Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 23

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXIII: Creencia y tolerancia

Ernesto Havet.—Los protestantes.—»El Universo»: La contradicción.-Queja y Clemencia.—Liberalismo y Caridad.

Ozanam fue ante todo un hombre de gran fe. Juan Jacobo Am­père ha dicho de él: «Lo que Ozanam puso por encima de todo en este mundo, lo que le impulsó a emprender inmensos estudios, a es­cribir grandes y sabias obras, a hablar con voz elocuente, a realizar un número infinito de buenas obras; lo que puso un sello imborra­ble en todas sus acciones y palabras, fue su gran fe católica, el ama soberana de su vida».

Ya vimos cuán sagrada fue siempre para él la ortodoxia, la creen­cia recta, cuyo nombre llena sus cartas y sus discursos: los de la Sorbona, los – que dirigió a sus hermanos de las conferencias. .La ortodoxia que debe presidir toda asociación, la ortodoxia cuyos fieles, doctores, héroes y mártires celebra; la ortodoxia a cuyo in­terés deben sacrificarse todos los demás, sin sacrificarla a ningu­no. «Me importa —dijo un día a los árbitros de su destino— la ortodoxia cristiana más que la vida misma, pues amo y sirvo de todo corazón a la Iglesia católica romana». La consulta y la sigue a ella, a sus jefes, a sus ministros; y está dispuesto a romper sus pá­ginas más elocuentes con tal de no entristecerla con una sílaba de sus labios o un rasgo de su pluma. Y añade: «La fe católica es lo que es; no debemos negar nada en ella ni disminuir ninguna de sus afirmaciones, por complacencia o cobardía». «¡Ni traido­res, ni cobardes!» — «El mayor peligro sería la molicie que ce­diera algo de la severidàd del dogma en la discusión o de los de­rechos de la Iglesia en los negocios».

A esa estricta y necesaria intransigencia doctrinal se unía, en Ozanam, una amplia tolerancia apostólica, que es uno de los ras­gos más notables y felices de su carácter. Lacordaire los ha gra­bado ya para nosotros con su buril de gran estilo. El señor Am­père, que había experimentado personalmente su beneficio, habla más sencillamente en los términos siguientes: «La tolerancia, en Ozanam, nada tenía en común con la debilidad. Se relacionaba con una liberalidad de conceptos que le hacía reconocer simpa­tías aun fuera del bando en que combatía. Era un conocimiento íntimo de los hombres, que una paciencia suave y discreta desar­maba siempre al final. Es la invitación conmovedora de Nuestro Señor que jamás rompió la caña doblada, ni apagó la lámpara aún humeante».

El señor Ampère tiene razón. La tolerancia de Ozanam no pro: cedía sólo de su bondad innata ; era también un fruto de la gracia del Evangelio que estaba en él. Era la suave irradiación del es­plendor de su fe, y el movimiento de la condescendencia cristiana de su amor.

Otro escritor de la misma escuela, Hipólito Rigault, en el Journal des Débats, atribuye asimismo a la piedad de Ozanam esa tolerancia que lo conmueve, esa ortodoxia que lo edifica: «Quisiera —es­cribe— insistir en el carácter sumamente atractivo de su piedad; quisiera mostrar en él al cristiano indulgente con su prójimo y severo consigo mismo, leal amigo de las ideas generosas, defensor y modelo de la tolerancia, pero inquebrantable en la línea de la ortodoxia que desde temprana hora se había trazado; en fin, el digno descendiente de ese Ozanam del siglo XVII, sabio geóme­tra, que decía: `Corresponde a los doctores de Sorbona discutir, al Papa decidir y a los geómetras ir al Paraíso por la perpendi­cular’. Pero se necesitaría una pluma menos profana para repro­ducir tan raras virtudes».

Esa indulgente bondad, Ozanam la mostraba en todos los há­bitos de su vida, de su vida privada, de su vida de obras y de su vida pública de apologista y defensor de la fe.

En sus relaciones ordinarias con sus cofrades y colegas, o vi­sitados o visitantes de cualquier condición, la cordialidad definida y recomendada por San Francisco de Sales se manifestaba en es­tas palabras que se complacía en citar el señor Gossin: «La cor­dialidad es una alegría que se siente en el corazón al ver a una persona a quien se ama; es un arrebato del corazón por el contento que siente al estar con su hermano. Esta alegría se difunde en to­da la persona; es un fruto del amor divino unido al amor del prójimo. Si la caridad fuera una manzana, la cordialidad sería su color».

En sus juicios sobre las personas, siempre se quedaba con la última palabra la misericordia. Si se hablaba en su presencia de algún náufrago de la verdad o de la virtud a quien sólo se puede compadecer, uno de esos hombres de quienes se dice: «¡Está per­dido!», Ozanam lo compadecía también, pero nunca dejaba de añadir: «Después de todo es el secreto de Dios. Y si Dios tiene su secreto, más vale creer que es un secreto de misericordia».

En el ejercicio de la caridad, no rechazaba, ni mucho menos, el concurso de los disidentes que, sabiendo cuán generoso era, se confiaban a él y le daban el suyo con una conmovedora y acre­centada delicadeza.

Ozanam nunca dejó de combatir el protestantismo; pero si al­gunos protestantes lo tomaban de intermediario en el servicio de sus pobres, era su servidor abnegado y agradecido. El Padre Pe­rreyve cuenta que uri joven pastor protestante, habiendo reunido una cantidad de dinero entre sus correligionarios, tuvo la inspira­ción de confiarla a una sociedad católica de caridad para distri­buirla a los pobres. _Ozanam la aceptó agradecido. La llevó a la conferencia y anunció, dichoso, su procedencia. Uno de los miem­bros de la reunión hizo en unas cuantas palabras el elogio de la tolerancia en materia de religión; luego, como hombre positivo, propuso dedicar ese auxilio extraordinario primero a los pobres católicos, después de lo cual se daría el excedente a los protestan­tes. No añadió: si es que algo queda. Mientras hablaba así, se reflejaban en la cara de Ozanam la sorpresa y la emoción; y por el estremecimiento de su mano que pasaba sobre sus largos cabellos, se adivinaba que su corazón ya no era dueño de su impa­ciencia. Por fin estalló: «Señores —exclamó de repente— si esta opinión, por desgracia, prevaleciera; si no queda entendido que hemos de socorrer a los pobres sin distinción de culto, voy a en­tregar ahora mismo a los protestantes el dinero que pusieron en mis, manos. Les diré: `Volvedlo a tomar; no éramos dignos de vuestra confianza’. —No fue necesario someter el asunto a vota­ción», añade el Padre Perreyve.

En particular en la demostración y la defensa de la verdad con la palabra y con la pluma, el hombre de fe intransigente es a la par el hombre .de la caridad conquistadora. «Los fuertes son dul­ces»; dijo Platón. Porque era uno de esos «fuertes en la fe», Ozanam era también uno de esos dulces de quienes dijo el Señor «que poseerán la tierra». Así pues, ese dulce reprueba los proce­dimientos irritantes de una agria política, no sólo porque hiere, sino porque aleja a los espíritus en vez de atraerlos. Y cuando, en su conferencia sobre los Deberes Literarios de los Cristianos, recuerda las reglas de la controversia cristiana, respetuosa y com­pasiva con los que dudan, niegan, buscan,- recuerda uno que el Arzobispo de París se había levantado para refrendar su palabra en nombre del Dios de paz.

Ahora bien, lo que prescribía, a los otros, Ozanam lo ponía en práctica, y diremos de él: Dichoso y bendito sea el hombre que pudo dar de sí mismo este supremo testimonio: «Uno de mis consuelos más dulces, ocaso de mi carrera, es la certidumbre de no haber insultado nunca a nadie, irritado a nadie, a la par que defendí la verdad con energía».

En esas exposiciones de conciliante caridad, Ozanam no vaci­laba en declararse partidario de los principios de 89, en cuanto eran compatibles con los del Evangelio. Consideraba la libertad, la igualdad, la fraternidad como modalidades de esa ley de amor, tres hijas, ha dicho varias veces, nacidas a la sombra de la cruz del Redentor del mundo y de su divina sangre. Las mostraba en sus lecciones, adoptadas por la Iglesia, entronizadas por ella en el seno de esas sociedades cristianas de antaño de las .que relataba la historia, catorce siglos antes de la Revolución Francesa, que se apoderó de sus nombres, pero deformando su sentido en la apli­cación que de ellos hizo. Pues bien, teórica . y prácticamente, Oza­nam se esforzaba en llevar los espíritus y las obras de la sociedad contemporánea a ese verdadero sentido original y sagrado.

Cerca de él, en la Sorbona, Ozanam se codeaba con el señor Ernesto Havet, entonces suplente del señor Víctor Leclerc y maes­tro de conferencias en la Escuela normal. Tenía exactamente la misma edad que él. Ya conocido  por sus trabajos de erudición so­bre Pascal, el incrédulo no` era sin embargo todavía el maestro de la negación, que por desgracia había- de revelar su obra sobre los Orígenes del Cristianismo. Lector curioso de La Nueva Era, aca­baba de leer también la Civilización cristiana entre los francos, y se había sorprendido de lo que Ozanam dijera, al final del capítulo VIII, sobre la parte importante que tomó la Iglesia en la emanci­pación de los esclavos, de los plebeyos, de los siervos desde los pri­meros tiempos merovingios. Le escribió una carta llena de su sim­patía, pero también de preguntas y de dudas.

La respuesta de Ozanam, el 22 de mayo de 1849, es muy nota­ble; y no podría encontrarse un ejemplo más típico de la condes­cendencia de la caridad llevada a los últimos límites de sus con­cesiones, para atrincherarse luego en sabias restricciones y hacer su profesión de fe en firmes declaraciones. «En la tormenta en que estamos —escribe a ese colega— es una rara felicidad ser leído y anudar un trato intelectual exento de las crueles disidencias que dividen a tantos buenos espíritus».

El señor Havet considera que las «conquistas de la libertad mo­derna se deben a los principios y a los hombres de 89». Ozanam en su respuesta no los ataca, si esas conquistas son legítimas, si esos hombres de entonces y de hoy no son de aquellos que, dice, «no creyendo en la otra vida lo exigen todo de ésta, y quieren reformar el mundo sustituyendo la moral del goce a la del sacrificio y la ab­negación». Bajo esa expresa reserva de la fe y de la moral cristiana, Ozanam puede decir después a Hayet «Ambos somos los servi­dores de una misma causa —civil y política—; pero tengo sobre usted la ventaja de creerla más antigua y, por ende, más sagrada. Permítame que le diga, mi querido colega, que en vez de quedarse en el umbral del cristianismo, si tuviera como yo la dicha . de vivir dentro de él y de haber pasado en él dieciocho años de estudio, si se alimentara usted con esos admirables doctores de la Edad Me­dia y con esos Padres que serían una lectura tan digna de su noble inteligencia, no pondría usted en la Revolución el origen de la li­bertad, ni de la tolerancia, ni de la fraternidad que primitivamente descendieron del Calvario».

Mas toda esta doctrina ¿no necesitaría acaso de aclaraciones para esa inteligencia impregnada de filosofismo? Ozanam lamenta «no poder, en una carta, tratar sino de paso puntos que, dice, exi­girían toda la libertad de una charla amistosa». Y la ofrece.

Por otra parte, el señor Havet se imaginó La Nueva Era como una pequeña iglesia emancipada de la grande, con el fin «de ele­var sobre las ruinas del viejo culto una religión más inteligente, mejor adaptada a los tiempos nuevos». Ozanam lo desengaña, nombrando a Pío IX que lo alienta, a los príncipes de la Iglesia que lo patrocinan: «En cuanto a mí, querido colega, por favor no me atribuya ese honor que rehuso de valer más que mi Igle­sia ; la cual es también la vuestra, ya que usted debe a su madre católica, a sus mayores, a todas las tradiciones de la educación cristiana esa elevación de alma, esa rectitud tan delicada, esa en­tusiasta firmeza que me han atraído hacia usted. Me honra demasiado y me conoce mal, si cree que estoy solo o casi solo en un orden de ideas que le inspire alguna estimación. Se sirve usted distinguirme y sin embargo soy un débil cristiano. Merece conocer otros mejores que yo: los conocerá un día. Verá que esta Iglesia que ya los paganos de- la época de Agustín, como los albigenses del siglo XIII y los protestantes del siglo XVI creían exhausta, sigue poseyendo sus luces y sus virtudes. Ojalá encuentre consuelos que sólo pueden equipararse con las pruebas de la vida y las an­gustias de un siglo atribulado».

En fin, este adiós, esta despedida, estas dos manos que se tocan: «Muchas cosas nos acercan; si quedara entre nosotros una nube, créame que estoy dispuesto de todo corazón a hacer lo posible para disiparla. Suyo. . . »

Hasta los últimos días de su vida, Ozanam, en sus cartas, manda un recuerdo y un saludo al señor Havet. Perseguía a esa alma con su pensamiento y su oración. ¿No la habrá salvado?

Después de la Historia de los Girondinos y de la enérgica crí­tica que hizo de ella Ozanam, como anteriormente del Viaje a Oriente y de Jocelyn, el nombre de Lamartine no vuelve a men­cionarse en su correspondencia. Aun en 48, cuando ese nombre estaba en todos los labios, no se ve .que el redactor de La Nueva Era haya vuelto a tomar personalmente contacto con ese ídolo efímero de la democracia. Mas en 1852, cuando, caído de su poder y de su popularidad, el gran hombre es objeto del escar­nio de los partidos hostiles, Ozanam recuerda a sus amigos lyo­neses que tienen el deber de respetar en su Gaceta monarquista, a ese hombre magnánimo que Dios, que lo ama, puso en la’ es­cuela de la humildad y de la adversidad para que volviera con El. Escribe lo anterior a Dufieux. No se conserva esa carta; pero la respuesta de Dufieux, el 7 de mayo de 1852, muestra que fue com­prendida: «¡Cuánto le agradezco, amigo mío, la lección que se dignó usted darme! Sin embargo me importa a tal punto su esti­mación que me dolería mucho que pudiera creer que, habiendo sido amigo del señor de Lamartine en su prosperidad, lo abandone y lo ataque en la adversidad. En la cúspide de su gloria y de su benevolencia conmigo, después de la publicación de La Caída de un Angel, escribí contra ese libro tres artículos destinados al Re­parador que tuvo usted la paciencia de leer anticipadamente. En 1848, cuando Lamartine estaba en el poder, con motivo de un agravio de la Administración a los religiosos de Lyon, le escribí una carta amenazadora: `Si se ataca a nuestra fe y a nuestros sacerdotes, en vez de una Vendée, tendrá usted diez’. Mas cuando cayó, siseado, despreciado, le envié cartas de respeto y casi de ca­riño. Creo, pùes, que no le he faltado al respeto ni en su grandeza ni en su adversidad». Ozanam había sido comprendido y obede­cido.

El liberalismo de Ozanam, hecho de fe y de celo, en vista de la salvación de las almas, se inclinaba, dentro de los límites permi­tidos, a las interpretaciones más • extensas de la creencia en las mi­sericordias del Señor: Esa doctrina tenía su maestro y su modelo en el padre Lacordaire. Después de’ asistir a la quinta conferencia de la cuaresma de 1851, volvió transportado, encantado, como si hubiera escuchado un inspirado canto a la caridad de Jesucristo. «Es un acontecimiento en la historia eclesiástica de nuestros siglos —dice—. El Padre opuso a la opinión jansenista del pequeño nú­mero de los elegidos la doctrina más consoladora y más probable del mayor número de los salvados. Aprovechó la ocasión para pro­testar contra esos hombres desesperantes que no ven en torno suyo sino el mal y la condenación. Encontró las palabras más elocuen­tes que haya escuchado de él, para decir las misericordias de Dios en favor de los que trabajan y sufren, es decir en favor del mayor número. Y cuando comentó la palabra evangélica: Bienaventura­dos los Pobres, con la caridad que desbordaba de sus labios e irra­diaba de toda su persona, tuvo uno de esos arrebatos que se leen en las vidas de los santos. Y las cuatro mil personas que se estre­mecían bajo las bóvedas de Nuestra Señora, se preguntaban si oían a un ángel o a un hombre».

El gran número de los elegidos: Ozanam toma nota de ello, en la misma carta, para repudiar el espíritu que hace de la verdad el privilegio exclusivo de un partirlo, de una secta, que divide en vez de unir, que pinta la verdad con colores sombríos en vez de hacerla risueña y que eleva entre los hombres de buena voluntad infran­queables barreras que suben hasta el cielo.

Pero he aquí que al final de su carta, su escrúpulo de la orto­doxia le hace temer que Lacordaire se incline, como se ha dicho, en ese discurso, a audacias con las cuales su espíritu de modera- ción cree que debe declarar que no se solidariza. Lo hace en post­data, en estas’ diez líneas en que su amor de la medida no dismi­nuye en lo más mínimo su admiración y su veneración por .ese maestro tan amado: «Al hablar como 19 hago del Padre Lacordai­re, no pretendo salir en defensa de todas las audacias oratorias que pueden escapársele en la improvisación. Tuvo dos expresiones desafortunadas; pero no puedo `sufrir que se le juzgue por una pala­bra y no por el conjunto de un discurso; y eso cuando se trata de un hombre tan santo, tan mortificado, que da con sus dominicos el espectáculo de una vida tan instructiva para la molicie de este siglo».

En cuanto a él, todos saben que no tiene reparo en decir a sus oyentes las verdades más severas. «Mas en esos mismos rigores, no puedo dejar de encontrar rasgos sublimes capaces de arrebatar los espíritus. Creo útil que se les muestre la soberana belleza de la religión y que se inspire a los hombres el deseo de que sea ver- dadera antes de demostrarles que lo es».

La misma carta termina con nobles acentos en que palpita toda su alma de apóstol: «¡Ah, querido amigo, qué época tempestuosa pero instructiva es la nuestra! Acaso perezcamos en ella; pero no nos quejemos de haber nacido ahora. Aprendamos mucho. Apren­damos sobre todo a defender nuestras convicciones sin odiar a nuestros adversarios, a amar a quienes piensan de otro modo que nosotros, a reconocer que hay cristianos en todos los bandos y que se puede servir a Dios hoy como siempre. Lamentémonos menos de nuestro tiempo y más de• nosotros mismos. Estemos menos des­corazonados, pero seamos mejores».

Sin embargo, toda esa tolerancia y esa misericordiosa condes­cencia hacia los disidentes de cualquier matiz no eran recibidas con beneplácito por todos los católicos. Ozanam podía recordar la filípica que le dirigió, en 1843, El Universo por su conferencia sobre los Deberes literarios de los cristianos, en el curso de la po­lémica religiosa. Ese periódico no había depuesto las armas.

En junio de 1850, al reseñar, en lo que él llama el folletín del Corresponsal, un volumen de poemas escritos por el señor de Fran­cheville, Ozanam terminaba con el rétrato paralelo de «las dos escuelas muy opuestas que han querido en la actualidad servir a Dios con la pluma». «Una de ellas —decía— pretende tomar de jefe al señor de Maistre, a quien exagera y deforma. Va a buscar las paradojas más atrevidas, las tesis más discutibles, con tal de que irriten al espíritu moderno. Presenta la verdad a los hombres, no por el lado que los atrae, sino por el que les repugna. No se propone convertir a los incrédulos, sino azuzar las pasiones de los creyentes».

«La otra Escuela tiene el fin de buscar en el corazón humano todas las cuerdas secretas que pueden vincularlo con el cristianis­mo, despertar en él el amor de la verdad, del bien, de la belleza, y mostrarle luego en la fe revelada, el ideal de esas tres cosas a las cuales aspira cualquier alma; de llevar por el buen camino a los espíritus extraviados y aumentar el número de los cristianos. Confieso que prefiero adherirme a ese partido; y no puedo olvi­dar lo que dice San Francisco de Sales, que se cogen más moscas con una cucharada de miel que con una tonelada de vinagre». Y el señor de Francheville recibía felicitaciones porque, teniendo que decidir entre la poesía de la ira y la del amor, había elegido a ésta.

En su artículo, Ozanam tenía buen cuidado de añadir que, «con la misma sinceridad, ambas escuelas quieren servir a Dios con la palabra y con la pluma», eximiendo así de toda culpa a la con­ciencia y buena fe de cada una.

El 3 de julio, esas pocas líneas casi inadvertidas, de un artículo bibliográfico, recibieron una larga y virulenta respuesta del Uni­verso, en su mejor estilo y escrita por su mejor maestro. El ar­tículo no estaba firmado; no era necesario: se veía _en él la garra del león. Luis Veuillot tenía derecho de quejarse de la severidad del primer retrato: era el derecho de la defensa. Lo malo y la des­gracia del ardiente polemista fue que hizo degenerar una •cues­tión de principio y de procedimiento en una cuestión . personal. Se -tuvo entonces un espectáculo doblemente doloroso. Es doloro- so ver la figura tan soberbiamente cristiana de Ozanam, lo mismo que su escuela, agobiada bajo los repetidos golpes de insinuaciones y acusaciones que, desnaturalizando sus generosas intenciones, las tildan cruelmente de cobarde deserción, de blandas complacen­cias, de tímidos silencios, de lisonjas interesadas, de componendas, de negaciones y casi de complicidades, de las cuales, por lo demás, no citaba un solo ejemplo en su contra; y esto a lo largo de cuatro o cinco columnas en que el nombre venerado del apóstol se en­tregaba a la más mordaz ironía … Siento repugnancia en insistir. El lector verá el doloroso lamento de Ozanam, que lo dice todo. Luego leerá su perdón.

Mas, por otra parte, no es menos doloroso ver a un gran cris­tiano, provisto de un magnífico talento, conspicuo por sus servi­cios, enderezar contra semejante hermano los dardos candentes de una ira que le hace perder el sentido de la verdad y de la justicia. ¿Luis Veuillot no se habrá arrepentido alguna vez -de esa página malintencionada?

Herido en los puntos más vulnerables, en su carácter, su con­ciencia, su dignidad y aun su fe, Ozanam sintió vivísima pena, y la herida sangró mucho tiempo. El sufrimiento fue doble cuando, unos días después, una carta de Dufieux lo enteró de la im­presión de turbación e inquietud que produjo ese artículo en sus amigos de Lyon y en él mismo. ¿No habían contado con él, con su hermoso talento, para consolar a la Iglesia de que la hubieran abandonado o renegado hombres ilustres?

La respuesta de Ozanam es del 14 de julio. Se lamenta, es hu­milde; . pero es fuerte y orgullosa. La sangre más pura del honor brota del corazón de ese caballero sin mancilla, herido por uño de los suyos.

Ozanam se defiende primero del exceso de honor que le hi­cieron en Lyon: «Jamás, querido amigo, le he dado motivos para concebir tan ambiciosa esperanza de mí; nunca aspiré a sustituir a los grandes hombres cuya caída deplora. Hace mucho que me conozco; y si Dios quiso concederme algún entusiasmo en el tra­bajo, nunca consideré esa gracia como una resplandeciente dá­diva del genio. Sin duda, en el lugar inferior en que estoy, quise dedicar mi vida al servicio de la fe, pero considerándome como un servidor inútil, como un obrero de la última hora que el Amo del viñedo sólo recibe por caridad.

«En tal situación, me pareció que mis días estarían provechosa­mente ocupados si, pese a mi escaso mérito, lograra retener alre­dedor de mi èátedra a una numerosa juventud, restablecer ante mis oyentes los principios de la ciencia cristiana, obligarlos a res­petar lo que desprecian: la Iglesia, el Papado, los monjes. Hubie­se querido recoger esos mismos pensamientos en libros más du­raderos que mis lecciones; y todos mis deseos quedarían realiza­dos si algunas almas errantes encontraran en esa enseñanza un motivo de abjurar sus prejuicios, de aclarar sus dudas y de vol­ver, con la ayuda de Dios, a la verdad católica. Esto es lo que me he propuesto hacer desde hace diez años, sin ambicionar un destino más alto, pero también sin la desgracia de desertar mi causa». Pero que, sabiendo todo esto, sus amigos lyoneses hayan podido turbarse ante semejantes incriminaciones es cosa que lo asombra y lo aflige: «A usted que me conoce tan bien, a usted que ha visto mi alma hasta el fondo y que me ha seguido paso a paso en mi carrera, le basta la denuncia de un periódico para poner en duda mi fe. Un seglar sin autoridad, sin misión, que no firma siquiera su nombre, me acusa de haber traicionado por co­bardía, por interés, la causa común; se permite reprocharme lo que llama mis negaciones. En esto se alarma usted y empieza a temer que yo no crea en el infierno. Me .coloca en la triste necesidad de darme testimonio a mí mismo. Al fin y al cabo, San Pa­blo, injustamente acusado, se dio a sí mismo testimonio: yo tam­bién lo haré».

Ese testimonio que lo obligan a darse es sumamente conmovedor: «¿Estaría yo acaso, querido amigo, agótalo de cansancio a los treinta y siete años, víctima de cruel y precoz invalidez, si no me hubiera sostenido el deseo, la esperanza o si usted quiere la ilusión de servir al cristianismo? ¡No había acaso peligro alguno para mí en investigar cuestiones religiosas, en rehabilitar una tras otra todas las instituciones católicas cuando, simple suplente, te­nía que respetar las opiniones filosóficas de quienes habían de de­cidir mi porvenir? ¿Cuando auxilié solo, con mi presencia y mi palabra, al señor Lenormant atacado en su cátedra? ¿Cuando, más tarde, en 1848, la revuelta pasaba todos los días frente a la Sorbona? Si tuve algunos éxitos de enseñanza y de Academia, los debí al trabajo, a los concursos y no a odiosas concesiones».

Y su fe ¡cómo la conservó y defendió celosamente! «Ciertamen­te, querido amigo, sólo soy un pobre pecador ante Dios: pero no ha permitido todavía que yo deje de creer en las penas eternas1. Es falso que yo haya negado, disimulado, atenuado artículo algu­no de fe. Permítame añadir que, si mis amigos de Lyon hubieran conocido la última obra que he publicado y que la academia co­ronó el año pasado: La Civilización cristiana entre los francos, hubieran podido ver que en esa obra atacaba precisamente a los historiadores más importantes de esta época sobre todos los pun­tos en que contradecían a la verdad católica y al honor de la Igle­sia y del Papado».

Luego el hombre de paz se defiende de haber tomado la ini­ciativa de esa controversia y de haber dado el mal ejemplo de una polémica entre cristianos. No ha nombrado al Universo, menos aún a sus redactores, ni ha hecho nada que les dé el derecho de designar personalidades, lo cual sería un ultraje y una calumnia.

En fin, Ozanam, en su artículo literario sobre las poesías del señor de Francheville, había nombrado a los señores de Chateau­briand y Ballanche entre los maestros de la escuela de paz. Ozanam lo explica así en esta tranquila respuesta: «En cuanto al señor de Ballanche y al señor de Chateaubriand no pretendí ponerlos de modelo. Dije que esos dos nombres habían sostenido mucho tiempo con su brillo a la escuela inaugurada o mejor dicho res­taurada por el Genio del cristianismo. Podemos diferir de opi­nión en este punto. En cuanto a mí, no téngo por qué defender la memoria del señor de Chateaubriand a quien conocí poco, pero a quien conocí en sus últimos años como un buen católico, prac­ticante y sincero. Sus libros, El Genio del cristianismo, Los Már­tires y los Estudios históricos me hicieron mucho bien, y conozco a muchos espíritus que experimentaron los mismos efectos. El se­ñor Ballanche tenía sobre las penas eternas una opinión temeraria que ha retractado. Murió en la paz de la Iglesia después de re­cibir los sacramentos con gran piedad. Mas sus libros, en que ese error ocupa escaso lugar, se orientan por completo hacia el triun­fo de la verdad cristiana. Es una gloria de la que deberíamos enor­gullecerños nosotros lioneses».

Ahora bien ¿qué venganza sacó Ozanam de esos ataques? Nin­guna. ¿Qué respuesta dio definitivamente a esas incriminaciones? Ninguna, fuera de la explicación proporcionada antes a sus ami­gos de Lyon: «Me hallo tan lejos de todo espíritu de guerra que me pareció más cristiano no responder. Tenía el derecho de ha­cerlo; muchos me lo aconsejaban. Mas, en aras de la paz, renun­cié, muy indemnizado además por el gran número de personas respetables que me expresaron su indignación ante semejantes ataques».

Su `respuesta estaba lista. «Después de haber rezado y meditado largo tiempo –nos dice su hermano— se había decidido a recha­zar imputaciones que podían ser para varias personas objeto de escándalo; pero, desconfiando, del amargo dolor de un alma ofen­dida en lo que más quiere, fue a consultar al señor Cornudet, a la sazón consejero de Estado. Este lo escuchó, lo compadeció, y por fin le dijo: `Amigo mío, es usted cristiano, perdone. Su silen- cio, mejor que sus palabras, dará testimonio de su fe’. Ozanam rompió inmediatamente su papel y lo echó al fuego».

Dos meses después, en septiembre de 1850, habiendo el Arzo­bispo de París, Monseñor Sibour, condenado severamente al Uni­verso, Ozanam creyó más digno y más cristiano callarse respecto de ese acto que le parecía exageradamente riguroso en sus términos. Así lo escribió al señor Eugenio Rendu, su amigo, que lo urgía para que diera expresamente su adhesión a la condena: «La ver­dad es que El Universo me había maltratado demasiado y bien tenía yo derecho de aplaudir su condena; su delicadeza compren­derá el sentimiento que me impidió escribir ante,todo al Señor Arzobispo. Sin embargo, siguiendo su opinión, he creído que sería una falta de cortesía seguir callado». Escribió, no sin lamentar, explica, «la suma vehemencia de las palabras con que termina ese acto de vigor pontifical; aunque necesario para impedir la su­jeción de la Iglesia de Francia y para volver a colocar el poder religioso en las manos en que lo puso Jesucristo, es decir en la de. los Obispos».

Su hermano añade a continuación: «Tan penosas preocupacio­nes arrojándose sobre el alma tan recta, tan delicada e impresio­nable de Ozanam, tuvieron fuerte repercusión en su salud ya de suyo duramente quebrantada por el trabajo de ese año. Lo cual decidió a los médicos a prescribirle, durante las vacaciones, un viaje de dos o tres meses, que lo distraería de las enojosas preocu­paciones que agitaban sin cesar su espíritu». Tal es, pues, en re­sumen, la doctrina y la conducta de este gran hombre de fe tanto como gran hombre de bien; invariablemente inflexible sobre los principios, tiernamente indulgente con los hombres de buena volun­tad ; en religión, amorosamente sometido a la autoridad, en polí­tica ardiente y generoso partidario de una sabia y necesaria liber­tad, pero subordinándolo todo al magisterio de la Iglesia, a la ma­yor gloria de Dios y a la salvación de las almas.

Cuando, 1866, se publicaron las cartas de Ozanam, uno de sus admiradores, .y no por cierto de los menos importantes, en una re­vista de sólida doctrina y en un artículo crítico de Perfecta bene­volencia y moderación, pidió, al terminar, que se hicieran reservas acerca de • las ideas liberales de ese católico sumiso y convencido, pero, dijo, arrastrado por sus aficiones, por sus relaciones y su am­biente hacia un partido cuyo peligro denuncia el autor en los tér­minos siguientes: «Al tomar la defensa de una libertad más de- finida, se exponía uno entonces a lo que sucedió más tarde en es­píritus menos sólidos y menos sinceros, a confundir las excepciones con la regla, la aplicación con los principios, a considerar, en una palabra, como verdaderas en absoluto máximas de tolerancia que la política puede, en determinadas circunstancias y para evitar mayores males, adoptar como reglas provisionales de conducta, pero que la razón, como tampoco la fe, no puede dar como máxima, so pena de caer en ese falso liberalismo, fulminado por la Encíclica, o en ese pretendido catolicismo sincero e independiente que no es otra cosa que un racionalismo disfrazado o un protestantismo bastardo».

No puede pensarse mejor, al separar a Ozanam de esa solida­ridad en las opiniones profesadas y . por consiguiente en las con­denas merecidas por el partido. Sin repetir aquí todo lo que dije de la escrupulosa y constante ortodoxia de Ozanam, sólo haré ob- servar que las pocas líneas extractadas de sus cartas por los Estu­dios religiosos, cartas privadas y familiares, líneas escritas a vuela pluma; cambian mucho de aspecto y aun de sentido cuando se las ve, no aisladas o truncas, sino completas e incluidas en el conjunto del contexto que las explica y las precisa, colocándolas en sus cir­cunstancias de lugar, de tiempo o de personas2.

El venerable y equitativo crítico termina así: «Si no me asocio a todas las opiniones de Ozanaîti, las respeto, pues se unían en él a nobles y legítimos propósitos. Quien lo lee no puede menos que hacer justicia a la pureza de sus intenciones y a la generosidad de sus sentimientos. Pudo equivocarse en política, pero no erró en ma­teria de religión». Había sido, literalmente, el deseo y la espe­ranza de Ozanam.

Cuando «el falso liberalismo» cayó bajo las condenas ex cathe­dra de la Encíclica Quanta cura y del Syllabus, 1864, hacía once años que había muerto Ozanam. Había muerto prematuramente, dejando en su testamento la protesta de su fidelidad «a todas las enseñanzas de la Iglesia católica, apostólica y romana, en cuyo seno había encontrado la luz y la paz».

En la célebre Encíclica, la última proposición denunciada y san­cionada por el Syllabus anexo es la siguiente: «El Pontífice romano puede y debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la ci­vilización moderna», lo cual implicaba la idea de una transacción y de una evolución doctrinal de la iglesia. Pero Ozanam bien sabe que la verdad no transige. No decía, no dijo en parte alguna que la Iglesia debe ajustarse a las ideas, a los principios, a los .progre­sos de las sociedades modernas por la renuncia a cualquier cosa relacionada con su tradición o su constitución, que precisamente es el error del catolicismo liberal. El decía, al contrario, que es preciso que las sociedades modernas, como las antiguas, vayan al catolicismo, padre de toda civilización, conformándose a sus creen­cias, a sus preceptos y a sus instituciones que él exalta. Ahora bien, entre esas dos concepciones de las relaciones de la Iglesia y de la sociedad, no sólo hay una diferencia de matiz, sino un abismo. Y si Ozanam hubiese vivido lo bastante para leer la Encíclica Quanta cura, así como el Syllabus que hace cuerpo con ella, no cabe duda que hubiera celebrado como un beneficio esa separación de la luz y las tinieblas, hecha por – la mano de ese padre a quien llama el gran Papa de los tiempos modernos, y que había seguido con de­masiado ardor en su trayectoria política para no seguirlo religiosamente en las vías más altas del Evangelio.

Mas si, por ventura, escribiendo diez o doce años antes de esas condenas y de esas definiciones, había dejado escapar en su corres­pondencia ciertas expresiones que no estuviesen completamente de acuerdo con ellas ¿quién podría sorprenderse y quién se atreve­ría a imputárselo?

En todo caso, jamás erró a sabiendas y deliberadamente, y con toda sinceridad de conciencia podrá decir, en el umbral de la eter­nidad: «Si algo me consuela de abandonar la tierra antes de haber podido realizar lo que quería, es que jamás trabajé por la honra de los hombres, sino al servicio de la verdad».

Después del advenimiento del Imperio, la política militante ya no figura en la correspondencia de Ozanam. Sólo leo en una de sus cartas de entonces: «Sea cual fuere lo que nos reserve el por­venir, los intereses de Dios están a salvo por ahora. No diré lo mis­mo de los intereses de la tierra».

Los intereses de Dios, el reino de Dios: ahí se refugió la espe­ranza de Ozanam. Y si se quiere conocer por entero su estado de ánimo, por un lado sus añoranzas, por el otro sus santas esperanzas y consuelos, es preciso leer esta página grandiosa y serena que, el 5 de abril de 1851, dirigió a su sabio amigo, el veneciano Tomaseo, que entonces estaba, por razones de salud, pasando una temporada en Corfú: «Los días que nos han separado desde Venecia, 1847, han multiplicado el número de nuestras desilusiones. ¡Vea usted cómo la gran lección de 1848 dista de haber instruido a los hom­bres! Helos aquí a todos, uno tras otro, empeñados en declarar a la faz del cielo y de la tierra que jamás se han equivocado, y que esos grandes acontecimientos no les han reprochado ni enseñado nada. Ved cómo vuelven a recobrar sus odios, sus pequeñas pasio­nes cotidianas y su pereza que los impulsa a rehuir toda novedad. Harán cualquier cosa para obligar a la Providencia a llamar por segunda vez a su puerta, y más fuerte.

«Sólo tengo una esperanza ; pero grande. Y es que en medio de la descomposición política, el cristianismo se está afianzàndo; y jamás la fe se ha mostrado más viva que este año. La muchedum­bre que ya no sabe a quién entregarse corre hacia el único Maestro que puede darle las palabras de la vida eterna. ¡Ah, Francia es verdaderamente la Samaritana del Evangelio! Fue a buscar agua, muchas veces, en fuentes que no saciaban su sed. Ahora no se apar- tará de Aquel que le promete darle de beber el agua viva que quita para siempre la sed. No sé cómo se reconstruirá Europa ; pero lo que no se puede desconocer es que el pensamiento que civilizó a los bárbaros sigue moviendo ese caos en la actualidad. Las opinio-, nes están armadas y en vísperas de combatir unas con otras… Pero hay cristianos en todos los bandos. ¡Dios nos dispersa bajo ban­deras enemigas, para que no haya, en esa sociedad dividida, un solo partido, una sola facción en que unas cuantas bocas no in­voquen y bendigan a Dios Nuestro Salvador!»

  1. El Universo no había dicho que Ozanam no creía en el infierno, sino que lo de­jaba sospechar cuando alababa a quienes no creían en él. «¿Qué bien hacéis a los incré­dulos y a vosotros mismos, al dejarles pensar que no creéis en el eterno infierno? Los engañáis respecto a sus intereses más graves, y también acerca de vuestras convicciones más profundas».

    Era un alusión al Elogio impreso que Ozanam había hecho de Ballanche, que sobre ese dogma había caído en el error. Mas el mismo Ozanam había denunciado ese error como tal: «Hubo un punto —escribe— en que pudo temerse que su espíritu se haya apartado de ese círculo sagrado de la ortodoxia en que permanecía su corazón». Por lo demás, Ballanche se había retractado. ¿Acaso lo ignoraba Luis Veuillot?

  2. Lo mismo puede decirse de este pasaje, el único que el R. P. Grandidier extracta de las cartas de Ozanam, sin duda porque cree ver en él, de parte suya, la confesión de un disentir consciente de la opinión corriente en el ambiente romano. Estudios, t. IX, mayo-junio de 1866.

    Ozanam escribe de Roma al señor Dugas, el día de Pascuas de 1847: «Puedo de­cirle, para que se forme usted una opinión, que, si no me engaño, los hombres más considerables de este país aprueban la tesis de la libertad sostenida por El Universo, a la vez que reprueban la violencia de su lenguaje y la aspereza de su polémica., Sería de desearse que esas cuestiones agitadas en Francia terminaran, no con una ruptura, sino con un acuerdo entre la Iglesia y el Estado».

    Ahora bien, para comprender estas líneas y para penetrar en el pensamiento de Oza­nam, es preciso observar que esta expresión, sumamente vaga de tesis de la libertad, no se refiere aquí específicamente a una doctrina general sobre el- liberalismo, sino con toda verosimilitud a la cuestión particular y candente de la libertad de enseñanza que, precisamente en esa fecha de abril de 1847 se debatía acaloradamente en los pe­riódicos, frente al proyecto de ley escolar presentado por el señor de Salvandy. En esta cuestión, El Universo sostenía la tesis más extensiva de la libertad religiosa y repro­baba en cuanto al fondo, si no en cuanto a la forma, la opinión de los romanos con quienes habló Ozanam; opinión que ellos y él, conforme a su acostumbrado espíritu de conciliación, desean ver culminar en un acuerdo entre la Iglesia y el Estado. Dicha opinión, aprobada por personajes notables de Roma, le parece útil a Ozanam seña­larla como tal al señor Dugas «para su gobierno», dice, en su carácter de presidente del consejo director de la Gaceta de Lyon (V. sobre esos debates, el Montalembert del R. P. Lecanuet, t. 2, cap. XV entero).

    Mas ¿dónde hay sombra de desacuerdo de Ozanam con Roma en lo que respecta al liberalismo?                                                                                      –

    Los otros dos textos que no cita el venerado redactor de los Estudios, pero a los cuales remite al lector son, en efecto, muy formales en favor de la libertad de cultos, de la separación de lo espiritual y de lo temporal (separación que no es la de la Iglesia y el Estado), y en el reconocimiento triunfante del progreso de la fe en los Estados disidentes. Pero Ozanam no hace de esas afirmaciones tesis absolutas. Sus car­tas no dogmatizan; el historiador saca del estado actual de cosas la conclusión de que la libertad de derecho común vale más para la Iglesia que la protección. Es la misma distinción de la tesis y de la hipótesis: salva la doctrina integral. Las cartas de Ozanam completadas y confrontadas no dicen otra cosa.

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