Espiritualidad vicenciana: Desprendimiento

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Timoteo Marquina, C.M. · Year of first publication: 1995.

SUMARIO: Introducción. I.- Disponibilidad para la acción. II.- Mortificación y desprendimiento. III.- El desprendimiento ase¬meja a Cristo pobre. IV.- Desprendimiento y confianza en la divina Providencia. V.- O desprendimiento como testi-monio evangélico actual.


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Introducción

La ascesis cristiana, y con mayor razón la de la vida consagrada, tiene dos aspectos que se complementan mutuamente, necesariamente: el negativo o de «renuncia» a todo lo que se opo­ne al «seguimiento fiel de Cristo» (valores que reconoce el mundo, la carne y que proclama ten­tadoramente el demonio, por decirlo en lengua­je clásico) y el positivo o de «adquisición» de las virtudes practicadas por Cristo hombre y ex­puestas por Él a la adquisición de sus discípulos, como manera única de cumplir lá voluntad de su Padre: la santificación. Desprenderse, en este sentido negativo, es desasirse, renunciar a, se­pararse de, etc. etc. Cristo se lo explicará elo­cuentemente a sus discípulos en orden a la elec­ción, libre y dinámica, que deben hacer de Él (cf., por ejemplo, Mt 16-20). Se trata ni más ni menos de «seguir a Cristo pobre, anonadado, libre, va­cío de todo, excepto del amor al Padre y a los hombres…». Este «seguimiento de Cristo» tiene que ser a expensas de innumerables renuncias, todas ellas expuestas en el Evangelio, contenidas en los llamados Consejos Evangélicos, sobre to­do en los de pobreza, castidad y obediencia, como explicará abundantemente el Conc. Vat. en su documento Perfectae Caritatis. En su as­pecto positivo se logrará «el revestimiento de Cristo», en expresión paulina, recogida por la doc­trina de san Vicente: «Ella (la compañía) siempre ha apreciado las máximas evangélicas y ha de­seado revestirse del espíritu del Evangelio para vivir y obrar como vivió nuestro Señor y para que su Espíritu se muestre en toda la Compañía y en cada uno de sus Misioneros» (XI, 410-411). A uno de sus Misioneros aconsejaba el Santo, firme y convencido: «Debe usted vaciarse de sí mismo (es decir, desprenderse de sí mismo) para re­vestirse del espíritu de Jesucristo» (XI, 236). La vocación o el seguimiento de Cristo -expresará tantas veces san Vicente- no puede ser firme ni convincente sino «en cuanto es fruto del amor de Dios», «predilección divina»: la vocación, se ha di­cho, no es cuestión de evidencia sino de amor.

I. Disponibilidad para la acción

El desprendimiento es virtud evangélica bá­sica. Y lo es no sólo para seguir acertadamente a Cristo, maestro, verdad, camino, luz y vida, si­ no también como «disponibilidad para la acción». Dirá, en efecto, san Vicente: «El estado de los Misioneros es un estado conforme a las máximas evangélicas, que consiste en dejarlo todo y aban­donarlo todo, como hicieron los Apóstoles, para seguir a Jesucristo y para hacer lo que conviene a imitación suya» (XI, 697). En esto consisten pre­cisamente el contenido y razón de ser de toda vo­cación auténtica, a nivel personal y a nivel co­munitario también: en «dejarlo todo» para que, «llenos interiormente de la predilección de Cris­to», podamos seguirle de cerca. Dirá también san Vicente: «Busquemos solamente a Dios y Él nos dará todo lo demás…, de forma que no nos falte nada» (XI 731). Es la doctrina tan repetida y pro­fundamente vivida de los grandes místicos: «De­jarlo todo para llegar a poseerlo todo», dirá san Juan de la Cruz. «Dios verá nuestro abandono y quedaremos en paz» (VII 438).

San Vicente llamaba a la disponibilidad «san­ta indiferencia». Esta disponibilidad ha de mo­verse, sobre todo, a hacer efectiva la vocación a la que se ha sido llamado y por la que se es en­viado (la Misión). Lo que se dice en las RC de los Misioneros debe también referirse, en la intención vicenciana, a las Hijas de la Caridad y al laicado vicenciano: «Cultivaremos de un modo especial la indiferencia que en tal grado practicaron Cris­to y los santos. Y así, no nos apegaremos con afecto desordenado ni a los ministerios, ni a las personas, ni a los lugares, en especial a la patria, ni a ninguna cosa parecida. Es más, debemos es­tar siempre prontos y dispuestos a dejar todo es­to por orden e incluso por simple deseo del su­perior» (RC CM II, 10). De los desprendidos y siempre dispuestos para la Misión solía decir el Santo: «¡Es que tienen el corazón libre!» (X1, 536). Y añadía, con conocimiento de causa: «Sí no es­tuviésemos aferrados a nuestros miserables ca­prichos, diríamos todos: Dios mío, envíame, es­toy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo a donde mis superiores crean oportuno que vaya a anunciar a Jesucristo…, sabiendo que mi salva­ción está en la obediencia», es decir, en la dis­ponibilidad o desprendimiento de la propia vo­luntad (X1, 536).

La disponibilidad deberá crear, como en Cris­to, la dependencia del querer de Dios, en lo cual radica la perfección suma, como entenderá y predicará san Vicente: «Su norma (la de Jesu­cristo) era cumplir la voluntad de su Padre en to­do, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad sino la del Padre. ¡Oh Salvador, qué bondad!» (XI, 448-449). Tal disponibilidad, la contemplada en Cristo, «Regla de los Misione­ros», deberá incluso llevar a la renuncia de uno mismo: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Provi­dencia y en una renuncia actual a nosotros mismos para seguir a Jesús» (II, 208). Desposeerse de uno mismo para conquistar y poseer la Vida Eterna, contenido de las Bienaventuranzas de Je­sús (Mt 5, 3-11). Esto, de momento y en este mundo, se llama en expresión feliz del Santo, «descansar en los cuidados amorosos de la Pro­videncia» (XI 438): «Y ¿qué vamos a hacer noso­tros sino querer lo que quiere la divina Providen­cia y no querer lo que ella no quiere?» (VI, 476). Hermosa es la conferencia del Santo a las Hijas de la Caridad sobre el desprendimiento, sobre todo, de los afectos desordenados (conferencia-diálogo) (IX, 160-177). Muchos son los pensa­mientos, útiles e inspirados, que se podrían entresacar, pero bástennos estos pocos: «Si su­pieseis, hermanas mías, qué gran ventaja hay en ser únicamente de Dios, despreciaríais por ente­ro las vanas satisfacciones del mundo… Como la manera de vivir de las Hijas de la caridad consis­te en imitar la del Hijo de Dios, no tienen que tener más práctica que la de la penitencia y el desprendimiento… Para esto hay que negar al cuerpo y al espíritu sus sensiblerías y sus vanas satisfacciones… Solamente pertenece a Dios ha­cernos abandonar todo por parte nuestra, pues somos criaturas débiles y objeto de su justicia, pa­ra hacernos objeto de su amor».

II. Mortificación y desprendimiento

La mortificación es el medio señalado repe­tidamente por el Evangelio para el logro de la vir­tud del desprendimiento, la disponibilidad y «la santa indiferencia»: «El medio para alcanzar de Dios esta santa indiferencia es la mortificación continua, interior y exterior. No os indicaré ningún otro. Primero, el examen, para reconocer si sen­timos más inclinación a una cosa que a otra y cuáles son las que más nos atraen, para que, fi­jaos bien, andemos con cuidado y nos esforce­mos en apartarnos incesantemente de ellas, cor­tando y sajando todo lo que ata nuestro corazón, a fin de despojarnos de todas las criaturas y mor­tificar nuestros sentidos y nuestras pasiones siem­pre y en todas partes» (XI, 536). Esta mortificación se refiere a la hoy llamada «conversión continua», como actitud interior permanente de negación de uno mismo, según la mente de san Pablo, que aconseja: «no os amoldéis al mundo éste sino id transformándoos con la nueva mentalidad» (Rom 12, 2; cf C. 12, 6).

Indiferencia y desprendimiento son fruto, pues, de un ejercicio ascético de «vigilancia con­tinua» («vigilad y orad»), como indica san Vicen­te en muchas ocasiones. He aquí algunos de sus principios o actitudes expuestos: «La indiferencia participa de la naturaleza del amor perfecto (XI 526). Dirá a uno de sus Misioneros en disposición de desprendimiento e indiferencia: «Ésa es la dis­ posición de los buenos siervos de Dios y de los hombres verdaderamente apostólicos: que no se detienen en nada. Ésta es la señal de los verda­deros hijos de Dios: que se encuentran en liber­tad de responder a los designios de un Padre tan digno» (IV, 418).

El consejo de Jesús de «dejarlo todo» nece­sariamente permanece invariable, aunque nos pueda parecer a veces que los términos y modos de su cumplimiento hayan cambiado, desde Cris­to a san Vicente y de san Vicente a nuestros dí­as. San Vicente, en efecto, habla de la necesidad que puede darse de tener que «abandonar a los padres cuando éstos se oponen a la felicidad de sus hijos que quieren entregarse a Dios». Y dice de igual modo: «Nuestros parientes muchas ve­ces están lejos de la sumisión a los designios de Dios (sobre nosotros) y se empeñan en impedir­nos que los sigamos… Y si no son así, mejor en­tonces: hemos de amarlos en nuestro Señor, no ya sintiendo afecto hacia ellos por ser buenos, sino porque se despegan de nosotros para que seamos mejores siguiendo a nuestro común Sal­vador, que es el único perfecto» (X1, 515). No de­berían nunca estas palabras de san Vicente pa­recer duras, aunque si exigentes, como son las de Cristo en tantos y tantos pasajes de su Evan­gelio: El seguimiento de Cristo, no se olvide, es cuestión de amor y de cruz o sacrificio personal; y el amor como la cruz supone dolor, desarraigo, elección difícil; ya que uno se puede nunca ser­vir a dos señores» (Mt 6, 24). Tal desprendimiento evangélico (el de la familia, de suyo el más dolo­roso y sensible) no supondrá nunca, en la men­te de san Vicente, ni desentenderse de los seres más queridos ni dejar de amarlos ni, mucho me­nos, dejar de socorrelos en sus posibles necesi­dades (cf. XI, 515-516).

III. El desprendimiento asemeja a Cristo Pobre

«Cuanta más relación tengamos con Nuestro Señor despojado y pobre, más se nos darán las cosas necesarias para la vida» (VIII, 140). Este tex­to lo refiere san Vicente, sobre todo, a la pobre­za evangélica, la que Cristo vivió de un modo tan radical. Y añadía a continuación el Santo: «Dejé­monos guiar, pues, por nuestro Padre que está en los cielos y procuremos en la tierra no tener más que una sola voluntad con Él» lib.). Vale más el testimonio en este sentido (predicar a Cristo po­bre y anonadado, como dirá san Pablo) que la en­señanza y que todas las doctrinas al respecto. Sobre la ambición de poder, en concreto, dirá san Vicente estas duras y condenatorias expresiones: «No hay ningún mal en el mundo que no pro­venga de esta maldita pasión de poseer. La am­bición, la avaricia, el amor a las riquezas son la fuente de toda clase de males. El que está sometido a la avaricia tiene en sí el principio, el ori­gen y la fuente de todo mal («radix omnium ma­lorum»). No hay nada de lo que no sea capaz el hombre aguijoneado por este deseo; tiene den­tro de sí todo lo que necesita para hacer cual­quier cosa descaradamente. No hay crimen… que no sea capaz de cometer el hombre apegado a sus intereses. Ahí está la raíz, la semilla de todo. No busquéis otra cosa: ésta es» (XI, 152). Cristo por ello, repetirá tantas veces san Pablo, se ano­nadó, se vació, se empobreció de un modo mis­terioso y absoluto, «para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8, 9). De aquí que «el pobre de espíritu» se vea asemejado a Cristo.

La pobreza asemeja a Cristo, dirá san Vicen­te, «es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra por amor de Dios y para servirle me­jor y cuidar de nuestra salvación; es una renun­cia, un desprendimiento, un abandono, una ab­negación. Esa renuncia es exterior e interior, no solamente exterior. No sólo hay que renunciar a los bienes externamente; es preciso que esa re­nuncia sea, sobre todo, interior, que parta del co­razón. Junto con los bienes hay que dejar también el apego y el afecto a esos bienes, no tener el más mínimo amor a los bienes perecederos de este mundo. Renunciar externamente a los bienes, conservando el deseo de poseerlos es no hacer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor» (XI, 156). San Vicente, duro y exigente en esta praxis del desprendimiento de lo temporal, sin duda alguna por los inconvenientes que en pro­pia carne sufrió o pudo adivinar, añade aún más: «y ése es el espíritu de Dios: amar, como Él y los suyos, la pobreza a la que tanto se opone el es­píritu del mundo, ese espíritu de propiedad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese es­píritu de anticristo, sí, de anticristo…» (XI, 140-­141). Por el espíritu del voto de pobreza se bus­ca, sin subterfugio alguno que pueda resultar válido ante la conciencia y Dios, el desprendi­miento más absoluto, si pudiera en hombre alguno darse, de todos los bienes, tanto de su propie­dad como de su uso o deseo. «Se trata de no te­ner apego ni afecto a ninguna cosa…, en relación con uno mismo, con los sentidos, evitando todo lo que tienda a la impureza, tanto del espíritu co­mo del cuerpo; no mimarnos tanto; no ser de­masiado considerados con nosotros mismos ni tan ruines que no podamos tolerar que nos falte al­go…» (XI, 337). Ciertamente, el grado de exigen­cia del Santo en cuanto al desprendimiento es muy grande; y no podrá explicarse de otra manera, si quiere entender la expresión evangélica referi­da a los discípulos de Jesús: «y dejándolo todo, le siguieron» (a Jesús se le sigue sin condiciones ni miramientos, de un modo total) (Mt 1, 16-20).

Dirá, a este respecto, el Santo: «Uno de los motivos que tiene la Compañía para entregarse por entero a Dios y desprenderse de todas las co­sas de la tierra, de todo afecto a los bienes, ho­nores y comodidades, es que nunca conseguirá nada sin ese desprendimiento, y no será capaz nunca de rendir un gran servicio a Dios. Los após­toles lo abandonaron todo cuando se trató de se­guir al Señor; del mismo modo nosotros, que nos hemos entregado a Dios para seguirle y que in­cluso hemos hecho los votos…» (XI, 336; cf. tam­bién IX, 773ss., en la explicación por parte del San­to de las Reglas de las Hijas de la Caridad sobre la indiferencia y el desprendimiento, art. 5).

IV. Desprendimiento y confianza en la divina Pro­videncia

El desprendimiento, como advierte el Evan­gelio, lleva al discípulo de Cristo a vivir confiado en la divina Providencia «que nunca desampara». Por ello, afirma san Vicente que el desprendi­miento ayudará con seguridad a la Compañía a per­severar en el bien y perdurar en el tiempo: «Se puede decir que la pobreza es el nudo de las co­munidades, sobre toda de la nuestra, que la ne­cesita más que las otras; es ese nudo el que la desliga de todas las cosas de la tierra y la ata a su Dios» (XI, 138). Y es que, por experiencia se sabe y de ello hacen certeza la enseñanza de Cristo y de san Vicente, o se tenderá al cielo o se rastreará por la tierra, como arriba se dijo. Por eso, es preciso, sobre todo en este campo de la ascesis evangélica, «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César» (Mt 6, 24): «Es muy difícil ocuparse al mismo tiempo de dos cosas tan opuestas; es imposible practicar las dos cosas a la vez» (XI, 149). La pobreza y su atributo propio, el desprendimiento, hacen libre al hombre para aceptar mejor y más prontamente, sin perturba­ción alguna, los designios de la divina Providen­cia: «Desgraciado el misionero que quisiera ape­garse a los bienes perecederos de esta vida; se vería apresado por ellos, clavado por estas espi­nas y atado por estas ligaduras» (XI, 773).

Esta gran virtud del desprendimiento se lo­gra como todas las virtudes, por supuesto, pero con mayor motivo aún, con la oración, como ad­vierte san Vicente, basado en el conocimiento propio y la experiencia conocida de Cristo (cf. «tentaciones en el desierto» Mt 4, 1-12): «Santi­ficados en Cristo y enviados al mundo, intenta­remos buscar en la oración los signos de la vo­luntad divina e imitar su disponibilidad, juzgando en todo conforme a su sentir. Así el Espíritu San­to convertirá nuestra vida en oblación espiritual…» (C. 40, 2). «Porque ésta es la gran lección del Hi­jo de Dios… Yo no sé que haya nada más santo ni de mayor perfección que esta resignación, cuando llega uno a un total desprendimiento de sí mismo y a una indiferencia verdadera ante toda clase de estados, de cualquier forma en que se nos haya puesto en ellos, excepto el pecado. Insistamos, pues, en esto y pidámosle a Dios nos conceda la gracia de permanecer constantemente en esta indiferencia» (XI, 738). Son los votos, co­mo ya se ha apuntado sobradamente, los que crean disponibilidad para la Misión (arriba se dijo «para la acción»): «la evangelización de los po­bres». Los votos emitidos y cumplidos son los que tienen que remover por fuerza todos los obstá­culos a esta disponibilidad apostólica o, en nues­tro caso, misionera (Congregación de la Misión) (cf. IV, 540 y V, 430-431). Por otra parte, el voto tan vicenciano de estabilidad o permanencia de por vida en la Congregación predispone y ayuda a es­ta disponibilidad.

El desprendimiento de los bienes materiales nunca deberá llevar a la renuncia comunitaria de ellos, siempre que la Compañía o la comunidad los juzgue necesarios para la evangelización o Misión (recuérdese cómo en este sentido habla san Vi­cente de «nuestros bienes como bienes de los po­bres»). No habrá que olvidar nunca la faceta de san Vicente como «evangelizador de los ricos en favor de los pobres», muchas veces sirviéndose para ello de su Cofradía de la Caridad: «¡Dios mío! -dirá la­mentándose muy sinceramente-, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la Compañía lo que Dios nos ha dado; pero he­mos de aplicarnos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas tem­porales para ornamento del mundo y alimento de sus criaturas… No hay más remedio que hacerlo as: Dios mío; si no, todo lo que la Providencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, su servi­cio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a los pobres» (XI, 413). A un misionero se vio obligado a decirle por carta: «En nombre de Dios, padre, ten­gamos más interés por extender el Reino de Dios que nuestras posesiones. Llevemos sus negocios y él hará los nuestros. Honremos su pobreza al me­nos con moderación, si no lo hacemos con una perfecta imitación» (III, 489).

V. El desprendimiento como testimonio evan­gélico actual

Hoy más que nunca el desprendimiento de los bienes temporales supone testimonio de espe­ranza en el más allá, en las promesas de Jesús en sus Bienaventuranzas, en las predicciones del «siervo de Yahve, etc., etc. (cf. asimismo todo el contenido testimonial del Magnificat de la stma. Virgen, «Madre de los pobres y desprendidos»). Este testimonio, como han proclamado el Conci­lio, los Papas y todas las CC, y EE. de las Con­gregaciones, hoy ya adaptados a las exigencias y espíritu del Concilio Vat. II, son un arma eficaz (expresión muy vicenciana, cf «ascesis») frente al materialismo y el ateísmo de hoy, males am­bos que se dan de la mano. He aquí el Est. 2 de la Misión, que recoge el pensamiento vicenciano de siempre y la intención actual de la Iglesia: «En el mundo de hoy, el ateísmo y el materialismo in­terpelan profundamente nuestra fe y los métodos tradicionales de evangelizar. Analicen, pues, se­riamente los Misioneros las causas de este fe­nómeno, convencidos de que en las presentes circunstancias se les pide un testimonio de fe personal más firme en Dios vivo y una búsqueda de nuevos caminos para realizar su vocación evan­gelizadora» (Est. 2).

Hoy más que nunca, en efecto, se vive conti­nuamente en la tentación de adorar las cosas de aquí abajo, olvidando las realidades de arriba. Di­ce el Concilio Vaticano II en su Gaudium et Spes: «uno es tanto cuanto se da». No olvidemos el va­lor evangélico del verbo «dar-darse», sobre todo referido a Cristo y a sus discípulos. Por ello, ha­brá que recordar una vez más el ideal común que encarna y exige la vida de comunidad, en la es­piritualidad vicenciana, como donación-despren­dimiento de uno mismo, donación que se hace gratuita en el Espíritu para el bien común y la evan­gelización. Las Constituciones de la Misión lo señalan muy oportunamente, basadas por supuesto en las palabras de san Vicente: «Todos hemos traí­do a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella; hemos traído todo lo que somos: el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y to­do lo demás. ¿Para qué? Para hacer todo lo que hizo Jesús, para salvar al mundo. ¿Cómo? Por me­dio de esta santa vinculación que hay entre no­sotros y el ofrecimiento que hemos hecho de vi­vir y morir en esta Compañía y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos» (XI, 402).

BIBLIOGRAFÍA:

Reglas y Constituciones y Estatutos de la C.M. .- M. PÉREZ FLORES y A. ORCAJO, San Vicente de Paúl: Espiritualidad y Selección de escritos, BAC, Madrid 1981.-V. PARDO y J. HERRERA, Teología de la Acción y Mística de la Caridad, Edit. La Mila­grosa, Madrid 1960.- A. ORCAJO, El seguimiento de Jesús según san Vicente, Edit. La Milagrosa, Madrid 1990.

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