Empujados por el celo misionero

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Flores-Orcajo · Year of first publication: 1985 · Source: CEME.
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celo_misionero«Yo soy el modelo de pastor: conozco a las mías y las mías me conocen a mí, igual que mi Padre me conoce y yo conozco al Padre; además, me desprendo de la vida de las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este recinto; también éstas tengo que conducirlas; escucharán mi voz y se harán un solo rebaño con un solo pastor». (Jn 10,14-16).

«La Congregación intenta expresar su espíritu también con las cinco virtudes sacadas de su peculiar visión de Cristo, a saber: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas, de las cuales dijo San Vicente: ‘En el cultivo y la práctica de estas virtudes la Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera y deben animar las acciones de todos nosotros’, (RC II, 14)». (C. 7).

El celo pone de manifiesto el tono misionero de una comunidad, así como la falta de celo es clara señal de su decadencia. Sin celo tampoco puede existir el proyecto atrayente que entusiasme a los miembros presentes y futuros de una comunidad. Parece que San Vicente estuvo, en general, contento del celo de sus misioneros.

1. «Decir misionero es decir hombre llamado por Dios para salvar las almas».

El celo misionero es participación del celo redentor Cristo que vino a darlo todo por salvar al mundo:

«Quien dice misionero dice hombre llamado por Dios para salvar a las almas, porque nuestro fin es trabajar por la salvación, a imitación de nuestro Señor Jesucristo, que es único verdadero Redentor y que cumplió perfectamente lo que significa ese nombre amable de Jesús,

Que quiere decir Salvador. Vino del cielo a la tierra para ejercer ese oficio e hizo de él el objetivo de su vida y de su muerte, ejerciendo continuamente esa cualidad de salvador por la comunicación de los méritos de la sangre que derramó. Mientras vivió sobre la tierra, dirigió todos sus pensamientos a la salvación de los hombres y sigue todavía en estos mismos sentimientos, ya ase es allí donde encuentra la voluntad del Padre… Entreguémonos, pues, a él, para que siga ejerciendo esta misma calidad en nosotros y por medio de nosotros». (XI 762).

2. «Hemos sido llamados para llevar a todo el mundo el amor de Dios».

«Si la caridad es el fuego, el celo es la llama», dijo San Vicente. (XI 590). El celo consiste en el puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo, con entusiasmo, aunque sin excesos. San Vicente no admite el celo indiscreto (RC XII 11). Todas las condiciones que se pongan al celo no pueden quitarle lo que le es propio: el calor, según la comparación de San Vicente: «Si el amor es el sol, el celo es el rayo». (XI 590).

«Si es cierto que hemos sido llamados para llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con él todas las naciones, si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, ¡cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino! ¡Cómo he de inflamarme en amar a aquellos con quienes vivo, edificando a mis propios hermanos por el ejercicio del amor e impulsándoles a que practiquen los actos que de él dimanan!… ¿Cómo no vamos a esperar que podremos llevar este amor por todo el mundo si no lo tenemos? No se puede dar lo que no se tiene». (XI 554).

3. «¿Quién te ha reducido a tal estado?».

Si «del amor se saca amor», según San Juan de la Cruz, «la caridad produce caridad», según San Vicente. El celo manifiesta la caridad en su grado más alto y al que tiene celo sólo le interesa amar y darse plenamente, pase lo que pase:
«Los Misioneros deberían sentirse felices de hacerse pobres por haber ejercido la caridad con los demás, y que no temieran empobrecerse por ese cambio, a no ser que desconfiaran de la bondad de nuestro Señor y de la verdad de sus palabras.

No obstante, si Dios permitiese que se vieran reducidos a la necesidad de ir a servir como coadjutores a las aldeas para encontrar con qué vivir, o que algunos de ellos tuvieran que ir a mendigar el pan o acostarse al lado de una tapia, con los vestidos destrozados y muertos de frío, y en aquel estado le preguntase a uno de ellos: «Pobre sacerdote de la misión, ¿quién te ha puesto en semejante estado?» ¡qué felicidad, hermanos míos, poder responder entonces: «Ha sido la caridad». ¡Cuánto apreciaría Dios y los ángeles a ese pobre sacerdote!». (XI 767-768).

¿Tengo entusiasmo por mi trabajo pastoral o soy meramente un administrativo que cumple? ¿Qué es lo que prevalece en mi trabajo pastoral, el celo misionero u otros intereses y metas no misioneras?

Oración:

«Oh Salvador, mi buen Salvador, quiera tu divina bondad librar a la Misión de la ociosidad, de la búsqueda de la comodidad y darle un celo ardiente de tu gloria, que la haga abrazarlo todo con alegría, sin rechazar nunca la ocasión de servirte. Estamos hechos para esto. Un verdadero misionero, un hombre de Dios, un hombre que tiene espíritu de Dios, lo abraza todo, lo puede todo. Con mayor razón ha de hacerlo una Compañía. Una Congregación lo puede todo cuando está animada y llevada del espíritu de Dios. ¡Quiera vuestra bondad, divino Salvador, darnos un corazón grande, ancho, inmenso». (Cf. XI 121-122).

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