Regreso del Sr. d`Horgny a París. –Asamblea de 1651, y su finalidad. –El Sr. d’Horgny de nuevo superior en Roma. -Celo de los misioneros. –Carta del cardenal Spada. –Trabajos del Sr d’Horgny. –Carta de san Vicente al Sr. d`Horgny. -Regreso a Francia.
Una carta del Sr. Alméras a la Srta. Le Gras del 21 de julio de 1649 nos indica la presencia del Sr. d’Horgny en Roma en esta época. Debió habitar allí probablemente hasta la reunión de la segunda asamblea general, a la que asistió. San Vicente reunió a los principales miembros de la Congregación
A primeros de julio. Hubo ocho superiores, entre los cuales estaban el Sr. Alméras, superior en Roma, el Sr. Blatyron, superior en Génova y los asistentes. Comenzó el 1 de julio de 1651.
«En ella se habló de nuestros votos y se dijo que se debía mantener su costumbre y solicitar su confirmación en Roma; que se enviaría a los jóvenes sacerdotes a misiones por varias razones. Que en cada provincia habría dos o tres sacerotes que, sin interrupción irían todo el año a misiones. Que los predicadores, en las misiones, no debían pasar de tres cuartos de hora, en cuanto a la duración de sus homilías; que una hora de predicación es demasiado larga, y se recomienda poner en práctica este punto.
«Se confirmó la práctica de los votos, la de no ambicionar los cargos y los beneficios, con la restricción que los votos no se emitirían más que por aquellos que el superior juzgara aptos, y que fueran sacerdotes.
«Se resolvió también que se debía dirigir a los hermanos dulce y fuertemente; que no se les debía dar fácilmente el hábito negro, sino tan sólo después de obtener el permiso del superior.
«Se empleó el resto del tiempo en examinar las reglas y presentarlas en mejor estado para presentarlas al arzobispo de París, para su aprobación. Fueron aprobadas y firmadas por todos los asistentes».
La reunión se terminó el 11 de agosto. San Vicente respondió a continuación a diferentes propuestas que le habían sido hechas durante la asamblea.
1º Designar a alguien para formar en la piedad, dirigir los estudios y enseñar a los estudiantes a predicar y dar el catecismo
Que tuviera cuidado de hacer el examen sobre los estudios de nuestros estudiantes en presencia de los superiores, de los asistentes para darles un destino en relación con sus talentos.
2º Las demás respuestas eran relativas al buen gobierno de la casa de San Lázaro.
Después de esta asamblea, el Sr. d’Horgny se volvió a Roma como superior.
Éste es el nombre de los misioneros que componían entonces la casa: los Srs. Jean-Baptiste Taoni, Thadée Mollony, Guillaume de Ploësquelet, Renauld Legendre y Jacques Pesnelle.
Su celo, animado por el éxito que acompañaba por todas partes sus trabajos provocaba la admiración de los pueblos y el agradecimiento de los obispos. De ello se tendrás una idea por una carta del cardenal Spada en 1651 quien agradece a san Vicente por el servicio que habían prestado los misioneros en su ciudad y en su diócesis d’Albano. «El Instituto de la congregación de la Misión del que sois el fundador y cabeza adquiere todos los días y cada vez más crédito y reputación por estas tierras. He recibido un gran servicio en mi ciudad y en toda la diócesis d’Albano, en las que he visto frutos extraordinarios sobre estos pueblos, con quienes vuestros buenos sacerdotes han trabajado con tanta dedicación, caridad y desinterés que todos han quedado edificados en extremo.
«Es a mí a quien corresponde daros las gracias, como lo hago, asegurándoos que me queda un sentimiento muy particular de ello y que no dejaré de publicarlo para el bien y propagación de ese santo Instituto todas las veces que se me presente la ocasión».
El Sr. d’Horgny vuelve al trabajo con su ardor acostumbrado; no obstante, en el registro de las misiones, y ya no aparece hasta 1652, no porque se hayan acabado las misiones, ya que en este intervalo se dieron al menos cincuenta, sino porque los relatos de los misioneros son tan cortos que apenas se cita el nombre de la región evangelizada. Mientras tanto, conociendo el carácter del Sr. d`Horgny, que detestaba el descanso, y conociendo el ardor de su celo es de creer que debió hallarse en la mayor parte de estas misiones y desplegar en ellas su actividad ordinaria.
En 1652, el Sr. d`Horgny aparece en una misión donde trabajó de una manera notable. Fue la misión de Todi, ciudad episcopal de la Umbría. Fue invitado por el obispo, que era el cardenal Altieri. La asistencia a los sermones fue grande, pero no menos grande, el número de los que querían confesarse. El día de la comunión general, que debía ser dada por el cardenal obispo, veinte confesores so apenas suficientes para atender a todo el mundo..
De Todi se dirigió a Massa, pueblo de la misma diócesis, en el que, para la comunión y la procesión del último día de la misión, acudió una multitud inmensa de los otros cuatro pueblos vecinos, atraída por la reputación del Sr. d’Horgny.
Seguidamente recorrió Montecastrelli, Avigliano, Toscolano, Saint-Restituta y Seismano, en todos ellos recogió una mies muy abundante, de conversiones en proporción de sus grandes trabajos y sobre todo de las privaciones que tuvo que sufrir, pues en la mayor parte de estos pueblos faltaba de todo, incluso de las cosas más necesarias.
Por todos estos hechos se puede calcular qué rico tesoro de méritos se ganó para el cielo el Sr. d’Horgny en sus carreras apostólicas por los Estados pontificios.
Hubo durante los años 1652 y 1653 un intercambio seguido de cartas entre san Vicente y el Sr. d’Horgny. Su distanciamiento de Roma, a causa de las misiones no permitía siempre a este último seguir los asuntos que le estaban confiados, y el asistente de la casa debía a veces reemplazarle. Pero este asistente, poco ducho en los negocios y dotado de escasa prudencia, iba a veces demasiado de prisa y suscitaban bastantes dificultades.
Esto es lo que le dice san Vicente al Sr. d’Horgny:
«19 de abril de 1652.
«Os he escrito que me parecía que el Sr. N. …iba un poco de prisa en vuestra ausencia, lo que me ha parecido en particular en el decreto que ha seguido ante la sagrada Congregación contra el plan del Sr. de Ventadour, sin esperar nuestro parecer(me parece) ni el vuestro. Esto ofendió a muchas personas importantes [200] que han sido buenos con nosotros; y me he visto obligado a acercarme a este buen señor para presentarle nuestras excusas y asegurarle que nosotros no pondremos ningún impedimento a los seminarios que quiere establecer, como por su parte me ha prometido que ellos no aceptarán otro nombre que el que les dé el Papa, pues yo le he explicado los inconvenientes que se pueden temer por la similitud de los nombres. Ellos piden que esos seminarios estén en relación y dependencia del colegio de la Propaganda de Roma. Si esta obra es de Dios, cometeríamos un grave error en ponerle obstáculos; y si no lo es, Dios la destruirá cuando le plazca. En cuanto a nosotros, debemos desear que todo el mundo profetice y que los obreros evangélicos se multipliquen, y yo estimo que ése es un buen medio, y para él deseo de corazón el éxito; por muchos que haya en la Iglesia de Dios, a nosotros no nos faltará nunca ocupación mientras seamos fieles. El Sr. N.… se ofende por nada, tiene vistas demasiado avanzadas y toma precauciones que no se deberían. Hay que confiar en Dios. apegarnos a nuestras funciones y encomendar lo demás a la Providencia; es esto lo que le he escrito y en cuanto a su insistencia en pedir una extensión de nuestra Bula para poder trabajar en las ciudades y en los países de los infieles, le he rogado que suspenda estas propuestas y que espere nuestra resolución, etc. …»
Sin embargo, el Sr. d’Horgny informa a san Vicente de los resultados de las misiones en los campos, san Vicente, feliz con estos éxitos, se lo agradece y pone de relieve este carácter del Instituto que tiene por objeto especial ocuparse de los pobres del campo.
«13 de junio de 1652.
«Lo que me escribís sobre las misiones que dais requiere de nosotros un agradecimiento especial para con Dios, y yo le doy gracias con toda mi alma. Roguémosle, Señor, que cada vez más tome su gloria de los trabajos de la Compañía; y créame, no puedo dejar de decirlo, sigamos invariablemente en nuestras funciones principales; Dios será para nosotros, y en proporción de nuestra fidelidad en ellas, él nos bendecirá. Yo no me apartaré nunca de esta idea. Salgo de una asamblea notable, donde presidía monseñor el arzobispo de Reims en la que he hablado de vos; trataba del asunto de los pobres de los campos refugiados en París de número incalculable y en igual necesidad; se ha comenzado por asistirlos corporalmente y me he ofrecido a que se les den misiones, según esta máxima del derecho, que debemos tomar nuestro bien donde lo encontremos. Tenemos obligación de ir a servirles en los campos cuando están allí; son nuestro patrimonio, y ahora que ellos vienen a nosotros expulsados por el rigor de la guerra que hace desertar el campo, parece que estemos más obligados a trabajar en su salvación en la aflicción en que se ven. Según los deseos del arzobispo. Y sobre la objeción que me podían hacer, que no hacíamos misiones en las ciudades episcopales, he respondido que la sumisión que debemos a nuestros señores los prelados no nos permite dispensarnos de tales misiones cuando nos mandan hacerlas; vos mismo acabáis de dar la de Terni, en la que Mons. el cardenal Rapaccioli os había mandado trabajar, y que según eso nosotros lo podríamos hacer aquí, con la orden de monseñor de París, y tanto más cuando será a beneficio de estos pobres afligidos que se han refugiado aquí».
Hacia mediados de abril, el Sr. Berthe, que debía reemplazar al Sr. d’Horgny, llegaba a Roma. Traía una carta de la Srta. Le Gras, a la que el Sr. d’Horgny respondía a finales de ese mes.
«Roma. 28 de abril de 1653.
«Señorita,
Os agradezco muy humildemente el recuerdo que tenéis de vuestro muy humilde servidor, y también por haber querido testimoniarme por el Sr. Berthe no sólo de palabra sino por una carta que me habéis escrito a este efecto. Siento gran pesar por no poderos ser útil. Es cierto que mi voluntad es buena y sincera, ya que Dios sabe cuán grande es la estima en que os tengo, y puedo decir que aunque fuera muy grande desde el comienzo que tuve la suerte de conoceros, que a pesar de todo ha crecido maravillosamente desde aquel tiempo. . alabo a Dios y le doy gracias infinitas por la bendición que continúa dando a la obra cuyos cuidados él os ha confiado y hecho echar los fundamentos, le ruego incesantemente que os conserve por largo tiempo para la perfección de dicha obra; y podéis estar segura, Señorita, que no iré a visitar los santos lugares sin pedir a Dios las gracias que deseáis por la intercesión de los apóstoles san Pedro y san Pablo como lo hice ayer visitando las siete Iglesias de las Estaciones: ruego a Nuestro Señor que bendiga a todas vuestras hijas y soy, en el amor, Señorita, vuestro muy humilde y obediente servidor«. D’HORGNY. Indigno sacerdote de la Misión».
En el transcurso del año 1653, san Vicente escribe al Sr. d`Horgny, para pedirle que no deje de enviar los relatos edificantes de los trabajos de sus cohermanos
«20 de junio de 1653
«Bien puede ser que a algunos no les gusten los relatos que hacemos a veces de lo que pasa para gloria de Dios, en las demás casas; son espíritus indispuestos quienes, de ordinario, se oponen al bien y piensan, como ellos hacen poco, que es exagerar decir que otros hacen mucho, y no solamente lo piensan, sino que se lamentan de ello a causa de la confusión que eso les produce. A causa de la debilidad de esos ojos legañosos que no pueden mirar la luz, ¿vamos a dejar de iluminar a los otros con los ejemplos de los más fervientes, y privar a la compañía del consuelo de saber los frutos que se recogen en otras partes, gracias a Dios, a quien toda la gloria se debe, y a quien esta práctica de hablar entre nosotros de estas misericordias es muy agradable, siendo conforme al uso de la Iglesia, que quiere que las obras buenas y las acciones gloriosas de los mártires, de los confesores y demás santos sean hechas públicas para la edificación de los fieles; lo que se hacía incluso en el tiempo de los primeros cristianos, aunque verosímilmente algunos se atrevieran a contradecir estos relatos, mientras que la mayor parte bendecían por ello a Dios y animaban a imitar las virtudes de aquellos de quienes se hablaba. Os pido pues que no interrumpáis esta buena costumbre por vuestra parte, y nos comuniquéis todos los éxitos que Dios tenga a bien dar a los trabajos de vuestra familia, teniendo cuidado tan sólo de no ofrecer nada que no sea útil y verdadero, como yo trataré de hacer al informar de ello aquí».
La última carta que nos queda de las que san Vicente escribió al Sr. d`Horgny en Roma nos deja ver toda la confianza que tenía en él.
«París, 8 de agosto de 1653.
«Me honro en escribir a monseñor el cardenal Altieri, según vuestros deseos y en el sentido que me habéis señalado; le remitiréis mi carta si la encontráis [204] lo suficiente buena, de lo contrario ya me informaréis de lo que hace falta reformar, con el fin de que yo haga otra. La hice en francés suponiendo que lo entiende, y si es preciso la haréis redactar en latín.
«Os ruego que visitéis a Mons. el cardenal Barberini para hacerle una renovación de las ofertas de nuestra obediencia para asegurarle por mi parte que tan pronto como supe que una parte de su bagaje y de su gente han sido apresados y llevados a Argelia, he escrito al cónsul para recomendárselos, pidiéndole que los ayude y trate de ayudarles con todas sus fuerzas. La Srta. duquesa de Aiguillon ha hecho lo mismo. Lo encontraréis algo frío para conmigo, no dejéis de verle alguna vez mientras estáis en Roma. El Sr. Ozenne parte mañana con el hermano Duperroy para dirigirse a Polonia.
«Todo anda bien por aquí, donde sois esperado con afán e impaciencia, lo que hace que no respondo a otra cosa de vuestra última carta, a la espera de lo que os dije en mis precedentes, en especial por la última. Sin duda, si supierais lo abrumado que estoy, dejaríais de buena gana todo lo demás para venir en mi ayuda, y en esta esperanza, soy en el amor de Nuestro Señor vuestro muy devoto servidor».
Traducción del P. Máximo Agustín








