Espiritualidad vicenciana: Mansedumbre

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Year of first publication: 1995.

I. VIDA: Niñez, juventud. Sicología. Encuentro con San Vicente. Fundadora. Actividades. Su hijo. Las Hijas de la Caridad. Años finales. ESPIRITUALIDAD: ESCRITOS: Cartas. Pen­samientos. Intervenciones. DIRECTORES. VIDA ESPIRITUAL: Con­templación. Doctrina. Designio divino, voluntad de Dios, Provi­dencia. JESUCRISTO: el pobre. Doctrina. Eucaristía, méritos. Seguimiento: comunión con su vida, continuación de su mi­sión, participación en su muerte. MARIA: devoción critica y po­pular. Espíritu santo.


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La mansedumbre es la tercera de las cinco vir­tudes características de un misionero (Para algu­nas consideraciones generales sobre las virtudes características, lo mismo que para la Bibliografía, cf. el artículo sobre la sencillez). Es también una de las virtudes muy recalcadas en las conferen­cias de S. Vicente a las Hijas de la Caridad. «Por­que, ¿qué es caridad, nos dice él, sino amor y mansedumbre?»(IX, 253).

Este artículo se divide en tres partes: 1. un es­tudio breve de la mansedumbre como la enten­dió S. Vicente; 2. una descripción del cambio de horizonte que ha tenido lugar en la teología y en la espiritualidad entre los siglos XVII y XX y lo que afecta nuestro modo de considerar la manse­dumbre hoy; 3. un intento por recuperar la man­sedumbre en formas modernas.

I. La mansedumbre como la entendió san Vicente

Lo que nos enseña S. Vicente acerca de la mansedumbre está delineado más claramente en una conferencia dada en marzo de 1659, el día 28. También debemos mucho a sus cartas a Lui­sa de Marillac, a quien habla frecuentemente de cómo combinar la mansedumbre con la fortale­za. Consideraba la mansedumbre como muy uni­da a la humildad; de hecho, como la prudencia y la sencillez, ellas son «hermanas gemelas» (XI, 473).

a) Mansedumbre es la habilidad para mane­jar la ira (XI, 475). Se puede hacer esto o supri­miéndola (XII, 475) o manifestándola (XI, 476) go­bernada por el amor (XI, 477).

b) Mansedumbre es también la acogida, la dulzura, la afabilidad, y la serenidad del rostro ha­cia aquellos que se acercan a nosotros (XI, 477).

c) Lleva consigo tolerar las ofensas con per­dón y coraje. Debemos tratar con delicadeza in­cluso a aquellos que nos injurian (XI, 479). «La mansedumbre no solamente nos hace excusar las afrentas e injurias que recibimos, sino que inclu­so pide que tratemos mansamente a quienes nos maltratan, con palabras amigables y, si llegasen incluso a darnos un bofetón, que lo suframos por Dios; es esta virtud la que produce este efecto. Sí, un siervo de Dios que la posea, cuando se sienta ultrajado por alguien, ofrecerá a su divina bondad este rudo trato y se quedará en paz» (XI, 480).

d) Se basa en el respeto a la persona (IX, 255).

e) Lleva consigo combinar dulzura y firmeza. Escribe a Luisa de Marillac el día 1 de noviembre de 1637: «Si la dulzura de su espíritu necesita un poquito de vinagre, pídale prestado un poco de su espíritu a nuestro Señor. Oh, Señorita, qué bien sabía él buscar el agridulce cuando era necesario» (1, 408). A Denis Laudin, superior en Marsella, es­cribe en 7 de agosto de 1658: «Sopórtele, pues, padre, pero hágale guardar el reglamento todo lo que pueda, según el espíritu de nuestro Señor, que es al mismo tiempo suave y firme. Si no se gana a una persona por la mansedumbre y la pacien­cia, será difícil ganársela de otro modo» (VI1, 197).

f) S. Vicente ofrece muchos motivos a la do­ble familia para practicar la mansedumbre:

  • Les dice que nuestro Señor es eterna­mente manso hacia nosotros (IV, 54;1, 242; IX, 253).
  • «No hay personas más constantes y más firmes en el bien que los que son mansos y apa­cibles; por el contrario, los que se dejan llevar de la cólera y de las pasiones del apetito irascible, son ordinariamente muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos. Son co­mo los torrentes, que sólo tienen fuerza e impe­tuosidad en las riadas, pero se secan apenas ha pasado el temporal; mientras que los ríos, que re­presentan a las personas apacibles, caminan sin ruido, con tranquilidad, sin secarse jamás» (XI, 752).
  • El manso posee el don del discernimien­to (XI, 478): «Creo que sólo a las almas que tie­nen mansedumbre se les concede poder discer­nir las cosas».
  • Mientras las Hijas de la Caridad vivan en respeto y mansedumbre, será un paraíso; será un infierno cuando no vivan así (IX, 254).
  • La caridad consiste en el amor y la man­sedumbre (IX, 253); si una hermana no es mansa, entonces no es una Hija de la Caridad (IX, 254).
  • La mansedumbre dispone a la gente para volver al Señor (PC II, 6).
  • Los herejes, los condenados a galeras, y los que han apostatado son ganados por la pa­ciencia y la cordialidad (IV, 54. 420. 497; XI, 754; 1, 366). La discusión no busca la verdad sino re­sistir los argumentos de los otros, mientras que la mansedumbre tiende a la verdad (XI, 65).
  • Un misionero necesita mansedumbre si quiere poder aguantar la rudeza de la gente po­bre (XI, 588).

g) S. Vicente sugiere muchos medios para adquirir la mansedumbre:

  • Dice a la Compañía que el vicio contrario puede ser vencido si uno trabaja en ello, como él mismo tenía que hacer (!X, 77).
  • Antes de hablar o decidir u obrar, la per­sona irascible debería sujetar su lengua y cal­marse (XI, 754).
  • Deberíamos aguantarnos la invectiva, el reproche y las palabras ásperas (IV, 54).
  • No deberíamos hablar demasiado alto, si­no modesta y educadamente (IX, 259).
  • Deberíamos pedir perdón con prontitud (IX, 260s).
  • Deberíamos aprender, como S. Agustín, cuándo tolerar el mal más bien que intentar abo­lir todas las prácticas del mal (IV, 498).
  • Deberíamos aprender a someter nuestro juicio al de los demás (XI, 599).

h) A todo esto, debemos añadir algo que es evidente especialmente en la práctica de S. Vi­cente: construir la . paz. Esto aparece particular­mente, en dos niveles.

  1. Restañando las relaciones rotas. Uno de los objetivos de la «misión» era la reconciliación (RC XI, 8). Los misioneros estaban atentos a pacificar riñas y disputas durante las misiones. De hecho, con frecuencia hablan a S. Vicente de sus éxitos en este terreno.
  2. Intentando acabar con la guerra. A una es­cala mayor, S. Vicente mismo estaba preocupa­do profundamente por los estragos de la guerra y el dolor causado particularmente a los pobres. En dos ocasiones intervino personalmente en un intento por llevar la paz a su país.

Una vez, entre el 1639 y 1642, durante la gue­rra en Lorena, fue al Cardenal Richelieu, se arro­dilló delante de él, describió los horrores de la gue­rra, y abogó por la paz: «Monseñor, dénos la paz, tenga piedad de nosotros, dé la paz a Francia». Ri­chelieu rehusó, contestando que la paz no depen­día de él solo. (Cf. P. Coste, El gran santo del gran siglo, teme, Salamanca 1991, II, 351. Cf. también Abelly, Vida del venerable siervo de Dios Vicente de Paul, teme, Salamanca 1994, I, XXXV, 168).

Collet cuenta un episodio aún más chocante., quetoma de una narración escrita por el Herma­no Ducournau (P. Collet, La 1/le de St. Vincent de Paul, Nancy 1748, I, 468; cf. SV III, 368n1; también Coste o. c. II, 404). En 1649, durante la guerra civil, S. Vicente abandonó París secreta­mente, cruzó las líneas del frente y vadeó un río caudaloso (a la edad de casi 70 años) para ver a la reina y pedirle que destituyera a Mazarino. Ha­bló también directamente a Mazarino. Pero otra vez sus ruegos no fueron escuchados.

II. Un cambio de horizonte significativo

Con la creciente conciencia de la interdepen­dencia descrita en el artículo sobre la humildad {cf. también el art. sobre la sencillez), ha llega­do, en ambas esferas secular y religiosa, :un sen­tido más avivado de la comunidad universal y de las implicaciones de la carrera de armamentos. La venta de armas sigue siendo uno de los factores más importantes en la economía del mundo. Si­multáneamente, una serie de conflictos locales (Irán/Irak, Israel/Libano, Etiopía/Somalia, la invasión soviética de Afganistan, la invasión de Panamá por los Estados Unidos, los movimientos revolucio­narios en América Central, la invasión de Kuwait por Irak, etc.) convierte el escenario internacional en algo completamente volátil, con el peligro siempre presente de que estos conflictos de­semboquen en una guerra universal (como últi­mo remedio). La gente joven afirma la incerti­dumbre acerca de su futuro por la posibilidad del aniquilamiento nuclear.

Mientras tanto, los documentos papales van condenando constantemente la carrera de arma­mento (cf. Gaudium et Spes, 81). En los últimos años, los obispos de Estados Unidos en su pas­toral sobre la Paz han suscitado entre las confe­rencias episcopales del mundo una amplia serie de discusiones sobre la cuestión de la guerra y la paz. Numerosos pronunciamientos papales se han :referido igualmente a este tema.

La psicología moderna, además, se ha cen­trado más profundamente sobre la ira, esclare­ciéndola en su aspecto positivo y negativo. Los superiores y los responsables de los programas de formación, están muy informados de que hay mucha «gente iracunda» en las comunidades (co­mo en otras profesiones) con resultados poten­cialmente explosivos.

Tanto a nivel global como personal, este cam­bio de horizonte tiene implicaciones para la ma­nera de entender la mansedumbre en la época moderna.

III. La mansedumbre hoy

La enseñanza de S. Vicente acerca de esta tercera «piedra lisa» es quizás la que se puede tras­ladar más fácilmente al uso moderno. Su confe­rencia del 28 de marzo de 1659, lo mismo que va­rias de sus cartas a Luisa de Mardlac, contiene una sabiduría práctica que es muy importante hoy.

a) La mansedumbre implica la habilidad de controlar positivamente la ira.

La ira es natural. Es una energía que surge espontáneamente dentro de nosotros cuando percibimos algo como malo. Nos ayuda a com­portarnos con el mal; pero, como con todas las emociones espontáneas, puede usarse bien o mal. Concretamente, todo el mundo tiene que luchar para controlarla bien. Como se dijo arriba, hay mucha «gente iracunda» en el mundo.

Como S. Vicente observaba, controlar bien la ira implica muchas veces expresada. Él mismo se sentía escandalizado por la situación del enfer­mo y del hambriento, por eso fundó la Caridades, las Señoras de la Caridad, los Paúles, y las Hijas de la Caridad. La ira le capacitó para reaccionar con vigor y creatividad cuando se enfrentaba con las necesidades de los pobres de su tiempo. Ex­presaba también la ira directamente cuando per­cibía el mal en sus comunidades, pero aprendió a combinar la ira con la dulzura. Supo mezclar lo amargo y lo dulce, como decía a Luisa de MariIlac (I, 408). Intentaba imitar a . Jesús que era al mismo tiempo «dulce y firme» (VI1, 197). El testi­monio de Jesús a este respecto es el más evi­dente hoy a la luz de la cristología «ascendente».

Pero, si la ira es mal utilizada, puede ser terri­blemente destructiva. Una vez desatada, puede desembocar en violencia e injusticia. Reprimida, puede desembocar en resentimiento, sarcasmo, cinismo, amargura, depresión.

La. ira, a veces, debe ser controlada, modera­da, incluso suprimida por un período de tiempo, o sublimada. S. Vicente de nuevo apela al ejemplo de Jesús que supo cómo moderar su frustación res­pecto a los apóstoles, pero supo-ser muy directo al expresar su ira contra los fariseos, que andaban imponiendo cargas injustas sobre los demás.

b) La mansedumbre implica cercanía, dulzu­ra. Estas cualidades son especialmente importan­tes en los ministros. A este respecto, S. Vicente nos anima a saber que nosotros realmente pode­mos cambiar. Nos dice que cuando era joven te­nía un temparemento colérico, muy inclinado a la ira. Dice que era de humor muy variable durante largos períodos sombríos. Pero, cambió tanto en el curso de su vida que todos los que le conocieron más tarde decían que era uno de los hombres más acogedores que habían encontrado (cf. Abelly, o. c. III, 667ss).

Decía a su comunidad que a la gente se la convence mucho más con la dulzura que con los argumentos. Este aviso es especialmente im­portante para cuando ofrecemos el regalo de la corrección (cf. Mt. 18, 15-18), sea hecha la co­rrección por los compañeros o por los superiores. Los corregidos son mucho más capaces de es­cuchar palabras dichas con dulzura que palabras hirientes de acusación.

c) La mansedumbre implica la habilidad de tolerar las ofensas con perdón y coraje. S. Vi­cente basaba su enseñanza en el respeto a la persona. Aun aquellos que cometen injusticia, decía a la doble familia, merecen respeto como personas. Los escritos de Juan Pablo II reiteran este tema en nuestros días.

Naturalmente, respetar la persona del ofensor no nos impide encauzar nuestra ira con coraje con­tra el daño que el ofensor comete. Pero nos pro­híbe hacer injusticia en nombre de la justicia. S. Vi­cente reconocía también claramente (y le recordaba a Felipe Le Vacher la enseñanza de S. Agustín a este respecto) que hay algunos males que deben ser tolerados, ya que no hay posibilidad práctica de corregirlos. El hombre sabio aprende a vivir con ellos, y el hombre manso trata dulcemente a aqué­llos cuyas vidas están tan enraizadas en el mal que éste no puede ser extirpado.

Hay un delicado equilibrio en esta visión. Unas veces se debe sufrir con coraje. Hay males que no se pueden evitar y hay que aguantarlos. Pero por otra parte, se debe evitar una falsa dulzura, como Adrián Van. Kaan dice. A veces hay que gri­tar contra la injusticia y canalizar todas las ener­gías para vencerla. Conocer la diferencia entre ambos casos exige una gran prudencia .

En este tiempo de transición en la Iglesia y en la sociedad civil (cf. los cambios de horizonte des­critos arriba) la combinación de la dulzura y la fir­meza es especialmente necesaria. Esto es parti­cularmente así al tomar decisiones. Cuando las comunidades valoran su apostolado con vistas al futuro, deben tener el coraje de elegir y actuar. Al mismo tiempo, deben mostrar dulzura hacia aquellos que tienen dificultades en adaptarse. Del mismo modo, los individuos deben tener coraje en ponerse metas de crecimiento, pero deben ser generosos consigo mismos reconociendo que los cambios personales no se hacen en una no­che sino gradualmente.

Los ministros también deben saber que no importa lo bien que hagan sus trabajos; tendrán que sufrir, con coraje y dulzura, sus propias limi­taciones y las esperanzas conflictivas de los otros. Los superiores religiosos experimentarán que al­gunos en sus comunidades ven todas las cosas en blanco y negro, mientras que a otros les gus­ta solamente lo que es gris. Algunos usarán el pa­sado como norma para tomar las decisiones, mientras que otros mirarán solamente a un futu­ro inexplorado. Los superiores nunca darán sa­tisfacción completa a todas, o incluso ni siquiera a algunas, de estas personalidades diferentes. Deben tomar las decisiones con valentía y tratar con dulzura a los que no estén de acuerdo. De­ben combinar en sus vidas los dos dichos del N. T. :»Con la fuerza que viene del Señor, lleva tu parte de las privaciones que el evangelio ocasio­na» (2Tm 1, 8), y «aprended de mí que soy man­so y humilde de corazón y encontraréis descan­so para vuestras almas» (Mt II, 29).

d) Construir la paz. Especialmente hoy, tes­timoniar la dulzura de Jesús y la proclamación del reino de la paz juega una parte eminente en la predicación eclesial de la buena noticia, y la educación para la paz es una función vital del mi­nisterio. Esto está íntimamente unido con la pro­moción de la justicia y la educación para ella. Cen­tesimus Annus habla elocuentemente sobre el tema: «Yo mismo, durante la reciente trágica gue­rra del Golfo Pérsico, repetí el grito: » ¡Nunca más guerra!» No, nunca la guerra de nuevo, que des­truye las vidas de gente inocente, enseña a ma­tar, arroja a la sublevación aun las vidas de aque­llos que hacen la muerte y deja detrás una cola de resentimiento y odio, haciendo todo más difí­cil para encontrar una solución justa a los verda­deros problemas que provocaron la guerra… Por esta razón, se ha extendido otro nombre para la paz. Precisamente como hay una responsabilidad colectiva de evitar la guerra, también debe haber una responsabilidad colectiva de promover el de­sarrollo» (52; cf. también 14. 54).

 

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