O. Introducción
Ecumenismo, etimológicamente procede del término griego «oukumene», que tiene un significado geográfico («tierra habitada», «mundo entero», Mt. 24, 14) y político («todo el imperio», Lc. 2, 1), adquiriendo también un sentido religioso eclesial («lo que atañe al conjunto de todos los cristianos»). Pero el sentido original del adjetivo «ecuménico» se enriquece en el s. XX cuando el sustantivo «ecumenismo» pasa a designar el movimiento hacia la unidad de las Iglesias cristianas. En este sentido, el Vaticano II define el Movimiento Ecuménico como el «conjunto de actividades o iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos» 4).
Si en su historia la Iglesia sufre un largo proceso de divisiones, también han sido continuos los intentos de recuperar la unidad, a través de diversos métodos: polémico, controversias irénicas, concordancia, confrontación,… En nuestro siglo se llega a la convicción de que la reunión de la cristiandad sólo es posible por el camino del diálogo, la reconciliación y el acercamiento entre las distintas confesiones cristianas, a diversos niveles: ecumenismo teológico, espiritual, pastoral, institucionalizado,…
Este Movimiento Ecuménico, aunque con precedentes anteriores, da sus primeros pasos en 1910 («Conferencia Misionera Mundial» de Edimburgo), se desarrolla a través de asociaciones como «Consejo Internacional de Misiones», «Cristianismo práctico», «Fe y Constitución», y va a imponerse gracias a dos acontecimientos clave: la fundación del «Consejo Mundial de las Iglesias» (Amsterdam, 1948) la celebración del Concilio Vaticano II. El Ecumenismo quiere ser un método dialógico para llegar a la unidad, una marcha hacia la reconciliación por la oración, la reconciliación y el diálogo, en vistas al cumplimiento fiel de la misión que Jesucristo encomienda a su Iglesia y de sus deseos de unidad y universalismo eclesial.
1. Vicente de Paúl y el Ecumenismo
En sentido estricto, por el carácter moderno tanto del término como de su contenido, no se puede hablar de «ecumenismo» en el s. XVII y en la obra de Vicente de Paúl. Sin embargo, entendiendo el término «ecumenismo» en un sentido general, como una actitud o espíritu de respeto y tolerancia en relación a los «hermanos separados», se puede reconocer en el Sr. Vicente una actitud y un lenguaje «ecuménico».
Vicente se encuentra con una Iglesia dividida tras un largo período de «guerras de religión» en Francia entre católicos y hugonotes. El Edicto de Nantes (1598) había establecido un relativo clima de paz y tolerancia, tutelando los derechos de las minorías religiosas. Sin embargo, aunque no falta algún intento de unificación pacífica de ambas comunidades, el s. XVII francés no se caracteriza por el espíritu ecuménico. En la mayoría de los cristianos, perdura un espíritu de cruzada y viven en un ambiente de intolerancia, odio y combate. Muchos, no resignándose a la división, buscan la vuelta de los hugonotes a la Iglesia católica por diversos medios (misiones «ad haeréticos», controversia literaria, predicación,…) sin excluir a veces la amenaza y la coacción.
Vicente contempla con preocupación y dolor la división eclesial, lo que le lleva a temer por el futuro de la Iglesia en Europa y le lleva a pensar en que «Dios quiera trasladar la Iglesia entre los mismos infieles» (III, 37, 143, 165; X1, 245). Por otra parte, tiene un sentido profundo de fidelidad a la doctrina de la Iglesia. «Durante toda mi vida he tenido miedo a verme envuelto en los errores de alguna nueva herejia» -confiesa- (XI, 730, 804). Su «ecumenismo» no irá por la línea teológica sino que se expresará en el campo práctico y pastoral.
No tiene conciencia de la posibilidad de la reunificación de ambas comunidades cristianas. Su posible unión iría por la conversión de los individuos y su vuelta a la Iglesia católica. Por ello, acepta el método de las controversias para su apostolado entre los hugonotes, y quiere que sus misioneros se preparen en este aspecto (IV, 513). Sin embargo, su celo por la conversión de los protestantes no es exagerado ni agrio. Aunque sabe que esa conversión es ante todo obra de Dios, aprovecha las ocasiones para un acercamiento e instrucción, pero desde unas actitudes de gran caridad, paciencia y cordialidad (VII, 481; 1, 441).
Como hombre de su tiempo, no se ve libre de ciertos prejuicios respecto a los hugonotes – a los que suele denominar «religión pretendidamente reformada» o «herejes»-. La mentalidad de la sociedad, la reflexión teológica y eclesiológica no facilitaban el desarrollo de un auténtico ecumenismo. Sin embargo, Vicente evita toda hostilidad hacia los protestantes y, desde un conocimiento profundo del corazón humano, se acerca a ellos con el lenguaje de la humildad y caridad, con un lenguaje «ecuménico», como se aprecia en las actitudes pastorales que vive y enseña.
2. Rasgos de «ecumenismo» en Vicente de Paúl
a) Reconocimiento de sus valores y respeto a la propia conciencia.
El celo por la conversión va acompañado en Vicente por el respeto a la dignidad y a los derechos de los hugonotes: reconoce que «bautizan válidamente», valora su método de predicación, prohíbe a sus misioneros utilizar su influencia a favor de los católicos en pleitos con los protestantes, admite la buena conciencia de éstos en sus cargos y su honradez,… (II, 376-378; VIII, 106; XI, 193; X, 557…). El respeto a la conciencia y a la libertad hace que Vicente no proponga ningún método para la vuelta de los hugonotes, que no se base en la libre decisión, rechazando todo tipo de coacción.
b) Oposición a disputas y controversias
En un tiempo en que los predicadores llamados «convertidores», utilizaban las amenazas y promesas para intimidar a los protestantes y desafiaban a sus pastores a la discusión pública, Vicente aconseja «no disputar nunca con los herejes, ni desde el púlpito ni en particular», «no ponerse nunca a desafiar a los ministros», pues por experiencia sabe que su acercamiento «no se produce con controversias y disputas, sino con afabilidad y mansedumbre» (XI, 753; I, 441. 470; II, 366).
c) Instruir con compasión, caridad y humildad
La oposición a las disputas no excluye toda acción pastoral con los que considera «almas extraviadas». Invita a sus misioneros a prepararse para el diálogo, a conocer mejor la doctrina para «responder a su razones» y «sostener y probar las verdades que combaten los herejes» (IV, 513). Con ciertas condiciones -«de pasada», «mansa y humildemente», «respetuosamente», «desde entrañas de compasión y caridad y no de indignación»,…- considera como un deber misionero el instruir a los hermanos separados, evitando toda acritud y polémica (1, 320. 441. 470- 471; II, 336).
d) Defensa de la justicia sin hacer acepción de personas.
Las relaciones con los hugonotes han de basarse en la justicia y caridad, pues la justicia está por encima de la confesión religiosa («Hay mucha diferencia entre ser católico y ser justo») y la caridad, como la pobreza, no conoce fronteras religiosas (II, 376-378; X, 557). Por ello, las acciones asistenciales que emprende no hacen distinción entre católicos o hugonotes (IX, 1094) e igualmente esta actitud aconseja en la obra misionera. A unos misioneros destinados a Madagascar, les aconseja para su trato con hugonotes: «Habrá que evitar con mucho cuidado toda clase de disputes y de discusiones con ellos, mostrándose amable y afectuoso aunque se metan con usted… Hay que desear que, en los servicios que le haga a Dios en el barco, no haga acepción de personas y no establezca ninguna diferencia entre los católicos y hugonotes, a fin de que se den cuenta de que usted los ama en Dios» (VIII, 167-168).
e) El testimonio atrae y la caridad revela la bondad de Dios.
Por propia experiencia, Vicente sabe que el testimonio personal es el principal medio de acercamiento a los hugonotes, pues «la vida buena y el buen olor de las virtudes cristianas atrae a los desviados al camino recto y confirma en él a los católicos» y es en la vida de los cristianos donde se refleja la «belleza y santidad de nuestra religión» (II, 366; VIII, 167-168).
La verdad de la Iglesia se refleja en su preocupación por los pobres y en la auténtica caridad; es el signo que puede mostrar a los hermanos separados que el Espíritu guía a la Iglesia (XI, 727-730). Cada cristiano, por la caridad, se convierte en signo revelador de la bondad de Dios y en instrumento de unidad: «Vosotras vais -recuerda a unas Hijas de la Caridad- para dar a conocer a todos, a los católicos y a los hugonotes y hasta a los judíos, la bondad de Dios; porque cuando vean que Dios se preocupa de sus criaturas, que ha formado una compañía de personas que se entregan al servicio de los pobres, como no se encuentra en ninguna religión, se sentirán obligados a confesar que Dios es un buen Padre» (IX, 1094).
f) Reconocimiento de la propia responsabilidad y conversión.
Si el testimonio creyente es un reflejo de la santidad de la Iglesia, Vicente reconoce que las deficiencias de auténtica vida cristiana entre los católicos es una de las causas del nacimiento y difusión del protestantismo y un impedimento para la reconciliación y la unidad. Con tristeza tiene que reconocer que «hay muchos herejes, por no haber oído hablar de Dios en la Iglesia de los católicos», insistiendo en la responsabilidad de los sacerdotes (XI, 392; cf. 1, 427; XI, 358). Esa comprensión de la responsabilidad de los católicos en la división, le lleva a pedir y trabajar por la reforma de la Iglesia, pues una Iglesia renovada y fiel al Evangelio quitaría la razón de ser a las divisiones entre cristianos.
3. Espiritualidad vicenciana y Ecumenismo
Del análisis de los escritos vicencianos alusivos a las relaciones con los hugonotes, se desprende una actitud que, en discontinuidad con el ambiente de su tiempo, se puede calificar de «ecuménica». En ese sentido, Vicente de Paúl puede ser considerado como un modelo inspirador para las relaciones con los hermanos separados y un «precursor» del espíritu ecuménico.
Esta actitud «ecuménica» se integra como un elemento más, aunque secundario, dentro de la espiritualidad de S. Vicente. No se puede comprender su actitud ante los protestantes sino desde el conjunto de su pensamiento, de su visión del hombre, del ser cristiano y de la Iglesia. Su profunda humanidad, su espiritu abierto y tolerante, su valoración de la persona humana sea cual sea su condición, su respeto a la justicia y su caridad universal que no conoce fronteras, su fidelidad a Cristo y su amor a la Iglesia, su benignidad pastoral,… son elementos de su espiritualidad que justifican y posibilitan su espíritu tolerante y ecuménico. El ecumenismo no es algo extraño en la vocación vicenciana sino un elemento integrante de la misma.
Quizás el exponente más claro de ello sea el «hijo de San Vicente» y apóstol del ecumenismo, Fernando Portal (1855-1926) quien, convencido de seguir las orientaciones del fundador de la Misión y desde el apostolado de la amistad y el diálogo, sobre todo con los Anglicanos, hará germinar la semilla plantada por Vicente de Paúl, siendo uno de los pioneros del Movimiento Ecuménico.
La Congregación de la Misión recoge este espíritu en sus Constituciones y Estatutos, al proponerse: «Los misioneros fomentarán el diálogo ecuménico y participarán activamente con los demás, sean o no cristianos, en lo religioso, social y cultural» (Est., 4).
BIBLIOGRAFÍA ELEMENTAL:
J. MELOT, San Vicente de Paúl y los protestantes, en Anales 95 (1987)114 ss.- R. CHALIMEAU, La obra de Vicente en el contexto de la Reforma y Contrarreforma francesas, en AA. VV., Vicente de Paúl, la inspiración permanente, CE-ME, Salamanca 1982, 61-80.- J. MI MUNETA, Fernando Portal (1855-1926) pionero del Ecumenismo, en Anales 84 (1979) 623-771.







