Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 07

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo VII: La orientación

Viaje a Italia.—¿El Derecho o la Literatura?—El estudiante de Derecho.—Ansiedad y sacrificio.—Juan Jacobo Ampére.—Licenciado en Derecho.— Lyon: Lamartine.

1833-1834

Durante las vacaciones de 1833, un viaje que Ozanam hizo en familia contribuyó a orientar cada vez más su espíritu hacia la literatura y la historia católica, en particular la de la Edad Media. Este viaje ha dejado pocas huellas en sus cartas. Encon­tramos sus grandes líneas en su Vida, escrita por su hermano, jun­to con sus impresiones.

La señora de Ozanam tenía en Florencia a una hermana ma­yor que estaba casada allí y a quien deseaba ver. El doctor llevó a su mujer y a sus dos hijos a esa ciudad; y dejando a la esposa con su hermana, prosiguió su viaje con Federico y Alfonso hacia el norte y centro de la Península.

Federico deseó saludar en primer lugar a Milán, la ciudad que lo había visto nacer y donde sus padres habían vivido siete años, de 1809 a 1816: «Nuestro hermano —escribe el Padre— tenía entonces veinte arios de edad. Su alma rebosaba de entusiasmo y fervor. Recorrió la calle San Pietro a l’Orto, donde había visto la luz, visitó la Iglesia Santa María de Servi donde había sido bautizado; y arrodillándose al pie de la fuente bautismal, renovó las promesas de su bautismo, dando gracias al Señor que había hecho de él su hijo».

Su padre quiso hacerle recorrer aquellos campos de Lombardía en que el capitán de húsares había servido bajo el general Bonaparte, Pavía, Lodi, Pizzighettone, y el puente de Areola que ha­bía atravesado bajo las balas del enemigo. Los tres franceses vol­vieron a encontrar a Francia en la ciudadela de Ancona donde el mando militar: «En avant, marche!», gritando en francés, los hizo estremecerse de sorpresa y orgullo.

Otro orden de sentimientos los esperaba en Loreto, donde ve­mos a Federico sirviendo de monaguillo a su hermano y recibien­do de él la hostia, en el altar de la Santa Casa. Luego Foligno, la Umbría, Asís y sus colinas desde las cuales pintorescas proce­siones de campesinos bajaban cantando cánticos a la Addolorata, cuya estatua llevaban en medio de antorchas: todas ellas visiones que desde entonces se grabaron en el alma del futuro autor de .Los Poetas Franciscanos.

Fue sobre todo en Bolonia donde el estudiante se encontró como en su casa. La Bolonia de la Edad Media y del Renacimiento le mostraba los viejos claustros de la célebre universidad que fue, durante seis siglos, una de las grandes metrópolis de las ciencias divinas y humanas. En aquellos siglos, las cinco facultades atraían al pie de sus cuarenta cátedras a toda Italia. Federico rogaba que le repitieran los nombres de los maestros más ilustres: Mondini en anatomía, Pancirole en derecho, Galvani en física, y en fecha. reciente Mezzofante, el maravilloso políglota nacido en Bolonia. Fue preciso permanecer allí varios días.

Hicieron una estancia en Roma. Su hermano se acuerda de la oración de Federico en la Confesión de San Pedro, la misma que dirigieron los apóstoles al divino Maestro: «; A dauge nobis fidem, Señor, aumenta nuestra fe!» Recuerda también su visita a la Bi­blioteca Vaticana y sus impacientes deseos ante unos roperos ce­rrados que contenían los más ricos tesoros del pasado de la Igle­sia: manuscritos latinos, griegos, orientales, con los que esperaba conversar algún día.

El padre y los dos hijos obtuvieron el favor de una audiencia privada de Gregorio XVI. La acogida fue en sumo grado bonda­dosa; pero aquellos extranjeros eran unos desconocidos para el Santo Padre. Lo eran un poco menos para el cardenal Fesch, que con­servaba aún su título de arzobispo de Lyon. El tío de Napoleón los recibió en un salón presidido por el busto de mármol del Em­perador, representado con la frente ceñida por un laurel de oro. Invitó a los visitantes a comer. Su Eminencia, sabiendo que el doctor era uno de los médicos del H6tel-Dieu de Lyon, le entregó generosamente una cantidad considerable para las necesidades de los enfermos del establecimiento.

Los viajeros tenían prisa de volver a Florencia, donde otro en­canto llamaba e iba a retener al joven peregrino de la historia y de la literatura italianas. Florencia está llena del Dante. El culto expiatorio que profesa al Altísimo poeta a quien había deste­rrado es casi una apoteosis. Ozanam lo encontraba en todas partes; y su hermano tenía razón al decir que fue allí, en ese mes de su estancia, donde se encendió en su corazón esa pasión, en su espíritu esa luz que iba a irradiar sobre su filosofía, sobre su en­señanza, sobre su vida entera, y, después, sobre su nombre de es­critor y de doctor.

Tras esos deleites literarios, históricos y artísticos, era de espe­rarse que Federico reanudara con mayor dificultad su estudio del derecho, que jamás le había gustado. Y vamos a verlo, en lo su­cesivo, luchar para orientar su existencia, con una perplejidad siempre renaciente, que fue la angustiosa prueba de seis años de su vida.

A su regreso de Italia, iba a ingresar en tercer año de derecho para la preparación inmediata de su examen de licencia del que saldría o no abogado. Ese tercer año sería, pues, decisivo. Antes de su regreso a París, su padre y su madre creyeron oportuno ha­cerle serias advertencias contra sus inclinaciones literarias, que no lo llevarían a nada práctico. Desde que se iniciaron los cursos, en su primera carta, Federico protestó ante su madre que observaría su juramento de permanecer fiel a los estudios jurídicos, a la par que le pedía gracia e indulgencia, a título de esparcimiento, para ciertos idolillos de oro que había adorado y que no podía quemar: «No piense usted, mi querida madre, que os niegue jamás el con­suelo de no dejarme invadir por estudios extranjeros. Sin embargo, si me es permitido tomar algún recreo, permítame que sea ejercitándome sobre temas de literatura que pondrán un poco de gracia y amenidad entre las espinas de la jurisprudencia. Así pues, a veces, por la tarde, con Virgilio y el Dante a mi vera, me divertiré en escribir algunas de mis impresiones de Italia y volveré a hacer a solas ese viaje tan bello que hice con vosotros. No por eso descuidaré el estudio del derecho. Será una ley para mí trabajar cuando menos de siete a ocho horas diarias, exceptuado el do­mingo. Lo cual representará más trabajo que el de la mayoría de los estudiantes, y lo bastante para cumplir con mi deber. Ya em­pecé a seguir cinco cursos. Ayer se abrió nuestra Conferencia de abogados y presenté un alegato sobre una cuestión difícil para un principiante. Sin duda, y esto me lo repito a menudo, es una locura de mi parte, siendo tan torpe y tan débil, ponerme a es­cribir cosas que no sean del código y alentar pensamientos que no sean triquiñuelas jurídicas. Mas mi naturaleza protesta y me dice lo contrario. Además, a Dios gracias, no voy a ser abogado patrono, sino abogado a secas, y por ende orador. Es preciso, pues, que cultive las letras, madres de la elocuencia».

De esa fidelidad a sus resoluciones y promesas, el joven jurista acababa de dar una prueba. Confiesa a su madre, que, el sábado anterior, habiendo venido dos señores a ofrecerle 2,000 francos si quería dedicar tres o cuatro horas diarias a colaborar en su pe­riódico, había rechazado la oferta. «Como se imaginará usted, rehusé. El derecho no me deja cuatro horas libres para un trabajo extraordinario. Y si las tuviera —añade con orgullo— no las emplearía en el embrutecedor trabajo del periodismo. Cuando menos, sentí cierta alegría al reconocer que, si alguna vez llega­ran tiempos malos, podría eximiros por mi trabajo de todos los sacrificios que os imponéis por mí. . .»

El día siguiente, 7 de enero de 1834, en una carta a un amigo, la cuestión de la carrera se plantea absoluta y dolorosamente y será preciso resolverla rotundamente. «Experimento en este momento acaso una de las mayores penas de mi vida. Trátase de la incertidumbre de mi vocación. En otros tiempos, pude creer que podría llevar al mismo tiempo la vida del abogado y la del sabio y publicista. Ahora que llego al final de mis estudios de derecho, siento que se impone una elección entre los dos caminos. Es preciso poner la mano en la urna: sacaré una boleta blanca o negra?»

Si la vocación se reconoce por dos marcas y requiere dos con­diciones: la aptitud y el atractivo, no podía caber la menor duda acerca de la vocación de Ozanam: estaba llamado al apostolado de las letras por la pluma y la enseñanza.

Además de esos signos, esa vocación literaria se manifestaba patentemente por un testimonio público y un impulso de la opinión que añadían al atractivo interior la fuerza de la inclinación. «De todas partes —dice en la misma carta— me solicitan; me ponen en candelero, me empujan hacia una carrera ajena a mis estudios jurídicos. Porque Dios y la educación me han dado cier­ta extensión de ideas, cierta amplitud de tolerancia, quieren ha­cer de mí una especie de jefe de la juventud católica de este país. Muchos jóvenes de gran mérito me conceden una estimación que me parece inmerecida, y me hacen avances hombres de edad ma­dura. Tengo que efectuar todos los trámites y cargar con el peso de todas las dificultades. Imposible que haya una reunión, una conferencia de obras o literatura sin que la presida yo; cinco o seis recopilaciones y algunos periódicos me piden artículos», etc.

Es una lisonja peligrosa, lo siente y desconfía: «No lo digo por amor propio, pues conozco muy bien mi flaqueza. Por lo contra­rio, sufro increíbles tormentos cuando advierto que se me suben a la cabeza todos esos humos que me embriagan y pueden llevar­me a frustrar lo que ha sido el deseo de mis padres y aun, en lo que cabe, el mío.

«Por otra parte, ese concurso de circunstancias exteriores ¿ no sería acaso una señal de la voluntad de Dios? Lo ignoro[/note]. . Por eso, después de pasar mi examen de licencia, ya no sé nada de mi porvenir. Todo es para mí tinieblas, incertidumbre, su­frimiento».

Tal es la lucha, y será larga. Todos los atractivos están a un lado; los deseos de la familia del otro. ¿ Quién decidirá entre ellos? Ozanam se entrega a una voluntad más alta. Se lee en la página siguiente: «¿De qué sirve saber lo que debe uno hacer, si no es para hacerlo bien? Hagamos, pues, el bien, lo mejor que podamos, y confiemos lo demás a Dios. La voluntad de Dios se cumple día tras día. Los más sabios como los más grandes son aquellos que se han dejado llevar de la mano de Dios. Así pués, lo indicado es tener un poco de – confianza en el Padre celestial, sin cuya voluntad no cae un solo cabello de una cabeza humana».

Otra consideración sorprende bajo la pluma de un moralista de veinte arios: «¡Qué débiles somos! No sabemos si mañana esta­remos viviendo; ¿ y quisiéramos saber lo que haremos dentro de veinte años?» Y añade, en el mismo lugar: «Desde algún tiempo, sobre todo desde que he visto morir algunos jóvenes, la vida ha cobrado para mí otro aspecto».

He aquí en qué circunstancias Ozanam había visto morir a un joven, por primera vez:

Era tres meses antes de la fecha en que escribió estas líneas. El 30 de diciembre de 1833, en una carta de año nuevo dirigida a su madre, Federico le contaba que, la víspera y la antevíspera de ese día, a dos pasos de su casa, casi a su puerta, un joven estu­diante acababa de morir en medio de atroces sufrimientos. «Des­de mi cuarto y desde el de Chaurand, se oían sus gemidos y su delirio. ¿ Cómo quedarse impávido y seguir soñando y escribiendo, cuando un condiscípulo joven, como nosotros, se retuerce en su lecho de agonía y se está muriendo? Por eso, ayer y antes de ayer, hubo un viaje continuo de nuestra puerta a la suya: por doquier nos perseguía la imagen del desgraciado. Los progresos del mal eran espantosos; fue preciso asistir a la Extrema Unción y luego a las comprobaciones legales. Ayer por la noche, daba horror ver­lo, era desgarrador oírlo. No pudimos resolvemos a acostarnos sino a la una de la mañana. Al despertar, supimos que había muerto. ¡Ay de mí! Nunca habíamos visto morir a nadie. Es preciso que un hombre se acostumbre a estos terribles espectáculos; en cuanto a mí, me impresionaron profundamente». A unos pasos del lecho en que yace el joven muerto escribió esa carta de año nuevo, «en que las felicitaciones se mezclan —dice— al espectáculo de las  peores tristezas de la tierra».

La violenta impresión que Ozanam dice haber recibido de ese espectáculo fue también persistente. Tuvo el resultado de orien­tarlo, más aún que en el pasado, hacia las cosas eternas, como escribe también: «Sobre todo desde que he visto morir a algunos jóvenes, he sentido que hasta ahora no había llevado lo bastante en mi corazón el pensamiento del mundo invisible, del mundo real.- He pensado que no había concedido suficiente atención a dos com­pañeros que caminan siempre con nosotros, Dios y la muerte… Me parece que comprendo mejor los choques de la vida y que tendré más valor para soportarlos. Me parece también que tengo un poco menos de orgullo. ¿ Qué valor tendrían las creencias re­ligiosas, fuera de ese valor práctico? Si la religión enseña a vivir es para enseñar a morir».

¿Es un estudiante el que habla así? ¿No es un asceta en el claus­tro? Ozanam no pretende engañar: «No vayas a creer que me haya vuelto un santo o un ermitaño o que tenga el propósito de entrar al seminario. Por desgracia, me siento muy alejado de lo primero y no tengo vocación para lo segundo. No te imagines, pues, que paso el día contemplando una calavera. Aunque pien­so lo que acabo de decirte, soy un compañero bastante bueno, que ríe de buena gana y aun pierde en hacerlo, según su costumbre, un tiempo considerable».

No lo pierde, como se imaginará, en las groseras o licenciosas diversiones de los abogados noveles, los cuales, según declara, sólo le inspiran asco y compasión. Una carta del 12 de febrero des­cribe en la siguiente forma a su madre el carnaval del barrio latino: «Aquí, el martes de carnestolendas ha sido más loco que de costumbre. Todas estas noches pasadas, la mitad de los estudian­tes de mi hotel ha bailado no sé dónde y no ha regresado sino hasta el amanecer».

En cuanto a él, fue a oír predicar al Padre Lacordaire y a un sacerdote lionés,, el Padre Coeur, joven orador de talento que van a oír muchedumbres en San Roque. El día de Reyes, cenó en casa del señor Ampére. Lo invitó a su fiesta un célebre abogado, el señor Janvier, que deseó conocerlo, después de leer un artículo suyo publicado en la Revista Europea.

Dice en otro pasaje: «Las disposiciones un poco tristes de mi espíritu no me inspiran afición alguna a la sociedad y a las gran­des reuniones. Sin embargo, como comprendo que pueden serme muy útiles, iría de buena gana, si tuviera oportunidad de hacer­lo; pero ¿ quién se preocupa por un pobre muchacho como yo que no tiene ninguno de los modales elegantes y amables que exige el mundo? Además ¡hay tantos que solicitan su entrada en los sa­lones! Bastante trabajo tienen con abrirles sus puertas, sin ir a bus­car a los ciegos y a los cojos».

En la casa de Ampére, en su mesa familiar, en que tuvo su parte de la rosca de Reyes, Ozanam encontraba ahora a su hijo Juan Jacobo, que era trece años mayor que él. Espíritu fácil, brillante, cultísimo, muy amplio, de una erudición casi universal, historiador, poeta, dramaturgo, escritor distinguido y personal, viajero cosmopolita, buen conversador, profesor muy interesante, el señor ‘Ampére, anteriormente maestro de Conferencias en la Escuela Normal, se convirtió en 1834, en profesor del Colegio de Francia donde daba cursos sobre la poesía escandinava. Estaba en vísperas de entrar en el Instituto, y pronto en la Academia francesa. La índole de sus trabajos sobre las literaturas del Norte atraía particularmente a Ozanam hacia el joven sabio de treinta y cuatro años de edad. Por otra parte, la distancia que separaba sus dos espíritus era mucho mayor que la de los años. La filosofía alemana había marcado al viajero. La religión de Juan Jacobo no iba mucho más allá de un espiritualismo respetuoso de las creencias, o cuando mucho de un cristianismo de buena sociedad. Además, sus costumbres y sus afectos lo mantenían en ese mun­do encumbrado de los salones de París en que Madame Récamier era reina y Chateaubriand rey. Podía haber allí ‘én el trato y sobre todo el contacto habitual de un parisiense tan encantador, un es­collo a flor de agua para el candor de un joven fácil de seducir por todo lo que era talento y gloria. El tacto exquisito y la deli­cadeza moral de Ozanam lograron sortearlo. Lo que se nota en sus primeras relaciones epistolares es, por parte del más joven, la respetuosa reserva que se mezcla a la admiración y a la grati­tud, y por otra parte el interés afectuoso y condescendiente del mayor que se cierne suavemente sobre la cabeza del estudiante y luego del principiante, como una mano amable y protectora. Más tarde, los corazones se habrán tocado, comprendido, fundi­do en una amistad igualmente delicada de una y otra parte, pero además profundamente religiosa en Ozanam. Se interesará ante Dios por el alma de ese amigo, mayor que él, cuya salvación se proponía; y lo oiremos un día evocar suave y fuertemente ese re­cuerdo, con el acento de un corazón de apóstol que llama al co­razón de un hermano.

Las conferencias del Padre Lacordaire, que eran para Ozanam sus mayores alegrías de la Cuaresma de 1834, son las últimas que el orador sustentó en la capilla del colegio Estanislao. Ozanam escribe de él, en la misma carta: «Todos nuestros predicadores de la Cuaresma quedan opacados por el Padre Lacordaire que sustenta conferencias todos los domingos en el colegio Estanislao. Acude gran acopio de jóvenes. Muchos alumnos de la Escuela po­litécnica, varios de la Escuela normal; personajes distinguidos, di­putados, profesores, sabios se mezclan en ese auditorio. Y cada vez, sale uno sorprendido de tantas cosas dichas de un modo tan sen­cillo, tan ingenuo, tan conmovedor; en una palabra, no es en modo alguno el tipo de los predicadores actuales, sino más bien el de los Padres de la Iglesia, San Agustín, San Basilio y San Crisóstomo».

De esas alturas de pensamiento en que vive esa alma, de ésas vías en que camina «entre Dios y la muerte», hay que ver ahora cuál es su mirada sobre el mundo, puesto que estamos escribien­do la historia de un alma. La abre de par en par a su madre, en una larga e importante carta del 16 de mayo de 1834:

«A medida que crece uno —escribe— y que ve el mundo des­de más cerca, tiene el dolor de encontrarlo hostil a todas las ideas, a todos los sentimientos que más aprecia. Cuanto más contacto tiene uno con los hombres, más orgullo y egoísmo encuentra en ellos; orgullo en los sabios, fatuidad en la gente de sociedad, crá­pula en el pueblo. Ante este espectáculo, cuando ha sido uno edu­cado en una familia generosa y pura, se siente embargado de indignación y repulsión y quisiera murmurar y maldecir; pero el Evangelio lo prohibe y nos impone la obligación de dedicarnos por entero al servicio de esa sociedad que nos rechaza y nos desprecia».

Así pues, en vez de murmurar y maldecir, actuar y servir: tal es, en efecto, su resolución. En la fecha de esa carta, el 16 de mayo, Ozanam acababa de alcanzar su mayoría de edad ante el Estado y ante la Iglesia. Tiene veintiún años desde el 23 de abril. Es hombre, y sabe que tiene el deber y siente la necesidad de ser soldado: «Tengo edad suficiente para ayunar —escribe a su ma­dre— y mañana ayuno con la Iglesia; pero ¿no estoy en edad también de sufrir un poco y combatir como ella?» Y combatirá. Prosigue su carta: «Tildados de beatos por compañeros impíos, de liberales y temerarios por gente de edad proyecta, asaltados por controversias y disputas en que falta la caridad y abunda el escándalo, rodeados de partidos políticos, que, porque empeza­mos a tener barba, quisieran arrastrarnos a su camino trillado, es una existencia dolorosa, querida madre. Pero no me quejo, pues pienso que es una prueba que me impone la Providencia para que después yo sea útil a su servicio».

Mas ¿ cuál será ese servicio? Aparta esta vez la apremiante pre­gunta. «Acaso ando equivocado al querer ser hombre, cuando, querida madre, me encuentro aún en la infancia en varios res­pectos ¿no es cierto? Pero no puedo olvidar que, este año, termi­na mi educación jurídica, y que puedo, en agosto, ser abogado, si quiero».

Tres meses después, en efecto, sus estudios iban a culminar en la licencia de derecho. La promesa que había hecho a su madre de dedicarse por entero a su carrera, se había cumplido. Entre algunas raras infracciones que se había permitido, confiesa un ar­tículo sobre China y otros dos sobre la India, en la Revista Europea, se acusa, se disculpa también un poco: lo obligaroh a escribirlos. Asimismo, respecto a todas las ocupaciones exteriores «considera­das desde ahora como secundarias», ha obedecido.

Pero ¿ a costa de qué sacrificio? ¡Y qué cambio de vida! «En realidad, querida madre, este año, ya no entiendo nada en mi mo­do de ser. Todas mis costumbres del año pasado han cambiado tanto que ya no sé de mí. Ya no hay estudios sabios ni conferen­cias filosóficas; ya no hay aquellas ardientes discusiones que te­níamos el año pasado en nuestra sociedad literaria; ni esos tra­bajos prolongados en que se encendía mi espíritu. Todas nuestras pequeñas reuniones están desorganizadas; y, fuera de algunos mi­serables artículos en publicaciones periódicas y algunas buenas lecturas, nada he hecho fuera de estudiar derecho. . . Pero con la preocupación de los exámenes, el tedio ha invadido y secado mi alma. . . En suma, creo que si este sacrificio me permite ganar al­gunas bolas blancas, por otra parte ha hecho perder mucho a mi vida intelectual». Y todas sus reflexiones y sus impresiones sobre el mundo y sobre él mismo se resumen en las siguientes frases: «Esto es lo que se siente profundamente a mi edad. Y estas tristes verdades, que decepcionan todos mis sueños, me dejan grave y sombrío como un hombre de cuarenta años».

» ¡Un hombre de cuarenta años!» Por desgracia Ozanam ape­nas había de llegar a la cumbre de esa edad. Pero Dios quería consumirlo en poco tiempo y lo había madurado antes del otoño. La mayoría de edad que acababa de alcanzar ese joven de vein­tiún años no era solamente la de la edad, sino también la del es­píritu, de la voluntad, del carácter, del corazón. Ozanam, a los veintiún años ha contemplado el mundo y lo ha juzgado con al­tura; ha mirado la vida y comprendido su sentido ; ha mirado la muerte, y «entre la muerte y Dios caminará por la vida»; ha mi­rado la cruz, y ha sabido inmolarse a la voluntad de quienes re­presentan para él la voluntad de Dios. Es dueño de sí mismo, pero sólo para elevarse encima de sí mismo por la humildad del corazón. Y libre el corazón, recta la mirada fija sobre una sola meta de verdad y de caridad ¡cómo se ve subir a ese joven hacia las alturas sagradas en que el hombre se transfigura para apare­cernos cada vez más como un hijo de Dios!

Sin embargo, por otra parte, ese candor de niño que hacía de él un hijo tan tierno, un amigo tan simpático, estaba intacto en él. Esta carta, la última que poseemos de las que dirigió a su madre, y con mucho la más larga, tenía a la vez, sin que él lo supiera, la tristeza y la ternura de un adiós. ¿No se había quejado esa madre de que su hijo la abandonaba y de que ya no se confiaba a ella como en otros tiempos, tle modo que sólo podía figurarse que tenía un hijo? Y es que la guerra civil impedía toda comunica­ción por carta con Lyon. Pero en esos días le respondió: «¡Pobre madre, cómo hubiera querido reunirme con usted para abrazarla y acariciarla!»

En fin, esta vez, «podía desahogarse con ella». En ocho grandes páginas llenas de efusión, le había recordado toda su vida de niño, toda, su vida familiar, «sus dulces palabras, cuando, colegial, trabajaba en la mesa, a su lado; cuando, en sexto año, la consultaba en sus temas; cuando, en retórica, le leía sus discursos franceses, los consejos y a veces las reprimendas de su padre, sus paseos con él, sus relatos de la guerra, etc., etc.

Luego, después de esos gratos recuerdos, sus esperanzas de las que decía por último: «Me imagino, mi querida madre, que con la ayuda de Dios llegará un día en que le pagaré con piedad filial y satisfacción un poco de la solicitud, la fuerza y la salud que ha gastado usted por mí». Le hablaba también de sus devociones y del Padre Marduel como «del único hombre cuya bondad y sabi­duría podían sustituir a su padre y a su madre». —»Así pues, madre querida, cualesquiera que sean mi debilidad y mis defec­tos, conservo la esperanza de no ser demasiado indigno de mis padres, fervoroso cristiano, ciudadano resuelto y hombre virtuoso. Adiós, mi buena madre. ¡Oh, no tenga miedo, pobre madre mía, de que jamás la abandone!»

El 21 de julio, una carta escrita a la una de la mañana y diri­gida a un amigo lionés, recuerda que estudia día y noche derecho. En ese mismo instante, está luchando con las materias del cuarto examen. «Adiós, pues, querido amigo. Antes de un mes, hablare­mos a nuestras anchas de _muchas cosas que no pueden escribirse».

Antes del 15 de agosto, Federico regresaba a Lyon. Se había recibido de abogado. «¡Yo, abogado! —había escrito a su ma­dre—. ¡Se imagina usted eso! Después de todo, el título de abo­gado, por sí solo, no es gran cosa». Qué otro título se proponía añadir a éste, desde entonces?

El joven abogado encontró la ciudad atestada de tropas, erizada de cañones, ostentando en sus calles y en sus murallas las cica­trices de la insurrección de abril, y resintiendo en sus negocios las largas y desastrosas consecuencias de una guerra civil. En cam­bio, encontraba de nuevo, bajo el techo paterno, todas las alegrías de la familia: habla de ellas con entusiasmo. Volvía a encontrar también, con sus compañeros lioneses de la Escuela de Leyes y de la conferencia, a de la Perriére, Dufieux, Chaurand, Biétrix, y otros que veía diariamente, en su casa o en la de ellos.

La gran distracción, y para él el acontecimiento de sus vaca­ciones de 1834, fue una visita a Lamartine en compañía de Du­fieux que, conocido del poeta, había logrado la autorización de presentarle a su amigo. El señor de Lamartine vivía en su cas­tillo de Saint-Point, situado en las montañas, a cinco leguas de Mácon y ejercía desde allí sobre la comarca una especie de monarquía civilizadora y benéfica. Ozanam escribe a Lallier: «El señor de Lamartine nos hizo entrar a ambos en una glorieta don­de charlamos los tres cerca de dos horas. Nos expuso sus grandes y generosas ideas políticas, sus bellas teorías literarias; se informó detenidamente de la juventud de las escuelas y del espíritu que la animaba, y me pareció lleno de esperanza en el porvenir. . . En la mesa y en la sala, se mostró sumamente amable. Nos invitó con insistencia a que pasáramos con él ocho días. Y como no podíamos hacerlo, me hizo prometerle que iría a visitarlo en París este invier­no. Cenamos y pernoctamos allí. Y al día siguiente, él mismo nos llevó a visitar sus otras dos casas de Milly y de Monceaux. . .»

Ozanam confiesa que se abandonó por completo al encanto de este seductor Lamartine de cuarenta y tres años de edad, en toda la flor de su genio, de su belleza, de su palabra y de su gloria: «é Qué quiere usted? La vista de este hombre superior me fascinó; mucho antes de llegar a su casa, había tomado la precaución de leer cierto capítulo de la Imitación que me precavía contra el respeto humano».

No nos sorprendamos al leer a continuación: «¡Oh, más que nunca han vuelto todas mis ambiciones literarias, todas mis incer­tidumbres, el deseo de hacer el bien confundido con el de adqui­rir alguna gloria; pero, junto con esto, la conciencia de mi nu­lidad, el sentimiento de mi posición social y de la necesidad en que estoy de ganarme la vida!» ¿ Qué iba a ser de él cuando se reanudaran los cursos? «Mis incertidumbres no han terminado. He consultado a mi hermano: cree que no es tiempo aún de cortar el nudo gordiano. Me aconseja que lleve a cabo simultáneamente el estudio del derecho y el de las letras. . .»

Todo lo llamaba a París, del que ya sentía la nostalgia. «Sin noticias de París, sin cartas, sin periódicos, empiezo a. sentir el abu­rrimiento de la vida provinciana».

Lo que lo llamaba a París eran en primer lugar las amistades que allí había dejado. Ninguna estaba más cerca de su corazón que la de Lallier, como lo declara en esta carta entusiasta: «Aho­ra que gozo de los abrazos de mi madre, de los consejos de mi hermano mayor, de las caricias de mi hermanito, no dejo de ex­trañar a mis amigos de. París, la caritativa llaneza del señor Bailly, las largas veladas que pasábamos juntos; sobre todo con usted, querido amigo, que, al darme tan buenos consejos y ejemplos, me manifestaba un afecto tan sincero y tan cristiano. Pues lo sabe bien: de todos los jóvenes que he conocido en ese destierro de la capital, ha sido usted el preferido. A usted lo iba a buscar, cuando se ocultaba en su cuartito y estaba en sus días sombríos. A su vez, usted me inspiró tantos saludables y santos pensamien­tos, me consoló en mis tristezas’ y me dio valor. ¡Oh, me hace us­ted mucha falta; nos hace falta a todos!»

Lo que, además, llamaba a Ozanam a París, eran sus obras de caridad, su joven conferencia, sus pobres: «Aquí, no tengo obras de caridad que realizar. Vivo como un holgazán. ¡Cuánto nece­sito, amigo mío, que rece usted por mí. No me olvide, pues, por miserable que yo sea! . .» Sin embargo, se ocupaba de reclutar al­gunos jóvenes cofrades para su pequeña sociedad. «Llevaremos a París una banda de buenos lioneses. Engrosarán las filas de nues­tras reuniones, aunque, a decir verdad, la Conferencia de historia no me interesa sino como un medio para reclutar la Conferencia de la Caridad». Lo hizo todo tan bien que, al regresar a sus pri­meras vacaciones, desde la apertura de los cursós de 1833, de veinti­cinco miembros que contaba la Conferencia, dieciocho eran origi­narios de Lyon o de la región vecina. Era el contingente reunido por Ozanam.

Enmedio de esa acción de celo, fue para él una gran alegría re­cibir, en octubre de 1834, una carta de su antiguo compañero Léonce Curnier, establecido en Nimes: en ella le comunicaba que, siguiendo su ejemplo, trabajaba en fundar una conferencia de caridad en aquella ciudad. Este amigo le decía: «Le prometí sinceramente, al despedirme de usted, tratar de formar en Nimes una asociación semejante a la que usted mismo fundó en París. Me expresaba el deseo de ver a Francia envuelta en una red de caridad, e hizo pasar a mi corazón algo del celo ardiente que lo animaba. Desde mi llegada aquí, comuniqué el proyecto que me había usted inspirado a un venerable eclesiástico, y cuando le con­té lo que usted me había dicho y lo que yo había visto, las lágrimas corrieron por sus mejillas: ¡Ah! —me dijo— no hay que des­esperar del porvenir de Francia, puesto que existen, en la genera­ción a quien pertenece este porvenir, jóvenes capaces de dar un ejemplo tan bello’.»

Ozanam contestó sin tardanza: «Su carta me colmó de alegría. La comuniqué a algunos de mis amigos que están aquí de vaca­ciones y forman parte de nuestra pequeña sociedad. Luego, inme­diatamente escribí a los miembros que radican en París anuncián­doles esta buena noticia. Ante todo, permítame felicitarlo por el bien que ha iniciado y por el que se prepara a hacer. Dios y los pobres habrán de bendecirlo. Y nosotros, a quienes usted superará, nos sentiremos orgullosos y felices de tener semejantes herma­nos[/note]. Se ha realizado, pues, el deseo que habíamos formado: es usted el primer eco que ha contestado a nuestra débil voz; acaso no tarden en escucharse otros. Entonces, el mayor mérito de nues­tra pequeña sociedad parisiense será haber dado la idea de for­mar otras parecidas. Un hilo basta para empezar una tela».

En fin, lo que faltaba en Lyon y lo que lo llamaba a París era la vida intelectual, la de los cursos públicos, la de los estudios científicos de toda índole, la cual sólo tiene su plenitud en la ca­pital: «Aquí, de vacaciones, vivo corno un beocio y casi no tra­bajo».

Volverá, pues, a París: su padre consiente en ello. Es la gran noticia que, el 15 de octubre, puede anunciar a Lallier: «Mi pa­dre me permite regresar dos años a París. Seguiré preparando apa­ciblemente mi doctorado en derecho; y, al mismo tiempo, apren­deré las lenguas orientales. Además, ya no escribiré artículos para los periódicos; sólo algunos raros trabajos para la conferen­cia, si hubiere una; o para la Revista Europea, si no ha muerto. Abandono lo demás a la. Providencia. De buena gana aceptaré el lugar que le plazca asignarme, por humilde que sea. Será de todos modos bastante bello, si lo ocupo dignamente».

A mediados de noviembre de 1834, Ozanam estaba en París. Iba a coronar con un grado superior sus estudios jurídicos y pro­fesionales. No por eso dejaba de tener la intención secreta de un grado de otra índole cuyo valiente deseo se trasluce en estas lí­neas a su madre: «Necesito expresaros, querida madre, mi buena y firme voluntad de hacer en todo tiempo todo lo posible• para cumplir con mi deber. Este año, antes de volver con vosotros, pasaré mi gran examen de doctor en derecho. Espero pasarlo con honor. Si no puedo hacer nada más; si no puedo dedicarme, co­mo lo hubiera deseado, a otros estudios más atractivos; si no pue­do poner dos cuerdas en mi arco; si sólo puedo poner en él la cuer­da sólida y es preciso prescindir de la cuerda brillante y armo­niosa, me inclinaré. Mi espíritu sufrirá; me habré privado de una fuente de deleites que me había prometido; pero cuando menos, no habré faltado a mi deber».

El deber, el deber en el sacrificio: esta última palabra de su carta ¿no es acaso también la que resume la mentalidad de estos tres años de estudio y de combate?

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