Espiritualidad vicenciana: Humildad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana0 Comments

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Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Año publicación original: 1995.

1. Un estudio breve de la humildad como la entendió S. Vicente; 2. una descripción de los dos cambios de horizonte que han tenido lugar en la teología y en la espiritualidad entre el siglo XVII y el XX y que afectan a nuestro modo de ver la humildad hoy; 3. un intento de recuperar la humildad en for­mas contemporáneas.


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La humildad es la segunda de las cinco virtu­des características del misionero. Es también una de las virtudes que constituyen el espíritu de las Hijas de la Caridad (cf. art. Sencillez).

Este artículo se divide en tres partes: 1. Un estudio breve de la humildad como la entendió S. Vicente; 2. una descripción de los dos cambios de horizonte que han tenido lugar en la teología y en la espiritualidad entre el siglo XVII y el XX y que afectan a nuestro modo de ver la humildad hoy; 3. un intento de recuperar la humildad en for­mas contemporáneas.

I. La humildad como la entendió san Vicente

a) La humildad, para S. Vicente, es el reco­nocimiento de que todo bien viene de Dios. Es­cribe a Fermín Get el 8 de marzo de 1658: “No digamos nunca: soy yo el que ha hecho esta obra buena; porque toda obra buena tiene que hacer­se en el nombre de nuestro Señor Jesucristo…” (VII, 91). “Guárdese de atribuirse usted algún bien; cometería un robo y una injuria contra Dios, que es el único autor de todo lo bueno”, escribe a Santiago Pesnelle el 15 de octubre de 1658 (VII, 250). Dios derrama sus abundantes dones sobre el humilde, “que reconoce que todo lo bueno que ha hecho viene de Dios” (1, 235).

b) La humildad es el reconocimiento de nues­tra propia bajeza y fallos (RC II, 7), acompañado por una gran confianza en Dios III1, 256; V, 152; II, 195. 280; IX, 351. 809s). Escribiendo a Carlos Nacquart el 22 de marzo de 1648, sobre el don de la vocación, afirma: “Sólo la humildad es ca­paz de soportar esta gracia; el perfecto abando­no de todo lo que usted es y puede ser con la exuberante confianza en su soberano Creador” (III, 256).

En este sentido, S. Vicente afirma que la hu­mildad abarca tres cosas (RC II, 7): 1° admitir con toda honestidad que nosotros merecemos el des­precio de la gente; 2° alegrarnos de que la gen­te conozca nuestras faltas y nos trate de acuer­do con ellas; 3° ocultar, si es posible, todo lo que el Señor quiera lograr a través de nosotros o en nosotros.

Nuestros pecados también nos ayudarán a crecer en la humildad (XI, 277).

c) La humildad lleva consigo un voluntario vaciarse de sí mismo (V, 510; X1, 486). Esto supone deseo de ser desconocido y arrinconado (VII, 268s; IX, 752. 771; XI, 411s). Significa evitar el aplauso del mundo (1, 495; IX, 546}. Lleva consi­go elegir el último lugar (IX, 545) y amar la vida oculta (IX, 609).

d) La humildad implica estimar a los otros co­mo más dignos que uno mismo (V, 38; IX, 284). En este aspecto, es una virtud comunitaria y no só­lo individual. Debemos considerar la Compañía como la más pequeña de todas (IX, 284. 808; X139. 77. 307. 746).

e) S. Vicente propone numerosos motivos para practicar de la humildad.

  • Observa que Jesús era humilde y se sen­tía feliz de ser considerado como el último de los hombres (1, 235. 527; X1, 279).
  • Es la virtud característica de Jesús (XI, 279), y debería ser la virtud característica de la Con­gregación de la Misión (XI, 745). “Que la humildad sea la virtud de la Misión. ¡Qué virtud tan santa y tan hermosa! ¡ Oh, pequeña Compañía, qué amable serás si Dios te concede esta gracia!” (XI, 489). Es también la virtud característica de las Hijas de la Caridad (IX, 1069s).
  • Los santos eran también humildes: “Es la virtud de Jesucristo, la virtud de su santa madre, la virtud de los mayores santos, y finalmente, la virtud de los misioneros” (XI, 745).
  • Dios bendice los comienzos humildes (II, 236; V, 462).
  • “La humildad es el origen de todas las obras buenas que hacemos” (IX, 674).
  • “Dios nos ha llamado, pobre gente, para hacer grandes cosas” (IX, 752. 807).
  • Es el arma con que derrotamos al diablo (I, 528s; X1, 207), ya que el diablo y la soberbia son la misma cosa (IX, 632).
  • No podemos perseverar sin humildad (1, 520; IX, 1070; X1, 588).
  • Trae consigo todas las virtudes (XI, 494).
  • Es el fundamento de toda perfección evan­gélica, el vínculo de toda vida espiritual (RC II, 7).
  • Todo el mundo la ama (XI, 484), pero es más fácil pensar en ella que practicarla (XI, 743).
  • Es fuente de paz y unión (XI, 409. 494).
  • Si la Compañía posee la humildad, será un paraíso: “Si así lo hacéis, ¿qué ocurriría? Que ha­réis de esta Compañía un paraíso y que se podrá decir con toda razón que es una sociedad de al­mas bienaventuradas en la tierra” (IX, 1000).
  • La humildad conquista el cielo (RC II, 6).

f) S. Vicente sugería muchos medios para ad­quirir la humildad:

  • Deberíamos hacer actos de humildad dia­riamente (IX, 609; 1, 236).
  • Deberíamos confesar nuestras faltas abier­tamente (V, 152; X1, 742) y aceptar los avisos de los demás (RC X, 13-14).
  • Deberíamos desear ser avisados (IX, 351).
  • Deberíamos rezar a nuestro Señor y a su Bendita Madre como modelos de humildad (IX, 609; XI, 745).
  • Deberíamos creernos los peores del mun­do (IX, 1090).
  • Deberíamos reconocer que todo el mundo tiene faltas; entonces costaría poco disculpar a los demás (IX, 999).
  • Deberíamos predicar a Jesucristo y no a nosotros mismos (XI, 339).
  • Los superiores deberían actuar de tal ma­nera que los demás no fueran capaces de decir quiénes son los superiores (X1, 238; (X, 283).

II. Algunos cambios de horizonte significativos1Para algunas consideraciones generales respecto a estos horizontes, lo mismo que para la bibliografía, cfr. el artículo sobre la Sencillez.

1. Una creciente conciencia de interdependencia

Las comunicaciones han sido la clave en es­te tema (Instrucción Pastoral sobre los Medios de Comunicación Social 6-7; cf. J. Naisbitt, Me­gatrends, NY 1984, 14-15). Cuando en el siglo XVII sucedía algo en Europa, podía transcurrir un año antes de que la noticia llegase a las colonias de África, Asia y América del Norte o del Sur (Ni­colás Etienne andaba escribiendo a san Vicente todavía en marzo de 1661, mucho tiempo des­pués de la muerte del Fundador). Más aún, mu­chos en las colonias nunca llegarían a conocer el hecho. En el siglo XX conocemos los aconte­cimientos en todas las partes del mundo se­gundos después de haber sucedido. Las luchas en Oriente Medio tienen implicaciones en el mundo entero (e. g. por la importancia del pe­tróleo en todo el mundo). La gente va siendo progresivamente consciente de la interdepen­dencia de todos.

Una consecuencia evidente de este cambio en el horizonte ha sido la perspectiva mundial de los escritos de Juan XXIII, Pablo VI, y Juan Pablo II. Los escritos episcopales y papales recalcan la fra­ternidad universal. Las encíclicas sociales critican la ancha brecha entre las naciones ricas y las po­bres. Voces críticas advierten que unos son ricos porque otros son pobres.

Este cambio de horizonte ha tenido gran in­fluencia en las comunidades religiosas. La gente joven especialmente, busca nuevas formas de comunidad en las que exista una comunicación real y una ayuda personal. Rechazan estruturas formalistas que a veces frustran la comunicación mientras dan a entender que la promueven, y eso estorba las relaciones humanas genuinas. Esperan compartir la responsabilidad. Buscan for­mas comunes de oración que sean vivas y que no huelan a formalismo. Buscan perseguir el fin de sus Congregaciones en comunión con los otros (Cfr. Constituciones de la Congregación de la Mi­sión, 1, 12, 19, 25, etc).

Este creciente sentido de interdependencia influye en el modo que tenernos de entender la humildad hoy.

2. Un cambio hacia una actitud más positiva res­pecto de la creación y de un énfasis menor so­bre el pecado

La lucha con el Jansenismo influyó pro­fundamente en el pensamiento del siglo XVII. Los teólogos y los escritores de espiritualidad, mientras luchaban contra el Jansenismo, se veían influenciados por muchos de sus pre­supuestos. Estaban “en el aire que ellos respi­raban”, por así decir. Lo mismo que el Mani­queísmo y el Albigenismo, dos de sus prede­cesores, tenía una visión muy negativa de la realidad creada. Era demasiado riguroso. Enfo­cado al pecado. El siglo XX ha producido un én­fasis renovado sobre la dignidad de la persona humana y sobre la bondad de la creación. Esto se ve evidente particularmente en la Gaudium et Spes (9, 12, 22) y los escritos de Juan Pablo II (Redemptor Hominis, muchas veces). Los te­ólogos y los escritores de espiritualidad adop­tan una actitud mucho más positiva frente a lo “humano”. La persona humana es considerada como el centro de la creación. Las realidades creadas son extensiones de su ser y caminos en los cuales él celebra y comparte los regalos de Dios.

El lado oscuro de este cambio de horizonte es que ha traído con él una profunda pérdida del sentido de pecado. Como consecuencia, espe­cialmente entre la gente joven, hay una con­ciencia disminuida de la necesidad de mortifi­cación y penitencia. El siglo xx está siendo testigo de una permisividad sexual creciente en la sociedad y un debilitamiento de las estruc­turas familiares. En algunas partes del mundo, uno de cada dos matrimonios termina en el di­vorcio. El número de familias de padre (madre) soltero es enorme. En algunas ciudades más de la mitad de los niños han nacido fuera de ma­trimonio. La familia extensa y su apretada red de relaciones se está haciendo menos común. El aborto está generalizado.

La actitudes morales hacia la conducta se­xual han cambiado muy significativamente des­de el siglo XVII. En muchas sociedades, el di­vorcio es ahora generalmente aceptado como un modo de terminar el compromiso matrimo­nial. El control de natalidad y las relaciones pre­matrioniales están tan aceptados extensiva y frecuentemente como moralmente legitimados. Detrás de los esfuerzos por eliminiar los pre­juicios contra los homosexuales, hay una con­siderable agitación para que se acepte el estilo de vida del homosexual como una alternativa más.

Ambos, el lado brillante y el lado oscuro de este cambio de horizonte, tienen implicaciones para la virtud de la humildad.

III. La humildad hoy

Particularmente por razón del segundo cam­bio de horizonte mencionado arriba, es difícil para los hombres y mujeres modernos aceptar el lenguaje de S. Vicente cuando habla sobre la humildad. Nosotros tendemos a encogernos cuando se llama a sí mismo el peor de todos los pecadores y habla de su comunidad como la más miserable del mundo.

Prescindiendo del lenguaje en el que habla, cuando S. Vicente pondera la humildad, penetra en una verdad básica del Nuevo Testamento. El Evangelio de S. Lucas, en particular, nos dice que Dios viene para los humildes, los pobres de Isra­el, aquellos que reconocen la necesidad que tie­nen de Él y anhelan por Él. En este sentido, la hu­mildad “es el fundamento de toda perfección evangélica, el núcleo de toda la vida espiritual” (RC II, 7). También en este sentido S. Vicente llegó al corazón de los evangelios cuando dijo que “la hu­mildad es el origen de todo el bien que hace­mos” (IX, 604).

Yendo más allá del lenguaje de S. Vicente y de una retórica que es característica del siglo XVII, es importante articular una comprensión de la hu­mildad y las formas contemporáneas que adopta.

a) La humildad es el reconocimiento de nues­tra condición de seres creados y redimidos, sien­do ambas cosas regalos del amor de Dios.

Dependemos completamente del Señor. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Act. 17, 28).

No tenemos nada que no hayamos recibido. “Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno” (Sal 139, 13). Cuanto somos, cuan­to hacemos, cuanto tenemos viene del Señor.

Dependemos también mucho de los demás. Como mencionamos al describir arriba el primer cambio de horizonte, la edad moderna es cada vez más consciente de la interdependencia de todos los hombres y mujeres. La persona humilde re­conoce la interdependencia como un signo de su limitación y como una fuente de enriquecimien­to. Necesitamos a los demás y no podemos obrar sin ellos. En solidaridad con los demás, camina­mos hacia el Reino.

Además de ser criaturas, somos pecadores que han sido redimidos por el amor gratuito de Dios. “Todos hemos pecado y estamos privados de la gloria de Dios. Ahora estamos, sin merecerlo, justificados por el don de Dios, por la redención obrada en Cristo Jesús” (Rm 3, 23-24).

Quizá como una deformada reacción a un ex­cesivo énfasis sobre el pecado en el pasado, la edad moderna encuentra dificultad en sostener el sentido de pecado (cf. el segundo cambio de horizonte descrito arriba). Sin embargo, el peca­do, si estamos alerta hacia él, se muestra de mu­chos y diferentes modos en nuestras vidas: en nuestros prejuicios; en nuestra tendencia a clasificar a otros indiscriminadamente; en nuestro ha­blar ligeramente acerca de los aspectos negati­vos de los demás; en nuestra pereza para rezar; en nuestra incapacidad para conmovernos por los valores del evangelio; en nuestra selectividad en leer los evangelios; en nuestra poca disponibili­dad para compartir con los pobres lo que tenemos; en nuestra indecisión para despojarnos de poder y ponernos al lado de los necesitados en su mi­seria; en nuestra condescendencia con las es­tructuras sociales injustas. Pese a todo esto, el Señor nos perdona ansiosamente y nos da vida en Cristo Jesús. Que nosotros seamos salvados no se debe a las obras que nosotros hacemos, sino más bien al don de Dios en Cristo Jesús (Gal 2, 21-22). De otra modo la gracia no sería gracia. (Rm II, 6).

b) La humildad es agradecimiento por los dones. En el Nuevo Testamento la gratitud es el lado opuesto de la moneda de la humildad. La per­sona que lo ha recibido todo se pone delante del Señor en espíritu de acción de gracias. En este sentido, la acción de gracias es la actitud central de los cristianos, que celebran como “Eucaris­tía” su vida diaria.

María compendia esta actitud en el evange­lio de Lucas:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Su nombre es Santo.
Y su misericordia llega a sus fieles de gene­ración en generación” (Lc. 1, 46-50).

María grita en oración y acción de gracias por los grandes dones que Dios le ha dada Recono­ce los dones de Dios, sin disminuirlos ni negar­los, y responde con gratitud. En esto, se hace eco del salmista: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterna su misericordia” (Sal. 136, 1-3). Este tipo de gratitud caracteriza a los pobres. Enrique Nouwen escri­be (Humilty, en America [Dic. II, 19821; id. Gra­cias, S. Francisco 1983, p. 146-47):

“Mucha gente pobre vive en una relación tan estrecha con los muchos ritmos de la naturaleza que todos los bienes que les vienen los experi­mentan como dones libres de Dios. Niños y ami­gos, pan y vino, música y pintura, árboles y flo­res, agua y vida, una casa, una habitación sólo con una cama, todos son dones para ser agradecidos y ser celebrados. Yo he llegado a conocer este sentimiento básico. Estoy siempre rodeado de palabras de gracias. “Gracias por tu visita, tu ben­dición, tu sermón, tu oración, tus dones, tu pre­sencia entre nosotros”. Aun los bienes más pequeños y más necesarios son motivo para la gratitud. Esta gratitud que lo invade todo es la ba­se para la celebración. Los pobres no sólo están agradecidos por la vida, sino que celebran la vida constantemente”.

Al reconocer que todo es don, la persona hu­milde estará ansiosa por evitar las comparaciones. Él o ella recibirán la vida con gratitud, dejando el juicio al Señor, como los evangelios nos exhortan frecuentemente a hacer (cf. Mt 7, 1-5). A la so­berbia le gustan las comparaciones. El avaro pue­de sentirse satisfecho cuando posee muchas cosas; el soberbio no descansa mientras ve que algún otro tiene más que él. La humildad desde­ña las comparaciones. Puede concentrarse sobre el bien en los demás, como en sí mismo, y da gracias al Señor por él.

Hoy los responsables de la formación están muy al tanto de la importancia de la conciencia de las propias dotes como parte de una autoima­gen positiva. Pero, casi a pesar del segundo cam­bio de horizonte descrito arriba, el problema de la autoimagen negativa, que no tiene nada que ver con la humildad genuina, permanece como algo persistente.

c) La humildad implica una actitud de siervo. Esto es básico en el Nuevo Testamento espe­cialmente para aquellos que ejercen autoridad. “Si alguno quiere ser el primero, debe ser el úl­timo de todos y el siervo de todos” (Mc 9, 35). En el evangelio de S. Juan Jesús demuestra esto a sus discípulos por medio de una parábola en ac­ción cuando les lava los pies.

“¿Entendéis lo que acabo de hacer con vo­sotros? Os dirigís a mí como maestro y Señor, y encaja bien, pues esto es lo que soy. Pero si yo os he lavado los pies —yo, vuestro maestro y Se­ñor— entonces vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Lo que yo he hecho ha sido para daros ejemplo: como yo he hecho así debéis ha­cer” (Jn 13, 12-15).

Nosotros somos llamados, como Jesús, “no para ser servidos sino para servir” (Mt 20, 28). Esto es especialmente imperativo a la luz del pri­mer cambio de horizonte descrito arriba. La es­peranza de la Iglesia en el mundo moderno es que las figuras de la autoridad serán colegiadas, dia­logantes, siervos humildes. Un antiguo himno bautismal cristiano capta este punto de vista en Jesús y lo aplica a sus seguidores:

“Tened, pues, los sentimientos de Cristo. Aunque era de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al con­trario, se despojó de su grandeza, tomó la con­dición de esclavo y se hizo semejante a los hom­bres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muer­te, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús, doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Je­sucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filp. 2, 5-11).

Cómo siervos, debemos querer hacer cosas humildes. Con el cambio de paradigma en el ejer­cicio de la autoridad (cf. art. mortificación), las tareas de dirección que antes conferían presti­gio, como la administración, hoy deben ser tare­as verdaderamente humildes, que exponen al siervo-líder a una profunda crítica al mismo tiem­po que lo compromete en muchas reuniones y en un trabajo de papeleo aburrido que lleva consigo poca compensación positiva.

d) Hoy, la humildad también lleva consigo de­jamos evangelizar por los pobres (“nuestros amos y maestros”, como a S. Vicente le gustaba lla­marlos). Este punto de vista, presente también en la primitiva Iglesia y recuperado más tarde por S. Vicente, recibe un gran énfasis en la teología de América Latina y en la eclesiología “desde aba­jo” (ascendente) (cf. art. sencillez).

Como ministros, no sólo enseñamos a los de­más, debemos permitir a los demás que nos en­señen. Como expuso S. Agustín, hay semillas de la Palabra en todas partes y en todas las perso­nas. Solamente el humilde puede discernirlas. Debemos escuchar a Dios, que nos habla cuan­do vemos la buena voluntad de los pobres para compartir lo poco que tienen; cuando vemos su gratitud a Dios por los simples dones que el les da; cuando vemos su esperar contra toda espe­ranza que Dios proveerá; cuando vemos su re­verencia, cuidado y respeto hacia nosotros tanto como hacia Dios. Los pobres nos predicarán elo­cuentemente si se lo permitimos.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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Notas   [ + ]

1. Para algunas consideraciones generales respecto a estos horizontes, lo mismo que para la bibliografía, cfr. el artículo sobre la Sencillez.

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