Estabilidad: fidelidad en la evangelización de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. .
Tiempo de lectura estimado:

«Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y de morir en ella; hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás. ¿Para qué? Para hacer lo que hizo Jesucristo, para salvar al mundo» (XII, 98/XI, 402).

El voto de estabilidad ocupa un lugar modesto en las Constituciones. En C 3&3 se enumeran los cuatro votos que emiten los misioneros de la C. M, colocando ciertamente en primer lugar el voto de estabilidad. Sin embargo, el capítulo tercero de las Constituciones reserva a la estabilidad el último puesto, dedicando a la descripción de sus contenidos un espacio mucho más reducido que el empleado para describir la naturaleza de cada uno de los votos restantes. ¿Significa esto que el voto de estabilidad cuenta poco en la conciencia de los misioneros de la C. M.? A veces en las conversaciones informales entre misioneros se oyen alusiones a nuestros tres votos, olvidando inconscientemente que los misioneros no emitimos tres sino cuatro votos. ¿No es éste un indicio más de la devaluación del voto de estabilidad?

La Asamblea General de 1992 recibió un popostuladoen el que se pedía que el Superior General elaborara y publicara una Instrucción sobre los votos. El texto aprobado en forma de decreto decía textualmente: «El Superior General promueva la elaboración de una Instrucción acerca del sentido de los votos de la C. M., en la que se trate de modo especial el voto de estabilidad» (D. n. 29). El decreto aprobado por la Asamblea General daba un lugar preferente y ponía de relieve la importancia del voto de estabilidad. Pedía la Asamblea General que se estudiara «de modo especial» lo concerniente al voto de estabilidad..

En efecto, la nueva Instrucción sobe los Votos, aparecida el 25 de enero de 1996, teniendo en cuenta lo dispuesto por la Asamblea General, presenta la estabilidad con antelación a los otros tres votos. No en vano se trata del voto más característico de la C. M. Viene a ser algo así como el distintivo que proporciona color propio a la Congregación dentro del concierto de Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

Marco histórico

Las órdenes monásticas emitían el voto de estabilidad. San Vicente alude al voto de estabilidad de los Benedictinos y Cartujos: » los benedictinos y cartujos hacen voto de estabilidad» (II, 124/II, 104). San Benito se refiere a varias modalidades de vida monacal, la de los cenobitas y eremitas y la propia de los itinerantes o giróvagos. Estos vivían por libre, a veces varios juntos, sin una regla propiamente dicha, vagando de una parte a otra. San Benito introdujo una modificación fundamental. El monje profesaba la estabilidad, comprometiéndose a vivir y morir en el monasterio. Por su parte las órdenes mendicantes, dado el apostolado por ellas asumido, sobrepasando el ámbito del monasterio, se comprometían a través de una promesa o voto a vivir no en un recinto determinado sino dentro de la propia institución. De esta manera se ligaban no a determinado lugar sino a un modo de vida. Los escolares de la Compañía de Jesús emitían, además de los tres votos conocidos, el voto de estabilidad, por el que se comprometían a seguir viviendo en la Compañía una vez concluídos los estudios.

San Vicente conocía las variantes históricas sobre la promesa o votos de estabilidad. Sin embargo, su decisión de establecer el cuarto voto dependió ante todo de la práctica seguida en la Compañía de Jesús. Durante los siglos XVII-XVIII y XIX un crecido número de Congregaciones introdujo el juramento o voto de estabilidad. Se intentaba de esa manera fortalecer la permanencia y consolidar la fidelidad de sus miembros al fm propio de la respectiva comunidad.

Motivos de san Vicente para introducir el voto de estabilidad

Al Santo Fundador le complacía la perseverancia de los misioneros de la C. M., pero sin llegar a forzar la voluntad de cada cual, ni ver en los votos un vínculo indisoluble a toda costa. La experiencia le llevó a comprender que en casos particulares era preferible que determinado misionero dejara la comunidad.

Introdujo los votos ante todo para asegurar la evangelización de los pobre por parte de los misioneros de la C. M. La C. M. era, según San Vicente, obra de Dios, pero puesta en manos frágiles. Al Santo Fundador le era conocida la inconstancia de los humanos. Había que afianzar las voluntades. Urgía dar solidez e incluso asegurar la perseverancia de los cohermanos que llegaban a la comunidad.

Algunos misioneros abandonaban la C. M. San Vicente interpretó las salidas de distinta manera, dependiendo de cada caso y de las circunstancias. A veces consideró una salida como conveniente para la C. M. y para el interesado. Escribía al P. R. Almerás: «Hay que someterse a la disposición de la providencia a propósito de las entradas y salidas de la Compañía….hemos de ver la salida de esas personas como un bien para la Compañía y quizás para ellos mismos» (III, 378/111, 347). Aveces el santo se alegró de la salida de algún misionero: «¿Oh Salvador mío! ¿Qué gracia nos has concedido al librarnos de ese espíritu brillante!» (XIII, 186/X, 228). En otras ocasiones interpretó las salidas como un gran mal para la C. M.

Escribía a francisco Dufestel: «Puede Ud. imaginarse el dolor que siento. No tanto por la salida de cada uno de ellos (unos siete en total), como … porque no hay forma de conseguir que reanuden la devoción de su espíritu» (II, 287/11, 241). Por lo visto estos misioneros habían perdido el espíritu auténtico de la incipiente Compañía. En cierta ocasión contempló una salida con profunda preocupación por el propio misionero. Escribía a este propósito a Donato Cruoly: «Me preocupa mucho lo que me dice de que el P. Le Blanc tiene dudas de su vocación………. Le ruego haga lo posible para que deseche esa idea de retirarse» (V,414 /V, 395). Algo parecido escribe a Juan Barreau el 4 de diciembre de 1648: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres» (III, 392/111, 359). Ante la salida de los misioneros San Vicente llegó incluso a ver con inquietud la conservación de la C. M. En abril de 1653 escribía a Tomas Berthe: Con el abandono de los misioneros «la Congregación recibe un daño notable en sus empresas» (IV, 579/ IV, 540).

Otro motivo que indujo a San Vicente a introducir los votos, en particular el voto de estabilidad, fue la dureza de las actividades misioneras. Los trabajos difíciles dificultaban la perseverancia de algunos misioneros. Por otra parte, los votos, según los concebía San Vicente, privados y simples, creaban en quienes los emitían una vinculación jurídica un tanto débil. De ahí que el Santo decidiera introducir el voto de estabilidad a fin de afianzar los lazos que unían a los misioneros con la comunidad vicenciana. Sucedía, además, que a pesar de ser perpetuos los otros tres votos, no tenían como primera finalidad la perseverancia de los misioneros de la C. M. en orden a evangelizar a los pobres. Con el voto de estabilidad el Santo intentó lograr que los misioneros asumieran un compromiso específico y totalizante en línea con el fin de la Compañía. Por la estabilidad los miembros de la C. M. ponían de manifiesto lo más peculiar y específico de sí mismos dentro de la Iglesia; evidenciaban el verdadero sentido de su propia vocación y la orientación de sus vidas, que consiste en seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres. En suma, San Vicente por medio del voto de estabilidad dotó a la C. M. de un dinamismo válido en orden a alcanzar el fin propio de la Compañía.

Por los motivos indicados y tal vez por otros que nos son desconocidos San Vicente quiso para sí mismo y para los misioneros el voto de estabilidad.

Interpretación del voto de estabilidad en el transcurso del tiempo

Los contenidos del voto son claros: permanecer de por vida en la C. M. para servir a los pobres. ¿Cuál ha sido la interpretación práctica de esta fórmula? En múltiples ocasiones la interpretación fue correcta. Los misioneros encarnaron en su vida lo que habían prometido. Permanecieron en la C. M. hasta la muerte, gastando la propia vida en la evangelización de los pobres a través de obras y ministerios claramente vicencianos. En otras ocasiones se echó de menos la coherencia, dado que las obras y ministerios desempeñados por los misioneros no estaban de acuerdo con lo prometido al emitir el voto de estabilidad.

Esta contradicción ya la experimentaron los misioneros contemporáneos de San Vicente. Habían prometido dedicarse de por vida a la evangelización de los pobres del campo, pero, de hecho, algunos empleaban su tiempo en la formación de los futuros sacerdotes. Conocemos la respuesta el Santo: cumple el voto quien, siendo formador en un seminario, permanece dispuesto a participar en las misiones; además quien forma buenos sacerdotes indirectamente evangeliza a los pobres (V, 811V, 77). San Vicente dio una respuesta en coherencia con el fin de la C. M. que él personalmente había diseñado. Sin embargo, esta respuesta, si se aplica sin un justo discernimiento a múltiples casos concretos, puede dar lugar a errores, como de hecho así ha ocurrido posteriormente en no pocas ocasiones.

Elementos constitutivos del voto de estabilidad

«Por el voto específico de estabilidad nos comprometemos a permanecer toda la vida en la C. M., dedicados a conseguir su fin, realizando las obras que nos prescriban los superiores, según las Constituciones» (C 39). Según el texto tomado de las Constituciones los elementos básicos del voto de estabilidad son:

  • Perseverancia y fidelidad durante la vida. – En la Congregación de la Misión.
  • Dedicándose a actuar en consonancia con el fin propio de la C. M., expuesto en las Constituciones, consistente en seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres (C 1).

El texto citado de C 39 incluye una cláusula muy decisiva por su valor aclaratorio. Se refiere al modo y manera de proceder en consonancia con el voto emitido por los misioneros: «realizando las obras que nos prescriban los superiores según las Constituciones». El texto constitutivo es completo en sus matizaciones. El peligro puede surgir cuando el factor obediencia se convierte en una especie de absoluto y, en consecuencia, el voto de estabilidad quede reducido a la simple obediencia al superior, incluso, como de hecho ha sucedido en no pocas ocasiones y puede suceder también ahora, cuando la obra a la que el superior destina a un misionero no se encuentra en línea con el fin de la C. M. Las tensiones aparecen cuando se crea un evidente distanciamiento entre la naturaleza del voto de estabilidad y el fin de la C M., previsto en las Constituciones, entre el voto de estabilidad y la obra concreta en la que un misionero ejerce el ministerio por mandato del superior.

A nadie se le escapa que el voto de estabilidad puede verse afectado por el peligro de la ambiguedad. Esto ocurrirá entre otros cuando dicho voto quede reducido y supeditado sin más al voto de obediencia. La interpretación reductiva del voto de estabilidad ha causado no poca confusión en la C. M. De ahí la necesidad ineludible e incluso la obligación de todos los misioneros, pero en particular de los superiores mayores y menores, de discernir de continuo a fin de procurar que las obras tengan un carácter netamente vicenciano, a tenor del fin y espíritu de la C. M. El misionero cumple el voto de estabilidad, realizando las obras que prescriben los superiores, pero los superiores no tienen competencia para mandar, a no ser que lo prescrito por ellos se encuentre en línea con lo que indican las Constituciones y Estatutos. Por otra parte C 2; 12 y E 1 ofrecen criterios a fin de conocer qué obras se adecuan al fin de la C. M.

El término «estabilidad»

San Vicente usó el término «estabilidad». El 28 de febrero de 1640 escribía al P. L. Lebretón, preguntándole si no sería suficiente para la. C. M. el voto de estabilidad (II, 28 /II, 28). El uso del término no ha cambiado con el paso del tiempo. Se encuentra en las constituciones y publicaciones actuales. Sin embargo la palabra estabilidad suscita suspicacias en el hombre de hoy. El cambio en cuanto tal es un componente fundamental de la cultura actual. De ahí la necesidad de comprender el significado auténtico de este vocablo. Encierra un doble sentido: estático y dinámico. La estabilidad en sentido estático equivale a la simple permanencia, sin más, a estar por estar un misionero en la Compañía. Esta versión de la estabilidad resulta hoy inaceptable. No refleja la mentalidad de San Vicente. En sentido dinámico la estabilidad equivale a FIDELIDAD a la propia vocación y al carisma vicenciano en la C. M. durante toda la vida. La estabilidad en sentido dinámico, es decir, la fidelidad, sobrepasa el mínimo jurídico, consistente en permanecer uno satisfecho con hacer lo que me manda el superior. Esa actitud no es válida como tampoco lo es la sola disponibilidad para hacer lo que a uno le pidan. El mandato del superior y la obediencia del misionero deben ser fruto de un serio discernimiento a la luz del fin de la C. M. El voto de estabilidad pide a quien lo emite vivir en coherencia con todas las vertientes del carisma vicenciano. Por eso mismo la estabilidad correctamente entendida de ningún modo se compagina con el mantenimiento de obras impropias de la C. M.

La dificultad no se encuentra hoy en la comprensión de la terminología. Donde se constatan los inconvenientes es en la práctica. Por eso mismo conviene estar atentos a la hora de aceptar o reformar obras de apostolado y al asumir nuevos caminos de evangelización.

La estabilidad en crisis

Hoy se asumen con dificultad los compromisos duraderos. La perseverancia lo mismo en la vida religiosa que en el matrimonio falla con relativa frecuencia. La fidelidad ocupa un lugar modesto en la escala de valores. Es un valor en crisis, mal comprendido y en ocasiones poco practicado. En ciertos medios culturales la fidelidad se mira con sospecha. Antes se valoraba la estabilidad. Hoy sucede lo contrario. Vivir equivale a cambiar, a usar y tirar. Por otra parte, han desparecido algunos soportes sociales que ayudaban a cumplir los compromisos religiosos.

Ya en tiempo de San Vicente algunos misioneros abandonaron la Compañía. Posteriormente ha habido momentos en los que por razones distintas las Congregaciones sufrieron fuertes crisis y, como consecuencia, no pocos religiosos dejaron las respectivas comunidades. Así, por ejemplo, durante la revolución francesa y en los años posteriores a la primera guerra mundial no pocos misioneros abandonaron la propia vocación. Después del Vaticano II las salidas de sacerdotes diocesanos y religiosos han sido numerosas. En 1968 la C. M. tenía 5.000 miembros con votos: sacerdotes, hermanos y estudiantes. Entre 1968 y 1986 dejaron la C. M., siguiendo las vías legales, 632 sacerdotes, 42 hermanos y 205 estudiantes. De modo ilegal se fueron de la C. M. 199. En total 1.078 cohermanos con votos. Según las estadísticas presentadas durante la Asamblea General de 1998, entre 1992 y 1997 abandonaron la C. M. 99 cohermanos, una media de 16,5 por año. Si nos atenemos al Catálogo General de 1999 el número de misioneros incorporados a la C. M. se eleva a 3.519.

No resulta fácil conocer los motivos que llevaron a estos cohermanos a abandonar la C. M. Cuentan no poco las motivaciones personales de difícil identificación. Se suelen aducir ciertas causas. Se dice que determinadas personas nunca tuvieron verdadera vocación. Tomaron decisiones vocacionales sin suficiente madurez. Otra causa podría encontrarse en el fuerte impacto que produjo en determinadas personas la secularización, la indiferencia religiosa y la tendencia a la baja de determinados valores morales. Esos factores influyeron con fuerza en la pérdida de identidad sacerdotal y religiosa.

Los misioneros que abandonaron la C. M. encaminaron sus pasos en dos direcciones. Un grupo se incardinó en alguna de las diócesis de la Iglesia, sin dejar por lo tanto de ejercer el ministerio sacerdotal. Otros abandonaron sin más el ministerio sacerdotal o, en el caso de los hermanos y estudiantes, fueron dispensados de los votos. Las razones aducidas son múltiples. Quienes siguen ejerciendo el ministerio en una diócesis apoyan su salida en ciertos motivos: la insatisfacción de la vida en la C. M., el deseo de vivir cerca de la familia, las dificultades propias de la vida comunitaria, un fuerte deseo de libertad personal en el ejercicio del ministerio y en lo económico, la carencia en la C. M. de ministerios claramente vicencianos, la falta de aprecio dentro de la comunidad y en algunos casos el apego a una obra de apostolado por la que optaron con preferencia a la C. M.

Por su pate, quienes abandonaron el ministerio sacerdotal han apuntado con frecuencia a otras motivaciones: la dificultad de vivir en celibato, la falta de madurez al recibir la ordenación sacerdotal, la desaparición de roles sociales del sacerdote, el deterioro de la propia vida espiritual y la consiguiente pérdida de identidad sacerdotal.

Supuesto lo anterior, nos preguntamos: ¿De qué sirvió el voto de estabilidad? ¿Quienes abandonaron la C. M. tuvieron en cuenta el compromiso contraído al emitir el voto de estabilidad? ¿Durante el tiempo previo a su salida se percataron de que habían hecho un voto específico por el que se comprometían a evangelizar a los pobres en la C. M.? No resulta fácil responder a estos interrogantes. Sin embargo, no pocos misioneros sospechan que este voto durante las décadas pasadas e incluso ahora sufre una cierta devaluación en la conciencia colectiva de la C. M. Tal vez por este motivo ha visto la luz una nueva Instrucción sobre los votos, dando particular relieve al voto de estabilidad.

Algunas dimensiones del voto de estabilidad

TEOLÓGICA. El voto de estabilidad pone al misionero en el estado de nuestro Señor. San Vicente trató esta temática durante la conferencia del 7 de noviembre de 1659, en la que expuso lo relacionado con los votos. Exhortó a los misioneros a dar gracias porque Dios les había puesto al emitir los votos en el mismo estado de Jesucristo. De modo especial por el voto de estabilidad el misionero sigue de cerca al Señor que dijo de sí mismo: «He sido envido a evangelizar a los pobres» (Le 4, 18). A este propósito dirá San Vicente el 13 de diciembre de 1658: «Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella………….. ¿Para qué? Para hace lo que hizo Jesucristo» (XI, 98/XI, 402).

VICENCIANA. El voto de estabilidad concentra la vida del misionero en el fin y espíritu de la C. M. y proporciona a todas sus obras y ministerios un color propio. Aporta incluso un sentido vicenciano y específico a los consejos evangélicos tal como se viven en la C. M. La estabilidad, encarnada en la vida del misionero, enriquece y llega a lo más profundo de su alma en cuanto vicenciano. Por el contrario, el deterioro de la estabilidad ensombrece la propia vocación. Se ha dicho con acierto que al voto de estabilidad deberíamos llamarlo voto de evangelización de los pobres. No en vano existe una estrecha relación entre el fin de la C. M. y el voto de estabilidad. Por este voto el misionero se compromete a asumir con toda decisión el fin de la C. M., que no es otro que seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres. En una palabra, el voto de estabilidad sitúa al misionero en línea con el carisma vicenciano.

COMUNITARIA. La estabilidad por su propia naturaleza une a los misioneros en torno a un proyecto común. Los misioneros, provenientes de países y culturas distintas, al emitir el voto de estabilidad se comprometen a caminar juntos en una misma dirección. Estrechan los lazos entre sí y dan consistencia a su vida comunitaria y fraterna. San Vicente el 13 de diciembre de 1658 disertó sobre cómo poner los talentos de cada uno al servicio del prójimo. El Santo dio esta respuesta: «Por medio de esta vinculación que existe entre nosotros y el ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en esta sociedad» (XI, 98/XI, 421). La estabilidad, bien comprendida, encierra una dimensión comunitaria.

PSICOLÓGICA. La estabilidad, vivida con coherencia por el misionero, crea en él hábitos profundos. Con el paso del tiempo, a base de asumir y de poner en práctica unos compromisos, se consolida en su vida una costumbre y al mismo tiempo se fortalece el propósito de evangelizar a los pobres. De la misma manera, la estabilidad proporciona nuevas energías para vencer las dificultades inherentes a la evangelización de los pobres, así como para superar los momentos de desaliento y de crisis.

PROFÉTICA. El hecho de comprometerse a evangelizar a los pobres de por vida, encierra hoy un alto valor profético. Por sí mismo es un signo acusador de ciertas tendencias compartidas hoy por no pocos. La estabilidad apunta a ciertas llagas propias de la cultura actual. Frente a la temporalidad de los compromisos, la estabilidad opta por la decisiones duraderas; frente a la inestabilidad y la ligereza de las opciones, la estabilidad propugna los valores permanentes; frente al consumismo, la estabilidad sitúa al misionero al lado de los pobres; frente a neoliberalismo, la estabilidad, es decir, el voto de evangelizar a los pobres, resulta ser un signo incómodo. La estabilidad es en sí misma un indicador de los valores evangélicos permanentes. Contribuye, por otra parte, a hacer visible y atrayente el carisma vicenciano.

Medios para ser fieles al voto de estabilidad

Se trata de un valor inherente a la vida del misionero vicenciano. Se ha de cultivar a lo largo de toda la vida. La estabilidad, lo mismo que los compromisos y proyectos, puede con el tiempo crecer en calidad, pero también está expuesta a posibles deterioros e incluso a la desaparición. El misionero dispone de muchos medios para ser fiel al voto de estabilidad.

Conocer lo mejor posible la Congreagción de la Misión

Somos miembros de una comunidad presente en más de setenta países. Debemos mucho a quienes nos han precedido y a cuantos ahora forman parte de la C. M. La fidelidad se afianza a base de una información sólida acerca de la C M.: el carisma del fundador, nuestra historia antigua y reciente, la propia espiritualidad y, por supuesto, la vida de la C. M. en la propia provincia. El conocimiento y la información actualizada acerca de la C. M. alimenta nuestra fidelidad. Crea lazos invisibles pero reales entre cada uno de los misioneros y los incontables cohermanos del pasado y del presente. Como humanos que somos nos afectan los fallos y las pobrezas personales y comunitarias: las incoherencias, los errores y los pecados.Sin embargo, los misioneros maravillosos que pueblan hoy nuestro catálogo nos ayudan a superarnos, motivan y fortalecen nuestra fidelidad a la vocación misionera en la C. M.. El conocimiento de la C. M. nos regenera.

La convicción de que el Señor nos mira con buenos ojos en cuanto misioneros vicencianos

San Vicente repetía con especial insistencia que por sí solo jamás hubiera dado vida a una nueva comunidad en la Iglesia. La C. M. es obra de Dios. El Santo se consideraba simple instrumento en manos de la Providencia. Nosotros añadimos desde la perspectiva que nos da el paso del tiempo que San Vicente en persona es obra de Dios. Lo es igualmente el fin de la C. M., el martirologio vicenciano, sus misioneros santos y los consejos evangélicos encarnados an la vida de tantos hermanos. Decía San Vicente en enero de 1657: «Dios ama a los pobres y, consiguientemente, ama a quienes aman a los pobres» (XI, 392/XI,273).Estas expresiones recuerdan al capítulo veinticinco de San Mateo: Venid benditos de mi Padre «porque tuve hambre y me disteis de comer…» (Mt 25, 35). El Señor ama a quien se ha enrolado en la aventura vicenciana, cuyo fin es semejante al que se propuso el Hijo de Dios en la tierra.

Agradecer el don de la vocación

Hablando del fin de la C. M. San Vicente se pronunciaba en estos términos: «Demos gracias a Dios por esta feliz elección» (XII, 77/XI, 385). ¿En realidad, pronuncian los misioneros, cada uno en particular, con los labios y el corazón la palabra gracias? Al recibir un regalo por pequeño que este sea solemos manifestar espontáneamente nuestro agradecimiento. ¿Doy gracias a Dios por haberme elegido entre otros muchos?, ¿por el don de la vocación? Se suele decir que en la sociedad industrial ha desaparecido de la conciencia colectiva el sentido del agradecimiento y el valor de la gratuidad. Nos conviene meditar las palabras de San Vicente: «Demos gracias a Dios por esta feliz elección» Si es sí, notaremos que en cada uno de nosotros, misioneros de la C. M., renace un nuevo sentido de responsabilidad, de pertenencia y un deseo creciente de fidelidad a la vocación propia.

Carácter vicencianos de nuestras obras y ministerios

Los estudiosos de la vida religiosa en sus diversas manifestaciones llegan hoy a la conclusión de que en la Iglesia perdurarán los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida apostólica que centren sus ministerios en lo que les es propio según el carisma recibido del fundador. Por el contrario, el alejamiento del fin propio acarrea en breve espacio de tiempo primero la confusión y posteriormente la desaparición. Las obras y ministerios que se distancian del camino vicenciano arruinan poco a poco la vida de los misioneros. Por eso mismo nuestras actividades deberían desenvolverse siempre en sintonía con la vocación vicenciana y, en particular, con el n. 12 de las Constituciones. De ser así, afianzarán nuestra respuesta al Señor y nuestra fidelidad a la propia vocación.

Dígase lo mismo del contacto personal con los pobres. Si, por hipótesis, un misionero vicenciano no establece en su vida alguna clase de relación con los pobres, un día no lejano terminara peguntándose si su vocación tiene o no sentido. El contacto con los pobres así como una fina sensibilidad para captar sus situaciones son un soporte inestimable de la propia vocación.

Una saludable vida comunitaria

San Vicente escogió para él y para los misioneros la vida en común: «Reunió dentro de la iglesia a algunos compañeros para que llevando una nueva forma de vida comunitaria, se dedicaran a evangelizar a los pobres» (C 19). La finalidad de la vida comunitaria es doble: el bien de las personas que forman la comunidad y la misión: «llevamos vida comunitaria para evangelizar a los pobres» (C 20,2). La vida comunitaria, según las Constituciones, se ve animada por la caridad y la concordia, la ayuda mutua y el debido respeto, el diálogo y la corresponsabilidad, el servicio de autoridad y la obediencia activa, el equilibrio entre el trabajo, el descanso, la oración, la convivencia y la formación continua. Equilibrio no significa medias tintas. Todo lo contrario, equivale a jugar inteligentemente con las diversas vertientes de nuestra vida, a cultivar todas nuestras parcelas personales, a vivir en armonía, sin descuidos imperdonables. Bastantes fracasos personales se deben a desequilibrios consentidos e incluso cultivados durante meses y años. A veces un hermano trabaja de la mañana a la noche, pero no ora ni comparte con sus compañeros de comunidad. Al final se desploma la casa. Una vida equilibrada es una vida bien hecha.

La comunidad se construye día a día. Es comunidad el compañero que ora, ríe y a veces sufre conmigo. Es punto de partida y refugio tras una larga jornada. El misionero ha de procurar reconstruirla cada día, ayudarla a base de detalles: el saludo, la colaboración, la confianza en los demás, el mostrarse siempre fraterno. Una comunidad así favorece la fidelidad de los misioneros a la vocación propia.

La oración

La fidelidad pasa por momentos bonancibles y por horas bajas. Es don de lo alto y fruto de la decisión personal. Requiere esfuerzo y al mismo tiempo la ayuda de la gracia. Por eso mismo nos conviene arrodillamos por dentro y decir oracionalmente: Señor, concédeme el don inestimable de la fidelidad a mi vocación, a mi comunidad, a mis votos, a mi condición diaconal, sacerdotal o de hermano. Me reconozco demasiado pequeño, pero en ti lo puedo todo. La oración proporciona ala fidelidad alma, frescura, respiración y lozanía. A quien pida humildemente al Señor la fidelidad le será otorgada: «¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra?» (Lc 11,11).

Renovar las opciones fundamentales

Éstas se ven afectadas por el desgaste, los deterioros interiores y los embates exteriores. Para sobreponernos a sus agresiones necesitamos regenerarnos con frecuencia. Un medio apto es la renovación de nuestros compromisos en la intimidad de la conciencia ante Dios. Pero también es conveniente renovar pública y comunitariamente esas opciones fundamentales. Los cristianos renuevan las promesas bautismales la noche de Pascua. Los sacerdotes renuevan el Jueves Santo las promesas de la ordenación. No pocos misioneros de la C. M. renuevan los votos con motivo de algún encuentro comunitario extraordinario, como pueden ser, por ejemplo, los ejercicios espirituales anuales, la celebración de las bodas de plata de vocación o de sacerdocio, etc. La renovación consolida los compromisos asumidos por los misioneros.

Conclusión

El superior de la Curia General, al recitar cada atardecer la oración «De profundis» por los difuntos de la familia vicenciana, suele comunicar a la comunidad, si hay lugar a ello, el fallecimiento de tal o cual cohermano. Suele añadir algunos datos particulares: el lugar donde murió, la edad y los años de vocación. Con frecuencia la comunidad escucha expresiones como ésta: murió a la edad de ochenta años y cincuenta o sesenta de vocación. Se trata de ejemplos vivientes de fidelidad al voto de estabilidad emitido un día en la C. M.

Una conocida letanía mariana incluye entre sus invocaciones aquella que dice: «Virgo fidelis, ora pro nobis» (Virgen fiel, ruega por nosotros). Santa María, intercede ante el Señor para que también nosotros, los misioneros de la C. M., como tantos hermanos y hermanas en tiempos pasados, seamos activamente fieles a lo que hemos prometido, hasta el final de la vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *