El señor Vicente, evolución de un santo (I)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Shri Juva · Traductor: Máximo Agustín. · Año publicación original: 1939.
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corazón1. INTRODUCCIÓN
1-Bibliografía; Abelly, etc – 2. Publicaciones e Pierre Coste.- 3.La evolución del alma de San Vicente es un problema psicológico.- 4. El tiempo de San Vicente de Paúl.- 5. Política: historia pasada.- 6. La Fronda.- 7. Civilización; miseria durante la Fronda.- 8- Reino y nobleza.- 9. Una gran casa del antiguo régimen.- 10. Duelos.- 11. Magistrados, pequeños burgueses, campesinos.- 12. Impuestos.- 13. Justicia.- 14. Enseñanza.- 15. Las artes.- 16. Las letras.- 17. La moral y los moralistas.- 18. La Iglesia; decadencia a comienzos de siglo.- 19. Sacerdotes ignorantes.- 20. Eclesiásticos viciosos.- 21. Religiosos y conventos relajados.- 22. Simonía.- 23. Suciedad en las iglesias.- 24. Deterioro del prestigio clerical.- 25. Los grandes hombres; el orden triunfante, todavía, en la Iglesia.- 26. Esfuerzos para educar al clero.- 27. Reformas de las Órdenes religiosas; nuevas Órdenes con el papel imborrable en la historia del restablecimiento de la Iglesia del siglo.- 28. Rehabilitación del clero.- 29. La Caridad y el apoyo de los laicos; el papel de la mujer.- 30. La importancia de San Vicente de Paúl.
1. Bibliografía; Abelly, etc. La primera biografía de San Vicente de Paúl fue escrita en 1664, por su amigo Luis Abelly, más tarde obispo de Rodez. A veces se ha atribuido esta obra al Hermano Ducourneau, secretario del santo. El hermano coadjutor no hizo más que recopilar y clasificar los documentos; «el delicado Abelly» fue, en verdad, el autor de la biografía. Sin embargo, siendo muy generoso, Abelly es poco cuidadoso ante la veracidad de los hechos. – La biografía del santo, escrita por Collet, es un poco más exacta que la anterior, y el autor pudo disponer, durante su trabajo, de los documentos recogidos con motivo del proceso de canonización de Vicente de Paúl, la cual tuvo lugar en 1737. – El Padre Maynard publicó un trabajo examinando documentos modernos. El saqueo de San Lázaro en 1789 desangró enormemente las fuentes, hasta entonces abundantes, sobre la vida y obra del santo. – Chantelauze resalta las relaciones del santo con los Gondi, primeros protectores de su obra. M. Feillet describe la parte que tuvo San Vicente en el alivio de la miseria causada por la Fronda. El Sr. Pierre Grandchamp es el autor de dos artículos: «La presunta cautividad de San Vicente de Paúl en Túnez, durante 1605-7».
2. –Las publicaciones de Pierre Coste.- Las biografías modernas son copiosas. La de Pierre Coste, sacerdote de la CM, es, además de diversos estudios publicados por él mismo en distintos medios, la obra más rica sobre la vida de San Vicente de Paúl. Esta obra fue galardonada con un importante premio de la Academia Francesa. Premio a la investigación de un héroe del trabajo, tanto más meritorio cuanto el padre Coste se encontraba delicado de salud.
La fuente más valiosa para conocer a San Vicente de Paúl se encuentra en la publicación que hizo el padre Coste de las cartas, charlas, conferencias y otros documentos referentes al santo. De las treinta mil cartas autógrafas, hoy disponemos solamente, más o menos, mil ochocientas con texto completo. Las charlas dirigidas a las Hijas de la Caridad fueron redactadas regularmente desde 1649 por la mano de la superiora Luisa de Marillac – co-fundadora de las Hijas de la Caridad – o por alguna otra hermana. Son copias fieles de las conferencias, respetando hasta las expresiones y modismos propios del santo. Finalmente en 1657, por la responsabilidad del Hermano Ducournau, secretario y compañero de San Vicente, fueron redactadas las conferencias a los sacerdotes de la Misión. Anterior a esta fecha, solamente disponemos de concisos resúmenes. Esta amplísima publicación del P. Coste está enriquecida con detalladas notas de gran valor científico.
¿Cómo es posible que se haya tardado tanto en publicar los documentos de una vida social tan notable como la de San Vicente de Paúl, proclamado patrón de las asociaciones de caridad desde 1885? Este orador y escritor de alto rango ha inculcado a sus discípulos, a causa de una nefasta modestia, el horror a la publicidad: «… algo muy opuesto a la humildad, escribe, es publicar lo que somos y lo que hacemos. Si hay algún bien en nosotros y en nuestra forma de vida, pertenece a Dios y a Él corresponde darlo a conocer, si lo juzga conveniente. Pero en cuanto a nosotros, que somos pobres gentes, ignorantes y pecadores, debemos ocultarnos como incapaces de algún mérito, e indignos de que se fijen en nosotros. Por eso Dios me ha concedido la gracia de mantenerme firme hasta el presente, para no permitir que se imprima nada que diera a conocer la compañía, a pesar de haber sido muy presionada para hacerlo». Felizmente para la posteridad, Dios les ha liberado, por fin, de esta gracia de mantenerse firmes.

3. La evolución del alma de San Vicente es un problema psicológico. Para comprender mejor los diversos aspectos de la vida de San Vicente de Paúl, comenzaremos por echar un vistazo sobre los factores exteriores de su carácter, tal como se presenta a la posteridad. La investigación moderna resalta la importancia de estos factores: raza, medio socio-ambiental, momento para el desarrollo del sujeto. El carácter del señor Vicente, intuitivo e intelectual, descansa sobre fuertes rasgos de carácter intuitivo y plantea problemas psicológicos –problemas que no harán más que reflejarse en el destino del gran personaje, cuya evolución abordaremos en el presente estudio analítico.
4. La época de San Vicente de Paúl. Es necesario tener en cuenta, en primer lugar, que el siglo XVII – época de San Vicente- es un tiempo de grandes contrastes. La realeza, continuando las luchas de Felipe Augusto, de san Luis, etc., dirigidas hacia el triunfo del centralismo político, derivan siempre en injusticias, crueldades, miserias sin límites, nos dan la exacta imagen de esta época. La pura polarización provocará conversiones con frecuencia repentinas, gran cantidad de vidas santas, un ascetismo heróico, de todo lo cual el nombre más venerado por la posteridad es el de Vicente de Paúl, gran organizador de la caridad.
5. Política; historia pasada. Guerras –he ahí la palabra que caracteriza la época del señor Vicente, cuyas experiencias sociales las vive bajo Enrique III y Enrique IV, María de Médicis, Luis XIII, Richelieu, Ana de Austria, Mazarino y el pequeño Luis el Grande.
Las guerras de religión –1562-98—además de políticas, no perdonaron de ningún modo la región landesa de Vicente de Paúl. –»No habrá campesino, agricultor, ni comerciante junto a mí, ni a diez leguas a la redonda», dice la Sátira Menipea*, «que no se someta y no pague impuesto o tributo, dando así la verdadera imagen de la época. Los cuelgo por las axilas, les caliento los pies con un ardiente brasero, les pongo cadenas y grillos, los encierro en un horno, o en un tonel lleno de agua. En una palabra: dispongo de mil simpáticas maneras para sacar hasta el fondo de sus bolsillos». –Las víctimas de las epidemias mueren a montones.
*Sátira menipea: Se refiere a las sátiras del filósofo cínico Menipo. Nació esclavo y logró amasar una gran fortuna. Cuando sufrió un gran pérdida de sus riquezas, al ser muy avaro, se suicidó. Escribió trece sátiras, llamadas «Menipeas». Nació hacia el 450 a.C. (Nota del traductor).
Enrique de Navarra firmó la paz con los españoles, con los hugonotes y con los católicos; llevó a cabo medidas en favor de la agricultura, de la industria y del comercio; redujo los impuestos, disminuyó la deuda y acumuló capitales en los sótanos de la Bastilla. Permitió que la época en que Vicente de Paúl vivió su juventud ofreciera, por un tiempo, una imagen apacible. Después del asesinato de Enrique, habiendo sido saqueada la regencia de María de Médicis y habiendo dilapidado las riquezas del Estado, los usurpadores se complacían en medio del amotinamiento. Richelieu, llevando las riendas del Estado desde 1624, no sólo se hizo dueño de la situación, sino que protegió la cultura y las obras sociales y, entre ellas, las de san Vicente de Paúl. Los levantamientos de los hugonotes condujeron a la pérdida de la Rochela en 1628 y al sometimiento del partido independentista.
La antigua idea de Enrique IV de liberar a Francia del cerco con que la amenazaba la casa de Austria, la retomó Richelieu: se metió en la guerra de los Treinta años, aliándose con los protestantes. Mazarino continuaría la política de su predecesor. Los tratados de Wesfalia en 1648 sólo respetaban a España. No fue hasta 1659 cuando Francia se aseguró, con la ayuda de los aliados reformados, una paz ventajosa con España.

6. La Fronda. Las guerras interiores de la Fronda –1648-52—proyectaban una sombra más oscura sobre el tiempo de san Vicente. Esta «guerra de risa», guerra civil trágica, tuvo por blanco al cardenal Mazarino, aborrecido por todas las clases de la nación. Se le acusaba de elevar los impuestos, de la venta de cargos públicos, etc. No había otra forma de conducir la guerra en un tiempo en que los impuestos estaban tan mal establecidos. De origen parlamentario, la Fronda comprometió a la burguesía en estas aventuras, estando el poder de la realeza amenazando los antiguos derechos de los parlamentarios. La corte se escapó. Condé comenzó el bloqueo de París. Los parisinos pronto se cansaron, el Parlamento pidió la paz, pro la sed de los dioses no estaba aún saciada.
Diezmada por la guerra y los duelos, la nobleza se tropezó con la hostilidad de los poblados rurales: inclinándose hacia la vida de la corte, el pueblo ya no encontraba acogida para el ideal feudal. La Fronda debía resucitar este ideal. Condé se puso en marcha. Un segundo movimiento estalló: la Fronda de la nobleza. Las princesas sublevaron las provincias. Gondi, después cardenal de Retz, hijo de los primeros protectores de la obra vicenciana, arrastró a París a nuevos disturbios. Mazarino buscó su seguridad fuera de las fronteras del reino. Por orden secreta de la reina, que sospechaba su traición, volvió con un ejército levantado atropelladamente. Es entonces cuando los partidarios de la Fronda no pusieron límite a su descontento y comenzó una serie de marchas y contramarchas tan célebres en el siglo XVII: estas manifestaciones le chuparon al pueblo hasta el tuétano. La duquesa de Montpensier, «la gran Mademoiselle», prima del joven Luis XIV, ordenó disparar los cañones de la Bastilla contra las tropas del rey, abriendo así las puertas de París a Condé –hecho tan famoso como fatal para ella. El populacho se volvió contra la burguesía. Estas mismas revueltas se produjeron en las ciudades de provincias.
La miseria, el desorden que ocasionó la Fronda, llegó al límite; el deseo de paz de un pueblo agonizante era sentimiento general. Aconsejada por Mazarino, la reina concedió amnistía general. Seguramente Mazarino no había olvidado los consejos, tan poco lisonjeros como mal recibidos, que le había dado hacía tiempo, san Vicente de Paúl; era muy parisino como para aceptar pasivamente.
Poco después – en 1652- el rey y la reina-madre hicieron su entrada en la capital. La Fronda había terminado y tres meses después, Mazarino fue recibido y aclamado por la nobleza, por el parlamento y por el pueblo, todos desilusionados de la Fronda, emancipación que no hacía más que preparar el futuro absolutismo en la política y en la civilización.
7. Civilización; miseria durante la Fronda. A continuación, trazando un bosquejo de la civilización que condicionaría el desarrollo del señor Vicente, nos veremos obligados, para orientarnos bien, a ir un poco más lejos: así veremos al santo que, a su vez, gracias a la influencia adquirida, modificará el perfil del siglo.
Nos podríamos preguntar en qué consistía una guerra en aquel tiempo. En lugar de los ejércitos disciplinados de nuestros días, bien alimentados y con sueldo diario, entonces no había más que bandas de soldados, a los que casi no se les pagaba, o no se les daba nada. La gran consigna, la única, era la de aterrorizar al país, o matarlo de hambre. Detrás de sí se dejaba un erial con el fin de que el ejército enemigo no pudiera aprovisionarse. Así se comportaban los franceses, hasta en la misma Francia; cuanto más los mercenarios extranjeros que no pensaban sino en robar y matar. Hasta el piadoso Luis XIII escribía a un gobernador: «…Valiente y generoso Saint-Prieul, viva con picardía, desplume la gallina sin permitirle cacarear; haga como los demás en el gobierno, -todo le está permitido».
Las circunstancias de la Fronda permitieron conocer, quizá, la actividad más entusiasta del señor Vicente. Por este motivo nos detendremos brevemente a considerar el estado en que las revueltas condujeron al pueblo. Para esto nos basta leer algunos relatos que escribieron, entre otros, los misioneros que san Vicente había enviado a socorrer a los desventurados.
Estas reseñas parten el corazón. Para no tomar más que un ejemplo: habiendo llegado un regimiento a las puertas de una ciudad en su municipio, violentó el suburbio con las armas en la mano como si de enemigos se tratase. Después de haber saqueado, abatido, herido y cometido toda clase de abusos y excesos inimaginables, los soldados obligaron a los pobres habitantes aruinados a entregarles los harapos que les cubrían, estando muriéndose de hambre tanto ellos como sus hijos. Los habitantes torturados, las mujeres violadas, los niños abandonados hasta morir, he ahí el cuadro de pruebas. Algunos concejales se quejaban ante sus bienhechoras, las Damas de la Caridad, asociación fundada por san Vicente, de las cantidades injustas por quienes recolectaban los impuestos por medios ilícitos, de «las administraciones de los campesinos que les romperían hasta los huesos, para vender hasta la médula». Las gentes comían tierra –escribían los misioneros al señor Vicente- pastando como animales, rasgaban los harapos con los que estaban cubiertos para tragarlos. Se comían los perros y caballos muertos, etc., los pobres miserables se comían sus brazos y manos y morían en la desesperación. «…casi todas las iglesias han sido profanadas, escribe otro misionero,… los sacerdotes asesinados, torturados o prófugos; todas las casas derrumbadas; la cosecha arrebatada; la tierra sin trabajar y sin cultivar; el hambre y la mortalidad casi total; los cuerpos sin recibir sepultura…; los pobres que aún quedan…se esconden en cuevas o en chozas, y allí se acuestan en el suelo; sus rostros están sombríos y deformados; y, a pesar de todo, su paciencia es admirable…».
8. Reino y nobleza. Volviendo nuestra atención a la sociedad del tiempo vicenciano, nos encontramos, en primer lugar, con que este hijo de campesinos supo ser asequible a todas las clases sociales; hasta llegó a asistir en su lecho de muerte al rey Luis XIII.
La realeza representaba, en esta época, la imagen del orden. Desde hacía cien años, la nobleza de origen familiar era minoritaria ante los ennoblecidos por concesión. Camus, el cardenal, reconocía que había poca cultura y poco ingenio en la alta sociedad: «Jugar, bailar, discutir, cantar, cazar, acicalarse, -a esto le llaman tener categoría». El libertinaje no era extraño entre estos epígonos del Renacimiento. Un ánimo fogoso y desenfranado dominaba, el sacrilegio estimulaba el mal camino. La conducta de las damas de alta alcurnia era hipócrita. Ana de Gonzaga, -hermana de la piadosa reina de Polonia-, el gran Condé, Conti, etc., todos rivalizaban en procacidad: costumbres corrompidas que, sin embargo, terminarían en una sincera conversión.
9. Una gran casa del antiguo régimen. Como el señor Vicente frecuentaba una casa importante, querríamos describir brevemente la vida en estas casas.
Una residencia señorial, en tiempo de Luis XIII, aún guardaba un esplendor feudal: una numerosa servidumbre, toda la clientela de grandes señores, los parientes pobres, por muy alejado que fuera el parentesco, se agrupaban alrededor del jefe de familia como un pequeño ejército. Todos seguían a su patrón, no solamente cuando combatía por el rey, sino, más aún, cuando se rebelaba contra él. Además de estos sirvientes, que eran nobles de segunda categoría, se movían alrededor de los grandes, los verdaderos sirvientes: camareros, escuderos, batidores de a pie y a caballo, cocheros, reposteros, cocineros y cocineras. Residían allí los capellanes, los médicos y los hombres de letras. Las casas solariegas de los grandes en la provincia, y sus hoteles en París, eran suficientemente amplios como para acoger, más o menos bien, a este numeroso personal. Muchos vagabundos y desertores se refugiaban en estos hoteles, como si fueran un asilo. Un rincón en la caballeriza, un mendrugo birlado en la cocina, les era suficiente. Cuando alguien cometía alguna fechoría en el hotel, el señor, o su mayordomo, azotaba a los pajes. Los sirvientes, hasta los más elevados en dignidad, a penas si recibían salario. Sin embargo, a pesar de este lujo de sirvientes, el servicio era pésimo. Los señores de esta época se preocupaban poco de lo que hoy llamamos comodidad. Con tal de que su hotel rebosase de sirvientes inútiles, con tal de que el señor y su señora fueran acompañados por todo un tumulto, cuando se dirigían a la iglesia o a la corte, y su cortejo, hombres, caballos, carros, hicieran un ruido infernal por las estrechas calles de París, estaban contentos y satisfechos.
En el interior de las grandes mansiones, en tiempo de Luis XIII, los pesados muebles del siglo XVI, rivalizaban con la moda venida de Italia. Los cuadros que podemos ver de la época de Enrique IV son la continuación de modas extravagantes del siglo XVI; los de la alta sociedad del tiempo de Luis XIII dan preferencia a las modas sobrias y elegantes. En tiempo de Luis XIII se usaban perfumes en abundancia; esto por necesidad, ya que los castillos olían mal, por muy elegantes que fueran, al carecer de cloacas. Las telas oscuras y los cortes severos de los burgueses contrastaban con el esplendor de la nobleza. En tiempo de Enrique IV se comía en abundancia y se bebía en cantidad; después el arte culinario de Italia no tardó en triunfar en Francia.
10. Duelos.- Los lances de honor, los duelos, eran el verdadero azote del siglo. Aunque Enrique IV publicó decretos prohibiendo los duelos, los jueces no hacían caso. Durante los dieciocho años que reinó, cuatro mil caballeros murieron en duelos. La gente del séquito también participaban en los duelos; a veces se libraban batallas en las que los combatientes participaban sin conocerse; lo hacía sólo por divertirse. Ni el mismo Richelieu, a pesar de castigar muy severamente a los duelistas, hasta con la pena de muerte, consiguió eliminarlos. El señor Vicente se interesó durante su vida por este problema, pero los buenos resultados duraron poco. El señor Vicente y Olier pidieron a Ana de Austria la prohibición solemne de los duelos: esto fue recordado por el rey el día que se proclamó su mayoría de edad. Bajo su reinado no concedió ningún perdón en materia de duelos. No obstante el señor Vicente estaba pendiente de lo que decía Roma. Las gestiones de su enviado no obtuvieron resultados. En 1665 el Papa declaró que un caballero retado a duelo, podía aceptar el reto con el fin de no quedar como un cobarde.
11. Magistrados, pequeños burgueses, campesinos.- Siendo joven escolar, el señor Vicente recibió el aprendizaje sobre la alta sociedad en la casa de un magistrado. En la mayoría de las ciudades había un grupo de familias de fuerte economía, que ejercían las funciones municipales desde muy antiguo. La pequeña burguesía y la clase baja, donde frecuentemente se reclutaba la clientela de las Caridades vicencianas, la formaban artesanos y maestros.
El campesino –objetivo principal de la obra de san Vicente- era considerado como «una clase de animal». En nombre del propio interés de los campesinos, los amos había comenzado ya desde el siglo XII, a poner freno a la dureza de trato hacia los agricultores. Pero las frecuentes guerras jamás les permitieron un largo descanso. Tanto una pobreza exagerada como una avaricia levantisca perdurarán durante mucho tiempo en la campiña –»el temor al futuro», como dice el señor Vicente.
12. Impuestos. Los impuestos, pasando de mano en mano de los recaudadores, costaban a los súbditos más del doble de lo que se entregaba al rey. Por lo tanto los reyes estaban inclinados a elevar los impuestos a su capricho, ampliando sin medida el antiguo impuesto sobre los aldeanos, las contribuciones, los sufragios, el impuesto sobre la sal y todos los demás aranceles; y todo bajo una forma de recaudación quisquillosa.
He ahí el origen de los frutos –muy onerosos para los súbditos- de un feudo conocido hasta las vísperas de la Revolución: Poder de aplicar la justicia en las ciudades de su dependencia; impuesto de peaje sobre las mercancías y artículos de consumo que atravesaban la ciudad; impuesto sobre los vinos vendidos al detalle; impuesto a los mataderos, impuesto sobre las ferias y mercados, sobre el aneaje o vareaje, sobre los pesos y medidas; sobre las prestaciones personales; el uso obligatorio del molino perteneciente al señor feudal; uso obligatorio del horno; en cada cambio de propiedad impuesto en las ventas; diezmos para los clérigos; impuesto sobre los solares; impuesto sobre el crecimiento de ciertos animales domésticos; rentas sobre algunos campos y mansiones; impuestos feudales sobre haciendas, vasallaje de feudo. Se comprende, así, «las inmensas rentas» de los señores, cuya mención se hace contínuamente en el antiguo régimen; el señor Vicente no debía molestarse en suavizar osadamente los impuestos favoreciendo a los pobres.
13. Justicia. En el proceso de averiguación del delito se utilizaba la tortura. Ravaillac, que había apuñalado a Enrique IV cuando el señor Vicente vivía sus primeros días en París, sufrió permanentemente de dolores espantosos. – Algunas denuncias de un regicida pueden servir como testimonio sobre los métodos bárbaros de la época, ninguno de los cuales logró impresionar. En primer lugar, el interrogatorio. Después, la mano derecha fue quemada con azufre hasta separar la carne y calcinar el hueso. En las heridas el verdugo derramaba una mezcla de plomo fundido, de aceite hirviendo, de pez blanca, de cera y azufre. Los cuatro caballos entre los cuales el reo estaba encadenado, halaban lentamente; después, excitados por los latigazos, intentar galopar en las cuatro direcciones hasta el descuartizamiento de los miembros del reo.
Durante la Fronda, para desesperación del pueblo, era imposible aplicar la justicia. Las costumbres de la nobleza, a comienzos del siglo XVII, dejaban mucho que desear. El hijo del gran Condé no conocía ni ley, ni rey; Otros nobles no se quedaban atrás. Todavía en 1681 hubo que amenazar con la muerte a los señores de la costa, que encendían fuegos sobre los acantilados para provocar naufragios.
14. Enseñanza. La enseñanza era derecho de la Iglesia. Las órdenes privilegiadas se preocupaban poco de la educación del pueblo, acaparando los recursos destinados a la conservación de las escuelas. Solamente algunos conventos se ocupaban con entusiasmo de la formación de la juventud, como la que recibió el joven Vicente en Dax 864). La educación femenina popular casi no existía antes de san Vicente. Hasta en las clases superiores, la educación de las niñas era olvidada generalmente, salvo raras excepciones, como en el caso de Mme. Sévigné. La ciudadanía tuvo que contentarse con enviar a sus hijas a los conventos y, mientra existieron, a los hogares jansenistas. Fue san Vicente quien sembraría Francia con escuelas para niñas pobres. El señor Vicente comprometía a sus Caridades –hermandades de gran importancia- a fundar pequeñas escuelas por todas partes, donde dispusieran de una persona suficientemente instruída para enseñar. Santa Luisa de Marillac enseñaba a las jovencitas. En París las Hijas de la Caridad de Vicente, teniendo muchas obras bajo su responsabilidad, se ocupaban de la enseñanza en menor medida que en el campo. La jornada escolar duraba seis horas. Excepcionalmente se recibía a jóvenes varones.
Jóvenes doctores de la Sorbona, en esta época del jansenismo, ingresaban en este grupo. Pero la Sorbona, habiendo condenado, entre otras, la obra de Descartes, terminó por condenar al principal de los jansenistas.
15. Las artes. En cuanto al arte y la literatura de la época, el señor Vicente se interesa sólo ocasionalmente. Callot dejó su buril perpetuar el recuerdo de las Miserias de la Guerra. En arquitectura el Luxemburgo, el Palacio Real, el Palacio-Mazarino, la Sorbona, lleva la huella de la época.
16. Las letras. Corneille representa la voluntad social de Richelieu en el campo de la belleza, como el señor Vicente la representa en el campo de la caridad. Por una obediencia absoluta, el individuo se va diluyendo en el conjunto. La pluma vigorosa de Pascal defendió la causa del jansenismo combatido por el señor Vicente, en tanto que Bossuet se confesaba ferviente discípulo del santo. El hotel Rambuillet comenzó un movimiento influyente de la sociedad en las letras, movimiento que generó la afectación, tan aborrecida por el señor Vicente. Los actores de los teatros parisinos, rivalizando con los de compañías italianas, son aplaudidos por el señor Vicente por la sencillez de su lenguaje. Las memorias y la correspondencia de ese tiempo se convertían en excelente literatura.
17. La moral y los moralistas. Durante la primera mitad del siglo XVII, a pesar de algunas locuras, la falta de religión sólo era superficial. La vida escandalosa y la rendida conversión de Pablo de Gondi, cardenal de Retz, nos da la exacta imagen de este tiempo. El papel que desempeña, en secreto, el señor Vicente en la conversión de su antiguo discípulo es, de nuevo, sintomática por las circunstancias seculares de nuestro santo. Nos encontramos en el momento en que el esfuerzo secular se concentra en trasformar el ánimo egocéntrico en talante social, sin perder propagación, para ordenar el individualismo del hombre del renacimiento, aún sobreviviente en la primera mitad del siglo XVII, bajo el clasicismo.
La forma de vivir agrupa a una serie de escritores moralistas. Son realistas como el Renacimiento y se apartan de la ortodoxia; sin embargo predican el ajuste social. Se trataba de un trabajo de pacificación social, paralelo al esfuerzo político de Enrique IV. La belleza es un ideal que san Francisco de Sales acaba de presentar a su tiempo. Platón, elevándose en el reinado de la belleza, ha dejado legados que han sido acogidos por el cristianismo y sus moralistas. Ya desde ahora Castglione ve en Dios el prototipo de la perfecta belleza. Siguiendo el ejemplo clásico, propone la mediocridad como un ideal. Du Refuge retoma sus ideas, presentando la urbanidad como preferencia del hombre cortesano. La afabilidad tiene un rol social. Estos principios tienen el apoyo de san Francisco de Sales, quien denuncia la vulgaridad como una falta contra la caridad. Faret muestra (1630) al hombre honesto viviendo en el mundo. Se cultiva el ingenio y las virtudes caballerescas son para cticadas en el trato con los desposeídos; la cólera, la impaciencia, el engreimiento, son reprobados. Para Charron, la prudencia es el arte mismo de la vida, y Bardin ve en ella un signo de honestidad. Si su contemporáneo Descartes proclama la universalidad de la sensatez, Bardin se inclina por la universalidad de la honestidad. Du Bosc resalta (1639-40) la doctrina salesiana, según la cual, religiosidad y urbanidad no son contrarias entre sí. La tristeza tiene más poder para corrompernos que la alegría. Ya Platón, habiendo comprendido que las pasiones son los caballos enganchados a la carroza del alma, Du Bosc nos recuerda, que las pasiones pueden ser dominadas, pero no eliminadas. Gassendi, creyente, advierte como sabio, la forma cristiana de contemplar el mundo. La Rochefoucauld, hijo espiritual de Montaigne recuerda en sus Máximas, hacia 1640-50, que las virtudes no son, a menudo, más que vicios disfrazados.
Es interesante observar que esta moral profana en este tiempo, predicada por autores piadosos, es bien aceptada por hombres de la Iglesia, aunque esté desligada de la fuente sagrada del evangelio. San Vicente llama a la afabilidad «alma de una buena conversación» y es la madre del decoro: he ahí el arma principal que maneja tan bien como san Francisco de Sales. La delicadeza no podrá alcanzar grado más alto, que en san Vicente. En una ocasión se expresa con humor: «¡Oh, hermano, ¿lo diré? Miserable de mí, pecador; yo soy la causa de esta confusión! Oh, hermano, los dos estamos muy confundidos». –»La paciencia es la virtud de los perfectos»; es necesario unir el celo a la prudencia. La prudencia, virtud de Santa Luisa de Marillac, es una de las más hermosas y la cualidad más idónea que san Vicente haya inculcado a sus hijos. Veamos un célebre pensamiento de san Vicente de Paúl, que tiene el sabor de la doctrina de la «mediocridad»: «es un ardid del diablo con el que engaña a las almas buenas: incitarlas a hacer más de lo que pueden, con el fin de que no puedan hacer nada». Esta mediocridad, ensalzada por los profanos, se convierte en «la uniformidad», que san Vicente no se cansa de aconsejar: el Salvador nos ha dado un formidable ejemplo de ella. Para predicar la uniformidad, él, personalmente, lucha contra sí mismo con gran coraje.
18. La Iglesia; decadencia a comienzos de siglo.- Para comprender bien la vida de san Vicente, nos interesa especialmente conocer el estado de la Iglesia en su tiempo. A comienzos de siglo la iglesia francesa se encontraba en plena decadencia; importe por consiguiente, de su emancipación respecto de Roma. La primera mitad del siglo XVII, debía dar lugar a la glorificación de la Iglesia francesa, así como la segunda mitad a la literatura.
19. Sacerdotes ignorantes. Los campesinos, abandonados en manos de sacerdotes ignorantes y viciosos, a menudo ni siquiera sabían qué era la religión cristiana. Por escasez de sacerdotes, el pueblo ignoraba que era necesario confesar todos sus pecados. Algunos no conocían los mandamientos de la ley de Dios, puesto que «no habían estado jamás en la escuela». El señor Vicente se afligía: «¡Oh ignorancia crasa!… Un cristiano que no sabe en qué cree.
Hasta en la capital se encontraban eclesiásticos, que mendigaban en las iglesias estipendios de misas, o recurrían a la caridad de los transeúntes. Muchos obispos conferían las órdenes sagradas a clérigos que no habían cumplido la edad canónica. El señor Vicente fue uno de éstos. Había sacerdotes que no conocían la fórmula de la absolución. Cierto obispo disponía en su diócesis de un solo sacerdote capaz de desempeñar un cargo eclesiástico. Había sacerdotes que, a pesar de no tener licencia para confesar, sin embargo lo hacían. Siete u ocho sacerdotes podían celebrar la misa cada uno en un rito diferente. «No había nada más indecoroso en el mundo», -«una diversidad que hacía llorar», se lamentaba san Vicente. Por falta de seminarios, durante mucho tiempo no hubo dónde enseñar las rúbricas o cómo administrar los sacramentos.
20. Eclesiásticos viciosos. El vicio de la bebida entre los eclesiásticos era fuente de desórdenes, asegura el señor Vicente. Los obispos se reunían tratando de buscar remedio a este mal. En alguna rectoría todos los sacerdotes eran considerados indignos, mantenían a mujeres sospechosas, frecuentaban los cabarets y se entregaban al libertinaje hasta en el campanario de la iglesia. Cierto obispo, amigo de san Vicente de Paúl, se desesperaba ante un clero, que no se corregía ni con palabras, ni con ejemplos; en su diócesis contaba con miles de sacerdotes borrachos, que no tenían vocación en absoluto. En una carta de 1642 es un canónigo quien se lamenta sobre el estado de su diócesis: el clero es indisciplinado, el pueblo sin temor a Dios, los sacerdotes sin piedad ni caridad, los púlpitos sin predicadores, la autoridad de la Iglesia aborrecida o despreciada. Un obispo jansenista, que había sido un presbítero escandaloso, se convirtió y se vio obligado a suspender a sesenta sacerdotes en su diócesis. El episcopado era un semillero de vicios. Una antigua favorita de Enrique IV tiene varios hijos con un arzobispo y tendrá como sucesor a otro arzobispo. El arzobispo de París, amigo de Luis XIV. Les superaba a todos.
21. Religiosos y conventos relajados. Muchos religiosos y religiosas habían entrado en el convento pero no por propia voluntad. Las familias de la nobleza se deshacían de los segundones y de las hijas a como diera lugar, por el deseo de dejar toda su herencia al primogénito. Las pasiones de una sangre impetuosa, herencia de padres turbulentos, tuvieron ocasión de llamar a las puertas inconmovibles del claustro: incluso los fugitivos eran reducidos en sus santas casas por la antigua gendarmería. Otros destinos trágicos tuvieron un final sublime. Se cuenta de Santa Teresa, escribe San Vicente en una carta, que cuando se hizo religiosa, sentía tan grande aborrecimiento en llevar a cabo tal destino, que sufría convulsiones en todo el cuerpo. «Yo mismo he visto, continúa el santo, a varias jóvenes con los mismos síntomas y convulsiones a punto de consagrarse a Dios, las cuales se distinguieron después muy particularmente en la vida religiosa y en la virtud».
En muchos conventos la disciplina estaba relajada. Religiosos libertinos se inventaban normas visionarias para vivir en el desenfreno. Un monasterio de religiosas en París debió ser apartado de la jurisdicción de los Franciscanos a causa de «los grandes hechos abominables», como cuenta san Vicente. El señor Vicente, habiendo recibido la orden de investigar cierta residencia, la abadesa, de alta cuna, fue hecha prisionera.
Otro monasterio parisino, al que san Vicente tuvo que investigar, daba motivos de escándalo: el locutorio se había convertido en encuentros indebidos, día y noche; las novicias se mostraban ataviadas de oro y seda; las mismas relaciones se producían en la clausura del convento y hasta en los confesionarios. Los mismos religiosos franciscanos, quienes eran los responsables jurídicos de la casa, estaban entre los culpable, y el Padre provincial los protegía. Algunas religiosas, refugiadas durante la Fronda, aumentaban el escándalo. En algunas instituciones, bajo el velo de religiosidad, se retenían encerradas a toda clase de personas lejos de la sentencia de los jueces. Un religioso que había cometido un asesinato, compraba tranquilamente su impunidad. Algunos agustinos mostraban, aún en 1658, un estado que recordaba las circunstancias de comienzos de siglo: el Parlamento debió intervenir con dureza y algunos religiosos fueron ejecutados.
22. Simonía. La simonía estaba floreciente. El deseo desordenado de bienes materiales, era, a menudo, según el señor Vicente, mucho más vehemente entre los eclesiásticos que entre los laicos. Los prelados residían lejos de sus diócesis. Un titular podía acumular, por ejemplo, él solo, hasta quince abadías. Se concedían títulos de obispo o de abad a personas que eran clérigos sólo de nombre y, a menudo, ancianos, mientras que el clero inferior estaba obligado a ejercer, para poder subsistir, todos los oficios, hasta el de tabernero. Nada más normal que favorecer a los hijos con cargos eclesiásticos. Por ejemplo: cierto prelado de Metz, obispo desde que nació, era un libertino manifiesto, pero ni por asomo sacerdote. El cardenal Mazarino no había recibido las órdenes sagradas, según las normas establecidas. A los siete años, la futura Madre Angélica Arnauld, una santa, es cierto, ya era la coadjutora de la abadesa de Port-Royal des Champs. Vicente de Paúl, como miembro del Consejo de asuntos eclesiásticos, conoció bien este tráfico de títulos en la Iglesia, títulos concedidos hasta a los niños. Para alcanzar un beneficio, al que otros aspirantes «ya le habían puesto el ojo», se recurría a todo tipo de intrigas.
23. Suciedad en las iglesias. El desase de las iglesia y de los sacerdotes responsables era sorprendente. Vicente escribe, en 1652, a un misionero de Polonia: «He enrojecido de vergüenza, viendo lo que le han contado sobre la suciedad y el desorden de las iglesias en Francia y de los desacatos que allí se cometen… Efectivamente, es un gran mal sobre el que no se ha reflexionado suficiente, a lo que ya se han acostumbrado». Notre-Dame de París se encontraba también en tal estado, que Vicente buscaba las medidas para impedir que siguieran cometiendo ciertas indecencias y profanaciones. En una parroquia de París el deán tuvo que demandar que se prohibiera a los canónigos subir al coro con sus perros.
24. Deterioro del prestigio clerical. De esta forma la autoridad de la Iglesia y el prestigio del clero, hasta el de los prelados, estaban por el suelo. Llamarle a uno «cura» era lo mismo que llamarle «ignorante y repugnante». Se dictaban en la iglesia embargos contra eclesiásticos. En 1643 el señor de un pueblo cercano a París, en presencia de los fieles y a la puerta de la parroquia, golpeó al sacerdote –persona íntegra y muy capaz- propinándole bastonazos y patadas. El asunto llegó hasta la reina y no fue hasta dos o tres años más tarde, cuando el culpable fue castigado. Los mismos eclesiásticos no estaban muy orgullosos de sus cargos, ni de su hábito clerical; se avergonzaban de la tonsura y preferían la vestimenta de los laicos.
25. Los grandes hombres; el orden triunfante, todavía, en la Iglesia. En la Iglesia, como en la política y la cultura, el principio del orden no tardó en triunfar. Bérulle y su doctrina del teocentrismo –he ahí la piedra angular del nuevo movimiento. Francisco de Sales va preparando el camino, sistematizando la devoción. Es útil para toda clase de vocaciones y profesiones. La religión debe ser practicada de forma diferente por el caballero, por el obrero, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la joven, por la persona casada, dice el santo. Aparece Vicente de Paúl, hombre activo del Renacimiento, para organizar magníficamente la caridad cristiana. Bossuet, el buen fruto de la época, de un estilo clásico sin exageración, empero, como temperamento, hombre modelo, hombre ideal de la gran época clásica. Perteneciendo ya definitivamente a la segunda mitad del siglo, no hay más que proclamar desde el púlpito la victoria del orden. Fénelon, en las antípodas de Bossuet, hijo de la época posterior a la de san Vicente, con una suerte más favorable, hubiera estado predestinado a formar la corona del orden triunfal.
26. Esfuerzos para educar al clero. Muy lentamente deberá desaparecer la degradación de la Iglesia y se conquista el impulso místico. Bourdoise enseñaba, desde 1627, las normas litúrgicas a centenares de sacerdotes en su seminario de San Nicolás-du-Chardonnet. Siendo pobre estudiante, les quitaba a los perros un trozo de pan, como cuenta san Vicente, se tomaba todas las molestias del mundo, para obligar a los eclesiásticos a respetar las humildes y santas funciones del culto: atacaba con su epigramas a los sacerdotes vestidos como laicos o militares y reunía a sus colegas más eminentes y les hacía llevar los cirios o portar el incensario.
27. Reformas de las Órdenes religiosas; nuevas Órdenes con el papel imborrable en la historia del restablecimiento de la Iglesia del siglo. Las antiguas órdenes religiosas, de costumbres relajadas, volvían poco a poco a su austeridad primitiva. El Oratorio fue introducido en Francia en 1611 por la preocupación de Bérulle: fue el lugar para preparar los profesores del seminario. Las Carmelitas fueron transplantadas a Francia. Port-Royal fue reformado. La Orden de la Visitación –salesas- fueron fundadas para socorrer a los débiles que excluían las demás Órdenes religiosas. Siguieron diversas fundaciones de Caridad, los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad de Vicente de Paúl, fundaciones acompañadas de hospitales y escuelas. Varias instituciones de san Vicente de Paúl fueron célebres: los ejercicios espirituales para los nuevos ordenandos, retiros en general, así como las Conferencias de los Martes. «El estado eclesiástico secular», escribe Vicente en 1640, «recibe muchas bendiciones de Dios en el momento presente. Se dice que nuestra pequeña compañía ha colaborado grandemente con los ordenandos y los eclesiásticos de París», (los Martes). Efectivamente, muchas personas de buena educación se hacían sacerdotes por devoción. El señor Vicente formaba parte del Consejo de Conciencia, fundado por la reina Ana de Austria, para poner remedio a los abusos de la Iglesia, mencionados más arriba. La elección de obispos dignos fue la principal preocupación del Consejo. El señor Vicente tuvo buena ocasión, a menudo en situaciones dramáticas, de demostrar su incorruptible conducta.
28. Rehabilitación del clero. El gran siglo vio al clero rehabilitado. El rezo del oficio divino ya no era menospreciado; daba testimonio de ello el celo de los miembros de las Conferencias de los Martes y el de los laicos, que asistían todos los días a la misa. Los canónigos de Notre Dame se levantaban a media noche para no faltar nunca al rezo de maitines. Vicente llama a los miembros de las Conferencias «santos sacerdotes», y Fléchier habla del «esplendor y la gloria» del clero que se había formado bajo la mirada de san Vicente. Un buen número de obispos reformaron sus diócesis.
29. La Caridad y el apoyo de los laicos; el papel de la mujer. La nueva vida espiritual enfervorizó a multitud de laicos. La mujer –pensemos ahora, por ejemplo, en la duquesa de Aiguillon, auxiliar ferviente e influyente de san Vicente- se puso esclarecidamente al lado del hombre en la obra de santificación. El movimiento religioso debía desembocar en todas partes en obras prácticas de caridad. Entre todos los nombres ilustres de la Iglesia – Bérulle y Mme Acarie, Francisco de Sales y la Madre Chantal, el Padre de Condren, Bourdoise, Olier, los Padres Eudistas, Saint-Cyran y el grupo jansenista de los Arnauld, Pascal, su amigo, etc. – son los de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac los que debían conquistar la admiración más fiel de la posteridad.
30. La importancia de San Vicente de Paúl. Ni el perfil de misticismo de introversión de Bérulle, ni el misticismo de elevación de Francisco de Sales darán frutos todo el tiempo, como los daría siempre el misticismo de sublimación social de Vicente de Paúl. Todo lo que hubo de verdad y de saludable en la regeneración del catolicismo francés del «siglo de los santos», como ha sido resaltado, venía de san Vicente de Paúl. Sublimando las luchas de sus propios instintos, unía bajo el estandarte de la caridad a todos los mejores de su época, quienes, por un acto de polarización, se despertaban de los hábitos pecaminosos y de las miserias de su tiempo, para llevar una vida santa.
Efectivamente, el orden, siendo la palabra del siglo, lo que Enrique IV fue para la política, lo que Luis XIV sería para la cultura, san Vicente de Paúl, rey de la caridad, debería ser para el desarrollo de la asistencia social, cimentado en el evangelio.

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