086. Forma de vivir.
Quería que lo trataran sencillamente tanto por lo que tocaba a la bebida y comida como a la ropa y a las cosas que eran de su uso.
En la iglesia, incluso cuando su condición de General y Fundador lo exigía y parecía que debía llevar una sobrepelliz más hermosa que los demás, sin embargo, nunca quiso tener ni llevar, sino como la que llevaban los demás, y cogía la primera que hallaba a mano en el común.
De los menores ornamentos sacerdotales de las misas privadas, como albas, casullas, amitos, siempre escogía los más pequeños y sencillos, dejando los otros para los externos y para los demás sacerdotes de la Compañía.
087. Sencillez de trato.
Esta virtud de la sencillez y de la humildad le movió a rogar a la Compañía que no se le hicieran tantas y tan grandes reverencias, tratando de que obraran con más sencillez por lo que tocaba a él, cuando se hacían encontradizos.
Al margen: Véase el segundo cuaderno grande, j 12, r2 y de la Humildad, fi, r2.
No permitió que adornaran la silla del coro, donde él se ponía, cuando oficiaba, sino que fuera como la de los demás.
Mientras sus achaques no le obligaron a colocarse en un sitio especial en el comedor, siempre se puso en un lugar habitual, a saber, las más de las veces en el último puesto; actuaba así buena y sencillamente.
Se vestía tan sencillamente como los demás Sacerdotes de la Compañía, sin tolerar nada especial, ni más hermoso. La misma carroza, de la que se servía desde que ya no pudo montar a caballo, no podía llegar a menos de lo que era en su sencillez y pobreza.
088. Sencillez en las cartas.
Durante el tiempo en que me hizo el honor de emplearme junto a él para escribir o expedir sus cartas, algunas veces me ocurrió que puse algunas palabras, que no eran (según su manera de pensar) del todo conformes con la sencillez y franqueza; por ello procedió a corregírmelas y a cambiarlas.
089. Sencillez y ciencia.
Algún tiempo antes de su muerte, cuando se iba a proceder a una ordenación, como se hallara entre los aspirantes a un buen eclesiástico, que debía tener muy poca ciencia, por lo que pude saber entonces, el Señor Vicente y algunos sacerdotes trataron si debían permitir, que fuera admitido a la recepción de las órdenes, precisamente por eso. Pues bien, el Señor Vicente hizo venir a aquel buen hombre, y después de haber conversado con él, le pareció un hombre sencillo y muy humilde, y eso le hizo concluir que aquellas virtudes en aquel hombre debían suplir, para hacerlo admitir con los demás; fuera de eso, prometió al Señor Vicente que seguiría estudiando.
090. Sencillez y confianza.
Esta virtud hacía que dijera a veces cosas bastante importantes, que servían de edificación incluso a los que le atendían; en cuyo caso, usaba de prudencia, porque sabía muy bien, y hasta nos lo enseñaba, que la virtud de la sencillez y la de la prudencia eran como dos hermanas, que no deben andar la una sin la otra. Precisamente, era eso lo que hacía, porque decía buena y sencillamente cosas muy importantes, pero también les añadía una oración y recomendación expresa de no decir nada a nadie, imitando en eso al Hijo de Dios, quien, cuando le ocurría que hacía ver y conocer a sus discípulos o a otras personas alguna cosa maravillosa o extraordinaria, en seguida les recomendaba que no dijeran nada de aquello a nadie, o bien, les decía que procuraran mucho no decirla.1
- En la conferencia del 14 de marzo de 1659, Vicente de Paúl define la prudencia y la sencillez como el arte de juzgar y de obrar «como la Sabiduría eterna ha juzgado y obrado (XII. 179/XI, 469; E.596). Estas dos virtudes estuvieron particularmente implicadas en la enseñanza y en la práctica del Hijo de Dios. (Actitud ante la mujer adúltera, Jn 8,7; el tributo del César, Mt 22,17). La sencillez tiene su fuente en la naturaleza divina, «una esencia simple que no recibe ningún otro ser, una esencia soberana e infinita que no admite ningún añadido con ella, un ser puro que nunca sufre una alteración. Esta sencillez se encuentra en algunas criaturas por comunicación». (XII. 172/XI.463; E.589).
L. Robineau conserva principalmente las consignas concretas que las dos hermanas (?) deben vigilar normalmente: seguir el Pequeño método en las predicaciones, evitar los discursos llenos de frases redondeadas, los equívocos, prácticas diabólicas; hablar cándida y sencillamente, evitar los adornos en la correspondencia, conversar familiarmente con las personas de todas las categorías sociales, rechazar todas las formalidades inútiles… La sencillez es el clima que Dios prefiere (Cf. Pro. 3,32; Mt 11,25; 11,16).
Añade que el Señor Vicente se refería a la actitud del Cristo de San Marcos. Este modo de citar acomodaticio del Evangelio era familiar al Padre Vicente (Cf. Dodin, «Monsieur Vincent et la Bible» en Le Gran Siécle et la Bible, París, 1989, pp. 627-642). Según G. Minette de Tillesse; (Le secret messianique dans l’Evangile de Marc, París, 1968), Cristo, al pedir el secreto, quería impedir que su mesianidad no fuera utilizada con fines nacionalistas y guerreros (Mt 13,13; Jn 6,156). Órdenes dadas a los demonios (Mc 1,25,35;3,12); después de los curados milagrosamente (Mc 1,44;5,43;7,36;8,26) y también a los apóstoles (Mc 3,90;9,9). La consigna de silencio no se levantará hasta después de la muerte de Jesús (Mt 10,27).







