Federico Ozanam: devolver a Dios la creación. Un cristiano en la cultura, la política y la acción social

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1998 · Fuente: Sal Terrae, Marzo 1998.
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Ozanam19El 22 agosto de 1997, en el marco de la jornada mundial de la juventud, el Papa Juan Pablo II beatificaba en París a Federico Ozanam. Pocas figuras responden tan adecuadamente como la de este joven profesor universitario del siglo XIX a los objetivos de esos encuentros periódicos con que el Papa se propone encauzar hacia la noble causa de la evangelización el entusiasmo y las energías juveniles. La vocación, el apostolado y la misión de Ozanam constituyen una referencia obligada para el laicado cristiano, y singularmente, por su temprana muerte a los 40 años, para el laicado juvenil.

1. La vocación de Ozanam

Una lectura apresurada de la biografía de Ozanam nos llevaría a pensar que éste descubrió muy temprano su vocación. A ello nos inducirían sus propósitos de primera comunión (a los trece años), las resoluciones tomadas al superar dos años más tarde su crisis de fe, o el ambicioso plan de apología del cristianismo por medio de la historia comparada de las religiones que trazó a los 18 años. Y, sin embargo, su vocación definitiva no apareció dibujada con nitidez hasta bastante más tarde, después de un largo período de luchas y vacilaciones que va desde 1833 a 1840, es decir, desde los veinte a los veintiocho años de edad.
Bien es verdad que, en un sentido muy genérico, Ozanam supo muy pronto lo que quería ser y entrevió, confusa pero firmemente, cuál debía ser su tarea en el mundo. Citemos a este propósito las líneas que escribía el 15 de enero de 1731 a sus amigos Fortoul y Huchard. Después de describir la crisis por la que su espíritu ha atravesado y cómo, por fin, ha descubierto el papel luminoso de la religión en la suerte de la humanidad, exclama:

«Yo permaneceré junto a ella y desde allí extenderé mi brazo para mostrarla como un faro libertador a los que navegan por el mar de la vida, sintiéndome dichoso si algunos amigos vienen a agruparse alrededor mío. Entonces uniríamos nuestros esfuerzos, crearíamos juntos la obra, otros se nos agregarían, y tal vez un día la sociedad se agruparía bajo esta sombra protectora: ¡el catolicismo, lleno de juventud y de fuerza, se elevaría súbitamente sobre el mundo y se pondría a la cabeza de este siglo que renace, para conducirle a la civilización y a la felicidad!»1.

Y tres meses más tarde, descendiendo al plano de las consideraciones, escribía a otro amigo, Auguste Materne:

«El amor a mí mismo será la base de mi vida individual; el amor a mis semejantes será la base de mi vida social; el amor de Dios planeará sobre ambos como el primer principio y el fin último de todas mis obras, su Alfa y Omega… ¡Oh, amigo mío, que esta ley de amor sea la nuestra para que, pisoteando la vanagloria, nuestro corazón no arda más que por Dios, por los hombres y por el verdadero honor! ¡Entonces seremos excelentes católicos y perfectos franceses; entonces seremos felices!»2.

Un eco de esas mismas idea, depurado ya por las reflexiones que le inspiran la visión de la sociedad parisiense y los comienzos del período de dudas sobre su vocación definitiva, resuena en una carta a su madre del 16 de mayo de 1834:

«A pesar de mis debilidades, a pesar de mis defectos, conservo la esperanza de no ser demasiado indigno de mis padres, de llegar a ser un día un cristiano celoso, un ciudadano honrado y un hombre virtuoso»3.

Por más que deban ser considerados provisionales, y algunos de ellos fruto de la ingenua ambición de la adolescencia, hay ya en estos tempranos propósitos de Ozanam algunos elementos que permanecerán inmutables y serán incorporados al plan definitivo de su vida. Tales son, a mi entender, el proyecto de restauración de la sociedad bajo la guía del catolicismo; la idea de una asociación de amigos comprometidos a trabajar por ello; la decisión de tomar el amor, la caridad, como norma fundamental de vida y llegar por él a la santidad; y, sin formularlo explícitamente, la contemplación de sí mismo como un simple cristiano celoso, es decir, como laico. Explicitando más esta última consideración, observemos cómo el ideal de acción que se propone es netamente laical: esa restauración social del cristianismo es ya casi la fórmula que el Vaticano II y la Exhortación Christifideles laici proponen como distintivo de la vocación de laico en la Iglesia, su índole secular, que le llevará a trabajar, sin abandonar el lugar que ocupa en el mundo, por alcanzar la perfección de la caridad y por devolver a la creación su valor originario.

Pero tenía que pasar bastante tiempo antes de que esa vocación genérica de Ozanam adquiriese su perfil definitivo. Y es que una vocación es la llamada a una peculiar vivencia del Evangelio en unas concretas circunstancias de profesión y estado de vida. Ahora bien, de esos tres elementos, dos permanecieron largamente indeterminados en la mente del joven Federico: por una parte, la profesión, porque en su interior había entablada una lucha, a veces muy angustiosa, entre lo que sus padres esperaban de él ─que fuese abogado─ y lo que él sentía como su verdadera inclinación ─ser hombre de letras y profesor universitario─; por otra, el estado de vida, porque sus generosos deseos de servir a la causa del catolicismo tarde o temprano acabarían llevándole, como en algún momento llevan a casi todos los jóvenes cristianos comprometidos, a plantearse el problema de su posible llamada al sacerdocio y a la vida religiosa.

Lo que, en cambio, sí descubrió muy tempranamente Ozanam ─primero de modo confuso, pero progresiva y rápidamente con absoluta nitidez─ fue la personal vivencia del evangelio a que estaba destinado. Tal vivencia no era otra que la vivencia de la caridad en su proyección social. Está uno tentado de decir que había leído por anticipado las luminosas palabras de Juan Pablo II: «La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal que constituye el compromiso específico de los fieles laicos»4.

Tal descubrimiento se produjo de manera imprevista. Es de sobra conocida la historia de la fundación de las Conferencias de San Vicente de Paúl y el papel decisivo que en ella desempeñó el propio Federico. Como en su día escribió Lacordaire, aunque los fundadores de la Sociedad eran varios, «Ozanam era el San Pedro del oscuro cenáculo»5. Evidentemente, el grupito de estudiantes que el 23 de abril de 18336 se reunían en torno al Sr. Bailly para sostenerse mutuamente en la fe y responder con el ejemplo de su acción caritativa a las objeciones formuladas contra la Iglesia por los compañeros incrédulos de la Universidad, no tenían conciencia de estar dando nacimiento a una asociación llamada a extenderse por todo el mundo. Lo cierto es que «Ozanam descubrió ahí su vocación, vio el camino al que Cristo le llamaba. Encontró ahí su camino hacia la santidad. Y lo recorrió con determinación»7. Ozanam fue también el primero en darse cuenta del destino universalista de la naciente asociación. Él fue, en efecto, quien propuso la división de la Sociedad en conferencias particulares, su más ardoroso propagandista y el más entusiasta cronista de su desarrollo en Francia y demás países. Fue también decidido sostenedor de su carácter laico: «se quiere que sea profundamente católica sin dejar de ser laica»8. A esa voluntad se debió asimismo el que no adoptase el título de Cofradía, congregación o similares, que la habría reducido a una piadosa asociación más, en detrimento de su carácter juvenil y universitario, confesional desde luego, pero abierta al mundo.

Esa vocación caritativa la vivió Ozanam, y quiso que la vivieran las Conferencias, con espíritu vicenciano. Se ha discutido mucho a quién se debe el que, desde sus mismos comienzos, la Sociedad adoptase como patrón a San Vicente de Paúl. Si bien es verdad que la idea debió de proceder del Sr. Bailly, que conocía muy bien al santo fundador de la Misión y la Caridad, no lo es menos que Ozanam la hizo suya con entusiasmo. Ozanam pronunciaba o escribía con frecuencia elocuentes elogios de San Vicente de Paúl, hacía leer su biografía en las reuniones de la Conferencia de Lyon, celebraba con devoción sus fiestas. Pero, sobre todo, se apropió su espíritu, es decir, su interpretación del Evangelio en clave de amor al pobre.

No sería nada difícil formar un ramillete de textos de Ozanam en los que resplandece ese espíritu. Quizás el más significativo de todos es el que escribió en su carta a Louis Janmot:

«Debemos reprocharnos sin duda el que no sepamos amar a Dios como lo amaron los grandes santos; pero acaso nuestra debilidad puede hallar para ello una sombra de excusa, porque, al parecer, para amar hay que ver, y nosotros no vemos a Dios más que con los ojos de la fe, ¡y es tan débil la nuestra…! Pero a los hombres, a los pobres, los vemos con los ojos de la cara: ahí están; en sus llagas podemos meter los dedos, podemos meter la mano; sobre sus frentes se ven las huellas de la corona de espinas; y entonces no hay lugar para la incredulidad; deberíamos caer a sus pies y decirles con el Apóstol: Tu es Dominus Deus et Deus meus. Vosotros sois nuestros señores, y nosotros seremos vuestros servidores; vosotros sois para nosotros la imagen sagrada de ese Dios que no vemos; y no sabiendo amarle de otro modo, le amaremos en vuestra persona»9.

Radicalmente vicenciano fue también Ozanam en los caminos concretos elegidos para ejercer la caridad, desde la visita de los pobres a domicilio, en la que le inició la famosa Hija de la Caridad sor Rosalía Rendu, hasta su visión global de la caridad como obra de dignificación del pobre, que se preocupaba de su cuerpo y de su espíritu, que abarcaba todo género de iniciativas, desde la limosna privada hasta la creación de instituciones para la educación humana y profesional de los abandonados. En definitiva, como Vicente de Paúl, Ozanam tendía a una meta más alta: la restauración cristiana de la sociedad.

El problema de la profesión desde la que viviría Ozanam su vocación de laico cristiano nacía del conflicto entre los deseos de su padre de que fuera abogado y sus propias inclinaciones, que le llevaban al campo de la Literatura, la Historia y el profesorado universitario. Ozanam, por su profundo sentido de la obediencia filial y su intenso amor a sus padres, no sólo realizó con absoluta seriedad los estudios de Derecho, consiguiendo en su licenciatura y su doctorado las más altas calificaciones, sino que, terminada la carrera, inició el ejercicio de la abogacía. Pero, al mismo tiempo, con un esfuerzo suplementario que en más de una ocasión puso a prueba su siempre delicada salud, hizo también la carrera de letras. Una serie de circunstancias providenciales permitirían que fuese ésta, finalmente, la verdadera dedicación de su vida. Entre dichas circunstancias hay que contar las muertes sucesivas de su padre y de su madre. La desaparición de ambos supuso un golpe muy doloroso, pero al mismo tiempo significó para Federico la liberación de un deber que hasta entonces había considerado ineludible. Desde su cátedra de Literatura Extranjera en la Sorbona, conquistada a los treinta y dos años, pudo dedicar todas sus fuerzas a realizar el proyecto que había acariciado durante tanto tiempo: mostrar el catolicismo como el inspirador y realizador de la civilización de los pueblos europeos.

Su posible llamada al sacerdocio y, por influencia de Lacordaire, a la vida religiosa en la orden dominicana, se le planteó a Ozanam a la edad relativamente tardía de los veinticuatro años. Influyó en ello una serie de factores de diverso orden, como el hecho de ver cómo se le cerraban aparentemente, en un momento dado, las puertas de la enseñanza universitaria; o la circunstancia de que fueran contrayendo matrimonio sus mejores amigos, cosa que él consideraba como una vocación y le hacía preguntarse sobre su propio futuro; y, sin duda, su natural generosidad para con Dios. Como ha escrito uno de sus biógrafos, «era demasiado profundamente cristiano y estaba demasiado resuelto a servir a Dios para no pensar que podía ser llamado a consagrarse a él». Las dudas, que le angustiaron profundamente, duraron más de seis años, hasta que el conocimiento de Amelia Soulacroix en la fiesta de Año Nuevo de 1840 y sus sucesivos encuentros con ella le hicieron descubrir por fin que también para él el matrimonio era una vocación.

«Entonces se iluminó el misterio largo tiempo meditado de mi vocación; en quien hasta entonces no era para mí sino una joven y amable extraña, vi a la compañera tutelar de mis años futuros, y creí oír las palabras dirigidas al joven Tobías en la Sagrada Escritura: ‘No lo dudes más; que ella te está destinada desde la eternidad; juntos recorreréis el mismo camino. y el Señor misericordioso os salvará al uno por el otro'»10.

Lacordaire, que creyó ver en la boda «una trampa que Ozanam no había sabido evitar»11, reconoce, sin embargo, que…

«…Dios quiso de él un corazón sacerdotal en una vida de hombre del siglo. En la Francia de nuestro tiempo, ningún cristiano amó más que él a la Iglesia, ninguno sintió más sus necesidades ni lloró con más amargura las faltas de sus servidores. Ninguno desarrolló en una existencia laica un apostolado más auténtico y profundo»12.

Más profundamente aún, Georges Goyau ha resumido con mano magistral el itinerario espiritual de Ozanam hasta descubrir su vocación definitiva:

«Un padre y una madre cristianos le hicieron cristiano; uno y otro ejercitaban ante su vista esa forma de amor a Cristo que es el amor a los pobres. El gusto del apostolado pudo despertarse en él viendo a su madre reunir en torno suyo cada quince días a las humildes ‘veladoras’ lyonesas que en la parroquia de San Pedro se ocupaban de los enfermos, y hablarles de las verdades religiosas. Pero, más que su vocación misma, lo que recibió de su familia fue una fe, unas virtudes, unas aspiraciones… Hablando humanamente, Ozanam nos aparece como un autodidacta de la acción cristiana. Pero, tratándose de cosas divinas, no me gusta esa palabra, porque en el hombre que realiza la tarea de Dios la espontaneidad es sólo aparente; en él vive y actúa un maestro interior: Dios mismo. Las esperanzas que el Doctor Ozanam y su esposa habían depositado en su hijo Federico apuntaban más abajo de lo que Dios quería de él. Ellos soñaban con que fuese un buen jurista, como su padre era un buen médico, y que al mismo tiempo ─además de eso, se diría─ fuese un perfecto cristiano. Pero el fermento moral y religioso que habían depositado en su corazón de niño encerraba otras exigencias ante las que debieron disiparse sus sueños humanos y provincianos. Misionero de la fe en el mundo de la ciencia, misionero de la fe en el seno de la sociedad: he ahí lo que, poco a poco, quiso ser Federico y lo que brillantemente llegó a ser»13.

Por su vocación, Federico Ozanam vivió anticipadamente el ideal que la teología actual señala como propio del laico cristiano: ser ─sin abandonar las tareas mundanas: más aún, a través de ellas─ el testigo autorizado de la presencia y la actuación de Dios en el mundo, devolver a Dios la creación recibida de sus manos y hacer todo ello con el testimonio de una existencia enteramente dócil a la llamada a la santidad que Dios dirige a todos y cada uno de los cristianos.

2. El apostolado de Ozanam

La vocación de Ozanam le llevó a ejercitar un apostolado muy activo en todos los campos que estaban a su alcance profesional y humano. Es curiosa la coincidencia de esos campos con los que la Christifideles enumera como propios del laico cristiano.

Ozanam fue apóstol, ante todo, en su trabajo profesional. Ya desde sus sueños adolescentes había pensado en encauzar por ese camino su futuro trabajo. Cuando, más maduro, inicia su actividad como abogado y profesor de Derecho Mercantil en Lyon, orienta su labor de bufete y de cátedra hacia la aplicación a las relaciones laborales de los principios morales del cristianismo. Para ello tendrá que elaborar por su cuenta una doctrina social que, como sistema, era entonces inexistente. Por eso se ha podido decir de él con justicia que se anticipó en años a las ideas de Ketteler y León XIII14, como ha reconocido expresamente Juan Pablo II: «Se puede ver en él a un precursor de la doctrina social de la Iglesia que el Papa León XIII desarrollará algunos años más tarde en la encíclica Rerum Novarum»15.

Pero fue sobre todo su labor en la cátedra de Literatura Extranjera en la Sorbona la que enfocó como un verdadero apostolado. Lo mismo en sus minuciosos estudios sobre Dante y los poetas franciscanos de Italia que en su grandiosa síntesis de la literatura y la cultura germánicas, brilla, de un lado, su preocupación histórico-apologética por demostrar la obra civilizadora de la Iglesia; de otro, su ardiente convicción de que sólo en el cristianismo encontraría la Europa moderna surgida de la Revolución Francesa la fuerza conductora capaz de crear una nueva civilización. Al servicio de esa empresa puso sus mejores esfuerzos. Si tuviéramos que encontrar una fórmula para definir ese ideal de Ozanam, tendríamos que decir que su empeño era la restauración de todas las cosas en Cristo.

Dada la profesión de Ozanam, su acción tenía que ejercerse de modo preferente en los campos de la cultura, las ciencias y las artes. En todos ellos influyó, bien directamente, bien a través de la obra de sus compañeros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, para hacer que a todos alcanzara la bienhechora influencia del cristianismo. Si su amistad con los dos Ampère, padre e hijo, le permitía participar del anonadamiento ante la grandeza de Dios reflejada en las maravillas del universo descubiertas por la ciencia, sus viajes o, mejor, peregrinaciones a Italia, Inglaterra o España eran para él ocasión de admirar la inspiración cristiana en los frescos de Rafael o en las bóvedas de la catedral de Burgos y tomar de ello nuevos alientos para trabajar por una civilización penetrada de cristianismo. La expresión lírica de estas ideas es sin duda su oración a Nuestra Señora de Burgos:

«¡Oh, Nuestra Señora de Burgos, que sois también Nuestra Señora de Pisa y de Milán, Nuestra Señora de Colonia y de París, de Amiens y de Chartres, Reina de todas las grandes ciudades católicas!
Verdaderamente sois bella y graciosa: ‘Pulchra es et decora’, pues ha bastado vuestro pensamiento para hacer descender la gracia y la belleza a estas obras de los hombres.
Se diría que aquellos bárbaros, salidos de sus bosques, incendiarios de ciudades, estaban hechos sólo para destruir.
Vos los habéis tornado tan mansos que han doblegado la cabeza bajo las piedras, se han uncido a pesadas carretas y han obedecido a sus maestros para construiros iglesias.
Vos los habéis tornado tan pacientes que no han contado los siglos para cincelaros soberbios pórticos, triforios y torres.
Vos los habéis tornado tan audaces que la altura de sus basílicas ha dejado pequeños los más ambiciosos edificios de los romanos, y al mismo tiempo tan castos que estas grandes creaciones arquitectónicas, con su pueblo de estatuas, no respiran sino pureza y el más inmaterial de los amores.
Vos habéis vencido incluso la arrogancia de estos castellanos que aborrecían el trabajo como signo de esclavitud.
Vos habéis desarmado innumerables manos, cuya única gloria era derramar sangre. En lugar de espada, les habéis entregado la llana y el cincel, y durante trescientos años los habéis retenido en vuestros pacíficos talleres.
¡Oh, Señora Nuestra! ¡Qué bien ha recompensado Dios la humildad de su esclava y, a cambio de vuestra pobre casita de Nazaret, donde hospedasteis a su Hijo, cuántas ricas mansiones os ha regalado!»16.

En virtud de su profesión, tuvo que ocuparse Ozanam del importante campo de la educación de la adolescencia y la juventud. Es más, puede decirse que ésa fue la gran tarea de su vida. Lo fue desde sus primeros años, porque hay que leer sus cartas de joven y adolescente a sus parientes y amigos para darse cuenta de hasta qué punto estaba devorado por el afán de sembrar en las almas de sus compañeros, no todos más jóvenes que él, la semilla de las ideas cristianas. Era un educador nato. Espontáneamente, sin apenas proponérselo, aprovechaba todas las ocasiones para sugerir buenos pensamientos a sus camaradas, salir al encuentro de sus preocupaciones o tentaciones, orientarlos en sus dudas, señalarles el buen camino. Fruto también de su afán por la educación de los jóvenes fue su atrevida iniciativa de solicitar del Arzobispo de París la creación de las Conferencias de Nôtre Dame y de proponer para ellas al P. Lacordaire. Aquellas conferencias fueron el punto de partida de la recuperación para el cristianismo de la juventud universitaria francesa. Ese mismo sentido tendría luego su labor desde la cátedra de la Sorbona, donde fue para innumerables estudiantes el mentor, casi se diría el director espiritual, de una generación. Para no defraudarles ─para no darles mal ejemplo, dijo él─ arrostró el esfuerzo de una última clase, cuando la fiebre apenas le permitía tenerse en pie y las fuerzas se negaban a sostenerle. Su convicción de la trascendental importancia de la educación cristiana le llevó, en un campo más amplio, a celebrar y apoyar la creación de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y a tomar parte, discreta pero muy eficazmente, en la polémica francesa sobre la libertad de enseñanza. Y, en cuanto miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl, es sabido cómo acompañaba ─y quería que siempre se acompañase─ los socorros materiales que puntualmente distribuía a las familias pobres que le estaban asignadas con el pan de la palabra buena, vertida con delicadeza y respetando las opiniones acaso extraviadas de los indigentes socorridos.

También la política fue preocupación del apostolado de Ozanam. Le tocaron tiempos difíciles. En el transcurso de su corta vida, presenció dos grandes revoluciones de su país y de Europa: la de 1830, que destronó la monarquía restaurada de Carlos X para instaurar en la persona de Luis Felipe de Orleans la monarquía de julio; y la de 1848, que a su vez destronó a Luis Felipe para establecer la segunda república, pronto suplantada por el segundo Imperio de Napoleón III. Ozanam vivió los acontecimientos desde la óptica de su profunda preocupación por la suerte de la Iglesia y el catolicismo. En este terreno es palpable la evolución de sus ideas. Si en 1830, con apenas diecisiete años, reacciona en sentido netamente legitimista, profesándose partidario decidido de la monarquía depuesta y protestando «ser siempre súbdito fiel del legítimo rey Carlos X»17, en 1848 saluda con esperanza al nuevo régimen. Pero, tanto en una como en otra ocasión, lo que verdaderamente le interesa es servir a la causa de la Iglesia y hacer que los sistemas políticos, cualesquiera que sean, estén impregnados de sentido cristiano o, al menos, abiertos a la acción apostólica de la Iglesia. Ese sentido tendría su famosa consigna, «pasémonos a los bárbaros», que tanto escandalizó a los católicos intransigentes, que creían inseparable la suerte del altar de la suerte del trono. Ozanam, por el contrario, era consciente de la llegada de una nueva era en la que el mundo moderno se reconciliaría con la Iglesia:

«No se me oculta la gravedad de las circunstancias ─escribía el 30 de marzo de 1848, respondiendo a la propuesta que se le hizo de presentar su candidatura a la Asamblea Nacional por el distrito de Lyon─ ni las inevitables desgracias que de ellas se seguirán. Me llenan de respeto y compasión los infortunios que entraña el derrumbamiento de una sociedad. Pero tengo la firme confianza de que Dios no destruye sino para reconstruir. En el milagroso advenimiento de Pío IX y en la liberación de Italia descubro ya los primeros trazos del plan divino de reconciliar el cristianismo con la libertad, de instaurar el Evangelio en el mundo temporal mediante una eficaz y sincera fraternidad entre los hombres. Sé que podemos padecer antes de alcanzar ese objetivo, pero nuestros hermanos o nuestros hijos llegarán a él»18.

«Instaurar el Evangelio en el mundo temporal»: tal fue la gran esperanza de Ozanam. Y es también la misión confiada a los laicos por la doctrina conciliar y pontificia de los últimos tiempos.

Más que la política, de la que pronto se retiró un tanto decepcionado, preocupó al Ozanam maduro la acción social de la Iglesia. De ahí su intervención en el mundo de la realidad social, otro de los campos que la teología del laicado considera confiados de modo muy especial a los seglares. La preocupación social era en él muy antigua, pues sus primeros combates en defensa de la causa católica le enfrentaron precisamente a los propagandistas del socialismo utópico, saint-simonianos y anarquistas. Desde muy temprano llegó a la conclusión de que la economía política debe ser social, debe ser moral para sanar a la sociedad de la llaga que la corroe, la miseria de la clase trabajadora19. Ya señalé antes su anticipadora elaboración de una doctrina social cristiana. Pero fue con ocasión de la revolución de 1848 cuando afloró en él de modo muy consciente la preocupación por las reformas sociales. Como pocos hombres de su tiempo, supo ver el verdadero sentido de la revolución que se estaba desarrollando y que coincidía con la aparición del Manifiesto comunista.

«La revolución que comienza me parece completamente distinta de la de 1830. Detrás de la revolución política hay una revolución social. Detrás de la república, de la que no se ocupan más que las gentes de letras, están las cuestiones que interesan al pueblo y por las que el pueblo se ha batido: las cuestiones del trabajo, del descanso, del salario. No se puede ni pensar en eludir esos problemas. Se comete un grave error si se cree que se satisfará al pueblo concediéndole asambleas primarias, consejos legislativos, nuevas magistraturas, cónsules, presidente… Antes de diez años habría que empezar otra vez. Por otra parte, todo el mundo ve que hacer intervenir al Estado entre el patrón y el obrero para poner precio al trabajo, o entre el vendedor y el comprador para ponérselo a la mercancía, sería arruinar el crédito, el comercio y la industria. Lo malo es que hace diecisiete años, cuando los obreros de Lyon plantearon a tiros estas cuestiones, el Gobierno, vencedor, no quiso ocuparse de ellas. Entonces se podrían haber estudiado con calma, y habría habido tiempo para desengañarse de quimeras, decidirse por algunas soluciones razonables y ensayarlas pacíficamente. Ahora hay que lanzarse a ellas al azar, a ojos ciegas, sin estudio, sin preparación, bajo la amenaza de un pueblo irritado si se dan largas, y con la perspectiva del abismo si se avanza»20.

A pesar de estas dificultades, Ozanam veía claro que el puesto de la Iglesia estaba al lado de los trabajadores, al lado de los obreros. Así se lo escribía su hermano sacerdote:

«Ocúpate siempre de los criados tanto como de los amos, de los obreros tanto como de los patronos. Ése es el único camino salvador hoy para la Iglesia de Francia. Es necesario que los curas renuncien a sus pequeñas parroquias burguesas, rebaños electos en medio de una inmensa población que no conocen. Es necesario que se ocupen, no sólo de los indigentes, sino también de toda esa clase pobre que no pide limosna y a la que se podría atraer con predicaciones especiales y testimoniándole afecto, al que es más sensible de lo que se cree»21.

Deber de la Iglesia, y en particular de los laicos cristianos, era interponerse entre las fuerzas enfrentadas para evitar el choque que se adivinaba:

«Si la cuestión que agita hoy al mundo que nos rodea no es ni una cuestión de personas ni una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; si es la lucha de los que no tienen nada contra los que tienen demasiado; si lo que hace temblar el suelo bajo nuestros pies es el choque violento de la opulencia y la pobreza, nuestro deber es interponernos entre esos enemigos irreconciliables y hacer que los unos se despojen, en cumplimiento de un mandato legal, y los otros reciban como un beneficio; que los unos cesen de exigir, y los otros de rehusar; que, en la medida de lo posible, reine la igualdad entre los hombres»22.

Más aún, Ozanam estaba convencido de que la realización de la igualdad era el cometido específico de los cristianos, y la época que la propiciaba su gran momento histórico. Para ello debían superar tanto el liberalismo económico como el socialismo y dar paso a una verdadera sociedad cristiana basada en el amor.

Pero una exposición completa, aun resumida, de las teorías sociales de Ozanam ocuparía demasiado espacio. Lo que interesa sobre todo es comprobar cómo Ozanam se vio impelido, en virtud de su condición laical, a intervenir en la «cuestión social», como entonces se decía, y a proponer las soluciones que le dictaba su conciencia cristiana.

Precisamente la preocupación social, tanto como la política, levó a Ozanam a ejercer su apostolado en los medios de comunicación social, que en su tiempo se reducían prácticamente a la prensa. Ozanam había escrito desde muy joven en periódicos y revistas. Artículos suyos aparecieron en la prensa lyonesa de su época de estudiante. En París colaboró ocasionalmente en revistas católicas como L’Univers y Le Correspondant. Pero fue en torno a la revolución del 48 cuando se lanzó de lleno a la actividad periodística. En colaboración con Lacordaire, fundó entonces un nuevo periódico, L’Ère Nouvelle, para orientar a los católicos en aquellos momentos de incertidumbre y propagar las soluciones políticas y sociales que ambos auspiciaban como dictada por las exigencias de la moral cristiana. Ésa fue, mientras duró su colaboración, la única preocupación de Ozanam. No se sentía periodista y, una vez superadas las difíciles circunstancias, abandonó la prensa para dedicarse de lleno a su querida actividad docente.

Federico Ozanam vivió su apostolado de laico cristiano en el seno de la familia, su familia paterna primero, y la surgida de su matrimonio después. Juan Pablo II ha escrito que «el matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos»23. Así lo entendió también Federico Ozanam, que en el seno de su familia paterna recibió la educación que hizo de él un cristiano fervoroso y comprometido. De sus padres aprendió, antes que de nadie, el valor apologético y bienhechor de la caridad cristiana. En su seno practicó los deberes del amor filial y fraterno y ejercitó un apostolado que le llevaba a preocuparse no sólo de la educación de su hermano menor, sino, ya maduro, a dar consejos y orientaciones apostólicas a su hermano mayor, sacerdote. Pero es su vivencia del matrimonio y la paternidad la que claramente le convierte en modelo de esa responsabilidad laical que es el apostolado familiar. Una vez disipadas sus dudas vocacionales, se casó a los veintisiete años con una mujer digna de él, para emprender juntos una ascensión espiritual que le llevará a profundizar en el sentido religioso del matrimonio y a vivirlo en plenitud, con sus penas, que ciertamente no le faltaron, y sus alegrías. Su ideal fue hacer de su matrimonio ejemplo, tipo y consagración de lo que debe ser la sociedad humana: una sociedad cuyo verdadero vínculo es el amor. Condición y fruto de semejante sociedad es para Ozanam la unidad perfecta, que nace del hecho de que en el matrimonio cristiano todo es compartido en perfecta igualdad de derechos y deberes. Los dos cónyuges deben aportar al vínculo destinado a unirlos para siempre las mismas esperanzas y el mismo corazón. A la realización de ese ideal consagró Ozanam, fielmente secundado por su esposa, toda su vida familiar. Los más pequeños acontecimientos familiares eran interpretados siempre en clave de fe. Mucho más los grandes. El nacimiento de su hija, por ejemplo, fue ocasión de una explosión de contenida alegría espiritual. He aquí los acentos con que comunicaba a sus amigos y parientes la grata noticia:

«¡Soy padre! Soy el depositario y guardián de una criatura inmortal. Aspiro ahora a ver su bautismo, que tendrá lugar mañana mismo. Luego seguiré paso a paso su crecimiento, veré nacer en ella las gracias de la infancia y, al estrecharla entre mis brazos, pensaré que hay en ella un alma creada para Dios y para la eternidad. Estas reflexiones me afectan hasta las lágrimas y me confunden… Es una felicidad mayor de lo que yo puedo soportar. Un poco más, y mi corazón habría estallado»24.

Como esposo y padre vivió Ozanam el resto de su corta vida. De su matrimonio y su paternidad sacó fuerzas para proseguir su infatigable labor apostólica en los diversos campos en que estaba comprometido. Y las sacó, sobre todo, para afrontar las duras pruebas que el Señor le envió en sus últimos años y que le hicieron también modelo de laicos cristianos en el apostolado del sufrimiento.

Fueron efectivamente penosos los últimos años de Ozanam. Puede decirse que estuvo permanentemente enfermo desde el año 1846 ─en que se le declaró una grave dolencia cuya naturaleza no acertaron a diagnosticar con certeza los médicos de la época, y que hoy sabemos que era una afección renal─ hasta el momento de su muerte en 1853. Los sufrimientos fueron especialmente crueles a partir de 1849. Alivios momentáneos y preocupantes recaídas se alternaban cada vez con mayor frecuencia. Una vez tras otra, tuvo que suspender sus clases en la Universidad y buscar, por consejo de los médicos, climas más benignos, en la esperanza siempre defraudada de que el cambio de aires produjese la mejoría. Fue así como pasó temporadas en el sur de Francia, junto a los Pirineos, en España o en Italia.

Pero lo que nos interesa es la respuesta de Ozanam a estas dolorosas pruebas. Puede decirse que la enfermedad y el sufrimiento fueron para él un camino de purificación y profundización que culminaron en la victoria final de la fe y la esperanza:

«La juventud se me va, y no percibo que ello me haga mejor. Dentro de tres meses, tendré treinta y cinco años: nel mezzo del camin di nostra vita. Supongamos que yo ando ese camino hasta el final; al fin tendré que llegar a él, y tengo miedo de encontrarme con las manos vacías»25.

Eso le llevaba al deseo de que Dios le prolongase la vida, no por apego a la tierra, sino exclusivamente por necesidad de progreso espiritual:

«Todavía no me he muerto, y doy por ello gracias a Dios, porque necesito vivir más tiempo para vivir mejor»26.

Pero en todo momento hubo en él la aceptación resignada del sufrimiento enviado por Dios como fuente de méritos y bendiciones e incluso de mayores gracias para los suyos, su mujer y su hijita, «a quienes mis trabajos ─decía─ habrán sido menos útiles que mis sufrimientos»27. Las dos largas oraciones compuestas durante su enfermedad son exponente admirable de su estado de ánimo en aquellas circunstancias. Y es que Federico Ozanam escribió hasta el final. Su último trabajo, realizado en los meses terminales de su enfermedad, pasados en Italia, fue un Libro de los enfermos que no llegó a terminar y que estaba destinado a quienes se encontraran, como él, en la cercanía inmediata de la muerte. De la lectura diaria de la Sagrada Escritura sacaba inspiración para esbozar una especie de Vademecum del moribundo en el que nada falta: la exhortación a poner los medios naturales de curación; a sufrir con paciencia los aplazamientos de Dios; a no temer la muerte; a arrepentirse de los pecados; a acordarse de Dios en el lecho del dolor; a prepararse a la recepción de los sacramentos; a resignarse incluso a dejar a sus hijos en la pobreza28. Era la caridad de Ozanam, que quiso hacer de su propia agonía un último y heroico ejercicio de apostolado.

3. La misión de Ozanam

La vocación de un cristiano, de cualquier cristiano, no se limita al campo de su propia vida. Las gracias que recibe ─los carismas─ están destinados a servir de edificación a toda la Iglesia, a la de su tiempo y a la de épocas sucesivas. En ello estriba su misión. La misión de Ozanam consistió en abrir en la Iglesia un nuevo camino, el camino de la caridad comprometida. Juan Pablo II lo ha proclamado así en la homilía que pronunció en la beatificación de Ozanam que ya hemos citado:

«La Iglesia confirma hoy la elección de vida cristiana hecha por Ozanam, así como el camino que siguió. Ella le dice: Federico, tu camino ha sido verdaderamente el camino de la santidad. Han pasado más de cien años, y ahora es el momento oportuno de redescubrir ese camino. Es necesario que todos estos jóvenes, casi de tu edad… reconozcan que este camino es también el suyo. Es necesario que comprendan que, si quieren ser auténticamente cristianos, deben escoger este mismo camino. Que abran mejor los ojos de su alma a las necesidades tan numerosas de los hombres de hoy. Que comprendan estas necesidades como desafíos. Que Cristo les llama, a cada uno por su nombre, para que cada uno pueda decir: ‘¡Éste es mi camino!'».

* * *

He aquí una apretada síntesis del «curriculum vital» de Ozanam:

  • 23-4-1813. Nace en Milán, donde reside su padre temporalmente, médico en el ejército de Napoleón.
  • 1815. La familia de Ozanam se establece en Lyon.
  • 1822. Alumno en el Colegio real de Lyon.
  • 1831. Se traslada a París para realizar sus estudios universitarios.
  • 1833. Fundación de las «Conferencias de S. Vicente de Paúl». Encuentro con sor Rosalía Rendu.
  • 1835. Intervención ante el Arzobispo de París para la organización de las «Conferencias de Nôtre Dame» a cargo de Lacordaire.
  • 1836. Se doctora en Derecho y regresa a Lyon.
  • 1837. Muerte de su padre. Ejerce de abogado en Lyon.
  • 1839. Muerte de su madre. Doctorado en Letras.
  • 1841. Profesor suplente en la Sorbona y en el Colegio Stanislas. Contrae matrimonio con Amelia Soulacroix.
  • 1844. Profesor titular en la Sorbona.
  • 1845. Nacimiento de su hija María.
  • 1847. Estancia en Italia.
  • 1848. Fundación de L’Ère nouvelle. Candidato a las elecciones legislativas.
  • 1849. Publicación de La civilisation au Ve siècle.
  • 1852. Último curso en la Sorbona.
  • 1852. Viaje a España (Burgos), Pélerinage au pays du Cid.
  • 1853. Último viaje a Italia. Regreso a Francia y muerte en Marsella (8 de septiembre). Funerales y entierro en París.
  1. Fréderic OZANAM, Lettres. Édition critique (5 vols.), Bloud et Gay, Paris 1971-1997 (I, p. 35).
  2. Lettres, I, 41.
  3. Lettres, I, 137.
  4. Christifideles laici, 41 H.
  5. H.D. LACORDAIRE, OP, «Frédéric Ozanam», en Oeuvres complètes de A.F. Ozanam, Lecoffre, Paris 1855. T. 1, p. 29. Las investigaciones más recientes llevan a la conclusión de que los fundadores de la primera Conferencia fueron seis.
  6. Disquisitio de vita et actuositate servi Dei Friderici Ozanam, Sacra Congregatio pro causis sanctorum, Roma 1980, p. 352.
  7. JUAN PABLO II, Homilía del 22 de agosto de 1997.
  8. Lettres, I, 353.
  9. Lettres, II, p. 245.
  10. Lettres, II, p. 139.
  11. LACORDAIRE, op. cit., p. 41.
  12. Ibid., p. 77.
  13. G. GOYAU, Livre du Centenaire, pp. 3-4.
  14. Margarethe RISCHKE, Studien zu Frédéric Ozanam, pp. 35-36.
  15. Homilía del 22 de agosto de 1997.
  16. «Pélerinage au pays du Cid», en Mélanges, ed. 1855, pp. 84-85.
  17. Lettres. I, 281.
  18. Lettres. II, 402.
  19. Lettres. I, 76.
  20. Lettres. II, 384.
  21. Lettres. II, 413.
  22. Lettres. I, 236.
  23. Christifideles laici, 40.
  24. Disquisitio, 638-639.
  25. Lettres. II, 188.
  26. Disquisitio, 979.
  27. Disquisitio, 980.
  28. Disquisitio, 982.

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