La mansedumbre es la tercera de las cinco virtudes características de un misionero (Para algunas consideraciones generales sobre las virtudes características, lo mismo que para la Bibliografía, cf. el artículo sobre la sencillez). Es también una de las virtudes muy recalcadas en las conferencias de S. Vicente a las Hijas de la Caridad. «Porque, ¿qué es caridad, nos dice él, sino amor y mansedumbre?»(IX, 253).
Este artículo se divide en tres partes: 1. un estudio breve de la mansedumbre como la entendió S. Vicente; 2. una descripción del cambio de horizonte que ha tenido lugar en la teología y en la espiritualidad entre los siglos XVII y XX y lo que afecta nuestro modo de considerar la mansedumbre hoy; 3. un intento por recuperar la mansedumbre en formas modernas.
I. La mansedumbre como la entendió san Vicente
Lo que nos enseña S. Vicente acerca de la mansedumbre está delineado más claramente en una conferencia dada en marzo de 1659, el día 28. También debemos mucho a sus cartas a Luisa de Marillac, a quien habla frecuentemente de cómo combinar la mansedumbre con la fortaleza. Consideraba la mansedumbre como muy unida a la humildad; de hecho, como la prudencia y la sencillez, ellas son «hermanas gemelas» (XI, 473).
a) Mansedumbre es la habilidad para manejar la ira (XI, 475). Se puede hacer esto o suprimiéndola (XII, 475) o manifestándola (XI, 476) gobernada por el amor (XI, 477).
b) Mansedumbre es también la acogida, la dulzura, la afabilidad, y la serenidad del rostro hacia aquellos que se acercan a nosotros (XI, 477).
c) Lleva consigo tolerar las ofensas con perdón y coraje. Debemos tratar con delicadeza incluso a aquellos que nos injurian (XI, 479). «La mansedumbre no solamente nos hace excusar las afrentas e injurias que recibimos, sino que incluso pide que tratemos mansamente a quienes nos maltratan, con palabras amigables y, si llegasen incluso a darnos un bofetón, que lo suframos por Dios; es esta virtud la que produce este efecto. Sí, un siervo de Dios que la posea, cuando se sienta ultrajado por alguien, ofrecerá a su divina bondad este rudo trato y se quedará en paz» (XI, 480).
d) Se basa en el respeto a la persona (IX, 255).
e) Lleva consigo combinar dulzura y firmeza. Escribe a Luisa de Marillac el día 1 de noviembre de 1637: «Si la dulzura de su espíritu necesita un poquito de vinagre, pídale prestado un poco de su espíritu a nuestro Señor. Oh, Señorita, qué bien sabía él buscar el agridulce cuando era necesario» (1, 408). A Denis Laudin, superior en Marsella, escribe en 7 de agosto de 1658: «Sopórtele, pues, padre, pero hágale guardar el reglamento todo lo que pueda, según el espíritu de nuestro Señor, que es al mismo tiempo suave y firme. Si no se gana a una persona por la mansedumbre y la paciencia, será difícil ganársela de otro modo» (VI1, 197).
f) S. Vicente ofrece muchos motivos a la doble familia para practicar la mansedumbre:
- Les dice que nuestro Señor es eternamente manso hacia nosotros (IV, 54;1, 242; IX, 253).
- «No hay personas más constantes y más firmes en el bien que los que son mansos y apacibles; por el contrario, los que se dejan llevar de la cólera y de las pasiones del apetito irascible, son ordinariamente muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos. Son como los torrentes, que sólo tienen fuerza e impetuosidad en las riadas, pero se secan apenas ha pasado el temporal; mientras que los ríos, que representan a las personas apacibles, caminan sin ruido, con tranquilidad, sin secarse jamás» (XI, 752).
- El manso posee el don del discernimiento (XI, 478): «Creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas».
- Mientras las Hijas de la Caridad vivan en respeto y mansedumbre, será un paraíso; será un infierno cuando no vivan así (IX, 254).
- La caridad consiste en el amor y la mansedumbre (IX, 253); si una hermana no es mansa, entonces no es una Hija de la Caridad (IX, 254).
- La mansedumbre dispone a la gente para volver al Señor (PC II, 6).
- Los herejes, los condenados a galeras, y los que han apostatado son ganados por la paciencia y la cordialidad (IV, 54. 420. 497; XI, 754; 1, 366). La discusión no busca la verdad sino resistir los argumentos de los otros, mientras que la mansedumbre tiende a la verdad (XI, 65).
- Un misionero necesita mansedumbre si quiere poder aguantar la rudeza de la gente pobre (XI, 588).
g) S. Vicente sugiere muchos medios para adquirir la mansedumbre:
- Dice a la Compañía que el vicio contrario puede ser vencido si uno trabaja en ello, como él mismo tenía que hacer (!X, 77).
- Antes de hablar o decidir u obrar, la persona irascible debería sujetar su lengua y calmarse (XI, 754).
- Deberíamos aguantarnos la invectiva, el reproche y las palabras ásperas (IV, 54).
- No deberíamos hablar demasiado alto, sino modesta y educadamente (IX, 259).
- Deberíamos pedir perdón con prontitud (IX, 260s).
- Deberíamos aprender, como S. Agustín, cuándo tolerar el mal más bien que intentar abolir todas las prácticas del mal (IV, 498).
- Deberíamos aprender a someter nuestro juicio al de los demás (XI, 599).
h) A todo esto, debemos añadir algo que es evidente especialmente en la práctica de S. Vicente: construir la . paz. Esto aparece particularmente, en dos niveles.
- Restañando las relaciones rotas. Uno de los objetivos de la «misión» era la reconciliación (RC XI, 8). Los misioneros estaban atentos a pacificar riñas y disputas durante las misiones. De hecho, con frecuencia hablan a S. Vicente de sus éxitos en este terreno.
- Intentando acabar con la guerra. A una escala mayor, S. Vicente mismo estaba preocupado profundamente por los estragos de la guerra y el dolor causado particularmente a los pobres. En dos ocasiones intervino personalmente en un intento por llevar la paz a su país.
Una vez, entre el 1639 y 1642, durante la guerra en Lorena, fue al Cardenal Richelieu, se arrodilló delante de él, describió los horrores de la guerra, y abogó por la paz: «Monseñor, dénos la paz, tenga piedad de nosotros, dé la paz a Francia». Richelieu rehusó, contestando que la paz no dependía de él solo. (Cf. P. Coste, El gran santo del gran siglo, teme, Salamanca 1991, II, 351. Cf. también Abelly, Vida del venerable siervo de Dios Vicente de Paul, teme, Salamanca 1994, I, XXXV, 168).
Collet cuenta un episodio aún más chocante., que–toma de una narración escrita por el Hermano Ducournau (P. Collet, La 1/le de St. Vincent de Paul, Nancy 1748, I, 468; cf. SV III, 368n1; también Coste o. c. II, 404). En 1649, durante la guerra civil, S. Vicente abandonó París secretamente, cruzó las líneas del frente y vadeó un río caudaloso (a la edad de casi 70 años) para ver a la reina y pedirle que destituyera a Mazarino. Habló también directamente a Mazarino. Pero otra vez sus ruegos no fueron escuchados.
II. Un cambio de horizonte significativo
Con la creciente conciencia de la interdependencia descrita en el artículo sobre la humildad {cf. también el art. sobre la sencillez), ha llegado, en ambas esferas secular y religiosa, :un sentido más avivado de la comunidad universal y de las implicaciones de la carrera de armamentos. La venta de armas sigue siendo uno de los factores más importantes en la economía del mundo. Simultáneamente, una serie de conflictos locales (Irán/Irak, Israel/Libano, Etiopía/Somalia, la invasión soviética de Afganistan, la invasión de Panamá por los Estados Unidos, los movimientos revolucionarios en América Central, la invasión de Kuwait por Irak, etc.) convierte el escenario internacional en algo completamente volátil, con el peligro siempre presente de que estos conflictos desemboquen en una guerra universal (como último remedio). La gente joven afirma la incertidumbre acerca de su futuro por la posibilidad del aniquilamiento nuclear.
Mientras tanto, los documentos papales van condenando constantemente la carrera de armamento (cf. Gaudium et Spes, 81). En los últimos años, los obispos de Estados Unidos en su pastoral sobre la Paz han suscitado entre las conferencias episcopales del mundo una amplia serie de discusiones sobre la cuestión de la guerra y la paz. Numerosos pronunciamientos papales se han :referido igualmente a este tema.
La psicología moderna, además, se ha centrado más profundamente sobre la ira, esclareciéndola en su aspecto positivo y negativo. Los superiores y los responsables de los programas de formación, están muy informados de que hay mucha «gente iracunda» en las comunidades (como en otras profesiones) con resultados potencialmente explosivos.
Tanto a nivel global como personal, este cambio de horizonte tiene implicaciones para la manera de entender la mansedumbre en la época moderna.
III. La mansedumbre hoy
La enseñanza de S. Vicente acerca de esta tercera «piedra lisa» es quizás la que se puede trasladar más fácilmente al uso moderno. Su conferencia del 28 de marzo de 1659, lo mismo que varias de sus cartas a Luisa de Mardlac, contiene una sabiduría práctica que es muy importante hoy.
a) La mansedumbre implica la habilidad de controlar positivamente la ira.
La ira es natural. Es una energía que surge espontáneamente dentro de nosotros cuando percibimos algo como malo. Nos ayuda a comportarnos con el mal; pero, como con todas las emociones espontáneas, puede usarse bien o mal. Concretamente, todo el mundo tiene que luchar para controlarla bien. Como se dijo arriba, hay mucha «gente iracunda» en el mundo.
Como S. Vicente observaba, controlar bien la ira implica muchas veces expresada. Él mismo se sentía escandalizado por la situación del enfermo y del hambriento, por eso fundó la Caridades, las Señoras de la Caridad, los Paúles, y las Hijas de la Caridad. La ira le capacitó para reaccionar con vigor y creatividad cuando se enfrentaba con las necesidades de los pobres de su tiempo. Expresaba también la ira directamente cuando percibía el mal en sus comunidades, pero aprendió a combinar la ira con la dulzura. Supo mezclar lo amargo y lo dulce, como decía a Luisa de MariIlac (I, 408). Intentaba imitar a . Jesús que era al mismo tiempo «dulce y firme» (VI1, 197). El testimonio de Jesús a este respecto es el más evidente hoy a la luz de la cristología «ascendente».
Pero, si la ira es mal utilizada, puede ser terriblemente destructiva. Una vez desatada, puede desembocar en violencia e injusticia. Reprimida, puede desembocar en resentimiento, sarcasmo, cinismo, amargura, depresión.
La. ira, a veces, debe ser controlada, moderada, incluso suprimida por un período de tiempo, o sublimada. S. Vicente de nuevo apela al ejemplo de Jesús que supo cómo moderar su frustación respecto a los apóstoles, pero supo-ser muy directo al expresar su ira contra los fariseos, que andaban imponiendo cargas injustas sobre los demás.
b) La mansedumbre implica cercanía, dulzura. Estas cualidades son especialmente importantes en los ministros. A este respecto, S. Vicente nos anima a saber que nosotros realmente podemos cambiar. Nos dice que cuando era joven tenía un temparemento colérico, muy inclinado a la ira. Dice que era de humor muy variable durante largos períodos sombríos. Pero, cambió tanto en el curso de su vida que todos los que le conocieron más tarde decían que era uno de los hombres más acogedores que habían encontrado (cf. Abelly, o. c. III, 667ss).
Decía a su comunidad que a la gente se la convence mucho más con la dulzura que con los argumentos. Este aviso es especialmente importante para cuando ofrecemos el regalo de la corrección (cf. Mt. 18, 15-18), sea hecha la corrección por los compañeros o por los superiores. Los corregidos son mucho más capaces de escuchar palabras dichas con dulzura que palabras hirientes de acusación.
c) La mansedumbre implica la habilidad de tolerar las ofensas con perdón y coraje. S. Vicente basaba su enseñanza en el respeto a la persona. Aun aquellos que cometen injusticia, decía a la doble familia, merecen respeto como personas. Los escritos de Juan Pablo II reiteran este tema en nuestros días.
Naturalmente, respetar la persona del ofensor no nos impide encauzar nuestra ira con coraje contra el daño que el ofensor comete. Pero nos prohíbe hacer injusticia en nombre de la justicia. S. Vicente reconocía también claramente (y le recordaba a Felipe Le Vacher la enseñanza de S. Agustín a este respecto) que hay algunos males que deben ser tolerados, ya que no hay posibilidad práctica de corregirlos. El hombre sabio aprende a vivir con ellos, y el hombre manso trata dulcemente a aquéllos cuyas vidas están tan enraizadas en el mal que éste no puede ser extirpado.
Hay un delicado equilibrio en esta visión. Unas veces se debe sufrir con coraje. Hay males que no se pueden evitar y hay que aguantarlos. Pero por otra parte, se debe evitar una falsa dulzura, como Adrián Van. Kaan dice. A veces hay que gritar contra la injusticia y canalizar todas las energías para vencerla. Conocer la diferencia entre ambos casos exige una gran prudencia .
En este tiempo de transición en la Iglesia y en la sociedad civil (cf. los cambios de horizonte descritos arriba) la combinación de la dulzura y la firmeza es especialmente necesaria. Esto es particularmente así al tomar decisiones. Cuando las comunidades valoran su apostolado con vistas al futuro, deben tener el coraje de elegir y actuar. Al mismo tiempo, deben mostrar dulzura hacia aquellos que tienen dificultades en adaptarse. Del mismo modo, los individuos deben tener coraje en ponerse metas de crecimiento, pero deben ser generosos consigo mismos reconociendo que los cambios personales no se hacen en una noche sino gradualmente.
Los ministros también deben saber que no importa lo bien que hagan sus trabajos; tendrán que sufrir, con coraje y dulzura, sus propias limitaciones y las esperanzas conflictivas de los otros. Los superiores religiosos experimentarán que algunos en sus comunidades ven todas las cosas en blanco y negro, mientras que a otros les gusta solamente lo que es gris. Algunos usarán el pasado como norma para tomar las decisiones, mientras que otros mirarán solamente a un futuro inexplorado. Los superiores nunca darán satisfacción completa a todas, o incluso ni siquiera a algunas, de estas personalidades diferentes. Deben tomar las decisiones con valentía y tratar con dulzura a los que no estén de acuerdo. Deben combinar en sus vidas los dos dichos del N. T. :»Con la fuerza que viene del Señor, lleva tu parte de las privaciones que el evangelio ocasiona» (2Tm 1, 8), y «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt II, 29).
d) Construir la paz. Especialmente hoy, testimoniar la dulzura de Jesús y la proclamación del reino de la paz juega una parte eminente en la predicación eclesial de la buena noticia, y la educación para la paz es una función vital del ministerio. Esto está íntimamente unido con la promoción de la justicia y la educación para ella. Centesimus Annus habla elocuentemente sobre el tema: «Yo mismo, durante la reciente trágica guerra del Golfo Pérsico, repetí el grito: » ¡Nunca más guerra!» No, nunca la guerra de nuevo, que destruye las vidas de gente inocente, enseña a matar, arroja a la sublevación aun las vidas de aquellos que hacen la muerte y deja detrás una cola de resentimiento y odio, haciendo todo más difícil para encontrar una solución justa a los verdaderos problemas que provocaron la guerra… Por esta razón, se ha extendido otro nombre para la paz. Precisamente como hay una responsabilidad colectiva de evitar la guerra, también debe haber una responsabilidad colectiva de promover el desarrollo» (52; cf. también 14. 54).







