Introducción
La ascesis cristiana, y con mayor razón la de la vida consagrada, tiene dos aspectos que se complementan mutuamente, necesariamente: el negativo o de «renuncia» a todo lo que se opone al «seguimiento fiel de Cristo» (valores que reconoce el mundo, la carne y que proclama tentadoramente el demonio, por decirlo en lenguaje clásico) y el positivo o de «adquisición» de las virtudes practicadas por Cristo hombre y expuestas por Él a la adquisición de sus discípulos, como manera única de cumplir lá voluntad de su Padre: la santificación. Desprenderse, en este sentido negativo, es desasirse, renunciar a, separarse de, etc. etc. Cristo se lo explicará elocuentemente a sus discípulos en orden a la elección, libre y dinámica, que deben hacer de Él (cf., por ejemplo, Mt 16-20). Se trata ni más ni menos de «seguir a Cristo pobre, anonadado, libre, vacío de todo, excepto del amor al Padre y a los hombres…». Este «seguimiento de Cristo» tiene que ser a expensas de innumerables renuncias, todas ellas expuestas en el Evangelio, contenidas en los llamados Consejos Evangélicos, sobre todo en los de pobreza, castidad y obediencia, como explicará abundantemente el Conc. Vat. en su documento Perfectae Caritatis. En su aspecto positivo se logrará «el revestimiento de Cristo», en expresión paulina, recogida por la doctrina de san Vicente: «Ella (la compañía) siempre ha apreciado las máximas evangélicas y ha deseado revestirse del espíritu del Evangelio para vivir y obrar como vivió nuestro Señor y para que su Espíritu se muestre en toda la Compañía y en cada uno de sus Misioneros» (XI, 410-411). A uno de sus Misioneros aconsejaba el Santo, firme y convencido: «Debe usted vaciarse de sí mismo (es decir, desprenderse de sí mismo) para revestirse del espíritu de Jesucristo» (XI, 236). La vocación o el seguimiento de Cristo -expresará tantas veces san Vicente- no puede ser firme ni convincente sino «en cuanto es fruto del amor de Dios», «predilección divina»: la vocación, se ha dicho, no es cuestión de evidencia sino de amor.
I. Disponibilidad para la acción
El desprendimiento es virtud evangélica básica. Y lo es no sólo para seguir acertadamente a Cristo, maestro, verdad, camino, luz y vida, si no también como «disponibilidad para la acción». Dirá, en efecto, san Vicente: «El estado de los Misioneros es un estado conforme a las máximas evangélicas, que consiste en dejarlo todo y abandonarlo todo, como hicieron los Apóstoles, para seguir a Jesucristo y para hacer lo que conviene a imitación suya» (XI, 697). En esto consisten precisamente el contenido y razón de ser de toda vocación auténtica, a nivel personal y a nivel comunitario también: en «dejarlo todo» para que, «llenos interiormente de la predilección de Cristo», podamos seguirle de cerca. Dirá también san Vicente: «Busquemos solamente a Dios y Él nos dará todo lo demás…, de forma que no nos falte nada» (XI 731). Es la doctrina tan repetida y profundamente vivida de los grandes místicos: «Dejarlo todo para llegar a poseerlo todo», dirá san Juan de la Cruz. «Dios verá nuestro abandono y quedaremos en paz» (VII 438).
San Vicente llamaba a la disponibilidad «santa indiferencia». Esta disponibilidad ha de moverse, sobre todo, a hacer efectiva la vocación a la que se ha sido llamado y por la que se es enviado (la Misión). Lo que se dice en las RC de los Misioneros debe también referirse, en la intención vicenciana, a las Hijas de la Caridad y al laicado vicenciano: «Cultivaremos de un modo especial la indiferencia que en tal grado practicaron Cristo y los santos. Y así, no nos apegaremos con afecto desordenado ni a los ministerios, ni a las personas, ni a los lugares, en especial a la patria, ni a ninguna cosa parecida. Es más, debemos estar siempre prontos y dispuestos a dejar todo esto por orden e incluso por simple deseo del superior» (RC CM II, 10). De los desprendidos y siempre dispuestos para la Misión solía decir el Santo: «¡Es que tienen el corazón libre!» (X1, 536). Y añadía, con conocimiento de causa: «Sí no estuviésemos aferrados a nuestros miserables caprichos, diríamos todos: Dios mío, envíame, estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo a donde mis superiores crean oportuno que vaya a anunciar a Jesucristo…, sabiendo que mi salvación está en la obediencia», es decir, en la disponibilidad o desprendimiento de la propia voluntad (X1, 536).
La disponibilidad deberá crear, como en Cristo, la dependencia del querer de Dios, en lo cual radica la perfección suma, como entenderá y predicará san Vicente: «Su norma (la de Jesucristo) era cumplir la voluntad de su Padre en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad sino la del Padre. ¡Oh Salvador, qué bondad!» (XI, 448-449). Tal disponibilidad, la contemplada en Cristo, «Regla de los Misioneros», deberá incluso llevar a la renuncia de uno mismo: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos para seguir a Jesús» (II, 208). Desposeerse de uno mismo para conquistar y poseer la Vida Eterna, contenido de las Bienaventuranzas de Jesús (Mt 5, 3-11). Esto, de momento y en este mundo, se llama en expresión feliz del Santo, «descansar en los cuidados amorosos de la Providencia» (XI 438): «Y ¿qué vamos a hacer nosotros sino querer lo que quiere la divina Providencia y no querer lo que ella no quiere?» (VI, 476). Hermosa es la conferencia del Santo a las Hijas de la Caridad sobre el desprendimiento, sobre todo, de los afectos desordenados (conferencia-diálogo) (IX, 160-177). Muchos son los pensamientos, útiles e inspirados, que se podrían entresacar, pero bástennos estos pocos: «Si supieseis, hermanas mías, qué gran ventaja hay en ser únicamente de Dios, despreciaríais por entero las vanas satisfacciones del mundo… Como la manera de vivir de las Hijas de la caridad consiste en imitar la del Hijo de Dios, no tienen que tener más práctica que la de la penitencia y el desprendimiento… Para esto hay que negar al cuerpo y al espíritu sus sensiblerías y sus vanas satisfacciones… Solamente pertenece a Dios hacernos abandonar todo por parte nuestra, pues somos criaturas débiles y objeto de su justicia, para hacernos objeto de su amor».
II. Mortificación y desprendimiento
La mortificación es el medio señalado repetidamente por el Evangelio para el logro de la virtud del desprendimiento, la disponibilidad y «la santa indiferencia»: «El medio para alcanzar de Dios esta santa indiferencia es la mortificación continua, interior y exterior. No os indicaré ningún otro. Primero, el examen, para reconocer si sentimos más inclinación a una cosa que a otra y cuáles son las que más nos atraen, para que, fijaos bien, andemos con cuidado y nos esforcemos en apartarnos incesantemente de ellas, cortando y sajando todo lo que ata nuestro corazón, a fin de despojarnos de todas las criaturas y mortificar nuestros sentidos y nuestras pasiones siempre y en todas partes» (XI, 536). Esta mortificación se refiere a la hoy llamada «conversión continua», como actitud interior permanente de negación de uno mismo, según la mente de san Pablo, que aconseja: «no os amoldéis al mundo éste sino id transformándoos con la nueva mentalidad» (Rom 12, 2; cf C. 12, 6).
Indiferencia y desprendimiento son fruto, pues, de un ejercicio ascético de «vigilancia continua» («vigilad y orad»), como indica san Vicente en muchas ocasiones. He aquí algunos de sus principios o actitudes expuestos: «La indiferencia participa de la naturaleza del amor perfecto (XI 526). Dirá a uno de sus Misioneros en disposición de desprendimiento e indiferencia: «Ésa es la dis posición de los buenos siervos de Dios y de los hombres verdaderamente apostólicos: que no se detienen en nada. Ésta es la señal de los verdaderos hijos de Dios: que se encuentran en libertad de responder a los designios de un Padre tan digno» (IV, 418).
El consejo de Jesús de «dejarlo todo» necesariamente permanece invariable, aunque nos pueda parecer a veces que los términos y modos de su cumplimiento hayan cambiado, desde Cristo a san Vicente y de san Vicente a nuestros días. San Vicente, en efecto, habla de la necesidad que puede darse de tener que «abandonar a los padres cuando éstos se oponen a la felicidad de sus hijos que quieren entregarse a Dios». Y dice de igual modo: «Nuestros parientes muchas veces están lejos de la sumisión a los designios de Dios (sobre nosotros) y se empeñan en impedirnos que los sigamos… Y si no son así, mejor entonces: hemos de amarlos en nuestro Señor, no ya sintiendo afecto hacia ellos por ser buenos, sino porque se despegan de nosotros para que seamos mejores siguiendo a nuestro común Salvador, que es el único perfecto» (X1, 515). No deberían nunca estas palabras de san Vicente parecer duras, aunque si exigentes, como son las de Cristo en tantos y tantos pasajes de su Evangelio: El seguimiento de Cristo, no se olvide, es cuestión de amor y de cruz o sacrificio personal; y el amor como la cruz supone dolor, desarraigo, elección difícil; ya que uno se puede nunca servir a dos señores» (Mt 6, 24). Tal desprendimiento evangélico (el de la familia, de suyo el más doloroso y sensible) no supondrá nunca, en la mente de san Vicente, ni desentenderse de los seres más queridos ni dejar de amarlos ni, mucho menos, dejar de socorrelos en sus posibles necesidades (cf. XI, 515-516).
III. El desprendimiento asemeja a Cristo Pobre
«Cuanta más relación tengamos con Nuestro Señor despojado y pobre, más se nos darán las cosas necesarias para la vida» (VIII, 140). Este texto lo refiere san Vicente, sobre todo, a la pobreza evangélica, la que Cristo vivió de un modo tan radical. Y añadía a continuación el Santo: «Dejémonos guiar, pues, por nuestro Padre que está en los cielos y procuremos en la tierra no tener más que una sola voluntad con Él» lib.). Vale más el testimonio en este sentido (predicar a Cristo pobre y anonadado, como dirá san Pablo) que la enseñanza y que todas las doctrinas al respecto. Sobre la ambición de poder, en concreto, dirá san Vicente estas duras y condenatorias expresiones: «No hay ningún mal en el mundo que no provenga de esta maldita pasión de poseer. La ambición, la avaricia, el amor a las riquezas son la fuente de toda clase de males. El que está sometido a la avaricia tiene en sí el principio, el origen y la fuente de todo mal («radix omnium malorum»). No hay nada de lo que no sea capaz el hombre aguijoneado por este deseo; tiene dentro de sí todo lo que necesita para hacer cualquier cosa descaradamente. No hay crimen… que no sea capaz de cometer el hombre apegado a sus intereses. Ahí está la raíz, la semilla de todo. No busquéis otra cosa: ésta es» (XI, 152). Cristo por ello, repetirá tantas veces san Pablo, se anonadó, se vació, se empobreció de un modo misterioso y absoluto, «para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8, 9). De aquí que «el pobre de espíritu» se vea asemejado a Cristo.
La pobreza asemeja a Cristo, dirá san Vicente, «es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra por amor de Dios y para servirle mejor y cuidar de nuestra salvación; es una renuncia, un desprendimiento, un abandono, una abnegación. Esa renuncia es exterior e interior, no solamente exterior. No sólo hay que renunciar a los bienes externamente; es preciso que esa renuncia sea, sobre todo, interior, que parta del corazón. Junto con los bienes hay que dejar también el apego y el afecto a esos bienes, no tener el más mínimo amor a los bienes perecederos de este mundo. Renunciar externamente a los bienes, conservando el deseo de poseerlos es no hacer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor» (XI, 156). San Vicente, duro y exigente en esta praxis del desprendimiento de lo temporal, sin duda alguna por los inconvenientes que en propia carne sufrió o pudo adivinar, añade aún más: «y ése es el espíritu de Dios: amar, como Él y los suyos, la pobreza a la que tanto se opone el espíritu del mundo, ese espíritu de propiedad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese espíritu de anticristo, sí, de anticristo…» (XI, 140-141). Por el espíritu del voto de pobreza se busca, sin subterfugio alguno que pueda resultar válido ante la conciencia y Dios, el desprendimiento más absoluto, si pudiera en hombre alguno darse, de todos los bienes, tanto de su propiedad como de su uso o deseo. «Se trata de no tener apego ni afecto a ninguna cosa…, en relación con uno mismo, con los sentidos, evitando todo lo que tienda a la impureza, tanto del espíritu como del cuerpo; no mimarnos tanto; no ser demasiado considerados con nosotros mismos ni tan ruines que no podamos tolerar que nos falte algo…» (XI, 337). Ciertamente, el grado de exigencia del Santo en cuanto al desprendimiento es muy grande; y no podrá explicarse de otra manera, si quiere entender la expresión evangélica referida a los discípulos de Jesús: «y dejándolo todo, le siguieron» (a Jesús se le sigue sin condiciones ni miramientos, de un modo total) (Mt 1, 16-20).
Dirá, a este respecto, el Santo: «Uno de los motivos que tiene la Compañía para entregarse por entero a Dios y desprenderse de todas las cosas de la tierra, de todo afecto a los bienes, honores y comodidades, es que nunca conseguirá nada sin ese desprendimiento, y no será capaz nunca de rendir un gran servicio a Dios. Los apóstoles lo abandonaron todo cuando se trató de seguir al Señor; del mismo modo nosotros, que nos hemos entregado a Dios para seguirle y que incluso hemos hecho los votos…» (XI, 336; cf. también IX, 773ss., en la explicación por parte del Santo de las Reglas de las Hijas de la Caridad sobre la indiferencia y el desprendimiento, art. 5).
IV. Desprendimiento y confianza en la divina Providencia
El desprendimiento, como advierte el Evangelio, lleva al discípulo de Cristo a vivir confiado en la divina Providencia «que nunca desampara». Por ello, afirma san Vicente que el desprendimiento ayudará con seguridad a la Compañía a perseverar en el bien y perdurar en el tiempo: «Se puede decir que la pobreza es el nudo de las comunidades, sobre toda de la nuestra, que la necesita más que las otras; es ese nudo el que la desliga de todas las cosas de la tierra y la ata a su Dios» (XI, 138). Y es que, por experiencia se sabe y de ello hacen certeza la enseñanza de Cristo y de san Vicente, o se tenderá al cielo o se rastreará por la tierra, como arriba se dijo. Por eso, es preciso, sobre todo en este campo de la ascesis evangélica, «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César» (Mt 6, 24): «Es muy difícil ocuparse al mismo tiempo de dos cosas tan opuestas; es imposible practicar las dos cosas a la vez» (XI, 149). La pobreza y su atributo propio, el desprendimiento, hacen libre al hombre para aceptar mejor y más prontamente, sin perturbación alguna, los designios de la divina Providencia: «Desgraciado el misionero que quisiera apegarse a los bienes perecederos de esta vida; se vería apresado por ellos, clavado por estas espinas y atado por estas ligaduras» (XI, 773).
Esta gran virtud del desprendimiento se logra como todas las virtudes, por supuesto, pero con mayor motivo aún, con la oración, como advierte san Vicente, basado en el conocimiento propio y la experiencia conocida de Cristo (cf. «tentaciones en el desierto» Mt 4, 1-12): «Santificados en Cristo y enviados al mundo, intentaremos buscar en la oración los signos de la voluntad divina e imitar su disponibilidad, juzgando en todo conforme a su sentir. Así el Espíritu Santo convertirá nuestra vida en oblación espiritual…» (C. 40, 2). «Porque ésta es la gran lección del Hijo de Dios… Yo no sé que haya nada más santo ni de mayor perfección que esta resignación, cuando llega uno a un total desprendimiento de sí mismo y a una indiferencia verdadera ante toda clase de estados, de cualquier forma en que se nos haya puesto en ellos, excepto el pecado. Insistamos, pues, en esto y pidámosle a Dios nos conceda la gracia de permanecer constantemente en esta indiferencia» (XI, 738). Son los votos, como ya se ha apuntado sobradamente, los que crean disponibilidad para la Misión (arriba se dijo «para la acción»): «la evangelización de los pobres». Los votos emitidos y cumplidos son los que tienen que remover por fuerza todos los obstáculos a esta disponibilidad apostólica o, en nuestro caso, misionera (Congregación de la Misión) (cf. IV, 540 y V, 430-431). Por otra parte, el voto tan vicenciano de estabilidad o permanencia de por vida en la Congregación predispone y ayuda a esta disponibilidad.
El desprendimiento de los bienes materiales nunca deberá llevar a la renuncia comunitaria de ellos, siempre que la Compañía o la comunidad los juzgue necesarios para la evangelización o Misión (recuérdese cómo en este sentido habla san Vicente de «nuestros bienes como bienes de los pobres»). No habrá que olvidar nunca la faceta de san Vicente como «evangelizador de los ricos en favor de los pobres», muchas veces sirviéndose para ello de su Cofradía de la Caridad: «¡Dios mío! -dirá lamentándose muy sinceramente-, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la Compañía lo que Dios nos ha dado; pero hemos de aplicarnos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornamento del mundo y alimento de sus criaturas… No hay más remedio que hacerlo as: Dios mío; si no, todo lo que la Providencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, su servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a los pobres» (XI, 413). A un misionero se vio obligado a decirle por carta: «En nombre de Dios, padre, tengamos más interés por extender el Reino de Dios que nuestras posesiones. Llevemos sus negocios y él hará los nuestros. Honremos su pobreza al menos con moderación, si no lo hacemos con una perfecta imitación» (III, 489).
V. El desprendimiento como testimonio evangélico actual
Hoy más que nunca el desprendimiento de los bienes temporales supone testimonio de esperanza en el más allá, en las promesas de Jesús en sus Bienaventuranzas, en las predicciones del «siervo de Yahve, etc., etc. (cf. asimismo todo el contenido testimonial del Magnificat de la stma. Virgen, «Madre de los pobres y desprendidos»). Este testimonio, como han proclamado el Concilio, los Papas y todas las CC, y EE. de las Congregaciones, hoy ya adaptados a las exigencias y espíritu del Concilio Vat. II, son un arma eficaz (expresión muy vicenciana, cf «ascesis») frente al materialismo y el ateísmo de hoy, males ambos que se dan de la mano. He aquí el Est. 2 de la Misión, que recoge el pensamiento vicenciano de siempre y la intención actual de la Iglesia: «En el mundo de hoy, el ateísmo y el materialismo interpelan profundamente nuestra fe y los métodos tradicionales de evangelizar. Analicen, pues, seriamente los Misioneros las causas de este fenómeno, convencidos de que en las presentes circunstancias se les pide un testimonio de fe personal más firme en Dios vivo y una búsqueda de nuevos caminos para realizar su vocación evangelizadora» (Est. 2).
Hoy más que nunca, en efecto, se vive continuamente en la tentación de adorar las cosas de aquí abajo, olvidando las realidades de arriba. Dice el Concilio Vaticano II en su Gaudium et Spes: «uno es tanto cuanto se da». No olvidemos el valor evangélico del verbo «dar-darse», sobre todo referido a Cristo y a sus discípulos. Por ello, habrá que recordar una vez más el ideal común que encarna y exige la vida de comunidad, en la espiritualidad vicenciana, como donación-desprendimiento de uno mismo, donación que se hace gratuita en el Espíritu para el bien común y la evangelización. Las Constituciones de la Misión lo señalan muy oportunamente, basadas por supuesto en las palabras de san Vicente: «Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella; hemos traído todo lo que somos: el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás. ¿Para qué? Para hacer todo lo que hizo Jesús, para salvar al mundo. ¿Cómo? Por medio de esta santa vinculación que hay entre nosotros y el ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en esta Compañía y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos» (XI, 402).
BIBLIOGRAFÍA:
Reglas y Constituciones y Estatutos de la C.M. .- M. PÉREZ FLORES y A. ORCAJO, San Vicente de Paúl: Espiritualidad y Selección de escritos, BAC, Madrid 1981.-V. PARDO y J. HERRERA, Teología de la Acción y Mística de la Caridad, Edit. La Milagrosa, Madrid 1960.- A. ORCAJO, El seguimiento de Jesús según san Vicente, Edit. La Milagrosa, Madrid 1990.







