En torno a la Asamblea General (1968)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Aurelio Ircio · Source: Anales españoles, 1969.
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MISIONES Y PARROQUIAS

Supuesto que está ya inminente la renovación de los trabajos de la Asamblea general, con el presente artículo daremos por terminada la tarea que nos propusimos de hacer públicas las opiniones de la Provincia en las mate­rias que dicha Asamblea no había tratado en su primera etapa. De las siete secciones que aún quedaban por exa­minar, escogemos dos que nos parecen de más actualidad y sobre las que hemos encontrado algo de más interés en las respuestas: son las Misiones al pueblo y las Parroquias.

MISIONES

Con ser las misiones el ministerio principal y más pro­pio de la Compañía, ni las preguntas que sobre ellas se hacen en el cuestionario parecen estar a la altura de esta importancia, ni las respuestas parecen tampoco estar es­critas con mucho entusiasmo.

Las preguntas que se hacen sobre las misiones son cua­tro, señaladas con los números 17 a 20. Dejando a un lado la importancia relativa y la lógica de las mismas, cuya crí­tica parece ya inútil, pasemos a exponerlas sencillamente junto con las respuestas respectivas.

Fundaciones.—En el número 17 se pregunta si debere­mos establecer en toda la Congregación un sistema de «fun­daciones para las Santas Misiones, o misiones fundadas», para que éstas puedan ser en la práctica verdaderamente gratuitas. A cualquiera se le ocurre que la pregunta está hecha en un plan de verdadera utopía. Nosotros, desde lue­go, no vamos a ser los fundadores y, por mucho que nos movamos, no vamos a encontrar un fundador a la vuelta de una esquina. Otra cosa sería buscar un medio de adqui­rir fondos de otras manos que no sean las de los misiona- dos, al estilo, por ejemplo, de lo que parece se hizo en Cuba con la Obra de las Misiones parroquiales. Pero eso en realidad no es una fundación, pues no tiene mucha es­tabilidad. Por eso los consultados en general responden que ese plan hoy es imposible, es una verdadera utopía. Cierto que varios contestan que sí, sin duda mirándolo como un ideal, incluso considerándolo como más evangéli­co y más conforme con la mente de San Vicente y con la tradición de la Compañía. Sin embargo, uno dice que el ejemplo de San Vicente no convence mucho, pues consta históricamente que se vio obligado a ello, pues de lo con­trario no hubiera podido conseguir la aprobación de la Compañía por la fuerte oposición de los párrocos, que se creían lesionados en sus intereses. Algunos creen que las fundaciones atan, que en las ciudades no interesa la gra­tuidad de las misiones, que lo que no cuesta no se aprecia. A alguno incluso le parecen esas fundaciones contrarias a la verdadera pobreza religiosa, tal como se expresa en el Decreto sobre la renovación de la Vida Religiosa. Por eso, alguno concluye  «Fundaciones, no ; la base de las mi­siones ha de ser el trabajo personal o el sacrificio de otros bienes de la Congregación de la Misión.»

Elementos esenciales de una misión.—En el número 18 se propone que se determinen oficialmente los elementos esenciales que constituyen el espíritu y métodos de nues­tras misiones. A esto responde alguno que no se puede ha­cer, porque actualmente está en estudio la Teología de la Misión. Otro opina que es muy difícil precisar esos ele­mentos esenciales y, por otra parte, lo considera muy poco provechoso, o al menos muy poco necesario. Algunos res­ponden en general que eso está suficientemente claro en las Reglas y en los escritos de San Vicente, o bien que en toda misión ha de haber una parte emotiva y otra instruc­tiva. También se señalan tres elementos: evangelización, sacramentalización y testimonio de caridad, que parecen re­flejados en los que señala otro tomándolos del Evangelio: Veritas, Via, Vita. Más extensamente señala uno hasta seis elementos esenciales: 1.° Que vayan dirigidas a los pobres ; 2_° Tratar de que hagan una buena confesión general ; 3.° Explicación de la vida cristiana centrada en el Misterio de Cristo ; 4.» Gratuidad ; 5.° Fundación o robustecimiento de nuestras Asociaciones caritativas ; 6.° Estudio y propuesta solemne de los medios más eficaces de perseverancia. Fi­nalmente, otro distingue entre la Premisión, la Misión y la Posmisión y, después de señalar la importancia y los actos de cada una de ellas, concluye : «Son dos, pues, los ele­mentos esenciales a toda acción misionera : a) La perpec­tiva, contemplación y tensión escatológicas y parusiacas ( sic ) que provocan la conversión en torno a los dos gran­des sacramentos del Bautismo y la Penitencia «profunda­mente entendidos», y b) la colocación de toda la «Comu­nidad parroquial» en la corriente de la vida cristiana a través de los demás Sacramentos y en «órbita apostólica» mediante la incorporación de todos sus elementos vivos y dinámicos a la acción que desarrolla y da plenitud a toda la comunidad, no sólo parroquial, sino eclesial y humana».

La Hermandad Misionera Sobre ésta se piden en el número 19 solamente algunas sugerencias. Sobre la Her­mandad misma se dice que, en el aspecto jurídico, no se la ha de relacionar con las Conferencias de los Martes. Que tampoco se ha de encuadrar en ella a la Congrega­ción, sino que ha de ser un organismo un poco elástico, formado y dirigido por la Congregación, que sirva de unión con todas las fuerzas vivas de la Iglesia.

Respecto de su importancia, alguno cree que es una gloria de la Provincia y, por lo mismo hay que hacer más propaganda de ella entre los sacerdotes ; que tiene cosas estupendas, que ha hecho mucho bien y está llamada a realizar grandes empresas. Alguno dice que actualmente es el único medio que tenemos para cumplir nuestro fin de la formación del clero. Pero también se le reconocen grandes fallos, a saber : a) Son en ella pocos los miem­bros «consagrados»; la mayoría son sólo miembros «par­ticipantes», que se inscriben sólo por novedad o por otros motivos humanos ; b) Hay poca cohesión entre sus miem­bros : apenas se les reúne para nada ; se les llama a última hora y tienen que comenzar a actuar cada uno como se le ocurre ; c) Apenas conocen el Reglamento, o no le ha­cen caso, ni en cuanto a las materias que hay que desarro­llar ni en cuanto al orden de las mismas ; d) Tampoco se contrastan después las experiencias y por eso no se pro­gresa nada. Por eso, se exige que no se admita en la Her­mandad a cualquiera, sino que se haga una cuidada selec­ción; que sólo se les admita después de haber hecho un cursillo misional y de haberlos sometido a alguna prueba.

Respecto a las relaciones de nuestros misioneros con los de la Hermandad, se pide en primer lugar que, antes de tratar de unirnos con ellos, tenemos que unirnos más entre nosotros mismos; luego tratar más con ellos, pero sin partidismos ni distinciones ; que los que hayan de estar en más relación con ellos y, sobre todo, los que hayan de presidirlos tengan una preparación más completa, tanto en el orden teológico como en el pastoral. Algunos de los fallos señalados creen algunos que se arreglarían con una buena revista de Pastoral Misionera.

Varias formas de misiones,—En el último número de esta sección se propone que se estudien diversas formas de misiones populares según los países y ambientes.

Si bien alguno alaba mucho la propuesta, no ha encon­trado mucho ambiente entre los consultados. En cuanto a la diversidad de países, se piensa que nosotros no cono­cemos lo que hay de particular en otros países y, por lo tanto, corresponde a los que viven allí estudiar esas for­mas particulares que se piden, y, si es preciso, que las man­den acá. Respecto de ambientes, solamente uno pide que entremos en la práctica de los «sacerdotes obreros», pero sin dar más detalles. En general se dice que el «pequeño método» sigue siendo eficaz ; que no se supriman las mi­siones generales, aunque es conveniente que se aumente las especialidades y que el señalar variaciones en cada una de las misiones según los ambientes corresponde a los di­rectores de las mismas, que han de estudiar esos ambien­tes y esas variaciones en cada caso.

PARROQUIAS

El ministerio que con más rapidez y en mayor propor­ción ha cambiado en nuestra Provincia en estos últimos años ha sido, sin duda alguna, el de las parroquias: al ter­minar la Cruzada Nacional no tenía la Provincia en la Pen­ínsula ni una sola parroquia, mientras que en la actualidad tiene más de veinte. Por eso parece conveniente saber qué es lo que piensan, o al menos qué es lo que pensaban hace tres años los particulares de la Provincia sobre esta proli­feración de parroquias.

Las preguntas que sobre ellas se hacen son tres sola­mente, aunque la tercera de ellas ya resulta un poco com­plicada.

Renovación de normas pastorales.—El número 28, dan­do por supuesto que hay que renovar, a tenor del Concilio, las normas pastorales consignadas sobre esta materia en nuestras Constituciones, pide que se sugiera un plan de renovación.

Algunos responden que eso no nos compete a nosotros, que no podemos hacer otra cosa sino seguir fielmente las normas que señale el Obispo respectivo. Y, además, que es muy difícil dar normas que convengan a todos, pues cada país y cada ambiente requiere un modo de obrar muy distinto. Alguno piensa que esas normas las tiene que esta­blecer para cada parroquia el Consejo Parroquial, que se ha de reunir con frecuencia para discutirlas y adoptar las que la experiencia señale como más eficaces, tanto en la parroquia propia como en otras de que se tenga conoci­miento. Otros, en cambio, creen que es mejor que las de­termine para todos una asamblea de peritos.

En realidad, apenas se encuentra en las respuestas nin­gún plan completo; en general se limitan a destacar algu­nos puntos que creen desatendidos o a señalar algunas normas muy generales. Así, un principio señalado es que en ellas hay que buscar más el bien de la diócesis que el de la Congregación. Que hay que procurar una sincroni­zación con los movimientos pastorales. Que todas las pa­rroquias deben adherirse al movimiento FAC. Que hay que procurar una mayor formación litúrgica y social y adoptar las nuevas formas de apostolado. Que hay que insistir más en las visitas a los feligreses. Que nuestras parroquias se han de distinguir por el buen funcionamiento de las Aso­ciaciones de Caridad. También se preocupan algunos de la preparación y adiestramiento de los jóvenes: primero, naturalmente, que se estudie en la carrera la pastoral pa­rroquial, y luego que se dé opción a los jóvenes a pasar algún tiempo viviendo en una parroquia-piloto. No faltan tampoco las puntadas de que se distribuya mejor el tra­bajo y que los párrocos no se conviertan en unos reye­zuelos.

Podemos señalar dos respuestas que proponen al me­nos unos elementos para un plan. Una de ellas propone tres elementos: a) Visita canónica anual de todas las fa­milias para resolver sus problemas; b) encargar a cada sacerdote un barrio o parte determinada con responsabi­lidad sobre él ; c) un plan pastoral con unas normas co­munes aprobadas por todos ; d) que todos, pobres y ricos, vean a Cristo en ellos. Añade una recomendación de que se cene pronto, para que luego quede tiempo para traba­jar con las Asociaciones.

El otro plan presentado es más técnico, como de un perito en la materia. Lo resumimos  Supuesto que la Pa­rroquia es una célula viva de la Iglesia, su misión ha de ser la misma de la Iglesia, que es la misma de Cristo: CAMINO-VERDAD-VIDA. La VERDAD supone comunidad de fe y sus medios: homilía, catequesis, ejercicios, misio­nes, etc. La VIDA supone comunidad litúrgica: sacramentos, especialmente Eucaristía. El CAMINO indica comuni­dad de caridad: que la parroquia llegue a ser una comu­nidad misionera; que en ella se organice y funcione plena­mente la Cáritas. Se añade un complemento sobre la Pas­toral de Conjunto.

¿Ofrecernos para regentar parroquias?—Ya se entiende que se pregunta si debemos ofrecernos a los Sres. Obispos, y se concreta que «para regentar parroquias en zonas po­bres».

Las respuestas no son, en general, más que «sí» o «no», muchos más los primeros, tal vez las tres cuartas partes del total. Sin embargo, algunas de las respuestas negativas están expresadas con bastante brío, declarando la propuesta contraria al espíritu de San Vicente. Según ese mismo espíritu, algunos prefieren que se espere a que nos llamen y no adelantarnos nosotros. Otros lo admiten solamente en los lugares en que haya mucha escasez de clero. Parroquias-Misión.—La última de las preguntas, con la cual vamos a terminar, se expresa así : «Todas nuestras parroquias han de ser Parroquias-Misión en doble sentido :

en cuanto todas deben mantener un equipo de Mi­sioneros populares ;

en cuanto que todas debieran estar establecidas en zonas poco cristianizadas, en tal forma que, una vez ya cristianizada esa zona, no tengamos inconveniente en de­volver la parroquia al clero diocesano?»

Como se ve, las preguntas son dos bastante distintas y, por lo mismo, las respuestas también difieren notable­mente. Sobre la conveniencia de que toda parroquia nues­tra tenga un equipo misionero, la mayoría de las respues­tas es afirmativa, aunque no deja de haber al menos una tercera parte que no están de acuerdo por parecerles que son ministerios muy distintos y que difícilmente habría concordia y cooperación entre los dos grupos.

Más difícil aún hay en admitir la segunda parte, si bien es verdad que alguno alaba la propuesta con entusiasmo, como el ideal vicenciano, como la propuesta más excelente de todas las que se hacen en toda la encuesta. La tabula­ción, sin embargo, da un número casi exactamente igual de respuestas afirmativas que negativas. Las negativas se dan con abundancia de razones, tal vez por eso mismo de que, al menos a primera vista, se ve como una solución más elevada, sobrenatural y vicenciana y, por tanto, se ven obli­gados a señalar las pegas que encuentran en esta solución. Algunos solamente la consideran difícilmente aplicable en la práctica y dudan de su eficacia pastoral; les parece que va contra la continuidad necesaria para la eficacia de la labor parroquial; piensan que al pasar de unas manos a otras, se echaría a perder toda nuestra labor anterior. In­cluso consideran esa entrega del fruto de nuestra labor a otros como un acto demasiado heroico y un acto de ge­nerosidad que nadie agradecería, y preguntan a su vez cómo podría subsistir económicamente la Provincia si to­das’ sus parroquias fueran pobres.

También se hace resaltar en este número una queja muy conocida sobre el daño que produce a una parroquia el que llamen para otro ministerio a alguno de sus elemen­tos, especialmente en la Cuaresma o en otros momentos críticos para la obra pastoral.

Con esto damos por terminado este sencillo trabajo. Quiera el Señor que contribuya siquiera un poquito a la perfección de los acuerdos y disposiciones que a estas ho­ras estará ya elaborando en su segunda etapa la Asamblea general, según ha sido el único fin que a él nos ha mo­vido.

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