Espiritualidad de las Sociedades de vida Apostólica

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Año publicación original: 1997 · Fuente: Reunión de los Miembros de Sociedades de Vida Apostólica. Ariccia, Italia. 23-25 de Noviembre de 1997.
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Todos hemos comprobado, con alegría, que existe actualmente un renovado interés en la espiritualidad. Algunas de sus manifestaciones son maravillosamente sanas. Otras tienden hacia lo extravagante.1 Pero una cosa es clara. Existe hambre, «un profundo y auténtico deseo de la humanidad del siglo XX de integridad en la neblina de la fragmentación, de comunidad frente al aislamiento y la soledad, de liberación trascendente, de sentido de la vida, de valores duraderos».2

Los miembros de nuestras comunidades también anhelan integridad, sentido, trascendencia. El Señor nos llama, como líderes en la Iglesia, a intentar satisfacer sus anhelos. Como Superiores Generales tenemos muchas responsabilidades: toma de decisiones, planificación, reuniones, entrevistas personales. Pero, hermanos, hermanas, permítanme que les sugiera hoy que, no hay nada más valioso que podamos hacer por nuestras congregaciones que poner ante ellos una visión cautivadora; una preocupación esencial que les permita integrar su vida y darla como don; una profunda, vibrante, hoslística espiritualidad.

El tema que Vds. me han pedido que les dirija, «La Espiritualidad de las Sociedades de Vida Apostólica» es muy difícil. Seguramente sería más fácil hablar sobre las espiritualidades (en plural) de las Sociedades de Vida Apostólica. Pero sería una tarea interminable, ya que nuestros patrimonios son realmente muy variados. Por ejemplo, Berulle, Vicente de Paúl y Juan Eudes, aunque contemporáneos y colaboradores, dieron a sus congregaciones modos muy característicos de acercamiento a Dios. Sería muy interesante hablar sobre sus diferentes énfasis: sobre el voto de esclavitud a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que fue tan importante para Berulle pero que arruinó su relación con la maravillosa Madame Acarie; sobre el amor creativo a los pobres y su compromiso de sencillez, la llamaba «mi Evangelio», de Vicente de Paúl; sobre la profunda devoción a los Corazones de Jesús y María de Juan Eudes. Pero estos son temas para otro día.

Este, sin embargo, para bien o para mal, es el camino que he tomado. Les ofrezco hoy unas cuentas reflexiones sobre las características comunes en la espiritualidad de las Sociedades de Vida Apostólica. Pero primero, permítanme comenzar con unas palabras sobre espiritualidad.

I. Unas palabras sobre espiritualidad

La espiritualidad es una visión energética, una fuerza impulsora. Es, por una parte, el

modo específico en el cual una persona está enraizada en Dios; es, por otra parte, el modo en el que él, o ella, se relacionan con el mundo creado. Es una intuición como fuerza de la acción. Es la visión que genera energía y la canaliza en una dirección determinada, de modo que permite a una persona transcenderse a sí misma. Para el Cristiano, es un modo de ver a Cristo y estar en Él que dirige las energías personales en el servicio del Reino.

Toda auténtica espiritualidad, tanto Cristiana como no Cristiana, tiene un impulso transcendente. Un teólogo contemporáneo lo describe como «la experiencia de un esfuerzo consciente de integrar la propia vida en términos, no de aislamiento y auto-absorción, sino de auto-transcendencia hacia el valor último que se percibe».3 Casi todos los teólogos están de acuerdo acerca de las características principales de la espiritualidad, incluidas en esta definición: progresiva, seguida conscientemente, integración personal, por auto-transcendencia, en y hacia un horizonte de sumo interés. En el contexto Cristiano, por supuesto, la fuerza motriz, el horizonte de sumo interés es el amor de Dios revelado en la persona de Jesús.

II. Algunos rasgos comunes en una espiritualidad para las sociedades de vida apostólica hoy

Al empezar a tratar este tema les ruego se fijen en cuatro cosas.

Primero, les hablaré sólo de algunos rasgos comunes de la espiritualidad de las Sociedades de Vida Apostólica hoy. Ciertamente, hay muchas otras. Les animo a formular esas también.

Segundo, hablo sobre una espiritualidad. No hace falta mucha humildad para reconocer que otro conferenciante puede haber formulado el tema muy diversamente a como yo lo he hecho y que otros conferenciantes en el futuro, indudablemente, lo harán también.

Tercero, hablo sobre rasgos comunes en una espiritualidad para las Sociedades de Vida Apostólica hoy. Con otras palabras, mencionaré algunos rasgos que, a mi juicio, son particularmente relevantes ahora, en el umbral del tercer milenio.

Cuarto, reconozco que mi patrimonio Vicenciano coloreará inevitablemente lo que he de decir. Espero que Vds. lo comprenderán. Todos hablamos desde nuestros propios antecedentes. En cualquier caso, Vicente de Paúl tuvo una enorme influencia en el desarrollo de las Sociedades de Vida Apostólica.

Así pues, a esta luz, permítanme que les describa cinco rasgos comunes.

1. La santidad de sus miembros, su ser poseído por Dios, está intrínsecamente unido con su misión apostólica

Permítanme hacer inmediatamente algunas precisiones.

Primera, nosotros compartimos este rasgo con otros grupos que no son sociedades apostólicas. Sin embargo, todas las sociedades apostólicas tienen características en común como un elemento clave en su espiritualidad. Es por medio de su misión apostólica definida en sus constituciones, por medio de su contacto con la gente, como ellos buscan amar y servir al Señor. El capítulo 25 del evangelio de Mateo es la piedra fundamental en su espiritualidad: «Cuando tuve hambre tu me distes de comer. Cuando tuve sed tu me distes de beber».»Cuando era ignorante me llevaste a la escuela. Cuando estaba enfermo tu me curaste en el hospital. Cuando estaba prisionero tu viniste a visitarme. Por supuesto, como sugiere este texto, los apostolados de las diferentes sociedades apostólicas difieren grandemente unos de otros. Ellos se enfocan en la predicación, la enseñanza, la sanidad, la educación en seminarios, las misiones, los ejercicios espirituales, la promoción, la defensa de la justicia y probablemente otros muchos objetivos. Pero es precisamente viendo y amando a Cristo en la persona de aquellos a quienes se sirve como los miembros de las sociedades de vida apostólica buscan una auténtica unión con el Señor.

Segunda, hoy en una época en que la Iglesia proclama una y otra vez su opción preferencial por los pobres, los pobres están cada vez más en el centro de la misión de la mayoría de las sociedades de vida apostólica. En este contexto,. su espiritualidad contemporánea lleva consigo ver a Cristo en el pobre y al pobre en Cristo.

Tercera, en una época en que se da cada vez más énfasis a los derechos y dignidad de la persona humana, somos conscientes que al dar nuestras vidas al servicio de los pobres, debemos tener en cuenta sus deseos, sus esperanzas, sus propios valores y sus necesidades reales. Ellos deben convertirse en los agentes de su propia promoción humana y espiritual. Por consiguiente una espiritualidad apostólica contemporánea exige que escuchemos más de lo que hablemos, que acompañemos más que dirijamos, que «cosechemos antes de sembrar».

2. Su crecimiento en la vida de Dios emana también de los lazos de profunda caridad creados con sus hermanos y hermanas de comunidad.

Aquí también, permítanme hacer algunas precisiones.

Primera, todos somos miembros de sociedades de vida apostólica. Por consiguiente, por definición, alguna forma de vida común es un elemento esencial de nuestra identidad. Aunque la vida comuitaria puede tomar diferentes formas, una parte integral de nuestra espiritualidad básica es el compromiso a construir una comunidad de fe y amor con aquellos con quienes nos hemos comprometido a seguir el mismo fin apostólico. Pero si el compromiso comunitario es esencial, debe comprender, por lo tanto, usar medios claros y concretos para construirlo y sostenerlo. Entre ellos tiene una importancia especial una buena formación inicial, una formación permanente bien estructurada, actos simbólicos de iniciación e incorporación, tiempos claramente definidos en que se ora juntos, se comparte la Eucaristía, se come juntos, se descansa en compañía y se divierten juntos. La vida comunitaria tiene como fin crear entre nosotros profundos lazos de caridad. Pocas cosas son peores en comunidad que un ángel en la calle y un demonio en casa. Una auténtica espiritualidad para las Sociedades de Vida Apostólica lleva consigo dar los pasos concretos para la construcción de una comunidad que apoye y busque dirigir a todos a la santidad de la caridad.

Segunda, nuestra vida de comunidad es para la misión. Esto no quiere decir en absoluto que la vida juntos no es importante. No solamente es importante, sino que es esencial. Es más, una de las más fuertes quejas que yo escucho hoy de los jóvenes sacerdotes, hermanos y hermanas es que no encuentran el apoyo que esperaban de la comunidad. Aún cuando, incluso subrayo la importancia de vivir en común y la necesidad de crear estructuras para sostenerla, permítanme añadir que, en las sociedades de vida apostólica, estas estructuras deben siempre preservar su flexibilidad. No deben ser tan flexibles que se derrumben. Pero deben ser lo suficientemente flexibles para permitir responder a las necesidades urgentes de aquellos a quienes servimos. Vicente de Paúl tiene una frase preciosa que usaba para expresar este concepto a las Hijas de la Caridad. Les decía que deben ser libres de «dejar a Dios por Dios». Si el pobre llega durante la oración, la Hija de la Caridad debe sentirse libre de dejar la conversación que está teniendo con el Señor en la oración para conversar con el Señor en la persona del pobre.

Tercera, hoy casi todas las sociedades apostólicas tienen, a nivel local, alguna forma de proyecto comunitario. Un elemento clave en la espiritualidad contemporánea de las sociedades apostólicas es la fidelidad a esos proyectos. En el pasado, la fidelidad era con frecuencia medida por la observancia de una universalmente legislada regla con un orden del día que era casi igual en todo el mundo. Hoy, la fidelidad de un miembro de una sociedad de vida apostólica se puede medir por la observancia del contrato que él o ella han hecho con los otros miembros de la comunidad de la casa.

3. La oración de las sociedades apostólicas, un elemento crucial en su espiritualidad, tiene su propia dinámica particular, emanando de y llevando a la acción.

Los miembros de nuestras sociedades apostólicas deben ser contemplativos en la acción y apóstoles en la oración. Los fundadores de casi todas las sociedades apostólicas fueron hombres y mujeres increíblemente activos. Pero, ¿hubo alguno entre ellos que no fuera también conocido por sus contemporáneos como persona de profunda oración? Vicente de Paúl solía hablar de contemplación a las Hijas de la Caridad, que eran mayoritariamente jóvenes aldeanas, sin instrucción. Es evidente por sus conferencias que él veía ya a muchas de ellas como contemplativas.

En las sociedades apostólicas oración y acción van mano con mano. La oración divorciada de la acción puede convertirse en evasionismo. Se puede perder en fantasía. Puede crear ilusiones de santidad. A la inversa, el servicio divorciado de la oración puede convertirse en superficial. Puede tener incluso un cierto matiz de «aguijón». Puede convertirse en una adición, una tentación intoxicante. Puede dominar de tal manera la psicología de una persona hasta el punto de que su sentido de autovaloración depende de estar siempre ocupada.

Los miembros de las sociedades apostólicas están en su mejor estado cuando mantienen la tensión entre oración y acción. La persona que ama a Dios «con el sudor de su frente y la fuerza de sus brazos» sabe pronto distinguir entre pensamientos teóricos preciosos sobre un Dios abstracto y el auténtico contacto con el Dios vivo que dio su vida por sus amigos.

4. Permítanme sugerirles que una de las características de la espiritualidad de las Sociedades de Vida Apostólica es la libertad.

Trataré de ilustrarlo de diversos modos.

Un primer signo impresionante de la libertad espiritual es la disponibilidad y la movilidad. Casi todas las sociedades apostólicas tienen sus orígenes en una necesidad que clamaba y que sus fundadores escucharon. Las sociedades fueron las tropas de avanzadilla que fueron a afrontar esa necesidad. Con la obediencia característica de los tiempos, los miembros de nuestras congregaciones fueron con prontitud de lugar en lugar, gustosa y alegremente. Con frecuencia iban hacia países lejanos con poca esperanza de regresar a sus lugares de nacimiento. El llamamiento de Jesús resonaba en sus oídos:»Id ¡Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15). Hoy, cuando la Iglesia nos llama repetidamente a una nueva evangelización — nueva en ardor, nueva en métodos, nueva en expresión — la disponibilidad y movilidad son aún más importantes. Esto, con frecuencia, quiere decir que los miembros de las sociedades de vida apostólica deben tener el coraje de renunciar a obras que otros pueden seguir, incluso las existentes desde hace mucho tiempo, a fin de estar libres para afrontar otras necesidades más urgentes.

Segundo, muchas Sociedades de Vida Apostólica están exentas de la jurisdicción de los ordinarios del lugar excepto en aquellos asuntos que marca la ley. Esto les da la oportunidad de actuar con una mayor flexibilidad y creatividad, particularmente en lo relativo a la vida común y al gobierno. Creo que es muy importante que las Sociedades de Vida Apostólica se alegren de esta libertad y la usen creativamente para sus fines apostólicos y en el desarrollo de formas de profundización en la vida comunitaria y de oración. Especialmente en provincias donde las sociedades apostólicas están en crisis o incluso moribundas, esta libertad debe movernos a actuar con audacia, a experimentar, a intentar nuevos medios de vivificar a los grupos que parece están in extremis.

Tercero, para ser libres, los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica deben adoptar como un elemento importante de su espiritualidad formas concretas de ascésis . Una ascésis contemporánea debe ser, usando la frase de Karl Rahner «una ascésis funcional».4 Un miembro de una sociedad de vida apostólica acepta el celibato para estar «libre para el Señor» para ir a cualquier lugar del mundo al que el Señor le envíe al servicio del Reino, para darse resueltamente a una vida de unión con el Señor al servicio de los demás, especialmente de los pobres. En consecuencia, los miembros de las sociedades de vida apostólica ven los bienes materiales de un modo nuevo, como una extensión de sus propias personas. Son verdaderamente libres en el uso de los bienes porque quieren compartirlos con los pobres o porque quieren ser solidarios con los pobres compartiendo su suerte. El miembro de una sociedad de vida apostólica debe estar deseoso de renunciar a todo lo que le impide ir libremente a la misión.

Cuarto, las Sociedades de Vida Apostólica forman parte del elemento carismático en la Iglesia. No pertenecen a la estructura jerárquica de la Iglesia. De hecho, nuestras congregaciones disfrutan de una considerable autonomía, no sólo porque están exentas sino también porque un gran número de los canones que regulan los institutos de vida religiosa no nos atañen. Hay muchas cosas que deben ser determinadas libremente por nuestra propia ley. Las famosas palabras de Vicente de Paúl, cuando enviaba a las primeras Hijas de la Caridad, resuenan con libertad:

Considerarán que no pertenecen a una religión, ya que ese estado no va bien con las ocupaciones de su vocación. No tendrán :

  • por monasterio más que las casas de los enfermos y aquella en que reside la superiora, – por celda un cuarto de alquiler,
  • por capilla la iglesia parroquial,
  • por claustro que las calles de la ciudad,
  • por clausura la obediencia, no teniendo que ir más que a casa de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio,
  • por rejas que el temor de Dios,
  • por velo que la santa modestia.5

5. La espiritualidad de las Sociedades de Vida Apostólica es de encarnación profunda, enraizada en la humana encarnación de Jesús.

Esto parece muy obvio, pero yo no podría decirles hoy nada más importante. Quizás se me pueda preguntar: ¿no se enfoca toda la espiritualidad Cristiana en la persona de Jesús? Debería. Pero históricamente está muy claro que los sociedades de vida apostólica tienen una función especial en incitar y volver a incitar a la Iglesia a hacer de la humanidad de Jesús su encarnación, su centro.

El Cristocentrismo estuvo en el centro de la renovación espiritual iniciada por los fundadores de las innovadoras sociedades de vida apostólica. Berulle es famoso por su mística de Cristología abstracta, enfocándola en los estados de la encarnación de Jesús, su adoración del Padre, su despojamiento.6 Vicente de Paúl reúne a sacerdotes, hermanas, hermanos, hombres y mujeres laicos para seguir a Cristo misionero, siervo, evangelizador de los pobres, Juan Eudes se centra en el corazón de Jesús, rebosante de amor pastoral. Todos asumieron el profundo sentido de las escrituras. Los evangelios resuenan con esta convicción: Jesús es el centro absoluto. Jesús dice «Yo soy el camino, la verdad, y la vida». «Nadie viene al Padre sino por mí».7 «Yo soy la viña».8 «Yo soy la puerta».9 «Yo soy el pastor».10 «Yo soy la luz».11 «Yo soy el pan bajado del cielo. Si uno come de este pan , vivirá para siempre».12

Como oración que cristaliza esta clase de espiritualidad, permítanme recordarles hoy las maravillosas palabras atribuidas a San Patricio:

Cristo esté conmigo, Cristo dentro de mí,
Cristo detrás de mí, Cristo delante de mí,
Cristo a mi lado, Cristo para ganarme,
Cristo para confortarme y restaurarme.
Cristo debajo, Cristo arriba,
Cristo en la calma, Cristo en el peligro,
Cristo en los corazones de todos los que me aman,
Cristo en la boca del amigo y del desconocido.

Por lo tanto, hermanos y hermanas, en primer lugar deseo decirles que: el centro de la espiritualidad de las sociedades de vida apostólica debe ser la humanidad de Jesús — en su integridad personal, en su unión con el Padre, en su celo por la misión que ha recibido, en su profundo amor humano, especialmente a los más abandonados, en su pasión por la verdad, en su habilidad en unir los extremos de cólera y mansedumbre, en su hambre y sed de justicia.

Nuestras diversas congregaciones pueden centrarse en varios aspectos de esa humanidad — Cristo maestro, Cristo predicador, Cristo sanador — pero Jesús mismo, totalmente encarnado, es siempre el centro absoluto.

Hermanos, una última palabra. Estoy convencido de que, al afrontar el futuro, no hay nada más importante para nuestras congregaciones que una profunda espiritualidad. Por supuesto, esta depende, no sólo de los Superiores Generales, sino de todos los miembros de nuestras comunidades. Pero, la tarea con que nos enfrentamos es promover vida, principalmente la vida del Espíritu. Nuestro mayor desafío, como Superiores Generales en el Tercer Milenio, será exhalar el Espíritu del Señor a fin de que Él enardezca a los miembros de nuestras sociedades apostólicas, los anime, y les ayude a ver el mundo con una visión apasionante y a vivir en él con un amor práctico. La gran tentación para los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica es que lleguen a estar tan cogidos por las obras que pierdan el contacto con la visión energética, la fuerza impulsora que anima esas obras. Por supuesto nuestras obras son sumamente importantes. Debemos amar a Dios «con el sudor de nuestra frente y la fuerza de nuestros brazos».13 Pero nuestras obras deben emanar de nuestra «experiencia de Dios, de su Espíritu, de su libertad, brotando de lo profundo del corazón de la existencia humana y realmente experimentado».14 Con otras palabras, nuestra espiritualidad debe estar totalmente viva. Como dice Pablo a los Corintios15 debe apremiarnos un profundo amor encarnado a Cristo. Si nuestras congregaciones han de vivir realmente en el tercer Milenio, debe estar enraizada en nosotros una espiritualidad profunda a fin de que, aquellos a quienes servimos, vean que por medio de nuestro ministerio Dios ha entrado en sus vidas. ¿Nuestras congregaciones hacen presente a Dios? ¿Cuando trabajamos entre los pobres, los necesitados sienten que Dios está tocándoles? ¿Reconocen en nosotros a personas de Dios? Hermanos, si al amanecer del Tercer Milenio la vida del Espíritu está realmente viva en nosotros, entonces, las sociedades de vida apostólica serán, con toda seguridad, un impresionante signo en el mundo de que el Reino de Dios está cerca.

  1. Cf. Meredith B. Mc Guire, «Mapping Espiritualidad Contemporánea Americana: Una Perspectiva Sociológica «en el Boletín de Espiritualidad Cristiana (Vol… 5. nº 1: Primavera 1997) 1-8; cf. también, John A. Coleman, S.J. «Exploding Spiritualities: Their Social Causes, Social Location and Social Divide» en ibid, 9-15
  2. Cf. Sandra Schneider, «Espiritualidad en la Academia», en Estudios teológicos 50 (1989) 696.
  3. Sandra Schneiders, «Espiritualidad en el Academia», en Estudios Teológicos 50 (1989) 684; cf. también 676-697; cf. también, por la misma autora, «Teología y Espiritualidad: ¿Extraños, Rivales, o Socios? en Horizontes 13 (1986) 266; cf. también, Michael Downey, «Espiritualidad Cristiana»: Corrientes Cambiantes, Perspectivas, Desafíos» en América (Vol.. 172; 2 Abril, 1994) 8-12.
  4. Karl Rahner, Investigaciones Teológicas VIII, 208.
  5. SV IX, 1178-79.
  6. Raymond Deville. Escuela Francesa de Espiritualidad (París: Desclée, 1987) esp. 105ss.; Berulle y la Escuela Francesa,, editado con una introducción por William M. Thompson (Nueva York: Paulist Press, 1989) eso. 35ss; cf. también Michel Dupuy, «El Cristo de Berulle» en Vicentina XXX (1986, Nº 3-4) 240-252; Benito Martínez, «El Cristo de Santa Luisa» en ibid, 280-309; Luigi Mezzadri, «Jesucristo, figura del Padre-Misionero, en la obra del Señor Vicente» en ibid, 323-356; Giuseppe Toscani, «El Cristo de San Vicente» en ibid, 357-405.
  7. Jn 14, 6.
  8. Jn 15, 6.
  9. Jn 10, 9.
  10. Jn 10, 11.
  11. Jn 8, 12.
  12. Jn 6, 51.
  13. SV XI, 733.
  14. Karl Rhaner: «La Espiritualidad de la Iglesia del Futuro» en Investigaciones Teológicas 20, 149.
  15. 2 Cor. 5, 14.

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