Estado del clero francés en los siglos XVI y XVII

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jesús María Muneta, C.M. · Año publicación original: 1974 · Fuente: Libro "Vicente de Paúl, animador del culto".
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A través de los hechos que nos ofrecen serios investigado­res de la historia de la Iglesia, biógrafos y el mismo Vicente de Paúl, se descubre el estado decadente de la sociedad clerical de aquella época. La baja calidad cultural y moral no era pecu­liar del clero francés, se sentía en toda la cristiandad. Los sig­nos de su renovación se manifestarán en Francia varias dece­nas de arios más tarde que en otras regiones, debido a las gue­rras de religión que asolaron el reino en los últimos años del siglo xvi y primera mitad del xvii. Parte de culpa tuvo la opo­sición mantenida contra las disposiciones del concilio de Tren­to por parte del Parlamento y la Asamblea del Clero.

La historia nos ofrece el dato crudo y seco; la biografía po­see el encanto de la luminosidad panegirística y, sin ensombre­cer la verdadera historia pierde el horizonte de lo general por el contorno de su héroe. De las cartas, conferencias y repeti­ciones de oración que el mismo Vicente dirigía al clero y a sus misioneros, aparece el dato vivido y sentido, el más real y auténtico.

1. Datos sacados de la Historia

«El abad de Saint Germain des Prés poseía la jurisdicción eclesiástica en gran parte de París. Se llamaba Enrique de Bor­bón, marqués de Verneuil, hijo adulterino de Enrique IV y de Catalina de Balzac. Sin ser sacerdote, era obispo de Metz, abad comendador de Saint-Germain des Prés, de Fecamp, de Bon­port, de Tirón, de Velasse. Se casaría en 1678. Esta clase de abades, bastardos de grandes familias, no hacían otra cosa que saquear las rentas de las abadías, dejando a los monjes la oración y el cumplimiento de las reglas. Bien es cierto que, en ocasiones, los monjes no mejoraban mucho a sus abades».1

En estos mismos términos abunda B. Llorca en su Historia eclesiástica,2 y Benito Martínez en su artículo «San Vicente de Paúl en su contexto social y religioso».3

De Daniel Rops son estas líneas: «Los decretos del concilio de Trento no habían bastado, evidentemente, para detener de golpe la decadencia del clero. Para remontar una pendiente por la que la Iglesia resbalaba desde hacía más de dos siglos, se necesitaban muchos esfuerzos. Buen número de sacerdotes de la campiña, vivían a la altura intelectual y moral de sus pue­blos…, que no era demasiado alta. No es que la mayor parte de los sacerdotes se hundieran en pésimas costumbres, sino que vivían de un modo que nada tenía de sacerdotal». Y añade unas páginas más adelante: «Una familia que posea un episcopado, hace todo lo posible por conservarlo. Verdaderas ‘familias de obispos’ reponen en sucesión a sus miembros…». «Bella cosa es que un sacerdote sepa leer y escribir. Por supuesto nadie se preocupa de que conozcan el latín. ¡Ya es bastante si son ca­paces de farfullar un poco de liturgia!».4

Este mismo autor, gran conocedor de la Iglesia de Francia, en su Historia de la Iglesia de Cristo, habla por extenso del es­tado del clero en lo que él llama el «Gran siglo de las almas». Cita numerosas y patéticas confesiones de personas eclesiás­ticas preocupadas por la renovación del clero. De Juan Eudes es esta frase: «Quienes deben trabajar en la salvación de las almas hacen profesión de perderlas». ¿Tendrá razón el abate de Saint-Cyran, cuando exclama: «De diez mil sacerdotes, ni uno sólo»?5

2. Datos presentados en las biografías de S. Vicente de Paúl

Luis Abelly, primer biógrafo, contemporáneo y discípulo de Vicente, obispo, teólogo y escritor eclesiástico, ha dejado al descubierto la situación, lamentable y triste, del clero de su época.6

«El estado de la Iglesia de Francia al terminar el siglo xvI era deplorable, debido a la influencia de Lutero y Calvino, y a las continuas guerras civiles. A la destrucción de templos por causa de las guerras, se unía la total decadencia de la disci­plina eclesiástica. La mayor parte del pueblo estaba abando­nado y privado de los sacramentos. Eran tantos los defectos del clero que, su estima, había decaído en la opinión pública. El pueblo del campo, por culpa de sus pastores, se adormecía en la más crasa ignorancia».7

El mismo Abelly trae la carta dirigida a Vicente por un ca­nónigo: «En esta diócesis el clero está sin disciplina; el pue­blo, sin temor; los sacerdotes, sin piedad y caridad; los púlpi­tos sin predicadores; la ciencia, sin honor, y el vicio, sin cas­tigo; la virtud es perseguida, la autoridad de la Iglesia odiada o menospreciada; el interés particular es lo único que cuenta en el santuario; los más escandalosos son los más fuertes. La carne y la sangre han suplantado al Evangelio y al Espíritu de Cristo».8

Pierre Coste, al recoger este texto tan elocuente, añade: «No era rara la diócesis a la que se le podía aplicar tales pala­bras».9 Este documentado biógrafo señala: «El mal era gran­de, que sería preferible para muchos echar un velo sobre los tristes escándalos que daba una parte del clero. El estado ecle­siástico era un oficio, y el más fácil de todos: si se quería, uno se ordenaba sin vocación ni preparación, ya que se buscaba el beneficio, que en muchos casos, como patrimonio familiar, lo heredaba un segundón de la familia. Los decretos del concilio de Trento aún no se aplicaban en Francia. Y no sólo se alcan­zaba el sacerdocio sin preparación, sino que el mismo episco­pado estaba en manos inexpertas. Sólo en una diócesis había más de siete mil clérigos que se despreocupaban de sus obli­gaciones y eran lujuriosos. Los obispos de toda una región ecle­siástica se reunieron para poner coto a la borrachera, en la cual habían caído la mayoría de los sacerdotes. En Marchais los herejes acusan a diez mil sacerdotes que vagabundean por París: no evangelizan y abandonan a los pobres».10

Hasta que no fueron organizados los seminarios, los estu­diantes que aspiraban al estado eclesiástico estudiaban en las grandes escuelas teológicas, sitas generalmente en las univer­sidades. Era una enseñanza teológica de escuela, con ninguna proyección pastoral ni moral aplicada. El aprendizaje de la praxis sacramental, del rito y de la ceremonia no existía. Fal­taban estudios apropiados para orientar la vocación, ejercicios espirituales de reflexión o vida en común…, etc. Los jóvenes teólogos vivían el mismo ambiente que los otros estudiantes. En gran número, los estudiantes de teología se orientaban ha­cia el sacerdocio o la vida religiosa. ¡Qué problema para los obispos celosos! ¿Qué decir de aquellas diócesis vacantes des­de muchos arios?, y ¿aquellas que eran administradas por obis­pos indignos o sin vocación?11

Pierre Coste trae además la carta dirigida a Vicente por el obispo de Cahors, Alano de Solminihac: «El estado de la dió­cesis de Rodez es tan deplorable y tan ruinoso como la de Pe­rigueux…, y de los sacerdotes que son más numerosos, pero tan depravados, que, cuando el señor obispo, Carlos de Noail­le, pasó a mejor vida, abandonaron en masa el hábito clerical. Unos colgaron las sotanas de las ventanas de las tabernas, otros bebían a su salud, y los que habían dejado sus concubi­nas las volvieron a tomar…». (III, 294-95).

El hecho es revelador y suficiente.

3. Visión que del Clero de Francia da Vicente de Paúl

Ejemplo de ignorancia.

En la repetición de oración del 25 de enero de 1655, hablan­do a los misioneros del origen de la «pequeña compañía», na­rra esta anécdota: «El hecho es que una dama, confesándose con un sacerdote, observa que éste no le da la absolución, sino que murmura algo entre dientes. Como el caso se repite, ape­nada acude a un religioso para que le dé la fórmula de la ab­solución por escrito. Esta buena dama, volviendo a confesarse, ruega al sacerdote que pronuncie las palabras de la absolución que le ha entregado en un papel» (XI, 170).

Ejemplo de incapacidad.

Un obispo escribe a Vicente en estos términos: «Excepto el canónigo lectoral de mi Iglesia, yo no encuentro otro sacer­dote en mi diócesis que se le pueda encomendar un cargo ecle­siástico. Vos juzgaréis cuán grande es la necesidad de tener buenos obreros. Os pido me dejéis vuestros misioneros para ayudarnos en nuestra ordenación» (VI, 53).

Ejemplo de depravación.

He aquí un fragmento de la carta dirigida por otro obispo al señor Vicente: «…un grupo numeroso y extraño de sacer­dotes ignorantes y viciosos componen mi clero; no pueden co­rregirse ni con exhortaciones ni con ejemplos. Siento horror pensar que en mi diócesis hay cerca de siete mil sacerdotes bo­rrachos o impúdicos que suben todos los días al altar sin vo­cación» (II, 428-29).

«La Iglesia camina hacia la ruina en muchísimos lugares por los malos ejemplos de los sacerdotes; estos malos ejem­plos la arruinan y destruyen… La depravación del estado ecle­siástico es la causa principal de la ruina de la Iglesia de Dios» (XI, 308-9).

  1. Cf. ROHBACHER, Hist. de l’Eglise, cit. por Mott, Saint Vincent de Paul et le sacerdote, 233.
  2. Cf. LLORCA, Historia Eclesiástica, 532 ss.
  3. Cf. MARTÍNEZ, B., art. cit., en Vicente de Paúl, pervivencia de un Fundador, 28-29.
  4. ROPS, D., La Iglesia de los tiempos clásicos, VIII, 31-32 y 76-88.
  5. Idem, op. cit., 55 ss.
  6. Luis Abelly, nacido en 1604, quedó marcado por la obra apostólica de Vicente siendo miembro asiduo a las Conferencias de los Martes. Fue Obispo de Rodez, Diócesis en la que abundaban los hugonotes. Escribió obras teológicas, pastorales y de instrucción cristiana, además de la cita­da biografía en 3 tomos, escrita apenas cuatro años de la desaparición de Vicente de Paúl. La biografía tiene el gran mérito de la cercanía, del tes­timonio personal y de fuentes de primera mano. Lleva la fecha de 1664. Entre sus obras destacan: Medulla Theologica, Sacerdos christianus, Me­ditations.
  7. ABELLY, op. cit., I, II ss.
  8. Idem., op. cit., I, 213.
  9. COSTE, S. V. P., I, 285.
  10. Ibid., 286 ss.
  11. Ibid., I, 288-289. Cf. MAYNARD, op. cit., II, 15-18. En todas las biografías existe uno o más capítulos sobre esta materia. Cf. IBÁÑEZ BURGOS, J. M., Saint Vincent de Paul et l’Evangélisation des pauvres, 418-422. Tesis no impresa.

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