Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 21

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXI: La insurrección de junio

«La Nueva Era».—Los días sangrientos.—Monseñor Affre.—Miseria y caridad.

1848

EL PADRE LACORDAIRE ha contado en sus Memorias que después de la Revolución de febrero, su espíritu fue presa de perplejidad. Estaba dividido entre la monarquía moderada que había sido siempre objeto de sus preferencias, según asegura, pero que aca­baba de ser irremisiblemente derorcada, ‘y la República que no creía posible y durable en Francia, pero que existía de hecho. Y se preguntaba si cuando menos no sería juicioso apuntalarla franca­mente como un refugio, en el interés de las instituciones cuya au­sencia había provocado la ruina de dos tronos y de dos dinastías.

«Ahora bien—escribe— mientras, deliberaba en tal forma, con­migo mismo, el Padre Maret y Federico Ozanam llamaron a mi puerta. Venían a decirme que la turbación y la incertidumbre reinaban entre los católicos y que esa confusión e indecisión de los espíritus podían hacernos hostil al nuevo régimen y privarnos de las oportunidades de obtener de él las libertades que el go­bierno anterior nos había obstinadamente negado: `La república —añadían— está bien dispuesta hacia nosotros. No tenemos que reprocharle ninguno de los actos de irreligión y barbarie con que se señaló la revolución de 1830. Cree y espera en nosotros. ¿Habrá que desalentarla? ¿Además, qué puede hacerse? ¿A qué otro partido podríamos adherirnos? ¿Oúé vemos ante nosotros, sino ruinas? ¿Y qué es la República, sino el gobierno natural de una sociedad, cuando ha perdido todas sus anclas y todas sus tra­diciones…?’

«Mis dos interlocutores iban más lejos que yo. En tantd que yo no veía en la república más que una necesidad transitoria que era preciso aceptar con sinceridad hasta que las cosas y las ideas tomaran naturalmente otro curso, ellos tenían una visión más alta y general del porvenir democrático de la sociedad europea, lo cual creaba entre nosotros una grave divergencia y no permitía un tra­bajo común bajo una misma bandera. Sin embargo, el peligro era apremiante. . . Urgido por esas voces amigas para que expresara mi opinión, cedí por fin al imperio de los acontecimientos y, aun­que sentía aversión a ingresar en la carrera de periodista, enarbolé con las personas que se habían ofrecido a mí una bandera en que la religión, la república y la libertad se enlazaban en los mismos pliegues».

El folleto de La Nueva Era se publicó el lo. de marzo. Se de­claraba en él que el periódico no pertenecía a ningún partido, sino que se mantendría encima de ellos para poderles decir la ‘verdad a todos, con imparcialidad, pero siempre con moderación y ca­ridad.

Un día después que se publicó esta hoja, el 16 de abril, el jefe de redacción recibió una carta del Arzobispo de París. En ella, Monseñor Affre hacía algo más que alentar a La Nueva Era; la hacía casi suya, garantizando su espíritu de sabiduría y felicitán­dola por realizar un gran deber cívico y religioso. Decía:

«El conocimiento personal que tengo de los principios de los fundadores de vuestro periódico me impulsa a daros inmediatamen­te una adhesión de la que me abstuve respecto a los periódicos publicados bajo el anterior gobierno. No sólo estoy completamente seguro contra el peligro de una presunta resurrección de El Por­venir, sino que sé que vosotros combatís eficazmente lo que las teorías de ese periódico tuvieron de reprensible. Todos los católi­cos no tardarán, espero, en convencerse de ello; pero lo que más les gustará en vuestra publicación, es la rectitud, la franqueza y la generosidad que, haciendo caso omiso de todos los partidos, sólo conoce y quiere una cosa: la salvación de la religión y de la patria.

«Lo que les habrá de gustar y lo que multiplicará vuestros lec­tores es esa sencilla abnegación que, en vez de calcular las pro­babilidades de un futuro desconocido, realiza con firmeza e inte­ligencia el deber actual: abnegación que las amenazas no desalien­tan, que aumenta con el peligro, que sabe sacrificar su descanso, su fortuna, y, si es preciso, su gloria al bien de la patria. Todos os lo tomaremos en cuenta, porque la fe sostiene e ilumina vuestro sacrificio; porque éste ve en las grandes revoluciones que cambian la faz del mundo la todopoderosa intervención de Dios.

«Nunca, como vosotros lo observáis, fue más patente que en el nuevo estado político de Francia. Tengamos, pues, confianza en Dios más que en nosotros mismos. Este ‘sentimiento será para nos-»otros la fuente del valor verdadero, como mi corazón lo es del sincero y devoto afecto que os ofrezco.

«Denis, Arzobispo de París».

Así pues, consciente de la rectitud de su camino, apoyado en lo sucesivo en el brazo de su Arzobispo, Ozanam se entregó a esa nueva tarea con el ardiente entusiasmo que ponía en cualquier obra en que veía el signo de la voluntad de Dios.

Sólo tres semanas después, el 7 de mayo, podía escribir a su hermano que estaba en correspondencia, gracias a su periódico, con seiscientos sacerdotes, cuando menos. Eran los primeros suscrip­tores de la Nueva Era. Añade: «Esta ocupación y la de mi curso que he reanudado, bastan a mis fuerzas que no son lo que yo qui­siera, a juzgar por la fatiga que me dejan mis hazañas militares en la guardia nacior al». Por haber montado la guardia a la puerta de la asamblea, poco faltó para que muriera de çansancio y de calor. «Sin embargo es preciso que tenga el honor de protegerla, ya que no tengo el de iluminarla con mis luces».

Uno de los primeros grandes trabajos que entregó a la Nueva Era fue una serie de artículos sobre el Divorcio, en respuesta a la proposición que un ministro de Justicia, el judío Crémieux, hizo ante la asamblea en favor de ese atentado legal contra la familia y la sociedad.

Nuestra prensa cotidiana de hoy eh día no nos da la idea de la amplitud de demostración que reviste esa tesis, alimentada con ciencia y con hechos, vivificada por la elocuencia y vibrante de la emoción de un gran peligro inminente. El señor Crémieux pre­sentaba su ley en nombre del liberalismo y de la democracia.Oza­nam repudia «ese viejo liberalismo que siempre tuvo más odio contra la religión que amor por la libertad; que se empeña en destruir las instituciones vitales del país como la filosofía del siglo XVIII se dedicó a provocar la ruina de las creencias…»

Lo repudia en nombre de la joven república: «La reciente re­volución se llevó a cabo contra la corrupción de una sociedad re­lajada que ya ni siquiera tenía valor para odiar el mal; y sólo puede terminar con el advenimiento de una sociedad mejor, fundada en el trabajo, en las privaciones, en todo lo que suele dar firmeza a las conciencias y a los caracteres. Esta sociedad es pobre, labo­riosa, sólo le falta ser casta para poseer todo lo que hace a las na­ciones fuertes. Es preciso que acepte leyes severas, que se eduque en r’ostumbres viriles y que cumpla así las promesas de la Provi­dencia. Pues la Providencia no ha prodigado semejantes aconteci­mientos para preparar una obra mediocre».

En aquellos días se anunciaban acontecimientos aún más terri­bles. Vinieron los días sangrientos del 23, 24 y 25 de junio de 1848. Encontramos a Ozanam prosiguiendo su laborioso servicio de guar­da nacional, que abrumaba su débil constitución; pero en que Dios iba a visitar a su soldado para otro servicio que era todo él de pacificación y de sublime abnegación.

Ozanam no tuvo que combatir ni disparar balas. A raíz de aquellos días terribles, escribe a su hermano: «Mi pelotón tuvo. que permanecer casi todo el tiempo en la esquina de la calle Ga­rancière y de la calle Palatine, luego en la esquina de la calle Ma­dame y de la calle de Fleurus. Tuvimos muchas alarmas, hubo disparos de Jusil cerca de allí, y patrullas sospechosas en los bule­vares; pero, gracias a Dios, no tuvimos que disparar una sola vez».

Estaba dispuesto a todo: «Mi conciencia estaba en regla y no hubiera retrocedido ante el peligro. Sin embargo, debo reconocer que el momento en que abraza uno a su esposa y su niña, pensando que lo hace quizás por última vez, es terrible».

Mas ¿cuál había sido esa idea del soldado de Dios que acabo de llamar sublime? Transcribo al historiador de la Segunda Repú­blica: «El domingo 25 de junio, estando Ozanam de servicio con los señores Cornudet y Bailly, en un puesto de la calle Madame, charlaban entre ellos de los rumores cada vez más siniestros pro­vocados por la prolongación de la lucha. De repente, la idea de que interviniera el arzobispo surgió de sus angustias, y les pareció que sería un gran triunfo para la Iglesia que Monseñor actuara de mediador en aquella espantosa guerra civil. Fueron inmediata­mente a comunicársela al Padre Buquet, vicario general, que les dió su aprobación y les entregó una carta en un gran sobre que debía servirles de salvo-conducto para llegar; a través de las ba­rricadas, hasta el Arzobispado.

«Monseñor Affre los recibió con su bondad acostumbrada y, después de escuchar el proyecto que iban a exponerle, les respondió con admirable sencillez: `Desde ayer me obsede esa misma idea; pero ¿cómo realizarla? ¿Cómo llegar hasta los insurgentes? ¿El general Cavaignac permitirá semejante paso? Además ¿dón­de puedo encontrarlo?’

«Los delegados respondieron a todas las objeciones asegurando que en todas partes se les recibiría con veneración: «Tenéis razón —dijo sumiso—. Pues bien, voy a ir; me pondré mi sotanilla para no llamar la atención; y vosotros me mostraréis el camino’.

«En el momento en que iba a vestirse, entró un sacerdote que refirió con el mayor espanto terribles pormenores de la insurrec- ción que había presenciado un momento antes. Monseñor lo escu­chó con emoción; pero no se dejó disuadir de su propósito.

«En unos minutos, estuvo listo. Los jóvenes insistieron respetuo­samente en que se cubriera con su sotana morada, y coloçara sobre su pecho su cruz pastoral: `Haré lo que queráis’, respondió con la misma sencillez. Antes de trasladarse al escenario de la lu­cha quiso visitar al jefe del poder ejecutivo cuya aprobación y permiso quería conseguir.

«Ya no circulaban los coches, fue preciso caminar a pie. Nada puede expresar la veneración y el entusiasmo que despertó Mon­señor. Fue una marcha triunfal desde la Isla San Luis hasta la Asamblea nacional; las tropas, la guardia nacional, la guardia móvil presentaban armas y tocaban el tambor. Los hombres des­cubrían sus cabezas, las mujeres, los niños se inclinaban: era el más bello espectáculo del mundo.

«El general Cavaignac recibió al Arzobispo con respeto y admi­ración. El general tenía el sentido, si no de las cosas cristianas, cuando menos de las heroicas. Le representó primero a lo vivo el peligro a que iba a exponerse. Le informó que el general Bréa, enviado como parlamentario, acababa de ser capturado por los in­surgentes. Le suplicó que no se expusiera a -semejante peligro. Mas la resolución de Monseñor era inquebrantable, y los testigos re­cuerdan todavía la sencillez con que contestó: ‘¡Iré!’

«Entonces, el general alabó su valor. Pocas horas antes había, redactado, junto con el señor Sénard, una conmovedora proclama en que exhortaba ‘a los obreros para que depusieran ;las armas y rechazaba toda idea de represalia. Entregó un ejemplar al prelado, para que fuera más fácil su tarea.

«El Arzobispo volvió a su casa, tomó un refrigerio, se confesó, según dicen, como antes de morir; en fin, emprendió el camino ha­cia los barrios insurrectos. Los señores Ozanam, Cornudet y Bailly solicitaron con insistencia el honor de acompañarlo: Mas, deseoso de que nadie se expusiera por él, rehusó, diciendo que su uniforme de guardas nacionales estorbaría su misión al darle una aparien­cia de escolta y que debía ir sólo con sus dos sacerdotes y su criado. Cedieron sólo por obediencia, pero con el mayor dolor».

Lo demás, harto conocido, no forma parte de nuestro relato. Abreviaremos.

«Nadie además podría describir la emoción de todos los corazo­nes, al ver pasar al arzobispo a pie, dirigiéndose hacia la Plaza de la Bastilla. Los guardas móviles le presentaban sus armas para que los bendijera; algunos oficiales le suplicaban que no se expusiera a la muerte; unas mujeres, creyendo que iba a las ambulancias, le llevaron lienzos y vendas para los heridos. A quienes le llamaban la atención sobre el peligro: `¡Mi vida es poca cosa!’ respondía. Y mientras caminaba comentaba para sus vicarios generales, los pa­dres Jacquemet y Ravinet, la palabra del Evangelio: ` ¡El Buen Pastor da la vida por sus ovejas!’ Su rostro parecía iluminado.

«En la plaza del Arsenal, se detuvo unos instantes para consolar y bendecir a unos pobres heridos. Eran las ocho de la noche y la lucha proseguía encarnizada. Al llegar a la Plaza de la Bastilla, el prelado, dirigiéndose al coronel encargado del mando le rogó que hiciere, cesar el fuego: `Caminaré solo —dijo— hacia esa pobre gente engañada’. Se interrumpió el tiro de este lado de la tropa; los insurgentes disminuyeron y finalmente cesaron el suyo. El Arzobispo caminó por la plaza. Un joven de las conferen­cias de San Vicente de Paul, llamado Bréchemin, lo precedía: levantando su pañuelo blanco atado a una rama, avanzó así hasta la primera barricada. Sin esperar el regreso de ese parlamentario, el heroico prelado, penetró por una tienda de dos puertas situada en la esquina del Faubourg Saint Antoine y caminó hasta la gran barricada que cerraba esa calle. Un número bastante grande de insurgentes bajó a la plaza; varios soldados avanzaron también, deseosos de fraternizar. El Arzobispo, que llevaba en la mano la promesa de indulto, empezaba a inclinar los corazones a la reconciliación cuando se oyó el estruendo de un disparo; fue contestado con una terrible andanada. El Arzobispo, herido de muerte, cayó en brazos de un obrero diciendo: `Amigo, estoy herido!’

Los insurgentes, alterados ellos mismos, al ver caer esa gran víc­tima, la transportaron a casa del cura de los Quinze-Vingts. Mon­señor Affre murió al día siguiente. Su última palabra fue: `Que mi sangre sea la última que se derrame’.

El acontecimiento, que había ocurrido a principios de la noche, no se conoció, debido al desorden general, sino al día siguiente. Se recibió la noticia con un grito universal de horror y de dolor. En Ozanam y en sus dos amigos, los señores Cornudet y Bailly, provocó un sentimiento de indecible aflicción, mezclada al princi­pio con amargos remordimientos. Mas cuando recordaron que an­tes de su visita ya había tenido el Arzobispo la inspiración del sacrificio y que probablemente lo hubiera llevado a cabo sin ellos; que, además, el fruto de ese sacrificio había sido el fin casi instan­táneo de la insurrección y que esa-sangre había sido, en efecto, la última que se derramó; cuando en fin fueron testigos del honor que recaía no sólo sobre el Arzobispo, sino sobre todo el clero y la iglesia entera y, sobre todo, los perdones y las gracias que esa in­molación voluntaria del pastor había de difundir sobre todo el rebaño, esos generosos consejeros pudieron creer que sólo habían sido los instrumentos inconscientes de una Providencia por fin mi­sericordiosa.

Tal es el sentimiento que se manifiesta en Ozanam en estas lí­neas rápidas del 3 de julio: «Lo que tuvimos no fue un motín, sino la guerra civil, es decir la guerra más encarnizada, la que puede renacer a la menor oportunidad. Casi no tengo esperanza más que en Dios y en los méritos de nuestro santo Arzobispo. Por un con­junto de circunstancias que sería demasiado largo explicar, tuve el honor de acompañarlo cuando fue desde su casa a la del general Cavaignac, en medio de las aclamaciones de la muchedumbre»1. De su propia persona Ozanam no dice nada más.

Escribe en otra carta: » ¡Oúé feliz se siente uno en semejantes momentos al saber que no están en París los seres queridos!» En efecto, desde las primeras agitaciones populares, Ozanam se había apresurado a alejar a su mujer y a su niña: las había instalado para todo el verano en Bellevue, cerca de Meudon. Al mismo tiempo, había transportado urgentemente allá a su suegro, muy enfermo y que, desde la muerte de su hijo, vivía sepultado en un dolor al que había añadido el terror de esos días sangrientos. Transportado al campo, murió allí de una crisis fulgurante, el 24 de julio de 1848.

Ozanam lo lloró, pero no sin una religiosa suavidad. «Mi exce­lente y amado suegro —escribe— expiró en nuestros brazos. Nos deja, al irse, todos los consuelos que deja un cristiano muerto en la paz de Dios y con las obras de una vida llena de méritos. . . El señor Soulacroix vivía cristianamente; pero sufrió más cristianamente aún, y nos ha dejado sentimientos de fe, de esperanza y de caridad, y un deseo del cielo que pone en nuestros corazones una firme confianza de reunirnos con él, si merecemos seguirlo. Es cruel, sin embargo, en tiempos tan difíciles, sentirse privado de un padre tan tierno, de un hombre de tan buen consejo y de tan gran corazón».

Si se sentía afligido por ese luto de familia, se sentía abrumado, pero no desalentado por el luto de Francia. Así lo escribe al conde de Champagny, el 31 de julio: «Señor, me pide usted mi opinión sobre la situación actual. Estamos bajo el juicio de Dios. En la nube de dolores en que vivimos, no acierto a ver a dónde nos lleva la Providencia, sólo sé que nos lleva a donde quiere. Sin duda, cuan­do se ve mo,rir a todos esos generales heridos, a toda esa flor del ejército de Africa, a nuestro heroico Arzobispo y a ese Chateau­briand que era como el representante de la antigua Francia, tiene uno la impresión de que la patria se va. Dijérase que se va con todo lo que amamos; con la libertad misma. que sólo parece posible bajo la convicción del estado de sitio; con la popularidad renaciente del catolicismo comprometida por las actuales dificultades de Pío IX. Jamás me oculté el peligro de la situación. Siempre creí en la in­vasión de los bárbaros; más que nunca creo en ella. Creo que será larga, sangrienta, pero que está destinada a inclinarse tarde o tem­prano bajo la ley cristiana y por consiguiente a regenerar el mun- do. Sólo que, si bien estoy seguro de que asistiremos a todo el horror de la lucha, no sé si nuestros hijos vivirán lo bastante para ver su fin». Luego la palabra sublime de la fe que transporta las montañas: «Recemos pues, y no creamos que ha llegado el fin de Francia, pues en la actualidad el fin de Francia sería el fin del mundo. ¿Podemos creer que los destinos temporales del cristia­nismo hayan llegado a su fin y que Dios no tenga ya nada que hacer en este mundo, fuera de juzgarlo? Es lo que espero no tener que decir jamás, aunque viera perecer toda la sociedad moderna, se­guro como estoy de que menos lè costaría a Dios suscitar una sociedad nueva que limitar la obra de la sangre de Su Hijo a lo poco que han visto estos dieciocho siglos».

Era la hora para Ozanam de trabajar más que nunca en esa obra, acercándose al pobre pueblo para aliviar sus males y para iluminarlo en sus extravíos. Por una parte, la Sociedad de San Vi­cente de Paul, por la otra La Nueva Era iban a proveer juntas a ese doble apostolado de la caridad corpórea y espiritual, con las clases indigentes y también con las dirigentes de París y de Francia.

La insurrección de junio, con sus consecuencias, arrojaba a Francia y particularmente a París -en un deplorable abismo de su­frimiento y de miseria. La necesaria, pero brusca clausura de los talleres nacionales dejaba en la capital,a 267,000 obreros sin tra­bajo. El temor paralizaba la industria y el comercio. Los grandes trabajos estaban suspendidos y los pedidos cancelados. Los capita­les se ocultaban, los propietarios habían huído de París y tenían poca prisa de regresar; los fondos públicos habían bajado a cotiza­ciones irrisorias; los recursos de la caridad se habían agotado de­bido a la ruina o a la ausencia de las personas que los suministra­ban. Las obras y las casas de asistencia se veían obligadas a despedir su clientela de pobres, de niños y de enfermos. ¿Qué sería de esas muchedumbres sin trabajo, sin crédito, sin pan y sin esperanza?

Ante semejante espectáculo, Ozanam dice que se le parte el co­razón: «Cansado de las controversias que agitan a París, me siento desgarrado ante el espectáculo de la miseria que lo devora —es­cribe al señor. Foisset—. La Sociedad de San Vicente de Paul tiene grandes obligaciones, y quizá Dios no le ha permitido progresos tan rápidos sino para ponerla a la altura de la tarea que le pre­paraba. Además, es bueno para todos ver de cerca, en su casa, desarmados, rodeados de sus mujeres y de sus hijos, a esos pobres obreros que demasiado vimos en los clubes y en las barricadas. Se reconocerá entonces con sorpresa todo el cristianismo y por consi­guiente todos los recursos -que subsisten en este pueblo. ¡Ah, si tu­viéramos santos! Pero ¡no podemos esperar que Dios reserva al­gunos al siglo en que vivieron Pío IX y el Arzobispo de París?»

La Sociedad de San Vicente de Paul acababa de recibir un gran testimonio de confianza del gobierno. La Asamblea nacional, habiendo votado sucesivamente partidas de auxilio a los meneste­rosos del departamento del Sena, encargó la distribución a domi­cilio, cuando menos en parte, a las conferencias que ‘estaban en perpetuo contacto. con aquellos desgraciados. Así habían hecho varios alcaldes de París, en particular el doctor, Trélat, médico del hospital de la Salpétrière y alcalde del XIIo. distrito. El célebre doctor distaba mucho de ser religioso; pero ‘sabía y decía que ese delicado encargo no podía confiarse a manos más honorables y ex­perimentadas que aquéllas.

En tales circunstancias, se reunió el 2 de agosto la Asamblea ge­neral de la Sociedad en una sala de la iglesia de San Sulpicio. La hora era solemne. El señor Adolfo Baudon, que desde el 14 de fe­brero de ese año había sustituido al venerable señor Gossin en la presidencia general, acababa de romperse la pierna frente a la ba­rricada del Petit-Pont de la Cité. Ozanam lo sustituía en su calidad de vicepresidente. A su lado, presidía la sesión el padre Fournier, futuro obispo de Nantes, miembro de la asamblea. Del otro lado estaba el señor Agustín Cochin, secretario general. Ozanam tomó la palabra y aseguró ante todos los cofrades que -su bien amado y valiente presidente seguiría en su puesto: «No nos abandonará como todos esos gloriosos muertos, esos ilustres heridos, que se van uno tras otro y que parecen llevarse la patria con ellos».

Nombró a algunos de los cofrades muertos en aquellos aciagos días: al señor Lecoq, miembro de la Conferencia San Pablo-San Luis, brillante ingeniero de minas, uno de los alumnos más notables de la escuela politécnica, al señor Charre, presidente de la con­ferencia de Montmatre. «Tenía apenas 22 años; joven estudiante de derecho colmado de éxito, naturalista, arqueólogo, hijo único, rico, inteligente, cuyo porvenir parecía lleno de promesas de feli­cidad y honores. Cayó combatiendo al lado de su padre; y después de 10 horas de agonía, entregó su alma a Dios, que le habrá toma­do en cuenta su juventud inmolada, el pesar de sus cofrades y las lágrimas de sus pobres».

En ese discurso, se bendijo a Monseñor Affre y se lloró su muer­te: «Era un padre para la naciente sociedad. Acababa de entre-.garle una cantidad considerable de dinero para el auxilio y la instrucción de los jóvenes obreros de paso en París. Así pues, el bien del pueblo ocupaba todos sus pensamiento antes del día en que había de morir para la salvación del’ pueblo. Dios permitió que en ese momento supremo, la humilde Sociedad de San Vi­cente de Paul estúviera representada ante el arzobispo de París por uno de sus miembros que llevó la bandera de parlamentario. Queremos unir al relato de esa muerte que habrá de celebrar la historia un testimonio doméstico y una tradición de familia. Mis queridos cofrades, muchos de vosotros recuerdan el día en que ún predicador a quien todos amamos, tomando la palabra en Nues­tra Señora en presencia de Monseñor Affre, que era por aquel entonces vicario general de la diócesis, exclamó con piadosa liber­tad: `¡Dadnos santos, Dios mío; hace tanto tiempo que no vemos ninguno!’ Dios es generoso, señores: vosotros le pedíais santos y El os da mártires!»

Después de los lutos, los deberes. A quienes repartían auxilios del Estado a los insurgentes, Ozanam les recomienda que sean mensajeros de paz. Mediadores entre los vencedores y los vencidos de la víspera, su tarea no consistirá sólo en hacer la caridad, sino en rehabilitarla ante esos pobres obreros engañados, agriados, mos­trándoles que puede ser rápida, compasiva, clemente, olvidadiza del pasado, en una palabra, cristiana. «Hijos de San Vicente de Paul, aprendamos de El el olvido de nosotros mismos, la devoción al servicio de Dios y al bien de los hombres; y esa santa parcialidad que da más amor a quienes sufren más».

Luego Ozanam agradecía la caridad privada, la caridad extran­jera. El año anterior, Ozanam había emprendido una. campaña entusiasta en favor de Irlanda, diezmada por el hambre y el tifo. Se habían reunido ciento cincuenta mil francos que habían enviado al consejo central de las conferencias de Dublín. Ahora bien, Du­blín se acordaba ahora de París y de sus males y le suplicaba que aceptara, sobre esa cantidad, un remanente de cincuenta mil fran­cos en favor de sus heridos y de sus obreros desocupados. Ozanam, lleno de admiración, insistió para que se aceptara ese’ generoso sa­crificio. «Era un raro ejemplo de esa fraternidad auxiliadora que no conoce diferencia de nación ante Dios».

El mismo día, escucharon al señor Agustín Cochin, después de Ozanam. Era también un brillante orador en quien ardía la misma llama. Su informe sobre el estado general de la sociedad hizo cons­tar que se habían fundado 69 conferencias en el curso del año de 1847, con lo cual ascendía su número total a 363 (334 conferen­cias, 29 consejos) el primero de enero de 1848; y a 393 en la fecha de la asamblea de agosto. En ese número, Inglaterra proporcionaba 17, Holanda 1, el Canadá 11. Y el señor Cochin exclamó entu­siasmado: «Pronto no habrá día del año ni hora del día en que, en un punto del mundo cristiano, no se reúnan algunos hombres, bajo el patrocinio de San Vicente de Paul, para entregarse con la misma fe, las mismas oraciones y los mismos usos, a obras que soco­rren al hombre y glorifican a Dios. No hay fronteras que los divi­dan, el horizonte se extiende cada día y cada día ve surgir nuevas constelaciones de la caridad».

La herida del señor Baudon, al prolongar su ausencia, prolongó asimismo la vicepresidencia de Ozanam, en realidad, a fines de ese año terrible el presidente efectivo y activo, de la Sociedad. La felicitó por estar aún de pie, intacta. La animó para que trabajara dos veces más aquel año: «Queridos cofrades ¿no debemos nada más a la Providencia que nos salvó, cuando perecían tantas insti­tuciones? ¿Basta seguir haciendo eF poco bien que solíamos hacer, y cuando la desgracia de los tiempos no ceja en inventar nuevos sufrimientos, tendremos que contentarnos con viejos remedios?»

¿Qué era, pues, lo que quería? Un reclutamiento más activo de las conferencias; luego una pesquisa, valga la expresión, más ar­diente de los desgraciados que se ocultan: pobres vergonzantes, obreros honorables, acostumbrados a vivir de su trabajo y que la larga duración de la desocupación sume en la mayor miseria.

Se pregunta en septiembre: «é Oué será para Francia el año que va a iniciarse? No lo sé. Pero sé muy bien que, para nuestra sociedad, será todavía uño de esos años de campaña que exigen mayores fatigas, pero que cuentan por dos. Visitad a esos desgraciados, llevadles vuestra dádiva, por módica que sea. Pero aunque no tu­viéramos que ofrecerles más que un óbolo, les habremos dado cuando menos el consuelo’ de estrechar manos amigas, de oír una palabra cristiana, de aprender a honrar su pobreza como la corona de espinas del Salvador»2.

Ese año de campaña se inició, a fines de 1848, con una epidemia de cólera. Alarmado por su mujer y su hija, Ozanam las envió a Versalles. El mismo provoca y organiza simultáneamente, el 22 de abril de 1849, junto con sus colegas del consejo general, una aso­ciación de cuarenta valientes que llevarán socorros temporales y espirituales a los enfermos de cólera que no era posible, por motivos particulares, transportar a los hospitales. En la siguiente asamblea general, el 19 de junio, esos primeros enfermeros, de cuarenta, se habían convertido en ciento doce. «A buen seguro, era poco —di­ce— para socorrer a un pueblo diezmado, a una administración desconcertada, a una ciencia impotente. Sin embargo, esos valien­tes ciento doce fueron lo bastante juiciosos para no comparar su debilidad con el inmenso peligro y aquella gran necesidad. Dividi- dos en nueve secciones, que se repartieron entre los barrios más afectados, se pusieron a la disposición de las Hermanas de la Cari­dad y de las ambulancias médicas. A la vuelta de dos meses, más de dos mil enfermos habían sido atendidos. Entre ellos, se salvaron las tres cuartas partes; los demás murieron en la paz de Dios, au­xiliados con los sacramentos de la Iglesia».

Ozanam siente no poder referir pormenorizadamente los horro­res y los consuelos de aquellos momentos de luto: «Calles enteras despobladas en unas cuantas noches; pero al mismo tiempo, la gra­cia hacía su agosto, por decirlo así; todas esas pobres gentes que­rían, morir en los brazos de un sacerdote; y esos homenajes inau­ditos, esos gritos, esas flores bajo los pies del nuevo arzobispo, Monseñor Sibour, en la peregrinación a la tumba de santa Geno­veva. Además, la gratitud de las familias, la efusión conmovida de la muchedumbre, sorprendida de que unos jóvenes, únicamente por la gloria del Salvador, se hayan separado de sus padres para ir al arrabal contaminado, socorrer a sus enfermos y sepultar a sus muertos.

«El arzobispo se comprometió en el púlpito a adoptar a los huér­fanos abandonados. La sociedad y las conferencias de San Vicente de Paul reclamaron su parte. En muchos otros lugares, en pro­vincia, se vió el mismo espectáculo. Así pues, la fe recorría el mismo camino que la caridad; y la religión, llamando a puertas mucho tiempo cerradas, introducía con ella la paz, la reconciliación y las promesas de la eternidad».

En la misma Asamblea, la comparación de la acción de la po­lítica y de la acción de la caridad puso en los labios de Ozanam los nombres de Richelieu y de San Vicente de Paul, que vivieron cerca uno de otro, entre los peligros de la guerra de Treinta Años y los desgarramientos de las facciones políticas. Exclama con her­moso entusifismo: «Sin duda, el gran ministro desempeñó un glo­rioso papel; pero ¿quién quisiera, quién pudiera emprenderlo de nuevo, hoy en día? Richelieu sólo fue el hombre de un país, de un siglo, de unos años. Al contrario, San Vicente de Paul es de todos los países y de todos los siglos. Su nombre se celebra en todas aque­llas partes en que el sol ilumina la cruz de un campanario. Su es­píritu visita’ los hospitales y las escuelas de nuestros arrabales, don­de tiene a sus hijas, como las misiones del Líbano, de China y de Texas, pobladas con sus hijos. Su obra no envejecerá: ¿Quién no quisiera volver a iniciarla? ¿Y si tenemos ánimo y fe, quién podrá impedírnoslo, señores?»

  1. Doy aquí el relato tal como lo refiere el hermano de Ozanam, cap. XVIII, p. 393; — el Padre Lacordaire, en su Reseña, t. 8 VIII p. 353, — y notas a las Cartas de Ozanam, p. 237; el señor Pedro de la Gorce en la Historia de la segunda repú­blica. Todos atribuyen a Ozanam y a sus compañeros la idea y la iniciativa de la solicitud al arzobispo. Por otra parte, una carta del señor Cornudet a su hermana la atribuye en primer lugar al Padre Buquet, según se lee en el Boletín de la So­ciedad de San Vicente de Paul, mayo de. 1894.
  2. Boletín de la Sociedad de San Vicente de Paul, número 2, lo. de septiembre de 1848. Ver tambiéinúmero 5, enero ‘de 1849, Discurso del señor Ozanam en la Asam­blea general del 14 de diciembre de 1848.

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