Espiritualidad vicenciana: Milagrosa

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Virgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente De Dios, C.M. · Año publicación original: 1995.

I. El hecho de las apariciones. Difusión extra­ordinaria de la Medalla. El nombre de «Milagrosa». II. Doctrina eclesial sobre las apariciones, Credibilidad de la vidente y de las apariciones. III. La condición simbólica del hombre y el sim­bolismo de las religiones. Las apariciones marianas como ex­periencias espirituales de tipo profético. El momento histórico de la Medalla Milagrosa. IV. Los signos de la Medalla Milagro­sa. Su doctrina mariológica. V. La mariología de san Vicente de Paul. Relectura de la mariologla de la Medalla a la luz de la ma­riologla vicenciana. VI. La Medalla Milagrosa instrumento de oración para el pueblo de Dios. La familia de la Medalla Mila­grosa.


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I

Durante el tiempo de su seminario interno, que duró del 21 de abril de 1830 al 31 de enero de 1831, una Hija de la Caridad llamada Catalina Labouré tuvo visiones del corazón de san Vicen­te de Paúl, visiones del Señor en la Eucaristía y visiones de la Virgen Santísima. Las más conoci­das y divulgadas son las últimas y a ellas se re­fiere este artículo.

Fueron tres. La primera en la noche del 18 al 19 de julio, en que la Virgen se le aparece senta­da en un sillón de la capilla que las Hijas de la Ca­ridad tienen en la rue du Bac de París y entabla con ella una larga conversación sobre los aconte­cimientos políticos, religiosos y congregacionales que estaban ocurriendo en aquel momento o es­taban a punto de ocurrir (revolución de julio de 1830) y además le anuncia que se le va a enco­mendar una misión. La segunda el 27 de no­viembre por la tarde, durante el tiempo de oración de las seminaristas en la misma capilla. Lo que Ca­talina vio esta vez fue una especie de medalla vi­va, en movimiento, con la Virgen María en el an­verso y una serie de signos en el anverso y reverso. Oyó una voz que le decía: «Haz acuñar una me­dalla según este modelo; todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias… esas gracias serán abundantes para quienes la lleven con con­fianza». Más tarde, probablemente en el mes si­guiente, volvió a ver la misma aparición con algu­nos pequeños detalles diferentes: «Ella se me apareció una tercera vez, no recuerdo cuando».1

Apenas comienza a conocerse, acuñarse y lle­varse la Medalla Milagrosa (en adelante MM), co­mienza también a acreditarse entre el pueblo de Dios de una manera que podríamos llamar avasa­lladora. Lo prueban principalmente tres hechos. El primero es la difusión de la Medalla: en menos de cuatro años, de junio de 1832 a febrero de 1836, consta la acuñación de más de 12 millones de medallas, en 1839 son ya 18 millones y, al mo­rir la vidente el 31 de diciembre de 1876, se ha­bían distribuido por todo el mundo más de mil mi­llones. El segundo es la divulgación de la «Noticia histórica sobre el origen y efectos de la nueva Me­dalla…», escrita por el director y confesor de la vi­dente, P. Juan María Aladel, C.M. : de 1834 a 1842 se publicaron ocho ediciones con unos 150 mil ejemplares, «sin contar las traducciones italiana, inglesa, flamenca, española, alemana, griega y chi­na». El tercero es la cantidad asombrosa de hechos juzgados milagrosos que se atribuyeron a la me­diación de llevar la Medalla y rezar su jaculatoria: conversiones y curaciones de todo tipo.

Esta triple prueba es la que aduce la famosa «Encuesta Quentin», elaborada por una Comisión constituida por el Arzobispo de París el 12 de fe­brero de 1836 para investigar el origen, proceso y autenticidad de la MM. Como consecuencia de estos hechos, el pueblo cristiano puso espontá­neamente a la Medalla el nombre de Milagrosa. Fue cosa del pueblo. La Iglesia, en la liturgia, pre­firió llamarla Sagrada, la Sagrada Medalla.2

II

Damos por supuesto el conocimiento de la doctrina de la Iglesia o de sus teólogos sobre las visiones y apariciones marianas: posibilidad, na­turaleza, relación con la revelación pública, crite­rios de discernimiento, qué significa el juicio que la Iglesia pueda dar sobre ellas, etc.3

Un punto importante de discernimiento es la credibilidad del vidente o la vidente. El P. Pierre Cos­te, secretario general y archivista de la Congre­gación de la Misión (t1935}, llegó a escribir en contra de Catalina Labouré a la Sagrada Congre­gación de Ritos para que no procediera a su ca­nonización. El hecho de que sus objeciones fue­ran desestimadas y que la vidente fuera elevada a los altares en 1947, indican la fuerza de la san­tidad de ésta. Si a ello se añade el estilo personal de aquella mujer, nada exhibicionista, ni neuróti­ca, ni voluble, ni soñadora, habrá que concluir con René Laurentin: «Un buen uso de la crítica histó­rica (con la simpatía y sensibilidad hacia las reali­dades de la fe y la experiencia cristiana, sin las que nada en la historia se comprende, especialmente en la historia religiosa) establece los hechos de las apariciones de la MM de manera seria y convin­cente, con derechos idénticos a los de los hechos históricos que todos admiten».4 El «Nuevo Dic­cionario de Mariología» (o. c., p. 188), hablando pre­cisamente de las apariciones de la rue du Bac, di­ce: «Como la vidente se negó a dar testimonio, las apariciones no fueron nunca reconocidas ofi­cialmente, pero fueron tácita y favorablemente aceptadas por las autoridades de la Iglesia. Gre­gorio XVI y Pío IX usaron la Medalla Milagrosa».

III

Las apariciones se presentan como una ma­nifestación sensible de lo sobrenatural y respon­den a la condición simbólica del hombre y a la sacramentalidad de las religiones. El hombre, espí­ritu realizado corporalmente, es el centro de co­municación de dos mundos, el lugar donde la realidad invisible toma su figura visible más acu­sada. Y las religiones acuden a la mediación de lo simbólico (signos, gestos, símbolos) para que el creyente pueda contactar con lo trascendente desde su condición corporal.

Esto, que es común a todas las apariciones marianas, se manifiesta de manera especial en las apariciones de la MM, que es ante todo un con­junto de signos, que terminan grabados o escul­pidos, y de los que por tanto no es posible dis­traerse. Por otra parte, las apariciones marianas, también las de la MM, se dirigen preferentemente al pueblo sencillo de Dios, a personas al estilo de la misma Virgen María en su vida histórica real, o al estilo de los videntes, casi siempre niños o personas simples, más abiertas por consiguien­te al lenguaje simbólico y más necesitadas de él que lo pudieran estar personas adultas racionali­zantes.

Lo cual no quiere decir que las apariciones no sean para los sabios. «Las revelaciones privadas no se refieren sólo a la vida espiritual de un par­ticular, sino, por privadas que sean, se dirigen por mediación del beneficiario directo a la Iglesia o a una parte importante de la Iglesia: revelaciones privadas que presentan una devoción nueva, ex­hortan a la penitencia, comunican ciertas ins­trucciones, ponen en guardia contra cierta doc­trina, recomiendan una enseñanza espiritual o un tipo de espiritualidad, etc.» (K. Rahner, Les ré­vélations privées, en Rev. d’asc. et myst. 25 (1949), p. 506).

Por eso las apariciones marianas se ubican como experiencias espirituales de tipo profético: proclaman un mensaje de conversión del corazón a Dios, que aparece ilustrado y potenciado por un cuadro simbólico al que los videntes dan suma im­portancia. «Son un llamado, dirigido al pueblo cris­tiano, a las actitudes esenciales del evangelio. En ello está toda su novedad. Como en Cana, María nos dice, por boca de sus mensajeros, al mos­trarnos a su Hijo y al hacer que dirijamos la mi­rada al pequeño libro que contiene el espíritu de Cristo: Haced lo que El os diga» (Holstein H., en Du Manoir, Marfa, 8 volúmenes, París, Beau­chesne, 1949-1971, volumen V, p. 768.). Son un auxilio materno de María para el cumplimiento de la obra de su Hijo en un momento histórico par­ticular.

El momento histórico particular de la MM lo esquematiza así René Laurentin: «El éxito de la Medalla en el siglo XIX se explica en parte como reacción espontánea a la triple ola de racionalis­mo: humanista del siglo XVII, filosófico del siglo XVIII (siglo de las luces), Revolución francesa al alborear el siglo XIX, cuando se instaura el culto a la diosa Razón. El pueblo cristiano, ayuno de sig­ nos y símbolos, sentía la necesidad de éstos. La Medalla fue una respuesta providencial a un pue­blo que podía parecer descristianizado, pero que conservaba la fe, con hambre y sed de signos».5

La MM acontece, efectivamente, en un am­biente de racionalismo, es decir, de proclamada prioridad de la razón humana, incluso sobre Dios, producto de las fuerzas superadas pero que aún persisten en el espíritu, si se puede llamar así, de los ignorantes. Los ignorantes, para los autosufi­cientes representantes de la razón, se identifican con el pueblo humilde que aún pisa las iglesias y reza sus oraciones. Pero este pueblo, retraído an­te el alarde de aquellos racionalismos de tres si­glos, sale a la calle, de nuevo y gozosamente, con la MM, y se inicia un resurgimiento de eso que llamamos hoy religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular. De la piedad popular ha dicho Juan Pablo II: «No es necesariamente un sentimiento vago, carente de sólida base doctri­nal, como una forma inferior de manifestación religiosa. Cuántas veces es, al contrario, como la expresión verdadera del alma de un pueblo, en cuanto tocada por la gracia y forjada por el en­cuentro feliz entre la obra de la evangelización y la cultura local… Así, guiada y sostenida y, si es el caso, purificada por la acción constante de los pastores, y ejercida diariamente en la vida del pueblo, la piedad popular es de veras la piedad de los pobres y sencillos… Esta piedad popular es indisolublemente mariana. En ella, María santísi­ma ocupa el mismo lugar preeminente que ocu­pa en la totalidad de la fe cristiana» (María y la pie­dad popular, Homilía en el Santuario de Zapopan, Guadalajara, México, 30 enero 1979.)

IV

La devoción a la MM no es, desde luego, «un sentimiento vago, carente de sólida base doctri­nal». Si algo tiene esta Medalla es sólida doctri­na mariana, si bien expresada por medio de una admirable constelación de signos. Evidentemen­te, una medalla no puede ser un tratado dogmá­tico a modo de exposición magisterial, sino que sólo procede por evocación. Esta evocación, sin embargo, pone más al alcance del pueblo las ver­dades marianas y las pone con su nimbo no só­lo de verdad sino de poesía. Aparentemente, la MM se reduce a un conjunto ingenioso de trazos escuetos, como concentrando en dibujos infan­tiles unos cuantos pasajes bíblicos. Pero como en los dibujos escolares, cuando cordialmente se la contempla, brotan enseguida el misterio, la profundidad y el encanto que aureolan a la Madre de Cristo y de los cristianos y que tanto se echan de menos en las exposiciones dogmáticas o magis­teriales. El pueblo lee mejor y aprende más en la Medalla que en los libros.

1. Los signos de la MM se resumen así en el libro «La Medalla Milagrosa: doctrina y cele­bración»:6

En el anverso: Medio globo terrestre sobre el que la figura de María apoya los pies. / Debajo de los pies, una serpiente verdosa con pintas amari­llas. / En las manos, haces de luz que tienden ha­cia la tierra. / Alrededor, la inscripción «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que re­currimos a ti». / No figura en la Medalla, pero es necesario tenerlo en cuenta para su cabal com­prensión, el momento de la aparición en que la Vir­gen se presenta a la vidente con un globo en las manos coronado por una pequeña cruz dorada.

En el reverso: La Cruz entrelazada con la le­tra M. / El corazón de Jesús coronado de espinas y con llamas en la parte superior y, a su lado, el corazón de María atravesado por una espada y también en llamas en la parte superior. / Alrede­dor, envolviendo los símbolos anteriores, las do­ce estrellas.

De todos estos símbolos podemos formar tres grupos:

Símbolos inmediatamente bíblicos: Los dos corazones de Jesús y de María en cuanto expre­san la profecía del anciano Simeón: «Y una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 351 y que aluden tam­bién a la presencia de María en el Calvario. / Pre­sencia expresada asimismo y sobre todo por la unión de la letra M y la Cruz. / Las estrellas re­cuerdan claramente el texto del Apocalipsis: «Y en su cabeza una corona de doce estrellas» (12, 1). / El color del vestido y la belleza de la imagen alu­den al mismo versículo: «Una mujer vestida de sol». / La serpiente a los pies de María traduce el Protoevangelio: «Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ha­brá en su descendencia quien quebrante tu ca­beza» (Gn 3, 15).

Símbolos remotamente bíblicos: La Cruz y la letra M, en cuanto nace la primera de la segunda, podría considerarse como una estilización de la infancia de Jesús, particularmente del capítulo pri­mero de Lucas. / También aluden sin duda, como hemos dicho, a «María al pie de la Cruz» (Jn 19, 25), símbolo en este caso inmediatamente bíblico.

Símbolos naturales, que expresan en el or­den sobrenatural lo que de suyo significan: Los rayos de luz en las manos, / los globos, / la actitud orante (Virgen del Globo), / la actitud de dis­tribuir (Virgen de los Rayos).

Se trata de signos sencillos, que casi con só­lo verlos se comprenden, aparte de que la mis­ma Virgen se los explicó a la vidente. Jean Guit­tan llegó a escribir que la MM es un símbolo de todo, un concentrado de lo máximo en el mínimo, una miniatura que junta en un todo la mariología, un micro-apocalipsis en el sentido de una imagen o una alegoría del pensamiento global de la Igle­sia acerca de la Madre de Cristo (J. Guitton, La superstición, superada, CEME, Salamanca, 1973, pp. 82-86). Es un modo imaginativo de escribir, un modo que el pueblo sencillo suscribiría si su­piera escribir como Jean Guitton supiera.

2. Hay dos modos fundamentales de reflexión sobre el contenido doctrinal de la MM: Uno con­sistente en partir de la Medalla y estudiar el sig­nificado de cada uno de sus símbolos: vgr. la Vir­gen con el globo en las manos, la Virgen con las manos extendidas, los dos corazones unidos, las doce estrellas, la cruz y la letra M, etc. Y el otro consistente en partir de lo que la Biblia y la Igle­sia dicen de María y ver cómo eso que dicen está contenido y significado en la MM: vgr. el protoevangelio, el pasaje del capítulo 12 del Apo­calipsis, la profecía de Simeón, María al pie de la cruz, etc. (Se puede tomar como punto de parti­da lo que la Constitución sobre la Iglesia -LG 55 a 59, dice de María en la Biblia y verlo en la MM). Cualquiera que sea el método que escojamos, el resultado es sorprendentemente positivo: puede afirmarse que no hay lugar bíblico mariano que no esté incorporado a la Medalla explícita o implíci­tamente, y que no hay enseñanza de la Iglesia so­bre María que no pueda asimismo encontrarse en­cerrada en la MM. Por eso se ha llamado a la MM una Biblia ilustrada, la Biblia de los pobres, el Evangelio de María.

Un resumen del contenido doctrinal de la MM puede ser el siguiente:

El anverso expresa, sobre todo, el papel de María en el conjunto de la historia de la salva­ción, su papel sobre todo al principio y al fin, Gé­nesis y Apocalipsis. Contemplamos el protoe­vangelio, la serpiente hollada por los pies de la Vir­gen. La victoria sobre la serpiente será obra des­de luego del Hijo. Pero también la Madre entra en esa victoria (nota de la Biblia de Jerusalén a Gn 3, 15). Y contemplamos el pasaje mariológico de Apocalipsis 12, que, al referirse en primer lu­gar al pueblo de Dios, inserta a María en el ser y en la suerte de la Iglesia: María, «Madre-mode­lo-miembro» de la Iglesia (LG 53) Las doce es­trellas, símbolo de Israel y de la Iglesia (nota de la Biblia de Jerusalén a Ap 12, 1), pertenecen al anverso de la Medalla, aunque el orfebre de la mis­ma las trasladara al reverso.

El reverso expresa, sobre todo, el papel de María en el conjunto de la vida y obra de Jesucristo, su Hijo y Maestro, su papel sobre todo al principio y al fin, pues la Cruz y la letra M lo mis­mo evocan Belén que el Calvario; pero también en medio, durante toda la vida, como lo dicen los dos corazones unidos. Unidos e identificados por los símbolos del amor (llamas) y del dolor (espi­nas y espada), que son las dos realidades que más unen en la vida: «La unión de la Madre con el Hijo se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta la muerte…» (LG 57).

Pero hay mucho más:

En el anverso, además del Génesis y el Apo­calipsis, podemos adivinar a María en su Visitación (pues nos visita con su Medalla), atendiéndonos como a Isabel y proclamando el Magnificat de la predilección de Dios por los humildes del mun­do, que ella tiene en sus manos (Virgen del Glo­bo) o a sus pies (Virgen de los Rayos). Y pode­mos descubrirla con naturalidad en la boda de Caná, intercediendo ante las carencias humanas necesitadas del vino abundante de los bienes del Señor. Todo como un resumen de su activi­dad de criatura glorificada la primera después de Cristo.

En el reverso, cerca de Belén, donde el niño nace de la madre como la cruz de la letra M, pre­senciamos la profecía del anciano Simeón sobre la espada dolorosa, que no sólo presagia el dolor de la Madre cuando vea morir a su Hijo tan in­justamente, sino que nos hace entrever el dolor de la Creyente que tiene que remontar cada día los problemas de la fe (Lc 2, 35). Y en la cima del Calvario, asistimos a la entrega de su Madre que nos hace Cristo exaltado en la cruz para que sea también Madre nuestra (Jn 19, 27). Todo como un resumen de la vida terrena de Jesús y de María desde el principio hasta el fin.

Si atendemos a la mariología de los privilegios (que debe ser también mariología de la misión-servicio), vemos en el anverso la inmaculada concepción de María, su intercesión, su realeza. Y vemos en el reverso su maternidad divina, su íntima unión con el Hijo, su cooperación a la re­dención, su maternidad espiritual, su calidad de miembro-madre-modelo de la Iglesia, su asunción (pues la asunción es la proclamación del triunfo to­tal de María sobre el pecado y la muerte, bien ex­presado en la MM).

No es exagerado, por tanto, decir que la MM es un condensado en símbolos de toda la mario­logía. (Cf A. FEUILLET, La doctrina mariana del Nuevo Tes­tamento y la Medalla Milagrosa, en Las Apariciones… o. c. pp. l91-232; V. DE Dios, 0. C., pp. 73-144; R. RÁBANOS, Origi­nalidad de la Medalla Milagrosa, en la revista La Milagro­sa, Madrid, 1955; J. DELGADO, Mariología en símbolos, Ed. La Milagrosa, Madrid, 1965, y Mensaje de Rue do Bac, Ed. La Milagrosa, Madrid, 1968.[/note]

V

Muchos institutos religiosos y sociedades de vida apostólica tienen como herencia de espiri­tualidad y apostolado la devoción a la Virgen Ma­ría bajo una advocación propia, nacida en muchas ocasiones del hecho histórico de una aparición ma­riana a uno de sus miembros. Las apariciones de la Virgen y Medalla Milagrosa a Catalina Labouré se dirigen, por medio de la vidente, no sólo a la Iglesia en general, sino a las Hijas de la Caridad y a la Congregación de la Misión en particular, so­ciedades fundadas ambas por san Vicente de Pa­úl. Y no sólo porque la vidente era seminarista de las Hijas de la Caridad, sino porque buena parte de la primera aparición (la de la noche del 18 al 19 de julio) se ocupó de la conducta y suerte de la doble familia vicenciana, y porque a la influen­cia de la MM se atribuye el impresionante resur­gimiento de la misma después de la revolución francesa.7

1. En este contexto se explica perfectamen­te el reto lanzado por el P. André Dodin, C.M., de releer el mensaje de la MM a la luz de la mario­logía de san Vicente de Paúl.8

Aparentemente, hablar de mariología vicen­ciana no tiene gran punto de apoyo, pues Vicen­te de Paúl no destaca a primera vista en devoción ni doctrina marianas, lo cual resulta aún más ex­traño si se tiene en cuenta que en su tiempo se daba una enorme inflación de devoción oficial a la Virgen (reyes y ministros, teólogos e institu­ciones), lo mismo que de devoción popular, exa­cerbada ésta por la reacción contra el protestan­tismo, que negaba el papel mediador de María y tachaba a los católicos de mariólatras.

Quizá podamos encontrar en esta desmesu­ra, si pensamos en el estilo vital de Vicente de Paúl, la raíz de su propio modo de enfocar la re­lación cristiana con la Virgen María. Era un hom­bre para quien lo ruidoso y exhibicionista sólo estorbaba la verdadera eficacia, lo afectivo sólo valía en la medida de su efectividad y lo que no incidía directamente en la evangelización de los pobres quedaba fuera de su mundo de interés. «Trabajemos humilde y respetuosamente. Si no, Dios no bendecirá nuestro trabajo, alejaremos a los pobres de nosotros… Hagamos lo que hagamos, nunca creerán en nosotros si no mostra­mos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros… Si obran ustedes así, Dios bendecirá sus trabajos; si no, no harán más que ruido y fanfarrias, pero poco fruto» (I, 320)

La mariología de san Vicente no es maxima­lista. Dodin va demostrando que al santo no le gustan las recetas y prácticas fáciles de devoción, como tampoco la exteriorización exagerada ni las manifestaciones excesivamente ruidosas de la religión popular; que, por el contrario, le gus­ta la Virgen sencilla y pobre, la del silencio, mo­destia y oración, la Virgen de las «virtudes sóli­das», la que «habla por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar» (IX, 733).

Estas cautelas de Vicente de Paúl (nos dice Dodin en el párrafo más importante de su estu­dio) «le permiten mantener serenamente su mi­rada sobre lo que él juzga esencial en la vida y misterios de la Virgen. También nos permiten a nosotros constatar que la devoción a la Virgen no es una pieza accesoria y sobreañadida al culto de­bido a la Santísima Trinidad y al Verbo encarna­do (cf. Reglas Comunes C.M., X, 2-4). Es una ac­titud básica, fundamental, de todo su ser. Forma parte, la más íntima, de su religión; armoniza y vivifica enteramente su experiencia religiosa. Tres privilegios, tres misterios de María se le hacen presentes constantemente en su meditación: la Inmaculada Concepción, la Anunciación y la Vi­sitación. Estos tres misterios serán el punto de apoyo, la letra y el espíritu de tres actitudes que caracterizan su caminar hacia Cristo y su vida en Dios».

Lo admirable es que la elección de estos tres misterios, la predilección que el santo muestra por ellos, constituyen una de las pruebas más fuer­tes de su unidad de pensamiento y de vida, tan características suyas. No son tres devociones que se queden en devociones, que se queden en sí mismas; resultan ser las actitudes necesarias pa­ra la evangelización de los pobres contempladas en el alma de la Virgen María, la primera y mejor de todos los cristianos. El ser misionero de san Vicente se revela en sus elecciones piadosas. No tiene una piedad desconectada. Le nace de «su fe y su experiencia», de su vida, convicciones y acción. Le nace de ahí y lo potencia todo.

2. ¿Cuáles son esas actitudes misioneras? El «dársenos Dios» o la Inmaculada Concepción, el «darnos nosotros a Dios» o la Anunciación, y el «darnos a los pobres» (darles a Dios y a no­sotros) o la Visitación.

La Inmaculada Concepción o el «dársenos Dios». Sin Dios no podemos nada. Pero para que Dios se nos comunique hacen falta unas dispo­siciones, aunque también éstas se las debamos a Dios. Si Dios se comunica a María y la elige pa­ra Madre suya, es porque esas disposiciones exis­tían en ella en forma de pureza y humildad. «Dios no tolera el vacío», decía san Vicente. Podemos aplicarlo al vacío de nosotros mismos creado por esas virtudes: la humildad o el sentirse nada en presencia de Dios para ser llenado por él, con lo cual se podrán hacer maravillas; y la pureza o la luz-resplandor-belleza espiritual que atrae la mirada amorosa de Dios: «has hallado gracia a mis ojos»… (San Vicente lo aplicaba también a la comunión: prepararnos con humildad y pureza para que Dios nos halle agraciados y pueda agraciarnos más).

La Anunciación o el «darnos a Dios». Es el mo­vimiento recíproco al anterior: Dios se nos da, nosotros nos damos a él. Como María: «He aquí la esclava del Señor». Darnos a él en sí mismo y en quienes más lo representan, que son los po­bres. También aquí «la fe y la experiencia» de Vi­cente: aquel momento de su vida en que vence su crisis de fe «entregándose totalmente de por vida al servicio de los pobres por amor a Jesu­cristo», el momento de su conversión, de su «fiat», de su vuelta definitiva a Dios: «Démonos a Dios para realizar su obra».

La Visitación o el «darnos a los demás». No hizo otra cosa la Virgen María. Todo termina aquí: la Inmaculada y la Anunciación son para la Visi­tación. No hizo otra cosa san Vicente y no para otra cosa fundó sus instituciones: Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad, Damas de la Caridad. Lo mismo que Jesucristo. Se unen Dios y el prójimo, la oración y la entrega, la contem­plación y la acción, la filiación y la fraternidad. Es el ideal de la espiritualidad y de toda la vida cris­tiana.

3. ¿Es necesario o conveniente hacer esta re-lectura del mensaje de la Milagrosa a la luz de la mariología vicenciana, tal como la hemos resumi­do? Seguramente sí. La aparición de María en me­dio de la familia vicenciana ha de estar en conso­nancia con la mente del fundador y los fines que le propuso. Dodin cree descubrir «una disconti­nuidad histórica, una diferencia de naturaleza, una diversidad de estilo» entre la piedad mariana de san Vicente y la que de hecho se vivió en gran me­dida a partir de las apariciones de la MM. María es siempre la misma, lo mismo que su Hijo Jesús, y sus actitudes fundamentales no pueden ser otras que las reveladas en los tres misterios dichos. Pero nuestra captación de la figura y de los inte­reses de Jesucristo y de su Madre puede variar según épocas, circunstancias e imágenes de la Iglesia. Quizá la devoción a la Milagrosa, tal como en ocasiones se ha realizado y comparada con la devoción de san Vicente a la Virgen, sea más ex­tensa y menos profunda, más clamorosa y menos comprometida, más de proclamación que de ac­ción, más de privilegios que de misión y caridad. Por eso haremos bien si la piedad mariana del fundador, sobria, pero sólida, profunda, cristiana y misionera, nos sirve para interpretar el mensa­je de la MM y darle pleno sentido.

4. ¿Cómo llevar a cabo esta obra? Dodin nos da tres pistas, apoyadas en tres inspiraciones «vi­cenciano-marianas»:

La primera, mantener siempre la unión entre Cristo y María: no excluir jamás a María para sal­var la trascendencia del Hijo, y jamás olvidar al Hi­jo para honrar a la Madre. Tanto más cuanto que el reverso de la Medalla, de manera especial, ex­presa con toda intensidad esa unión. Decía san Vicente de los pobres que, para ver en ellos a Je­sucristo, había que «dar vuelta a la medalla»; lo mismo le dijo la Virgen a Catalina: que había que dar vuelta a la Medalla, pues «la cruz y la M di­cen bastante». Y «de hecho -dice Dodin- es la unión de Cristo y su Madre, la gracia y sus inter­mediarios, lo que está allí grabado, humilde y de­finitivamente».

La segunda, unir la vida de piedad con los misterios de la fe, especialmente con esos mis­terios de la Inmaculada, Anunciación y Visitación. Así la piedad mariana tendrá profundidad y sen­tido y no se desviará por caminos de sólo imagi­nación y sentimentalismo, mucho menos de superstición. Unirla también a la vida real de la Virgen y de su mensajera Catalina Labouré, que permanecen silenciosas, orantes, humildes servidoras de los pobres.

La tercera, unir la devoción mañana con la vida caritativa y misionera, es decir, con la evangelización plena de los pobres. Y dar a toda actividad la referencia al espíritu, oración y entrega de la Virgen María. Recordando siempre que la MM es «un catecismo condensado, el catecis­mo de los pequeños, de los humildes y de los pobres».

VI

La riqueza de la MM no se agota con lo ante­riormente escrito. Siempre se puede encontrar agua nueva en su manantial. Cada generación que la ha llevado devotamente, se ha sentido anima­da en su fe y su fervor. Es la acción del Espíritu Santo, que sigue fecundando los grandes y tam­bién los pequeños veneros de la vida cristiana.

1. Tenemos que añadir a lo dicho un aspec­to primario de la MM al que aún no hemos alu­dido: que la MM es un instrumento de oración para el pueblo de Dios, especialmente para el pueblo sencillo y pobre. Se ha dicho de sus apa­riciones que son el encuentro de una mujer oran­te con una joven orante en una capilla de oración. En este mundo de oración, resaltan de modo pe­culiar la Cruz, la Eucaristía y el Rosario, tres di­mensiones fundamentales de la oración cristiana (V. De Dios, C.M., La Milagrosa, México, 1980, pp. 107ss.). La jaculatoria de la Medalla –«Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti»— es el signo más indicati­ yo. Sirvió para preparar en la Iglesia la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, ocurri­da veinticuatro años después de las apariciones, pero es válida para todo tiempo, pues denuncia el materialismo de la vida y la erotización del mun­do. La fiesta y oficio litúrgicos de la Virgen Mila­grosa se denominan oficialmente «Santa María Virgen Inmaculada de la Sagrada Medalla». Una oración clásica ya en muchas partes, inspirada por la MM, es la oración comunitaria periódica llamada «Novena Perpetua». De hecho la MM es milagrosa porque es una medalla de oración.

Oración para todos, pero especialmente para el pueblo sencillo y pobre. La Virgen se aparece a una muchacha de pueblo, a una campesina sin brillo alguno en lo humano: ni bella, ni ilustrada, ni sobresaliente, aunque con todos los valores morales del pueblo sencillo. Y entrega una «me­dalla», esto es, un signo irracional y casi irrisorio para los sabios y entendidos según los criterios del mundo, pero no para los humildes, a quienes Dios revela con preferencia su misterio (cf. Mt 13, 11-13í. De hecho la MM le ha servido a toda la familia vicenciana de instrumento eficacísimo para lá evangelización en cuerpo y alma de los po­bres, que es su razón de ser y su fin. Alguien ha dicho que las apariciones de la MM han sido de algún modo la consecuencia de la devoción ma­riana de los dos fundadores, Vicente de Paúl y Lui­sa de Marillac. No es cosa que se pueda saber de cierto, pero hay derecho a suponer si no una consecuencia, si al menos una consonancia o co­herencia.

2. Por último, es imprescindible referirnos a la familia de la MM. Un día le dijo la vidente a su director y confesor, el P. Aladel: «La Santísima Virgen quiere que usted comience una Asociación de la que será fundador y director, una Asociación de Jóvenes de Maria. La Santísima Virgen le con­cederá muchas gracias…» De aquí nació la Aso­ciación de Hijos e Hijas de María, cuyo primer grupo se fundó en un obrador o taller de alum­nas de las Hijas de la Caridad en la parroquia de San Pedro du-Gros-Caillou (París) el 8 de sep­tiembre de 1837. Hoy día, por adaptación inevi­table, los Hijos e Hijas de María se denominan en la mayor parte del mundo Juventudes Marianas Vicencianas y están adquiriendo desarrollo y fuer­za notables, a veces espectaculares.

Posteriormente han surgido otras asociaciones en las que el culto y devoción a la Virgen de la MM es central, como la Asociación de la Inma­culada Concepción de la Sagrada Medalla, cuyo ministerio predilecto es la Visita Domiciliaria, la Mi­licia de María Inmaculada fundada por san Maxi­miliano Kolbe, la Legión de María fundada por Frank Duffr etc. (cf. J. TABOADA, C.M., La Meda­lla Milagrosa, doctrina y devoción, Madrid, 1984, pp. 22-23).

Millones de personas invocan a Dios en el mundo valiéndose de la MM. Podemos afirmar que la MM es un regalo de Dios al mundo por medio de la Madre de Dios. Un regalo para la oración, el conocimiento, la esperanza, la supe­ración, el compromiso, el amor. Un regalo para to­dos, especialmente para los pobres de que habla el Evangelio.

Bibliografía

Además de la contenida en las Notas, ver:

Jean-Marie ALADEL, C.M., Notice historique sur (‘origine et les effets d’une nouvelle Medaille en l’honneur de l’lmmaculée Conception de las tres Sainte Vierge Marie, generalement connue sous le nom de la Médaille miracu­leuse, 14. edición en París el 20 de agosto de 1934; traducciones al español hechas y pu­blicadas en París, Barcelona y Valencia; Jules CHEVALIER, C.M., La Médaille Miraculeuse. Ori­gine, Histoire, Diffusion, Resultats, la. edición en París en 1878; traducido y publicado en Madrid, años 1885, 1895, 1906; Edmond CRA­PEZ, C.M., La Venerable Catherine Labouré, 11. edición en París en 1910; traducido al es­pañol de la tercera edición y publicado en Bar­celona; Lucien MISERMONT, C.M., Soeur Cat­herine Labouré et la Médaille Miraculeuse y L’ame de la Bienhereuse Catherine Labouré et quelques circonstancos moins connues des Aparitions de la Médaille Miraculeuse, publi­cados en París los años 1931 y 1933 respec­tivamente; René LAURENTíN, Catherine Labou­ré et la Médaille Miraculeuse: I. Documents authentiques (1830-1876), II. Proces de Cat­herine (1877-1900), París, Lethielleux, 1976 y 1979, 400 y 388 páginas respectivamente; René LAURENTIN, Vie authentique de Catheri­ne Labouré, 1. Récit, II, Preuves, París, Des­clée de Brouwer, 1980, 667 y 408 páginas respectivamente (traducción abreviada al es­pañol por Alfonso Ortiz y Alberto López, Vida de Catalina Labouré, CEME, Salamanca, 1984, 255 pág); Italo ZEDDE, C.M., La Medalla de la Madre, CEME, Salamanca, 1979, 66 páginas; J. EYLER, C.M., L’Immaculée et sa Médaille», París, 1968, 48 páginas (traducida al español por Horacio S. Palacios, C.M., Luján, Buenos Aires, 1975; Eliseo ViLLAFRUELA, C.M., Devo­cionario de la Medalla Milagrosa, Caracas, 1986, 98 páginas; Luigi CHIEROffl, Le Apari­zioni della Medaglia Miracolosa, 44 edición, Genova, 1988, 209 pags.

  1. Cf R. LAURENTIN, Fecha, número y autenticidad de las apariciones, en el libro Las apariciones de la Virgen María a santa Catalina Labouré, CEME, Salamanca, 1981, pp. 77-102.
  2. Cf Enquéte canonique sur la Médaille Miraculeuse, réalisée sous la responsabilité de Pierre Quentin, Vicaire Ge­neral et Promoteur du Diocése de París: 19 sessions du 16 fevrier au 13 juillet 1836. Aux archives de la Congrégation de la Mission -95 rue de Sevres-, et chez les Filies de la Charité -140 rue du Bac-.
  3. Cf A. VÁZQUEZ y R. LAURENTIN, Apariciones, en Nue­vo Diccionario de Mariología, dirigido por Stefano di Fiores y Salvatore Meo, Ed. Paulinas, Madrid, 1988, pp. 182-199; J. LOSADA, S. J., Valoración Profética de las apariciones en la Iglesia, en el libro Las apariciones de la Virgen María a santa Catalina Labouré, o. c. ; C. I. GONZÁLEZ, S. J., María, evangelizada y evangelizadora, CELAM, México, 1989, Apén­dice II, pp. 437-448.
  4. R. LAURENTIN, La Medalla Milagrosa: autenticidad, función, sentido, actualidad, en e#1#bro Las apariciones de la Virgen María a santa Catalina Labouré, o. c., p. 140.
  5. R. LAUREN FIN, La Medalla Milagrosa: autenticidad, función, sentido, actualidad, en Apariciones… a. c., pp. 135- 136: cf J. 1VP ROMAN, Misión histórica de la Milagrosa, en Anales, Madrid, noviembre-diciembre 1973, pp. 585-599.
  6. V. DE Dios, La Medalla Milagrosa: doctrina y cele­bración, CEME, Salamanca, 1986, pp. 55-57; E. CID, La Me­dalla Milagrosa, expresión gráfica de la mariologla, en el libro Las Apariciones de la Virgen María a santa Catalina La­bouré, o, c., pp. 161-189.
  7. Ph. ROCHE, influencia de la Medalla Milagrosa en la familia vicenciana, en Las Apariciones…, o. c., pp. 275-315; cf también El movimiento milagrosista, en Anales, Madrid, octubre de 1985, pp. 681-704.
  8. A. DODIN, El culto a María y la experiencia religiosa de san Vicente de Paúl, en Anales, Madrid, mayo de 1975; cf. J. P. RENOUARD, Sentido mariano en la experiencia es­piritual de san Vicente, en Las Apariciones…, o. c., pp. 11-25; A. ORCAJO, El seguimiento de Jesús según san Vicente de Paúl, cap. y: María la Madre de Jesús, Caracas, 1988, 1:4). 91- 103; B. Martínez, La Virgen María en Luisa de Marillac, en Anales, Madrid, mayo 1981, pp. 267-276.

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