En el mundo, pero no del mundo

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Alberto Vernaschi · Translator: Rafael Sainz. · Year of first publication: 2004 · Source: CEME.
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mundo nuevoCuando san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac se descubrieron como instrumentos del Espíritu en la fundación de las Hijas de la Caridad, tenían todas las razones para insistir en su carácter no religioso, sino secular, laical. Configurarlas como «religiosas» equivalía a no realizar ya el proyecto de Dios. De hecho, según la mentalidad de aquellos tiempos, no se podía pensar en la vida religiosa femenina sin el elemento de la clausura. Los documentos hablaban claramente. Los intentos hechos para abrir las puertas del apostolado a la vida religiosa femenina habían fracasado todos regularmente o habían conseguido resultados solamente parciales.

Pero, ¿se puede todavía razonar en estos términos, cuando en la Iglesia hay ya una infinidad de institutos femeninos completamente abiertos al apostolado, reconocidos oficialmente como «institutos religiosos»? A primera vista podría parecer que no. En el fondo, se oye decir, qué tienen de diferente las Hijas de la Caridad respecto a las otras Hermanas? Personalmente, creo que mucho. En todo caso, pienso que san Vicente es un maestro que debemos seguir, aun en el aspecto de la precisión jurídica y teológica con la que se expresa.

1. Una Iglesia en el mundo y para el mundo

Cristo ha salvado al mundo no permaneciendo fuera, separado, sino entrando en él, encarnándose, compartiendo todo con la humanidad, y… con una actitud no de juicio y condena, sino de amor salvadora. De otra parte, ya el Dios revelado en las páginas del Antiguo Testamento no es un Dios abstracto, lejano, sino el Dios que actúa en la historia humana, el Dios de personas concretas, el Dios peregrino que vive bajo la tienda, que acompaña a su pueblo en todos los exilios, lo sigue en todos los Egiptos y Babeles de la historia: es el Yo-soy. Cuando habla del nacimiento de Jesús, el evangelista Mateo cita a Is 7, 14, que llama al hijo de la Virgen Emmanuel, es decir, Dios con nosotros.

Pensando en los suyos, en aquellos que el Padre le ha dado tomándolos del mundo, pero que no son del mundo, en todos aquellos que creerían en él, Jesús pide al Padre que no los saque del mundo, en el que viven, sino que los guarde del Maligno. Los discípulos están llamados a ser «la sal de la tierra» y «la luz del mundo». La sal y la luz no son elementos que actúan desde fuera, sino desde dentro. También las comparaciones que usa Jesús al hablar del Reino de Dios y de su crecimiento invitan a considerar que un elemento en tanto llega a transformar la realidad en cuanto está dentro: el grano de mostaza se desarrolla y se convierte en árbol, porque ha sido metido dentro de la tierra; la levadura actúa desde dentro de la masa de harina.

Parece que hubieran entendido bien el mensaje de Jesús los cristianos de los primeros tiempos: las expresiones de la Carta a Diogneto (del s. II), lejos de demonizar lo que es del mundo en cuanto tal, perciben la riqueza y la esencia del cristiano en el mundo. «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto… Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña… Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos y todos los persiguen… Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo, pero no procede del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que este la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido al cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo…».

2. Todos un poco «seculares»

La Iglesia en sí misma tiene, por tanto, una dimensión secular, de la cual participan todos sus miembros8. Es una dimensión bien expresada en los documentos del Concilio Vaticano II. Baste recordar el inicio de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Los gozos y las esperanzas…) y la frase conclusiva de ese no, 1°: «La Iglesia, por ello, se siente verdadera e íntimamente solidaria del género humano y de su historia». Poco después se afirma que el Concilio «tiene ante sus ojos el mundo de los hombres, es decir, toda la familia humana con la universalidad de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia del género humano, marcado por su destreza, sus derrotas y sus victorias; el mundo que los fieles cristianos creen creado y conservado por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del maligno, para que se transforme, según el designio de Dios, y llegue a su consumación».

La nota pastoral de la Conferencia episcopal italiana Con il dono de la carita dentro la storia habla muchas veces de la apertura de la Iglesia al mundo, hasta llegar al compromiso: «Queremos estar dentro de la historia, con arnor», especificando sucesivamente las modalidades de este estar dentro: «como santos y santificadores…», «como contemplativos en la acción e intercesores del mundo ante Dios» ll. La secularidad de la Iglesia asume, sin embargo, coloraciones diferentes según las diversas categorías de personas que la componen.

• Hay ante todo una secularidad laical. El Código de Derecho Canónico, al hablar de las obligaciones y derechos de los fieles laicos, dice que «tienen también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas del mundo y en el ejercicio de las tareas temporales».

En el ámbito del tratamiento de las Asociaciones de los fieles, después de haber recordado que entre los fines a los que ellas pueden tender, está también » la animación del orden temporal mediante el espíritu cristiano», y cuando se pasa a dar «normas especiales para las asociaciones de los laicos», se dice: «Los fieles laicos han de tener en gran estima las asociaciones que se constituyen para los fines espirituales enumerados en el c. 298, sobre todo aquellas que tratan de informar de espíritu cristiano el orden temporal y fomentan así una íntima unión entre la fe y la vida»».

Las expresiones acabadas de citar no son sino una fiel traducción de cuanto se afirma en los documentos del Concilio Vaticano II: «el carácter secular es lo propio y peculiar de los laicos» y «los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo…». La secularidad es, por consiguiente, una nota central del ser y del actuar del laico; es un elemento constitutivo y distintivo de su identidad y vocación humana y cristiana, aunque no un elemento exclusivo. Podríamos expresarnos así: el laico es el cristiano secular. La Exhortación Apostólica Christifideles Laici dice: «… la participación de los fieles laicos [en la dimensión secular de la Iglesia] tiene su modalidad de actuación y de función que, según el Concilio, es «suya propia y peculiar»: tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»… De esta manera el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también y específicamente teológica y eclesial». Es precisamente en las realidades temporales (la profesión, la cultura, las relaciones sociales, la familia, etc.) donde el laico debe santificarse, desarrollar el apostolado, dar testimonio de Cristo con la vida y con la palabra.

• Hay también una secularidad consagrada, propia de los Institutos seculares, como se puede ver en los cánones respectivos del Derecho Canónico. «Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él». «Los miembros de estos institutos manifiestan y ejercen su propia consagración en la actividad apostólica y, a manera de levadura, se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para fortaleza e incremento del Cuerpo de Cristo». «Los miembros laicos participan en la función evangelizadora de la Iglesia en el mundo y tomando ocasión del mundo, bien sea con el testimonio de vida cristiana y de fidelidad a su consagración, bien con la colaboración que prestan para ordenar según Dios los asuntos temporales e informar al mundo con la fuerza del Evangelio. Y también ofrecen su propia cooperación al servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con su modo de vida secular». «Los miembros de los institutos seculares han de vivir en las circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia familia, ya en grupos de vida fraterna, de acuerdo con las constituciones».

La consagración de los institutos seculares deja intacta la secularidad de sus miembros. Hablando a los responsables generales de los institutos seculares reunidos en su asamblea mundial en 1972, Pablo VI les dijo: «Vosotros os halláis en una misteriosa confluencia entre dos poderosas corrientes de la vida cristiana, acogiendo las riquezas de la una y de la otra. Sois laicos, consagrados como tales por los sacramentos del bautismo y de la confirmación, pero habéis elegido acentuar vuestra consagración a Dios con la profesión de los consejos evangélicos, asumidos con obligaciones y con un vínculo estable y reconocido. Permaneced laicos, empeñados en los valores seculares propios y peculiares del laicado, teniendo en cuenta que la vuestra es una secularidad consagrada». «El elemento constitutivo de los institutos seculares es la consagración de la secularidad, la unión indisoluble y esencial entre la vida secular y consagrada, mediante la profesión de los consejos evangélicos».

• Se puede hablar también de una secularidad presbiteral. En el curso de la historia de la Iglesia se fue introduciendo el uso de distinguir entre el clero regular (el perteneciente a las Órdenes, Congregaciones, Institutos religiosos, que sigue una Regla y vive en casas y estructuras que indican separación del mundo) y el clero secular (hoy se prefiere decir diocesano: es el clero que está habitualmente en medio de la gente participando, al menos en parte, en su vida). San Vicente en la conferencia a los Misioneros sobre los votos (probablemente el 7 de noviembre de 1659), afirma: «Pero sigamos adelante y veamos cuál es ese estado al que Dios nos ha llamado. ¿Es una religión? No». Y precisa: «Se trata de sacerdotes seculares que se colocan en ese estado que nuestro Señor escogió para sí mismo, renunciando a los bienes, a los honores y a los placeres». En la carta del 4 de octubre de 1647 al P. Portail, en Roma, le habla de una santa invención sugerida por la Providencia de Dios: la de ponerse en una condición en la que tengamos las ventajas del estado religioso mediante los votos simples, manteniéndonos, sin embargo, como parte del clero y permaneciendo en la obediencia a los señores obispos, como los sacerdotes de sus diócesis, por lo que respecta a nuestras actividades.

3. ¿Qué «secularidad» para las Hijas de la Caridad?

En el prólogo a mi tesis de doctorado, el E Jean Beyer, S. I., escribía: «Viviendo en compañía, formando comunidad, teniendo obras propias (emitiendo votos, habiendo adoptado un hábito particular, etc., —añadimos nosotros—), las Hijas de la Caridad dan la impresión de ser religiosas modernas… Sin embargo no lo son. Sería falso decirlo, injusto imponerles esa forma de vida. Son más seculares que religiosas…». Seculares, ¿en qué sentido? El E Beyer continúa:

«Las Hijas de la Caridad no son ni lo uno ni lo otro, ni instituto secular, ni instituto religioso; son ellas mismas». Para completar sería preciso añadir que tampoco son laicas y consiguientemente no les es propia la secularidad laical.

La secularidad es, para las Hijas d la Caridad, la lógica consecuencia de su propia identidad de personas dadas a Dios para el servicio de los pobres, llamadas por Dios a continuar la misión de Jesús respecto de los pobres, de todas las categorías de pobres, sobre todo de los más abandonados. No se limitan a asistirlos en sus propios establecimientos o en los hospitales, sino que los van a buscar y asistir dondequiera que ellos se encuentren: en sus tugurios, a lo largo de los caminos, en las cárceles, en los hospitales, en los campos de batalla… Se requiere una completa libertad de todo lo que pueda impedir o estorbar los movimientos, obstaculizando o frenando el servicio de los pobres. Se trata, por lo tanto, de una secularidad que se configura como libertad de…

Pero es también libertad para… una verdadera inmersión en la realidad del mundo de los pobres, según la típica ley de la encarnación… No se puede servir a los pobres limitándose a hacer hermosos proyectos de despacho o permaneciendo en la ventana mirando. Se precisa descender del pedestal, agacharse, remangarse lo brazos, mancharse las manos. El servicio exige implicación, solidaridad, participación.

Esta inmersión en la realidad del mundo no quiere decir asimilar su espíritu, que se concreta en los elementos descritos por el apóstol Juan: «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida». El cristiano no ha recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu de Dios. En consecuencia, está llamado a no conformarse con la mentalidad de este siglo; a caminar no según la carne, sino según el Espíritu; a no amar «ni el mundo ni las cosas del mundo. Porque si uno ama al mundo, el amor del Padre no está en él». Más aún, el cristiano debe vivir como «crucificado con Cristo», como crucificado para el mundo: «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo». La del cristiano es una elección radical: no puede estar al servicio de Dios y del dinero. Santiago advierte: «¿No sabéis que ser amigo del mundo es ser enemigo de Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios». Dirigiéndose tanto a los Misioneros como a las Hijas de la Caridad, san Vicente acostumbra a contraponer las máximas y el espíritu de Jesucristo a las máximas y al espíritu de mundo. Las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión tienen un capítulo entero (el II) que lleva por título Sobre las máximas evangélicas. En el primer artículo de ese capítulo se lee: que «la Congregación de la Misión profesará el obrar siempre según las enseñanzas de Cristo, y nunca según las del mundo…». A la explicación de este capítulo de las Reglas, el Santo dedicó una conferencia especial, el día 14 de febrero de 1659. Después de haber recordado qué se entienda por máximas (axiomas, principios, sen-tencias, dichos y también conclusiones que se pueden deducir…), se refiere de modo particular a las máximas contenidas en los capítulos 5-7 del evangelio de Mateo (discurso de la montaña) exponiendo cómo sean diametralmente opuestas a las máximas que el mundo inculca y práctica. A vivir las máximas evangélicas debe movernos sobre todo la consideración de que Cristo las puso en práctica el primero.

Las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad tienen sobre este tema un solo artículo, el quinto.», que comienza así: «Mirarán con horror las máximas del mundo y abrazarán las de Jesucristo…». Entre las conferencias de san Vicente a las Hijas de la Caridad encontramos dos, la del 28 de julio y la del 25 de agosto de 1648, Sobre el espíritu del mundo, con las que se pueden relacionar, contraponiéndolas, las conferencias del 9 y 24 de febrero de 1653, Sobre el espíritu d la Compañía . La conferencia del 2 de noviembre de 1655 es propiamente Sobre las máximas de Jesucristo y las del mundo y es un comentario al art. 4 de las Reglas Comunes de entonces. El Santo afirma entre otras cosas: «Fijaos en lo que os dicen estas reglas, hermanas mías: que vosotras y yo tenemos que odiar las maneras de obrar del mundo. Si queréis ser buenas Hijas de la Caridad, y yo buen sacerdote de la Misión, tenemos que tener odio y aversión a las máximas de las personas que viven según el mundo… Pero me preguntaréis: ¿es que no tienen todos los cristianos obligación de mirar con horror las máximas del mundo? Sí, hijas mías, pero vosotras estáis especialmente obligadas a ello, no sólo como cristianas, pues todos los cristianos tienen esa obligación, sino también como Hijas de la Caridad… Nuestro Señor estaba en el mundo sin participar en lo más mínimo de sus máximas; todo lo contrario, las miraba con horror, predicando continuamente en contra de ellas; se oponía a ellas en sus obras y en sus palabras, en resumen, en toda su manera de proceder; odiaba, no ya a las almas que estaban en el mundo, sino el mal que había en ellas Del mismo modo la Compañía tiene que mirar con horror las máximas del mundo, a ejemplo de Nuestro Señor».
En esta conferencia san Vicente afirma que las Hijas de la Caridad deben «huir del mundo», más aún, las considera «dichosas de tener la obligación de odiar al mundo». Precisa, sin embargo, enseguida: «Pero ¿cómo tenéis que odiarlo? Como lo odió Nuestro Señor. Él dijo que no rogaba por el mundo. Non pro mundo rogo, no ruego por el mundo. Entendedlo bien, hermanas. Cuando digo que Nuestro Señor no ora por el mundo, no hablo de todas las personas que están en el mundo, pues también hay en él personas buenas; me refiero a los que viven según las máximas del mundo… Mirad qué gran odio sentía Nuestro Señor contra el mundo: dice que no reza por él, ¡y rezó por los que lo crucificaban! Esto os demuestra que lo miraba con más horror que a sus mismos verdugos, ya que no quiere rezar por el mundo, a pesar de que rezó por sus enemigos».

Es siempre el Santo quien recordará a sus Hijas que «el mundo, si no ponemos cuidado, quiere tener parte en todo» y amonestará: «Cuando veáis que el mundo os quiere, concluid que sois del mundo, ya que el mundo sólo ama lo que es suyo».

Es una línea programática exigente la que san Vicente sacaba, el 15 de enero de 1645, como consecuencia de los ejemplos de Sor Juana Dalmagne. Habiendo una Hermana puesto de relieve sobre Sor Juana que «parecía que todo lo que hacía o decía era siempre en Dios y por Dios», el Santo concluye: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, tenemos que estar totalmente despegadas del mundo para estar más unidas a Dios».

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