El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (02)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Régis Ladous · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1985 · Fuente: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Introducción

Sus amigos le llamaban el Señor Portal. Le gustaba este título, porque es un título, el de los sacerdotes de la pequeña compañía fundada en el siglo XVII por Vicente de Paúl.

Si se confundiera la biografía con el estudio de los importantes, habría que escribir que ese Señor no es un asunto nada fácil de estudiar. No se alzó dentro de la jerarquía eclesiástica, no fundó nada duradero, ha escrito poco.

Pero durante treinta años frecuentó y construyó lugares desde los cuales se ven bastante bien las corrientes que atraviesan el cristianismo, se entrecruzan y se enfrentan. El cristianismo y no el catolicismo francés. Visitar al Señor Portal y a sus amigos es descubrir un ambiente que no está rodeado por las fronteras confesionales y nacionales. Con este lazarista se chapurreaba una media docena de lenguas y se santiguaba lo mismo de derecha a izquierda que de izquierda a derecha. Porque recibió siempre mucho, en todos los sentidos de la palabra. Era un hombre de relaciones, un pedagogo y un publicista. Su pasión era formar e informar, hacer circularla información, enseñar a los demás a percibirla, a verificarla, a presentarla. Y para ello, necesitaba redes y enlaces.

Hablar del Señor Portal es reconstruir un conjunto de grupos informales, cuyo reclutamiento y funcionamiento permiten destacar las líneas de fracturas y los centros de atracción de un cristianismo enfrentado a la secularización y a la crisis modernista.

Estos grupos pertenecían a categorías debutantes, de las que fuerzan al entorno a reaccionar, a declararse, a tomar partido: intelectuales católicos que reconocían la autonomía de las ciencias no teológicas de las religiones, misioneros que querían animar una sociedad secularizada sin pretender levantarla o volverla construir como sociedad cristiana, unionistas que trabajaban en aproximar las Iglesias mediante una reforma convergente, creyentes para quienes la fe era actualización de una presencia más que adhesión a una ideología o a un proyecto intransigente.

Categorías debutantes, pero no marginales. En las redes portalianas, la voluntad de integración era tan fuerte como la protesta. Un movimiento, sí, pero que aspiraba al sistema. El Señor Portal y los suyos se sentían solidarios de la Gran Iglesia y pretendían modificarla desde dentro. Ir a visitarlos no es explorar capillas o criptas, sino recorrer la nave y encontrarse con hombres que se hallaban allí tan a gusto como para no pensar en otra cosa que ponerla en orden.

Existe una singularidad portaliana, que se afirmó en 1890 con la amistad improbable de un hijo de zapatero y de un íntimo del Príncipe de Gales. Existe también una normalidad en los grupos de Portal, que expresaron a su modo los problemas que plantean a toda la sociedad la articulación del movimiento y del sistema, la introducción del dato en lo construido, la inserción de lo «nuevo» –Portal empleaba esta palabra en lugar de «moderno»- en la tradición.

Es precisamente este encuentro de lo singular y de lo normal lo que justifica aquí el talante biográfico. El Señor Portal y los suyos se saltan las fronteras confesionales y nacionales; seguirlos es encontrarse con el liberal catholicism anglicano, Vladimir Soloviev y su posteridad, el Reformkatholizismus alemán, el americanismo y sus fantasmas, el Sillon y el Labour Party, la democracia cristiana según Romolo Murri, los alumnos de la calle de Ulm y los scholars de Oxford, los traperos del East End y los de Javel. El tema de este libro es en primer lugar la mirada con que los portalianos miraban todo eso, sus puntos de vista, sus reacciones, que no ofrecen interés alguno más que en la medida que Portal y los suyos campaban por el centro de la iglesia y se arrodillaban cuando el gran sacerdote gruñía y amenazaba con ponerlos en la puerta. Siempre que se encontraba en dificultades, el lazarista corría al arzobispado de París para recordar que su problema no era obedecer, sino saber lo que había que hacer para obedecer.

Porque tuvo sus dificultades, como todos los precursores. ¿Un precursor, Portal? ¿Y por qué no?. La palabra existe, la cosa también. Hay gentes que preparan el porvenir, y Portal ha sido de esos, sencillamente. Pero no es el precursor quien interesa al historiador. Y tampoco mucho más el «testigo de su tiempo», el hombre ejemplar a punto de diluirse en su época. Sino éste de en medio, este personaje en libertad condicional: Portal refleja bien toda una herencia cultural, y propone innovaciones; sabe que es un heredero, sabe que es un precursor; con sus amigos, le cuesta mucho trabajo introducir la innovación en la heredad; y es mediante este esfuerzo, muy consciente por otra parte, muy explícito, como él nos enseña mucho sobre la herencia, el cristianismo tradicional, la relación dominante, el mental colectivo, sus torpezas y sus movimientos.

Portal precursor le interesa al hagiógrafo; Portal testigo de su tiempo no le interesa a nadie; Portal precursor y testigo de su tiempo interesa al historiador, si se admite que el historiador trabaja en la distancia, la diferencia, la distinción. Precursor, Portal se distingue de su tiempo; testigo, él se separa del nuestro. Lo que quiere decir que yo nunca habría emprendido esta biografía, si no hubiera creído el siglo de León XIII o de Pío XI muy alejado del nuestro, si no hubiera creído tampoco que contemporáneos de León XIII y de Pío XI hicieron preguntas que no pasarán, que durarán por lo menos tanto como lo que Émile Poulat llama la edad de la modernidad occidental.

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