Espiritualidad vicenciana: Mendigos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Consuelo Ajenjo Miguel, H.C. · Año publicación original: 1995.

I. La mendicidad en la historia.- II. El contexto francés.- III. Al paso de la Providencia.- IV. Los signos de los tiempos.- V. Las Hijas de la Caridad en este campo.


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«Nunca dejará de haber pobres en la tierra, por eso yo te mando: abre la mano a tu hermano, al indigente» (Deut. 15, 11).

1. La mendicidad en la historia

La mendicidad es un fenómeno económico y social de todos los tiempos y de todos los pue­ blos, y paralelo a él, la compasión y la caridad que impulsan a socorrer al desgraciado.

En los pueblos antiguos, la virtud de la cari­dad y la limosna eran tenidas en gran estima. La Biblia, en todos sus libros hace referencia a los mendigos. Entre los hebreos, era considerada co­mo una obligación sagrada. El Evangelio y los He­chos de los Apóstoles, aluden con frecuencia a los pobres y al ejercicio de la caridad en su fa­vor.

Es una figura tan antigua y tan popular, que en todos los siglos se encuentra literatura espe­cífica, y asimismo, renombrados artistas de la pintura, la han elegido como tema: Rembrandt, Murillo, Decamps, Graillon, entre otros, tienen obras con este título: Mendigos.

Cada país, a lo largo de la historia, ha inten­tado erradicar la mendicidad. Todos los pueblos han promulgado leyes al respecto, si bien, estas leyes, en la mayoría de las ocasiones, han sido represivas y condenatorias .

La miseria, la pereza, la invalidez, la desadap­tación, son algunas de las causas personales que abren el proceso hacia la mendicidad. Las crisis socio-políticas y económicas, los desajustes em­presariales, el avance de la técnica, la complejidad de la vida moderna, son hoy causas sociales o es­tructurales, que apartan de la vida social a indivi­duos o grupos.

2. El contexto francés.

En Francia, una Ordenanza de 1351, obligaba a todos los mendigos válidos a tomar trabajo o a salir de la ciudad en un término de tres días, ba­jo pena de prisión la primera vez, de picota la se­gunda y de marca al fuego para la tercera. En 1536, una ordenanza de Francisco I dispuso que las parroquias cuidasen de sus pobres.

En 16II, se redactan unos Estatutos para hos­pitales donde eran encerrados los vagabundos. Con ellos se les garantizaban las atenciones bá­sicas: comida y techo, así como trabajos apro­piados a cada sexo y edad. A la vez se dictaban sanciones para los que se resistían al encierro. Los mendigos, sin embargo, preferían su libertad a las seguridades ofrecidas y no renunciaban fácilmente a la ociosidad que les brindaba el vagabundeo.

En 1627, los mendigos eran obligados a em­barcarse para las Indias, al servicio de los barcos mercantes o de la marina. En 1688, se ordenó que los mendigos abandonasen París, bajo pena de ga­leras. A pesar de ello, el número de mendigos con­tinuó aumentando durante los siglos XVII y XVIII.

La Revolución fijó los Principios de la Benefi­cencia Pública en la Constitución de 1793, dispo­niendo que la sociedad tenga obligación de soco­rrer a todos sus miembros desvalidos y organizar, al efecto, todo un sistema de socorros.

3. Al paso de la Providencia.

En septiembre de 1621, San Vicente pasaba por Maoon para fundar una Caridad y encontró cientos de mendigos que pululaban por la ciu­dad, vagabundeando por sus calles. Pobres ma­teriales y espirituales: «Vivían en una ignorancia tan profunda de las verdades de la religión y es­taban hundidos en unos hábitos tan criminales que no so les podía ver sin asombro» (X, 634). Vi­cente de Paúl se dejó interpelar por una realidad que desborda las fuerzas políticas y económicas de su tiempo.

Conocía la experiencia negativa de anteriores soluciones, en las que primaba la preocupación por el orden ciudadano, sobre la piedad y la mi­sericordia. No le desanimó el fracaso de los hos­pitales que recluían a los menesterosos, donde éstos respondían con agresividad en su compor­tamiento, al verse privados de su libertad por la fuerza. Concibió un ambicioso proyecto, en el que, estableciendo un orden de prioridades, al­canzaba a todas las dimensiones del hombre:

1. Conocimiento de la realidad: Elaboración de un censo sobre los pobres que residían en la ciudad, y su clasificación en orden a la aplicación de los remedios: sanos, enfermos, mendigos, vergonzantes, etc.

2. Lugar de encuentro, no de reclusión, para proveer a sus necesidades, catalogadas según el grado de miseria y cargas familiares: pan, dinero, leña en el invierno, y para instruirles catequéti­cemente: misa, confesión, comunión…

3. Formación de la conciencia social, en orden a la creación de un fondo, que garantizase la con­tinuidad de los socorros. El relato del Abad La­platte, parece situarnos ante los criterios de la moderna Doctrina Social. San Vicente motivaba a la aportación ensalzando la excelencia de la Ca­ridad:

  • en dinero: recortando los gastos en lujos, comida, vestido, juego, etc.
  • en especie: grano, ropa, muebles, tela, etc.

Para atender a los 200 pobres censados, se constituyó un fondo que provenía: de lo que el cle­ro y los ciudadanos pudientes aportaban de cier­tas rentas que se aplicaron a esta obra, de los de­rechos de entrada de los oficiales en la ciudad, de las colectas que hacían las señoritas los do­mingos (X, 638s).

Estructura organizativa: Mediante la cola­boración de personas influyentes y responsables, tanto para la recaudación de los fondos, como para su justa distribución. «Supo tratar tan bien a los grandes y a los pequeños, que todos se em­peñaron en contribuir voluntariamente en tan bue­na obra» (Abelly, XV, 61).

San Vicente únicamente estuvo el tiempo pre­ciso para poner en marcha el gran proyecto que consiguió erradicar la mendicidad, y después se retiró.

Más adelante se establecería un Reglamen­to, modelo de precisión y detalle, para las Cari­dades mixtas. (X, 646ss)

5. Ejercicio activo de la caridad: La distribu­ción de los socorros era hecha con criterios de amor:

  • Respeto a su libertad: «Sin necesidad de edificios, ya que no se les puede tener encerra­dos en una casa», sino, eligiendo bien a las per­sonas que deban instruirles, en un lugar de en­cuentro, y que éstas les estimulen a «temer con un temor de amor» (X, 642).
  • Reeducación: dando margen de confianza a las personas, para que poco a poco fueran res­pondiendo a las «enseñanzas de cómo deben comportarse para su propio bien y salvación» (X, 642).
  • Promoción: enseñando a niños y jóvenes algún oficio que garantizara su futuro.

El Reglamento especifica y concreta la forma y los medios de promoción y establece los com­promisos tanto del maestro como del aprendiz (X, 650).

  • Sin discriminación: La Asamblea de perso­nas caritativas se comprometieron a atender con orden y discreción a todo tipo de pobres: mendi­gos y vergonzantes, sanos y enfermos, estables y ambulantes. A estos últimos se les proporcio­naba albergue por una noche y se les despedía al día siguiente con dos sueldos. (X, 636).
  • Constancia: Para evitar que, pasado el en­tusiasmo de los primeros, la caridad cesara, San Vicente se sirvió del mismo procedimiento de Châtillon: entusiasmar a las señoras en tan gran ejercicio, por lo que se comprometían dos días fi­jos por semana, para visitar a los enfermos en los barrios, proporcionándoles los remedios oportu­nos para el cuerpo y para el alma.

Aparece en todo este entramado organizati­vo, un preludio de los comedores de caridad, los talleres ocupacionales y los albergues de transeuntes .

Nada de esto se creó sin esfuerzo, el Abad La­platte, relata los obstáculos y las críticas al pro­yecto. (X, 634s). El mismo San Vicente, catorce años más tarde, recuerda estos comienzos en carta a Santa Luisa, que tropezaba también con dificultades en Beauvais: «Cuando se estableció la Caridad en Mapon, todos se reían de mí y me señalaban con el dedo por las calles y cuando la cosa salió bien, todos derramaban lágrimas de alegría» (1, 324).

La Caridad de Magon aparece como pionera de organización y promoción, pero no fueron me­nos importantes otros auxilios bien organizados y bien dirigidos a los afectados por las guerras: Champaña, Picardía, las revueltas de la Fronda, Lorena… S. Vicente cuenta con Padres como Bé­cu y Rondet y los Hermanos Guillard, Aulent, Bau­tista y Bourdet, para distribuir lo recolectado en la Corte, en los Palacios y entre los ciudadanos (1, 5421.

Destaca una figura clave: el hermano Mateo Regnard, particularmente sensible a las necesi­dades, «hace maravillas, según la gracia especia­Iísima que Dios le ha dado». (I, 573). Administraba y repartía pan, vestidos, dinero… Gran estratega, sabía burlar a los forajidos que le vigilaban porque conocían las fuertes sumas de dinero que trans­portaba. Cincuenta y tres viajes hizo a Lorena, donde la guerra, la peste y el hambre hacían es­tragos. (II, 311.

Tampoco faltaron Padres de la Congregación, émulos de Margarita Naseau, que, con sencillez admirable, llevaban la caridad a sus últimas con­secuencias: «le tenemos mucha compasión, –es­cribe S. Vicente a Marcos Goglée en Sedan– por esos dos enfermos que tiene en casa y por tan­tos pobres y moribundos que tiene que atender fuera de ella» (V, 42).

4. Los signos de los tiempos.

Conociendo al mendigo tradicional y sus ca­racterísticas e ignorando la realidad hoy, sería ló­gico llegar a la conclusión de que en una socie­dad llamada de bienestar, la mendicidad estaba superada.

Al pobre tradicional, mendigo que nace y se hace, se agrega el nuevo pobre, producto de la moderna sociedad, que no ofrece alternativas a situaciones nuevas, que podrían ser positivas, puesto que se derivan de mejores condiciones de vida y que alargan ésta.

La misma sociedad fabrica pobres en cadena, desde unos factores estructurales: distribución del poder, cambios sociales, reparto de bienes ma­teriales; una sociedad desbordada por la carencia y continua reducción de puestos de trabajo, que va apartando personas y poniendo máquinas en su lugar.

Pero no se habla de pobres o sus equivalen­tes: vagabundo, desarraigado, transeúnte, erran­te…, el término acuñado es «marginados» y está bien empleado, son personas que, por dife­rentes causas, quedan al margen de la organiza­ción social. No son personas aisladas, son gran­des grupos, amplios sectores, que no mendigan un pedazo de pan, reivindican un puesto en la so­ciedad que les ha sido arrebatado. Unos han si­do apartados: refugiados, emigrantes, exiliados, delincuentes… a otros se les aparca para que no entorpezcan la marcha en el camino: transeúntes, minorías étnicas, toxicómanos, vagabundos…. Unos y otros tienen algo en común: que no de­ jarán de ser pobres, que continuarán mendigan­do el pan, o el puesto de trabajo, o el protago­nismo social. (ver esquema).

Aparece la marginación como un proceso o recorrido del individuo o grupo, hasta situarse fuera del contexto social, contrario a los condi­cionamientos estructurales o con incapacidad para asumirlos. Si bien, el factor económico es determinante, no suele ser el único, ni siquiera el más importante: la cultura, la salud, la propia conciencia, las dificultades ante el cambio ace­lerado…. Además la pobreza no es algo circuns­tancial, estático. En una sociedad basada en el utilitarismo, la productividad y el consumismo, la pobreza es una situación estructural crónica, ya que el enriquecimiento de unos comporta el em­pobrecimiento de otros, sobre todo de los me­nos preparados, los menos útiles, los indefensos, los disminuidos.

5. Las Hijas de la Caridad en este campo.

A la tradición en el servicio de las Hijas de la Caridad en este campo, hay que agregar dos nue­vas razones, por las que en los últimos tiempos se han reforzado estas obras:

  • la vuelta a las fuentes, urgida por el Con­cilio Vaticano II
  • los signos de los tiempos: cambios es­tructurales, crisis económicas.

Por eso, en los Proyectos Provinciales, apa­recen estos servicios como opción preferencial y han aumentado el número de obras. Sin embar­go, el acento ha estado más puesto en el cómo que en el qué. Es decir, en la transformación y adaptación de estas obras:

El esquema adjunto, aclara que aún el pobre pobre, es hoy más sensible :

1. Sensible a las formas de servicio: el co­medor de una cocina económica, tiene que ser digno y estar complementado con detalles que in­viten al respeto, a la convivencia, a la intimidad, y a la vez, dar un margen de confianza a las per­sonas, que, si encuentran el ambiente propicio, van dando pasos lentos, pero verdaderos, de re­educación.

2. Sensible al trato humano. La Hija de la Ca­ridad, tiene que tener muy clara su condición de sierva y vivirla hasta el fondo de su ser, para si­tuarse ecuánime y serena ante los conflictos. Al pobre nadie lo escucha y de todas partes lo echan, por eso se muestra irascible y agresivo. Los co­medores y albergues son algo suyo, que les pro­voca una «catarsis vomitiva», mediante la cual expulsan toda la agresividad acumulada, que si es recogida con «paciencia, dulzura y compasión», por la Hija de la Caridad, sierva-humilde, afloran después unas actitudes positivas de acerca­miento, de charla confidencial que los libera.

3. Sensible al sentido de utilidad. El hombre, al verse apartado del programa social, sufre pro­fundamente, aunque la marginación, en parte, sea el resultado de una voluntad personal, cons­ciente o inconsciente que comienza y termina en el propio individuo.

Los comedores, albergues u otros centros aná­logos, tienen que tener un lugar a disposición del pobre, para estar cuando no tiene o no sabe don­de estar, y para que allí, pueda ser protagonista de su vida, al menos unas horas; donde encuen­tre una forma de emplear el tiempo y perciba una remuneración que le proporcione un mínimo de in­dependencia en sus gastos personales.

4. Sensible para exigir desde su idiosincra­sia: el pobre tiene una psicología especial y fun­ciona con esquemas «marginales», es decir, fue­ra de lo que llamamos «normalidad», y así, por ejemplo, desde su concepto de libertad, le pare­ce pagar un excesivo precio, si, para dormir bajo techo, tiene que someterse a un horario fijo.

Este es el gran reto en el funcionamiento de estas obras, conjugar una atención al hombre in­tegral y respetar su estilo, su forma de com­prender y amar la libertad como valor supremo: libertad de movimientos, que le ha ocasionado un desarraigo familiar y geográfico; libertad de acción, que le ha inadaptado socialmente para someter­se a unas mínimas estructuras; libertad mental, que la hace juguete y vaivén de sus propios sen­timientos.

Tarea no fácil, principalmente porque la ac­ción de la Hija de la Caridad, va encaminada a contrarrestar efectos, a nivel de persona, ya que las causas afectan generalmente a la transfor­mación de estructuras y a cambios profundos, que desbordan sus competencias.

Es trabajo duro, continuo y callado, que exige gratuidad plena. Es la forma de hacer afectivo y efectivo «el acto de amor que constituye la tra­ma de su vida: el servicio de Cristo en los pobres (Const. 2. 9).

Apéndice: diferentes pobrezas

Pobreza tradicional

La produce: un conjunto de carencias
afecta: al individuo aislado: pobre de solemnidad, chabolista…
aparece: localizada en suburbios, zonas rurales…
la caracteriza: la conformidad del pobre con su situación {sumiso, agradecido…)
actitud del pobre: acepta la caridad
continúa siendo pobre: porque no quiere dejar de serlo

Nueva Pobreza

La produce: la sociedad desarrollada
afecta: a un grupo específico: ancianos, subnormales…
aparece: esparcida por la sociedad…
la caracteriza: la falta de capacidad para aprovechar oportunidades (rebelde…)
actitud del pobre: exige justicia
continúa siendo pobre: porque no sabe dejar de serlo

Pobreza coyuntural

La produce: la crisis política y económica
afecta: a sectores amplios y diversos: paro, etc…
aparece: como cambio traumatizante en una vida normal
la caracteriza: carece de lo necesario, pero tiene hábitos de consu­mo imparables (inconformista)
actitud del pobre: reivindica derechos
continúa siendo pobre: porque no puede dejar de serio

Bibliografía

Documentación social, Revista de estudios sociales y sociología aplicada. ne 2: Marginados sociales. n2 44: Marginación social. ne 56-57: Po­breza y marginación. n2 76: Pobreza y riqueza.- Los pobres, formas de servicio, en Justicia y Caridad, 1986.

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