El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (10)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Régis Ladous · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1985 · Source: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Capítulo VII: La desaprobación

La condena de las ordenaciones anglicanas

Portal transmitió los términos del compromiso a Lord Halifax el 16 de setiembre. Dos días después, por la tarde, se enteró de que León XIII acababa de proclamar la invalidez de las ordenaciones anglicanas. El secreto había estado bien guardado. Portal sabía que los trabajos de la primera comisión de estudio habían sido trasmitidos a una segunda comisión, formada ex profeso y compuesta de cardenales. Pero las eminencias que había visitado se habían dedicado a tranquilizarle. Luego se había marchado de Roma y ya no había oído hablar de nada. Y mientras se debatía con su superior, con el arzobispo de París, con Vaughan, con el Vaticano, con la nunciatura, con todo el mundo el proceso solemne y complicado seguía su curso. A principios de julio, los cardenales remitieron su informe al Santo Oficio, que habría podido tratar el asunto por la vía ordinaria: se habría reunido un miércoles (Feria IV), sin el papa, para dar a la mayoría una «sentencia jurídica» que la Santa Sede habría podido aprobar o desaprobar, publicar o guardar en secreto. Pero León XIII decidió otra cosa y prefirió la vía extraordinaria, la misma que se había utilizado para decidir en el caso Gordon. El 16 de julio, un jueves (Feria V), reunió a toda su gente y les planteó dos preguntas: ¿Ha decidido el Santo Oficio ya sobre las ordenaciones anglicanas? ¿El estudio de 1896 ha demostrado que la práctica de la Iglesia debía ser revisada? La presencia del papa requería la unanimidad; los oponentes debían confabularse o callarse. Todos los cardenales del Santo Oficio, menos uno, asistieron a la deliberación. El cardenal Mertel, imposibilitado de andar, se hizo transportar; con lo que hizo más sorprendente la ausencia de Rampolla que, aquel día, prefirió callarse.

La sesión duró dos horas y media, una eternidad para Merry del Val; acomodado en la capilla privada del Soberano Pontífice, oró para que el Espíritu Santo iluminara a los príncipes de la Iglesia. Emitida la sentencia, el joven camarero redactó la carta apostólica De ordinationibus anglicanis, más conocida por las primeras palabras: «Apostolicae curae», que debía significar al mundo la vanidad de las pretensiones anglicanas. Ayudado por dom Gasquet, acabó pronto y, a finales del mes de agosto, se dirigió a Inglaterra para preparar la fulminación.

Apostolicae curae supone una victoria de los intransigentes conservadores, en la medida en que el papa confirma y renueva las sentencias de sus predecesores. Sin embargo, Merry del Val sabía bien que el recurso al precedente habría podido presentar un cariz molesto de escapatoria, si no hubiera estado motivado. Por eso se limita el papa a repetir, sí, pero él explica porqué. Apostolicae curae ha sido analizada tantas veces que aquí nos ceñiremos al comentario inédito que de ella hizo el abate Loisy para la Revue anglo-romaine:

Las ordenaciones anglicanas son nulas, dice el Soberano Pontífice, por defecto de forma y por defecto de intención: por defecto de forma, porque se han suprimido voluntariamente de las oraciones consagrantes todas aquellas cosas que, en el rito católico, expresan claramente la dignidad y las funciones del sacerdocio; por defecto de intención, porque aquellos que han cambiado deliberadamente las fórmulas eclesiásticas con el propósito de separar de ellas lo que, por la institución misma del Salvador, expresa la noción esencial del sacerdocio cristiano, no tuvieron realmente la intención de hacer lo que hace la Iglesia, sino que tuvieron, por el contrario, la intención bien definida de no hacer lo que ella hace.

«Voluntariamente», «deliberadamente»: el defecto de forma no es grave ni invalida sino porque traiciona en los autores del ritual anglicano una «voluntad positiva de excluir», el rechazo consciente del sacerdocio tal como lo instituyó Cristo.

Todo se basa pues en un momento histórico: la intención de los reformadores ingleses del siglo XVI. Lo que el abate Hemmer, que participó en las conversaciones de Malinas, destacó con toda claridad para sugerir que el juicio no carecía de recurso:

Omisiones que, en otras circunstancias, hubieran sido veniales, aparecían, a la luz de la historia, como expresivas de los conceptos heterodoxos sobre la naturaleza del sacramento mismo.

Las luces de la historia son raramente definitivas, y más tarde, de vuelta a París, Portal se apoyó en este argumento para convencer a sus amigos que la sentencia «no era totalmente irreformable».

Donde León XIII intenta colocar a Portal en la reserva del unionismo

Este género de consideraciones no era evidentemente oportuno en setiembre de 1896. Antes incluso de conocer el texto de Apostolicae curae, a juzgar por los despachos de agencias que anunciaban la condena, Halifax y Portal comprendieron que de su empresa no quedaba más que la amistad y la esperanza. «Que Nuestro Señor tenga piedad de nosotros. Que nos conceda al menos el consuelo de ver con nuestros ojos que no hemos causado más mal que bien». Y, un mes más tarde: «Me duele profundamente todo lo nuestro». Visto lo cual, nos gustaría poder escribir que Portal, después de torpedear una revista sin objeto ya, se retiró con dignidad al silencio y a las tareas que llevaba consigo su nuevo estado. En efecto, todo se acabó en la confusión, después de dos meses de acrobacias difíciles. Poco tiempo después de la publicación de Apostolicae curae, instrucciones oficiosas luego oficiales persuadieron al lazarista a utilizar el compromiso que había arrancado a sus superiores a principios de setiembre. El 30 , en Châlons, recibió dos cartas, una de Tavernier que acababa de verse con el cardenal Ferrata, nuncio en París, la otra del cardenal Rampolla; las dos iban en la misma dirección: «Os quieren seguir utilizando». El 1 de octubre, una carta de Ferrata dio a estas instrucciones un giro oficial. Un tanto confuso, Portal envió a Tavernier a buscar una confirmación; Tavernier fue categórico: «Están muybien dispuestos en vuestro favor». Lo cual no le fue suficiente todavía al lazarista, que fue en persona a interrogar al nuncio; tuvo que rendirse ante la evidencia: no querían que volviese inmediatamente a París, en cambio querían que continuase con la Revue; estaba «destinada a prestar grandes servicios en una época más o menos lejana». En Roma, Rampolla conversó con el Señor Fiat sobre los «grandes servicios» que Portal podía prestar «a la causa de la reunión de la Iglesia anglicana».

El sueño del papa

Así León XIII continuaba viviendo en su sueño. Seguía esperando el gran regreso, y en primer lugar la conversión de los anglicanos, conmovidos por su sentencias, desengañados por sus encíclicas. Recobrados de la ilusión de que formaban una rama de la Iglesia católica, despertados del sueño que podrían tratar de igual a igual con la sede apostólica, el centro de la unidad. En esta espera, Vaughan y Portal tenían papeles complementarios que desempeñar. Con sus mazazos, sus estallidos, sus sarcasmos pesados, Vaughan sacaría del anglicanismo a los atormentados, a los que ya no tenían nada que ver con el cisma aparte de ciertos lazos distendidos. Portal tendría la tarea delicada de vérselas con los tercos, los endurecidos; debería hacer uso de la confianza que había sabido inspirar, de las simpatías que se había ganado en los ambientes High Church para modificar insensiblemente las mentes y llevarlas poco a poco a aceptar la idea de una sumisión.

El gran miedo de los mal pensados

Portal se habría podido zafar sin inconvenientes; prefirió emprender un camino muy estrecho al margen del sueño pontificio para continuar publicando una revista romana, sí, pero también anglicana. En Châlons, organizó el empleo del tiempo de suerte que pudiera pasar dos o tres día a la semana en París. El otoña transcurrió en compadreos aburridos y en compromisos que no condujeron a ninguna parte. Para no ofender demasiado a los anglicanos, la Revista no trajo más que un solo artículo de adhesión a la carta Apostolicae curae, artículo anónimo y muy tibio; después abandonó el tema por completo. Este género de habilidad sólo sirvió para irritar a León XIII y acelerar la disgregación del campo unionista. Los laicos siguieron fieles, pero los clérigos desertaron del barco en perdición, y primeramente los más conocidos y los más comprometidos, Duchesne y Loisy; fue el gran miedo de los malpensados.

Al leer Apostolicae curae, en Saint-Servan, en su Bretaña natal, Duchesne había sentido el viento de la bala con tanta mayor inquietud cuanto que él, al contrario de Portal, había sostenido públicamente la validez. El 23 de setiembre, envió a von Hügel un acto de contrición, en el que confesaba su culpa en el pecho de los demás. No sólo se alistaba a los razonamientos de la carta apostólica, sino que daba lecciones a los innovadores imprudentes y se alineaba en los principios más extremos de la infalibilidad pontificia, llegando a escribir:

En estas cosas religiosas, el papa, aun fuera de toda consideración sobrenatural, tiene luces que no tienen los simples mortales.

Hügel, que tenía también el atrevimiento de hacerse perdonar, trasmitió el mensaje a Vaughan.

Loisy no tardó tampoco en emprender el camino de la prudencia y del arrepentimiento útil. Acababa de fundar la Revue d’histoire et de littérature religieuse que había conmocionado nada más salir a los guardianes de la integridad católica. Condenado ya en 1893, sin cargo oficial ni protector influyente, estaba más expuesto que Duchesne, que dirigía desde 1895, y por la gracia de la República, la Escuela francesa de Roma. Duchesne no había dejado además de darle a entender, con una ironía que Loisy no llegó a sacarle todo el gusto que se merecía: «Vos sois relapso. Os podrían llamar a Roma, juzgaros misteriosamente y ofreceros en algún lugar una hospitalidad obligatoria». Loisy tomó tanto menos a la ligera las bromas de su querido amigo cuanto el 27 de setiembre un jesuita que le deseaba todo bien vino con todo misterio a avisarle que el Vaticano instruía su proceso. Para detener el golpe y, según la expresión de Portal, «salvar la reputación», se imaginó presentarse como campeón de la autoridad romana y quiso iniciar una polémica contra los cismáticos. Redactó a toda prisa una «Carta a un doctor anglicano» sobre la carta Apostolicae curae en la que explicaba la base seria dela sentencia, la oportunidad de su publicación, la necesidad de someterse a ella. Era exactamente la clase de artículo que la Revue anglo-romaine habría debido publicar para responder a las exigencias de la Santa Sede y asegurarse su benevolencia. La «Carta a un doctor anglicano» fue compuesta por la imprenta Levé, pero no pasó de la fase de las pruebas. Portal rehusó publicarla, teniéndola por «inoportuna» e «inconveniente». Fue la discordia, y Loisy fue a unirse al coro de los bienintencionados que difundían rumores inquietantes sobre la ortodoxia del lazarista. Peor aún: fue a quejarse a Vaughan, por medio de von Hügel.

El despertar del soñador

El partido unionista estaba pues en plena disgregación cuando Tavernier lo vaticinó, el 18 de setiembre. «estad presto a morir como hombre que es capaz de resucitar». León XIII acababa de comunicar al cardenal Richard el «grandísimo dolor» que le había producido la Revue anglo-romaine y pedía a sus redactores que «reconocieran su deber», es decir que interrumpieran la publicación. pero es to no es lo más engorroso. El breve pontificio acusaba la actitud de Lord Halifax y de sus amigos; al papa le producía asombro su negativa a aceptar la sentencia de Apostolicae curae, cuando «daban a entender que buscaban en nosotros la verdad en el asunto de sus ordenaciones con un espíritu sincero». Al recibir este mensaje y después de una primera explicación de Tavernier que volvía del arzobispado, a Portal le entró miedo de que le obligaran a afirma e insertar en la Revue una declaración que le habría convertido en mentiroso y traidor, una declaración en la que habría tenido que volver a la tesis romana y defenderla con su testimonio: son los anglicanos quienes pidieron el estudio sobre sus ordenaciones, para calmar sus dudas; habían resuelto aceptar la sentencia; su negativa a someterse es pues un perjurio, una falta de honradez, un abuso de confianza.

Cuando Portal compareció ante el cardenal Richard, la amenaza parecía concretarse.

Cuando vi la actitud del arzobispo de París y oí sus apreciaciones, por primera vez, tuve miedo. ¿Y si les entraban ganas de hacerme firmar una pieza análoga? La censura de la Revista, hasta una censura contra mí, no era nada en comparación con esta espantosa aprensión, porque esto significaba para mí un futuro sin salida. Comprendéis bien, querido amigo, que en conciencia yo no puedo firmar que pedisteis una solución sobre las órdenes con la idea que admitiríais la solución fuera cual fuese. Y entonces, negarse a firmar es la expulsión de la comunidad, es el entredicho, etc. Se me pone la carne de gallina.

Al término de una negociación cerrada y dramática, el cardenal Richard se contentó con la supresión inmediata de la Revista y con la inserción, en el último número, de una profesión de fe y de obediencia.

El 13 de febrero de 1895, Portal escribía a Lord Halifax: «En ciertos momentos, cada uno sólo depende de su conciencia». En noviembre de 1896, durante ocho días, prefirió arriesgarse a la exclusión y al entredicho antes que traicionar a sus amigos. Decididamente, a este diplomático fértil en rodeos, este experto en meandros y en doble lenguaje, este secretario de obispado hombre de mundo y acróbata le faltaba aquella flexibilidad útil que le hubiera permitido conservar su feudo, ser «el que se ocupa de los anglicanos», mantener la Revista, hacer de ella una institución provechosa, el centro de una obra de oración de prestigio, de una archicofradía tal vez, cuyas pías empresas habrían asegurado a su director, con el respeto debido a sus organizadores eficaces, una integración cómoda en el apostolado planificado y el discurso devoto.

La soledad del Señor Portal

Se había hecho leoniano y había entrado con facilidad en un discurso intransigente que valoraba más que cualquier cosa la idea de la unión. Pero si la intransigencia le sirvió de trampolín, no le podía llevar muy lejos: al definir el catolicismo como un mensaje global, subía una muesca la barra que deberían saltar los disidentes arrepentidos. Como si no fuese ya bastante difícil hacerles admitir la infalibilidad del papa, había que invitarles también a rechazar la sociedad civil salida de la Revolución de 1789. De ahí que a Portal, este rumbo hacia el liberalismo que le alejó del campo de su base a medida que le iba acercando a una tendencia en la que la unión de las Iglesias, es lo menos que se puede decir, no despertaba todavía muchos ecos.

La censura de noviembre de 1896 cayó sobre él cuando se encontraba en medio del río y le entregó de lleno al sentimiento de soledad que había comenzado a atormentarle al principio del año. Ya que este lazarista de acción a quien Tavernier describe como abierto y cordial, que sabe escuchar, que sabe hablar, dotado para la amistad, que agradece los consejos, que se distiende en la atmósfera de camaradería y de ajetreo de las salas de redacción y de las imprentas, este compañero de aventuras que sabía con tanto acierto mover el mundo y que rodeó a su revista de un brillante equipo del que varios miembros le fueron fieles de por vida, sí, este hombre eminentemente sociable y emprendedor se sentía solo, desde hacía unos meses, y sufría por ello. En marzo de 1896, después de aquella conferencia para la que había reunido alrededor de Lord Halifax todo lo que contaba en la prensa católica francesa, escribió a su amigo:

En medio de esta gente que veo, con quienes me codeo, en el fondo yo estoy aislado y el aislamiento cansa, desgasta. Únicamente junto a vos no me siento solo.

La sensación de soledad fue en aumento al correr de los meses, al ritmo de la obstinación romana; la censura pontificia llegó tan temprano que puso a Portal en pleno estado de transición, una transición tanto más difícil que al rumbo liberal se superponía un problema de método. Después de la supresión de su revista, Portal sólo pensó evidentemente en continuar, pero vacilaba entre dos tácticas. En lo futuro, habrá que imitara Halifax, movilizar a los simples soldados, acudir «en número a librar un verdadero asalto al Vaticano, o mejor al vaticanismo», «crear un movimiento capaz de obligar a nuestras autoridades», trabajar la «opinión pública», inundarla de una «simpatía profunda, razonada» hacia los de enfrente, hacer la unión «desde abajo, primeramente»? O bien ¿habrá que acomodarse a la vía jerárquica y al unionismo centralizados?

Es todo lo que debemos hacer, nosotros los súbditos, hacer presentes a nuestros jefes; por consiguiente, es todo lo que debemos tratar de realizar. Lo demás no nos importa.

¿Hacer la unión desde arriba o desde abajo?

¿Utópica, la primera táctica? La Iglesia. La Iglesia romana no es evidentemente la Iglesia de Inglaterra, y los católicos no tienen apenas costumbre de formar grupos de presión para doblegar al Vaticano. Pero ¿por qué no concentrar los esfuerzos en una pedagogía de la unidad? Después de todo, los soldados de hoy serán los generales de mañana. En el fondo, la acción de Portal se reveló útil y eficaz, sobre todo si se tiene en cuenta el escaso tiempo de que dispuso. El 1 de octubre de 1896, Georges Goyau, uno de los laicos que siguieron fieles en medio de la gran desbandada de los clérigos, le escribía:

Pase lo que pase hoy, y aunque los resultados obtenidos estén por debajo de vuestras generosas intenciones, la Revue anglo-romaine, tal como la habéis llevado […], habrá sido una obra. Dos clases de barreras separaban a la Iglesia romana y a la Iglesia anglicana: barreras litúrgicas y barreras de prejuicios, o, si lo preferís, de ignorancia. Por la carta reciente, Roma ha juzgado necesario mantener las primeras […]. En cuanto a las segundas, la Revista ha contribuido seguramente, con una insigne eficacia, a derribarlas.

No sólo obtuvo Portal un resultado, sino que dejó un modelo al que no dudaron en referirse incluso aquellos que no habían apoyado su acción. Con ocasión de la transformación del Weekly Register en el Monthly Register, en 1902, George Tyrrell escribe a Henri Bremond:

Nos proponemos hacer una publicación internacional; hacer de ella el órgano del catolicismo newmaniano; virtualmente, si no abiertamente, una Revue anglo-romaine.

La segunda táctica, jerárquica y centralizada, ha conducido evidentemente a un desastre mayor. Pero Portal continúa planeándola por una razón bien precisa: espera que Rampolla suceda a León XIII, que León XIV sea fiel a los compromisos del secretario de Estado y que se apoye en las fuerzas de cambio que continúan afianzándose en manifestaciones como el congreso eclesiástico de Reims de agosto de 1896. Por Duchesne y por Mons Boeglin, Tavernier se enteró en noviembre de que Mazzella se había dejado pillar los dedos con ocasión de los asuntos de del otro lado del Atlántico y la seudo herejía del americanismo. «Mons Boeglin piensa que se va a operar una reacción», con, como primera consecuencia, un regreso con todos los efectivos de Rampolla y la perspectiva de su ascensión al trono pontificio, y, como enigma central, la realidad de las convicciones unionistas del secretario de Estado .

¿Hasta qué punto tenía razón Portal para fiarse? ¿Hasta qué punto era Rampolla otra cosa que la voz de su amo, un «simple vicario de confianza», un «agente de ejecución», un gran empleado a la vez que un táctico hábil? En los asuntos anglicanos, en todo caso, no le faltó prestancia. Si, hasta Ad Anglos, es imposible separar su acción de la del papa, se le ve después luchar contra la influencia creciente de los conservadores, defender la Revue anglo-romaine con gran perjuicio de Merry del Val, apoyar la acción de Portal, de Lacey y de Puller ante la primera comisión de estudio luego la comisión cerdenalicia, negarse en fin a asociarse a la condena de las ordenaciones anglicanas. Para un simple ejecutivo, es mucho y atestigua al menos cierta distancia con relación a la evolución táctica de León XIII. Todo sucede como si este ministro de Asuntos extranjeros, cuidadoso por reforzar la posición diplomática de la Santa Sede y de estrechar las relaciones entre el Vaticano y el Reino Unido, hubiera mantenido un actitud tanto más abierta cuanto menos compartía el sueño de su señor: escéptico en cuanto a la eficacia del rosario y de la novena al Espíritu Santo para atraer a los disidentes al redil, no hubiera concedido menos importancia a los medios humanos, a los gestos que distienden la atmósfera y favorecen la negociación, ya que no el diálogo. El problema está en que Rampolla permitió a Portal fundar la Asociación y la Revista sin avisarle de la evolución del Vaticano. Es triste que el lazarista haya podido escribir a principios de1896: «Qué pena que no tengamos a nadie en Roma que nos informe debidamente de cuanto se cuece allí». Los unionistas han sido víctimas de esa tradición del secreto que permitió a tantos pioneros creerse defendidos por la autoridad mientras ésta instruía ya su condena. Portal seguía poniendo sus esperanzas en un ministro que había preferido dejarse embarullar, encerrarse, encerrase en una trampa antes que ayudarle a librarse de ella al precio de algunas indiscreciones. Al parecer, desde 1896, el seguimiento de unas miras jerárquicas y diplomáticas no venía más que del unionismo-ficción y no podía sino alimentar una agitación estéril, una conducta de fracaso que agravaba los sinsabores. Portal, que no disponía de una retirada cómoda, tardó cuatro años en entenderlo.

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