Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 22

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo XXII: La Nueva Era

La pacificación.—»A la gente de bien».—Miseria, causas, remedios.—La re­pública. La reacción, la escisión; fin de la Nueva Era.—Por Venecia, por Pio IX.

1848-49

Como la sociedad de San Vicente de Paul se acercaba a la mi­seria para auxiliarla, La Nueva Era, simultáneamente, se dirigía a la caridad para provocarla y alentarla. Ocho días después de la insurrección de junio, el 3 de julio, una carta de Ozanam decía: «La Nueva Era ocupa ahora la mayor parte del tiempo que me dejan libres los exámenes de bachillerato. En 10 días, le he enviado cinco artículos». Se arrebataban esos artículos tan luego como se habían publicado: «Tenemos —dice— el consuelo de hacer un po­co de bien; pues en las calles de París se han estado vendiendo hasta ocho mil ejemplares diarios».

Esos artículos, que gozaban . de inesperada popularidad en los, arrabales, se dirigían por aquel entonces a los insurgentes desarma­dos, «para hablarles sin miramientos, pero sin irritarlos, y para enseñarles a conocer mejor, en lo sucesivo, a los grandes culpables que los habían engañado. La gente de bien alabó la firmeza de nuestras palabras —añade Ozanam— y nos hizo el honor de encontrar en ellas cierto calor del corazón y una sincera pasión por los intereses del pueblo».

Unos meses después, Ozanam pide`a esa gente de bien, a todos los buenos ciudadanos «que no disimulen verdades que han dejado de ser peligrosas y quiere dirigirlà ahora una página más conmo­vida que de costumbre, sin – temor de que los malvados se apo­deren de ella y la usen para cargar los fusiles de las barricadas».

Así es como se lee, el 24 de septiembre, en una carta al señor Foisset: «He desahogado mi corazón en un artículo de la Nueva Era que quizás usted leyó: A la gente de bien». En efecto, su co­razón, todo su corazón de francés y de cristiano dictó esas 25 pá­ginas que desearía uno reproducir in extenso. Aquí no queda tra­za de literatura, nada de académico; se dicen las cosas más fuer­tes con la mayor sencillez, y por consiguiente, con la mayor elo­cuencia y belleza. Ozanam refiere lo que ha visto en susvisitas a esos hombres en su propio domicilio; y lo dice a todos los que tie­nen o quieren tener esa inteligencia del pobre que él mismo fue a buscar allí.

Así pues: ¡a la gente de bien! Llama así a la propia Francia, según dice; pero nó a los egoístas y a los facciosos: a la inmensa ma­yoría de los ocho millones de electores que dejaron al país su Asam­blea; a los ochocientos mil guardas nacionales que se levantaron en junio para defenderla. Se dirige sucesivamente a los sacerdo­tes, a los ricos, a los representantes del pueblo. Quiere hablarles ahora de un enemigo que, lejos de estar vencido y aplastado, se yergue más terrible y amenazador que nunca: la Miseria. La mi­seria de los doscientos sesenta y .siete mil obreros de París sin tra­bajo, en particular la miseria del XII distrito, uno de los baluar­tes de la insurrección. Ozanam lo describe en todo su horror y su dolor; pero dice también sus virtudes ocultas, su cristianismo inconsciente, pero vivaz; logra provocar lágrimas y admiración.

Tras este cuadro desgarrador de la miseria, el artículo busca sus causas: causas morales cuya preservación y remedio sería «la reforma de las costumbres, no tanto por la legislación como por la educación: la educación cristiana encargada a esos Hermanos y Hermanas capaces de enseñar a los niños del pueblo algo más que a deletrear las sílabas de un periódico y à garabatear con carbón sobre las paredes la orden del día de las barricadas».

Hay también lugar, en esos proyectos de reforma, para las es­cuelas de adultos, las escuelas de aprendizaje, las escuelas de ar­tes y oficios, las bibliotecas populares, los ejercicios militares, las sociedades de emulación y de asistencia mutua. Mas lo que, por ahora, Ozanam quisiera provocar entre los cristianos de buena voluntad, es «la persuasión de que la ciudad de París no los ha eximido de su deber al votar seis millones para la subsistencia de los obreros sin trabajo, es decir trece céntimos por persona y por día hasta el próximo mes de abril; y que todavía no ha llegado el tiempo de olvidar la miseria pública, aun si no estuvie­ran allí el invierno y el cólera para recordárnoslo».

Que el lector nos disculpe si sólo presentamos aquí a grandes rasgos esos cuadros tan vigorosamente trazados, sin poder dejar­les el color, la emoción, el brillo, el movimiento, todo cuanto hace su grandeza y su vigor, su verdad y su vida. Que nos compadez­ca sobre todo por estar condenados a no mencionar aquí más que el título del artículo siguiente: De la asistencia que humilla y de la que honra. Y también éste: De la limosna.

Aquí predomina el punto de vista sobrenatural. El pobre in­tercede en favor del rico; y en tal forma da más de lo que reci­be: «Si sabéis dar en nombre de Dios, y si el pobre sabe rezar por nosotros, hay reciprocidad de servicios. La familia menesterosa que habéis socorrido se habrá desquitado cuando aquel anciano, aquella madre piadosa lleve vuestro nombre ante su trono».

En otros pasajes, el pobre es un sacerdote; su miseria, sus su- dores, su sangre, todo ello es el sacrificio satisfactorio, expiatorio que paga la redención de la humanidad. Y la limosna que le ofre­ce nuestra agradecida religión viene a ser sus honorarios, como lo son los que rogamos al sacerdote que reciba, besándole la mano para darle las gracias.

El nombre de artículos no conviene a semejantes trabajos. Son series de estudios por los cuales pasa sucesivamente toda la doctri­na de la economía cristiana; pero una doctrina vivificada por una elocuencia e iluminada por una luz de fe que las hace semejantes a páginas del Evangelio.

El último de esos ensayos entre los que nos han transmitido sus Obras completas1, es un estudio filosófico e histórico sobre los orí­genes del socialismo. Ozanam le concedía gran importancia: «Es tiempo =declara al principio— de demostrar que se puede defen­der la causa de los proletarios, dedicarse al alivio de las clases me­nesterosas, luchar por la abolición del pauperismo, sin solidarizar­se con las prédicas que desencadenaron la tempestad de junio y que suspenden todavía sobre nuestras cabezas tan densos nuba­rrones».

Ozanam recuerda las funestas doctrinas de ese socialismo des­alentador y le opone las sabias doctrinas que practica la Iglesia: restablece así el fundamento sagrado de la ciencia social. El filósofo demuestra que, desde Platón hasta Muncer y Juan de Ley­de, todas las teorías sociales han terminado en utopía, desorden y violencia. El historiador muestra, por lo contrario, lo que ha he­cho la Iglesia para la conservación y el respeto a la propiedad, por una parte, para la organización del trabajo, por la otra, me­diante la asociación fundada en la doble base de la justicia y de la caridad cristiana. El teólogo, si me atrevo a darle ese nombre, deduce como consecuencia el siguiente principio: «En la sociedad cristiana, los intereses del cielo están ligados con los de la tierra por unos lazos tan estrechos, que jamás se han tocado sus dogmas sin conmover hasta lo más hondo sus instituciones temporales». Dogma de la caída del hombre y de su redención por el sacrificio y el sufrimiento; dogma de la vida futura, sanción y complemen­to de la vida terrenal, a la que vivifica y, a la par, consuela por la esperanza: tal es la doble clave de esos grandes problemas, de los cuales dice: «Para su solución, es preciso ante todo contar con el• cristianismo que jamás ha cesado de rechazar con la misma firmeza los errores socialistas y las pasiones egoístas: sólo el cris- tianismo es capaz de realizar el ideal de la fraternidad sin inmo­lar la libertad; y de buscar la mayor felicidad terrenal de los hom­bres, sin quitarles el don sagrado de la resignación que constituye el remedio más seguro de sus dolores y la última palabra de una vida que ha de terminar».

Prácticamente, Ozanam decía también que «la ciencia del bien social y de las reformas benéficas se aprende no tanto en los li­bros y al pie de la tribuna política, como subiendo las escaleras de la casa del pobre, sentándose a su cabecera, sufriendo el mis­mo frío que él, penetrando en el secreto de su atribulado cora­zón y de su conciencia desgarrada. Cuando se ha estudiado así al pobre en su casa, en la escuela, en el hospital, en el taller, en las ciudades, en el campo, en todas las condiciones en que Dios lo ha colocado, sólo entonces, poseyendo todos los elementos del formidable problema, empieza uno a dominarlo y puede pensar en resolverlo».

Brillantes utopías fascinaban quizás a algunos jóvenes cofrades: Ozanam les oponía su experiencia y sus recuerdos de estudiante: «Se os dirá, y de hecho se os dice diariamente: ¿Hasta cuándo iréis a practicar en las asociaciones católicas la caridad del vaso de agua? ¿Oué vais a hacer entre hombres que sólo saben aliviar la miseria, sin cegar sus fuentes? ¿Por qué no venís más bien a sentaros en estas reuniones más audaces en que se esfuerzan en cortar el mal de un solo tajo, en regenerar al mundo, en rehabi­litar a los desheredados? Ese lenguaje no es nuevo para nosotros: es el que oíamos hace quince años, en las escuelas sansimonianas y falansterianas, cuando fundábamos en número tan ínfimo de miembros la sociedad de San Vicente de Paul. ¡Ah, líbrenos el cielo de vanagloriamos de nuestras obras! Mas cuando compara­mos lo que habríamos hecho en las filas de quienes nos infligían sus reproches con las necesidades que hemos socorrido, con las lá­grimas que hemos enjugado, con las uniones legitimadas, los ni­ños educados, los crímenes acaso evitados, las cóleras aplacadas ¡ah, no lamentamos la elección que Dios nos inspiró! ¡Elegid lo mismo que nosotros, señores, y dentro de quince años, no os arre­pentiréis!»

Hasta entonces La Nueva Era, diario de la pacificación social por el cristianismo, había encontrado escasos contradictores en las filas católicas. En efecto, el imperioso interés de la defensa social había unificado provisionalmente a sus jefes en favor de la Re­pública conservadora. Desde el 24 de febrero, El Universo se ha­bla apresurado a escribir, a las diez de la noche: «La dinastía de julio sucumbió, se ha consumado la Revolución. Hoy como ayer, nada es posible sino por la libertad. Una libertad sincera puede salvarlo todo. Todos los gobiernos llevan en sí la facultad de afian­zarse. Basta para ello que amen la justicia y practiquen la libertad».

También Montalembert asociaba a la causa de la libertad la de la república, en su manifiesto del 28 de febrero a los comités católicos: «En medio de todas las revoluciones, la Iglesia sigue en pie. Bajo la república, como bajo la monarquía, ante todo ca­tólicos, debemos defender, amar, servir la libertad religiosa. en un ardiente amor a la patria, una imperecedera devoción a su glo­ria y a su felicidad». Su profesión de fe a los electores del Doubs llegaba hasta el punto de decir: «Si, como en los Estados Unidos, esta forma de gobierno, garantiza la religión, la propiedad, la fa­milia, el beneficio supremo de la libertad, la república no tendrá hijo más fiel que yo. Mas si no retrocede ante la violencia, bien podrá tenerme de víctima, pero nunca de instrumento o de cóm­plice».

Ya vimos al Padre Lacordaire alistar La Nueva Era bajo la ban­dera de la República, «aunque antes de febrero no hubiese en él, ápice de republicanismo —confesaba-; pero con la esperanza y las probabilidades de obtener de ella las libertades religiosas ne­gadas por los anteriores gobiernos».

En fin, se adhería también a ese leal intento y a esa unión el juicioso espíritu del señor Foisset «para resistir a la anarquía, en un estado de cosas que hasta ahora no había dado a la religión motivo alguno de queja». Y su mano estrechaba la de Ozanam y la de Lacordaire, de quienes era más que el consejero, casi el oráculo.

Sin embargo, Ozanam había hecho de la aceptación de la re­pública, no un asunto de concesión, ni de transición, sino de con- vicción; no un expediente, sino una solución. No la había busca­do, sino que la había acogido como un hecho providencial, di­choso, por razones cuya validez resulta sin duda discutible, pero cuyo fervor y nobleza no lo son.

Las encontraba en el pasado y, por decirlo así, al alcance de la mano, en esa historia de la civilización de los bárbaros por el cristianismo que era el tema de sus estudios profesionales y de su enseñanza. Veía en la Edad Media una corriente ininterrumpida de emancipación de la que escribía: «Lo que conozco de la his­toria me hace creer que la democracia es el término natural del progreso político y que Dios encamina el mundo a ese fin». La Iglesia había realizado esa obra libertadora, en condiciones que expresaba en la siguiente forma el Obispo Remigio al dirigirse al gran jefe bárbaro Clodoveo: «¡Quema lo que has adorado y adora lo que has quemado!» Al comparar con esos bárbaros de antaño a las masas ignorantes y groseras de hoy, Ozanam aborre­ce sus vicios y teme sus violencias. Mas, por otra parte, reconoce sus energías viriles que dejan esperar de ellas el elemento vital y regenerador de la raza, el día que esas fuerzas aún brutas se ha­yan disciplinado y ablandado bajo la ley del Cristo redentor: es el progreso por el Evangelio; pero ¿es acasó el Evangelio que pre­dicó al pueblo la burguesía de Julio con su palabra, su ejemplo, su prensa y sus leyes? ¿Un gobierno salido del sufragio popular no comprenderá mejor esa necesidad primordial del pueblo y ese primordial deber del Estado? Acerquémonos a él, tengamos con­fianza en él; practiquemos la obra de la Iglesia bajo un nuevo régimen. «¿No se han encontrado al pie de los árboles de la liber­tad los hombres de la Iglesia y los hombres del pueblo?»

Había mucho que decir respecto a esa asimilación y a esas con­clusiones. Mientras brotaban los frutos que permitirían juzgar al árbol, el convenio de los. católicos consistía en gran parte en esa amistosa componenda de sus opiniones, del mismo modo que la Nueva Era en los primeros meses había vivido de ese crédito otorgado en diversas formas a la República de febrero. Sin embargo, los acontecimientos de junio acababan de cambiar los espíritus. Por mucho que Ozanam haya hecho para dar un sentido pacífico y cristiano a las palabras de igualdad y fraternidad, ahora esas pa­labras se traducían prácticamente en la mayoría por los de dema­gogia, comunismo, socialismo y anarquismo, que arrojaban terror y espanto.

Ese espanto era, por lo demás, el que resentía Europa, sacudi­da por el contrachoque de esa violenta conmoción revolucionaria. Por otra parte, el liberalismo italiano perdía de día en día terre­no. En Roma, Pío IX, al negarse a declarar la guerra a Austria, había visto su popularidad cambiarse en hostilidad, preludio de extremadas violencias. Además, el patriótico esfuerzo de Carlos Alberto para libertar a Italia del yugo de Austria fracasó lamenta­blemente en Novare, ante las armas de Radetzky, en julio de 1848. De todos los Estados lombardovénetos, sólo seguía resistiendo la ciudad de Venecia, bajo la protección de sus lagunas y la mano dictatorial de Daniel Manin.

Sólo recordamos estos hechos para señalar el principio de las decepciones y de los dolores de Federico Ozanam. El partido de la confianza iba a dislocarse: la opinión se dirigía hacia una auto­ridad, fuera la que fuera. La empresa de conciliación de todos los partidos bajo la bandera de la república, intentada por La Nueva Era, apareció desde entonces como una quimera y se convirtió en un signo de contradicción. La religión, a la que ese periódico pre­tendía pertenecer, podría sufrir desprestigio, ya que estaba dirigi­do y redactado por notabilidades eclesiásticas. En tal aprehensión, el Padre Lacordaire estimó que el interés de su Orden y el de su prédica le imponía el deber de abandonar la dirección y la res­ponsabilidad de esa publicación, aunque no le retirara su afecto.

El 21 de agosto de 1848, anunció a Ozanam «el doloroso sacri­ficio», decidido en el consejo de administración, por mayoría de cuatro voces contra tres. Mas su corazón protestaba y su carta de­cía: «Hemos dado el ejemplo de una prensa verdaderamente cris­tiana, es decir honrada, tranquila, imparcial, caritativa. Hemos contribuído a mantener la unión de los espíritus en favor de la Iglesia en tiempos preñados de peligros. Los católicos respondie­ron resueltamente. Es una pequeña ganancia para nuestra concien­cia, aunque no sea todo lo que podría desearse para el bien».

La carta «al querido colaborador» anunciaba el cierre del pe­riódico a fines del mes, el 31 de agosto. ¿Fue Ozanam quien logró que la administración revocara esa decisión y obtuviera de ella una demora? Hay motivos para creerlo. Lo cierto es que La Nue­va Era siguió publicándose hasta abril del año siguiente. Lacor­daire ya sólo era su amigo, pero cuán abnegado, como pronto veremos2.

No ocurrió lo mismo con Montalembert. En el impulso dema­siado generoso que llevaba a La Nueva Era a extender la mano a la democracia, sólo veía él una ilusión boba y peligrosa; y en la democracia misma, sólo el advenimiento del despotismo del nú­mero, junto con el rebajamiento de los caracteres y de los espí­ritus. Sobre todo, su filial amor por la Iglesia se espantaba por la marejada de componendas monstruosas que le imponía en aquella hora el desenfreno de la demagogia italiana. Por eso declaraba aho­ra que sólo había aceptado a la república por necesidad y bajo condición, sin honrarla con su confianza.

Fue una hora dolorosa para Ozanam aquella en que vio a Mon­talembert asociarse momentáneamente con el Universo, para aba­tir sobre la muralla el humilde estandarte que, sin embargo, lle­vaba, también él, una cruz3.

El terror provocado por la revolución, casi en todas partes vic­toriosa o amenazante, había- preparado de antemano su lecho al despotismo. Ozanam, en su celoso amor a la independencia, y a la dignidad de la Iglesia, nada temía tanto como su advenimien­to. A la luz de la historia había visto en todas partes a los poderes absolutos imponerse la tarea de sojuzgarla para anexarla: «Pri­mero —dice en una hermosa página de juventud— fueron los em­peradores de Oriente los que quisieron hacer de la Iglesia un pa­triarcado sometido a su autocracia. Luego fueron los bárbaros los que la obligaron a que se- uniera con ellos para saquear al viejo imperio romano; luego fueron los grandes señores feudales los que trataron de armarla con hierro; después, los reyes la invitaron a sentarse en esos parlamentos que gobiernan con el látigo y la espuela. En fin, los modernos fundadores de las constituciones re­presentativas se dignan otorgarle un banco en alguna Cámara alta, pero se irritan cuando no se presta al mecanismo estrecho de sus administraciones, y cuando no enarbola, en sus seculares basílicas, su efímera bandera. Mas la Iglesia nunca ha querido ser imperial, ni bárbara, ni feudal, ni liberal, porque es algo más que todo esto: es católica. En vano, como los pretendientes de Penélope, al verla sola en este mundo, pensaron en seducirla y en reinar bajo su nombre, y le ofrecieron riqueza y poderío. La esposa inmortal re­pudia esas indignas bodas».

Esas bodas indignas son aquellas en que demasiado tiempo se había tratado de solidarizar a la Iglesia con el gobierno. Pues hay que comprenderlo bien: el republicanismo de Ozanam está hecho ante todo de su horror a ese estado de cosas; y ese estado no es otra cosa que el galicanismo, esa cadena secular cuyas cicatrices llevaba aún la Iglesia. La entregaban atada de pies y manos. Oza­nam veía una reacción enloquecida precipitarse hacia un despo­tismo libertador, sin límites ni freno, sacrificando a la vez la re­pública y la libertad. Escribía: «Querido amigo, lo cierto es que me inquieta mucho -el camino al que nos arrojan y que llevó a los hombres de la Restauración al despeñadero. Si supiera usted las ilusiones de algunos, no digo de los viejos, sino de los jóvenes, de los estadistas de veinticinco a treinta años de edad, de aque­llos que, en su fervor, ya no quieren constitución ni representación nacional, ni prensa. Lo peor es que la religión se ve comprometi- da por esos insensatos, por hombres que se honran con defender­la en la tribuna y que llenan con el relato de sus aventuras los bas­tidores de la ópera».

Lo que prevé Ozanam y lo que le estremece de espanto al pensar en la Iglesia de Francia son las represalias que esa alianza ofensiva y defensiva con el despotismo habrá de atraerle en el porvenir: «Querido amigo, sólo se ve gente que sueña con la alianza del trono y del altar. Nadie recuerda las espantosas represalias que nos valieron esas bellas doctrinas, en 1830. Y hoy, no hay volte­riano afligido con unas mil libras de renta que no quiera enviar todo el mundo a misa, a condición de no ir él».

Si la gente honrada se rebela, el cristiano lamenta el perjuicio que sufren entonces las almas, y la reacción inminente el día de mañana: «Veo con dolor —¡qué bello dolor!—; veo que se hace más lento aquel hermoso movimiento de retorno y conversión que fue la alegría de mi juventud y la esperanza de mi edad madura.

Y me pregunto si, cuando hayan encanecido nuestras cabezas, po­dremos todavía inclinarlas ante los altares, sin oír en torno nues­tro esos gritos de escarnio que, hace veinte años, perseguían a los fieles hasta en las iglesias. Velemos y recemos».

La situación moral creada a ese jefe de la Nueva Era iba em­peorando de día en día. Era el recelo y el abandono. Hubiese sido intolerable para Ozanam si, para sostenerlo en su camino, no hu­biese tenido a su derecha y a su izquierda a dos hombres, entre los más grandes y mejores • militantes católicos de aquella época, am­bos, el laico y el fraile, hombres de Dios.

Lacordaire, uno de los dos, expresaba en sus cartas la pena que experimentaba al ver «al clero y los católicos de Francia respon­der tan mal a los avances de ese régimen de febrero que había sido tan milagrosamente generoso. Una retractación habría de des­honrarlos y no permitiría ver en ellos sino a los humildes lacayos de todos los advenimientos favorecidos por la suerte. En cuanto a mí, acepté sinceramente la república, sin tener por ella ninguna pasión preexistente o advenediza; pero, suceda lo que suceda, debo respetar lo que he hecho».

Como Lacordaire, el señor Foisset, en el Corresponsal, estima­ba que los católicos habían empeñado su honor en no retirar, bajo la influencia del miedo, su leal apoyo a un gobierno que no les había dado motivo alguno de queja: «La Nueva Era —escribe a Montalembert el 11 de noviembre de 1848— es republicana ¡y enhorabuena! Pues francamente, no veo qué ganaría la religión en un antagonismo universal entre los católicos y los republicanos. En las filas de éstos, hay como en otras partes almas que salvar; y no quisiera que la idea de una irreconciliable enemistad fuera un obstáculo para el retorno de las almas a Dios, como para la equidad del gobierno hacia la cosa católica».

Foisset estaba más cerca aún de Ozanam cuando estimaba «que existía para los católicos una obra más necesaria que la extrema­da reacción: era el empleo de todas sus fuerzas para destruir las prevenciones y los odios populares, dedicándose sin límites a auxi­liar a quienes sufren». «La burguesía me desconsuela —escribía al mismo—; es más egoísta que nunca. Se aferra a la tierra, sin querer oír hablar de otra cosa, sin ver de dónde viene el mal, sin sospechar siquiera el remedio. Tendremos que pasar todavía por algunas expiaciones; y sin embargo el peligro de junio ha armado bastante revuelo. El clero no sale de su rutina; no veo que saque partido del martirio del arzobispo, ni que se acuerde lo debido del Evangelizare pauperibus. Dijérase que el episcopado se ve afec­tado de estupor».

Por otro lado El Universo se indignaba contra La Nueva Era a la que daba el nombre de El Nuevo Error. Foisset creyó que de­bía intervenir con Luis Veuillot que era hombre de su confianza. Veuillot comprendió a ese sabio y escuchó a ese amigo ; le respon­dió lo siguiente, el 18 de noviembre: «Recibirá usted mi último artículo sobre La Nueva Era. Espero que no le disguste demasiado. Si dejé en él algunas de esas palabras que ponen una nube en la frente de los buenos ángeles de la paz, habrá sido contra mi inten­ción o por necesidad. Si no hubiera temido a algunos papas como usted, que está siempre presente ante mí aunque invisible, hubiera descargado mis golpes como sobre Le Journal des Débats». Y el combatiente envainó la espada, pero mantuvo la mano en el puño.

No era tan fácil triunfar de Montalembert, «quien —refiere el biógrafo de Foisset— sentía crecer día tras día su desprecio por ese puñado de periodistas que se empeñan en conservar un gobier­no nacido de la casualidad y repudiado por el país». El Padre La­cordaire se mostró dolorosamente afectado. Su dolor fue más vivo aún cuando El Amigo – de la Religión, resucitado hacía poco por el Padre Dupanloup, le llevó una primera y luego una segunda carta de Montalembert contra La Nueva Era: «No comprendo —escribe a la señora Swetchine, el 7 de noviembre— este ataque concertado. La Nueva Era pudo merecer críticas; pero no que se disparara contra él una especie de cañón de alarma capaz de aler­tar a la cristiandad. Es para mí doloroso ver que amigos míos en­tren en esa vía de acusación en que sólo había encontrado hasta ahora espíritus mediocres y celosos, dispuestos a ver herejías en cualquiera opinión que no sea la suya, y un enemigo en cualquier hombre que los moleste y les desagrade. Es un procedimiento que sólo termina en discordia».

En fin, de Ozanam y de sus colaboradores escribe el mismo día Acaso nos incumbe iniciar una guerra contra católicos honora­bles que nos prestan el servicio de ser más demócratas que nosotros y de demostrar al mundo que la Iglesia puede aceptar con since­ridad todas las formas de gobierno?»

De todo esto, Lacordaire recibió en su amistad una herida tan viva que el señor Foisset pudo temer un instante una ruptura entre sus dos amigos, según refiere su biógrafo.

Ozanam guardó silencio. ¿Creyó que convenía deponer las armas ante el querido grande hombre a quien no podía dejar de honrar y querer? Su sufrimiento era grande. En esa misma época, su alma estaba de luto por todas sus esperanzas políticas; y des­ahogaba su tristeza ora en su cátedra de la Sorbona, ora en su periódico. Cuando, al volver de sus vacaciones de 1848, se encon­tró de nuevo en esa cátedra, «rodeado del numeroso y fraternal concurso de la juventud» que nunca le había faltado, le habló en los términos siguientes:

«El año pasado, señores, abrí este curso de literatura italiana bajo mejores auspicios. Regresaba de Italia, había visto bajo el balcón del Quirinal a Roma entera aplaudir la reconciliación de la Igle­sia y de la sociedad moderna ; había asistido a esas primeras ale­grías del renacimiento: ese pueblo caminaba hacia la libertad por caminos sembrados de flores; los hombres juiciosos empezaban esa educación política y militar que, al cabo de varios años, pondría a Italia en posesión de sí misma.

«Hoy, la causa de la independencia está siendo aplastada por gruesos batallones; la ingratitud y el asesinato deshonran en Roma la causa de la libertad. La libertad del mundo se halla comprome­tida con la libertad del jefe espiritual de las conciencias. Es el os­tracismo, el despotismo y todo cuanto recuerda las injusticias de esas patrias ingratas en que los grandes ciudadanos no han tenido su tumba, desde Escipión hasta Gregorio VII».

Sin embargo, en medio de esos desastres, quedaba una ciudad, Venecia, que, protegida por sus lagunas, oponía a Austria una re­sistencia desesperada. Ozanam, desde su cátedra, extendió la mano en favor de la heroica reina de los mares: «Inauguremos, señores, con una buena acción, este curso y este año». Recordó que Venecia había ofrecido un asilo á Pío IX; que había recogido lo que sub­sistía de las esperanzas de la libertad italiana, sin regatearle el oro ni la sangre de sus hijos. «Mas sus recursos ya no pueden bastar a las necesidades de una guerra tan larga y desigual. Se ha abierto una suscripción para llevarle un urgente auxilio. Muchos harán donativos, en honor de sus antiguas glorias, y muchos por el interés moderno que representa. Nosotros, señores, recordaremos su grandeza cristiana, los muertos heroicos que ha dejado en todas las playas del archipiélago para salvar a Europa del Corán. Las necesidades de Francia son inmensas; pero no es más pobre que la viuda del Evangelio: no negará su óbolo a quien se lo pida en nombre de Dios y de la fraternidad».

La fraternidad de la República francesa no respondió a ese llamado que, reproducido por La Nueva Fra, fue casi el único que se elevó por aquel entonces en favor de la ciudad de San Marcos. Daniel Manin, presidente de la República veneciana, dio pública­mente las gracias a Ozanam en la Gaceta oficial, en nombre de esa ciudad, abandonada desgraciadamente por Europa, asolada por el bombardeo, diezmada por el cólera. Manin salió hacia el destierro, y con él desapareció el único hombre de temple verda­deramente heroico que haya dado la Revolución italiana.

Así pues, Ozanam tenía el derecho de escribir más tarde al noble veneciano Tomaseo: «Los redactores de La Nueva Era acaso ca­recieron a menudo de prudencia humana; pero Dios jamás per­mitió que carecieran de amor a la justicia, al pueblo menesteroso, a vuestra bella Italia y a sus gloriosos defensores».

En Roma, la augusta cabeza de Pío IX amenazada por la in­surrección, ultrajada por la ingratitud, no por eso dejaba de estar, a los ojos de Ozanam, coronada con los grandes actos políticos que lo habían encumbrado a principios de su reinado. En una lección de ese mismo curso de 1849, encuentro el siguiente apunte: «Las com­plicaciones actuales y las que reserva el futuro no impiden que Pío IX se haya despojado voluntariamente del poder absoluto; que haya defendido, en la carta que dirigió al emperador de Aus­tria, el principio de las nacionalidades; que haya tomado la ini- ciativa de las reformas que se hubiesen llevado a cabo, si Pío IX no hubiese tenido, en ese país cuya educación no está hecha, tan­tos enemigos de sus beneficios, como de sur autoridad».

Ahora, Pío IX se había refugiado en Gaeta. En favor del augus­to desterrado, Ozanam lanzaba, en ese mismo mes de enero de 1849, en La Nueva Era, un llamado a los católicos de Francia. «Pío IX nada pide para sus propias necesidades. El que, a raíz de su advenimiento, mandó poner en venta la mitad de los caballos de sus caballerizas, el que gastó su patrimonio en caridades, no ha es­perado la hora de la prueba para despojarse personalmente. Todos los que han tenido el honor de acercársele saben cuán poco le cos­taría volver a las redes de San Pedro o a la oscuridad de las cata­cumbas. Y no hace mucho que se le oía decir: que daba gracias a Dios, mientras le dejaran una mochila y un báculo, con la libertad de recorrer la tierra bendiciendo los pueblos a su paso. Mas al lado del Papa, las grandes administraciones e instituciones cuyo fun­cionamiento constituye el gobierno de los asuntos religiosos de la cristiandad, están a su cargo. Sostenerlos no sólo es realizar un acto de apremiante caridad, sino un acto de fe en la vitalidad de la Iglesia».

La suscripción apelaba especialmente a las grandes fortunas para una gran limosna. «El Santo Padre leerá al principio de la lista los más grandes nombres de Francia. Ese llamado los honra, esa limosna habrá de bendecirlos. Santísimo Padre, al extender hacia nosotros esa mano que tantos labios ardientes han besado, nos da­réis mucho más de lo que habéis recibido…»

Generosos cristianos estimaron que había llegado la hora de res­tablecer el antiguo óbolo de San Pedro. Después de dirigir un Mandamiento al respecto, y ordenado rogativas públicas, Monse­ñor Sibour convocó en el Círculo católico una Asamblea en que se formuló un Mensaje al Papa y se nombró una comisión de or­ganización y de suscripción. Ozanam formó parte de ella. Además de su elocuente llamado en La Nueva Era, hizo, el 23 de enero de 1849, en su curso del lunes, una colecta, precedida de una exhor­tación que, habiendo recordado los beneficios con que Pío IX ha­bía colmado a Italia y a la cristiandad, terminaba así: «Pero hay aquí algo más que el interés de Italia: el de toda la civilización, comprometida a no dejar perecer el poder espiritual que gobierna las conciencias de doscientos millones de hombres. Se trata del por­venir de esta sociedad moderna, que, cansada de tantas agitacio­nes, sólo encontrará la paz en el acuerdo del cristianismo y de la libertad. Hace sesenta años, señores, que trabajamos en la estatua de la libertad. Con los primeros golpes del martillo y del cincel, sólo se vio surgir una figura amorfa y se creyó que del bloque no podría brotar más que un monstruo. Hoy la radiante cabeza mués­trase bajo nuevos rasgos, menos hoscos, que aplacan la inquietud del mundo. Sin embargo, muchos pasan y dicen al mirarla: `¡No es más que una estatua, no vivirá!’ Señores, es preciso que la es­tatua viva ; es preciso buscar para ella la vida donde nuestro Pro­meteo la buscó y la encontró, es decir en el cielo. El cristianismo será el alma de la libertad».

La Nueva Era sentíase acosada. Desde el retiro del Padre La­cordaire, no dejaba de luchar, no tanto por la victoria como por el honor de la causa: «Si hubiese dejado de publicarse entonces, en septiembre de 1848 —escribía Ozanam—, hubiera podido de­cirse que unos católicos, tímidos servidores de los acontecimientos, habían tenido un periódico republicano mientras había sido fuerte la República, pero que se habían apresurado a cambiar con la fortuna adversa. Después de seis meses de combate, después de tantas injurias que hemos perdonado, pero sufrido, sin interés, ni ganan­cia, ni ambición, ni amor propio, se sabe ahora que existe entre los católicos de Francia una opinión sincera, capaz de sacrificio e incapaz de pusilanimidad».

Es preciso decir, sin embargo, que, desde enero de 1849, Oza­nam ya no colaboraba con regularidad en la revista. Escribe, el 11 de marzo: «Hace unos meses que ya no trabajo en la Nueva Era, debido a un libro que debo terminar y a mi curso que devora todos mis momentos. Todavía es el periódico por el cual hago nus votos; si bien confesando que, como en todos los periódicos en que ya no se trabaja, se publican en él artículos que no siempre me agradan…» Y es que, según nos informa su hermano, «ciertos co­laboradores querían dar a La Nueva Era un color democrático más marcado».

¿No iban algunos hasta decir que el cristianismo era la demo­cracia? Montalembert se indignaba: «No, el cristianismo, que se presta a todas las formas de gobierno, no se identifica con ninguna. Esto es lo que hay que proclamar y repetir incesantemente frente al orgullo desmedido de los pigmeos de nuestro tiempo. Toda mi juventud oí decir que el cristianismo era la monarquía, y que no se podía ser buen cristiano sin creer en la monarquía legítima. He luchado veinte años, no sin algún éxito, contra ese antiguo error, disipado en la actualidad. Lucharía otros veinte contra la nueva pretensión que confunde al cristianismo con la democracia, otra forma de la misma y triste idolatría de la victoria, de la fuerza y de la fortuna».

Pero ¿no acabamos de leer asimismo en Ozanam que «la Igle­sia jamás ha consentido en ser imperial, ni feudal, ni monarquista, ni liberal, porque es más que todo eso: es católica?»

Sea lo que fuere, un mes después, el 9 de abril de 1849, La Nue­va Era anunció que dejaría de publicarse. Una Declaración que firmó toda la redacción, en primera línea Ozanam, explicaba las razones, precedidas de una larga exposición de motivos, así como de las diversas fases atravesadas por la obra. Ese documento tiene gran dignidad y claridad. Se nota en él la mano de Ozanam.

Dice primero cuál fue el punto de partida de esa obra: obra, no negocio. Da a conocer la generosidad de su propósito, verbigra­cia, la aplicación de los principios cristianos a la sociedad moder­na, para la dicha del hombre, mediante el respeto de su dignidad y de su libertad. Menciona la oposición que suscitó esa palabra de democracia sospechosa para mucha gente de bien, sobre todo cuando la ha invocado la anarquía triunfante en Italia y en otras partes. «Y sin embargo ¿quién puede olvidar con qué energía y qué indignación hemos condenado en Roma a una revolución ur­dida por la ingratitud e inaugurada por el asesinato?

«Pues bien, mientras, a pesar de estos ataques y de esas incom­prensiones, la era cristiana caminaba sin flaquear hacia su meta, la unión de los partidos políticos se erguía amenazadora contra su causa. Los acontecimientos, que nada pueden contra las doctrinas, pero que arrastran consigo a la masa de los espíritus, parecían cada vez más hostiles, aun al régimen de una república, honrada, sin­cera de la que se apartaba el gran número. La Nueva Era sufrió en sus intereses las consecuencias de ese abandono. Mas todos ha­bían cumplido con su deber. Dios, el único por quien hombres de fe y de corazón podían resolverse a ese duro oficio de escribir, de combatir, de ser calumniados e incomprendidos, Dios mismo no nos pedía más.

«…La antigua redacción del periódico, unida hoy como siem­pre, se retira toda ella. Mas sus adioses nada tendrán que revele desaliento ni arrepentimiento. Nos retiramos, es preciso que se sepa, no ante la violencia de los ataques, ni ante ese escepticismo que por fin ha contagiado a veces a los propios servidores de la liber-, tad, sino ante dificultades materiales en que la Providencia ha ocultado quizás un benéfico propósito para la fecundación de nues­tras doctrinas, como la escarcha, que obliga al labrador a refugiar­se en su casa, hace también germinar el trigo».

Siguen las firmas: H. Maret, Ozanam, Audley, Eug Rendu, Gouraud, Feugeray, L. F. Guérin.

Unos días después, el 8 de mayo, Ozanam al dirigir al señor Próspero Dugas esa declaración le adjuntaba las siguientes y ne­cesarias explicaciones: «Ha corrido el rumor de que los redactores se retiraron por consejo de la autoridad eclesiástica. No hay tal; el Arzobispo de París, su primo el Padre Sibour, el Padre Buquet, vicario general, nos han expresado, por lo contrario, su vivo pesar al ver desaparecer este periódico que juzgaban necesario para la de­fensa de la religión. Razones de delicadeza no nos han permitido decir qué altas simpatías encontrábamos en una parte del episco­pado. Mas si yo creía poder equivocarme en política, no temía extraviarme en materia de religión, pues teníamos de asesores hom­bres como el Padre Maret, el Padre Gerbet, el Padre Lacordaire, quien, al dejar de colaborar, jamás ha cesado de alentarnos con sus votos y ayudarnos con sus consejos»4.

La Nueva Era acababa de derrumbarse en los últimos días de la Cuaresma. Ozanam quedó lastimado, mas no aplastado por esa caída. Cuando escribe a su madre política, el sábado santo, le dice la dulzura que su fatiga y su tristeza encuentran esa semana en la sociedad familiar de Jesús y en la espera de su divina visita: «¡Oh mi querida madre, después de las penas, las batallas y las derrotas de la vida, cuán consolador es tener estos breves momentos de des­canso en el hombro del Salvador, como San Juan! Cuando se tiene la cabeza atiborrada, el corazón amargado con discusiones y sin­sabores, al salir de las rivalidades de los hombres y del contacto de las malas pasiones, aspira uno a la paz de estos días santos!

Qué sosiego encontrarse a los pies del buen maestro que nos es­pera mañana por la mañana!»

Después de ese gran sacrificio hecho a la paz, vemos a Ozanam dar apresuradamente las dos manos a los amigos lyoneses de quie­nes lo separan las opiniones, dejándose ver él mismo menos cate­górico en las suyas: «Lo cierto es, querido amigo —escribe al señor Dugas— que la divina Providencia no nos ha entregado aún el secreto de ese formidable año de 1848; que los mejores espíritus pueden extraviarse y que la decisión más juiciosa entre cristianos es no odiarse por asuntos tan controvertibles».

Al ver las riñas políticas entre el presidente y la Asamblea, su primera confianza parece delimitada. «Si este es el término al que Dios conduce al mundo —escribe a la misma persona— confieso que lo lleva por ásperos caminos ; y si sigo creyendo en la demo­cracia, es a pesar de unos excesos que bien serían capaces de as­quear a la gente de bien».

En la misma página, habla de las oscuridades del asunto: «En cuanto a mí, frente a las formidables preguntas que nos plantea la providencia y a las oscuridades que nos rodean, no comprendo que, por haberlas comprendido y resuelto de modo diferente, se enfríe uno y se separe… Nunca he podido prescindir de mis ami­gos; pero su recuerdo se ha vuelto ahora infinitamente valioso, desde que las revoluciones separan a tantas personas que se habían querido».

Allí también, Ozanam se felicita de haber abandonado el te­rreno de la política militante para penetrar en la esfera más serena de los estudios de la que ya no quiere salir: «Es preciso —dice—que sepan en Lyon que las agitaciones políticas en las que me cre­yeron enfrascado no me arrebataron el objeto predilecto de mis estudios, es decir todo lo que puede apresurar la alianza completa de la ciencia y de la religión. ¡Ay! Esa reconciliación nunca fue más necesaria que ahora, pues la paz no se establecerá en los ne­gocios sino después de establecerse en las ideas. ¡Cuánta irrita­ción! ¡Cuántos implacables resentimientos en torno nuestro! ¡Ah! es tiempo que Dios derrame su luz en ese caos».

Poco después, al acercarse la temporada de las vacaciones, Oza­nam, muy cansado, recibió de los médicos la orden urgente de ir a respirar aire de montañas, con la consigna de vivir alejado de toda preocupación política. Estaba todavía allí el 20 de octubre cuando escribió lo siguiente a su amigo Dufieux, redactor de la Gaceta de Lyon, a quien acababa de ver en esa ciudad: «Me pro­pone usted una cuestión política en que tendré buen cuidado de no meterme ahora, pues la Facultad de Medicina ha decidido que, hasta nueva order}, la política no forme parte de mi régimen».

A su paso por Lyon, había reanudado su cálida amistad con sus antiguos compañeros: «Es lo que hizo el encanto de mi viaje —es­cribe a Janmot—. Mi buen amigo, repítelo a nuestros amigos lyo­neses ; el recuerdo de vuestra buena acogida no se apartará de mí: me sostendrá en mi trabajo y en esas horas de tristeza que con de­masiada frecuencia lo acompañan. Sin embargo, creía que tenía una idea y acaso algo qué hacer en este mundo. Me temo mucho haberme equivocado. Quién sabe si Dios no humilla y castiga esa ambición al retirarme la salud y al obligarme a reconocer dema­siado tarde que no soy nada y que había presumido demasiado de mis fuerzas». Esos amigos cerca de los cuales viene a buscar calor su corazón son entre otros: La Perrière, Arthaud, Genin, Velay, Laprade, el poeta católico y futuro miembro de la Aca­demia francesa; pero concediendo siempre al Padre Noirot el pri­mer lugar.

Sé encontraba en Ferney, en casa de un tío de su mujer; «pero tan ajeno a los asuntos públicos que salía de ellos absolutamente como si volviera de China. Ante esas admirables montañas que limitan nuestro horizonte, las disputas de los hombres me parecen muy pequeñas; y no puedo concebir que muestren tanto empeño en desgarrarse, en vez de gozar de las obras de Dios». Sólo le des­agrada respirar a la sombra de los árboles de Voltaire y a dos pasos de la ciudad de Calvino.

Se consoló de Calvino al encontrar en Ginebra una conferencia de San Vicente de Paul, establecida por el doctor Dufresne, yerno del señor Foisset. La conferencia recuerda aún la vibrante alocu­ción que dirigió a los cofrades de entonces. Trató principalmente de San Francisco de Sales.

Una carta que lo convocaba a una reunión de la Facultad para dar un sucesor al señor Guizot vino a interrumpir su estancia en Ferney: «Mi presencia podía decidir la candidatura de mi amigo Wallon. Fuera de la amistad, se trataba de poner a un católico, que era al mismo tiempo un excelente profesor, en la cátedra de historia moderna. Mi deber era, pues, salir de viaje sin regresar a Lyon, por el camino más corto. El jueves, estaba yo en París. Al día siguiente, elegimos a Wallon».

Cuando, a su regreso, se le pidió a Ozanam que volviera a ocu­par su puesto de combate en la redacción de un nuevo periódico, El Admonitor religioso, en colaboración con el Padre Gerbet y bajo el patrocinio del Señor Arzobispo, Ozanam rehusó, fuera de uno que otro artículo de cuando en cuando: «No creáis —escribía—que vuelvo al periodismo, cuyas espinas conocí. En efecto, el tiem­po actual nada tiene de lisonjero para que yo abandone mis bár­baros y mis Padres de la Iglesia».

El 2 de diciembre de 1851, la República pasó a mejor vida. No la substituía la monarquía absolutista, sino el imperio autocrá­tico. Montalembert no había esperado esa catástrofe para desli­garse del hombre a quien llamaba «su príncipe»; y para volver con su amigo. Así lo escribirá a la señora de Ozanam, poco después de la muerte de su marido: «Una apreciación discrepante de los desastres de 1848 nos había separado un momento, sin convertirnos en enemigos; pero gracias a los acontecimientos que vinieron a ilu­minarnos mutuamente, nos encontramos y acercamos instintiva­mente. Me sentía, como antaño, de acuerdo con él en todo».

Así terminó La nueva Era, después de sólo doce meses de una breve pero brillante existencia. «Había dado —se escribió de ella— un órgano elocuente al partido de la confianza, y una dirección a los cristianos que no querían desesperar de una situación peligrosa y que trataban de asegurar el lugar de la Iglesia en el triunfo de la democracia. Mal comprendida por unos, atacada por periódicos exagerados, frustrada por acontecimientos que no tardaron en dar una ventaja al desorden y después a la fuerza, la empresa de un puñado de cristianos generosos que no querían resignarse a una u otra cosa no podía durar. Mas en tiempos tan difíciles dio valor a muchos y puso de manifiesto ideas verdaderas, audaces y útiles».

Ozanam puso en tal empresa toda su fe y toda su caridad: su fe en Dios y su caridad hacia el pueblo. ¿No mezcló en todo ello sus ilusiones que confundió con sus esperanzas? ¿No era una ilusión, en primer lugar, asemejar a las razas nuevas y convertibles que ig­noraban a Jesucristo con la barbarie de las masas modernas que lo renegaron para volver al paganismo de las creencias y de las cos­tumbres? ¿No era acaso otra ilusión creer que eran lo bastante maduras y conscientes del deber político, al colocar en sus manos el instrumento de doble filo que es el sufragio universal? Pudo ver el uso que esas masas hicieron de ese derecho. ¿No se había forjado otra ilusión al identificar esas dos cosas tan disociables entre sí: la república y la libertad? Ilusiones generosas; pero también ilusiones peligrosas. Es preciso disculparlo, puesto que él no había visto lo qué nosotros hemos visto desde entonces; y la historia habrá de reconocer el mérito de sus intenciones y de sus esfuerzos, lo mismo que Dios, según espero, le habrá concedido su recompensa.

Ahora que, de acuerdo con la convicción y la predicción de Ozanam, el régimen democrático ha vuelto a prevalecer y que de nuevo ha regresado la república, no como una libertad, sino como la peor tiranía, ya no honrada y respetuosa, sino corruptora e impía, y en resumidas cuentas desastrosa ¿qué reflexiones y qué leccio­nes podemos sacar del democratismo y del republicanismo cris= tiano de Ozanam, que defendió en La Nueva Era, y de los hombres honorables y amigos del pueblo que constituyeron dos años aquel noble partido de la confianza?

Esta en primer lugar: que fue un bien y una cosa provechosa que en determinada hora y aunque sólo fuese durante una hora, sinceros amigós del pueblo, hombres de corazón, hombres de bien hayan presentado a Francia el ideal y el proyecto de una república formada de juiciosas libertades y virtudes, de honradez y de fe, y que esos verdaderos amigos del pueblo hayan sido a la vez y su­perlativamente grandes servidores de Dios.

Luego esta otra, que se nos da por el contraste con la actuali- dad: que no hay ni habrá jamás república posible, moral y por lo mismo habitable y durable fuera de ésa, si alguna vez se encuentra.

  1. Los artículos de Ozanam no están firmados, según nos hemos cerciorado. Debemos, pues, limitarnos aquí a los fragmentos insertos en sus obras completas: Miscelánea. Obras completas, t. VII, p. 231.
  2. Lacordaire escribía desde Chalais a la señora Swetchine, el 24 de octubre de 1848: «Usted sabe que, aunque he dejado la dirección de La Nueva Era, he permitido que se diga que estoy aún conectado con ella y que le enviaría mi colaboración en la me­dida en que me lo permitieran las ocupaciones de mi ministerio… Si, temiendo haber ido demasiado lejos, he abandonado la Prensa y la Tribuna para volver a mi ministerio religioso, ha sido un acto de legítima prudencia, pero no una retractación. He dejado el campo a otros más jóvenes y audaces que yo. Ellos lo defienden bajo su propia responsabilidad, y no debo hacer, con ligereza, nada que pueda debilitarlos o divi­dirlos». Correspondencia con la señora Swetchine, p. 478.
  3. Véase sobre toda esa escisión, el libro muy documentado del señor Henry Boissard: Teófilo Foisset, p. 104 y siguientes. París, ed. Plon, 1891, Cartas de Lacordaire a T. Foisset, t. II. Cartas 104, 105, 106.
  4. Uno de esos tres, es cierto, el Padre Maret, que se. convirtió en Monseñor Maret, decano de la Sorbona, mucho tiempo después, en 1870, en vísperas del concilio¡del Vaticano, erró sobre el tema de la Constitución de la Iglesia en dos volúmenes in­titulados: Del concilio general y de la paz religiosa. Mas cuando le señalaron su error, se apresuró a retirar valientemente su obra y someterse a la Santa Sede con una obediencia que Monseñor Pie declaró entonces «muy entera, muy honorable, muy circunstanciada».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.