Faustino Díez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1902 · Source: Anales españoles 1902.
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I: Su nacimiento.—Su educación y estudios.—Entra en el estado eclesiás­tico.—Celo con que trabaja por la gloria de Dios y la salvación de las almas.— Frutos que consigue.

En el humilde pueblo de Lodoso, perteneciente a la Diócesis y provincia de Burgos, de cuya capital sólo dista 15 kilómetros, nació el día 15 de Marzo de 1820 el niño Faustino Díez. Sus padres, nada ricos en bienes de fortuna, abundaban en los sobrenaturales y de la gracia, pues siem­pre se distinguieron por su mucha fe y piedad prácticas, fundada ésta en la frecuencia de los Santos Sacramentos y en la puntual asistencia a todos los ejercicios religiosos que suelen tener lugar en la Parroquia. Como buenos cristianos, educaron a todos sus hijos en el temor del Señor; y obser­vando en Faustino disposiciones nada comunes para las letras, terminada su instrucción primaria, le aplicaron al es­tudio del Latín, bajo la dirección y enseñanza de un respe­tabilísimo Sacerdote, Párroco de Citores del Páramo, en la misma Diócesis de Burgos, del cual asegura la tradición local que tenía especial poder recibido de Dios para lanzar a los demonios de los cuerpos poseídos por ellos. En la escuela de un maestro tan ilustre por sus conocimientos y por su insigne virtud, Faustino, que a su feliz memoria aña­día regular aplicación, pudo dominar fácilmente todas las dificultades que la juventud encuentra en un estudio tan árido y quedar muy bien impuesto en la lengua de Lacio, tan absolutamente necesaria para el cultivo de todas las ciencias, especialmente las eclesiásticas.

Así dispuesto nuestro joven, pasó a la ciudad de Burgos con el objeto de continuar allí sus estudios. Como no es­taba sobrado de recursos, se proporcionó una colocación en el Convento de frailes Dominicos llamado San Pablo, y cuya Iglesia, derruida lastimosamente por la piqueta revo­lucionaria, era una de las mejores y más esbeltas de aque­lla población, en donde no faltan magníficos templos le­vantados por la piedad cristiana. En aquel centro de virtud y de ciencia aprendió Faustino a practicar las obras de la más sólida devoción y la frecuencia de los Santos Sacra­mentos, al mismo tiempo que su entendimiento se ilustraba con el estudio de la Lógica y Metafísica.

Merced a las santas instrucciones informadas del buen ejemplo con que aquellos hijos de Santo Domingo edifica­ban a nuestro joven, concibió éste una idea tan alta del es­tado eclesiástico, al cual se creía llamado, que se estreme­ció ante dignidad tan incomparable, y, parte por este te­mor santo, parte por las perturbaciones políticas y religio­sas de aquellos tiempos, efecto de las cuales la mayor parte de los Seminarios se hallaban cerrados, pensó Faustino que tal vez aseguraría mejor su eterna salvación dedicán­dose a las humildes y sencillas ocupaciones del campo, ayudando así a sus buenos padres en las faenas propias de los labradores.

Cumplidos los veinticinco años de su edad creyó pru­dente tomar el estado del santo matrimonio, y al efecto puso los ojos en una joven cuya piedad y recato parecían ser patrimonio de toda su familia. Fruto fue de este matri­monio la niña María Josefa, que más tarde había de perte­necer, como su padre, a la familia de San Vicente de Paúl. Pero ¡cuán distintas son las miras del Señor de los juicios de los hombres, aunque parezcan éstos los más rectos y conformes a la divina voluntad! Antes de cumplirse el año de su unión conyugal dispuso Dios de la esposa de Faus­tino, el cual creyó ver en este golpe de la Providencia un claro aviso de que le quería para otro estado más sublime, en el que, procurando la santificación de su propia alma, condujese a otras muchas por el camino del Cielo, y así diese a Dios grande gloria y no poca honra a la Iglesia, nuestra Santa Madre.

Consultado con prudentes directores el delicado y arduo negocio de su vocación al estado eclesiástico, ya no vaciló un momento en prepararse para recibir los sagrados órdenes. Al efecto pasó a Burgos, donde cursó la Sagrada Teología con mucho aprovechamiento, especialmente respecto de la Moral. Al mismo tiempo que se disponía con la ciencia, se daba a la práctica de todas las virtudes, cuyo fundamento era la devoción más ardiente y la frecuencia de los Santos Sacramentos, a los cuales se acercaba por lo menos una vez cada ocho días. Así pertrechado con las armas de la ciencia y de la santidad, y estimulado por sus guías espiri­tuales, consintió por fin en recibir la imposición de las ma­nos, tomando el Presbiterado en la ciudad de Palencia, por hallarse a la sazón vacante la Sede arzobispal de Burgos. El día 6 de Marzo del año 1847 cantó el nuevo Presbítero su primera Misa en el Colegio de Saldaña de Burgos, diri­gido ya entonces por, las Hijas de San Vicente de Paúl, como si el novel Sacerdote quisiera con este acto dar un testimonio público y especial de la admiración que le pro­ducían las virtudes apostólicas del héroe de la caridad, que más tarde había de contarle en el número de sus hijos.

Desde este día comenzó el fervoroso Ministro de Jesu­cristo a mostrar lo que había de ser hasta su último aliento. En efecto: su gravedad y compostura en el templo llama­ban la atención de todos, y bien pronto se distinguió por la exactitud con que guardaba hasta las más pequeñas rú­bricas que la Iglesia tiene prescritas para los divinos Ofi­cios y para la administración de los Santos Sacramentos. Dotado de una excelente voz, y conociendo muy a fondo el canto eclesiástico, sabía dar tal expresión y harmonía a las notas de los sagrados libros litúrgicos, que más de una vez arrancó tiernas lágrimas de los asistentes, en cuyos co­razones parecían como desleirse los sentimientos que inspiran las verdades de nuestra Santa Religión, cuando por los oídos entran con la unción de sagrada melodía. Siempre se notó en el siervo de Dios un especial interés en que el canto de los divinos Oficios se ejecutase con la pausa, gravedad y devoción que exigen la Majestad del Señor y el decoro de su divino culto.

Era entonces Arzobispo de Burgos el Excelentísimo e Ilmo. Sr. D. Fr. Cirilo de Alameda y Brea. Este Prelado destinó a nuestro Faustino a cumplir en su propia Parro­quia de Lodoso los oficios de pastor espiritual, y éste no se dio momento de descanso a fin de alimentar las almas con el celestial nutrimento de los Santos Sacramentos. Después que en España fueron suprimidas por la revolución las Co­munidades religiosas, se dejó sentir de una manera fatal cierta indiferencia por parte de casi todos los fieles hacia la frecuencia de los Sacramentos de la Penitencia y de la Comunión; esto se notaba más sensiblemente entre las gentes del campo, las cuales creían cumplir con toda per­fección los deberes cristianos acercándose una vez al año, esto es, por Pascuas, a la Sagrada Mesa.

Observabase esta especie de frialdad espiritual, no sola­mente en el pueblo de Lodoso, sino también en todos los otros de alrededor. Mas apenas comenzó nuestro futuro Misionero a ejercitar el santo ministerio, cuando ya fue co­nociéndose una tan nueva como benéfica reacción acerca de esta importantísima materia. Los fieles, pisoteando hu­manos respetos, fueron conociendo por experiencia los fru­tos espirituales que la Sagrada Comunión produce cuando se la frecuenta con buenas y santas disposiciones. Pronto se desarrolló de una manera ostensible la verdadera devo­ción, y la práctica de las virtudes cristianas, hacía mucho tiempo casi desconocidas, tomó un incremento admirable. La asistencia a los actos religiosos, así en los días festivos como en los de trabajo, era más asidua y general, y bien puede asegurarse que la faz religiosa de aquella comarca se mudó en poco tiempo, no sin agradable sorpresa del Clero y del pueblo fiel. Es que el celoso Sacerdote se sen­taba por largas horas en el confesonario de su propia Pa­rroquia y de otras muchas, adonde, con aprobación de sus compañeros del Clero, iba a buscar y a llevar las almas a Jesucristo; es que en sus exhortaciones, acompañadas del ejemplo y animadas por el divino soplo de la caridad, nada recomendaba tanto a los fieles como el purificar a menudo sus almas en la piscina de la Penitencia, para luego robus­tecerlas en la Santa Eucaristía; es que, incansable, se pres­taba a ejercer tan arduo y tan santo ministerio a todas ho­ras y para con toda clase de personas; y esta prontitud y espontaneidad atraíanle a sus pies innumerables almas de­seosas de reconciliarse con su Dios y de hacerse dignas de recibirle.

Este cambio tan benéfico produjo en todo el pintoresco valle del Río-Urbel efectos hermosos y admirables, entre los cuales no es el menor las muchas vocaciones que salie­ron para el estado religioso. ¿Quién podrá enumerar las vír­genes del Señor que, para unirse a su divino Esposo con la­zos indisolubles de amor casto, fueron por él dirigidas, ya a los conventos de las Hijas de Santa Teresa o a otros monacales, ya a la Congregación de las Hijas de Caridad?

Aun hoy día existen muchas que están siendo vivos decha­dos de sus respectivas Comunidades, y que recuerdan con ternura y agradecimiento la prudente dirección con que fue­ron encaminadas a los Asilos de la santidad por tan diestro y celoso maestro.

Deseando éste multiplicar también con los auxilios divi­nos las vocaciones al estado eclesiástico, determinó desde su establecimiento en Lodoso consagrar a la enseñanza del Latín el tiempo que las funciones parroquiales le dejaban li­bre. Al efecto abrió sus aulas a todos los jóvenes en quienes observaba buenas disposiciones intelectuales y morales, y a los cuales, juntamente con la enseñanza y exposición de los clásicos, inculcaba las máximas del Evangelio, educándolos igualmente en la piedad que en las letras, cosas ambas in­dispensables para llevar con honor la dignidad sacerdotal. Muchos fueron los jóvenes que desde la escuela del fervo­roso Sacerdote pasaron al Seminario a fin de continuar sus estudios de Filosofía y Teología, y algunos de éstos salie­ron tan aventajados en la traducción e inteligencia de los clásicos, que llamaban la atención, o, mejor, se distinguían entre aquella numerosa juventud que por entonces acudía, como en tropel, a dicho Seminario diocesano. Hoy mismo se hallan al frente de distintas parroquias no pocos de los que aún se honran de haber aprendido la gramática latina de tan celoso maestro; otros le siguieron a la Congregación de la Misión, en la cual, santificándose a sí mismos, han san­tificado y santifican todavía, porque algunos viven aún, a innumerables almas con el ejercicio de sus santos ministe­rios.

Tales eran las santas e importantes ocupaciones en que nuestro inolvidable compañero pasó los siete años de su vi­da sacerdotal en el servicio de la parroquia, esto es, desde que se ordenó, 1849, hasta Septiembre de 1854, fecha de su admisión y entrada en la Congregación fundada por San Vicente de Paúl.

II: Su Vocación a la Congregación de la Misión.—Su noviciado y primeras ocupaciones.—Bienes que consigue con las Misiones.—Cosas que dan gran importancia y notabilidad a dichas Misiones.

Hacía ya mucho tiempo que Faustino anhelaba retirarse del mundo para servir a Dios con más libertad y para pro­curar la salvación del prójimo con mayor eficacia.

La Congregación de la Misión, suprimida en 1835, como las demás Comunidades religiosas de España, por la revo­lución impía, que después implantó el liberalismo en la pa­tria de San Fernando, permaneció en ese deplorable estado por espacio de diez y siete años. Sus individuos se halla­ban dispersos y repartidos en las provincias de los Estados Unidos, de Méjico, de Francia y de Italia, con excepción de algunos que permanecieron en España para atender a la dirección de las Hijas de la Caridad. Mas en el Concor­dato celebrado entre la Santidad de Pío IX y el Gobierno español (1851) se estipulaba que fuese una de las Corpora­ciones religiosas que habían de restablecerse, y este resta­blecimiento tuvo lugar, no sin muchas dificultades, interio­res y exteriores, en el año de 1852. El Sr. Armengol fue trasladado, al efecto, desde la Provincia de Méjico, a cuyo frente se hallaba entonces, a España, con el oficio de Visi­tador, a fin de que reuniese algunos de aquellos miembros dispersos que formaran como el núcleo de tan deseada res­tauración. Así se verificó en el mencionado año de 1852.

Sentíase Faustino desde el principio de su Sacerdocio fuertemente inclinado a abandonar el mundo, y vió en la Co­munidad nuevamente restaurada el punto adonde le desti­naba la Providencia. Por otra parte, sus virtudes morales, entre las cuales descollaba la sencillez evangélica, le dispo­nían de una manera especial para el instituto de la Misión, cuyo principal carácter es el de esa virtud cristiana.

Consultado, pues, tan grave asunto con su habitual Di­rector, que era uno de los Padres Carmelitas del Convento de Burgos, pidió su admisión al Sr. Armengol, el cual se la otorgó generosamente; y vencidas varias dificultades y la repugnancia con que el Excmo. Sr. Arzobispo le concedía su pastoral bendición, a causa del vacío que dejaba su fiel Sacerdote, ya no pensó más que en realizar sus más ínti­mos deseos de ofrecerse al Señor, para glorificarle en el ejercicio de los ministerios propios de un Misionero.

El día 27 de Septiembre de 1854, en que la Congrega­ción de la Misión celebra el glorioso tránsito de su Santo Fundador, fue también uno de los más felices para el señor Díez, puesto que vio en él cumplida su más cordial aspi­ración y satisfechos los deseos que hacía tiempo le aguijo­neaban. Tuvo, en efecto, la dicha de entrar en la Comuni­dad de Madrid, que se había instalado dos años antes en la calle del Duque de Osuna, número 5, de donde por la re­volución Septembrina fue otra vez expulsada en 1868. Prac­ticados los ejercicios espirituales que los aspirantes suelen hacer, recibió el día 4 de Octubre la humilde sotana de Hijo de San Vicente, con la cual se creyó más feliz que con todas las púrpuras y diademas del mundo. Desde este día, bien puede asegurarse, comenzó nuestro novel Misionero a ejercitar de lleno todas las funciones de la Congregación. En efecto; ora con la dirección de los ejercicios a Sacerdotes y Ordenandos, ora regentando el confesonario, ya predicando y confesando a los enfermos en el Hospital general o a las familias de los Asilados confiados a nuestras Hermanas, ya asistiendo a los coléricos y a otros desvalidos que le llamaban, es lo cierto que el reciente novicio se multiplicaba y todo le parecía poco en comparación del ardiente celo que dulcemente estimulaba su corazón sin dejarle un mo­mento de descanso. Desde este punto de vista, bien se puede afirmar que el Sr. Díez fue desde el primer día un Misio­nero consumado; pues aunque se daba a todas las prácticas del noviciado, más, parte por la falta de personal, parte por su mucha virtud y arraigada vocación y por la aptitud manifiesta paró el cumplimiento de nuestros minis­terios, se aplicaba a éstos y los desempeñaba cual si fuese ya un veterano avezado a todas las tareas apostólicas. Si algún defecto se le notaba en este punto, era el demasiado ardor con que trabajaba, aunque siempre aplicado por la obediencia y nunca sin el previo consentimiento de sus superiores.

El buen resultado espiritual que sus santas ocupaciones producían hicieron pronto conocer a aquéllos que el señor Díez estaba destinado por Dios para evangelizar a los po­bres del campo por medio de las Misiones dirigidas y he­chas según el método de San Vicente. Así es que pronto le aplicaron a este ministerio predilecto de la Congregación, en cuyo desempeño empleó, casi sin interrupción alguna, su larga carrera de Misiones, que duró treinta y cinco años.

El vasto campo de sus tareas apostólicas han sido prin­cipalmente las Diócesis de Toledo, de Badajoz, las cuatro de Galicia, especialmente la de Orense, y la de Sigüenza. Aunque no todas las Misiones por él dirigidas fueron igual­es en su duración, como tampoco eran las parroquias en donde misionaba del mismo número de habitantes, hizo, sin embargo, muchas en las cuales pasó tres semanas, y aun el mes entero, predicando en todas ellas una vez cada día por lo menos, y muchísimos días dos y tres veces. No se contentaba el fervoroso e incansable Misionero con per­suadir a sus oyentes, que generalmente eran todos los de la feligresía, y con mucha frecuencia también los de otras cercanas, a que comulgasen y confesasen por lo menos una vez, sino que además, como medio para conservar el fruto de la Misión y la frecuencia de los Santos Sacramentos, de­jaba instaladas santas Asociaciones, sobre todo las d s a las que profesaba singular devoción, a saber, las Hijas de María y los Josefinos o socios de San José. Esto le obligaba, como fácilmente se deja comprender, a dar instruc­ciones especiales a los socios, ya para ilustrarles en orden a sus piadosos compromisos, ya para recomendarles la santa perseverancia y la fidelidad en acercarse a la Confesión y Comunión todos los meses, y especialmente en las festivi­dades de la Santísima Virgen y de San José.

Pocas han sido las parroquias misionadas en las cuales tan digno hijo de San Vicente no haya fundado o estable­cido alguna de dichas Asociaciones o ambas: de modo que han de contarse por muchos miles las personas santamente comprometidas por la persuasiva del Sr. Díez a honrar a la Madre de Dios y a su Santo Esposo con la pureza del cora­zón y con una devoción sincera y duradera. ¡Cuánto tienen que agradecerle, después de Dios, por este bien espiritual y permanente, los Sres. Curas y los pueblos que han par­ticipado y participan del inmenso fruto producido con el establecimiento de tales Congregaciones!

Pero no son estos solamente los bienes celestiales que el Señor derramaba en los pueblos por medio de su celoso ministro; pues, como arriba se ha indicado, habíale Dios concedido una gracia particular para ejecutar y enseñar los cánticos religiosos, y explotando este don tan relevante, entusiasmaba por medio de él a los fieles, a quienes comu­nicaba su fervor y sus acentos de tal manera, que sus cán­ticos y letrinas se han hecho populares, y muchos años después de la Misión eran y son entonados con dulce re­cuerdo y con devoción particular, transmitiéndose en algu­nas parroquias de padres a hijos como depósito sagrado.

Respecto de esta materia, hay que reconocer que el se­ñor Díez había recibido una muy singular gracia del Señor, a la cual él correspondía, no sin mucho sacrificio de pacien­cia y de constancia, y aun a costa de su propia voz, la cual en sus últimos años perdió mucho, a causa del continuo y violento ejercicio con que la gastaba en las predicaciones y cánticos.

Otra devoción esencialmente cristiana y la más propia para encender a las almas en el amor de Jesucristo, que el incansable Misionero dejaba como encarnada en las parro­quias beneficiadas por sus Misiones, era la del Vía Crucis. En efecto, instruidos los fieles acerca de su utilidad y de los óptimos frutos espirituales que produce en los que pia­dosamente la practican, y acompañándoles en su ejercicio todos los días que duraba la Santa Misión, quedaba de tal modo establecida dicha práctica, que se hizo como nece­saria, siendo desde entonces frecuentada todos los domin­gos v días festivos del año. Y como en algunas parroquias se haya repetido la Santa Misión, ha sido necesario que los Misioneros no omitiesen devoción tan tierna, a fin de no escandalizar a los fieles, que alguna vez echaban de menos esa acción piadosa.

No fue menor el celo del fervoroso Misionero por dejar instalada la Santa Cruz como recuerdo indeleble de la vi­sita misericordiosa que Dios hacía a la feligresía. Puede asegurarse sin temeridad que no hay parroquia alguna de la Diócesis de Sigüenza donde no se halle elevado este signo de eterna salud junto a la misma Iglesia parroquial, a fin de que al salir de ella le saludaran reverentemente y para que, rezando alguna plegaria, como el Pater noster o el Credo, con el objeto de ganar las indulgencias concedi­das, se acordaran de los santos propósitos formados en la Misión, de la cual era un recuerdo la Santa Cruz. El que estas mal pergeñadas líneas borrajea ha sido más de una vez testigo de la devoción con que los fieles oraban ante la Cruz de la Misión, después de muchos años que ésta ha­bía tenido lugar.

Para que estas devociones se practicasen con más faci­lidad y unción cristiana, solía el celoso Ministro del Señor repartir libritos piadosos, que contenían versos a ellas alu­sivos, con lo cual, y con los cánticos que de viva voz en­señaba, interesaba más y más la piedad de los sencillos fieles, que con grande entusiasmo se entregaban a su ejer­cicio.

Sucedía algunas veces que los pueblos se mostraban in­diferentes al beneficio de la Misión, y en tales casos procuraba interesarles con el recuerdo de sus parientes difuntos, para sufragio de los cuales promovía, de acuerdo con los Sres. Curas, Oficios y Misas solemnes, visitas en procesión a los cementerios, etc., etc. Excitados así los ánimos y con­movidos los corazones, acudían a los ejercicios de la Misión hasta los mismos que a ésta se habían manifestado hostiles.

No era este santo ardid el único que empleaba Faustino para atraer las almas a la Misión: también usaba el de las procesiones a los Santuarios, cuya devoción estaba arrai­gada en las feligresías, el de las rogativas públicas hechas con ocasión de alguna calamidad presente o inminente, et­cétera, etc.; de modo que siempre se distinguió en tocar los resortes más propios para excitar en los fieles el deseo de aprovecharse de la divina palabra.

Las Misiones predicadas por tan ilustre obrero evangé­lico fueron notabilísimas por muchos conceptos. Primera­mente, por el entusiasmo que producían en los ánimos de los pueblos a quienes dirigía su palabra llena de fervor y de unción verdaderamente evangélica. Hubo Misiones, como en Galicia, adonde acudían en procesión muchas pa­rroquias presididas por sus respectivos Sres. Curas con la Cruz levantada, cual sucedió en las Misiones de Orense, Ginzo de Limia y de otros pueblos de Galicia y Extrema­dura. El concurso era tan grande en muchas de ellas, que llegaban a 40.000 los oyentes de todas clases y condicio­nes, los cuales, ávidos de la divina palabra, se imponían todo linaje de privaciones, a trueque de poder oír al celoso Misionero, cuyos elocuentes acentos, así aterraban a los más obstinados pecadores reduciéndolos a sentimientos de penitencia, como fortalecían a los justos animándolos a la perseverancia y a la práctica de buenas obras.

Y es preciso tener en cuenta que aquellas Misiones tan concurridas y fervorosas duraban tres semanas, y a veces cuatro, sin que los fieles se cansaran de la palabra divina; porque Faustino sabía de tal manera presentarles ese divino alimento, que de cada predicación salía más hambriento el auditorio.

En segundo lugar, distinguíanse también sus Misiones por el número de confesiones generales y de comuniones. Pare­cerá exagerado aun a muchos cuya vida se halla consagrada a las tareas apostólicas en nuestra amada patria, mas no por eso es menos verdadero. El preclaro hijo de San Vicente, penetrado del espíritu evangélico de su Santo Padre, ape­nas concebía aprovechamiento espiritual de una Misión en la cual todos los oyentes no hacían confesión general, o de to­da la vida, o desde la última bien hecha en alguna otra Mi­sión o en ejercicios espirituales. Así es que desde el primer día de la Misión invitaba a su auditorio a que cada uno se dispusiera para una buena confesión general seguida de una o muchas comuniones practicadas con pureza de conciencia durante la Misión. Y tales efectos surtían sus sermones y exhortaciones, que el número de comuniones se elevaba a muchos miles. Dígalo si no la Misión de Deza, Diócesis de Sigüenza, en la cual llegaron al número de diez y seis mil, según relación del Boletín Eclesiástico; hable la de Ginzo, Diócesis de Orense, en que comulgaron 40.000 personas, y así en proporción la de la misma ciudad y las de otros cien pueblos de Galicia, Extremadura y Sigüenza.

Distínguense, en tercer lugar, sus Misiones por las admi­rables conversiones producidas en ellas. ¿Quién podría con­tar el número de aquellos que, olvidados de su profesión de cristianos, habían pasado los diez, los veinte, los treinta y más años sin acercarse a los Santos Sacramentos, y aun sin pisar los umbrales del templo, pero que, heridos después por la gracia mediante las predicaciones del siervo de Dios, no solamente lloraron sus antiguas prevaricaciones y escándalos, sino que llevaron después una vida edificante corona­da con una muerte cristiana?

Había en una ciudad de Extremadura un caballero tan olvidado de sus deberes religiosos y de la salvación de su alma, que hacía alarde público de despreocupación y de no querer entrar para nada en el templo del Señor. Tenía un hijo que era como el reverso de la medalla, pues no sola­mente cumplía con las obligaciones comunes a todo cris­tiano, sino que además se distinguía por su mucha piedad y por la devota frecuencia de los Santos Sacramentos. Era para éste un tormento y agonía continuos la conducta de su padre; rogábale con frecuencia que mirase por su alma y por el buen nombre de la familia. Hallábase el padre an­ciano y medio imposibilitado, y se le hacía presente la pro­ximidad de la muerte y la espantosa cuenta que al Señor había de dar por el abuso de sus gracias. Pero todo era inútil, como también lo fueron las amonestaciones de otros amigos y de varios Sacerdotes de quienes se valió el hijo para procurar la conversión de su padre. Ocurrió por en­tonces que el Sr. Díez misionaba cerca de aquella pobla­ción con el fervor y fruto acostumbrados. Fue el buen hijo a verse con el celoso Misionero, y le suplicó hiciese alguna diligencia para conseguir la conversión de su pobre padre. Faustino, cuyo corazón ardía siempre en amor de Dios y de las almas, no necesitó de muchas instancias para acce­der a los santos deseos de aquel hijo atribulado, y termi­nada la Misión que tenía entre manos, fuese a la ciudad y casa en donde se hallaba el hombre rebelde a la gracia, prevenido contra cuanto podía persuadirle el cambio de sentimientos. Este, que conocía de oídas al varón apostó­lico, no osó resistirle; antes bien se rindió y prometió ha­cer confesión general, después de algunos días de prepara­ción, pues en aquellos momentos no se hallaba dispuesto, según decía. Pero como el operario evangélico había de irse pronto para dar principio a otra Misión, oyole su confesión su aquel mismo día, se acercó a la Sagrada Mesa después de bien purificada su conciencia, y fue tan radical el cambio operado por la gracia en aquel corazón antes diamantino, que pareció después un modelo de piedad, y así perseveró hasta terminar su carrera mortal. ¡Cuántos y cuántos pecadores obstinados y endurecidos, como el citado, se rindieron al Señor por medio de las exhortacio­nes eficacísimas de Faustino! También fueron notables las Misiones de este fiel Ministro de Jesucristo por razón de su número. En efecto; puede afirmarse como cierto que, en los treinta y cinco años de su vida en la Congregación de San Vicente, apenas pasaría un mes sin hacer alguna expe­dición evangélica, cumpliendo en el hijo lo que dice de su bienaventurado Padre la Iglesia, a saber: que empleó incan­sable su preciosa vida en evangelizar a los pobres, hasta una edad avanzada.

Hallábase tan devorado del celo de las almas, especial­mente de los pecadores, que aprovechaba todas las oca­siones, aun las más insignificantes, para dirigir a los fieles la divina palabra, así en tiempo de Misión como fuera de él, y, a imitación del Salvador del mundo, no se desdeñaba de repartir el pan de la predicación a un auditorio poco numeroso, que a veces se componía de algunas pocas mu­jeres.

Según cálculo muy fundado, dirigió cerca de seiscientas Misiones o ejercicios espirituales hechos a modo de Misio­nes. El celoso predicador no se contentaba con anunciar la divina palabra una o dos veces cada día, sino que con mu­cha frecuencia lo hacía tres, cuatro y aun más. Y. como, según queda apuntado, vivió treinta y cinco años casi ex­clusivamente consagrado a tan santas y divinas ocupacio­nes, resulta que puede afirmarse sin temeridad haber pre­dicado a lo menos una vez por día. Ahora bien: habiendo prometido el Divino Maestro el Cielo a cuantos por amor suyo dieran siquiera un vaso de agua fría a sus hermanos, ¿cuál será la recompensa con que habrá premiado a su fiel discípulo, a quien escogió Él mismo como vaso de elección para derramar torrentes de gracias y de bendiciones espi­rituales por medio de tantas predicaciones evangélicas? ¡Ah! El conocimiento de esto queda reservado a aquel mismo Señor, que comprendiendo el valor de las almas y el precio de su Sangre inmaculada, derramada para bañar­las con ella en la piscina de la santa Penitencia y para ali­mentarlas en los demás Sacramentos, computa exactísima­mente la relación íntima que Él se ha dignado establecer entre la predicación evangélica y la salvación de aquéllas, por la aplicación de sus méritos infinitos. A nosotros sólo nos toca admirar y envidiar santamente al infatigable Mi­sionero, cuya rica cosecha de gloria habrá sido, sin duda, proporcionada a la abundancia extraordinaria de semilla evangélica depositada por él en los corazones de los fieles.

Claro está que actividad tanta no podía proceder sino de una vida espiritual llena de energía y sostenida por abundantes efusiones del Espíritu del Señor. En efecto: habiendo dicho la eterna Verdad que por los frutos ha de conocerse el árbol, ¿qué tal sería el Sr. Díez en el orden espiritual, cuando producía frutos tan divinos de conver­siones de pecadores, y de perseverancia y aumento en la virtud de tantos justos? Dice el mismo Divino Verbo En­carnado que quien creyere en Él hará las mismas obras su­yas, y aun mayores; por consiguiente, viendo los trabajos y fatigas apostólicas sufridas por su siervo en el ministerio de evangelizar a los pobres, tan acepto a sus divinos ojos que constituyó su principal ocupación en los tres años de su vida pública, y del cual se sirvió como del argumento más poderoso para probar su divina misión, ¿no será justo afirmar que Faustino, por su espíritu y por sus grandes vir­tudes, fue imagen vivísima de aquel Soberano doctor de almas? Sí, sí; las virtudes altísimas que resplandecieron en el fervoroso Misionero hicieron de él un vivo retrato del  del Cielo, apartándoselo de las fugaces y miserables de la tierra. Ella, con energía poderosísima, lo esforzaba para su­frir todos los trabajos, fatigas y humillaciones, a trueque de hacerse digno de la eterna remuneración. ¿Qué era, en efecto, lo que le hacía estar en movimiento continuo, ocupándose en la salvación de las almas, sino la consideración del valor de éstas y los premios inefables que el Supremo Remumerador promete a sus celosos Ministros? Por el Cielo, Faustino se complacía en ser reputado como un predicador vulgar, a quien sólo podían escuchar gentes sencillas y de poca edu­cación. Por el Cielo, durante el período revolucionario, continuó haciendo sus excursiones apostólicas con el fervor de un Pablo, a pesar de los furores impíos de los revolucio­narios, que varias veces le amenazaron con la muerte y le llevaron ante los poderes de la tierra para tratar de impe­dirle sus santas Misiones. Por el Cielo, en fin, se impuso privaciones sin cuento y pasó peligros inminentes, ya va­deando ríos con próxima exposición de la vida y andando por caminos estrechísimos y abiertos sobre abismos pro­fundos, ora por medio de nieves y hielos, ora con calores extremados del estío. a imitación del conductor del pueblo de Dios, en todos sus trabajos sufridos por conducir almas al Cielo tenía presente la grande recompensa que le espe­raba: aspiciebat in reniunerationens.

Su Caridad. ¿Y qué diré de su caridad o amor de Dios y del prójimo? Bien puede asegurarse que su corazón ardía en vivísimas llamas de dilección: como al Apóstol San Pa­blo, heríale esta reina de todas las virtudes con sus encen­didos rayos y le estimulaba continuamente a encender en la misma llama los corazones de los demás. Como esa virtud divina más se paga de las obras que de los afectos, y siem­pre será cierto que probatio dilectionis exhibitio est operis, podremos barruntar algo del fuego divino que ardía en el corazón de Faustino por el continuo sacrificio que de sí hacía para honra de Dios y para la salud de sus hermanos.

Nuestro celoso Misionero tenía siempre presente aquel pasee (mes meas, que el Salvador exigió de su primer Vicario, prueba inequívoca de que le amaba.

Ante cualquiera ocasión que se le proporcionara de ejer­cer el ministerio de la predicación o del confesonario, se olvidaba el fervoroso hijo de San Vicente de su salud y hasta de su propia vida, que mil veces expuso a todo linaje de peligros, por seguir las inspiraciones de la caridad. El pasar las noches sin dar a su cuerpo el descanso necesario, ponerse en camino con tiempos desapacibles y tempestuo­sos, tener por alojamiento habitaciones mal defendidas de la intemperie y desnudas hasta de los más ordinarios mue­bles, sufrir mil contradicciones y desprecios, todas estas cosas las tenía el siervo de Dios por pequeñeces en materia de trabajos y privaciones, y aun le placían, con tal de repar­tir el pan de la divina palabra o ayudar de cualquiera manera que fuese a las almas a salir del pecado y hacerlas adelantar en el amor del Señor.

La impía revolución del 68 le sorprendió santamente ocupado en las Misiones en la provincia de Badajoz. Como era a la sazón el apóstol de aquel Obispado, y en tal con­cepto le tenían los buenos católicos, no podían perdonarle esto los revolucionarios; así es que pronto pidieron su cabe­za y porrumpieron en mueras al P. Díez al mismo compás con que aclamaban libertad y fraternidad y demás palabras huecas de la llamada gloriosa. Nada, empero, fuera suficiente para hacer suspender sus predicaciones al fiel Misionero del Señor, si no recibiera orden del Sr. Obispo y de su Su­perior de que se retirase, a fin de evitar un desmán de parte de sus enemigos. Mas como su celo no le permitía punto de reposo, con anuencia de los mismos Superiores pasó a Portugal, y autorizado por el Prelado de Helvas establecióse en una Parroquia desprovista de Cura hacía mucho tiem­po. Allí constituído, no pensó más que en cumplir, como buen Sacerdote, con los oficios del padre más solícito. Era asiduo en el confesonario, predicábales casi todos los días, componía sus discordias, y de tal modo se captó el respeto y cariño de sus sencillas ovejas en los cinco meses que re­gentó la Parroquia, que, cuando por orden de los Superio­res hubo de dejar aquel cargo para trasladarse a Galicia, todos sus feligreses derramaron copiosas lágrimas por la pérdida de un Pastor que tan tiernamente los amaba y con tanta solicitud había cuidado de sus almas. Este rasgo, entre otros muchos de su vida tan preciosa, probará una vez más el grande amor de Dios y del prójimo en que el cora­zón de su siervo ardía.

Siendo en él tan heroicas las virtudes teologales, no po­dían menos de hermosear su bellísimo corazón las mora­les, que como preciosos vástagos germinan de aquéllas. Mas como la brevedad de estos apuntes no permite que me extienda discurriendo sobre cada una de ellas, me conten­taré con decir algo acerca de algunas que más en él desco­llaron, como fueron la obediencia, la humildad, la santa indiferencia y la compasión para con los pobres.

I.° Su obediencia fue siempre constante y sencilla, como pudiera ser la de un niño, pues tal se hacía Faustino por amor de Dios. Aunque su caridad ardiente para con Dios le impulsaba con intenso ardor a las funciones del celo, y especialmente a las Misiones y a los ejercicios espirituales, nunca, empero, acometió empresa alguna espiritual de ese género tan divino sin que fuese aplicado por la obediencia, o al menos sin la bendición y aprobación de los Superiores; de modo que bastaba cualquiera insinuación de éstos para dejarlo todo y ocuparse en otras cosas que se le mandaban.

Diez años vivió bajo la conducta de un Superior a quien él conoció de jovencito, y aun se puede decir que le enseñó a persignarse, y, sin embargo, mirando siempre a Dios Nues­tro Señor en la persona de sus Superiores, se dejaba go­bernar de él, como si fuera un niño, hasta el extremo de que, no ya sus mandatos, sino sus ruegos, sus deseos indicados, bastaban para que el siervo de Dios ejecutase con la mayor prontitud y perfección cuanto creía ser conforme a la santa obediencia. Nada hallaba difícil o costoso cuando se trataba de obedecer; así como le parecía imposible hacer cosa grande o pequeña sin la bendición de la obediencia.

Recetandole una vez los médicos cierta medicina cuya aplicación parecía al fervoroso hijo de San Vicente algún tanto opuesta a la santa honestidad, por lo cual decía que estaba dispuesto a morir antes que recobrar la salud con aquel peligro, bastó, sin embargo, para permitir que la apli­casen, una insinuación del Superior, pues veía en ella la vo­luntad del Señor bien expresada. En esta obediencia evan­gélica y completamente rendida vivió Faustino hasta el último momento de su preciosa existencia.

2.° ¿Y qué diré de su humildad, virtud tan recomendada, y lo que es más, tan practicada por Nuestro Divino Salvador? ¡Ah ! El siervo de Dios no solamente se creía un gran pe­cador y él último de los discípulos del Evangelio, sino que frecuentemente eructaba su corazón expresiones que mani­festaban el bajo concepto en que se tenía a sí mismo. Habíale el Señor dotado de una memoria vasta y tenaz; había leído muchos libros de teología y de ascética, cuya doc­trina tenía como encarnada en su entendimiento, y que con facilidad suma manejaba en sus discursos y predicaciones; y, esto no obstante, con mucha frecuencia solía decir que él era un hombre sin letras; que no había hecho sus estu­dios con fundamento, etc., etc.; proposiciones que salían de sus labios con toda espontaneidad, y que a primera vista comprendía cualquiera que procedían del más ín­timo convencimiento.

Pero donde mejor se dejaba conocer la humildad de nuestro Misionero, era en las humillaciones frecuentes que practicaba, así en público como en particular. ¡Cuántas ve­ces se ponía de rodillas y besaba los pies de sus hermanos, a quienes temía haber ofendido con alguna palabra en tiempo de recreación! Eso mismo cumplía desde el púlpito con harta frecuencia, pidiendo perdón a su auditorio, por temor de haberle ofendido o escandalizado con alguna as­pereza en la predicación o en el confesonario. — «Es—de­cía—la humildad un arma tan fuerte, que hace irresistible al que la posee; todo lo reúne esa bendita e incomparable virtud.»

3.° Ni era menor su santa indiferencia, que en sentir de San Francisco de Sales es la virtud de virtudes y el estado más perfecto en que puede hallarse el cristiano. Grandes y poderosos motivos humanos había en el celoso ministro del Evangelio para tener apego a lugares y personas; pues como su actividad apostólica y la unción de sus predica­ciones le adquirieron gran número de personas devotas y de admiradores, en todas partes recibía pruebas inequívo­cas de afecto sincero y de ilimitada confianza. Mas como él ninguna otra cosa pretendía en el ejercicio de sus minis­terios sino la gloria de Dios y el bien espiritual de las al­mas, tan dispuesto se hallaba a continuar trabajando en un país donde su nombre y hechos eran conocidos, como tra­bajar en otros para él desconocidos.

Ocho años estuvo evangelizando en la Diócesis de Bada­joz, habiendo recorrido, por lo menos una vez, todas sus parroquias. a pesar de eso, cuando la revolución le expul­só, no manifestó repugnancia alguna en salir.

Con la misma libertad de espíritu dejó a Galicia en el año de 1878, después de permanecer allí nueve años fecun­dando aquel país clásico de fe con la lluvia benéfica de la divina palabra.

Y esta santa indiferencia y desprendimiento espiritual que a Faustino distinguían respecto de lugares y países, po­seía también en todo lo que se refiere a personas y ocupa­ciones. En efecto: aunque tenía en la Congregación de la Misión muchos compañeros que entrañablemente le que­rían, nunca mostró la menor inclinación o deseo de que le fueran agregados para ejercer las funciones de Misionero. Libre su corazón de todo afecto humano, con la misma tranquilidad y amor vivía entre hermanos suyos a quienes nunca había conocido, que dejaba a otros que con él ha­bían corrido los mismos peligros y de cuya edificante coo­peración había participado largos arios.

Asimismo con igual fervor emprendía una Misión que unos ejercicios a Sacerdotes o a ordenandos, y así dirigía la palabra de Dios a los detenidos en los presidios o en las cárceles como a señores y señoras de las Conferencias, o a Religiosas, o a las Hijas de la Caridad. Imitador del Após­tol San Pablo, juzgábase deudor a todos, y pagaba a todos igual, según conocía ser voluntad de Dios expresada por sus Superiores o por las circunstancias de los lugares y tiempos en que versaba. En una palabra: a imitación de los Ángeles de Dios, allá volaba donde conocía que podía pro­mover de algún modo su gloria y la salvación de las al­mas. A ese punto de perfección había llevado Faustino la santa virtud de la indiferencia, que con grandísimo interés y repetidas veces recomienda San Vicente a todos sus hijos.

4.° También se distinguía mucho este siervo fiel de Jesu­cristo por su compasión hacia los pobres. Hijo del Padre de los pobres, del Apóstol de la Caridad, y lleno como es­taba de su espíritu, no podía faltarle en alto grado la virtud de la misericordia. ¡Cuántas veces derramaba copiosas lá­grimas al considerar el mísero estado de los pecadores, a quienes él solía llamar pobrecitos! ¡Cuántas otras se privó del sueño de noche y aun de la comida por seguir en el confesonario, a causa de la mucha compasión que le pro­ducían en las Misiones las pobres gentes que, habiendo ve­nido de muy lejos a purificar sus almas, no podían conse­guirlo por la mucha concurrencia!

Ni tenía menos compasión de los pobres enfermos. Ape­nas llegaba a una ciudad o población donde hubiese hospital, cuando ya se creía obligado a visitarlos, animándolos siempre en sus penas y dolores, y muchas veces dando tam­bién su pequeño óbolo, según su estado de pobreza le per­mitía.

Pues contar las muchas recomendaciones con que pro­curaba mejorar la suerte de los desgraciados e indigentes, sería del todo imposible. Es que la misericordia fue siempre uno de los asuntos más predilectos de sus predicaciones y de sus afectos y sentimientos.

Tal es, a grandes rasgos pintada, la amable y edificante figura de Faustino, cuya preciosa vida está llena de innu­merables acciones, cada una de las cuales bastaría para con­ciliar el más profundo respeto y cristiana admiración a un ministro de Jesucristo.

III: Sus últimos trabajos apostólicos. — Su enfermedad y su muerte.

Como la muerte es eco perfecto de la vida, y como, se­gún son los caminos por donde el hombre anda, tales han de ser los términos a do se vea conducido, el discípulo del Evangelio, cuyos caminos fueron tan rectos y cuya vida se halla matizada de tantas bellezas espirituales, hubo de ter­minar con una muerte preciosa a los ojos del Señor.

Contaba ya 68 años de edad este ejemplar Sacerdote; los muchos trabajos pasados en las Misiones y el ejercicio continuo de predicar y de cantar, habían minado ya su na­turaleza, aunque bien constituida y robusta. Hacía también algunos años que las piernas se le hinchaban, de lo cual re­sultaban dolores y úlceras, cuya curación era muy difícil. Todos estos achaques impidiéronle ya salir a sus amadas Misiones en el curso de 1888. Además, poco antes, esto es, en Junio del 87, pasó a mejor vida otro hermano suyo de Congregación, émulo de su actividad y de sus virtudes, y del cual hacía más de doce años que no se separaba de él en sus excursiones apostólicas. Este era el Sr. D. Faustino Marcos, antiguo discípulo suyo de latín y después compa­ñero suyo inseparable, cuya muerte sintió muchísimo el señor Díez y para la cual le preparó, sin dejarlo hasta que exhaló el último suspiro.

Pero esas enfermedades y aflicciones de espíritu, si bien le imposibilitaron para salir a Misión, no le fueron obstá­culo para que se dedicase al confesonario, a la predicación en la Iglesia de la Comunidad y a dar ejercicios espirituales a los Ordenandos y a las Monjas de la ciudad de Sigüenza y de la Diócesis. En tan santas ocupaciones pasó el año 1888, hasta el mes de Junio, en que fue atacado de un reuma articular, el cual puso en gran peligro su vida. No hay para qué decir que el varón de Dios llevó con suma pa­ciencia y tranquilidad de espíritu los agudos dolores pro­ducidos por enfermedad tan insidiosa, de la cual, aunque no perfectamente, algo se repuso después de larga conva­lecencia.

En Octubre del 88 dió los ejercicios espirituales a los se­minaristas del Colegio de la Purísima Concepción, los cua­les le miraban como a un padre, cuya santidad les edificaba y cuya doctrina santa y copiosa ilustraba sus entendimien­tos al par que fortificaba sus voluntades.

Á fines de Noviembre se los dió también a las Monjas de Santiago de Sigüenza, no sin muchísimo trabajo, pues aparte del mal tiempo que hacía, y de la distancia que dos veces al día tenía que recorrer para subir al Convento, se hallaba peor de sus piernas. Estando uno de aquellos días reunido, después de comer, con sus amados compañeros, habiendo recaído la conversación sobre la Muerte, díjoles que pronto moriría él. Como a la sazón ninguna señal apa­reciese en su semblante de grave enfermedad, respondióle alguno que era aprensión.—»Ya lo verá usted—replicó, ­yo me muero, y pronto.»

Muchas veces da el Señor a conocer a sus siervos, como con divino instinto, el próximo fin de su carrera mortal, y hay mucha y muy fundada presunción de que Faustino fue distinguido con este especial favor. Es lo cierto que en el medio año último de su vida, en todas sus cartas escritas a amigos íntimos y a personas piadosas les indicaba la pro­ximidad de su muerte y les rogaba se acordasen de él des­pués de su fallecimiento.

Aunque siempre tuvo el siervo de Dios una especie de horror a ser retratado, sin embargo, poco antes de morir no dejaba en paz al profesor de Física para que le hiciese fotografiar, a fin—decía él—de mandar un retrato a varias Comunidades religiosas, para que viéndole después de su muerte se acordasen de él y le encomendasen a Dios.

Con tales ideas y presentimientos andaba cuando, lle­gado el día 9 de Diciembre de 1888, salió del Seminario de la Purísima, de Sigüenza, en dirección a Cifuentes, con el objeto de dar ejercicios espirituales a las Religiosas Fran­ciscanas que allí tienen un Convento.

Hacía entonces un frío intensísimo, que le impresionó muy penosamente, tanto que, llegado a la población, temió no poder efectuar el objeto de su ida; mas al fin pudo, aun­que no sin grandes dolores, dar principio a sus tareas y concluidas felizmente.

Como era ardentísimo su celo, terminados los ejercicios de las Monjas, con anuencia del Sr. Cura párroco y para preparar a los fieles de Cifuentes, a quienes años antes mi­sionara con grandísimo fruto, a las Pascuas de. Navidad con la recepción de los Sacramentos, quiso predicarles un Triduo.

En estos tres días apenas salía de la iglesia, empleando todo el tiempo en la predicación y en el confesonario. Es­tos trabajos y el frío extraordinario que experimentó en ellos, y al volver a Sigüenza en la noche del 23 de Diciem­bre, fueron las causas próximas de su última y breve enfer­medad. En efecto: llegado a casa nuestro Misionero, apenas pudo acostarse, por los agudos dolores que en todas las articulaciones sentía.

Al principio creyeron los Facultativos que su indisposi­ción sería una mera reproducción del reuma articular pade­cido en el mes de Junio anterior; así es que no le daban grande importancia. Mas como los dolores no remitiesen, y, por otra parte, se notase en el paciente, durante las no­ches, muy fuerte recargo con grave aumento de fiebre, co­menzó a inspirar serios temores. Entretanto el paciente no se descuidaba; antes bien, persuadido de que su fin estaba cercano, trataba de prepararse con tranquilidad, no sólo poniéndose en manos del Señor con amorosa resignación, sino también por medio de la Santa Comunión, que recibió casi todos los días en su última enfermedad.

Como, efecto del recargo, quedase frecuentemente algo aletargado, el que estas líneas borrajea preguntábale: ¿Pero hasta cuándo piensa usted dormir? y respondía: «Hasta la resurrección de la carne», refiriéndose al sueño de la muerte, en cuyo pensamiento se hallaba absorto. Honrado con la visita del Excmo. Sr. Obispo, preguntándole éste, entre otras cosas, en qué se ocupaba estando en la cama: «Señor, — respondió él — en hacer actos de contrición y pedir a Dios perdón de mis pecados.»

En la tarde del día 3 de Enero recibió con ejemplar fervor el Santo Viático, después de la confesión general con que se preparó a tan importante y consolador acto: el día 5 se agravó de tal manera, que los médicos perdieron toda es­peranza de salvarle.

Cuando el Superior se despidió de él a las diez de la no­che, preguntóle, como tenía costumbre de hacerlo, si se le ofrecía algo o necesitaba de alguna cosa. «Sí—respondió él— de gracia, y por eso le suplico a usted que mañana muy prontito me dé usted la Santa Comunión para beber con abundancia de las fuentes del ‘Salvador.» En efecto, a las cuatro de la mañana del día 5 recibió por última vez la Sagrada Eucaristía con pleno conocimiento y lleno de fer­vorosos sentimientos. Después de dar gracias al Señor por tan inestimable beneficio, habiéndole anunciado el dicho Superior que era llegado el tiempo de recibir la Extrema­unción, se reconcilió otra vez para recibir con mayor pu­reza de conciencia este último Sacramento. Así, santamente pertrechado, oyó con la mayor devoción y con la resigna­ción y tranquilidad más extraordinarias las preces que la Santa Iglesia manda decir para los moribundos; y cual si estuviera su hermosa alma esperando la terminación de tan piadosas oraciones, apenas acabó el Sacerdote de pronun­ciarlas cuando, rotos los débiles lazos que a su cuerpo la unían, voló, según todas las señales, a la región de la in­mortalidad, por la que siempre había suspirado.–¡Así finó su mortal carrera el siervo bueno y fiel que siempre se mos­tró incansable en el servicio de su Señor! ¡Así pasó a mejor vida el que gastó la presente sacrificándola en aras del amor del Señor y en la santificación de sus hermanos! ¡Este fin tan envidiable tuvo el que no omitió medio alguno para merecerle y hacerse digno de una muerte preciosa! ¡Ah! Cuantos tuvimos la dicha de rodear su lecho en aquel trance supremo, al mismo tiempo que inconsolables llorábamos la pérdida irreparable de un santo, quedábamos dulcísima- mente embalsamados con el aroma celestial que exhalaban aún sus heroicas virtudes. —¡Qué felicidad es—decíamos­ ver morir a un siervo de Dios con todas las señales de pre­destinado! ¡Cuán verdadero es lo que San Bernardo dice de ‘los que, como Faustino, mueren en el Señor: Non obiit sed abiit; non decessit sed recessit. Los tales no mueren; sino que se van; no han fallecido, sino que han desaparecido; convino que estuviesen sujetos a la muerte, pero ningún daño pudo hacerles esta Parca inexorable. —Sí, sí, Faus­tino, el celoso hijo de San Vicente, el émulo de los varo­nes más apostólicos, el incansable sembrador del Evange­lio, el compasivo, el tierno padre de los pobrecitos pecadores, al dejar en este destierro las huellas más profundas e indelebles de humildad cristiana, ha sido elevado, según todas las conjeturas, a las alturas de la gloria, desde las cuales, con más solicitud y eficacia, intercede por todos cuantos fueron aquí el objeto predilecto de sus cariños y sus desvelos.

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