Capítulo VI: El ascenso de las fuerzas hostiles
El doble rumbo
Portal pertenece al grupo numeroso de los leonianos que fueron vapuleados por aquel a quien pretendían servir. Quizás un rasgo le distingue: la rapidez con la que pasa del favor a la reprobación. El 21 de junio de 1895, León XIII le bendice y la anima a «ocuparse más directamente» de los asuntos anglicanos. El 17 de julio de 1896, la primera censura lo aleja de París. Trata de remontar la corriente, pero el 19 de noviembre le llega una segunda censura en su exilio y le reduce al silencio. Esta rapidez traduce un doble rumbo. Los católicos de la Revue anglo-romaine reconocieron el valor de sus amigos anglicanos mientras el Vaticano volvía por etapas a una táctica intransigente; Portal extrapolaba el modelo Wiseman, al tiempo que León XIII se replegaba sobre el sistema Manning. El lazarista sabía que sus iniciativas sobrepasaban las directrices de la carta Ad Anglos o las instrucciones del cardenal Rampolla; tenía conciencia de explorar por su cuenta y riesgo una tierra desconocida. Se esperaba verse arrinconado al cabo de «dos o tres años». Pero seguía esperando que «un personaje de gran importancia», un hombre de orden y de institución, un cardenal de Curia por ejemplo, viniera a sustituir al explorador y organizar el territorio. «Yo creía en la obra pero estaba absolutamente seguro de que sería devorado». La perspectiva no le asustaba: «Me parece mejor sembrar que cosechar, descubrir tierras más envidiable que gobernarlas». El escenario habría sido creíble si León XIII hubiera seguido el movimiento; pero, sin saberlo Portal, dio media vuelta. Portal fue no sólo abandonado sino también desautorizado; el territorio no se confió a un organizador sino que se abandonó también.
Católicos ingleses y conservadores romanos
En el Vaticano, el cambio de táctica resultó primeramente de la influencia convergente de dos grupos distintos: los católicos ingleses por una parte y, los conservadores en materia de teología, de exégesis y de historia pot otra. Sería abusivo confundirlos. En l primavera de 1896, dom Gasquet, Edmund Bishop y David Fleming, tres colaboradores importantes del cardenal Vaughan, quisieron invitar a Loisy a dar una serie de conferencias en Inglaterra; en 1897, se opusieron al Santo Oficio en el asunto de los tres testigos celestialesSobre todo, los católicos ingleses y los conservadores romanos atacaron de forma desordenada y no comenzaron a coordinar sus esfuerzos hasta el verano de 1895.
Obnubilados por la oposición apasionada del catolicismo británico, Portal y Duchesne subestimaron por mucho tiempo el peligro que representaban para la causa unionista los conservadores romanos reagrupados en torno al jesuita Camille Mazzella, cardenal-obispo de Préneste, prefecto de las congregaciones del Índice y de los Estudios. No les llamemos intransigentes: no lo eran más que León XIII quien, en la encíclica Providentissimus, había condenado el principio de una exégesis laica, de una «ciencia libre» cuyas conclusiones escapaban al control del magisterio. Pero se irritaban por la flexibilidad táctica con la que el papa, a la par que mantenía los entredichos, animaba la ciencia católica
A inclinar hacia la buena causa una crítica sabiamente reglada. Desde el asunto Loisy, su vigilancia se ejercía de buen grado a expensas del abate Duchesne. A fin de acallarle, atrajeron la atención del Santo Oficio sobre el artículo del Bulletin critique en el que el muy impertinente afirmaba la validez de las ordenaciones anglicanas. Cuando llegó Halifax a Roma, en marzo de 1895, corría el rumor de una sentencia inminente. «Duchesne está condenado, pero Portal se libra». Rampolla y Vaughan se unieron para deshacer la maniobra: Westminster quería una condena formal, un juicio definitivo y motivado, emitido al término de un estudio que probaría a la opinión inglesa que la Iglesia no temía reabrir el dosier y reexaminarlo de un a manera profunda y objetiva. Él «removió cielo y tierra» según la fórmula de Gasquet, para detener un procedimiento inquisitorial que le apreció en un principio una enorme equivocación.
Vaughan contra Mazzella: el antagonismo se debía a las circunstancias. Los católicos ingleses y los conservadores romanos se habían enfrentado por la táctica, pero tenían enemigos comunes. Para sellar una alianza, coordinar sus ataques y ejercer mayor influencia sobre León XIII, sólo les faltaba un agente de unión, un hombre próximo al papa que conociera bien, a la vez, la Curia e Inglaterra. Para desgracia de Portal, este hombre existía; se llamaba Rafael Merry del Val. Nacido en Londres en 1865 de madre irlandesa y de padre español, había estudiado en Inglaterra, en Bélgica, y luego en Roma. Camarero secreto participante, hacía funciones de secretario de lengua inglesa. Entre otros menesteres, elegía y resumía las informaciones venidas de Gran Bretaña antes de presentárselas al papa. Su influencia iba más allá de su función oficial. Joven, elegante, inteligente, cultivado, era el protegido y el favorito del anciano pontífice que había seguido de muy cerca su educación y le veía con frecuencia, al parecer cada día, aun cuando los asuntos no justificaban dicha asiduidad. Hispano-irlandés educado en Inglaterra, compartía las reservas del cardenal Vaughan contra el anglicanismo. Conservador a toda prueba, fue, con Mazzella, de los que denunciaron a Portal como «positivamente hereje».
Entró en escena con la redacción de la carta Ad Anglos. El 15 de febrero de 1895, cinco semanas antes de que León XIII recibiera a Halifax en audiencia privada, Rampolla pidió a Vaughan y a dos de sus consejeros, dom Gasquet y Edmund Bishop, que prepararan el texto de la encíclica. Los tres ingleses remitieron un texto redactado en francés; pero al ver la traducción latina, algunos días después, se quedaron consternados, tan graves y numerosos eran los cambios. Hasta entonces sólo se habían dirigido a Rampolla, que parecía reinar sobre los asuntos ingleses; esta vez probaron un camino más corto; no fueron a quejarse al cardenal secretario de Estado, verdaderamente desesperante, sino a Merry del Val que oficialmente no era nada, o no gran cosa. Se encontraron con un interlocutor comprensivo, quien no logró hacer de Ad Anglos la carta con que soñaban pero supo conseguir algunas modificaciones útiles. La alianza estaba sellada. Mientras Vaughan no fuera más que arzobispo de Westminster y cardenal primado de Inglaterra, su influencia fue escasa; llegado a corresponsal y amigo del joven secretario para la lengua inglesa, pudo hacerse oír y obtener, después de varios meses de lucha difícil, la reunión de una comisión de estudio sobre las ordenaciones anglicanas.
León XIII cambia de táctica…
Después de recibir a Portal, en setiembre de 1894, León XIII había pedido dos informes sobre la cuestión, uno al abate Duchesne y el otro a dom Gasquet, que había venido a hurgar en los archivos del Vaticano. Duchesne había presentado razonamientos, y Gasquet un precedente: había encontrado dos documentos perdidos hacía tres siglos, la bula Praeclara carissimi y el breve explicativo Regimini, los dos de 1555. En Praeclara carissimi, el papa Pablo IV invalidaba a los obispos ingleses que no habían sido consagrados «rite et recte». La fórmula era oscura, tanto que Pablo IV precisó en Regimini que por «rite et recte» entendía «in forma Ecclesiae». No quedaba mucho más claro, pero Gasquet había traducido «in forma Ecclesiae» por «según el rito pontificio» y concluido que las ordenaciones inglesas eran inválidas porque un papa del siglo XVI las había declarado como tales. El precedente había impresionado a León XIII, que se había fijado también en el argumento teológico: si los anglicanos no creían en el sacrificio eucarístico, ¿cómo podían ordenar a sacerdotes? El 20 de abril de 1895, el día mismo de la publicación de la carta Ad Anglos, el papa recibió a dom Gasquet y le dio a entender «que a su parecer las conclusiones de una comisión de estudios no podrían sino confirmar la práctica de la Iglesia», es decir la reordenación sistemática de los sacerdotes anglicanos que se convertían y deseaban proseguir el ministerio en la religión católica.
Únicamente esto: León XIII no quería reunir comisión de estudio, no quería hacer nada que pudiese bloquear la campaña unionista. El 21 de junio, envió su bendición a Portal; cuatro días más tarde, Duchesne, que salía de una audiencia privada, confirmó que los sentimientos del Santo Padre eran excelentes. El 24 de julio, Merry del Val escribía otra vez a Vaughan que Rampolla y sus amigos eran de verdad demasiado fuertes:
Me encuentro totalmente solo, y no soy nada; él es el secretario de Estado, y él tiene innumerables Portal italianos y franceses para defender sus ideas.
El joven camarero no sacó provecho de su situación hasta el mes de agosto, después de enviar Westminster al Vaticano una protesta en tono de ultimátum. En setiembre, Vaughan, que venía de lejos (¿no había hablado de dimitir?), pudo anunciar que la Santa Sede iba a reunir una comisión de estudio. Poco después, los periódicos anunciaron que sería presidida por Mazzella, con Merry del Val como secretario. La reunión estaba formada; los cazadores de conversos y los perseguidores de sabios, los enemigos de Duchesne, defensor de las ordenaciones anglicanas, y los enemigos de Duchesne, historiador crítico, se habían encargado de los asuntos anglicanos. La iniciativa había cambiado de campo; ahora era Rampolla quien, en lo sucesivo, iba a agotarse en maniobras dilatorias; su crédito era grande, lo suficiente para impedir que la Revue anglo-romaine, apenas nacida, fuera golpeada por el Santo Oficio. Merry del Val se quejaba de ello a Vaughan, pero con más irritación que inquietud: estaba convencido de que en adelante nada podría detener la máquina que iba a condenarlas ordenaciones anglicanas y dejar sin objeto la hoja escandalosa.
… pero no cambia de propósito
Seis meses antes, el joven secretario de habla inglesa se confesaba solo y humillado. La rapidez de su ascenso prueba en primer lugar que el papa no tuvo que cuestionarse sus opciones fundamentales. La victoria de los católicos ingleses y de los conservadores romanos fue tan rápida porque no implicaba una revisión violenta. El fin era el mismo: por la oración, por la intercesión de la Virgen y la acción del Espíritu Santo, obtener un milagro, la vuelta a la obediencia romana de los Ingleses y primeramente de los anglicanos. El 20 de setiembre de 1895 escribió Duchesne a Loisy su inquietud «ante la impaciencia del Santo Padre […] por ver resultados». La condena de las ordenaciones anglicanas, en julio de 1896, no cambió nada. La encíclica Fidentem piumque animum del 20de setiembre de 1896 recomendó una vez más el ejercicio del rosario, en la línea de los documentos unionistas de 1895, para «favorecer el movimiento de reconciliación que se dibuja entre los disidentes». El breve apostólico del 22 de agosto de 1897 fundó sobre las ruinas de la Asociación católica para la reunión de la Iglesia anglicana una Asociación universal de oración y de apostolado «para acelerar la unión de Inglaterra a la Iglesia romana». Esta fundación respondía a las directrices de la encíclica Divinum illud munus (9 de mayo de 1897) que confirmaba la novena de oración por la unidad establecida por Provida Matris (5 de mayo de 1895) y mantenía los lazos entre la reunión de las Iglesias y la «restauración de la vida cristiana en la sociedad civil y doméstica», puro proyecto intransigente. Definida de continuo como uno delos fines principales del pontificado, la vuelta de los separados continuó estando presente como una etapa esencial para la reconquista de la sociedad global.
La evolución de León XIII fue tanto más rápida mientras se mantuvo en el cuadro del unionismo intransigente y se limitó, en lo que concierne al anglicanismo, a un cambio de método. Antes que preparar el milagro mediante palabras generosas y concesiones menores, se trató ya de prefigurarlo mediante una realización parcial e inmediata, de hablar alto y fuerte, de asestar un gran golpe, que moviera a los anglicanos más cercanos de roma y provocara su vuelta. Cosa cierta: León XIII creyó que la condena de las ordenaciones anglicanas apresuraría la conversión de Lord Halifax y de sus militantes. Una vez iniciado el movimiento, se volvería al ejercicio del rosario y a la novena del Espíritu Santo para ampliarlo y hacerle ganar poco a poco a todas las fuerzas vivas del cristianismo inglés. La confianza exclusiva en la oración reducía a bien poca cosa este deslizamiento táctico. Al preferir la condena al diálogo, León XIII cambiaba una nada, un detalle, el pretexto del milagro, el punto de apoyo del milagro, el esquema humano en que se encarnaría el milagro de la reunión de los cristianos.
También resulta difícil reducirla evolución del papa a un señal de senectud, como lo hizo con excesiva facilidad Portal. Con toda seguridad, a los ochenta y cinco años, León XIII entraba en el declive que le llevó gradualmente a no seguir existiendo más que por los médicos y criados; durante unas semanas, en julio y agosto de 1895, dudó entre Rampolla y Merry del Val, presentaba un aspecto de anciano perplejo e inseguro, proclive a seguir el último parecer recibido. Pero al fin llegó la elección; y hecha ésta, se aferró a ella sin vuelta de hoja. Rampolla trató de remontar la corriente; todo en vano. Encontró en el papa tanta decisión como en el tiempo tan cercano cuando proponía a los anglicanos una discusión «seria y leal». Merry del Val ganó porque pudo demostrar a su amo, día a día, el dosier impresionante e invariablemente lleno de hostilidad católica inglesa contra todo proyecto de negociación con la Iglesia de Inglaterra. Ganó también porque estuvo apoyado por todos los que, en la curia, veían en el diálogo un peligro para la fe. Contra esta temible coalición, Portal sólo pudo alinear a fuerzas incompletas: demasiado Loisy, y ni un solo obispo católico inglés. Lo que por otro lado acabó por reconocer:
Hemos puesto a León XIII en un apuro, no cabe duda, y si no ha conseguido salir de él no es toda la culpa suya.
La comisión de estudio sobre las ordenaciones anglicanas
Es por lo tanto poco decir que el lazarista fundó la Asociación y la Revue anglo-romaine a contratiempo. Lo más grave es que no se dio cuenta de ello hasta principios de 1896, cuando se acumularon los índices, las huidas, las indiscreciones calculadas. El 19 de marzo, León XIII instituía una comisión ad reconciliationem dissidentium cum ecclesia fovendam y en ella introducía a los cardenales Vaughan y Mazzella. El 21 de marzo fue una carta refrigerante la que informaba a Portal que la gira parisiense de Lord Halifax había «más bien entristecido» al santo Padre; había que abstenerse hasta nueva orden de todas las «reuniones, conferencias y ceremonias».
No menos inquietante la actitud de Vaughan, quien no disimulaba ya que aguardaba una decisión contra las ordenaciones anglicanas, «y en breve tiempo». En ese momento, en Italia, en Francia, en Inglaterra, la prensa anunció que la cuestión iba a ser zanjada «de una manera definitiva y en el sentido de invalidez». Por fin Halifax recibió del Vaticano informaciones que transformaron en certidumbre la sospecha que alimentaba hacía diez meses: «Merry del Val es una influencia del todo hostil»… Esta vez Portal estuvo de acuerdo, reconoció «la gravedad de la situación» y trazó un contraataque. La comisión pontificia de estudio sobre las ordenaciones anglicanas abrió sus trabajos el 24 de marzo de 1896. Gasparri y Duchesne, que formaban parte de ella, pidieron inmediatamente la ayuda de especialistas anglicanos. El 26 de marzo, el arzobispo de York. Halifax, Portal, Lacey, Puller y el estado mayor de la E.C.U. se reunieron en Londres para organizar el asunto. El 27, MacLagan remitió a Portal una carta que acreditaba a Lacey y Puller ante el Vaticano; el lazarista se presentó en Roma sin esperar, seguido por los dos anglicanos; gracias a un permiso excepcional del cardenal Rampolla, Duchesne y Gasparri pudieron consultarlos cuanto quisieron.
Portal se creyó en situación favorable. El secretario de estado habría apoyado el complot sin la venia del papa? Pero una vez más, lo que pasaba entre bastidores contrastaba singularmente con la escena. Mazzella y Merry del Val habían dejado hacer ya que todo aquello les parecía perfectamente inofensivo: la comisión era puramente consultiva, sus trabajos serían resumidos por dos consultores del Santo Oficio y el resumen sometido a una nueva comisión compuesta de cardenales «seguros». En estas condiciones, Duchesne, Gasparri y los otros dos miembros de la comisión que iban con ellos, el jesuita Aemilius de Augustinis y el reverendo T. B. Scannell, cura párroco en Kent, podían consultar a quien querían. Para mayor seguridad, no obstante, Mazzella –que dictaminaba el orden de las sesiones y dictaba las preguntas a las que se había de responder- prohibió a la comisión discutir un precedente de gran importancia, el de 1704. Aquel año, el Santo Oficio había declarado nulas la ordenación y la consagración del obispo anglicano Gordon, agente secreto del partido jacobino que acababa de convertirse al catolicismo y que, por razones políticas y personales, quería que Roma proclamara la nulidad de la jerarquía anglicana. Para zanjar un caso, los cardenales del Santo Oficio podían reunirse un miércoles (Feria IV en el calendario romano) luego trasmitir su sentencia al papa quien la aprobaba o la rechazaba. Y para los asuntos de gran importancia, celebraban sesión un jueves (Feria V) en presencia del Santo Padre, coram sanctissimo o coram pontifice. Este procedimiento solemne se aplicó al caso Gordon, y, como se lo dijo Mazzella a Portal, «hay quien sostiene que el papa mismo no tiene derecho a someter a discusión una decisión de esta naturaleza». Bien pronto se vio que Mazzella era de esos y orientaba los trabajos en consecuencia. Los miembros de la comisión «no tuvieron que decir si, según los documentos, la sentencia de 1704 había estado bien o mal fundada». El dosier estaba abierto, sí, con la condición que no se volviera a someter a discusión el veredicto otorgado en primera instancia.
Gasparri, Duchesne y sus amigos protestaron en alta voz. Fue Portal, que animaba una especie de coloquio paralelo, quien se dejó pillar los dedos.
El asesor del Santo Oficio de entonces me decía.
«No hay que decir de el Santo Oficio se ha equivocado.
Pero, Monseñor, si yo no he dicho semejante cosa.
Se dice que el Santo Oficio se equivocó con Galileo.
Sí, Monseñor, eso se dice…»
Siempre creí que esta advertencia me había sido dada porque en aquel momento Duchesne decía en todas partes que el Santo Oficio se había equivocado y lo decía con bromas que molestaban a todo el mundo.
Se halla un eco de esta asunto en la correspondencia de Duchesne:
El Santo Oficio no ha muerto. No se ha de creer que el recuerdo de Galileo pueda ser útil, sólo protege a los químicos.
El 2 de mayo, Mazzella pidió que se le entregaran los documentos que había distribuido para las necesidades de la investigación. El 5 de mayo, cerró los trabajos, y se dieron las gracias a los comisarios, sin que el problema de la intención –es decir el aspecto propiamente teológico del problema- se hubiera abordado de otra manera que por alusión. Bien mirada la problemática de la época, esta cuestión era fundamental: al modificar el rito de la ordenación, al ordenar a sacerdotes y consagrar a obispos, los reformadores anglicanos del siglo XVI, ¿actuaron con la intención de hacer lo que la Iglesia hace? En caso afirmativo, su herejía manifiesta no alteró el valor del sacramento; en caso negativo, las ordenaciones anglicanas son inválidas. Imposible motivar un veredicto sin aportar respuesta. Es evidente que esta respuesta no la esperaba Mazzella de los trabajos de la comisión
La intervención de Gladstone
Fue entonces cuando Portal recurrió a su plan de 1892 y se lo hizo presentar a Gladstone. Anglocatólico ferviente, el Great Old Man había denunciado durante mucho tiempo las torpezas del «vaticanismo». La violencia de sus ataques después del concilio había asombrado a los mismos no conformistas; Pío IX le había tratado de «víbora» y comparado al Bismarck del Kulturkampf. Pero había pasado el tiempo, y el Primer Ministro sentía admiración por León XIII. Ad Anglos le había emocionado. Ahora era necesario que lo dijera bien alto. Halifax se encargó de convencerle. «Me pondré de rodillas ante el Señor Gladstone hasta que haga todo cuanto yo le pida».También había que asegurarse que su mensaje fuera bien recibido. Se vio que Mazzella andaba con cautela y que no convenía de ninguna manera que Gladstone se dirigiera al papa. No le quedaba más que imitar a León XIII y dirigirse a todo el mundo. Por eso envió a Lord Halifax una memoria sin destinatario particular, un Soliloquium que se trasmitió al secretario de Estado antes de entregarlo a la prensa. Gladstone apelaba con toda su fe a la «restauración de la unidad cristiana», una unidad que respetara la diversidad de las Iglesias y asegurara el «triunfo del Evangelio en el mundo». Ofrecía su contribución a la empresa reconociendo que León XIII era «el primer obispo de la Cristiandad» y que por este título ocupaba «el más alto puesto que existe en la Iglesia». Se lo merecía por su prudencia, por su generosidad y por su caridad; con un papa así, no había que temer una condena de las ordenaciones anglicanas. Los periódicos subrayaron la importancia del mensaje y lo presentaron como una invitación al diálogo. En junio, Duchesne fue recibido doctor honoris causa por la universidad de Cambridge. Se le tributó una ovación. Al salir de su triunfo se fue a casa de Gladstone y le rogó que viniese a Roma. Gladstone aceptó. Era demasiado, inesperado, sensacional. Pero llegaba demasiado tarde. A finales de junio, el Vaticano publicó un documento que rompió la dinámica unionista: la encíclica Satis cognitum.
En el que los hermanos separados se convierten en ovejas extraviadas
Satis cognitum estalló como una bomba de relojería. Hacía casi un año que Merry del Val se esforzaba en persuadir a León XIII que Lord Halifax sembraba la confusión en las mentes: en todo lugar de Inglaterra, alimentaba la esperanza de que Roma aceptaría una federación de Iglesias. Concomitando al enterarse de los estragos que provocaba –por ignorancia sin duda alguna- un tan noble y buen hereje, el anciano pontífice creyó un deber de pastor y doctor recordarle «lo que el papa quiere decir cuando habla de reunión». El proyecto se había perdido en las tribulaciones del verano de 1895, pero, en otoño, el triunfo de Merry del Val, la marcha de la campaña por la unión así como una diatriba del patriarca de Constantinopla contra el primado romano lo habían reactivado. Reanudado bajo la égida de Mazzella, ampliado, solemnizado, se trataba esta vez de matar dos pájaros de un tiro, refutar los sueños anglicanos y las injurias orientales. En junio de 1896, León XIII censuró a Portal por haber publicado en la Revista un artículo de Lacey sobre la unidad de la Iglesia. «Esto no le ha parecido oportuno a la Santa Sede». La expresión intrigó a Portal, que lo comprendió unos días después, cuando apareció Satis cognitum.
Fuera de su contexto, este documento es tradicional, recuerda la doctrina católica sobre la constitución de la Iglesia y el primado de Pedro. En otros tiempos no habría levantado revuelo alguno. Como muchos textos pontificios, su impacto se debió ante todo a las circunstancias de su publicación. La opinión esperaba que el Vaticano respondiera a Gladstone en el tono de Ad Anglos; algo así como una carta Ad anglicanos. Y he aquí que León XIII se descolgaba con lo que The Times llamó una «disertación teológica», una llamada al orden que decepcionaba una esperanza y parecía de un modo muy especial escrita para sermonear a Gladstone, Halifax y MacLagan. Satis cognitum apareció un mes después del Soliloquium; resultó evidente, con una evidencia aplastante, que la encíclica colocaba las horcas por las que debían pasar los anglicanos.
Otra fuente de desengaño: el vocabulario. Satis cognitum volvía a una terminología que se creía caducada. Los cristianos separados, aquellos al menos a quienes «el soplo de la impiedad no ha envenenado del todo todavía», se convertían de nuevo en «descarriados» a quienes había que «devolver al redil». León XIII les pedía que respondieran a su amor, como hijos que responden al amor de su padre. Les exhortaba a «mostrarse dóciles», «sumisos y obedientes»; manifestaba su confianza en «la misericordia de Dios, que puede conmover con toda fuerza los corazones de los hombres y forzar las voluntades, aun las rebeldes, a llegar a él». Dos años antes este paternalismo mágico habría parecido banal, irrisorio quizás, pero familiar. Viniendo después de Ad Anglos, sonó como un arcaísmo. Y no era lo más grave. Mirado en sí, despojado de toda su fraseología antigua y provocadora, este texto presentaba las tesis romanas con equilibrio y moderación; desacreditaba a los teóricos ultras de la monarquía pontificia, recordaba que el magisterio de la Iglesia era ejercido colegialmente por el papa y los obispos; éstos no son «simples vicarios del romano Pontífice, ya que poseen una autoridad que les es propia». Una vez disipado el primer movimiento de decepción, esta precisión habría podido ser recibida favorablemente por el episcopado anglocatólico y servir de base para un diálogo sobre la constitución de la Iglesia. El cardenal Vaughan capeó el temporal mediante una operación de censura. El 30 de junio, antes de que los otros periódicos pudiesen reaccionar, publicó en el Times extractos de la encíclica, fragmentos escogidos y bien escogidos: las tijeras del cardenal habían cortado lo que se refería a la autoridad de los obispos. Ya no era un resumen, sino una interpretación que pareció calcada de una carta en la que Vaughan tocaba a muerto por las esperanzas unionistas. A continuación venía un artículo anónimo que estigmatizaba a «Lord Halifax y a los soñadores de su especie». El 1 de julio, los demás diarios se limitaron a comentar las palabras de Westminster. Fue un coro fúnebre: «Toda la prensa inglesa, sin excepción, escribe leading articles [editoriales] sobre el tema,: ¡pobre señor Gladstone! pobre Lord Halifax!» El golpe fue tan fuerte que Portal –cosa extraña- no pudo ocultar su desconcierto.
Mi dolor de hoy es la continuación de un dolor íntimo, penetrante hasta la médula, que sentí en Roma, durante dos meses y medio. Somos nosotros los que no estamos preparados para la unión. Roma vive en un mundo ficticio. Hay buena voluntad, hay fe, a pesar de todas las intrigas; pero la historia no les ha enseñado nada. No se la saben.
Compartía la opinión de Duchesne, que escribía a von Hügel:
La encíclica parece producir un efecto deplorable. Sale, ahora sí que estoy seguro, de la pluma del cardenal Mazzella. La elección de este personaje para la encíclica y para presidir la comisión son buena prueba de que si el Santo Padre tiene buenas intenciones él no escoge siempre los instrumentos más propios para realizarlas.
El último discurso del Señor Portal
Animado por el mito del papa mal rodeado y mal servido, Portal esperó unos días a que se mitigara la cólera de Lord Halifax, después le pidió que celebrara en Londres, a unos centenares de metros del arzobispado de Westminster, una reunión de la E.C.U. en la que él, Fernand Portal, sacerdote de la pequeña compañía de la Misión al servicio de nuestros señores los obispos, vendría a rectificar los comentarios y interpretaciones del cardenal primado de Inglaterra. Ni ataque de franco tirador, ni ganas de suicidarse, o acabar con gloria; no era su estilo; sino tesón en olfatear el suceso, en examinarlo a fondo, en separar todo lo que podía encerrar de no demasiado agobiante, de casi prometedor, de probablemente favorable. El 13 de julio, acompañado de Tavernier, el buen compañero de aventuras, salió de Paría muy sigilosamente. Calais, el Canal, Londres, un lord a quien apoyar, un cardenal a quien desmentir, el complot, la amistad, la batalla, estaba al completo.
En un principio [anota Tavernier en sus recuerdos] yo tenía la impresión de estar más preocupado que el sacerdote romano cuyo compañero iba a ser por las regiones anglicanas, durante treinta y seis horas. Su fisonomía, su actitud y su tono de voz traducían la energía activa, pero tranquila; ninguna tenzsión exterior de pensamiento o de voluntad. Ya instalados y de camino, no pude dejar de preguntarle no sin cierta ironía:
«¿Os ha costado mucho trabajo conseguir el permiso para dar este paseíto!»
Y él con su buen humor característico:
«Hay permisos que no se piden».
Aclarado este detalle, hablaron de Darwin y del paisaje. Al otro día, por la tarde temprano, Halifax reunió a trescientos militantes suyos en el Medical Hall, no lejos de la catedral de San Pablo. Cuando Portal se levantó para hacer uso de la palabra, le dieron un aplauso.
Se presentó como un «hijo de san Vicente de Paúl», luego como un «sacerdote de la Iglesia de Francia», por último como un «sacerdote de la Santa Iglesia católica romana», que cree todo lo que ella cree, y rechaza todo lo que ella rechaza. «Si no lo hiciera así, sería indigno de asociarme a vosotros en esta noble lucha». Habló de la unión en corporación («es posible porque es necesaria»), de aquellos que le son hostiles («las pasiones humanas, los sentimientos humanos, las rivalidades humanas son hechos que no se pueden ignorar»), de las conversiones («nunca llegará Inglaterra a la unidad cristiana por las conversiones individuales solas»), de la Iglesia de Inglaterra («el movimiento religiosa que se opera en ella está más vivo que nunca»), de la encíclica Satis cognitum («no constituye ningún obstáculo si se la estudia con calma y paciencia»), de la esperanza en fin que se ha de tener hacia y frente a los siembran la discordia: «El que nos dio la inspiración de comenzar esta obra permitirá, cuando le plazca y de la forma que quiera, sino a nosotros, al menos a los que nos sigan, ver la perfecta coronación de esta empresa». Acabó evocando la figura del papa: «Os diré a todos: Tened confianza en León XIII».Luego se eclipsó, regresó a París, y se encontró con sus colegas sobresaltados, al Señor Fiat aterrado y su obra por los suelos..
¿En el destierro…
Por mediación del cardenal Perraud, obispo de Autun y académico, León XIII acababa de exteriorizar su cólera.
El papa me ha dicho que reprobaba la Revue anglo-romaine que se publica en París donde el Sr. Levé. Esta revista está demasiado en las manos de Lord Halifax y de los anglicanos que quieren negociar de igual a igual y no humillarse simplemente. Estoy encargado de daros a conocer sus sentimientos. Fuera de Vaticano, he oído decir que se trataba de poner la revista en el Índice. Me extraña que el Señor Portal, que es lazarista, está autorizado a caminar por estos vericuetos.
La regañina no iba dirigida al Señor Fiat, sino al cardenal Richard, arzobispo de París. Imposible amortiguar el golpe, más aún porque Richard, muy contrariado por la reprimenda de su amigo Perraud, recibió una carta indignada en la que el Señor de Westminster denunciaba el discurso de Londres. El 17, convocado en el arzobispado, Portal ni siquiera intentó explicarse. «Me limité a decir que, para mí, la cuestión no es si debo obedecer, sino lo que debo hacer para obedecer». Richard pasó el asunto a Fiat quien, sin demasiado disgusto, prohibió a su molesto subordinado ocuparse de cualquier cosa que fuera con los asuntos anglicanos. El 18, firmó en la Revue anglo-romaine un breve comunicado: «Un comité asume la dirección de la revista con el fin de darle una organización más amplia y más estable». La mención «el director gerente: Fernand Portal» fue remplazada por «el gerente: F. Levé». Amenazado con un destierro a Oriente, Portal cayó enfermo muy oportunamente. El médico le prescribió cuatro semanas de descanso, y salió de París para ir a enterrarse en las Eaux-Bonnes, en los Pirineos.
… o en la reserva?
El Señor Fiat se creía libre ya de un asunto fastidioso cuando todas una serie de órdenes y contraórdenes vinieron a atormentarle; una semana, convenía que Portal volviera a París, a la otra, que saliera exiliado. Cansado, el superior de los lazaristas reunió a su consejo de comunidad que decidió pedir «aclaraciones». Estos señores de la calle de Sèvres se mostraron muy pronto perplejos; como aclaración, recogieron el eco de las pugnas por influencia. La nunciatura, es decir la secretaría de Estado, es decir Rampolla, les pidió que dejaran a Portal en París para que trabajara sin estorbos en la «conversión de Inglaterra». Pero, «por vía distinta», se les pidió que no se arrepintieran de su primera decisión, es decir un exilio provincial y la prohibición de ocuparse de los asuntos anglicanos. Portal llamó a esta disonancia el «dualismo» o la «doble corriente» del Vaticano. Por eso perdió mucha admiración por León XIII y terminó una carta al cardenal Rampolla con este aserto cruel:
Lo difícil no es tener la buena voluntad de corresponder a los deseos del Santo Padre; lo difícil es , con nuestras pobres luces, comprenderlos.
Acabó por negociar un compromiso con el Señor Fiat, a quien no le faltaba paciencia: iría a enseñar dogma a Châlons-sur-Marne, pero con el permiso de venir a París todas las veces necesarias para dirigir la revista. Sería bimensual y pasaría de 48 a 64 páginas, de las cuales 40 de «artículos científicos». Sabiendo que podría mantener el diálogo con sus amigos del otro lado del Canal, Portal partió a reunirse con sus alumnos. Tavernier le ayudó a hacer las maletas.
Los preparativos se acabaron sin demora. Todos sus bienes temporales cabían en una pequeña maleta que el cochero encargado de nuestras dos personas condujo a la estación del Este.







