valle de Laruns. Cuando, en la última vuelta del paseo, divisábamos los techos de Eaux-Bonnes, ya había caído la noche. Las montañas se recortaban oscuras con vivas aristas, sobre el fon­do del cielo aún claro; la luna, desprendiéndose de los abetos de las altas rocas, subía silenciosa ; y unas brisas, regulares como la respiración de un niño que se duerme, inclinaban suavemente los bosques. En esa hora, en ese hermoso lugar, nuestras almas subían naturalmente hacia Dios: seguíamos charlando, pero largos in­tervalos de silencio nos advertían que era más bien hora de rezar: profunda oración que no se articula en palabras y que consiste sólo en callarse ante Dios. ¡Oh Señor, oh mi dueño, te doy gra­cias por haberme concedido esas horas!…»

Cuando, terminada su temporada, llamaron de París al Padre Perreyve, Ozanam quiso acompañarlo hasta Bayona: «Esta hora en. el coche —escribe el joven sacerdote— fue la última que pasé con él en la tierra. Dios permitió que lo presintiera. Charló en camino de cosas graves, relacionadas con él o conmigo o de asun­tos .de la Iglesia y de las esperanzas y los temores que le inspiraba el porvenir. Me hablaba como si ya nunca volviera a hacerlo y yo lo escuchaba religiosamente.

«Cuando llegamos al camino real de España y que empezaron a surgir las torres de la catedral de Bayona, cambió de lenguaje; me dijo que se sentía herido de muerte y que sin duda no volve­ríamos a vernos. Yo compartía sus temores, pero con más espe­ranzas, es decir más ilusiones y combatí de buena fe sus tristes pen­samientos; pero se aferró a ellos y me habló de su muerte próxima con una seguridad que venció todos mis motivos de esperar. Cuan­do el coche se detuvo ante la diligencia que debía llevarme a París, me estrechó la mano mucho tiempo. Nos apeamos: era el momento de separarme de él. Me abrazó con fuerza. Me decía: ¡Enrique, dígame usted bien adiós! Se me desgarraba el corazón, pero sin una lágrima. Lo seguí con los ojos mientras fue posible ese consuelo; al doblar la calle, se rompió bruscamente el último hilo; y no volví a verlo».

El Padre Mermillod, de la misma edad del padre Perreyve, estaba entonces en la flor de su hermoso talento, de su seducción y de su fama. Acababa de mostrarse por primera vez en los púlpitos de las catedrales de Francia para interesar la caridad en favor de la construcción de la Iglesia de la Inmaculada Concep­ción en Ginebra. El principal promotor de esa empresa era, junto con él, en Ginebra, el doctor Dufresne, presidente de la Confe­rencia ginebrina de San Vicente de Paul y cuñado del señor Fois-set. También él, joven vicario, acababa de restablecerse en Eaux-Bonnes de las fatigas de sus predicaciones en París y en otros lu­gares. No ha dejado escrito el recuerdo de sus charlas de corazón a corazón con Ozanam; pero una carta inédita de Ozanam a ese amigo evoca el recuerdo de un paseo que hizo con él al Puente de España y lo recuerda como «una de las más agradables impresio­nes que haya traído de los Pirineos». Luego muéstrase esa alma humillada, sometida a una dura prueba, pero paciente, sumisa, generosa: «Rece usted por mí, señor y buen amigo, pues la enfer­medad no le hace ningún bien a mi alma: me hace más irritable que nunca, egoísta, preocupado de mí mismo. Acepto el sufri­miento, si ha de santificarme; pero Dios quiera que me santifique».

Esas religiosas disposiciones tienen un acento más cristiano aún en esta carta del 14 de septiembre al Padre Maret: «Hasta aquí, sin duda, Dios ha querido salvarme y concederme unos días para que me haga mejor: ¡bendito sea! Si su propósito es devolverme la salud o hacer que expíe mis pecados con largos sufrimientos, seguiré bendiciéndole. En tal caso, ojalá me dé valor y me envíe el dolor que purifica; y si es preciso cargar una cruz, que sea la del buen ladrón. Siga usted, pues, señor, reservándome un buen lugar en sus recuerdos ante Dios, como se da al enfermo el mejor lugar cerca del fuego. No lo merece, pero lo necesita».

Esas cartas fueron escritas en Biarritz. Con gran pesar, tengo que renunciar a reproducir aquí las descripciones que da Ozanam de esa costa, en particular de Biarritz, «uno de los más hermosos países del mundo». Mas no goza sin remordimiento, pues sabe que está condenado a perder allí muchos meses en la ociosidad, en una época de su vida en que no debería perder un solo día. «Sin duda, mi corazón encuentra en qué ocuparse; pero mi espí­ritu no. Y cuando llego al final del día sin haber hecho nada, esta ociosidad me pesa como un remordimiento, y me parece que no merezco ni el pan que como ni el lecho en que me acuesto».

Biarritz le probó mucho. Ozanam lo atribuía en parte a la visita de su hermano Carlos que, dejando por espacio de tres sema­nas a su clientela, había venido a cuidarlo y animarlo: «Llegó para mí como el arco iris, un día que estaba lloviendo a cántaros, símbolo de la esperanza que me traía». Refería también la gran dulzura que experimentaba al ver a su mujer y a su hija llenas de salud, al poder gozar de ellas y «dedicar a la educación de su pe­queña María un tiempo que no tenía antaño». Pero ¿qué sería de ellas? Insiste de nuevo «en el doloroso pensamiento de su ca­rrera perdida y de esa familia abandonada a todos los azares del porvenir más sombrío. Mi imaginación me pinta a su antojo el porvenir más negro. Me siento muy triste y más que nunca nece­sito sus buenas oraciones. Los pensamientos de la fe no tienen bas­tante fuerza para arrancarme a estas previsiones. No porque la religión no ejerza gran poder sobre mi mísero corazón: me pre­serva de la desesperación. Masno logro contenerme por completo; no soy lo bastante cristiano. No creo, sin embargo, ofender a Dios al deshogarme con un amigo que es más firme que yo y que pue­de ofrecerme el auxilio de su mano».

Así escribe a Lallier, y añade: «En este lugar encantador re- cobré mis fuerzas a orillas del mar. Sin embargo, falta mucho para que esté curado. Se acerca el invierno y mucho me temo que mi restablecimiento quede aplazado hasta el próximo verano, si es que Dios quiere que me restablezca algún día. Esta separación me causa gran tristeza. No puedo acostumbrarme a la idea de pasar cinco meses sin verlo a usted, ni a Cornudet, ni al excelente Pessonneaux, ni a ninguno de los que Dios me ha dado de com­pañeros dé camino en la tierra». El señor Dufieux había asimis­mo recibido la confidencia de las inquietudes del enfermo res­pecto al porvenir de los suyos. Su respuesta es demasiado hermosa para no encontrar aquí su lugar: «Mi muy querido Federico, se me va la salud. Acabo de pasar por una grave enfermedad; y ape­nas tengo fuerzas para trazar estas líneas. En estos últimos sufri­mientos, he pensado mucho en usted; uno de mis amigos, su mé­dico en Eaux-Bonnes me ha informado de usted y tiene buenas esperanzas. En cuanto a sus intereses de familia, entréguese usted a la voluntad de Dios: El se encargará de todo. . Dios mío, que­rido amigo ¿qué no tendría que temer yo si no supiera que allí está la divina Providencia? Tengo siete niños de corta edad. Toda mi fortuna consiste en veintitrés mil francos ganados en una labor en que dejé los últimos vestigios de mi juventud, mi salud y dentro de poco dejaré mi vida. Además no tengo parientes, ni amigos, ni herencia, ni puesto, ni favor que pueda esperar de quien sea; sólo mi trabajo, con fuerzas insuficientes para realizarlo. Sin em­bargo, mi mujer y yo dormimos en paz sobre la almohada. Sé que la mano de Dios no me abandonará sino el día en que haya dejado de confiar en ella. Tenga, pues, confianza, mi buen amigo, volverá la salud, luego la prosperidad, el genio y la gloria habrán de sobrevivir: esta será la herencia y la dote de los vuestros. ¡Ay de ‘ mí! é cuáles serán las mías?. .. Mi buen Federico, bien puedo decírselo: nunca me he sentido desgraciado sino cuando ha fla­queado mi esperanza en Dios. En cambio, todas las veces que volví a El, humilde y sumiso, como un perrito castigado por su amo, me sentí acariciado por esa mano misericordiosa y omnipotente».

Ozanam encontró en Bayona una Conferencia floreciente, bien penetrada del primer espíritu de la Sociedad, incansable para las buenas obras. Su presidente era el Doctor Franchisteguy, que se convirtió para Ozanam en un amigo de los últimos días, el amigo a quien habrá de decir entonces: «Cuando pienso que hace siete meses no me conocía usted, y que prodiga usted en tal forma su corazón a un recién llegado, veo que sólo la caridad cristiana es capaz de estas maravillas».

En otro lugar, Ozanam se felicita de vivir en medio de pobla­ciones cristianas que le dan la alegría de ver que la fe perdura en Francia. Una de esas visiones de edificación fue la visita que hizo a la comunidad de las Penitentes Bernardinas, «establecida hace poco en las Landes, a orillas del océano, a dos leguas aproxima­damente de Bayona, en medio de un inmenso desierto de arena en que los médanos se suceden como olas, móviles como ellas. En medio de ese desierto, surge de pronto un oasis, como el de la Tebaida en el Alto Egipto, dos hileras de chozas de paja y de mimbre; en el centro, una humilde capilla; y alrededor diversos cultivos: maíz, papas, rubia, recino, etc., que una cortina de ála­mos protege contra el viento marino y contra la invasión de la arena. Es a la vez la obra y la morada de las heroicas arrepen­tidas»1. La historia de su reciente comunidad es aún más sobrena­turalmente maravillosa que el espectáculo. El joven doctor Oza­nam hace un relato de ello y pinta un cuadro. «En cuanto a Fe­derico —escribe— su piedad, su corazón tan sensible a todas las impresiones morales recibieron tan suaves emociones que hasta su propia salud mejoró».

Estar tan cerca de España y no poner pie en ella era para él un suplicio y una tentación. Un día que se sentía bien, con su mujer y su hermano, escapó a Fuenterrabía, Irún, San Sebastián, para regresar inmediatamente con la gloria de haber pasado vein­tiocho horas en territorio español. Era el 22 de octubre, hacía una temperatura del mes de julio. El señor Eugenio Rendú recibió el relato. En él se observa la mención que hace de la piedad de la gente. «El buen pueblo español reza piadosísimamente. No en­cuentro en él nada que sea frío ni fantástico; el ‘domingo en misa, vimos comulgar a muchas personas, sobre todo jóvenes de aspecto viril, ceñidos con hermosa faja roja, y mostrando todo el recogi­miento que encontraría en Nuestra Señora y San Sulpicio». De todo lo anterior, Ozanam saca un motivo para esperar en la asis­tencia «del Dios de las ruinas y de las resurrecciones».

Ese viaje a España lo cansó mucho, pero sin aliviar el creciente deseo de un verdadero viaje a la España de los grandes recuerdos. Después de una semana de reposo forzado, volvió a soñar como sus antepasados en emprender la peregrinación a Santiago de Com­postela. «Cuántas veces —escribía al señor Eugenio Rendú— al amor del fuego, cerca de la señora de Ozanam, mientras daba vuel- ta a un rescoldo quemado a medias, me embarqué para Tierra San­ta. Mis deseos llegaban, por una parte, a las columnas de Hércu­les, por la otra, a las playas de Palestina. Y he aquí que al llegar a Bayona, a una ciudad semi-española, en que la mitad de los ró­tulos de las tiendas hablan el más puro castellano, dudo en llegar hasta Sevilla».

Su médico le dio permiso para tratar cuando menos de ir a Bur­gos. Salió el 16 de noviembre con su mujer y su hija, al iniciarse la estación de la que dice el proverbio español: «Seis meses de in­vierno, seis meses de infierno». La lluvia los acompañó en toda la subida de treinta y tres horas que escala la alta meseta en que se asienta la Madre de Reis, a setecientos metros sobre el nivel del mar. La intemperie de la estación, la melancolía del camino miti­gábanse para Ozanam con los siguientes pensamientos: » ¡Cuántos pobres peregrinos de Francia y de Italia —escribe— se encamina­ron anegados en llanto para ir a buscar a Santiago la remisión de sus pecados, la curación de un enfermo, la liberación de un cauti­vo! ¡Y entre cuántos peligros, cuando las bandas sarracenas recorrían el país, cuando las aguas desbordadas arrasaban los puentes y destruían los caminos».

El 18 de noviembre, a eso de las tres, las torres de Nuestra Se­ñora de Burgos surgieron ante sus ojos. Una hora después, se arro­dillaba para dar gracias en la maravillosa catedral que la noche invadía. Al día siguiente, pasó allí casi todas las horas, en el corazón mismo de la Edad Media, español por completo, recordando y admirando alternativamente, rezando a la Reina de ese lugar en términos ardientes que refiere a su hermano: «¡Ah Virgen Santa, Ma­dre mía, cuán poderosa Señora sois! ¡Y en comparación con vuestra pobre casita de Nazareth, qué admirables mansiones os mandó construir vuestro Hijo! Ya conocía otras muy hermosas, desde Nues­tra Señora de Colonia hasta Santa María la Mayor y desde Santa María de Florencia hasta Nuestra Señora de Chartres … Y ahora, los castellanos, dejando su gallarda espada para empuñar la trulla y el cincel, se han turnado aquí durante trescientos años a vuestro servicio, para que también entre ellos tengáis una her­mosa morada. Virgen santa que habéis obtenido estos milagros, conseguid también algo para nosotros y para los nuestros. For­taleced la casa frágil y derruida de nuestro cuerpo. Haced que suba hasta el cielo el edificio espiritual de nuestras almas».

No añadiremos nada, pues el propio Ozanam lo ha contado to­do en una obra maestra publicada después de su muerte e intitulada: Una Peregrinación al País del Cid, constante ocupación y dulce consuelo de los últimos días de su vida. Pareció revivir en Burgos: «A pesar de un tiempo lluvioso —anuncia a sus amigos— nunca me he sentido mejor, y los tres días de Burgos sólo tuvieron el defecto de ser demasiado cortos: tres días pasados con el Cam­peador, con Fernán González, el gran conde de Castilla, con la gran Isabel! Allí, en Burgos, tenía todo el poema de la España heroica y sagrada. En tres días, he visto trescientos años de historia. En fin, traigo de allí nobles pensamientos, bellas páginas en germen, poesías y reseñas sobre los monumentos, baladas y leyendas. Ame-lia encontró viejos romances para cantar, compró mantillas, obtuvo para ella y para mí gracias del. cielo. Sobra decir que doy gracias a Dios que me dio la fuerza de realizar este viaje agradable y útil; y también a mi querida esposa por su constante solicitud».

Aunque haya sido muy rápida esa estancia en Burgos, Ozanam no olvidó la Conferencia de San Vicente de Paul. La católica y gallarda España, rica en obras antiguas de caridad y de evange­lización, había tardado un poco en acoger a ésta, reciente y extranjera. Hasta entonces, San José de Madrid y Burgos eran las únicas, según creemos, que se hubiesen adherido a la Sociedad. Pero al fin de ese año de 1852, se afiliaron muchas otras, Calella, Santa Cruz de Madrid, Santander, Huesca, etc. Diez años des­pués, de dos mil conferencias extranjeras a Francia, España con­taba quinientas.

El 24 de noviembre, Ozanam estaba ya de regreso en Rayona. Un momento, había pensado en regresar primero a París ese mes, para presentar su candidatura en la Academia de Inscripciones. «è Para que? Esa Academia bien puede prescindir algún tiem­po de mis luces. Me consolaría fácilmente, si no temiera que esas luces se apaguen pronto». Y unas líneas después: «Conozco a can­didatos que sólo entraron a la Academia para lo que de ellos se esperaba. ¿Y no se puede esperar otro tanto de mí? Además, pue­de esperarse que pronto deje vacante mi lugar».

Se acercaba el invierno: ¿dónde lo pasaría? Dudando entre Bayona, España e Italia, Italia venció: ¡Nuestra bella Italia! «Hi­pólito Fortoul, su antiguo compañero del colegio de Lyon, que se había convertido en ministro de la Instrucción pública bajo el Se­gundo Imperio, pero que seguía siendo fiel a su amistad, trató de mitigar el tedio del descanso, encargándole un pequeño trabajo, en Pisa, sobre los Orígenes de las Repúblicas Italianas, mediante una ligera indemnización por el viaje.

Ozanam no quiso dejar Bayona y los Pirineos sin hacer una vi­sita al vecino pueblo en que nació San Vicente de Paul: «Debía esa visita al bien amado patrón que preservó mi juventud de tantos peligros y que derramó imprevistas bendiciones sobre nuestras, hu­mildes Conferencias. Está a siete u ocho leguas de Bayona, es cues­tión de una breve jornada. Llegamos primero a la aldea de Pouy que se llama ahora San Vicente de Paul, en honor de su glorioso hijo. Vimps el viejo roble bajo el cual San Vicente, pequeño pas­tor, se refugiaba mientras guardaba sus ovejas. Ese hermoso árbol no está unido al suelo sino por la corteza de un añoso tronco. Pero sus ramas son magníficas y, en esta avanzada estación, todavía tie­nen hojas verdes. En él veía la imagen de las fundaciones de San Vicente de Paul, que no parecen estar atadas a la tierra por nada humano y que sin embargo triunfan de los siglos y crecen en las revoluciones».

Otra carta dice: «El señor cura de San Vicente de Paul mandó cortar bajo nuestros ojos una rama de la venerable encina, que voy a enviar al consejo general. Al mismo tiempo, Amelia se abasteció de hojas, ramas y bellotas que espera dividir con usted, en tanto que mi pequeña María se alegraba de ver en el arenoso erial ovejas que eran acaso tataranietas de las que guardaba el santo».

«De Pouy, proseguimos nuestro camino hacia Nuestra Señora de Buglosse a tres cuartos de legua de distancia, en un horrible país, lleno de pantanos, inculto. El viejo santuario es venerable por una imagen de María que atrae a multitud de peregrinos. Allí, el sá­bado por la mañana, realizamos nuestra peregrinación y tuvimos el consuelo de comulgar, pidiendo a Dios la curación que nos interesa a los tres. Hacía mucho que no me sentía tan conmovido».

Lo que más lo conmovió fue una particularidad que refirió en la siguiente forma en carta posterior a su amigo Lallier: «En aque­lla época, me creía curado e hice esa peregrinación más bien para dar gracias que para suplicar. Sin embargo, sin querer mezclar algo sobrenatural en lo que a mí se refiere, confieso que me había impresionado mucho una circunstancia. Me había confesado con un santo sacerdote que cuida de la capilla de Nuestra Señora y cu­ya sencillez y extremada caridad me recordaba completamente a nuestro Vicente de Paul. Pues bien, ese hombre de Dios, en la ex­hortación que me dirigió, no me habló sino de los sufrimientos que es preciso recibir con paciencia y resignación, de la sumisión a la voluntad de Dios, por severa que ésta sea … Semejante lenguaje me sorprendía un poco, ahora que me sentía mejorado». Esto su­cedía en el confesonario de la iglesita: y el padre no sabía nada de la persona de su penitente a quien nunca había visto2. «Sin em­bargo, a raíz del regreso de Buglosse, me sentí algo indispuesto y mi estado se agravó con las visitas de despedida que tuve que hacer en Bayona. Recaí en mis desfallecimientos». Era tiempo de em­prender el viaje.

En los primeros días de diciembre, Ozanam se puso en camino en la diligencia que lo llevó rápidamente a Tolosa, donde Santo Tomás de Aquino y las Conferencias lo detuvieron dos días: «Nues­tra buena y pequeña sociedad de San Vicente de Paul no tiene punto de descanso en parte alguna», escribe. Lo mismo ocurrió en Montpellier: «Así se está haciendo la obra de Dios en medio de las vicisitudes humanas». En Marsella los esperaba la señora Soulacroix que se unió a ellos en el resto del viaje, en cuyo término debía trasladarse a Roma donde se hallaba su hijo: «¡Así, pongo fin al aislamiento de mi esposa y acerco dos corazones que san­graban al sentirse separados!»

Marsella le brindó «las delicias de Capua», en la hospitalidad del señor Magagnos y de su señora, próximos parientes de los Soulacroix. Hubo gran mesa y reunión patriarcal, en la fiesta de Navidad. Ese mismo día se había sentado en otra mesa, divina: «Así pasamos juntos esas fiestas —escribe a su hermano—. Mien­tras estaba allí, al pie del santo altar, recé mucho por ti. Me lo devolvías con creces, por tu lado ; y, con la ayuda de tus buenas oraciones, verás que haremos un buen viaje. Salimos mañana para Tolosa, a donde llegaremos en cinco horas. Nos ponemos bajo la protección de Nuestra Señora de la Guardia a quien visitamos el otro día».

Lo que se observaba en Ozanam en aquel período era su alegría; era el primero en disfrutarla: «Verdaderamente —escribe— Dios me ha concedido la súplica que le hice: Redde mihi laetitiam salu­taris tui».

Tolón le entusiasmó por su grandeza naval: «La escuadra del Mediterráneo se reunió allí para recibirnos. Visitamos el gigante de la armada, el Valmy, de ciento treinta cañones, tripulado por mil cien hombres. Nada he visto más imponente que ese gigante móvil que lleva a bordo tantos rayos obedientes y tantos valores disciplinados». En cambio, Tolón lo cansó. Habla de hinchazón de los pies, de espasmos frecuentes, de una dilatación reconocida en el corazón y tratada con digital: «Espero que no se prolongue esta pequeña prueba y que Dios me la haya enviado de aguinaldo en este renuevo del año, para que pueda decirle: Volo quomodo vis, volo quamdiu vis».

De Tolón a Niza, la dulzura de ver, contemplar, admirar, sentir, bendecir, fue para él, según escribe, un bálsamo. «Un coche par­ticular nos llevó a Cannas, donde pernoctamos, y al día siguiente a Niza, pasando por Fréjus, las montañas del Esterel, Antibes: es decir por una ruta encantadora, flanqueada de olivos, de naranjos cubiertos de frutos ‘de oro, sin hablar de las palmeras que se mecen de trecho en trecho sobre alguna ruina romana, en la entrada de una capilla o cerca de una moderna casa de campo.

«Todo esto es admirable, pero parece poco, cuando, al llegar cerca de Antibes, se despliega de pronto la cortiná -de los Alpes marítimos que cierran el horizonte, cubierta de nieve la frente, el pie en el mar resplandeciente. Entonces, quedan vencidos los Pi­rineos y la costa de Vizcaya. Toda la creación está allí, con la ma­jestad de los ventisqueros y la opulencia de las regiones tropicales: los olivos como un bosque, los laureles en el cauce seco de los arro­yos, los áloes y los nopales como en Sicilia ; y grupos de palmeras que yerguen su altivo follaje digno de adornar en domingo de Ra­mos el triunfo del Rey de los reyes».

El recuerdo familiar tiene alegres etapas escalonadas a lo largo del camino. Ozanam escribe: «De todas las frutas que se encuen­tran en Provenza, las mejores son los primos y las primas. Amelia encontró todos los suyos en Marsella». En Tolón, encuentran otra falange de Magagnos. Por último, «en Cannas, un viejo primo, casi ciego, el señor Coste, pariente que tanto quería nuestra buena madre y en cuya casa festejamos el año nuevo. Decididamente, amigos míos, abandono a su desgraciada suerte este año de 1852 que nos había separado, y bendigo 1853 que habrá de unirnos».

Después del recuerdo de su madre, el de su padre: «Mañana, a las cuatro de la mañana, saldremos de Niza para Génova, por ese admiráble camino de la Cornisa. ¡Ah, cómo me recuerda este país a nuestro pobre padre! ¡Cuán seguido hablaba de él! Era el teatro de sus primeras campañas y muchas veces había disparado su fusil contra los montañeses del Piamonte. Pienso mucho en él y en usted, junto con él».

De Génova a Livornio, la travesía en el María Antonieta fue es­pantosa. Al desembarcar bajo un aguacero, los pasajeros estaban calados hasta los huesos. El 10 de enero, Ozanam llegó por fin a Pisa, acatarrado, cansado, pero aún válido, `saludando a Italia y animado por la esperanza.

Ante todo, fue a visitar la catedral: «Después de un mes de viajes, fatigas y breves descansos —escribe a Francia —, su amigo no presume de ser un hércules; tuvo sus pequeñas miserias; pero helo aquí llegado al puerto, según espero, y es preciso dar gracias a Dios. Fue precisamente lo que hicimos al llegar, en esta admira­ble catedral de Pisa, resplandeciente de fe, de belleza y de amor».

  1. DR. OZANAM, Le pays des Landes, une Thébaïde en France, folleto in 80., 1857. Ver también la Vie de l’abbé Cestac, el fundador, por Monseñor Ruyol. Tuve la dicha de oír el muy conmovedor y edificante relato de esos orígenes y de esas vidas pe.. nitentes de boca del santo Padre Cestac a quien conocí en Buglosse, en 1862.
  2. Me inclino a creer que ese santo sacerdote era precisamente el Padre Cestac, que por aquel entonces emprendía la construcción del nuevo santuario de que habla Ozanam y a quien encontré allí después de su terminación, en 1862; con quien pasé medio día de gran edificación; se le atribuían luces sobrenaturales para la dirección de las almas.

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