El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (01)

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Autor: Régis Ladous · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1985 · Fuente: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Prefacio

Los historiadores no son apenas inclinados a teorizar, de todos es bien sabido, lo que es incluso una razón de desconfianza para con los sociólogos. Se dirigen por instinto a lo concreto, inagotable océano, a lo real ondulante y diverso: al menos eso es lo que ellos creen. Si los físicos, los químicos sacan partido de las leyes de la naturaleza, los historiadores dejan de buen grado la de la historia a los filósofos: Taine, para no hablar de Hegel ni de Marx, los curó de una vez por todas de esta pretensión.

Por el contrario, nunca han rehuido los grandes debates de ideas cuando les salen al paso. Y éstos nunca les han faltado. Lucien Febvre tituló su último libro Combate para la historia (1953), queriendo así resaltar «lo que hubo siempre de militante en mi vida». Salvo después de muerto, no conozco a historiador alguno, por afable y pacífico que fuera, que, a su modo y según su estilo, no sea militante. Si hemos echado los exorcismos al «historiador-batalla» –en una época en que la guerra no ha sido nunca más omnipresente y amenazadora -, la historia no ha dejado de ser jamás el teatro de los combates en los que ella misma está en juego, Su naturaleza, su estatuto, su extensión, su alcance, sus fronteras, sus relaciones con las disciplinas vecinas, o, en su seno, entre escuelas, entre métodos, entre feudos, entre tesis, atrás tantas cuestiones para mantener el humor combativo de los historiadores. La pasión intelectual arde en ellos, afortunadamente, encendida por otras pasiones que se dirían más humanas (pero ¿por qué sería la primera menos humana, sino por ser menos común?), como en todo el cuerpo que ha hecho profesión de ciencia, y no es la preocupación por el rigor, por la objetividad, por la ponderación, la que podría bastar para apagarla.

La lista de estos debates era ya larga cuando yo no había nacido. Durante mi carrera ha seguido alargándose y sería tan enojoso enumerarlos como lo sería nombrar a sus protagonistas. En primer lugar, fue la gran ofensiva contra el positivismo y el historicismo, la crítica del culto laborioso pero pobre -«intelectualmente perezoso»- del hecho, la reflexión sobre el valor del conocimiento histórico y los límites de la objetividad histórica (de todas maneras, ¿cómo no evocar aquí a Aron y a Marrou?), la aspiración de la historia a un carácter científico, universal y definitivo. Todas las consideraciones que han suscitado se inscriben en el gran triángulo método-verdad-cultura: ¿cómo por el método, escapar a su cultura para alcanzar la verdad, y es ello posible, o nos vemos condenados a nuestras perspectivas particulares e irreconciliables sobre la realidad que observamos?

Paralelamente se entablaban controversias más clásicas: determinismo y libertad, análisis y síntesis, comprensión y explicación, individuo y sociedad, cambio y continuidad, relaciones entre la base económica y el edificio cultural -¿qué es lo decisivo en «última instancia»?-, el papel respectivo de las grandes personalidades y de las masas populares (¿Mintió Plutarco?), etc. No era suficiente, y han surgido nuevos temas: el suceso y la estructura, diacronía y sincronía, posibilidad de la historia contemporánea obligada a pegarse a la actualidad prescindiendo de retroceso (claro que sí! por los años cincuenta, se discutía mucho, René Rémond puede asegurarlo), o bien, más cerca de nosotros, la historia cuantitativa, la historia serial, la historia de las mentalidades, la psicohistoria, la historia oral, y esto no se ha acabado.

Ya se ve, a la historia no le han faltado ideas. Si se hace con documentos, se hace también con los debates que suscitan estos documentos y más aún con su puesta en marcha. Así se explica la querella de la «nueva historia», tratada al modo de una nueva querella de los Antiguos y de los Modernos, reveladora de hecho de una renovación mucho más extendida de sus métodos, de sus perspectivas, de sus curiosidades, cuyo resultado ha sido su explosión en medio de una indescriptible barullo. Al dejar la crónica del Mundo, André Latreille confesaba que no sacaba ya provecho de ello: era en 1972; ¿qué diría hoy?

¿En qué no se interesan pues ya los historiadores? Nada les parece más raro que la estrechez obstinada de los grandes antepasados de los que descienden, con sus sayales de benedictinos laicos y su severidad de maestros de escuela. Ellos se baten lejos del claustro y de su regla, a todos los vientos del mundo. Todo les es bueno y se convierte bajo sus dedos en documento o tema. Exceso por exceso: después de la tentación de la crítica reductora, la de la pieza montada.

El historiador husmea y rebusca por todas partes. Ya nada le parece indigno de su atención. Si sus conocimientos no tienen límites, su apetito por transformarlo todo en historia no los tiene más que el universo de los fenómenos. A falta de teoría, cuya necesidad él sigue sin admitir, una idea le guía (lo que, por largo tiempo, no se impuso): por la fuerza de las cosas, ya que ahí lo vemos abandonado a sí mismo, libre en su asunto, en el modo de concebirlo y tratarlo fuera de todo convenio imperioso. Antes, un bonito asunto» era inseparable de la escala de valores sociales; hoy, es lo contrario lo que tiende a prevalecer: la cabeza del historiador crea su asunto y le confiere su dignidad. Ya no se necesitan materiales nobles para hacer un gran libro.

Es el fin de todo modelo académico, la puerta abierta a todos los dones de la mente, al derecho de inventar, de imaginar, de sentir: como un regreso de la turbulencia romántica después del tejido clásico. Con el riesgo de creer que la mente dispensa del oficio y del trabajo, en una disciplina cuyas exigencias no habían hecho otra cosa que crecer y multiplicarse. Pero sin esta explosión y la nueva juventud que en ello encontró la historia, ¿conocería ésta entre el gran público este favor del que son testigos editores, libros y periódicos? Mientras que la historia había desaparecido de la escuela y de sus programas, nunca la demanda ha sido tan fuerte. Entre tantos debates tenidos en su seno, sigue habiendo uno cuya falta se echa de menos: el de la invención que ha sabido desplegar y los recursos que se han descubierto. Quizás porque este debate resume y contiene a los otros, porque debería abrir una profunda reflexión sobre toda esta agitación de ideas.

Entre todos estos debates, me he reservado no obstante uno, que no he mencionado aún porque afecta directamente a la obra de Régis Ladous. Su libro se titula: El Señor Portal y los suyos. Luis XIV, Napoleón, bueno: es un reino. Pío IX: es un pontificado. Pero ¿este lazarista? Es típicamente una biografía, que puede interesar a su familia religiosa y a algunos especialistas. Pero aparte de eso, ¿qué interés para la historia y hasta qué punto es historia?

Siempre recuerdo este juicio perentorio del joven Raymond Aron en su tesis de Estado (perdón de doctorado en letras); «La biografía no es un género histórico», o al menos «biografía e historia se encaminan en direcciones opuestas». El libro es de 1938. Esta posición me ha extrañado siempre. Tarde, he querido asegurarme de la verdad. Aron me respondió de una manera que mostraba con evidencia que el problema ya no pertenecía al campo de sus preocupaciones. Sin embargo su comentario me hubiera interesado por la razón que, si él mismo no fuera historiador, L. Febvre no había dejado de atraerle a su bando cuando había fundado en 1947, en la Escuela Práctica de Estudios Superiores, la Sección de las Ciencias económicas y sociales, destinada a la «nueva historia».

El mejor y único comentario seguía siendo pues el retorno al texto mismo: «La biografía se interesa en el hombre privado, la historia ante todo en el hombre público. El individuo no accede a la historia sino a través de la acción que ejerce en el devenir colectivo, por su aportación al devenir espiritual». Pero el historiador «apunta, más allá del hombre, a la época».

En realidad, no era ésa una posición personal y original. R. Aron se hacía eco de las ideas de su tiempo: seguía una vulgata. Para convencerse de ello, basta leer un precioso librito abandonado, ignorado de los historiadores: Aspectos de la biografía de André Maurois, aparecido diez años antes, en 1928. Vayan ustedes a explicarles que no le han entrado por así decirlo arrugas: es un literato. La excepción británica no significa nada: seis conferencias pronunciadas en Cambridge. En ellas se halla toda una antología sobre este tema: historia y biografía son dos géneros que no se pueden ni confundir ni reducir, y cuyas exigencias apuntan en sentido contrario. Maurois lo expresa con una hermosa imagen: «La biografía es a la historia como el sistema de Ptolomeo, que hace girar los astros alrededor de la tierra, es al sistema de Galileo, que no considera al planeta sino en función del conjunto». Es verdad que relativiza enseguida: remplazar a un individuo por un país, es todavía Ptolomeo. Escribir historia de Francia, es «hacer girar la historia del mundo alrededor de Francia» como se hace girar la historia de un país alrededor de un personaje.

A falta de una verdadera historia universal –cuya llave se llevó Bossuet y cuyo secreto no hemos encontrado -, nos hallamos en el torno. O mejor, el verdadero corte no es Galileo (su heliocentrismo vale nuestro etnocentrismo), pero Einstein: no hay no observador absoluto, ni observador privilegiado, ni punto central, sino un sistema de relaciones, donde todo depende de todo como todos de todos. Cada perspectiva, cada ensayo tiene de por sí su legitimidad, su dignidad, su utilidad. Historia y biografía pueden rechazarse, o atraerse, o incluirse mutuamente: será según el modo como se las conciba. Su oposición puede incluso tener algo de aberrante: si la biografía tiene por dominio la vida de los hombres,

¿qué sería una historia de estos mismos hombres en la que, por hipótesis, no encontraran lugar? «El hombre aislado, esa abstracción», decía otra vez L. Febvre. Pero añadía: «El hombre medida de la historia y su razón de ser».

Tregua de discusiones ociosas. Mientras ocupan lamente, innumerables Vías ocupan el terreno. La biografía no carece ni de proveedores ni de clientela. Ella tiene en pos de sí una larga historia y se halla hoy en plena prosperidad. Y no se permite duda alguna: lo que lleva a ella es siempre el gusto por la historia; que es el que ella satisface y cultiva. Entonces quizás habría que decidirse a invertir la pregunta, a preguntarse no si, entre gente ilustrada, se le debe otorgar la etiqueta histórica, sino por qué el juicio popular –vox populi- le ha dado siempre su voz y asegurado así el éxito.

A partir de ahí, las preguntas se ordenan de otra manera. Y en primer lugar, una grave carencia. La biografía tiene una larga historia, pero no tenemos de ella ninguna historia de conjunto. Sabemos que ha cambiado mucho en el curso de los siglos, que cambia todavía bajo nuestros ojos y que es incluso hoy un género polimorfo, pero apenas sabemos cómo ha cambiado, ni por qué cambia así. En estas condiciones lo más prudente es atenerse a la situación actual: lo que pensaba Aron y lo que pensaba Maurois nos importan menos que observar las líneas de fuerza en acción en nuestro campo, donde nadie se imagina que se vuelve a Plutarco.

Después de tanta energía gastada –no sin gran provecho- al servicio de la historia cuantitativa, de la sociología estadística, de la antropología estructural o de la economía política, después de colocar el acento en las fuerzas productoras y los condicionamientos sociales, después de la proclamación de la muerte del hombre, a continuación de la de Dios, y del fin del asunto, ¿cómo no quedar impresionados por el redescubrimiento del papel de los actores sociales en el movimiento histórico? ¡Qué envejecido y simplista parece el debate elites o masas, que contiene su verdad! Racimos de masas anónimas y pequeño número de los elegidos que, de diversos grados, han sabido distinguirse unos de otros, no, sino en todo lugar donde haya hombres, en el puesto que sea, actores que se despierten, intervengan, se organicen, no siempre como les gustaría a los organizadores, ni tanto, sino a su capricho, que no mande el que quiera.

Los sociólogos han descubierto la riqueza de los «relatos de vida», mientras que los historiadores exploran las vías de la «historia oral». En todas partes se buscan testigos, se los escucha, se los graba, se los archiva. Tienen tanto que decirnos: depositarios de un saber inaccesible de otra manera y perdido cuando desaparecen. Verdaderas bibliotecas que poseen ese algo olvidado, un alma. Sociología e historia de las partículas, como en física, al lado de la biología de los grandes organismos, donde reinan sin compartirlo estructura y función.

La vida social, de nuestro entorno, brota en el mismo sentido. El vedetismo hace su agosto: forma contemporánea y civilizada de la antropofagia. La publicidad se quiere personalizada. ¿Quién hará el inventario de esta nueva categoría de documentos cuyo principio es una lista de nombres, acompañados de informaciones más o menos detalladas? ¿Y qué sociólogo se propondrá analizar los empleos, muy diversos, los abusos posibles, que la informática convierte en amenazas, la legislación que se esfuerza por evitarlos o ponerles término? La necesidad se hace incluso retroactiva: se ven multiplicarse los diccionarios históricos de nombres propios –de los grandes notables a los obreros militantes- , las prosopografías, las noticias biográficas o necrológicas. En un tiempo, en una sociedad en la que no se hable más que de la «vuelta del individualismo». Vuelta, habrá que verla, no es sin duda más que un efecto óptico, pero paso de un nuevo umbral, no se podría poner en duda: underground, todo estaba a su favor cuando los discursos que hacían autoridad iban en sentido contrario.

La historia religiosa ha sido siempre, en la biografía, un dominio privilegiado. Basta con enunciarla que si el conjunto de las Vidas se caracteriza por un denominador común –la personalidad que proporciona la materia del relato y el foco de la historia -, este total no ha constituido nunca un género literario único y bien definido, de una vez por todas. Se presta en cambio a todos los ejercicios, a todas las evoluciones, a todas las curiosidades, a todos los planes. Para mantenerse en el cristianismo ha comenzado por los Evangelios, continuado por las Actas de los mártires y las vidas de santos, sin parar de ampliar su dominio. Es sorprendente el número de personajes modestos que de esta forma han dejado rastro de su paso en esta tierra. Ni el corpus ni siquiera el índice de este inmenso material esta todavía clasificado. ¿Lo estará algún día? Se piensa a veces en la colecta genealógica a la que se entregaron los mormones a través del mundo. Se pueden sacar, ciertamente, modelos y modas, a veces duraderas, pero a uno le impresiona ante todo la extraordinaria plasticidad de este género proteiforme que se ha convenido en llamar biografía: de la historia de un alma hasta un cuadro todo de exteriores, de la edificación fácil a la erudición más positiva, de la leyenda piadosa a la crítica despiadada. Ella puede poner a contribución todos los recursos de las ciencias sociales, o los que tienen su preferencia –de la psicología a la sociología, hasta de los métodos más recientes -, o ignorarlos todos. Una misma Vida puede ser tratada indefinidamente hasta tal punto que esta sucesión resulta otro tanto reveladora de los autores que la han tratado, de su medio y de su época.

La producción biográfica llega de esta suerte a constituir, en el dominio cristiano, una masa considerable que, después de leerla, requiere una relectura de un nuevo tipo. Constituye, en efecto, en dos vertientes, un tesoro fabuloso. Nuestra piedad ha cambiado: ya no es aquella de lo que se llamaba las «edades de fe». Y ha cambiado tanto que estas edades de fe, sin distinción de siglos, nos parecen llegar a golpear hasta en las orillas del Vaticano II. Hemos perdido el contacto espontáneo con ellas, y hasta la ilusión que bastaba a menudo para dar de ellas in sentimiento engañador. El tiempo inmóvil, como los pueblos sin historia, no ha sido nunca otra cosa que una construcción tardía ante un pasado que lo anega todo en su bruma. La devotio moderna, con o sin el nombre, no ha cesado nunca de ser reinventada por cada generación: cambio y continuidad, problema bien conocido de los historiadores, como ya se ha recordado.

Ante este tesoro, han comenzado pues las preguntas, estilo bolandista: ¿qué hay de persistente en toda esta producción? Hoy, a la manera de André Vauchez en su tesis sobre La Santidad en Occidente en los últimos siglos de la Edad Media según los procesos de canonización y los documentos hagiográficos (1981), se pregunta: ¿qué nos queda vivo? Es un cambio frontal: santos y santidad, la mirada se desplaza hacia sus biógrafos y devotos. Cuando un escritor me habla de su héroe o de su heroína, me instruye siempre sobre dos personajes al menos: el autor y el que le ocupa. Yo probé en un caso que tuvo resonancia: Mons. Bougaud y el abate Bremond ante santa Chantal. Hagiográficas o no, con todas estas Vidas, es la vida cristiana la que se escribe en el correr de los días. A nosotros toca saber descifrarla, con todos los medios de que disponen nuestras ciencias y las luces que cada uno saca de su experiencia.

Si tenemos en cuenta la edición, la biografía religiosa goza de buena salud: como las canonizaciones cuyo fin se había anunciado prematuramente después del Vaticano II. Pero dista mucho delimitarse a los santos reconocidos y al mundo eclesiástico. Se necesitaría un estudio estadístico para permitirnos distinguir mejor a dónde van sus intereses, cuál es su importancia y por qué, bajo formas recientes, este interés sostenido. También nos gustaría conocer mejor este rejuvenecimiento. Es verdad que no concebimos ni escribimos ya como se podía hacerlo el siglo pasado: los autores serían incapaces de hacerlo y el público no lo soportaría ya. ¿Nos hemos vuelto más exigentes en materia de crítica histórica, más reservados ante lo maravilloso y lo extraordinario, menos preocupados por edificar, más sobrios en nuestras admiraciones y nuestra expresión? Todo ello requeriría ser examinado de cerca: que hemos cambiado es cierto, quizás menos o en otro sentido del que nos sentiríamos inclinados espontáneamente a creer.

En medio de todo esto, lo que goza de buena salud también y ha cambiado notablemente, es la biografía religiosa de tipo universitario. Pero biografía, ¿es en todos los casos el término apropiado? El personaje colocado en el centro del estudio ¿no es una manera de entrar en los problemas y los movimientos de una sociedad? Lo seguimos en ella y a veces le falseamos la compañía para destacarle mejor. Se ve que las ciencias sociales y preocupaciones nuevas han pasado por allí y dejan su impronta. Limitándose al catolicismo francés y al periodo contemporáneo, la producción, estos últimos treinta años, impresiona por su calidad, su variedad, su continuidad y, a fin de cuentas, su volumen: el d’Astros del P. Droulers (1954), el Lamennais de Jean-René Derré y el Dupanloup de Christiane Marcilhacy (1962), el Lavigerie de Xavier de Montclos (1965), el Lamennais de Louis Le Guillou (1966), el abate Lemire de Jean-Marie Mayeur (1968), le Michon de Claude Savart (1971), la trilogía de Claude Bressolette sobre Mons Maret (1977-1984), el Bremond de Émile Goichot (1982), y, en último lugar, Alberti de Mun de Philippe Levillain (1983). Para no citar más que los destacados, que muchos más deberían alargar la lista… Cada uno va a su modo y, si tienen un punto en común es que no se acomodan a ningún modelo canónico de la biografía, que pasan de él, que no se lo proponen.

¿Tendría yo algún título a figurar en ella? Algunos de mis lectores lo creen. Soy de otro parecer y, por eso, se encuentra bien planteado el problema de la naturaleza de la biografía desde ahora incierta, demasiado alejada de su paradigma clásico, de la biografía en sus formas nuevas. Indudablemente que ahí está una de las poderosas razones de su éxito: todas las posibilidades que permite poner por obra con la mayor libertad, sin sacrificar ninguna exigencia de método.

Pero todavía hay más. Por mi parte, nunca he ideado un libro sin hacerle girar en torno a uno o varios personajes. Como Dios en el film de Jean Delannoy y Henri Queffélec, la Historia tiene necesidad de los hombres. Pero, a diferencia de Dios, sin los hombres, no existiría. En este punto, observamos cómo ha cambiado de sentido el debate de entre guerras sobre la historia y la biografía. Maurois y Aron son los testigos de una tradición que opone el relato difuso de destinos singulares al gran fresco de la aventura humana. La apuesta, para nosotros, es muy otra: una historia sin alma, sin tema, sin actores, en la que todo no sería otra cosa que fuerzas productoras, movimientos anónimos, tropismos ciegos, evoluciones cifradas y cuadros estadísticos.

A esto se debe que estas fuerzas, estos movimientos, estos tropismos existan poderosamente, que nuestras biografías no puedan ser ya lo que eran. Sobre todo cuando quieren ser «religiosas». Antes se contentaban con mostrarnos al héroe en acción en un terreno en el que se enfrentaban las fuerzas del bien y del mal, en el que los dos protagonistas eran el Diablo y el buen Dios. Se trata de otras fuerzas, inextricablemente confundidas, que, hoy, solicitan nuestra atención: fuerzas humanas, siempre, por definición, pero que, a capricho, se pueden resolver en abstracciones o manifestar su rostro. La empresa no es cosa fácil.

Al concluir estas reflexiones, me asalta una duda. ¿Es esto lo que Régis Ladous esperaba de mí como introducción a su trabajo, como si necesitara de justificación? De haber escuchado mi primer movimiento, habría hablado menos de método y más del Señor Portal. Tres lazaristas contemporáneos han dejado una estela que todavía no se ha cerrado: el Señor Pouget (habrá que decir gracias al Jean Guitton), el Padre Lebbe por su actividad misionera en China, y el Señor Portal cuyo recorrido tiene apariencia muy sinuosa. Aparte de pertenecer a una misma sociedad, presentan dos rasgos que les son comunes: los tres fueron contrariados en sus proyectos, contradecidos por sus prójimos, sospechosos en sus intenciones y la pureza de su fe; los tres se mostrarán obedientes hasta al final, cada uno con su temperamento, a su modo, sin renunciar a sus ideas. ¡Cuánto desearíamos saber más sobre esta misteriosa alquimia interior de la que tantos ejemplos tenemos y cuyo secreto es siempre personal!

Se nos remite a sí a una Iglesia en la que los más jóvenes y aun los menos jóvenes no tienen ideas: una Iglesia cuya firmeza de pensamiento, de creencia y de gobierno no estaba dispuesta a transigir, y que prefería cerrar las discusiones con autoridad. Entre Pío XII (muerto en 1958) y Juan XXIII, algo ha comenzado a cambiar cuyas implicaciones no han sido visibles inmediatamente y que se encuentran todavía lejos de producir todos sus efectos. Un movimiento de superficie se conjuga con un movimiento de profundidad en una relación opaca difícil de dominar pero imposible de disociar. En la superficie, hemos visto desaparecer bruscamente, al menos en nuestros países, el edificio mental construido por el concilio de Trento y la Contra-Reforma: lo que queda de ella –y que es tal vez lo esencial- está pidiendo nuevas formas de expresión. En profundidad, es el todo el movimiento de la sociedad moderna que la arrastra lejos de sus orígenes cristianos y mina los fundamentos de la fe, de la moral, de la cultura cristiana: aparecen nuevas referencias, nuevas motivaciones, un hombre nuevo hijo de sus obras y que no responde de ellas más que ante sí mismo.

¿Qué quiere ello decir sino que esta modificación se inscribe en el seno de una configuración sin cambios y que no se comprende si no es referida a su permanencia? Por considerables que sean, todos estos movimientos de terreno afectan a la corteza de nuestra sociedad sin tocarle el manto, menos todavía el núcleo. Seguimos todavía en la modernidad occidental, ese amplio fenómeno situado bajo el signo de la razón ilustrada, conquistadora y universal, madre de la Ciencia y del Progreso. Una modernidad salida del cristianismo en el doble sentido que salió de él y que de él se ha emancipado, pero de la que no todo lo que sale de ella se emancipa, las inquietudes, las críticas y las revueltas que engendra en su seno. A la Iglesia romana, no le ha dejado de parecer inaceptable esta modernidad, ni siquiera cuando comenzó a parecerle inevitable: la distancia entre Pío IX y Juan Pablo II es el tiempo que va de la profecía de condena –el famoso Syllabus- hasta la lección de historia, puntuado por la palabra restauración y su insistente recurrencia.

Que se me perdone a mí mi propia insistencia. Toda una hagiografía contemporánea nos ha embaucado al presentarnos la historia del catolicismo cuando se van a cumplir pronto dos siglos como el duro combate de una pequeña vanguardia –consciente de su tiempo e incomprendida de su Iglesia a la que quería abrir a la comprensión de necesidades nuevas, de valores nuevos -, superando sus pruebas, acrecentando su audiencia y llegando por fin a reconocerse en el Vaticano II. Es una perspectiva legítima, pero angosta, otro tanto como la perspectiva inversa, fascinada por este doble asalto, exterior e interior –este complot -, contra la verdad cristiana.

La Iglesia no se reduce a la oposición de dos órganos, el motor y el freno, o de dos partidos, el movimiento y la reacción. Hay que aprender a abarcar en una mirada panorámica estas visiones demasiado particulares. A riesgo de modificar nuestros hábitos y nuestros marcos de pensamiento, hay que aprender a percibir en su unidad el problema cardinal que polariza entonces a la Iglesia romana a todos los niveles, ya que no en todos los lugares: la necesidad en que se halla de responder al desafío de esta modernidad laica, la diversidad de las respuestas suscitadas en su seno por esta situación, las perturbaciones creadas por estas divergencias, la crisis de la conciencia cristiana que resulta –convertida en crisis múltiples, grandes o pequeñas- , la difícil invención de una modernidad propia de la Iglesia

al contacto de una modernidad decididamente hostil , en la que no puede reconocerse y que no puede dominar.

Esto es lo que nos actualiza al señor Portal. . Y una actualidad original. En su existencia, tuvo un sentido agudo de estos problemas –ese gran proceso de la modernidad- , por los que no dudará en encauzar su vida. En ningún momento se leve tentado de pasar la frontera modernista: comprende a Loisy, no le sigue, y ello no por prudencia de política ni por desdoblamiento de personalidad como se ven por ahí. Es un intelectual –un profesor, firme en su enseñanza- , pero un hombre de alta cultura más que especialización profesional. Ante todo, es un hombre de relación, que no se encierra en ningún medio, en ninguna preocupación de medio: un verdadero pasamuros, como no se conoce otro igual. Un hombre-red, una vida-red, de lo que este libro es el testimonio admirable. No se viajaba entonces como hoy: a su modo, con sus medios, quiso hacerse un mundo a la medida de nuestro mundo y, limitado en sus desplazamientos, él enviaba por él a sus mensajeros o establecía en él un puesto de avanzadilla. Vivió su tiempo y nos da de él una percepción casi panóptica sin haber sido el ojo de nadie.

Sus intereses eran ambiciosos, su corazón grande, sus amistades extensas. Su unidad interior dominó siempre a esta aparente dispersión. Más que nada, el Señor Portal fue un hombre de fe, un testigo de la fe en una edad de incertidumbre, tan a gusto con la vieja nobleza –Lord Halifax- como en un barrio popular –Javel- , sin exclusiva como sin facilidad. Nada de un cualquiera.

Émile Poulat

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