Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 25

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXV: Bretaña. Inglaterra. La obra de publicación

Bretaña.—La obra de publicación.—Las f ioretti de San Francisco.—El siglo V.—Sceaux.—Londres y Dieppe.

1850-1851

El frágil organismo de Ozanam no se había restablecido por completo de su crisis de 1846. El trabajo, la lucha, las heridas aca­ban de consumar su ruina. Los mismos médicos que, el año ante­rior, lo habían internado en Ferney, lejos de las bibliotecas y de la política, le impusieron tres meses enteros de descanso absoluto a orillas del mar o en su cercanía, durante todas las vacaciones de 1850. Se trasladó a Bretaña con su mujer y su hija para en­contrar juntos en aquella provincia las alegrías de la religión, los espectáculos de una naturaleza grandiosa y la dulzura de una amistad.

Primero, radiçó en San Gildas de Ruiz. Después de algunos ba­ños y de algunos paseos, sintióse penetrado de una gran suavidad. El 10 de septiembre escribía: «He encontrado allí horas muy dul­ces, bajo este hermoso cielo, ante este mar admirable, en esta paz completa de los elementos y de mi corazón, con mi mujer y mi hija que veía en buena salud cerca de mí. Hay en la vida momentos de dicha brevísimos y sumamente vivos que pueden pagar años de sufrimiento». Y un poco antes, el 3 de septiembre: `Estoy casi satisfecho de mi salud; desde que vivo al aire libre y —lo digo con vergüenza— en una perfecta ociosidad, me siento infinita­mente mejor. En fin, alabado sea Dios, aunque me diera sólo un momento de tregua para proteger mi debilidad y prepararme a sufrir más cristianamente».

Semejante alma, toda ella bajo la mirada y la mano de Dios es un espectáculo menos bello que un mar tranquilo y profundo en que se refleja el cielo?

En Vannes, la procesión anual en honor de San Vicente Ferrer que allí murió, luego los salvajes paisajes del Morbihan, las rui­nas del castillo de Susinio, Gavrinis, Locmariaker, las grutas druí­dicas, las piedras del campo de Carnac lo sumieron en piadosos pensamientos y en graves ensueños. La devoción de la gente le recordaba la de Italia con mayor seriedad y solidez, pero sin que el país le presentara la misma belleza elísea de sus lugares y de su cielo: «Cuando se han visitado las orillas del Rin y las del Tíber, no hay que venir a buscar bellezas naturales en Bretaña. Si se quiere dar la vuelta al .mundo, no hay que empezar por Italia; el recuerdo de su sol opaca todo cuanto se ve después».

Así, diversamente impresionado e interesado, llegó Ozanam al castillo de T cuscat, a casa del señor de Francheville, su amigo. Los encantos que se había prometido en Bretaña se iniciaron entonces con una visita a la isla de Artz, el día de la fiesta patronal del lugar. Lo había invitado el señor Río, que había nacido allí. El señor Río, revelador apasionado de las maravillas del Arte cristia­no, amigo de Montalembert, profesor de historia en el liceo Louis­le-Grand, antaño preceptor del joven Alberto de la Ferronnays, era el heroico joven chouan (combatiente de las guerras de Ven­dée) que a la edad de diecisiete años había guerreado, encabe­zando a sus compañeros del seminario de Vannes, durante los Cien Días, contra las tropas imperiales, hasta el regreso de los Borbones que se apresuraron a condecorar al adolescente herido en defensa de su trono. «El señor Río —relata Ozanam— nos hizo los honores de su isla natural. Al salir de la misa mayor en que se congregó la población arrodillada hasta en la plaza, nos re­cibió muy bien en la choza de su anciana madre, respetable cam­pesina que nos complacíamos en mirar con su sencillo atavío, rodeada del afecto y de la consideración de su familia. Celebra- mos allí la solemnidad campestre, con una comida que no lo era demasiado».

La procesión de la tarde que se desplegó, acompañada de los cantos de himnos bretones, en las verdes laderas que bajaban ha­cia el mar resplandecientes de las últimas luces del ocaso, le en­cantó a Ozanam. Su niña figuraba en el cortejo, con el traje local.

Otro punto del cuadro había atraído su corazón. «Lo más conmo­vedor —dice— era un pobre joven de veintitrés años de edad destinado al sacerdocio, pero afectado de una enfermedad incu­rabler Se le veía vestido de negro en el umbral de su puerta a donde se había arrastrado para ver una postrera vez la procesión de su país ., .. Por encima del canto de las letanías, yo sentía subir la oración del joven subdiácono que ofrecía a Dios el sacrificio de su vida … ¿Cómo no se conmovería Dios ante semejante es­pectáculo? Y nosotros ¿cómo dejaríamos de sentirnos con­movidos?»

Esta carta a su hermano Carlos en que el recuerdo de la comu­nión de la mañana ocupaba un gran lugar, terminaba con un recado para «mi vieja Guigui». «Dile que háblamos de ella desde la mañana hasta la noche. Me encomiendo a sus rosarios».

La dicha de recibir esas cartas fraternales en que abundan des­cripciones, quedaba desvirtuada, para el joven doctor, por el pen­samiento del cansancio que debieron de costar al enfermo. «¿Qué quieres? —le respondía el poeta—. Mi conciencia es Can honrada que se me oprime el corazón al acostarme si no he hecho nada en todo el día. Además, no puedo acostumbrarme a saborear . un pla­cer que no comparta con las personas que tengo la debilidad de querer». —» ¡Esto es burlarse de la mediçina!» insistía el joven médico—. » ¡Dios me libre! —respondía su cliente—; pues me temo que la he de necesitar todavía mucho tiempo. El bienestar de estas últimas semanas me hizo creer prematuramente que po­dría prescindir de mis muletas. En fin, si Dios se sirve someterme a una prueba, no por eso ;ae aré de agradecerle que me haya con­cedido dos semanas de bu? descanso».

A fines de septiembre, Ozanam abandonó Truscat y a su ami­go de Francheville para trasladarse al castillo de Kerbertrand, donde lo esperaba otro ilustre amigo, el vizconde de la Villa-marqué. «El bote de Francheville nos llevó a bordo de una cha­lupa fletada para atravesar otra vez la cuenca del Morbihan, con un sol magnífico que plateaba todas las olas y doraba todas las islas. Luego, penetramos en un brazo de mar de tres leguas que nos dejó temprano en la ciudad de Auray, de la que salimos ese mis­mo día rumbo a Santa Ana, peregrinación nacional de los bre­tones. Era tarde y día hábil: y sin embargo, en menos de una ho- ra, vimos a varios grupos de peregrinos venir a rezar con fervor ante la imagen milagrosa de Santa Ana o recorrer el Vía Cru­cis en el vecino claustro. Nos sentíamos felices al poder arrodillarnos en medio de esos buenos campesinos tan llenos de fe y tan recogidos. Rezamos allí con, más fervor que de costumbre, sostenidos y elevados, al parecer, por oraciones mejores que las nuestras».

En Kerbertrand, cerca de Quimperlé, Ozanam conoció días felices en aquella familia distinguida y hospitalaria del autor de los Vates y de las Leyendas célticas. El ilustre arqueólogo reco­pilaba y traducía entonces los poemas del país de Armor. En sus cartas, Ozanam le pide esas obras: «¿Ha vuelto usted a tomar el laúd de Taliesin, para ajustarle unas cuerdas o para darnos las triadas gálicas que aún nos debe?» Los dos amigos trataron mu­chos de esos puntos, como lo recordaba el señor de La Villemar­qué: «Un día, cerca de su lecho, leíamos juntos el poema en que el vate Liwar’hen llora la muerte de sus veinticuatro hijos muer­tos en los combates. Llegamos a la estrofa relativa al más joven, al más querido, que el padre sostiene moribundo en su regazo, al pie de un peral, y en que dice: `Suavemente cantaba un pájaro sobre el peral, encima de la cabeza de mi hijo, antes de que la cubrieran de tierra; ese canto desgarró el corazón del viejo va­te’. No leímos más lejos. Miré a Ozanam: tenía los ojos llenos de lágrimas». A lo que el señor de La Villemarqué añade lo siguien­te: «Yo tampoco puedo pensar en el amigo, a la sazón ya cerca de la muerte, encima del cual cantaba también el pájaro de la poesía. Mas su voz tan dulce me desgarra el corazón y no puedo terminar».

No seguiremos a Ozanam en la exploración que hizo del Finis­tère, después de la del Morbihan. Resumía así las principales eta­pas: «Vi la severa orilla de San Gildas y la bahía encantada de Douardenez. Fui a sentarme valientemente en la última roca de la punta de Raz, desde la cual contemplé con infinita emoción ese océano que fue durante tantos siglos el límite del mundo. Esta noche, estoy hospedado en Lesneven, en el camino que va de Brest. a Saint-Pol-de-León, al lado de la célebre romería de Nues­tra Señora .de Fol-Góat. Llegamos, pues de Brest. Hemos reco­rrido esa admirable ensenada, visitado varios barcos y parte del puerto y regresamos impresionados de la grandeza naval de Francia.

«Mas, a decir verdad, lo que amo en este país no es tanto la naturaleza como la población, sus monumentos primitivos, los menhires de Locmariaker y de Carnac, los cromlechs de Crozon y todas las tradiciones perdidas que representan. Es la leyenda de los primeros apóstoles, y todos los vestigios aún vivos de los comba­tes heroicos librados por el cristianismo contra los antiguos dioses. Es la Edad Media y el Renacimiento, tan interesantes en el país de Duguesclin y de Ana de Bretaña. Son, en fin, las costumbres de estas buenas gentes, tan poco corrompidas por la trivialidad y la disolución de nuestras costumbres .. .

«A decir verdad, si no se buscan más que los grandes espectácu­los de la naturaleza y del arte después del Vesubio y del Vaticano, lo mejor que se podrá hacer será dejar el báculo del viandaizte y vivir de recuerdos. Mas se necesitaría dar la vuelta al mundo para encontrar una fe tan sólida, hombres más honrados y mujeres más pudorosas».

Ozanam había encontrado también —i dónde no la hubiera en­contrado por aquel entonces?- la Conferencia de San Vicente de Paul. Era en Morlaix: «Nos recibieron del modo más afectuoso: una familia que no conocíamos y que no tiene con nosotros más vínculos que los de San Vicente de Paul nos hospedó tres días. Visi­té esa conferencia incipiente, pero llena de actividad».

El regreso se hizo por Lorient, Vannes y Nantes. El viaje fue be­néfico,para su salud. «El aire de Bretaña hizo prodigios —escribió al señor Ampère inmediatamente después de su regreso—. El reposo espiritual, el gran ejercicio y el viento marino renovaron mis fuerzas. Aunque todavía no tengo entrañas de bronce, creo que las tengo lo bastante firmes para trabajar pausadamente este invierno. La señora de Ozanam, a cuyo gobierno me había abandonado por completo, triunfa al enseñar mis mejillas en que ha puesto colores insólitos. La más pequeña de sus amigas está en el mismo punto, de modo que formamos un trío capaz de regocijar los ojos de quienes tienen la flaqueza de no odiarnos».

Un poco tranquilizado, o fingiendo estarlo, respecto a su salud, Ozanam estimó que había llegado la hora de emprender la publi­cación en capítulos y volúmenes de los dos últimos años de su en­señanza, 1849 y 1850g cuyas primicias habían figurado en El Co­rresponsal. rresponsal. Ya dimos el sumario e indicamos algunos puntos cul­minantes de esa cadena de lecciones sobre la Civilización Cristiana del Siglo V. Su recopilación exigía no sólo la revisión, sino una re­fundición casi total que implicaba una inmensa labor muy propia para infundir miedo al escritor. Avido de perfección, siempre des­contento de sí mismo, corrigiendo veinte veces su obra, Ozanam escribía laboriosamente, según lo dijimos ya y según lo demuestran sus manuscritos atormentados, de escritura desigual, sobrecargada de borrones. Además, tenía que habérselas ahora con las intermitencias de una enfermedad que le arrebataba a menudo la plu­ma de la mano y paralizaba su inspiración. En momentos como ésos escribió a su amigo: «En resumidas cuentas, no me forjo ilu­siones y me pregunto si mis hombros son lo bastante fuertes para cargar con el fardo de la Historia de las Letras en los tiempos bár­baros; y si verdaderamente vale la pena escribir para añadir unas hojas a las que el vendaval de cada invierno barre de nuestros jardines y de la memoria de los hombres». Ozanam había llegado a esa hora de perplejidad que todo escritor ha conocido, cuando tiene que entregar al público la obra sin cesar reiniciada y jamás terminada, de la cual depende el honor de la verdad más aún que el del nombre.

En la duda que sentía respecto a su obra y a sí mismo, Ozanam invocaba el consejo y la asistencia de la persona en quien con­fiaba más que en sí mismo. El señor Ampère era ese hombre de autoridad y de bondad, pero era un nómada. A fines del año de 1850, se creía que estaba en Berlín, cuando Ozanam recibió de Roma, el 4 de diciembre, la orden afectuosa de emprender la publicación de La Civilización por el Cristianismo: «Amigo mío, tengo gran interés en su Siglo V. Es preciso ante todo redactar aquella parte de la Introducción, tal como se encuentra en su cabeza y en los apuntes de sus lecciones. Por favor, ningún des­aliento. Tiene que tomar su lugar en el gran movimiento de re­construcción de la historia del espíritu humano en que todos tra­bajamos y a la vez cuidar de su salud. Usted hará su obra y Dios hará lo demás».

La salud de Ozanam no frustró esta vez los deseos y recomen­daciones de su amigo a quien escribe el 27 de febrero de 1851: «Podría usted pensar que habré empleado bastante bien mi in­vierno si soy capaz de conservar dos o tres saludes a las que su amistad se sirve conceder algún valor. A este respecto, he mere­cido todos sus elogios; y gracias a esas cálidas brisas que de seguro tiene usted cuidàdo de enviarnos desde Italia, nos hemos portado a las mil maravillas hasta hace poco».

Ese otoño y ese invierno fueron, pues, clementes con él: el oto­ño le permitió reanudar su curso en la Sorbona, el invierno y la primavera le inspiraron suficiente confianza para volver a tomar la pluma. Escribe al señor Dufieux el 9 de abril: «Como la Pro­videncia nos trató este año con muchos miramientos, a fuer de débiles cristianos, espero que esta primavera podré reanudar mi trabajo en el libro que estoy preparando». En efecto, en la pri­mavera del año de 1851 escribe la Introducción del primer volu­men de la historia de la Civilizacin en los tiempos bárbaros, que debía enriquecerse, durante un período de diez años, cuando me­nos, con un volumen anual. Esas páginas liminares son una verda­dera obra maestra de elocuencia, de ser cierto que la elocuencia es el sonido de una gran alma.

Les da el subtítulo: Proyecto de una historia de la Civilización en los tiempos bárbaros. Ese proyecto es el siguicnte: «Me pro­pongo escribir la historia literaria de la Edad Media desde el si­glo V hasta fines del XIII. Mas, en la historia de las letras, estudio sobre todo la civilización de la que son la flor; y en la civili­zación percibo principalmente la obra del cirstianismo. Todo el pensamiento de mi libro se propone, pues, mostrar cómo el cris­tianismo supo sacar de las ruinas romanas y de las tribus acam­padas sobre esas ruinas, una sociedad nueva, capaz de poseer la verdad, de hacer el bien y de encontrar la belleza».

Cómo había formado ese proyecto, Ozanam nos lo dice. Nació de la fe de su padre, de su madre y de su hermana ; de la fe de su infancia un momento quebrantada, pero pronto afianzada por la mano de un maestro que era un sacerdote: «Creí desde enton­ces con sólida fe y, conmovido por tan raro beneficio, prometí a Dios dedicar mi vida al servicio de la verdad que me proporcio­naba paz».

El propósito era, pues, el cumplimiento de una promesa hecha a Dios y dicha a los hombres y el de una misión venida de lo alto que había comprendido desde joven y desde entonces empezado a realizar. «Han transcurrido veinte años. A medida que he vivi­do más, la fe, mejor comprendida, se ha vuelto más grata para mi corazón. He experimentado su fuerza en los grandes dolores y en los peligros públicos; he compadecido a quienes no la co­nocen. Al mismo tiempo, la Providencia por medios imprevistos, cuya economía admiro, me impulsó a estudiar sobre todo la re­ligión, el derecho y las letras, es decir las tres cosas más necesarias a mi proyecto. Visité los lugares que podían instruirme. En fin, la felicidad de los tiempos me permitió conversar con grandes cris­tianos, hombres ilustres en quienes se unían la ciencia y la fe, y otros que sirven la fe, sin saberlo, con la rectitud y la solidez de su ciencia. Sin embargo, la vida prosigue; hay que aprovechar lo poco que aún queda de los rayos de la juventud. Es tiempo de escribir y de cumplir ante Dios las promesas de mis dieciocho años».

Tendrá que refutar la ciencia negativa y hostil. Lo sabe y lo escribe; esta página es bella: «El historiador Gibbon visitó a Ro­ma en su juventud. Un día, lleno de recuerdos, paseaba por el Ca­pitolio. De pronto escuchó unos cantos de iglesia. Vio salir de las puertas de la basílica de Ara Coeli una larga procesión de fran­ciscanos que barrían con sus sandalias el pavimento recorrido por tantos triunfos. Entonces, lo inspiró la indignación: Formó el proyecto de vengar a la antigüedad ultrajada por la barbarie cristiana y concibió la Historia de la Decadencia del Imperio Ro­mano. — Yo también vi a los religiosos de Ara Coeli hollar el viejo empedrado de Júpiter Capitolino. Me alegré de ello como de una victoria del amor sobre la fuerza; y resolví escribir la historia de los progresos en aquella época en que el filósofo inglés sólo había vis­to decadencia ; la historia de la civilización en los tiempos bárba­ros; la historia del pensamiento atravesando las olas de las inva­siones, salvando los restos del dominio de las letras. Nada conocía yo más sobrenatural ni que demuestre mejor la dignidad del cris­tianismo que haber salvado al espíritu humano».

Sin embargo, Gibbon no ha muerto por entero. «Su tesis sigue siendo la de una mitad de Alemania. Es la de todas las escuelas censualistas que acusan al cristianismo de haber sofocado el le­gítimo desarrollo de la humanidad, oprimiendo la carne, al apla­zar hasta la vida futura la felicidad que era preciso descubrir en la tierra; al destruir aquel mundo encantado en que Grecia había divinizado a la fuerza, a la riqueza y al placer, para substituirle un mundo triste en que la humildad, la pobreza y la castidad velan al pie de una cruz». Es el paganismo eterno, inmanente a nuestra naturaleza caída: no en el progreso, sino la regresión a la barbarie antigua. «La gloria de la Iglesia en la Edad Media no consiste tanto en haber vencido al paganismo, sino en no haber dejado de combatirlo; pero si reconozco la permanencia de la ley de pecado, sigo creyendo en el progreso de los tiempos cristianos. No me asusto de las caídas y de los extravíos que lo interrumpen: las frías noches de mayo que substituyen el calor de los días no impiden que el verano siga su curso y madure los frutos».

El consuelo que nos brinda la historia para los tiempos actuales es la esperanza, contra viento y marea; y la lección que nos da es la del trabajo: «Por eso ahora, en estos años inquietos y en médio de los terrores de una sociedad a punto de perecer, doy gracias a Dios por haber emprendido estudios en que encuentro seguridad. Aprendo a no desesperar de mi siglo al volver a épocas más ame­nazadoras, al ver los peligros que atravesó esa sociedad cristiana de la que somos los discípulos, de la que podríamos ser, llegado el caso, los soldados. No se me ocultan las tormentas de los tiempos actuales; sé que puedo zozobrar en ellas, y que conmigo habrá de perecer esa obra a la que no prometo duración. Sin embargo, es­cribo, porque Dios no me ha dado fuerzas para manejar un arado; pero tengo que obedecer a la ley del trabajo y proporcionar mi jornada de labor».

Habrá que citar todas esas páginas magistrales. Si en defini­tiva lo que buscamos en ellas es a Ozanam en la intimidad, lo en­contramos en las siguientes líneas, melancólicas y fuertes, profé­ticas y resignadas, llenas de su ternura y de sus tristezas: «No sé qué suerte espera a este libro, ni si quedará terminado, ni si llegaré al final de esta página que recorre mi pluma; pero sé lo bastante para poner en ella el resto, sea cual fuere, de mi ardor y de mis días. Sigo cumpliendo en tal forma con los deberes de la enseñanza pública; extiendo y prolongo, en cuanto puedo, un auditorio que siempre fue benévolo, pero con demasiada frecuencia renovado. Voy a buscar a los que me escucharon un momento y que, al salir de la escuela, me conservaron algún recuerdo. Este trabajo habrá de resumir mis lecciones y lo poco que he escrito.

«Lo empiezo en un momento solemne y bajo sagrados auspicios. En el gran jubileo del año de 1300, el viernes santo, Dante, al llegar, como dice, a la mitad del camino de la vida, empezó su peregrinación al infierno, al purgatorio y al paraíso. En el umbral de la jornada, el corazón le falló un momento; pero tres mujeres benditas velaban sobre él en la corte celestial: la Virgen Maríà, Santa Lucía y Beatriz. Virgilio conducía sus pasos y, confiado en ese guía, el poeta penetró valientemente en el tenebroso camino. ¡Ah, no tengo su grande alma; pero tengo su fe! Como él, en la madurez de mi vida, acabo de ver el Año Santo, el año que divide este siglo tempestuoso y fecundo, el año jubilar que renueva las conciencias católicas. Quiero también hacer la peregrinación de los tres estadios que van desde las sombrías invasiones hasta Carlo­magno, y de Carlomagno a los esplendores religiosos del siglo XIII. Dante, mejor que Virgilio, me acompañará hasta el fin de mi viaje, sobre esas alturas de la Edad Media en que dejó marcado su lugar. Tres mujeres benditas me auxiliarán también: la Virgen María, mi madre y mi hermana. Mas la que es para mí Beatriz me ha sido concedida en la tierra para sostenerme con una sonrisa y una mirada, para arrancarme a mis desalientos y enseñarme, bajo su más conmovedora imagen, el poder del amor cristiano cuyas obras voy a contar.

«Y ahora ¿por qué vacilaría en imitar al viejo Alighieri y ter­minar este prefacio como termina el de su Paraíso poniendo mi libro bajo la protección del Dios bendito en todos los siglos?»

Tal es el final del prólogo. El nombre del «Dios muy bueno y muy grande» queda inscrito en el frontón del pórtico. Mas ¿le será concedido dejar terminado el edificio? Respondió a su vocación, realizó su misión, atravesó el desierto, conducido por la columna de fuego; se encuentra en la montaña frente a la Tierra de pro­misión. ¿Podrá entrar en ella? Acaba de decirnos sus aprehensiones y su resignación. Con razón se ha dicho que ese prólogo era «un acto testamentario».

Mientras ese sombrío presentimiento empañaba esas páginas severas, otro gran sufrimiento embargó a Ozanam en la persona querida a quien acaba de celebrar bajo la imagen de Beatriz. Leo un poco más tarde en sus cartas: «Esta primavera de la que es­perábamos tanta dicha ha sido una temporada de dolor. Y ahora lo que más me preocupa es que se restablezca la salud de mi mujer y de mi hija antes de los primeros fríos del otoño». —»Es preciso haber conocido el corazón de Federico — refiere su hermano- para formarse una idea de lo que experimentó entonces. Recuerdo que me decía, lleno de angustia: `No puedo ver sufrir a Amelia sin que se desgarren mis entrañas’.» Desde el mes de julio, ade­lántandose a las vacaciones alquiló en Sceaux una casa de campo donde instaló a las dos enfermas con quienes hubiera querido que- darse ; pero había pocos días en que, en ese último mes del año escolar, no tuviera que ir a París para el duro trabajo de los exá- menes académicos.

Allí se unió con él Juan Jacobo Ampère, que acababa de regre­sar a Francia por poco tiempo. Ese tiempo, lo dividía ese gran nómada entre Sceaux, donde permanecía del lunes al jueves, y París, a donde regresaba para asistir a la Academia y atender sus negocios. Luego iba a terminar la semana en Montreuil, cerca de Versalles, en casa de su amigo Alexis de Tocqueville.

Fue, pues, para Ozanam una sociedad regular de cada semana si no de cada día. Preciosa sociedad que tanto había anhelado: «Sus amigos no le perdonan que los haya dejado pasar el invierno sin usted. Este hermoso sol que aquí tenemos, contra nuestra cos­tumbre, no logra sustituirlo. Nápoles, que no tiene el poder de cambiar en bestias a los miembros de la Academia francesa, ¿no tendría acaso, como Circe, el secreto de hacerles olvidar su pa­tria? No sé, pero, aunque siempre he deseado con pasión su dicha, a veces me asusto al saberlo tan feliz a cuatrocientas leguas de nosotros».

Iban, pues, a reanudar esas charlas y esas revisiones literarias que exigían los libros en vísperas de presentarse ante el gran pú­blico. Ozanam le nombraba primero a los Poetas franciscanos, «ese niño perdido en las colecciones del Corresponsal» y sobre todo ese Siglo V que no podía terminar sino con él y que no podía tener éxito con el público sino gracias a él.

Los Poetas franciscanos que hemos presentado aquí a raíz del viaje a Italia que los había inspirado esperaban para publicarse dignamente en volumen un añadido y un recuento que iban a du­plicar a la vez su extensión y su interés. En su misión en Italia, Ozanam había descubierto en Florencia una recopilación de le­yendas populares del siglo XIV, las Fioretti de San Francisco, flo­recillas de poesía en prosa, mezcladas a su cosecha de investi­gaciones eruditas «como la campanilla se mezcla al trigo maduro». Se convino con Ampère que se colocarían en el volumen des­pués de los artículos, en la actualidad capítulos, de los Poetas fran­ciscanos.

En el prefacio, Ozanam, con gran probidad, tiene buen cui­dado de avisar al lector que, al publicar esas leyendas, nada pro­pone a la fe de los cristianos y que dista mucho de confundir esos cantos o esas tradiciones poetizadas con el dogma católico, «de igual modo —dice— que no confundo las gotas de rocío con los fuegos de la aurora». Tampoco quiere que se les confunda con la historia auténtica de San Francisco en la que tiene fe por el testimonio de contemporáneos autorizados. «Mas al lado de la his­toria comienza la poesía nacida, no de la mentira, sino únicamente de la necesidad que todos tenemos de creer y de admirar». Tal es para él la alta fuente de las Fioretti.

Mas las flores tienen también sus frutos. «No las acuséis de pue­rilidad —protesta el moralista—: estas flores, por amables que sean, ocultan una viril doctrina, hecha para hombres libres.. . Sonríe uno, por ejemplo, al leer el relato de la tregua que celebró San Francisco entre la ciudad de Gubbio y el lobo de la montaña vecina; y en tal caso, pasa por alto una admirable lección de caridad impartida a los justos en favor de los pobres pecadores. No se ve que el lobo ladrón y homicida, pero al fin y al cabo dócil, que pone su pata en la mano de San Francisco y cumple con la pro­mesa de no hacer daño a nadie, representa al pueblo de la Edad Media, terrible en sus arrebatos, pero de quien no desesperó la Iglesia, pues tomó en sus divinas manos esa mano asesina hasta que le inspiró el horror a la sangre, el más bello e indiscutible carácter de las costumbres modernas».

Así es como Ozanam vuelve por laderas floridas a sus tesis de reconciliación social y de civilización de los bárbaros pasando por Gubbio para llegar a París, mostrando la rama de olivo y reci­biendo en su mano caritativa y clemente la mano aún sangrienta de los facinerosos y de los insurgentes.

Entre las numerosas leyendas franciscanas Ozanam hizo una se- lección, cuya traducción encargó a su mujer: «Una mano más de­licada que la mía —dice el prefacio— puso en francés los relatos más piadosos, más conmovedores, más amables de las Fioretti, es­forzándose por ceñirse al giro sencillo y ágil del viejo narrador». A lo cual el señor Ampère añade: «En nuestras veladas de Sceaux, me habían iniciado en el secreto de esa traducción modesta. Esa mano que Ozanam ya consideraba más delicada que la suya es la que fue lo bastante fuerte para presentarle la última bebida y que le dio el último abrazo».

Completado en tal forma, el volumen de los Poetas franciscanos se publicó en 1852. Antes de morir, Ozanam pudo ver todavía una doble traducción al italiano y al alemán, mientras las edicio­nes se sucedían una tras otra en Francia.

La segunda obra, la más importante, en preparación, El Siglo V, no llegó a ese final. Ya había escrito su prólogo desde el viernes santo. Las cinco primeras lecciones, revisadas y refundidas por el autor, se publicaron en el Corresponsal, bajo diferentes títulos, Progresos en los siglos de decadencia, Estudios sobre el Paganismo. Ampère escribirá de ese principio: «Esas cinco lecciones que se convirtieron en otros tantos capítulos preliminares, parecen formar una de las partes más elevadas y perfectas que hayan salido de su pluma». Este amigo, a quien sometió ese prólogo completado y revisado, recuerda con emoción la lectura que hizo con su voz de­bilitada: «Fue —escribe Ampère— durante el verano de 1854, sobre un banco que aún veo en su jardincillo de Sceaux donde, ya muy cansado, había ido a buscar algún descanso entre su mujer y su hija, donde Ozanam me leyó su cuadro del Paganismo: postreros días en que la inquietud que era preciso ocultarle no vino a envenenar su suavidad. Permítaseme expresar mi pesar y no en­jugar esta lágrima que cae sobre el papel mientras escribo…»

Faltaba retocar, redactar y refundir las dieciséis lecciones de las que el profesor sólo poseía estenografías completadas con apun­tes. Era demasiado trabajo para sus fuerzas y para el poco tiempo que había de vivir. Ampère estaba a punto de hacer un viaje tras­atlántico; y el mismo Ozanam iba a pasar el resto de sus vaca­ciones a orillas del mar. Por lo demás, Sceaux ya no era para él una soledad estudiosa ni saludable: «Me había imaginado encon­trar aquí paz, ratos libres y salud para todo el mundo: me equi­voqué. Los candidatos al bachillerato vienen a buscarme aquí, sus atribuladas madres me obligan a recibirlos; y la tosferina que se ha instalado en mi casa no me deja punto de reposo ni de noche ni de día». Tuvo que abandonar Sceaux durante un mes y con él su trabajo de redacción: «Pendent opera interrupta. ¡Ay! ¿Volve­rán a iniciarse y habrán de terminarse?. ..»

Ozanam fue a buscar el mar, a principios de agosto, en Dieppe. Ampère se unió allí con sus amigos. Luego fue a embarcarse en el Havre con destino a Inglaterra a donde lo atraía la exposición del Palacio de Cristal. Invitó a Ozanam a que la visitara con él: «Am­père pretende —escribe el amigo— que el profesor de literatura extranjera faltaría a sus obligaciones si ‘no aprovechara la opor­tunidad de ir a saludar a tan bajo costo la patria de Shakespeare. Obedezco, pues, y me dejo arrastrar por él».

Como se verá, en los quince días que pasaron juntos, los dos amigos no estudiaron ni admiraron las mismas cosas. Así lo escribe el señor. Ampère: «Hice con él y la señora de Ozanam un viaje­cito a Inglaterra para visitar la Gran Exposición. Me entusiasmaba más que él ante esas maravillas de la industria. No experimentá­bamos ahora las mismas admiraciones, como cuando nos enten­díamos tan bien respecto a Dante o los Nibelungos. Le parecía que yo admiraba demasiado a Inglaterra y que olvidaba demasiado a los irlandeses. Me dejaba volver solo al Palacio de Cristal para tener tiempo de visitar las cuevas en que vivían los pobres católicos de Irlanda. Regresó conmovido; y, según creo, un poco más po­bre que al llegar».

Sería preciso poder reproducir las dos o tres cartas de Ozanam escritas al regresar de ese viaje, para comprender cómo para él, hombre de fe, hombre de caridad, dos cosas habían echado a per­der esa rápida visión de la gran Inglaterra, «dos cosas —dice— que tiene buen cuidado de exponer y que no han visto sus visi­tantes de un día, cuando publican que el pueblo inglés es el primer pueblo del mundo. Esas dos cosas son: la miseria de los pobres, el pauperismo, y la violencia de las pasiones antipapistas, el angli­canismo».

Ozanam visitó los tugurios en que se amontonaban los obreros irlandeses acompañado de un miembro inglés de la Sociedad de San Vicente de Paul. «He aquí —escribe— que la caridad cató­lica lleva hoy la limosna y la buena palabra a esos tristes refugios de una pobreza indescriptible. ¡Oué valor necesitaron nuestros co­frades ingleses para resolverse a dar la mano a esos mendigos, en este país aristocrático en que el contacto del indigente ensucia y compromete! Nuestros nobles cofrades, al desafiar y superar al do­ble prejuicio de la raza y del nacimiento, realizan allí mucho bien. Pasé una velada feliz en medio de ellos.

«El segundo dolor de quien visita Londres con cierta preocu­pación por los intereses de Dios y de la humanidad —prosigue Ozanam— es el odio que la Iglesia oficial siente por el catolicis­mo… ¡Ah! —escribe— no alabéis a esta nación por su respeto del pasado: ninguna ha, llevado más lejos el odio del pasado católico. Creímos en su tolerancia por espació de veinte años; pero el an­tiguo prejuicio protestante sólo estaba amordazado; los hombres de Estado se habían reservado la facultad de azuzarlo en tiempo oportuno: ¡y ahora ya se ven sus furores!» Era la época de los motines suscitados, con motivo del restablecimiento de los títulos eclesiásticos, contra el gran hombre a quien los periódicos anglica­nos creían insultar al llamarlo Obispo de los mendigos.

«Mas el catolicismo se desquitaba ampliamente con el cardenal Wiseman, y con aquellas dos grandes almas, Newman y Manning, cuyo ejemplo multiplicaba las conversiones en el seno del clero an­glicano». Tales son los pensamientos que trajo Ozanam de su vi­sita a la Universidad de Oxford, cuna de ese espíritu nuevo. En la abadía de Westminster, se empeñó en ir a rezar ante el altar de San Eduardo, mutilado por los iconoclastas del protestantismo. Re­fieren que, al ver la tumba, sobrecogido de dolor, el piadoso visi­tante cayó de rodillas, y rezó allí, a despecho de la muchedumbre de extranjeros y desconocidos que lo creyeron sin duda insensato, en expiación por todo aquel pueblo ingrato que desconoce a sus santos.

En definitiva, lo que Ozanam declara admirar sinceramente en Inglaterra y en el pueblo inglés es su respeto a la ley, su amor a su país, el poder colosal de su trabajo industrial, su fondo religioso demostrado por su fiel observancia del descanso dominical, de un extremo a otro del país más laborioso del mundo. En cuanto a la Exposición del Cristal Palace, ese edificio frágil y efímero no le revela el secreto de la grandeza británica. Demasiados objetos de lujo para los ricos, demasiados objetos de envidia y de codicia para el pobre, demasiados estímulos para necesidades ficticias,, dema­siada monotonía y uniformidad en ese espectáculo mundial que pone sin cesar objetos parecidos unos a otros ante sus ojos. «En cuanto a mí, después de haber visto este compendio del poderío humano, al cabo de casi sesenta siglos, pensaba: ¡Cómo! ¿Es todo lo que puede hacer el hombre? ¿El último esfuerzo de su genio será cruzar el oro sobre la seda y mezclar flores de esmeralda con flores de diamante? Al salir, me alegré al ver los verdes prados del parque, los grupos de grandes árboles, los corderos que pacían el césped y todo lo que no ha hecho la industria».

De regreso a Dieppe, Ozanam se convirtió en fomentador de la caridad de San Vicente de Paul en una Conferencia que recordó mucho tiempo sus visitas y sus ardientes palabras. Veinte años des­pués, un panadero del lugar las repetía todavía a la familia de Ozanam refugiada en Dieppe, durante el sitio de París.

Sceaux, donde lo encontramos de nuevo en octubre, no tenía Con­ferencia. Cuando Ozanam reclutó elementos para formarla, se en­contró con que la pequeña ciudad suburbana no tenía menesterosos. «No importa —dijo—. La asistencia material del pobre sólo es el fin secundario de la obra: la santificación es la obra principal. En ésta trabajaremos». Gracias a la Conferencia, se estableció en Sceaux una floreciente cofradía de la Virgen entre las jóvenes cristianas, mientras, por su lado, los cofrades se convertían en após­toles de los habitantes que llevaban a la fe y a la práctica reli­giosa. No es de sorprender si se sabe que uno de estos celadores era el ilustre y santo Agustín Cauchy, en quien Ozanam encontraba toda la piedad y toda la ciencia que antaño había visto reunidas en el gran Ampère.

Fue para él el más suave consuelo espiritual de los últimos días de esas vacaciones que llegaban a sus postrimerías. No recuperaba sus fuerzas. El 23 de octubre, escribía a Ampère: «Trabajo un poco, pero con lentitud y dificultad. No escribo siquiera unas pá­ginas mientras usted, allende el océano, recorre cincuenta leguas. Sin embargo, encuentro cierta dulzura en este mismo descanso del campo, en esta estancia en Sceaux de donde se van las hojas, pero no la paz».

Esa paz, la encontraba ese justo ante todo en sí mismo, en esas virtudes morales, cristianas, que tanto embellecen su vida íntima, vida de familia, vida de amistad, vida de caridad. Nos sentiremos edificados al contemplarla un poco en un panorama antes de ter­minar este libro con el relato de una agonía de dos años, coronada con una muerte aún más bella que su vida, admirable para los hombres y valiosa ante Dios.

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