Espiritualidad y cambio sistémico

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémicoLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Giuseppe Turati · Año publicación original: 2014 · Fuente: CEME.
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manzanas_union1.- Más que una relación, quisiera proponerles una breve meditación… El objetivo de esta meditación es redescubrir la dimensión espiritual contenida en la metodología del cambio sistémico, que no es una estrategia de trabajo, sino una dimen­sión espiritual, un acto de fe, que está en la base, si queremos vivirla en su dimensión propiamente evangélica y, más específi­camente, vicenciana.

2.- Es notoria la frase de san Vicente: «Dadme una persona de oración y será capaz de todo». Y, sin embargo, «espiritualidad» es todavía más que solo oración: es una visión vigorizante; es una fuerza que arrastra, que instruye, dirige, sostiene nuestro ser y nuestra actividad. Se manifiesta en el lenguaje de las palabras, de las obras, de las relaciones…

3.- Desarrollaré mi reflexión en 10 puntos, en los que trataré de responder a algunas preguntas que me han presentado.

Las preguntas son las siguientes:

¿Qué significa «ESPIRITUALIDAD»?

¿Cómo se caracteriza la «espiritualidad cristiana»?

¿Cuál es lo específico de la «espiritualidad vicenciana»?

¿Cómo encaja la espiritualidad con el cambio sistémico?

¿Es posible entender el cambio sistémico como un «ministerio»?

¿Es posible aceptar la metodología del cambio sistémico sin una «conversión» personal?

¿Puede ser el cambio sistémico una nueva forma de «evangelización»?

¿El cambio sistémico puede tener que ver con el «Reino de Dios»?

¿Qué añade el cambio sistémico a lo que siempre hemos hecho como Vicentinos?

Es necesaria también la «oración» en esta metodología de trabajo?

La conclusión a la que he llegado es que comprometernos en actividad de cambio sistémico es la consecuencia práctica de nuestra oración fundamental: aquella del Padre nuestro.

4.- La espiritualidad cristiana es una respuesta: la respuesta al amor de Dios ¡que nos ha amado primero! Nace del reconoci­miento de una acción que Dios ha realizado en nosotros y que ahora nos empuja a reaccionar a ella.

5.- La espiritualidad cristiana emerge de los cuatro evangelios: — Marcos: el primero, el más corto, escrito para los paga­nos, basado en la tradición oral.

Mateo: escrito para los judíos, presenta a Jesús como el Maestro, el Predicador, Aquel que cumple las Escrituras. Juan: presenta a Jesús como Hijo de Dios, la Divinidad. Lucas: es el evangelio de las mujeres, de la misericordia, de los pobres y de los débiles, y tiene una dimensión uni­versal.

6.- Jesús, por lo tanto, es presentado en los evangelios con muchos rostros:

Predicador, Maestro, Libertador, Siervo Sufriente, Médico, Hijo de Dios, Profeta, Nuevo Adán, Salvador, Evangelizador de los pobres.

7.- En el corazón de la espiritualidad vicenciana está Cristo Evangelizador de los pobres. Los Vicencianos continúan la obra de Cristo en la evangelización y el servicio de los pobres. La caridad vicenciana más que un mandamiento a observar es una misión a cumplir.

8.- En realidad, en toda religión existe la exhortación a la caridad.

Lo que es específico en la espiritualidad vicenciana es que la acción y la contemplación están entrelazadas la una con la otra, son dos caras de la misma moneda.

Características de la espiritualidad vicenciana son:

  • Un «amor afectivo y efectivo».
  • Que se trata de una espiritualidad no desencarnada, sino íntimamente dirigida a la acción, un «amor creativo hasta el infinito».
  • Finalmente, un vínculo profundo entre oración y acción, reflexión y servicio.

9.- Un modo de sintetizar la espiritualidad vicenciana es decir que el vicenciano ve en el pobre el rostro de Cristo y contempla a Cristo en el rostro del pobre…

Misión y caridad, evangelización en la caridad… La expe­riencia vicenciana más auténtica no pone en contraposición la evangelización y el servicio de los pobres, la predicación y la actividad caritativa, como a veces hacemos nosotros… La espi­ritualidad vicenciana es experiencia de Cristo en la actividad caritativa, es caridad como evangelización, es amor indiviso de Dios y de los hermanos.

10.- Esta fue la experiencia personal de san Vicente: recono­ce a Cristo entre los pobres… Cristo se revela, como en esta mesa, en acoger a los pobres, en nuestra comunión de vida (aquí significa de la mesa común), más que hacer cualquier cosa por los pobres.

11.- En el pobre que encontraba san Vicente amaba y honraba a nuestro Señor Jesucristo. Por eso ha sabido consagrar toda su existencia al servicio de los pobres.

12.- Puede parecer extraña la aproximación de la espirituali­dad con el cambio sistémico; es más, el cambio sistémico pare­ce ser una perspectiva psicológica, no espiritual, para afrontar el tema de la pobreza y el servicio de los pobres.

A veces se advierte también una cierta tensión entre las dos perspectivas, como sucede incluso en la acción y contemplación:

  • espiritualidad = contemplación
  • cambio sistémico = acción

Ahora, sabemos que la auténtica espiritualidad vicenciana ha superado esta tensión y ha unido profundamente estas dos pers­pectivas, enseñándonos:

  • una contemplación que lleva a la acción,
  • una acción que nace de la contemplación.

¿En qué sentido podemos hablar ahora de espiritualidad del cambio sistémico? En el sentido que es una expresión típica de la espiritualidad vicenciana, que es una «espiritualidad encarnada».

13.- En la perspectiva de la espiritualidad vicenciana el cam­bio sistémico no es sólo acción social, sino una forma de minis­terio (es decir de servicio).

Es un modo de comprometerse para construir un mundo nuevo, más lleno de justicia y de solidaridad, y para invitar a otros a comprometerse en esta tarea.

Es un modo de unir los esfuerzos de tantas personas, canali­zando sus recursos (tiempo, energías físicas, dinero…) en un proyecto de cambio estructural de la sociedad.

Es proclamar al mundo que creemos en este proyecto, nos comprometemos a realizarlo y ofrecemos a otros la oportunidad de compartir con nosotros nuestra misión.

14.- La espiritualidad auténtica exige un cambio exterior ful­minante (como el de san Pablo) o quizás un proceso de trans­formación interior largo y lento (como el de san Vicente).

El artífice de esta conversión sin embargo es siempre Dios, que hace cosas nuevas con la colaboración humana (Cf. Is 43,19).

Convertirse significa tener experiencia de un cambio profun­do en el modo de ver, pensar y actuar. Es una disposición de atención para concentrarla sobre la obra de Dios: «no os acomo­déis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios…» (Rom 12, 2).

No es posible entrar en la óptica del cambio sistémico sin una profunda conversión: es cuestión de «vino nuevo en odres nue­vos» como diría Jesús.

15.- La persona convertida ve, siente y comprende las cosas con los ojos, oídos y corazón de Dios.

Como forma de ministerio, el cambio sistémico es acción del espíritu, así como hacer una homilía, como dedicar tiempo a la oración, como visitar a los enfermos o dar de comer a los ham­brientos (que son llamadas precisamente «obras espirituales»).

Es una «nueva evangelización», que hace actual y eficaz nuestro carisma vicenciano en la Iglesia hoy. Cuando evangeli­zadores y evangelizados comparten una misión común, llegan a ser signos de la vida del espíritu de Cristo: a través de esta misión permanecen unidos a Cristo, y la eficacia de su misión depende de su estar unidos a Cristo, que es la vid de la que ellos son los sarmientos (Jn. 15, 5). Cuando sucede esto, podemos decir con san Pablo que se produce «una nueva creación» (2 Cor. 5, 17). Y donde existe una nueva creación en Cristo, el Reino de Dios se manifiesta al mundo. No existe nueva evangelización, sino en la medida en que ¡sean nuevos los evangelizadores!

16.- ¿En qué sentido el cambio sistémico es una forma de evangelización?

Sabemos que ayudar a los pobres es ayudar a Cristo:

  • «Cada vez que lo hicisteis a uno de estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí» (Mt 25,40).
  • «El amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios» (Deus caritas est, 15).

Pero el cambio sistémico no es sólo la ayuda, es más: es un servicio a la persona.

  • Servir a la persona significa no sólo darle una ayuda, lo que nos sobra (lo superfluo).
  • Servir a la persona es ponerla en el centro de nuestras pre­ocupaciones, ayudarla a ser responsable de su vida, hacer que se sienta importante y restaurar su dignidad inscrita en su propia humanidad.

La actual crisis económica afecta seriamente a los pobres. Entre los más pobres de la sociedad son las víctimas de la triste pérdida de respeto por la dignidad inviolable de la vida humana inocente.

La opción preferencial por los pobres nos impulsa a ir a bus­car a los pobres y trabajar por ellos y con ellos, para que puedan sentirse como en casa en la Iglesia y en la sociedad. En este sen­tido, ellos son tanto los beneficiarios como los agentes de la nueva evangelización.

17.- Es un modo concreto de colaborar en la realización del Reino de Dios. El Reino de Dios se realiza cuando Dios viene al encuentro del hombre y atiende sus necesidades: es el reino de la libertad, donde la persona humana no es más prisionera del ansia por el futuro: no os preocupéis por el día de mañana… ¿qué comeremos? ¿Qué beberemos? De estas cosas se preocupan los paganos…» (Mat. 6, 34)

Jesús campara el Reino de Dios a un grano de mostaza; es la más pequeña entre todas las semillas, pero, cuando crece, se hace un árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas (Lc. 13, 18).

Así, cuando nosotros nos comprometemos a eliminar las necesidades materiales, nuestra acción va más allá de la exis­tencia terrena, para insertarse en la realización del reino y obra de Dios. Hacemos propiamente lo que debemos hacer como cristianos: trabajar por el reino de Dios. Estamos haciendo pro­piamente lo que tenemos que hacer como vicencianos: anunciar a los pobres un gozoso mensaje, proclamar a los prisioneros la liberación… (Lc 4, 18)

18.- Porque el cambio sistémico es una forma importante en nuestra espiritualidad vicenciana hoy? Al menos por tres ra­zones:

  • porque cambia la vida de las personas de forma individual
  • porque cambia las relaciones sociales
  • porque cambia las estructuras sociales.

19.- Primero, cambia la vida de las personas

Con la metodología del cambio sistémico no sólo damos algo a los pobres, más bien les damos la dignidad, les ayudamos a valorar sus propios recursos. Tenemos todos los recursos que podemos emplear para la realización del Reino: sean materiales o espirituales. Lo que es extraordinario es que incluso los que no tienen aparentemente nada, como los pobres, pueden trabajar por el Reino de Dios y contribuir al proyecto divino de «hacer un nuevo cielo y una nueva tierra».

Dar a los pobres esta posibilidad es la caridad más grande que podemos hacerles

20.- Segundo, cambian las relaciones sociales.

Cuando nos comprometemos en un proyecto de cambio sis-témico, nos empeñamos en construir una nueva comunidad en el mundo. San Pablo dice que «hasta hoy la creación entera gime y sufre dolores de parto» (Rom. 8, 22). Este gemido viene del pro­fundo deseo de comunión con Dios y entre nosotros, una comu­nión que trasciende los límites del tiempo y del espacio.

Al mismo tiempo, este gemido expresa el deseo de Dios por la comunión con nosotros y con todo lo que Él ha creado: Dios desea «que la misma creación sea liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 21). Esta es la libertad de la auténtica comunión espiritual.

El cambio sistémico como ministerio nos llama a la comu­nión con Dios y con los hermanos y realiza esta comunión, que es el don más grande que podemos ofrecer. Eso crea relaciones nuevas y duraderas. Estas nuevas relaciones potencian a las per­sonas y su productividad. Pero esto es sólo el efecto secundario de una energía creadora mucho más profunda: la energía del amor sembrado y alimentado en la vida humana a través de la relación con Cristo.

21.- Sobre todo, cambian las estructuras sociales, los sistemas sociales.

El verdadero significado de la solidaridad hoy en día no es la que deja la estructura social así como está, sino la que toca las estructuras que producen y reproducen la pobreza («estructuras de pecado») y las modifican.

Muy claros con respecto a esto son dos pasajes de la Sollicitudo Rei Socialis, Juan Pablo II (Nos. 38-39):

… Ante todo se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asu­mida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como « virtud », es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas perso­nas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdadera­mente responsables de todos. Esta determinación se funda en lafirme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales « actitudes y estructuras de pecado » solamen­te se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del pró­jimo, que está dispuesto a « perderse », en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20,25 ; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).

El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de una por­ción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse res­ponsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de soli­daridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legíti­mos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos

22.- ¿Cómo podemos percibir esta actividad como un minis­terio vivificante y lleno de esperanza? La oración es la disciplina espiritual exterior y el agradecimiento la actitud espiritual interior. La oración es el punto de partida, porque en ella orien­tamos todos nuestros pensamientos y sentimientos sobre noso­tros mismos y los demás. Orar es desear conocer plenamente la verdad que nos hará libres (Jn 8, 32). La oración nos permite vernos a nosotros mismos y a los otros con los ojos de Dios. No es una verdadera oración la que no nos cambia, como no es ver­dadera acción evangélica (es decir evangelización) la que nos deja tal como somos.

En la oración buscamos la voz de Dios y permitimos a la Palabra de Dios abrir brecha en nuestros miedos y resistencias, para comenzar a oír la cosa más importante que Dios quiere hacernos saber, es decir, que antes de lo que pensamos y hace­mos, la verdad más profunda de nuestra identidad es esta: «tú eres mi hijo predilecto, en ti me complazco» (Le 3, 21). Y esta conciencia nos cambia, como nos cambian las verdaderas y auténticas relaciones de amor en nuestra vida.

En la oración el espíritu de agradecimiento crece en nosotros: es la gratitud que deriva de la conciencia de que lo que somos y tenemos es don suyo para recibir y compartir. De aquí una gran confianza y libertad en nuestra misión, que no depende de los resultados sino de la dedicación con que nos empeñamos en ella.

23.- La reflexión desarrollada nos lleva a una sorprendente conclusión: comprometernos a erradicar las causas de la pobre­za, en la perspectiva del cambio sistémico, muestra casi una coincidencia perfecta con las palabras que cada día pronuncia­mos recitando el Padre nuestro…

«Venga tu reino»: ¿qué reino sino un reino de justicia y de paz, donde reinen igualdad y fraternidad, en el que todos puedan vivir con plenitud la propia humanidad?

«Hágase tu voluntad»: ¿Acaso no es voluntad de nuestro Padre celestial que todos los hombres se sientan hijos suyos y hermanos entre ellos? Pero, ¿cómo podemos sentirnos hermanos cuando algunos tienen demasiado y otros no tienen lo suficien­te para vivir con dignidad?

«Danos hoy nuestro pan de cada día» es la petición que a nadie falte cuanto es indispensable para que pueda vivir de modo digno; pero, ¿cómo pedir esto a Dios, sin comprometer­nos en crear condiciones humanas y sociales para que esto sea posible?

«Líbranos del mal»: el rostro más elocuente y evidente del mal que tiene prisionero al hombre es la miseria en la que está forzado a vivir, sin que consiga ver una esperanza de vida alter­nativa.

24.- La reflexión sobre la espiritualidad del cambio sistémico nos lleva entonces a la conclusión siguiente: cuando recitamos el Padre nuestro unimos admirablemente, en nuestra oración, las expectativas de Dios (en la primera parte de la oración) a las expectativas de los hombres (en la segunda parte de la oración); así también, cuando nos comprometemos a erradicar las causas de la pobreza, y a promover el crecimiento de los que viven en situaciones inhumanas, unimos de la misma manera, en nuestra acción, las expectativas divinas y aquellas humanas, así como el auténtico espíritu vicenciano sabe unir la contemplación a la acción, el amor afectivo al efectivo, Cristo y el pobre, el evan­gelio y la vida.

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