Elementos de unión de la Familia Vicentina

Francisco Javier Fernández ChentoFamilia Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benjamín Romo, C.M. · Año publicación original: 2002.
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A. ¿De qué familia hablamos?

Cuando hablamos de Familia Vicentina nos referimos a todos aquellos grupos de asociaciones o congregaciones que en su vida (estilo) y en su acción (apostolado) se inspiran, con matices diversos, en lo que hoy llamamos «carisma vicentino».

Por otra parte, sabemos que los carismas son dones del Espíritu Santo a la Iglesia, a través de una persona o grupo de personas, y para el servicio de la misma Iglesia y del mundo.

En muchas ocasiones, San Pablo nos habla de estos carismas como dones de Dios para el servicio de los demás. A los corintios les dice: hay diversidad de carismas pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de servicios pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos.1

En mi intervención hablaré de algunos elementos que favorecen la unidad de las distintas asociaciones vicentinas y de sus miembros. Esta unidad de la que hoy les hablo quiere hacer realidad el sueño de Dios: «que todos sean uno…». También queremos conocer más aquellos elementos comunes que nos permiten unir nuestras fuerzas para ser más eficaces en nuestro compromiso de ser instrumentos de salvación para los pobres. No diré nada nuevo, hay mucho escrito, y bien escrito, sobre el tema. Mi intención por tanto, en esta ocasión, es más bien recordarles lo que somos y lo que hacemos como Familia.

Como en toda familia humana, dentro de nuestra FV, hay algunos miembros que se frecuentan más y tienen relaciones más estrechas. En la familia hay parientes que se ven y se festejan muy ocasionalmente. Otros, en cambo, viven una relación más estrecha, como acontece normalmente entre los hermanos de sangre. En nuestra FV hay algunas asociaciones que, entre ellas, son más próximas, se encuentran con más frecuencia, se conocen y reconocen como familiares cercanos, como hermanos y, por ello, se manifiestan más el amor y comparten en mayor profundidad la vida, el caminar, las dificultades, etc. Se colaboran mutuamente y se dan la mano para trabajar mejor.

Les hablo, en primer lugar, de estos hermanos y hermanas de la FV; y lo hago con la intención de recordarles la finalidad para la que fueron fundados, el servicio del pobre:

  • Las Caridades, hoy AIC: San Vicente la funda en 1617, en Chatillon. Es bastante conocida la historia de este nacimiento. Desde sus orígenes, su finalidad fue claramente marcada: «honrar a Nuestro Señor como modelo y a su santa Madre, y para asistir a los pobres enfermos corporal y espiritualmente».2
  • La CM o Misioneros Vicentinos: San Vicente mismo fundó la CM en 1625 para evangelizar, de palabra y de obra, a los pobres, especialmente a los campesinos, por medio de las misiones populares y la formación de sacerdotes. Su lema es: Me envió a evangelizar a los pobres3
  • La Compañía de las Hijas de la Caridad: San Vicente y Santa Luisa fundan a la Compañía de Hijas de la Caridad en 1633 para ser sirvientas de los pobres, que es como decir, sirvientas de Jesucristo y para asistir a estos pobres corporal y espiritualmente. Su lema es: La caridad de Cristo nos apremia.4
  • La SSVP: fundada en París por Federico Ozanam junto con otros compañeros de universidad, en 1833. Su finalidad es: Ayudar a nuestro prójimo, a los que sufren, a los abandonados como lo hacía Jesucristo y según la tradición vicentina.5
  • La JMV:6 nace en 1847, bajo el influjo de las apariciones de la Virgen Milagrosa a Santa Catalina Labouré. Su finalidad es formar a sus miembros para la vivencia de una fe sólida en el seguimiento de Jesucristo, evangelizador de los pobres. Vivir y orar, como María, en sencillez y humildad, asumiendo la espiritualidad del Magníficat. Suscitar, animar, y mantener el espíritu misionero en la Asociación, sobre todo a través de las experiencias misioneras, especialmente entre los más pobres y los jóvenes.7
  • La AMM: nace también en el seno de la FV bajo el influjo de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré,8 para honrar a María en el misterio de la Inmaculada, como modelo de vida cristiana. Tiene como fin venerar a María concebida sin pecado; y la santificación de sus miembros, la formación integral en la vida cristiana y el apostolado de la caridad, especialmente con los más abandonados (de las familias y los pobres en general). La Sagrada Medalla de María, tanto por los símbolos que presenta como por la virtud de que está dotada, ofrece un modelo y ayuda para estos fines.9
  • Los Misioneros Seglares Vicencianos:10 nacen en 1999 al interno de la misma FV. Su finalidad es fomentar, facilitar, apoyar y coordinar la presencia y el trabajo misionero de los laicos en las misiones ‘ad gentes’ encomendadas a la FV o animadas por ella.11

Por lo que hemos mencionado hasta aquí acerca de cada uno de estas ramas de la FV, podemos ya ver algunos elementos comunes. Menciono los siguientes:

  • Reconocen a San Vicente como fundador o inspirador;
  • Tienen una misma misión: el servicio evangelizador de los pobres. Es la tarea de los Vicentinos;
  • Tienen, de alguna manera, un estilo concreto de servir al pobre. Esta afirmación la veremos más clara en el desarrollo del siguiente apartado;
  • Todas comparten una espiritualidad común, de encarnación: Dios, encarnado en el pobre. Esto quiere decir, entre otras cosas, que hablo a Dios cuando hablo con el pobre, hago la experiencia de Dos desde el encuentro con el pobre. Sirvo a Dios y lo amo en el servicio a los pobres…;
  • Comparten un carácter secular: el carisma nace con una asociación de laicos, las Cofradías son la primera fundación vicentina. Es también secular porque sus miembros se santifican mediante la vivencia de su misión en medio del mundo.

El carisma vicentino lo podemos describir (no definir) como un estilo de vida cristina en la Iglesia y en el mundo. Es una manera de ser. No es un añadido a la persona, al cristiano para ciertas ocasiones. No es un vestido que se pone y se quita en determinados momentos, circunstancias o conveniencias. Es un don que da forma y marca el estilo de vida, las relaciones, las acciones de quien lo recibe. El carisma es, por ello, una fortaleza que nos ofrece la opción concreta para vivir nuestra vocación de bautizados en el mundo con un estilo bien definido. El carisma vicentino es una vocación en la Iglesia y para el servicio, es un estilo de ser y de realizar en el mundo nuestra misión.

Permítanme que dé un paso más en nuestra reflexión, dando respuesta a una pregunta que quisiera que nos hiciéramos hoy: ¿Cuales son los elementos o realidades que nos unen como familia?.

B. El estilo común de la Familia Vicentina

Una familia tiene unos orígenes comunes y, por tanto, un aire común, un estilo propio, hecho de principios y de expresiones. Tiene también una tradición trasmitida que pasa de unos a otros, a través del tejido normal de la vida ordinaria. ¿Cuáles son los principios y gestos, o los elementos comunes que la FV comparte?. Menciono algunas características que manifiestan este estilo de vida y la misión que esta Familia, nuestra Familia, comparte. Estos elementos se van dando unidos en una sola experiencia, de forma que, aunque los separemos para reflexionarlos, en la vida concreta se dan entrelazados.

1. La centralidad de Jesucristo, evangelizador de los pobres

No hay nada de más importante en la experiencia espiritual del vicentino que la centralidad de la experiencia de Jesucristo, y de Jesucristo como evangelizador y servidor de los pobres. Este es el fundamento de la misión vicentina, el modelo para el cristiano que quiere vivir su fe en un compromiso desde el estilo de San Vicente. Desde aquí se descubre y sigue a Jesús, fijando la mirada en él, que vive cercano a los pobres, que les escucha, les asiste, les perdona, les da de comer, camina con ellos y les anuncia que el Reino de los cielos es para ellos y para todos aquellos que se hacen como ellos.

Es apasionante este camino pues consiste en meterse en Jesucristo, participar de su vida, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su amor y de su destino. Por eso San Vicente decía: Jesucristo es el gran cuadro invisible sobre el cual debemos configurar todas nuestras acciones.12 En otra ocasión diría: Recuerde que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo.13

¿Quién es Jesús para mí? ¿Con cuál imagen evangélica de Jesús identifico mejor mi experiencia de fe?

2. Amar a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo, sirviéndoles «corporal y espiritualmente»

Jesucristo en los pobres, los pobres en Jesucristo, son los dos pies que tiene el corazón vicentino para hacer su travesía por este mundo. A los pobres y a Jesucristo los podemos distinguir, pero no separar. La pasión por Jesucristo nos compromete en una compasión efectiva por los pobres, y también nos dispone al padecimiento que hay que pagar como precio por ayudar a los heridos del camino.14 La salvación nos viene por Jesucristo, lo sabemos bien, no por los pobres, pero la garantía de que aceptamos la salvación de Jesucristo se manifiesta compartiéndola con los pobres.

Los pobres, «vulgares y groseros», son para los Vicentinos el sacramento sufriente del Señor. Dadle la vuelta a la medalla y verán con las luces de la fe que son éstos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre, el cual no tenía aspecto de hombre en la pasión.15 Jesucristo se puso en lugar de los pobres hasta decir que el bien que les hacemos a los pobres lo considerará como hecho a su divina persona.16 Por eso los pobres, sus barrios, las calles y hospitales son «los santos lugares del Vicentino».17 Y por eso también, cuando dejáis la oración y la santa Misa por el servicio de los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios y tenéis que ver a Dios en sus personas.18 El servicio que el Vicentino ofrece al pobre es «espiritual y material».

3. Servir a los pobres con una caridad práctica y concreta

El énfasis de la tradición vicentina está sobre el punto de la caridad práctica. Es éste el secreto de la santidad del Vicentino. San Vicente pone el acento sobre el amor efectivo. Cuando tenía hambre no sólo me compadecieron, sino que me dieron de comer, y cuando tuve sed no solo se acercaron para contemplarme, sino que me dieron de beber, cuando estuve en la cárcel no solo rezaron por mí, sino que fueron a verme…19

Desde el tiempo de San Vicente hasta el hoy de nuestra historia, las asociaciones vicentinas son reconocidas como hombres y mujeres capaces de amar de una manera práctica, concreta y efectiva. Aman, sirviendo y ensuciándose las manos en el servicio a los pobres. Los Vicentinos no nacieron para vivir en lugares de los ejecutivos o administradores y desde planes o programas bien intencionados pero que no llegan a tocar la miseria del pobre. Por el contrario, nacen para buscar soluciones a los problemas del pobre, soluciones concretas a corto, mediano y largo plazo.

4. Se esfuerzan por vivir y servir con un estilo de sencillez y humildad

San Vicente dice: el espíritu de Jesucristo es un espíritu de sencillez, que consiste en decir la verdad, en decir las cosas tal y como son, sin disimular o esconder nada, y en referir todo a Dios solo. San Vicente está convencido de la importancia que tiene la sencillez y dice de ella: es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta.20 A Dios le gusta comunicare a las almas sencillas.21 Vivir en el espíritu vicentino es vivir caminando por adquirir este estilo que nos asemeja a Jesucristo y nos pone en contacto cercano y fraterno con los pobres.

El estilo de vida sencillo nos permite establecer relaciones «fáciles» entre nosotros, nos permite conocernos rápidamente, nos permite acercarnos a los pobres. Por otra parte, nos impulsa a ser auténticos, coherentes y fieles a nuestros compromisos. Nos compromete con la verdad y la denuncia de todo aquello que es mentira y doblez.

La humildad es el fundamento de la perfección y el camino que conduce a la santidad.22 San Vicente centra su atención en la humildad de Jesucristo, quien por amor toma nuestra condición humana, y lo presenta a sus seguidores como el modelo de humildad por excelencia.23 La humildad nos lleva a reconocer nuestra condición de criaturas, y nuestra necesidad de redención. La humildad se revela en la actitud agradecida por los dones recibidos y nos lleva por otra parte, a ver todo en nuestra vida como gracia. También se concreta en una madurez espiritual que lleva a la persona a vivir «en actitud de siervo», en una voluntad de comprometerse, incluso en acciones serviles para el servicio de los pobres. Se manifiesta, finalmente, en el deseo efectivo de dejarse evangelizar por los pobres, «nuestros señores y maestros». Sin la humildad la colaboración sería imposible.

¿Qué significa hoy llevar un estilo de vida sencillo y humilde para que los pobres nos reconozcan como sus servidores sin sentirse ofendidos o agredidos?

5. Sirven al pobre en contacto personal

Desde el carisma vicentino se sirve al pobre en contacto directo y personal con él. Somos vicentinos porque estamos con el pobre, lo conocemos en persona; los programas para asistirlo se elaboran no desde esquemas abstractos, sino desde el programa que se aprende al reconocer sus heridas. Este es nuestro estilo y no tenemos otro. Para nosotros nada puede suplir el contacto directo con los pobres. De ellos aprendemos lo que hemos de hacer. Sus concretos despojos nos dictan el programa de trabajo que debemos seguir. Y este programa, para ser vicentino, lleva dos elementos inseparables: amor hecho ayuda concreta y solidaria y evangelización explícita y liberadora. Pan y catecismo, caridad y misión. El evangelio sin pan, sin ayuda concreta, quedaría mutilado, y el pan sin evangelio crearía personas dependientes, es decir, nuevas pobrezas. San Vicente decía: Tenéis que tener cuidado que no les falte nada… tanto para la salud de su cuerpo, como para la salvación de su alma.24

6. Los pobres son considerados como «amos y maestros»

Es en el contacto directo con los pobres, hecho desde la fe, desde donde aprendemos este principio como una experiencia. Ellos son el sacramento sufriente de Jesucristo, un sacramento rudo, tosco, maloliente a veces. Ellos son el Cristo desfigurado de la cruz, pero Señor del mundo, de la historia y del corazón de sus seguidores.

Ellos mandan y nosotros obedecemos. Nos dicen cómo, cuando y qué necesitan, y nosotros acudimos a su llamado. Son nuestros amos, y nosotros debemos tener ese amor servicial obediente y sumiso de los sirvientes. No damos desde arriba, sino desde abajo; no desde fuera, sino desde dentro; no buscamos sus agradecimientos, sino su curación y su liberación, para que también ellos estén en grado de ayudar a otros.

Ellos son nuestros «maestros».25 De ellos aprendemos la fe verdadera al practicar en su compañía al Dios verdadero. Decía san Vicente: lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida…26 Ellos nos liberan de nuestros ídolos, de las falsas representaciones de Dios, ellos nos enseñan la acción que Dios quiere de nosotros; de ellos aprendemos que somos culpables de sus sufrimientos si no hacemos lo que está en nuestras manos para ayudarles.27 Ellos son los maestros que nos curan de una fe neurótica que proclama lo que no practica. Con ellos aprendemos que las puertas del cielo están hechas con los maderos de la crucifixión que luchamos por conllevar y aliviar. Es también curando sus heridas como se curan las nuestras, y para ello es preciso amar con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos.28 Un servicio de acompañamiento a los laicos vicentinos sin un servicio personal directo con los pobres puede resultar limitado y pobre.

7. Llevan un amor afectivo, efectivo y creativo y contagioso

El amor que es compasión, afecto y sentimiento profundo en nuestra trayectoria vicentina, termina haciéndose efectivo: un servicio emprendido con alegría, con entusiasmo y constancia. Este amor es infinitamente inventivo, busca y encuentra recursos, organiza e inventa las formas de la caridad y de dar vida. Es el amor que busca amar y que otros también lo vivan de la misma manera. Por eso San Vicente diría: no me basta con amar a Dios si mi prójimo no lo ama,29 o también: el Hijo de Dios se hizo hombre… no sólo para que nosotros fuéramos salvados, sino también salvadores como él.30 San Vicente contagió ese amor que descubrió y vivió: gente de toda clase y condición, señores y señoras de las Caridades, altas damas y humildes campesinas, los sencillos Hermanos, los Misioneros, los seglares de todos los rincones, la Duquesa de Aiguillon y el zapatero Claudio Leglay.31 Si amamos a los pobres, si los vemos en Jesucristo, queremos que todos se entusiasmen con esta tarea de Dios y buscaremos los medios para introducirlos en este trabajo sagrado y urgente. Hoy, como en tiempo de San Vicente, podemos decir que los pobres, que no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor. Por eso, sin ninguna duda, podemos afirmar con toda verdad: hoy el carisma vicentino es actual, es urgente en un mundo donde los pobres se siguen multiplicando.

8. Se dejan evangelizar por los pobres

Son ellos los que vienen a liberarnos del vivir centrados en nosotros mismos: ese es nuestro mejor salario; nos curan de las heridas del aburguesamiento, nos sanan de nuestras miopías. Ellos le dan dirección y sentido a nuestra vida. Ellos nos ponen en el camino estrecho que conduce a la Vida. Decía san Vicente: vuestro gran negocio y lo que Dios os pide particularmente es que tengáis mucho cuidado de servir a los pobres que son vuestros señores… son nuestros amos.32

Alejarse de los pobres es alejarse de Dios, acercarse a los pobres es acercarse a Dios. Ellos necesitan una Buena Noticia, y la FV tiene de parte de Jesucristo esa Buena Noticia hecha con el pan de la justicia y del servicio de amor. Evangelizar según la tradición vicentina, consiste en continuar y contar la vida de Jesucristo, con los medios de Jesucristo, y primeramente a los preferidos de Jesucristo, y a todos los demás, pero desde ellos y desde sus heridas. Esta es la forma vicentina de vivir el amor. Servir a los pobres es servir a Jesucristo, y servir a Jesucristo es servir a los pobres. Cristo vivo y resucitado nos envía a curar sus llagas de manos y costado, ya que su pasión se prolonga en la historia de los crucificados y empobrecidos de este mundo.

Muchos aspectos en la vida espiritual de San Vicente se vieron transformados, incluso sustancialmente, desde el encuentro con los laicos que Dios fue poniendo en su camino. Quien acompaña hoy a las asociaciones vicentinas es persona que se «deja hacer» por Dios desde la escucha atenta a los laicos a quienes se sirve y desde los cuales también revela su voluntad.

9. El carisma vicentino es un carisma misionero

Ser misionero significa salir para ir al encuentro de los demás. Jesús es el misionero del Padre. San Vicente es el misionero que sale de sus planes y proyectos para convertirse en el ser para los demás. Convoca a mujeres y hombres para salir de sí mismos e ir a los pobres de toda Francia y del mundo entero. Los convoca para ir allí donde las necesidades son mayores y los pobres son, «los más pobres». La disponibilidad y movilidad son actitudes fundamentales del carisma. El carisma vicentino nace con San Vicente de Paúl que, en 1617, funda las Cofradías de la Caridad, hoy AIC. Más tarde, en 1625 funda la CM. Finalmente, en 1633, funda, junto con Santa Luisa de Marillac, la Compañía de las Hijas de la Caridad. En el momento de su muerte, sus fundaciones ya estaban presentes en varios países fuera de Francia: Polonia, Italia, Argelia, Madagascar, Irlanda, Escocia…33

10. María en la espiritualidad vicentina 34

María no es en la FV un apéndice o una devoción exclusiva de un grupo o asociación. En la FV María nos enseña cómo se vive la vida en unión con Jesucristo, a la escucha de su Palabra y para el servicio de los demás. La devoción mariana dentro del camino vicentino es sobria en sus expresiones y de un profundo sentido práctico. María es maestra de vida espiritual, nos enseña la escucha atenta a la Palabra, es la madre intercesora, nos enseña el camino de la oración y el lugar de los pobres como nuestro único espacio de vida; nos enseña a vivir atentos a las necesidades de los pobres y la manera de servirles. San Vicente decía: la santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo, pero era siempre en la presencia de Dios.35 Decía a las Hijas de la Caridad que ella es la maestra de quien hemos de aprender el cuidado, la vigilancia y el amor que tenía para con su Hijo.36

Las apariciones a Catalina Labouré tuvieron lugar justamente cuando la FV estaba volviendo a renacer, después de haber sido desperdigada y, en gran medida, aniquilada por la Revolución Francesa. En las décadas posteriores a 1830 nuestra Familia experimentó un importante renacer.37 Sabemos bien que de este acontecimiento amoroso de María nacerán dos importantes ramas: la JMV la AMM.

Se dice que Federico Ozanam llevaba consigo la medalla cuando fundó las Conferencias de San Vicente de Paúl en 1833.38 También él, en 1834, escribió una reseña de una obra que contenía el primer relato impreso de las apariciones a Santa Catalina Labouré. El 4 de febrero de 1834 Ozanam pidió que las Conferencias fundadas hacía poco fueran puestas bajo la protección de la Bienaventurada Virgen y eligió la fiesta de la Inmaculada Concepción como su fiesta patronal. Esta propuesta fue unánimemente aceptada por los miembros de la Sociedad.

Hasta 1959 la AIC hacía un Acto de Consagración, el 8 de diciembre, en el que invocaba a María bajo el título de Inmaculada Concepción. Junto con las Hijas de la Caridad y los miembros de la CM, ellas fueron de las más activas distribuidoras de la Medalla tras las apariciones a Santa Catalina Labouré.

C. Una palabra sobre la diversidad

El tiempo no nos permite entrar en detalle en este tema que también es importante, ya que no se pude hablar de unidad como uniformidad. Nosotros hablamos de unidad desde realidades que nos son comunes y realidades que nos hacen diferentes. Llevamos una riqueza en común y somos una fortaleza desde nuestro «ser diversos». La colaboración sólo se da desde nuestra diversidad y autonomía. Las diferencias entre las distintas asociaciones existen y es nuestro desafío descubrirlas y vivenciarlas ya que ellas se convierten en nuestra mejor riqueza para una colaboración efectiva. Ninguna de las asociaciones agota la riqueza del carisma vicentino y esto tiene sus consecuencias. Las diversas asociaciones tienen historias diversas y estilos diferentes en el trabajo por los pobres, diferentes matices en su espiritualidad. Los esfuerzos que se están dando en muchos países por crear sobre bases sólidas la FV no deben pretender, no lo pretenden, la homogeneización de las diversas instituciones, sino el conocimiento mutuo, la ayuda mutua y la colaboración.39

Conclusión

Acompañar la los laicos en las distintas asociaciones vicentinas exige de nosotros un conocimiento bastante preciso y una vivencia de aquellas realidades del carisma que son comunes a todos y, al mismo tiempo, un conocimiento teórico y práctico de aquellos elementos que son diversos en cada asociación.

De lo dicho en esta exposición podemos afirmar que existe una identidad común que nos une a los miembros de la FV, y podemos sostener también que cada asociación tiene su propia identidad. Esto nos lleva a deducir que no se puede dar a todas las asociaciones el mismo estilo de asesoría o acompañamiento. Esto exige a quien les acompaña un conocimiento muy cercano de la asociación y un respeto profundo de su propia autonomía.

Termino diciendo que los miembros de la FV son aquellos que pasan por la vida como Jesucristo, haciendo el bien y convencidos con San Vicente de que los que aman a los pobres durante su vida no tendrán miedo a la muerte.40 Y, aún más, convencidos con San Vicente también de que no hay mejor modo de asegurar nuestra felicidad eterna que vivir y morir en el servicio de los pobres, en los brazos de la providencia y en una verdadera renuncia a nosotros mismos en seguimiento de Jesucristo.41

  1. 1 Co 12,4-6
  2. ES X, 962
  3. Cfr Lc 4,16-21
  4. Cfr 1 Cor 5,14
  5. Cfr. Mt 25, 31-48
  6. Esta Asociación fue aprobada por el Papa Pío IX, a través del rescripto del 20 de junio de 1847 y del 19 de julio de 1850, y confirmada por otras disposiciones de la Santa Sede. El texto de los estatutos actuales fue aprobado y confirmado por la Congregación de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (Prot. n. P. 53-1/99) el 2 de febrero de 1999. Cf. Vincentiana 43 (1999) 89-97.
  7. Estatutos Internacionales, 1999, Art.9
  8. Sus estatutos fueron aprobados por Su Santidad Pío X, el 8 de julio de 1909: véase Vincentiana 42 (1998) 79-82.
  9. Estatutos Internacionales, Art. 2
  10. Decreto de Aprobación (Prot. n. P. 53 -2/99) de la Santa Sede, 7 de abril de 1999: En Vincentiana 43 (1999) 150-159.
  11. Estatutos Internacionales, Art. 2.2.1
  12. SV XI, 212 / ES XI, 129
  13. SV I, 295 / ES  I, 320
  14. Cfr Lc 10, 25-37
  15. Cfr SV XI, 32 / ES XI, 725
  16. Cfr ES X, 947.
  17. Cfr SV X, 958
  18. SV IX, 31 / ES IX, 25
  19. Cfr Mt 25, 31 ss.
  20. SV I, 284 / ES I, 310
  21. Cfr SV IX, 391 / ES IX 359
  22. Cfr RR CC II, 7
  23. Cfr Flp 2, 7; Cfr. SV XI, 394 / ES XI, 274
  24. SV IX, 119 / ES IX, 125
  25. SV XII, 180 / ES XI, 273
  26. SV XII, 170 / ES XI, 462
  27. Cfr SV XI, 202 / ES XI, 121
  28. Cfr SV XI, 40 / ES XI, 733
  29. SV XII, 262  / ES XI, 553
  30. SV XII, 113 / ES, XI 415
  31. Cfr SV XII, 294 / ES XI, 580. Cfr. J.-P. Renouard, Los laicos y el Señor Vicente, en VINCENTIANA 39 (1995) 213-214.
  32. SV IX, 119 / ES IX, 125
  33. Sabemos cómo el mismo San Vicente estuvo dispuesto a partir para la misión: «Yo mismo, aunque soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias, para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco» (SV XI, 402 / ES XII, 281).
  34. Para este apartado me he servido mucho de la ponencia del P. Robert Maloney, C.M. Asociación de la Medalla Milagrosa. Una nueva imagen para un nuevo Milenio, Ed. La Milagrosa, Madrid, 2002.
  35. SV IX, 340 / ES IX, 315
  36. Cfr. SV IX, 142 / ES IX, 144
  37. Para muchos de los detalles sobre el crecimiento de la FV durante este período, Cfr. René Laurentin y Phiplippe Roche, C.M., Catherine Labouré et la Médaille Miraculeuse (Lazaristes, Filles de la Charité, Dessain et Tolra: París, 1976). Cfr, especialmente, las páginas 66 ss. Cfr. también, René Laurentin, Vie authentique de Catherine Labouré (Desclée De Brower, Lazaristes, Filles de la Charité: París, 1980).
  38. René Laurentin, Vie authentique de Catherine Labouré, I Récit, (Desclée De Brower, Lazaristes, Filles de la Charité: París, 1980) 189.
  39. Cfr. AA.VV. Avivar la Caridad, n. 3, Ed. CEME, Salamanca 2002, p. 238
  40. SV I, 596 / ES XI, 4
  41. SV III, 302 / ES III, 359

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