Preámbulo: ¿Qué significa el título de nuestra reflexión?
¡El Servicio de los pobres con «Espíritu» y en comunidad! El título dado a esta charla ¡está inspirado por el Papa Francisco. En efecto, en su exhortación “La Alegría del Evangelio”1(Evangelii Gaudium), el capítulo cinco conlleva un título asombroso « Evangelizadores con Espíritu»2. El Papa se explica en el número 261:
“Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu.” (n° 261).
Lo que dice el Papa respecto a la evangelización, lo podemos decir nosotros respecto a nuestra vida de servicio, a nuestro apostolado. Servir a los pobres con “espíritu” significa para nosotros, hacerlo con amor, entusiasmo, con otros y animados por un fervor renovado porque arde en nuestros corazones el fuego del Espíritu del resucitado. Vamos a reflexionar juntos sobre la vida apostólica de una Hija de la Caridad; pero la vida apostólica en sí vivida a veces de manera individualista, sin un profundo espíritu de fe, sin una vida espiritual intensa, puede llega a ser fuente de desequilibrio e impedir nuestro crecimiento personal, espiritual y humano. Nuestra misión no debería sumergirnos en el activismo, el agotamiento, la angustia y la fatiga, o incluso en la búsqueda de sí misma y del bienestar personal en lugar de buscar la gloria de Dios3. Al Maestro Eckhart (1260-1328), místico dominico del siglo trece, le gustaba decir:
“La gente no debería reflexionar tanto lo que deben hacer, sino que deberían más bien pensar en lo que deben ser. Si solo fuesen buenos y conformes a su naturaleza, sus obras, podrían brillar de una viva claridad. Si eres justo, tus obras lo son también. No pienses poner tu salvación en un actuar: es en un ser en lo que hay que situarlo. Porque las obras no nos santifican, sino que debemos santificar las obras. E incluso, si se trata de las obras más piadosas, no nos santifican lo más mínimo porque las cumplamos: sino en la medida en que tengamos el ser y la esencia, santificamos nuestro actuar, ya sea comer, dormir, velar o cualquier otra“4.
Podemos retener tres ideas:
- No tenemos que preocuparnos especialmente de lo que debemos hacer sino de lo que debemos ser;
- No nos salvaremos por lo que hacemos sino por lo que somos;
- La vida apostólica es para nosotros mucho más que los diversos apostolados que dirigimos. ¡“La vida apostólica es un modo de vida”!5
El desafío para nosotros actualmente es el mismo: ¿cómo encontrar un nuevo impulso misionero, como lo propone su próxima Asamblea general? ¿Cómo encontrar un equilibrio fecundo entre nuestra vida apostólica, nuestra vida espiritual y nuestra vida comunitaria? Lo saben bien, no se trata de tres vías paralelas, sino de tres dimensiones o aspectos que están al servicio de nuestro don, de nuestra vocación, de la ofrenda de nosotros mismos al Señor para “gloria de Dios y salvación del mundo”.
La vida Apostólica de una Hija de la Caridad hoy
El servicio de Cristo en los pobres es la actividad esencial de una Hija de la Caridad allí donde se encuentre. Dicho esto, esta vida de servicio no puede estar separada de los otros dos componentes esenciales de su vida de consagradas en seguimiento de Cristo y al estilo de Vicente de Paúl; hacemos referencia a la vida espiritual y a la vida comunitaria. Sus Constituciones dedican el primer capítulo a “la Vocación y Misión de la Compañía” cuyo resumen es: “Entregadas a Dios, en comunidad, para el servicio de Cristo en los pobres, con un espíritu evangélico”6.
Veamos de cerca los diferentes elementos más importantes: el primer componente de su Vocación y Misión es el don de si a Dios. En efecto no hay vida consagrada sin una voluntad y una intención de ofrecerse a sí misma a Dios. El segundo componente, hace referencia a la vida común, a la experiencia eclesial y comunitaria puesto que una Hija de la Caridad no puede serlo sola. La tercera, precisa dos cosas: en primer lugar que el servicio de los pobres no puede estar separado de una mirada de fe; así servir a los pobres es también servir a Jesucristo; después, el servicio corporal y espiritual de los pobres en seguimiento de Cristo constituye su carisma específico (cf. Mt 25,40). El último componente indica la manera evangélica de darse, de vivir y de servir. Es al estilo de Jesús, como él, como están llamadas a vivir su misión con humildad, sencillez y caridad.
Hace algunos años que ustedes llamaron a las puertas de las Hijas de la Caridad; ¿recuerdan el deseo ardiente que las habitaba? No olviden nunca que lo han dejado todo con el profundo deseo de entregarse a Dios con otras, en una Congregación que tiene por finalidad el servicio de Cristo en los pobres; y eso para encontrar la unidad de su ser en la finalidad evangélica que acabamos de evocar. Les invito a recordar ese “primer amor”, para hacer o rehacer alrededor de estos tres componentes la unidad de su vida: “Entregadas a Dios para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Caridad encuentran la unidad de su vida en esa finalidad”7.
Sin embargo, ¿cómo ser fieles en el mundo actual (allí donde están) a la vocación y a su misión? ¿Cómo preservar el espíritu evangélico que está en la base de su vocación? No es siempre fácil, ¿verdad? ¿Cómo no perder la valentía, el dinamismo y la generosidad que exige su vida apostólica en nuestro contexto actual? Tal vez algunas de ustedes están actualmente desanimadas o en crisis, ¡como se dice! ¿Cuántas de ustedes sufren una especie de desgarrón entre la vida apostólica, la vida comunitaria y la vida espiritual? En efecto, las condiciones de trabajo en las sociedades contemporáneas dividen y desgarran. Constatamos entonces, de manera dolorosa que la vida moderna no favorece el equilibrio pedido por sus Constituciones. Se quiere ser generoso con el Señor y con los pobres, pero por las razones citadas anteriormente, el apostolado es con frecuencia fuente de tensiones, de problemas y de desánimos.
En la exhortación Evangelii Gaudium, el Papa Francisco describe con precisión la tentación de «la acedia egoísta»8 experimentada por todo el pueblo de Dios y tal vez por nosotros mismos. A propósito de esto, les invito a leer los números 81 y 82. Me conformo con citar una parte:
“El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes. Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les entusiasma más la «hoja de ruta» que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (n° 82).
Cada una de ustedes puede verse reflejada ahí y preguntarse por qué la vida apostólica es pues fuente de tristeza, de tensión y no de alegría evangélica o de satisfacción. En el marco de nuestra reflexión, podemos volver sobre la primera frase: « El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable.» Si, la falta de una espiritualidad verdaderamente evangélica provoca la pérdida del entusiasmo y de motivaciones apostólicas. Las consecuencias de tal realidad no se dejan esperar:
“… La fe se va desgastando y degenerando en mezquindad»… Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia (por la Compañía, diríamos nosotros) o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio» . Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por todo esto, me permito insistir, concluye el Papa: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (n° 83).
La debilitación de la fe, la falta de una espiritualidad que motiva e impregna la acción, el hecho de trabaja a menudo solo, pueden dar cuenta de las dificultades encontradas en nuestra vida apostólica, ¿qué piensan de esto? Cada una puede y debe hacer su propio análisis.
La vida Apostólica al estilo de Jesús
Al hablar del servicio de los pobres con “espíritu”, queremos indicar que las actividades llamadas apostólicas (nuestros apostolados), requieren ser vividos y considerados al estilo de Cristo, según el Espíritu del resucitado. Lo saben bien, ¡Jesús tuvo una vida apostólica intensa! Nuestra vida apostólica a imitación de Jesús es exigente y sencilla a la vez. ¡Volvamos, pues, al evangelio! En el evangelio de San Juan, algunos versículos pueden ayudarnos a dar de nuevo sentido y gusto a las actividades apostólicas vividas en comunidad y con espíritu evangélico. Efectivamente, en el cuarto evangelio Jesús se presenta como el enviado del Padre, afirma:
“No hago nada por mi cuenta… El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada. Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.” (Jn 8,28b-30).
A la luz de esta afirmación, podría decirse que no hay un momento en la vida de Jesús en el que no se sienta enviado por el Padre y en comunión con él. Es siempre y por todas partes su misionero y su íntimo. Se sabe siempre y por todas partes su Hijo, salido de su seno (cf. Jn 1,18). Después del diálogo con la Samaritana, Jesús confía a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn 4,34). Hacer la voluntad del Padre, cumplir su obra, esto es lo que hace existir a Jesús. En efecto tiene una clara conciencia de ser el Hijo y el misionero del Padre; así su misión y su persona coinciden perfectamente. “Todo acontecimiento, todo encuentro es vivido por Jesús a la luz de su relación con el Padre: la persona que él encuentra, la pecadora, el enfermo, el acontecimiento e incluso el rechazo son considerados en la perspectiva del Padre… Todo esto, Jesús lo vive en un abandono total. Por eso representa a nuestros ojos el hombre perfecto (G.S. 22)”9, el apóstol perfecto.
Los discípulos no comprendieron de inmediato lo que acabamos de decir. No es hasta después de la muerte de Jesús en la cruz y de su resurrección cuando entran en el misterio total del Hijo de Dios. Esta es la experiencia de los discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32). Ha sido necesario que Jesús fuese sacado de entre los muertos para que su espíritu se abra y se den cuenta de que el enviado del Padre ha sabido permanecer fiel hasta la cruz, que el Padre no lo ha abandonado al poder de la muerte10. Sin embargo, una vez resucitado, Jesús vuelve hacia sus discípulos temerosos y les dice: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). La vida apostólica aparece entonces como participación en la misión de Jesús. El que es enviado, a su vez envía. En la Biblia ¡todo envío, toda misión, procede de Dios! El enviado está dotado de la misma autoridad que quien lo envía; por eso, a su vez, Jesús envía a sus discípulos.
La vida apostólica de la que hablamos ahora, es una expresión que proviene de la Biblia misma y debe comprenderse de manera teológica. En efecto, “apostolado” quiere decir misión o autorización; “apostolado” es un derivado de la palabra enviar, “apostolein” y quiere decir enviado, mensajero. Para nosotros, el riesgo que corremos es el de pensar que el apostolado consiste exclusivamente en “el hacer”, en la acción. En el Nuevo Testamento, en cambio, los primeros enviados, los apóstoles, han sido en primer lugar, escogidos, elegidos, llamados o como dirá Pablo, “predestinados”. Es solo después cuando han aprendido a ser discípulos que son enviados.
Es igualmente importante comprender que, en calidad de discípulos de Cristo, heredamos una vocación celestial. Es la carta a los Hebreos la que lo afirma: “Así pues hermanos santos, que compartís una vocación celeste, considerad el apóstol y el gran sacerdote de nuestra confesión de fe, Jesús”. Apóstol y gran sacerdote quiere decir que es “el representante calificado, de Dios junto a los hombres, o de los hombres junto a Dios”11. Si Jesús resucitado envía a sus discípulos como El mismo ha sido enviado, esto significa que toda misión, todo apostolado y toda vocación se entiende y se vive en referencia a la persona de Cristo. De otro modo, el apostolado no da fruto y el mensaje cae en “la acedia apostólica”.
El capítulo 15 de san Juan ha retenido la imagen de la viña y pone en escena lo que acabamos de anunciar: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. ..permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,1-2.4-5).
Tenemos aquí una parábola de la vida apostólica en seguimiento de Cristo. Hay una relación profunda entre los tres personajes o actores del relato: la viña, el viñador y los sarmientos. La “verdadera viña” es Cristo encarnado cuyo término griego designa el pie de la viña compuesto por la cepa y los sarmientos; el viñador es el Padre, una especie de «jardinero» que cuida del viñedo en general, de cada viña en particular y de cada rama; los sarmientos, por último, son los discípulos o los creyentes en general que deben dar fruto.
– Cristo, “la verdadera viña”, está en relación con el Padre y los sarmientos. Es única porque proviene de Dios, que ha sido plantado en nuestra tierra y puesto en relación con los sarmientos. Es a través suyo como la savia corre hasta los sarmientos. La imagen de la verdadera viña expresa el hecho de que Jesús es a la vez inseparable del Padre y de los suyos.
– “Mi Padre es el viñador”: esta afirmación pone a Cristo una vez más en relación con el Padre puesto que dice: “Mi Padre”; calificando a Dios de viñador, Jesús le hace propietario de la viña, afirmando así su dependencia con relación a Dios.
– Al cuidar los sarmientos, el viñador favorece el crecimiento de la viña portadora de frutos. El viñador arranca lo que está muerto (con el fin de hacer revivir) y purificar, es decir que lo vuelve apto para la vida12. El fin de la parábola es el fruto. ¡Es únicamente con miras a su producción por lo que la viña es cultivada y sabemos con seguridad que los frutos no aparecen por magia! Es entonces cuando aparece el verbo “permanecer”. Su aparición es rica en sentido: significa que “el fruto” surge en la medida en que el creyente permanece fiel a la relación que Cristo ha contraído con él por el don de su Palabra. “El discípulo no está invitado a alcanzar un fin, sino a permanecer unido en la duración de una relación ya existente y a vivirla plenamente en el presente de la fe”13.
Constatemos que hay una especie de inmanencia recíproca: “Permaneced en mí y yo en vosotros”… Si el discípulo no permanece en Cristo, no puede dar fruto. Lo mismo ocurre con el sarmiento que separado de la viña se seca y muere. El sarmiento solo, ¡es incapaz de proporcionar fruto! A fin de cuentas, “el creyente que piensa poder dar fruto contando con sus propias fuerzas, está condenado al fracaso”14. La gloria de Dios es que el creyente de fruto, que ame, así podrá experimentar la alegría: “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos mío… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15, 8.11).
Benedicto XVI, reflexionando sobre la primera parte del capítulo 15 de Juan, ha escrito un párrafo magistral que cito a continuación:
“Purificación, fruto, permanencia, mandamiento, amor, unidad: éstas son las grandes palabras clave de este drama del ser en y con el Hijo en la vid, un drama que el Señor con sus palabras nos pone ante nuestra alma. Purificación: la Iglesia y el individuo siempre necesitan purificarse. Los actos de purificación, tan dolorosos como necesarios, aparecen a lo largo de toda la historia, a lo largo de toda la vida de los hombres que se han entregado a Cristo. En estas purificaciones está siempre presente el misterio de la muerte y la resurrección. Hay que cortar la auto exaltación del hombre y de las instituciones; todo lo que se ha vuelto demasiado grande debe volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor mismo. Solamente a través de tales actos de mortificación la fecundidad permanece y se renueva”15.
El estudio de esta conocida parábola de la viña, nos permite entender nuestra vida apostólica en comunidad al estilo de Jesús con sus discípulos. En la vida de fe, en la vida comunitaria y en la vida apostólica, la relación cercana y recíproca entre el enviado y el que lo envía es promesa de fecundidad: “fuera de mí, no podéis hacer nada”. Preguntémonos si las dificultades que experimentamos en nuestra vida apostólica no obedecen al hecho de que ponemos resistencia al viñador que quiere podarnos, purificarnos para que luego demos un nuevo crecimiento. ¡Purificación y fruto van juntos! Preguntémonos igualmente sobre nuestra capacidad de “permanecer unidos al Señor, lo que los Padres de la Iglesia traducían en latín por perseverantia. ¿Hemos sabido estar pacientemente en la comunión con el Señor en medio de las vicisitudes de nuestra misión? ¿Aceptamos permanecer unidos al Señor y a nuestros hermanos? Porque sin el Señor y sin los demás, nuestra vida apostólica va a la ruina. ! El nuevo impulso misionero depende de todo esto.
San Vicente de Paúl y la confianza en Dios
Un día, san Vicente hizo esta pregunta a los misioneros: “¿Quieren saber por qué hemos fracasado en algunas tareas?” Su respuesta es clara y lapidaria: “Porque nos apoyamos en nosotros mismos”16. Jesús da muestras de la total confianza en su Padre: “No hago nada por mi cuenta, sin que hago como el Padre me ha enseñado. El que me envió están conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 28-29). Vicente de Paúl a ejemplo de Cristo ha puesto en práctica la palabra del Señor y la recomendó a sus colaboradores:
“Tengamos confianza en Dios, señores y hermanos míos, de forma total y perfecta y estemos seguros de que, si empezó su obra en nosotros, la llevará a feliz término. Pues ¿quién es el que ha fundado la Compañía? ¿quién nos ha dedicado a las misiones, a los ordenandos, a las conferencias, a los retiros, etcétera? ¿He sido yo? De ningún modo. ¿Ha sido el señor Portail, a quien Dios juntó conmigo desde el principio? Ni mucho menos; nosotros no pensábamos en ello ni teníamos ningún plan en este respecto. ¿Quién ha sido entonces el autor de todo esto? Ha sido Dios, su providencia paternal y su pura bondad. Nosotros no somos más que obreros ruines y pobres ignorantes; entre nosotros, hay pocos que sean nobles, poderosos, sabios o capaces de algo. Por consiguiente, Dios es el que ha hecho todo esto, y por medio de las personas que ha juzgado convenientes, para que toda la gloria sea suya. Pongamos, pues, nuestra confianza en él; pues, si la ponemos en los hombres, o si nos apoyamos en alguna ventaja de la naturaleza o de la fortuna, entonces Dios se apartará de nosotros. Pero dirá alguien, hay que buscar amigos para uno mismo y para la compañía. Hermanos míos, guardémonos mucho de prestar oídos a este pensamiento, pues estaríamos equivocados. Busquemos solamente a Dios y él nos dará amigos y todo lo demás, de forma que no faltará nada. ¿Queréis saber por qué hemos fracasado en algunas tareas? Porque nos apoyábamos en nosotros mismos. Ese predicador, ese superior, ese confesor se fía demasiado de su prudencia, de su ciencia y de sus propias ideas. ¿Qué hace Dios entonces? Se aparta de él y lo abandona; y aunque trabaje, no consigue ningún fruto, para que reconozca su inutilidad y aprenda por propia experiencia que, por muchos talentos que tenga, no puede nada sin Dios”17.
Está claro que en nuestra vida apostólica, necesitamos de Dios y de los demás. Vicente insiste a menudo en la confianza en Dios y en el trabajo en equipo. Nada de lo que él comenzó, fue por su única iniciativa. El Señor Portail y Luisa de Marillac, podrían dar testimonio de ello.
El Papa Francisco traza un camino parecido en su exhortación: “Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu… En toda la vida de la Iglesia, y en particular en el apostolado al estilo de Vicente de Paúl, debemos manifestar siempre que la iniciativa es de Dios, “Él que nos amó primero” (1 Jn 4, 19) y que “es Dios quien hace crecer” (1 Co 3,7). “Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo”18.
¡Que san Vicente y santa Luisa intercedan por nosotros, ellos que sirvieron a los pobres a ejemplo de Nuestro Señor, con otros y con un espíritu evangélico!
- Publiée le 24 janvier 2013, pour la conclusion de l’année de la foi, dans la solennité de Notre Seigneur Jésus-Christ, Roi de l’univers.
- En anglais : « Spirit-Filled Evangelizers » ; en espagnol : « Evangelizadores con Espiritu », en italien : « Evangelizzatori con Spirito ». A chaque fois l’Esprit est en majuscule.
- La Joie de l’Evagile n° 93.
- Instruction spirituelle, Citations de Maître Eckhart ; cf. dicocitations.com
- Nous citons l’ancien maître des Dominicains Timothy Radcliffe, Je vous appelle mes amis, Paris, La Croix/Cerf, 2000, p. 2005s (sur la vie apostolique).
- Constituciones de las Hijas de la Caridad n° 7-13.
- Constituciones de las Hijas de la Caridad n° 16a.
- «La acedia es un mal del alma que se expresa por el aburrimiento, el hastío por la oración, la penitencia, la lectura espiritual, la actividad apostólica. La acedia puede ser una prueba pasajera, pero puede ser también un estado del alma que se convierte en un verdadero letargo espiritual y el replegarse sobre ella misma. Es entonces una enfermedad espiritual» (Cf. Wikipédia). Algunos síntomas: falta de gusto, tristeza espiritual, pereza, pérdida de fe donde la duda prevalece sobre esta ; dejarse llevar, abandono de las prácticas religiosas y del servicio del prójimo… Por último es una clase de melancolía, de desaliento general, es una depresión debida al relajamiento espiritual (Cf. Mt 13,24 la cizaña y el buen grano).
- OFMCap, « La persona consagrada de vida apostólica: una reflexión teológica ». Union internacional de superiores generales ; www.vidimusdominum.org
- La cruz no es el fin, sino el comienzo, cf. Benedicto XVI, Jésus de Nazareth I, Paris, Flammarion, 2007, p. 285.
- Cf. Note de la bible de la TOB.
- Quitar y purificar, airo et katairo, (αἴρω – καθαίρω en grec). Dans le texte grec il y a un jeu de mots impossible à rendre dans nos langues modernes.
- Jean Zumstein, L’Évagile selon Jean (13-21), Genève, Labor et Fides, 2007, p. 100.
- Idem, p. 101.
- Benedicto XVI, Jesús de Nazaret I, Ed. la esfera de los libros, 2007, p. 308.
- Extracto de la conferencia sobre la confianza en Dios SV XI-4 pp.730-731
- SV XI-4 169. SOBRE LA CONFIANZA EN DIOS. pp.730-731
- La Alegría del Evangelio n° 12.






