Espiritualidad vicenciana: Eucaristía

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Rafael Sáinz, C.M. · Año publicación original: 1995.

Presentación: I. MARCO TEOLÓGICO, II. MARCOVI­VENCIAL: I. La Eucaristía compendio de los demás misterios de la fe. 2. EI amor es creativo hasta el infinito. 3. La eucaristía ver­dadera base y centro de la religión. 4. Incomparable don del Hi­jo de Dios para el bien de todos los fieles. Resumen.- III. LA EUCARISTIA VIVIDA Y VENERADA: A. La santa misa o celebración de la Eucaristía: I. La santa misa centro de la «devoción». 2. No sólo el sacerdote es el que ofrece el santo sacrificio. 3. El santo sa­crificio, la obra más excelente del cristianismo. 4. La santa mi­sa y comunión, alabanza y acción de gracias al Padre y fuente de toda bendicion. 5. Hay que celebrarla con devoción. B. La Eucaristía sacramento-comunión: I. Nos hace una misma cosa con Dios. 2. Raíz y quicio de la unión fraterna. 3. Fuente y ci­ma de toda evangelización; 4. Quien comulga bien hace todo bien. 5. Cómo disponerse. 6. Como la Virgen María. C. La Eu­caristía sacramento-presencia. IV. REFLEXIONES FINALES.


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Presentación: Marco teológico, marco vivencial

La Eucaristía es algo más que un fenómeno que es posible iluminar desde fuera. La Eucaris­tía tiene toda la riqueza de una interioridad en donde solamente penetra la fe. La inteligencia primera y más profunda de la Eucaristía se da en la celebración, en la recepción, en la reverencia de la misma Eucaristía, porque al entrar en co­munión con el Señor, él se da a conocer. Vivir el misterio, la realidad de la Eucaristía, es lo que hi­zo san Vicente. Es un conocimiento teologal en el sentido de que se vive la Eucaristía en la fe, la esperanza y el amor a Cristo el Señor y a los hermanos, especialmente a los pobres en los que también el Señor se halla “real y verdadera­mente”. Otro conocimiento es el teológico que intenta traducir en conceptos el sentido de la Eu­caristía, la naturaleza de esa presencia del Señor y de lo que se llama el sacrificio eucarístico.

I. Marco Teológico

San Vicente profesa con fe viva e inconmovi­ble “la sana y sincera doctrina acerca de este ve­nerable y divino sacramento de la Eucaristía, que siempre mantuvo y hasta el fin de los siglos con­servará la Iglesia Católica, enseñada por el mis­mo Jesucristo Señor Nuestro y amaestrada por el Espíritu Santo que de día en día le inspira to­da la verdad”. (Conc. Trid., ses. 13, Proemium, D. 1635)

En el capitulo II del mismo concilio encontra­mos una síntesis magistral de todos los aspectos de la Eucaristía: Cristo, se nos dice, nos mandó celebrar este sacramento en su memoria y anun­ciar su muerte hasta que venga. Quiso que co­miéramos este sacramento como alimento espi­ritual de nuestras almas y antídoto de nuestros pecados. La Eucaristía es prenda de la gloria fu­tura y símbolo y sacramento de su cuerpo, del que él mismo es la cabeza y al que nosotros nos in­corporamos superando toda disensión o cisma (Conc. Trid. c. 11 D 1638).

Aquí encontramos sintetizados la finalidad de la Eucaristía, su carácter de memorial, su valor es­catológico, su sentido eclesial, y sus implicacio­nes de comunión fraterna y ecumenismo. Esta es la doctrina del Concilio de Trento, que aquí se ci­ta porque fue la que san Vicente profundamente vivió y enseñó con entusiasmo.

II. Marco Vivencial

1. “La Eucaristía, compendio y suma de los de­más misterios de la fe”

Así lo dice san Vicente en las Reglas Comu­nes de la Congregación de la Misión. Después de indicar que “por la bula de fundación debe­mos venerar de manera especial los misterios ine­fables de la Santísima Trinidad y de la Encarna­ción”, pasa a decir: “El mejor medio para honrar esos misterios es el culto debido y la recepción digna de la Sagrada Eucaristía, como sacramen­to, y como sacrificio: pues ella encierra en sí el compendio de los otros misterios de la fe, y ade­más santifica y glorifica a las almas de los que la reciben bien y la celebran dignamente, con lo cual se da la gloria suprema al Dios uno y trino y al Verbo Encarnado. Por todo ello nada nos ha de ser más querido que el dar a este sacramen­to y sacrificio el honor debido, y procurar con todo interés que todos le den el mismo honor y reverencia. Haremos eso no permitiendo, según podamos, que se haga o se diga nada irreveren­te en contra de la Eucaristía; y también ense­ñando con celo a los demás qué se debe creer de este gran misterio y cómo se debe venerar” (RC. CM. X, 2-3).

2. “El amor es creativo hasta el infinito”

Esta hermosa frase, tan traída y llevada, san Vicente la dice del Amor con mayúscula, de Cris­to el Señor, y la dice asistiendo a bien morir a un buen Hermano de la Congregación, y la aplica a la Eucaristía que es donde el Amor ha sido crea­tivo hasta el infinito: “Además como el amor es infinitamente inventivo, tras haber subido al patí­bulo infame de la cruz para conquistar las almas y los corazones de aquellol de quienes desea ser amado, por no hablar de otras innumerables estratagemas que utilizó para este efecto duran­te su estancia entre nosotros, previendo que su ausencia podría ocasionar algún olvido o enfria­miento en nuestros corazones, quiso salir al paso de este inconveniente instituyendo el au­gusto sacramento, donde él se encuentra real y substancialmente como está en el cielo. Más aún, viendo que, rebajándose y anulándose más to­davía que lo que había hecho en la encarnación, podría hacerse de algún modo más semejante a nosotros, o al menos hacernos más semejantes a él, hizo que ese venerable sacramento nos sir­viera de alimento y de bebida, pretendiendo por este medio que en cada uno de los hombres se hiciera espiritualmente la misma unión y seme­janza que se obtiene entre la naturaleza y la susbs­tancia” (XI, 65-66).

“¡Oh digna y admirable institución que so­brepasa la capacidad del entendimiento huma­no”, exclama san Vicente en otra ocasión (X, 40).

3. “La Eucaristía, verdadera base y centro de la religión”

“Nuestro Señor instituyó este augusto sa­cramento, verdadera base y centro de la religión, la noche antes de su pasión, juzgando que no po­día expresar debidamente el amor que tenía por el hombre más que dejándole su cuerpo; y esto lo hizo para que, puesto que ya hemos sido re­conciliados con Dios por su muerte y su pasión, experimentemos los efectos de esa pasión y muerte todos los días mediante la recepción de su cuerpo, ya que la miseria del hombre es tan grande que, si no hay algún antídoto para su al­ma, fácilmente se deja arrastrar por su malas in­clinaciones. ¡Oh digna y admirable institución que sobrepasa la capacidad del entendimiento hu­mano!” (X, 40).

Para san Vicente, la Eucaristía no sólo es ali­mento y antídoto del alma sino también “germen de la resurrección” (X, 42).

4. “Incomparable don del Hijo de Dios para el bien de todos los fieles”

Por el que hay que “excitarse a la acción de gracias, hacer actos de gratitud, de adoración, de humillación, de reconocimiento; pedir a los án­geles que nos ayuden a dar gracias, ya que no so­mos dignos de hacerlo nosotros como es debi­do, y exclamar continuamente a Dios: “Señor, sé bendito y alabado por siempre por habernos da­do tu carne y tu sangre como comida y bebida” (XI, 107).

Resumen:

Como se ve, para san Vicente, en la Eucaris­tía, en la presencia viva y sacrificial de Cristo, se perpetúa perennemente el sacrificio del Calvario; continúa la adoración del Cordero, adorador del Padre; se actúa la salvación de los hombres, de los pobres; y la compañía de Cristo el Señor en medio de nosotros es una realidad viva y conso­ladora. La Eucaristía es el don más sublime del Pa­dre, del Hijo y del Espíritu Santo a su Iglesia, a todos los hombres, como continuación de la En­carnación y de la Pascua de Jesús. Es la Palabra de la Cruz, el Resucitado, que se hace corporal­mente presente a los hombres en todos los lugares y circunstancias. En la Eucaristía “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”. Por todo ello, según san Vicente, toda nuestra “religión” y “devoción” debería girar alrededor de este mis­terio, que por lo demás es el resumen de los mis­terios de la fe: la Trinidad de Dios, la Encarnación, la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús.

III. La Eucaristía vivida y venerada

San Vicente da toda una serie de recomen­daciones para vivir y venerar a Cristo el Señor en el misterio de su Cuerpo y de su Sangre, en par­ticular sobre la santa misa, la comunión y el cul­to y visitas al Santísimo Sacramento.

A. La santa misa o celebración de la Eucaristía

1. “La santa misa es el centro de la devoción” di­ce san Vicente a las Hijas de la Caridad. (IX, 25)

Conviene no olvidar que el término “devo­ción” no había perdido todavía su sentido pro­fundo de consagración, de entrega, de donación total de uno mismo. La Eucaristía, la santa misa, es el centro de la “devoción”, del don total a Dios, porque en ella nosotros no sólo unimos a la ofrenda de Jesús todo lo que somos y tene­mos, sino también porque ella irradia su dina­mismo, su fuerza, su eficacia a todas nuestras ac­ciones. Las más humildes tareas pueden unirse íntimamente a la Eucaristía, convertirse en euca­rísticas, como fue el lavatorio de los pies que el Señor realizó.

Por eso dirá san Vicente a las Hijas de la Ca­ridad: “Id a la santa misa todos los días, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia siendo ejemplo de virtud para to­dos los que os vean” (IX, 24).

2. “No sólo el sacerdote es el que ofrece el san­to sacrificio”

J. Cl. Dhotel, S. J., en su libro Les origines du catéchisme moderne, Paris, 1967, p. 347, indica que la idea del sacerdocio de los fieles desapa­reció durante el siglo XVII. “No puede afirmarse eso de san Vicente, al menos cuando él habla de la misa”. Esto dice el P. E. Diebold, C.M., en el artículo Notre héritage eucharistique, en B. L. F nº 79.

Efectivamente, el 31 de julio de 1634, expli­cando el reglamento a las Hijas de la Caridad y hablándoles de la santa misa, el santo les dirá: “¿Qué pensáis hacer durante ella? No es sola­mente el sacerdote el que ofrece el santo sacri­ficio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que cuando estéis bien instruidas en este pun­to, tendréis gran devoción; porque es el centro de la devoción” (IX, 25).

3. “El santo sacrificio de la misa es la obra más excelente que hay en el cristianismo”

Así se expresará san Vicente hablando a los misioneros (XI, 489). Por eso no es de extrañar que aconseje una y otra vez que se celebre to­dos los días, aún en los viajes. “Entre otras cosas nos recomendó especialmente: que no dejáramos nunca de hacer oración, incluso a ca­ballo; que celebráramos todos los días la santa misa” (XI, 789).

Al P. Juan Dehorgny le escribe: “Dijo el Ve­nerable Beda, que los que dejan de celebrar el santo sacrificio sin legítimo impedimento, pri­van a la Santísima Trinidad de alabanza y de glo­ria, a los ángeles de gozo, a los pecadores de perdón, a los justos de auxilios y de gracias, a las almas que están en el purgatorio de refrige­rio, a la Iglesia, de los favores espirituales de Je­sucristo, y a ellos mismos de medicina y de re­medio” (III, 340).

4. La santa misa y comunión, alabanza y acción de gracias al Padre y fuente de toda bendición.

San Vicente celebra la santa misa, aconseja­rá celebrarla y ofrecer la sagrada comunión en un sin fin de ocasiones, como acción de gracias y para pedir toda clase de bendiciones: “como ac­ción de gracias por la elección del Papa” (XI, 103); “para dar gracias a Dios por la fundación de la Misión” (XI, 96); “para dar gracias a Dios por todos sus beneficios” (X1, 91); “por la paz” (C. XI, III); para conseguir la gracia de la ora­ción, de la castidad, de la humildad… (XI, 127. 163); “para que el Señor os conceda las gra­cias que necesitáis” (X, 822); por los misioneros en Madagascar, en las Hébridas, Irlanda, Polonia, Argel, Italia…; “por la buena formación de los sa­cerdotes” (XI, 207); “celebraré gustosamente la misa para que su divina bondad santifique cada vez más sus queridas almas” (III, 25); “voy a ce­lebrar enseguida la santa misa para que quiera Dios darle a conocer las verdades que le digo por las que estoy dispuesto a dar mi vida” -se tra­ta de las verdades sobre la Eucaristía que el san­to expone refutando el libro de La Frecuente Comunión de A. Arnauld- (III, 341); “para pedir perdón por las faltas de la Compañía en general y de cada uno en particular” (X1, 96); “para pedir la gracia de realizar cada vez mejor nuestras ocu­paciones” (XI, 96).

1. Hay que celebrarla con devoción, jamás por costumbre, de la manera que Cristo se ofre­ció al Padre

“Ha de ofrecer el santo sacrificio con devo­ción” dice a un misionero (XI, 719). Al P. D. Gau­tier, Superior de Richelieu, le escribe: “Seguiré pidiendo a Nuestro Señor que les dé siempre nuevas disposiciones para el Sacrificio y la gra­cia de no ofrecerlo jamás por costumbre” (III, 719). “No basta celebrar la misa: además hemos de ofrecer ese sacrificio con la mayor devoción que nos sea posible, según la voluntad de Dios, conformándonos en cuanto podamos con la gra­cia de Dios, con Jesucristo, que se ofreció a sí mismo, en su vida mortal, en sacrificio a su Pa­dre Eterno. Esforcémonos, pues, Padres, en ofre­cer nuestros sacrificios a Dios con el mismo es­píritu con que nuestro Señor ofreció el suyo” (XI, 787). “Hemos de esforzarnos en ofrecer, con la mayor perfección que nos sea posible ese mis­mo sacrificio a Dios… de la misma forma que nuestro Señor ofreció en la tierra el sacrificio cruento y el incruento de sí mismo a su Padre eterno” (XI, 309).

B. La Comunión: La Eucaristía sacramento-co­munión

1. San Vicente dirá que hay que “frecuentar la comunión y no dejarla con el pretexto de que, obrando así, se estará mejor preparado” (XI, 113), porque “la comunión nos hace una misma cosa con Dios nos hace semejantes a él” (IX, 222); “nos convertimos en una misma cosa con Dios” (IX, 227).

Por lo tanto, “creed que la cosa más im­portante que tenéis que hacer en toda vuestra vi­da es prepararas bien a la santa comunión” (IX, 228). “Es remedio en las penas, en el desvali­miento, y fuerza en las dificultades; la oración es muy buena, pero vale más todavía unirse a Dios en la sagrada camunión” (IX, 460). “Acudid siem­pre a la santa comunión… No hay remedio tan efi­caz en las enfermedades de nuestras almas. Allí es donde hay que ir a robustecerse. Allí es don­de hay que ir para exponer nuestras penas, por­que allí está el verdadero médico que conoce los remedios convenientes; allí es donde hay que ir a estudiar el amor, la paciencia, la cordialidad y todas las demás virtudes que nos son necesarias” (IX, 280).

2. Raíz y quicio de la unión fraterna, de la co­munidad

“Haréis bien en comulgar mañana para que el Señor os haga semejantes a él en la unión, en la comunicación, en ser totalmente todo las unas para las otras” (X, 767). “La unión es tan excelente que nuestro Señor quiso darse a no­sotros bajo ese hermoso nombre de comunión. Por eso tenemos que desear grandemente que la unión permanezca siempre entre nosotras” (IX, 107).

3. “Fuente y cima de toda evangelización”

“Hijas mías, una de las razones que se me ocurren y que creo de las más importantes por lo que se refiere a vuestra vocación, es que es­táis destinadas por Dios para disponer a las almas a bien morir. ¿Creéis, hijas mías, que Dios espe­ra de vosotras solamente que les llevéis a los po­bres un trozo de pan, un poco de carne y de so­pa y algunos remedios? Ni mucho menos, no ha sido ese su designio al escogeros para el servi­cio que le rendís en la persona de los pobres; él espera de vosotras que miréis por sus necesida­des espirituales, tanto como por las corporales. Necesitan el maná espiritual, necesitan el espíri­tu de Dios; ¿y dónde lo tomaréis vosotras para co­municárselo a ellos? Hijas mías, en la santa co­munión” (IX, 39, 228-229).

En todos los reglamentos de las Caridades establecerá san Vicente las siguientes o parecidas normas : “Toda la Compañía se confesará y co­mulgará_ para honrar el ardiente deseo que tiene nuestro Señor de que amemos a los pobres enfer­mos y los socorramos en sus necesidades”; “con el fin de que las sirvientas de los pobres se conserven y progresen en el espíritu de caridad más y más”; “para adquirir cada vez más el verdadero espíritu de caridad”; “para confirmarse cada vez más en el es­píritu de la caridad” (X, 583. 624. 651. 658).

4. “Quien comulga bien, hace todo bien, obra como Jesucristo”

“La persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien… No hará ya ciertamente sus accio­nes, sino que hará las de Jesucristo; tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesucristo; ten­drá en sus contradicciones la paciencia de Jesu­cristo… En una palabra, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán ac­ciones de Jesucristo” (IX, 307ss).

5. ¿Cómo disponerse?

Con el deseo, con un gran deseo del Señor, de recibirlo, un deseo siempre nuevo, un deseo ardiente porque Dios no quiere que lo deseemos fríamente, ni tibiamente, sino con toda la fuerza y todo el ardor de la voluntad, lo mismo que él de­sea comunicarse a nosotros (IX, 220. 312): “El so­lamente pide que le demos el corazón, solamen­te espera nuestro amor a él y a nuestro prójimo” (X, 44). “Lo único que se necesita es la disposición del corazón, el olvido de las vanidades pasadas, una viva comprensión del amor que Dios nos ha de­mostrado en este sacramento y una correspon­dencia de amor por nuestra parte” (X, 40; IX, 39).

6. Como la Virgen María

En dos sermones sobre la comunión, san Vi­cente propone a la Santísima Virgen como modelo de preparación: “llena de gracia, vacía de peca­do, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos” (X, 39. 43). Y en la exhortación al Hermano moribundo, después de haberle habla­do del amor de Dios creativo hasta el infinito en la Eucaristía, le hace la pregunta:”Mo le gusta­ría haberle amado durante toda su vida como la Santísima Virgen?” (XI, 66).

C. La Eucaristía, sacramento-presencia

San Vicente vive profundamente la presencia de Cristo el Señor en el sacramento de la Euca­ristía, vive todos los actos de su vida en la pre­ sencia de Dios y de Jesús. Esta presencia del Señor se le hace más viva y palpable en el San­tísimo Sacramento. Esta característica de su es­piritualidad trata de trasmitiría a sus hijos e hijas y a todo el que entra en el circulo de su influen­cia. La actualiza con las visitas al Santísimo. El San­tísimo es el “amo de la casa” y hay que visitarlo al salir y al entrar, y pedirle la gracia de hacer to­do según su espíritu y actitudes (XI, 251). “Mirad, mis queridas Hermanas,… no debéis salir nunca de casa sin baberos puesto antes de rodillas en la capilla, y allí rebajaras ante nuestro Señor, ado­rarle y pedirle la gracia de hacer bien la obra que vais a hacer: “Señor, voy a servir a los pobres; te ruego que me concedas la gracia de hacerlo con el espíritu con que quieres que lo haga y como tú lo hiciste”; pues él sirvió y visitó a los enfer­mos” (IX, 1152).

Entre los Misioneros y en las Hijas de la Ca­ridad se establece la costumbre de ir a visitar al Santísimo durante los viajes en las iglesias por donde se pasaba, o al menos saludarlo y adorar­lo desde lejos (IX, 812. 1092. 1152). Ante el San­tísimo hay que ir para conocer lo que Dios pide de nosotros, para contarle nuestras penas, para adorarle y darle gracias, especialmente en los momentos importantes de nuestra vida. Él así lo practica: “Hace cinco o seis meses que recibí los paquetes de cartas suyas y hace poco he recibi­do otra suya… Leí esos paquetes de rodillas, en presencia del Santísimo Sacramento y pedía Dios que me diera la gracia de reconocer si las cosas que Vd. me decía venían de él y, si así fuera, la fuerza para abrazarlas” (III, 152). “Cuando nos den algún cargo, si vemos que tenemos alguna in­disposición para poder ejercerlo, acudir a los pies de nuestro señor en el Santísimo Sacramento pa­ra pedirle la gracia de que nos dé a conocer si he­mos de proponérsela al Superior; y después que nos haya dado a conocer que es su voluntad que se la propongamos, hacerlo y cumplir luego con lo que el Superior nos ordene” (XI, 362). “Cuan­do os digan alguna frase que apenas se puede tolerar, no tenéis que responder, sino elevar el co­razón a Dios para pedirle la gracia de sufrir aque­llo por su amor, e ir delante del Santísimo Sacra­mento para contarle vuestras penas al Señor” (IX, 797). Es lo que siempre hizo santa Catalina La­bouré, cumpliendo así, de otra parte, el consejo de la Santísima Virgen en la aparición del 18 de julio de 1930 (R. Laurentin: Vie authentique de Cat­herine Labouré, Paris 1980, p 85).

IV. Reflexiones finales

Para san Vicente, la Eucaristía y los pobres son los dos grandes tesoros de la Iglesia. Si se estu­dia la doctrina y la teología actuales sobre la Eu­caristía, especialmente a partir del Vaticano II, se comprobará cómo lo que san Vicente pensó y so­bre todo vivió, encaja perfectamente con esa doc­trina y teología. Por ejemplo:

1. De todo el magisterio y doctrina actuales “emergen con especial fuerza los siguientes as­pectos: el misterio eucarístico es a) sacrificio-sa­cramento-comunión, b) acto de Cristo y de la Igle­sia, c) centro de la vida eclesial, d) sacramento de la presencia sustancial de Cristo y e) realidad sa­grada, digna de ser adorada fuera de la Misa, de la que procede y hacia la que se orienta” (Inicia­ción a la Liturgia, o. c. 283).

2. La Eucaristía “pan” de vida

En los relatos evangélicos se ve la relación de la Eucaristía con la multiplicación de los panes y se pone de manifiesto claramente que es la ternura de Cristo para con los pobres y destituidos la que da amplia dimensión al mensaje eucarístico.

Pablo VI en su discurso al Congreso Eucarís­tico de Bolsena, Italia, el 8 de agosto de 1976, su­braya dos puntos de la teología eucarística:12. “El primer punto es el del hambre y sed, exigencia continua, múltiple, ineludible, que entra en la de­finición del hombre. El hombre es un ser que tie­ne hambre y sed…; el hombre es un ser viviente necesitado de pan”. 2° “Es él, Cristo, quien no ya bajo las especies de pan y de vino, sino bajo las de todo ser humano sufriente y necesitado, desvelará en el último día, el del juicio final, que cuantas veces hayamos socorrido a alguno, le hemos socorrido a él…”.

Conclusión: “Así, pues, la Eucaristía se con­vierte para nosotros no sólo en comida para nues­tras almas, para cada una de nuestras comuni­dades cristianas; sino en estímulo de caridad en favor de los hermanos de toda especie que tie­nen necesidad de ayuda, de comprensión, de so­lidaridad, infundiendo así en la acción del bien so­cial una energía, un idealismo, una esperanza que, mientras Cristo esté con nosotros con su Euca­ristía, no se apagarán jamás”. (Citado en Tre sfi­de al prete liberatore, p. 91).

Esto nos lleva a tres caminos que habría que recorrer simultáneamente:

  • Promover el trabajo, una mayor produc­ción, una mejor administración y una más solidaria distribución.
  • La Eucaristía ha de abrir el corazón y las ma­nos de los ricos en bienes materiales para que practiquen la justicia social y la solidaridad.
  • Que los pobres y necesitados sean los pri­vilegiados en todos los aspectos y niveles.

3. La Eucaristía diviniza y al divinizar humani­za, llena al hombre de la ternura, de la misericor­dia, de la solidaridad de Cristo. San Vicente apela­rá siempre a la misericordia de Cristo de la que hay que estar lleno. Por eso conviene examinarse con frecuencia para ver si nuestros afanes de promo­ción por el pan, la libertad, la dignidad de nuestros hermanos los pobres y oprimidos nacen de la ter­nura de Cristo, un Cristo que es comida y bebida en la Eucaristía, o provienen simplemente de una inquietud personal, muchas veces resentida.

4. A ejemplo de san Vicente, la persona, el gru­po, la comunidad cristiana que vivan con auten­ticidad la Eucaristía tienen que proyectarse en el amor y en la justicia social y solidaridad. El Sí­nodo Mundial de 1974 hizo notar que una Euca­ristía que se celebra dejando en el mundo las mismas injusticias sociales, económicas, políti­cas, sería una Eucaristía “ineficiente”. Natural­mente todo esto es posible sólo mediante el di­namismo que Cristo Resucitado nos comunica en el sacramento. Sólo así “la gracia sacramen­tal” puede y debe “liberar al hombre de sus ego­ísmos personales y sociales, y promover entre los hombres condiciones tales de justicia, que sean signo de la caridad de Cristo presente entre no­sotros” (Sínodo Mundial-1974, parte II, n2 7).

En el nº 27 del Acuerdo Ecuménico de sep­tiembre de 1971, entre anglicanos y católicos, se dice:”La celebración de la Eucaristía, fracción de un pan necesario para la vida, incita a no con­sentir la condición de hombres privados de pan, de justicia y de paz”.

La Eucaristía es un encuentro con Cristo y con los hermanos en el mundo de hoy: un en­cuentro que no se circunscribe al domingo y al lu­gar de culto, sino que se extiende a toda la vida en su infinita gama de manifestaciones: espiri­tual, social, económica, política. Sólo así, la cele­bración de la Eucaristía es fuente, cima y centro de toda la actividad eclesial y de la entera vida cris­tiana, como indica el Vaticano II.

Bibliografía

E. RUFINI, Eucaristía, en NDE, Madrid 1983.- J. CAS­TELLANO, Eucaristía, en Diccionario de Espiri­tualidad. II, Barcelona 1987.- J. A. ABAD y M. GARRIDO, Iniciación a la Liturgia de la Iglesia, Madrid 1988.- J. AUER, Sacramentos-Eucaristía, Barcelona 1987.- A. GERKEN, Teología de la Eu­caristía, Madrid 1991.- J. A. SAYÉS, El Misterio Eucarístico, BAC, Madrid 1986.- M. GESTEIRA, La Eucaristía, Misterio de comunión, Madrid 1983.- M. GESTEIRA, La Eucaristía y la vida de la Iglesia, Madrid 1986.- F. X. DURWELL, La Eu­caristía, Sacramento Pascual, Salamanca 1982.- B. RINALDI, Tre sfide al prete liberatore, Pedo-va 1977.- E. LIEBOLD, C.M., Notre Héritage Eu­caristique, art, en B. L. F. n2 79, pp. 1-10.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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