El Padre Mariano Maller. Capítulo 7

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Autor: Desconocido .
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Capítulo VII: Periplo iberoamericano

Cerca de treinta años hacía que habían ido surgiendo casas y provincias de misioneros e Hijas de la Caridad en la mayor parte de las nuevas nacionalidades surgidas del desmembramiento del imperio hispano portugués. Era menester que el Superior General supiera cómo andaban sus Hijos e Hijas por aquellas latitudes y, confiando en la piedad, suficiencia y experiencias del P. Maller, el P. Fiat le nombró “Comisario extraordinario” para visitar las Casas Centrales de las Provincias de las dos Familias de Centroamérica, República mejicana, Brasil, Argentina, Chile, más la Casa Central de las Hijas de la Caridad de la Provincia de Lima o del Perú y, si le fuera posible, las del Ecuador.

En el curso del inmenso viaje el P. Maller iba recibiendo cartas del P. Fíat para que alargara su visita a otras casas de aquellas Provincias. El viaje duró más de un año, y por todas partes fue sembrando el bien y resucitando el espíritu donde estaba decaído.

De paso el P. Maller aprovechó el viaje para arreglar los asuntos de la dos Casas de La Habana -el Seminario y la iglesia de la Merced- y echar los cimientos de la fundación de Santiago. Y allá llegó, en efecto, el mes de noviembre de 1884.

El periplo, por tanto, empieza por Cuba.

El 17 de noviembre el P. Maller desembarcaba en La Habana. El 19 ya anda tomando posiciones. Entre los PP. Madrid, Güel y Alonso, el segundo se llevaba sus preferencias para la nueva fundación de Santiago de Cuba, pedida por el Obispo de aquella metrópolis de Oriente. Las dos casas de La Habana andaban un poco a la greña, pues entre los miembros de ambas habían mediado agrias disputas. Afortunadamente “había llevado con él al P. Santonja, venido de Filipinas. Quizá su experiencia y suavidad pudieran poner paz en aquellos pequeños lagos, un tanto alborotados, que eran las dos Comunidades.

El Obispo se presentaba misterioso, como una esfinge. Nadie sabía lo que pensaba. Se negaba a ordenar a los diáconos paúles llegados hacía ya varios meses, y lo mismo ocurría con los alumnos del propio Seminario conciliar, regido por los Paúles.

Sobre la situación de la isla escribía el 12 de noviembre: “El nuevo tratado de Comercio con Estados Unidos parece que va a reanimar algo las cosas; pero está todo tan mal que me temo que no haya remedio que cure la enfermedad de raíz. Veré dentro de unos días lo que oigo. ¿Pero quién se fía? Cada uno habla de la feria como le va en ella.” Cinco días después la impresión seguía siendo pesimista: “El estado de cosas de esta Isla -escribía al 24- es de lo peor que me puedo imaginar. A empleados y tropa se deben tres, seis y ocho meses de paga. Los hospitales, hospicios etc., no andan mejor y no se ve remedio”. Sobre el clima anotaba: “En todo este tiempo el termómetro, en nuestro aposento, no ha bajado de 25 grados ni subido de 27. ¡Qué temperatura tan agradable! Y ustedes ya se habrán soplado los dedos más de cuatro veces.” Sobre las relaciones con el Obispo había brillado un rayo de luz. “El domingo -anota- fuimos convidados a comer con el Obispo los Sres. Santonja, Rojas, Güel y un servidor de usted. El Prelado estuvo muy fino y amable.” El día 28 la impresión de unión entre las dos Comunidades habaneras -Seminario e iglesia de la Merced- se consolidaba: “El señor Santonja, Dios mediante, hará aquí un buen papel, y desde aquí influirá en Filipinas, a pesar de la jugada o atropello que con él cometieron. Aquí habrá además unión y cordialidad entre las dos Casas, cosa que cada día parecía más difícil. Con el señor Rojas se entenderá perfectamente, y si sale el señor Madrid y, cuando se pueda, el señor Rodriguez, quedará esto como una balsa de aceite”.

A pesar de la amabilidad con que había obsequiado a sus convidados, el Obispo, Santander se había vuelto a encerrar en su torre de marfil. El Prelado, siempre el mismo -escribía el día 28- no se le puede penetrar. En abril va a esa -Madrid-. Ojalá se quede ahí. Tampoco con el Arzobispo corren buenos vientos. Dios nos libre de esos Prelados políticos. El de Santiago de Cuba no lo es. Lo que más le encantaba era el clima. “El tiempo sigue delicioso para mí. El termómetro no pasa de 27 ni baja de 25. La brisa es continua. Ayer faltó, y apuntó el viento del Sur o del Mediodía; fue una tarde muy pesada, pero no más que ciertas tardes y ciertas noches de Chamberí.. Los recién llegados Castillas vagos” -como dice el señor Santonja, todos seguimos bien, gracias a Dios. ¡Salude a toda esa amada Comunidad y a los de la Casita y a los de la Casa grande -Padres y Hermanas del Noviciado-. Aprovéchese bien del frío, que tanto le gusta, y no deje de encomendar a Dios a este que no se olvida de su 67 cumpleaños”. Y luego pone dos postdatas que completan el panorama:  “Las cosas de aquí, mal, muy mal, y cada día más a peor. Muchas cosas al señor Salvaire y compañeros”.

Como se ve, los PP. Maller y Valdivieso, su corresponsal, con respecto al frío, eran dos polos opuestos. Terminada la visita en La Habana, se embarcó en el “Villaverde” para Santiago de Cuba, con el fin de concertar allí una fundación de Misiones. El viaje “fue feliz”, pues el Villaverde” “era más agradable y menos bailarín”, que el “Satrústegui”, que los había llevado de España. Desembarcaron para celebrar en Nuevitas y Gíbaro, cosa que no podían hacer en el barco, por habérseles olvidado el misal.

De los compañeros de viaje anota: “El capitán, bueno; el sobrecargo, para nosotros, aún mejor. Los pasajeros, buenos y agradables. No faltaron un par de Fernández para disputar; pero quedamos bien. También el señor Campos tuvo sus disputas con los masones, etc… En Gíbaro hubieron de detenerse veinticuatro horas para reparar la cadena del ancla y varios cabos al entrar en el puerto.

Ya en Santiago, el Arzobispo le hizo entrega de la iglesia y convento de San Francisco, en donde instaló un primer embrión de Comunidad, que componían los PP. Güell y Campo, pasando luego la visita canónica a las Hermanas, que gobernaban el Hospital militar .El día 6 escribía al P. Santonja estas líneas, reveladoras de las dificultades del viaje.

“Hasta el día 15 no podré salir de aquí, porque no hay vapor. Ni sé si llegaré a Puerto Rico ¡para Navidad!, porque tampoco para Mayagüez habrá, me temo. En fin, aquí se sale cuando se puede, y de Puerto Rico a La Habana “¡Deu lo sap”!. Y ¿qué hacer? Razón tenía el señor Obispo. En fin, será cuando se pueda”. “El señor Arzobispo –resumía-, contentísimo. Las Hermanas, ídem. Aunque no deja de haber alguna dificultadilla, espero que la fundación quedará bien y sólidamente hecha. Por ahora he sentido aún menos calor que en La Habana”. (Al P. Santonja en La Habana, 6, XII, 84.)

Visita a México.

De Cuba saltó a Méjico. En esta época la Casa central estaba en la calle de -San Lorenzo, número 19, y tenía más apariencias de casa seglar que de casa religiosa. Con una casa de campo a las afueras, que en caso de persecución los acogiera de momento. Por entonces gozaban de libertad relativa; pero no estaban totalmente ajenos a cualquier explosión revolucionaria de cariz anticlerical, tan frecuente en aquel país. Regia los destinos de la Provincia el P. Mariscal, “buen espíritu, trabajador,” celoso restablecedor y mantenedor de la observancia regular, que encontró bastante decaída, al llegar a la Superioridad”. A algunos les pareció que en esta tarea iba demasiado aprisa. Empezó por prohibir las visitas activas y pasivas, que según todos confesaban, “habían convertido la casa en un hotel. Parece que su predecesor no solo las había permitido, sino también fomentado con su ejemplo.

Era, pues, algo “incontestable e incontestado” que la Casa estaba muy necesitada de reforma; más el Visitador hubiera tenido éxito si hubiera procedido “con más suavidad”. “Su rigidez y su tono, a veces, demasiado duro, le alejaron muy pronto los ánimos de los de la casa y hasta de los de la Provincia”. Le acusaban de que se mostraba por demás interesado por las cosas de este mundo; este extremo no lo vio claro el P. Maller; lo que sí vio claro es que el Padre Mariscal se vio obligado a moderar las prodigalidades de su predecesor, que se reveló poco capaz en la .administración y estuvo a punto de hundir a la Casa y a la Provincia, invocando siempre el comodín de la “divina Providencia”. “Creo, pues, escribe el Padre Maller, que el P. Mariscal, bajo este aspecto, mereció bien de la Provincia y de la Congregación. Sin embargo, no había sabido ganarse la confianza de sus súbditos, los cuales se quejaban de que no les daba ejemplo de piedad, ni de puntualidad a los actos de Comunidad, de los que se eximía con facilidad, ni de pobreza”.

Había arreglado su habitación de tal suerte que el P. Maller la encontraba demasiado elegante y en irritante contraste con las de sus cohermanos. También echaban en él de menos la prudencia y se quejaban de que teniendo cuatro consejeros mantenía en casas lejanas a los PP. Serrato y Amézqueta, que tenían talento, libertad y decisión para decir claramente su parecer, y, en cambio, tenía en la Central a los PP. Frías y Huet, más tímidos, de menos talento y menos decididos. Además, le encontraban demasiado tenaz en sus juicios, casi imposible de hacerle cambiar y muy hábil en hacer valer sus razones. Tampoco era lo suficientemente atento para escuchar las razones de los que no pensaban como él y no pocas les decía: “Sí, sí; ya sé; comprendo lo que usted dice, pero eso no es una razón. Era demasiado inclinado a obrar por cuenta propia y no le era infrecuente escamotear a los consejeros cosas aún dc las más graves e importantes, enterándose ellos después de realizadas. El se excusó al P. Maller diciendo que el alejamiento de dos consejeros..no había sido intencionado; que el P. Amézqueta estaba en Guanajuato desde hacía, diez o doce años, y que por lo demás él pensaba traerlo al Colegio de Mascareñas.

En cuanto al Padre Serrato, había sido menester enviarlo a Puebla para poder sacar de allí al P. Valgañón y llevarlo a la Central para hacerle su asistente y acaso su consejero, en vez del P. Amézqueta. “Yo le dije anota, el P. Maller- que si tal era su intención, su plan no era acertado, pues entonces tendría tres consultores españoles y un solo mejicano, lo que no dejaría de. notarse y ser mal visto”.

En cuanto al Consejo, el P. Maller le aconsejé que no se limitara, como era su costumbre, a exponer las razones que favorecían su punto de vista, antes bien debería, exponer el pro y el contra, reforzando las razones de uno y otro lado y dejar luego en libertad a sus consultores para manifestar sus opiniones, sin mostrarles desdén ni interrumpir a sus interlocutores, cediendo a veces, para demostrar que no lleva al Consejo su partido tomado. El P. Maller se pudo convencer de que el Visitador no gozaba de la simpatía de la Provincia, y aun aquellos que lo habían pedido al P. General le manifestaban su arrepentimiento de haberlo hecho.

“El -escribe el P. Maller- hace todo lo que humanamente puede para salir adelante con su empresa y cargo;.pero me da la impresión de que obra demasiado humanamente y que se inquieta demasiado de lo que puedan pensar o decir de él. También tiene el hábito de usar con demasiada frecuencia el pronombre “yo”, diciendo: “Yo he hecho esto, yo he hecho lo otro, etc.”. Yo le he aconsejado que sería mejor que dijera: “Nosotros hemos hecho esto o lo otro”. Y .así otros consejos por el estilo. Y agrega, concluyendo el P. Maller: “Yo no sé si logrará reconquistar la confianza de sus inferiores tanto como fuera de desear; y sería muy de lamentar que no lo lograra, porque, por otro lado, posee buenas cualidades. Es inteligente, trabajador, celoso, entendido en el manejo de los negocios, y hasta bien visto por los externos y estimado de los Obispos, etcétera. Cierto que con respecto a esto último, a mi parecer, se hace un poco de ilusión, tomando como de ley lo que no es más que un cumplimiento, pues todavía no está del todo muerto a sí mismo”.[note]Estas y las siguientes notas están tomadas de una libreta suya en francés, que entre paréntesis citamos con las siglas L. M. f. (libreta manuscrita en francés).[/note]

Algunas fichas del personal

El P. FRÍAS es un misionero de carácter manso y pacífico, algo tímido, de no mucho talento y de menos salud; no se levanta a las cuatro ni asiste al rezo del rosario en común; fuma y parece, y él lo dice ,que no puede dejar de hacerlo, porque se acostumbró de niño. Es Consultor y Ecónomo de la Provincia y de la Casa, cargos que cumple a satisfacción, si no es que a veces es un tanto cicatero y mezquino”, que es la única queja que de él escuchó el Padre Maller. (L. m. f., 112-113.)

Torres Crescencio, hermano del antiguo Visitador y actual Obispo de Tabasco; buen espíritu, buenos sentimientos, piadoso, de talento y capacidad más que ordinarios, de salud delicada, inconstante, susceptible, sombrío, cuitado, melancólico, amante de las Misiones, dado a las relaciones con las gentes del mundo, pero siempre con la intención de hacerles bien, y por lo mismo, ocupado con muchas visitas activas y pasivas, abundando más éstas que aquellas”.

Algunas de estas cualidades tenían que chocar con las del Padre Mariscal y de aquí las antipatías que entre ambos habían surgido. La vocación del P. Torres se tambaleaba. Después de algunas explicaciones hubo reconciliación y la vocación se reafirmó; mas luego de nuevo surgieron los choques y otra vez la pelota en el tejado”. Así estaban las cosas cuando llegó el P. Maller, que logró pacificarlos y restablecer la cordialidad, pero poniendo el dedo en la llaga: “Yo le dije con toda claridad y sin rodeos -escribe en sus notas- que sus inquietudes y tentaciones procedían principalmente de su amor propio; que el remedio era entregarse a Dios con una entera pureza de corazón y que a él no le bastaba limitarse a una virtud ordinaria, sino que él estaba obligado a aspirar a la perfección y, sobre todo, a dar muerte a su amor propio. Pareciéndome que estaba poco enterado de las cosas espirituales, le aconsejé que leyera las vidas de los santos o libros en que se encontraran la teoría y práctica de la perfección. La esperanza que sobre él tengo muy grande, si Dios le otorga la gracia de darse a Él por entero”.

El Señor SERRATO es un anciano octogenario, mas con un corazón lo suficientemente “verde” para poder trabajar como un hombre de sesenta años. Todos le estiman y veneran. Hace dos meses que está en Puebla. He aconsejado, al señor Mariscal, poniendo en ello fuerza y calor  que le llame a Méjico cuanto antes le fuere posible, y que le mantenga junto a sí, ya que él será su mejor apoyo. Es el primer consejero.

El Señor Amezuqeta es mejicano de nacimiento y goza de excelente reputación, no solo entre los nuestros, sino entre el clero y las personas seglares. Es Superior de Guanajuato y más de una vez ha rechazado la dignidad episcopal, se le ha dejado en Guanajuato durante diez o doce años, casi siempre solo, de suerte que es de temer que se le hayan pegado hábitos poco conformes con la vida común. Desde hace algún tiempo el señor Mariscal ha querido llamarle a Méjico y ponerle al frente del Colegio Mascareñas; mas ello no le ha sido posible, a causa de las muchas y excelentes obras cuya existencia dependían de él. Además, dentro de la nueva combinación es conveniente que permanezca allí, por lo menos el tiempo que le sea necesario para preparar el restablecimiento del Seminario interno, después de lo cual podrá ser llamado a Méjico, bien para Mascareñas, bien para San Lorenzo. Es el segundo Consejero del Visitador”.

El Señor Montaña.- Es el Superior de Monterrey. De muy buen espíritu y muy capaz. Desgraciadamente estamos abocados a perderle, porque todo el clero de Monterrey le pide para la silla episcopal de esta ciudad, actualmente vacante. Ello constituiría una gran pérdida para la Provincia, sobre todo para el Colegio de Monterrey, que si vive y prospera, es debido únicamente a él y tal vez tendrá que cerrar sus puertas si él llegare a faltar. El ha venido a Méjico y me ha hablado confidencialmente de este asunto, y yo le he aconsejado que se mantenga firme en rehusar el honor que se le ofrece. No sé lo que hará.

El Señor Mejía.- Superior de Mérida, al que sólo conozco de oídas. Al parecer, es un misionero muy bueno y capaz. También hay en Mascareñas un joven cohermano que parece bueno piadoso, amable y dotado de notable talento y amigo de las ciencias naturales. Es el principal sostén del Colegio.

En resumen, la Provincia de México no está en estado satisfactorio. Podría, es verdad, levantarse de nuevo, mas sólo a condición de renunciar a extenderse durante unos cuantos años. Es menester que se contente casi con vivir hasta que le lleguen nuevas vocaciones y se tome el tiempo suficiente para formarlas. Algunos dicen que sin el elemento europeo no podrían sostenerse, opinión muy generalizada entre los europeos que hay en el país, y no faltan nativos que dicen lo mismo, sin que esto sea privativo de nuestra Congregación. Los jesuitas y otras comunidades piensan lo mismo y obran, según dicen, conforme a este principio. Tal aserto, personalmente a mí, me parece muy difícil de aceptar; mas la seguridad con que me lo decían me ha hecho tambalear un poco en mi opinión y me temo que esté demasiado bien fundada. Sin embargo, yo me inclino al lado contrario, es decir, que la Provincia puede sostenerse y florecer por sí misma.

En las circunstancias actuales, y a pesar de lo dicho, yo soy de parecer que el señor Mariscal es el sacerdote que, mejor que ningún otro de la Provincia, puede gobernarla. Yo le he dado con toda franqueza los avisos que me parecieron convenientes. Antes que nada, le he recomendado: Primero, el buen ejemplo; segundo, rodearse de buen personal; tercero, no fiarse demasiado de sus luces y ceder algo más fácilmente ante el parecer de los consultores, avisos que ha recibido muy bien y que espero aprovechará. Y ya me parece que ha empezado a llevarlos a la práctica, renunciando de momento a la Misión, de Yucatán, que muy pocos días antes tan metida en el pecho tenía”.

La Casa Central estaba en bastante buen estado; los abusos, que señalaba en las ordenanzas, no eran generales, sino de dos o tres personas, sobre todo lo referente a la pobreza. “Me he creído, sin embargo, en el deber de señalarlo, porque no estando presente el culpable, yo no podía advertírselo personalmente en particular. No las traduciré al francés, porque usted entiende bastante bien el español.

Además de estas ordenanzas he dado otros avisos particulares y por separado, primero, a los Hermanos coadjutores; segundo, a los señores sacerdotes, y tercero, a la Comunidad en general. Asimismo dejé a cada uno y por escrito la recomendación de las tres cosas que parecieron serles más necesarias.

La Provincia de Méjico se me ha hecho más querida que antes. Alguien me sugirió la idea de un arreglo, encaminado a que España pudiera proveer a Méjico de personal, como lo hace con las islas Filipinas. El proyecto no es nuevo. Ya el señor Etienne me lo había expresado más de veinte años ha, y ello no sólo con respecto a Méjico, sino a toda América española; mas por ahora el proyecto se quedó en simple idea”. (L. m. f., 115) Mas adelante veremos cómo seis años más tarde, fue preciso llevarlo a la realidad.

Estado de la Provincia.

“No me es posible dejar de tratar del estado de la Provincia. No es muy floreciente. Decayó algo en tiempo del señor Sanz, a lo que yo pienso, a causa de que este señor se ocupó demasiado de las Hijas dé la Caridad y no lo suficiente de los misioneros. Mas yo tengo para mí, que el mayor mal viene de que el señor Torres, con todo su celo, toda su actividad, y su abnegación y entrega, no se las arregló bien. Todo su empeño era extenderse y, en efecto, se extendió más allá de sus fuerzas emprendiendo más de lo que permitía el personal con que contaba, viéndose obligado a echar mano de los jóvenes antes de que pudieran estar suficientemente formados en la ciencia y en la virtud. De aquí los grandes chascos y contratiempos, murmuraciones, malentendidos, la inobservancia de las Reglas, los partidos y el debilitarse las vocaciones. Sea por temperamento, naturalmente dulce y suave, de la raza india, a la que pertenecía, sea acaso por necesidad que de su gente tenía, con el fin de tener a todos contentos toleraba no pocos abusos.  La cuestión de nacionalidad o de raza anda por medio y complica el malestar, por lo demás no era nueva; pero se reavivó en su tiempo, se rodeó de una pequeña “camarilla” de misioneros jóvenes sin espíritu, que cada vez más iban de atrevimiento en atrevimiento. La gestión de los negocios temporales llevada por el señor Torres fue desafortunada. Con su gran confianza en la Providencia puso a la Provincia a pique de una segunda catástrofe, y así estaban las cosas cuando fue nombrado obispo de Tabasco.

Durante la administración del señor Torres, el señor Mariscal jugó un papel importante; era Consultor .y cobró no poco ascendiente sobre el Visitador, lo que le puso en condiciones de impedir, que las cosas fueran por peores caminos de los que fueron. Y aún en los últimos tiempos se permitió hacer reflexiones algo fuertes, llegando a convertirse en amonestaciones, con lo que disminuyó un tanto la mutua confianza; a pesar de lo cual Monseñor vio con agrado, lo qua yo creo, la sucesión del señor Mariscal en su cargo. La misma buena acogida recibió de parte de los demás, misioneros en general si se exceptúan los de la camarilla, que le recibieron con temor. El señor Mariscal, según ahora todos confiesan, emprendió la dura tarea de reformar la Provincia, en cuya empresa tenía a su favor todo lo mejor de los misioneros. Sin embargo, la tarea se presentó por demás difícil. Los más ligeros, disipados y mimados por su predecesor, fueron, uno por uno, abandonando la Congregación. Toda reforma cuesta siempre mucho, y hasta los mismos que la aprobaban criticaban la manera y encontraban que decir, según arriba queda indicado”. (L. m. t., 115).

Obsérvese la figura del análisis de los personajes, su cautela en reformar los juicios, los remedios que indica y las observaciones acerca de las situaciones históricas y sicológicas ambientales del momento. Téngase en cuenta que son notas tomadas a vuela pluma, que exigían ulteriores desarrollos ante su superior jerárquico. Terminada la visita de Méjico se encaminó a Colombia a través de la América Central.

Por las regiones costeras del Pacífico.

E1 20 de mayo de 1885 el P. Maller hacía por escrito un croquis de su recorrido por la parte occidental del hemisferio sur: “Hoy mismo, Dios mediante, me embarco para Buenaventura y Popayán. Dos meses menos tres días he estado aquí en Panamá por causa de la revolución. De Popayán a Quito, y luego a Lima y a Santiago de Chile. Cuánto tiempo me llevara, no lo puedo decir. Procuraré que sea lo menos posible.”

El P. Maller era un hombre cultísimo. En una de las tres carpetas que en el Archivo Matritense, C. M., están dedicadas a recoger su documentación, se encuentran dos documentos curiosísimos, escritos de puño y letra del gran naturalista sueco Carlos Lineo, y dirigidos al príncipe de los naturalistas españoles, José Celestino Mutis, médico y sacerdote español, establecido en Colombia a mediados  del siglo XVIII, donde creó una escuela para estudiar la fauna y la flora del inmenso subcontinente hispanoamericano. Son  dos cartas escritas en latín suelto y elegante, en que el sueco llama al español: “Viro amicíssimo, suavíssimo, candidissimoque”; y como botánico, le califica de clarissimo, experientissimoque, en una de ellas, y, en otra; de “solidissimo et acutissimo”. Pero  el hacer de ellas y del catálogo adjunto de plantas y flores un estudio monográfico más pertenece a una revista científica que a este lugar. El español envió al sueco una colección de las plantas y animales para que los clasificara. No siempre lo logra Lineo, que confiesa: “Non apte novi speciem absque fructu dignosco”, etc. Aquí quede constancia del hecho como un rasgo del interés del P. Maller por los estudios científicos, el cual, a su paso por Colombia, acaso en Buenaventura o acaso en Calí, donde se detuvo para hacer las visitas canónicas a los misioneros y Hermanas, tropezaría con estos documentos y se los darían como algo precioso en agradecimiento por los sacrificios hechos por ellos, o tal vez los pediría con intención de ir enriqueciendo el gabinete de Ciencias Naturales que, acaso ya entonces empezaba a perfilarse y que tantas riquezas tenía amontonadas, cuando llegó a su apogeo. Damos aquí la versión, sacada de su libreta de notas, de la parte más interesante de su visita al Reino de Nueva Granada o Colombia.

Casa Central de la Provincia de Nueva Granada

No habiendo podido llegar a Popayán, no pude hacer la visita, y por ello me apresuró a decir que lo que aquí escribo lo he sabido principalmente de boca del señor Foing, su Superior y Visitador de la Provincia de Nueva Granada. Desde luego hay que notar qua este nombre de Nueva Granada no pasa de ser un nombre histórico. En otro tiempo Venezuela y Ecuador en unión con Colombia, formaban el virreinato de Nueva Granada; mas al separarse aquellos dos países y constituirse en repúblicas independientes lo que queda del antiguo virreinato se llama simplemente Colombia.

Popayán es la capital del Estado de Cauca y por el momento la Casa Central de la provincia está bien allí; mas llegará un día en que tendrá por más ventajosa tenerla en Bogotá, capital de los Estados Unidos de Colombia; pero este día, lejos de verle cercano, de momento, lo veo bastante lejos, por no tener allí nosotros obras ni nosotros, ni las Hijas de la Caridad. El nuevo Arzobispo no es fácil que piense en nosotros, pues es cosa lógica que se sirva de los PP. Jesuitas, sus cohermanos. Y por lo que hace a nuestras Hermanas, tampoco hay apariencias de que las necesite, pues ya tiene otras religiosas, llamadas también Hermanas de la Caridad, y el pueblo las tiene por verdaderas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, error que, materialmente, no deja de ser harto perjudicial a la extensión de nuestras Hermanas. Sin embargo, ello no es para inquietarnos, pues se nos llama de todas partes, y la dificultad está en que ni nosotros ni nuestras Hermanas podemos responder a estas llamadas por falta de personal. No tenemos, pues, que hacer otra cosa que permanecer tranquilos hasta que la Divina Provincia dé la señal y la dará cuando llegue su tiempo.

Al parecer Dios quiere meter a la Provincia por los caminos de la prosperidad, pues no se queda corto en despertar vocaciones, hasta el punto de que la estrechez del local obligará a edificar en Popayán o en otro lugar. Parece que el Sr. Foing ha tomado el partido más prudente, que es edificar en sitio distinto de Popayán, y que ha hecho bien en poner y fijar sus ojos en Calí para este menester. Es la ciudad más importante de todo el valle de Cauca y se espera que se convertirá en su capital; Tiene una población de 25.000 habitantes, cerca del doble que Popayán. Incluso ha corrido rumor que atribuya al gobierno la intención de convertirla en capital de dicho estado. En Popayán los temblores de tierra son temibles, mientras que Cali esta en el centro del Estado y a medio camino entre Buenaventura y Popayán. Ahora bien, Buenaventura es el mejor puerto sobre todo el Pacífico y, por lo mismo, la capital del Estado de Cauca estaría mucho mejor en Cali que en Popayán. El Sr. Fomg me ha hecho saber su situación, si usted otorga su aprobación en trasladar a Calí el seminario interno y la Escuela Apostólica, actualmente en Popayán. No he podido por menos de alabar calurosamente al proyecto, y pues él, no solamente me pidió mi parecer sino también mis ideas acerca que la manera de llevarlo a cabo, me he permitido escribirle sobre el caso largo y tendido, tan pronto como me lo han permitido mís ojos, desde Guayaquil. Yo me he tomado la libertad de aconsejarle que proceda con calma y suavidad, empezando por comprar más terreno que el que acaban de adquirir, que no basta para las dos obras juntas; serla menester comprar casi el doble, y sin esto sería ello un negocio muy raquítico, en que la Escuela perjudicaría al Seminario. Por lado nada hay, al parecer, que temer en cuanto al porvenir, pues Calí tomará, a no tardar, gran auge, .y lo que hoy solo vale 20.000 pesetas, en muy pocos años valdrá 44 ó 50.000. Luego, he llevado a su espíritu la observación de que no teniendo personal suficiente, los cohermanos de las otras casas gritarán y se llamarán a rebato si vieren nuevos establecimientos, mientras ellos no tiene el contingente que les es debido. De estas dos, consideraciones principales he sacado la conclusión de .que, a mi .parecer, sería más prudente transportar, primero, únicamente una de las dos cosas. Añadía que yo mantendría el Seminario en Popayán, pues, es conveniente que el Seminario este siempre, bajo las miradas del Visitador, y que empezaría trasladando la Escuela Apostólica.

Todos los que me han hablado del Sr. Foing, me han hablado muy en su favor. Mi entrevista con él en Calí, donde vino desde Popayán, sólo para verme, me ha confirmado en la buena opinión que yo siempre habla, tenido como cohermano y como Visitador. Debo, sin embargo, decir que varios misioneros, con quienes he hablado me han dado de él algunas quejas. En Panamá. el Sr. Waysse se queja de que le tiene solo y hay que confesar que su situación no es de las más agradables; tampoco, es fácil de remediarla, tanto a causa de la escasez de sujetos como de la insalubridad de la ciudad. Algo dije de esto al Sr. Foing, el cual me respondió que proveería a ello cuando le fuera posible, es decir, ad kalendas grecas, o poco menos. En Guayaquil el Sr. Lefons me hizo un montón de pequeñas quejas: 1ª. y 2ª. que él los dejaba solos a los dos y que no podían salir a misiones o de salir, no podrían salir más de uno, porque el otro había de quedarse para atender a las Hermanas; que se aburrían de no tener otra cosa que hacer que confesar Hermanas y a sus enfermos; 4ª. Que para el Sr. Foing parece no existe más que Popayán y que quita de las casas a los individuos que le conviene, sin tener en cuenta las consecuencias; 5ª que el Seminario de Loja está abandonado y que debiendo de haber allí cuatro sacerdotes, por lo menos, nunca habían  pasado de tres y, aún de estos tres, uno inútil o enfermo, de suerte que durante mucho tiempo no habían sido más que dos efectivos;  6ª. que, consecuencia de ello. Monseñor de Loja estaba descontento, y que ello debe ser cierto lo prueba una carta que hizo el honor de escribirme” en que se queja, en términos muy moderados, de estas mismas cosas. Al parecer el Sr. Foing ha destinado allí a dos de los cohermanos recién llegados de Costa Rica; quiéralo Dios que así sea, El Sr. Maurice, al que he encontrado en Guayaquil en espera de destino, me ha repetido las mismas quejas acerca del, estado de abandono en que se tiene el Seminario de Loja.

Yo rogué a Mons. Schumacher, C. M., que deseaba verme, que me dijera su opinión sobre diversas cuestiones y sobre todo acerca de la conveniencia de la división de Provincias, erigiendo la del Ecuador, haciendo con los cohermanos lo que con mucho acierto se ha hecho con las Hermanas.

Si él me hace el honor de escribirme yo le retransmitiré sus respuestas y mis propias reflexiones á este respecto. (L; m. f. 146-156).

En el Perú.

Desde Colombia, dejando atrás al Ecuador, descendió el P. Maller hasta Lima, pasando la visita canónica, a las Casas de Padres y Hermanas. En su libreta de notas nos da interesantes noticias del P. Damprún y de la Casa Central, de las Hermanas con sus trabajos y dificultades, que no transcribiré por no hacerme demasiado largo.

Todavía no había terminado la visita de Lima, cuando recibió una carta del P. Fiat en que le ordenaba desandar hacia el norte las 80  leguas que le separaban de la ciudad de Trujillo, en donde los misioneros dirigían el Seminario mayor y menor. Allí había problemas de orden interno y de orden externo, de escasez personal, de falta de concordia, de organización, etc. que necesitaban .urgente solución; que el P. Maller estudió y propuso al P. General, tan acertadas que fueron aceptadas por el P .Fiat.

Es interesante la pintura que nos hace de los PP. Daydi, Maresca y Olivier, con sus defectos y cualidades, sus diversas reacciones y el partido que de ellos se puede sacar. No menos interesante por pintoresca, es la descripción que hace de su desembarque en el puerto de Salaverri. Y así el 31 de agosto escribe: “Ayer llegué con salud, a Dios Gracias. El embarque en Lima y la navegación nada tienen de particular; pero el desembarque sí que fue para mí desusado, y aunque ya había visto cómo se hace, no lo había probado y experimentado personalmente.

Trujillo no es un puerto de mar, pues dista de la playa, o más bien de Salaverri, que es un puerto distante 6 ó 7 leguas. Desembarqué o más bien, fui desembarcado en Salaverri, como desembarcan los bultos de mercancías. Figúrese usted un barril bastante grande, cortado por medio y serrado también en una tercera parte de sus paredes. Dentro del hueco que queda se pone una tabla a manera de confesionario en la curva dé la cuba o barril. En ese asiento caben dos y, si se quieren molestar un poco, hasta tres personas;  una cuarta persona se puede poner en el canto de lo serrado, de pie con la cara vuelta hacia los que están sentados. La cuba o cesto, o especie de silla está muy bien asegurada con tres cuerdas gruesas y fuertes, que parten de debajo y del fondo del asiento y se reúnen un poco más arriba. De esta cuerda se hacen los desembarcos cuando, enganchando todo a una cadena, es ésta tirada a vapor y por medio de una polea levantada en el aire y lanzada después hacia fuera, dejando que baje poco a poco hasta llegar a una lancha o, mejor, a un enorme lanchón capaz de contener a 50 ó 100 personas. Así nos desembarcaron a unos 30 pasajeros. Luego comenzaron a remar unos nueve remadores, gobernando la lancha un buen timonero, y en media hora nos llevaron a la orilla. Pero faltaba lo peor.

La lancha no podía llegar a tierra; las olas rompían en la arenal y daban tales Sacudidas que todo lo llevaban. Fue, pues, precisó servirse de las  espaldas de los barqueros. Lo mismo habrá de ser  cuando me vuelva a embarcar dentro de unos días. Aquí también hace frío, pues el termómetro baja a 15 grados y sube a más de 20. La verdad es que estamos en invierno; pero, aún así, es muy baja temperatura en una ciudad que está al nivel del mar y a 8 grados de altitud hacia el sur; la cordillera de los Andes está cerca y del mar viene casi continuamente una brisa fría, además de los vientos del sur, que predominan, de modo que casi se puede decir que son los únicos que reinan por estos parajes. En verano dicen que hace un calor sofocante, subiendo el termómetro a 36 y a 40 grados…” (Al P. Valdivielso, 16, X, 1886).

El personal de Trujillo: defectos y remedios.

Vengamos ahora al personal. Aquí es donde se encuentra el mayor embarazo o más bien, si hemos de hablar con propiedad, el único. Un personal apto y suficiente echaría por tierra cualquier otra dificultad. Desde luego suficiente no lo es, y, por añadidura, uno de los tres está lejos de ser apto para esta empresa.

El señor Daydi es el superior interino. Se resiente del poco, o casi nulo seminario interno que hizo. De una capacidad mediocre, de poca experiencia en las cosas de la Congregación, un tanto apresurado y atrevido en sus empresas, ocupa, pero no llena, el lugar del, señor Tanoux, que todavía es recordado con nostalgia y lamentada su pérdida. No ha podido o no ha sabido ganarse la estima completa de sus cohermanos, ni la de los alumnos, ni la de1 Vicario capitular, el cuál me ha dicho, pero de un modo confidencial, de que no le satisfacía nada, añadiendo, sin embargo, que no exigía nada y que, antes de todo, deseaba conservar a los misioneros; pero que él temía todo cambio de personal, aludiendo sobre todo al cambio de superior.

Durante los días que pasé en Trujillo, su conducta me pareció edificante, prudente en sus palabras y hasta piadoso y en todo virtuoso, y me lo hubiera creído del todo, a no haberme hecho de él el señor Olivier una pintura bastante diferente. Según él, el señor Daydi sería oficioso, vanidoso, absorbente, deseoso de que todo el bien que se hace en el Seminario parezca que procede de él. Sabía engañar a los superiores, para poder llegar a la superioridad, de la que es incapaz, por no saber mantener el orden en el Seminario, hasta el punto de que a no haber sido porqué el señor Marezca, aunque con métodos un tanto violentos, había mantenido la disciplina, el Seminario se habría hundido.

De creer al señor Olivier el señor Daydi tiene momentos de arrepentimiento; se propone y anuncia reformas, sobre todo con ocasión de los ejercicios espirituales anuales o cuando se anuncia una visita. Las reformas llegan a empezarse y durante algunos días o cuanto más unas semanas, parece qué todo anda bien; mas no tarda en volverse a las andadas y a los antiguos carriles de la inobservancia. Lamento no haber podido comprobar las aserciones del señor Olivier por medio del testimonio de otras personas serias, juiciosas y del todo desinteresadas. El señor Maresca, aunque de mucho mayor talento que el señor Olivier, no tiene ni su buen espíritu ni su sinceridad y por estos dos capítulos no me inspira una total confianza.

Si el señor Olivier tuviera más capacidad y si no tuviera ese no sé qué fácil de escandalizarse, inclinado a exagerarse y a exagerar el mal que ve, el no tuviera en sí egoísmo, junto con todo un acierto “en cuanto yo” y una no pequeña estima de su pequeña personalidad, yo admitiría sin más todo lo que me dice del señor Daydi. En cambio casi no tengo dificultad en creer lo que me dice del señor Maresca, porque sus datos están acordes con las apariencias y porque mas bien parece tener cierta simpatía con él, mientras que casi no puede disimular la antipatía que tiene al señor Daydi. Tengo que decir, sin embargo, que lo creo muy sincero, piadoso, regular, que puede ser muy útil aún en el Seminario, pero mucho más en las misiones. Tiene un deseo ardiente de ir a misiones, si bien le creo tan exagerado, que sospecho en ello un lazo de Satanás, de suerte que, de momento, es mejor dejarle donde está. El señor Daydi piensa, y yo con él, que puede hacerse útil al Seminario, en donde se encuentra, y que se debe hacerle esperar un año más. (El señor Olivier Lorenzo nació en 1854).

El señor Maresca nació en 1856 y tiene vocación en 1875. Poca piedad, poca regularidad. Durante los meses que gobernó la Casa, al partir el señor Tanoux, la piedad parecía haber, desaparecido del Seminario. Nada de lectura espiritual; y para la de la mesa utilizaba libros profanos, como de viajes, etc. en que a veces no faltaban páginas impías o libertinas. Si el señor Maresca hubiera sido puesto al frente del. Seminario, se hubiera dado al traste con él. Sin embargo su carácter fuerte rayano en la violencia, hizo se mantuviera un cierto orden material. El señor Daydi levantó un poco el tono de la piedad, restableciendo la lectura espiritual y edificante de la mesa y por medio de otras prácticas. Sin embargo, la disciplina decayó de su vigor, pues el señor Maresca se dejó llevar de la tibieza, o más bien del disgusto, y su vocación, quedó resentida y vacilante, a causa, según he podido colegir de la pena que sintió al ser sustituido por el señor Daydi en la Dirección del Colegio-Seminario, si bien ni él, ni sus compañeros, nada me han dicho de ello. Parece que este sentimiento se le ha pasado y dice que está contento con el señor Daydi. E1 Daydi por su parte, está también contento de tenerle, porque tiene talento; da muy bien las clases y hace avanzar a los seminaristas. Está encargado, sobre todo, de las ciencias naturales; a las que tiene mucha aflicción; pero confiesa que no se atreve a darle ningún aviso, porque no los recibe bien, y, durante varios días después, da muestras de un humor detestable.

Esta es mi manera de ver y pensar acerca de estos tres cohermanos; únicamente lamento no haber podido comprobar lo que he oído de ellos con mayor número de elementos o por medio de una más larga observación personal.

Y ahora unas consideraciones acerca del seminario.

Después de Dios, la diócesis de Trujillo depende de este Seminario y se encuentra .en una espantosa penuria de sacerdotes y sobre todo de buenos sacerdotes. En los dos años que tiene de existencia ha levantado las esperanzas de los buenos y encendido la rabia y el furor de los enemigos de la Religión. Abandonarlo sería una calamidad. Con uno o dos. buenos profesores que se enviaran, bastaría para sostenerlo. No hay necesidad, de cambiar a ninguno de los actuales. El .mismo señor Olivier se quedaría, tranquilo durante uno o dos años, o más aún, si ello fuere menester y aun toda la vida, si, como él me lo ha dicho, en varias ocasiones, usted les enviara por, superior a un cohermano de más edad y mas experimentado.

Acabo de releer las palabras que se refieren al señor Benech y Trujillo, y me. propongo estudiar con atención este asunto cuando, esté en Chile, mas por lo que mira a Trujillo puedo decirle desde ahora que el señor Benech no tardaría, a lo que yo creo, en levantar este seminario tan interesante y bajo todos los aspectos, de tanta importancia. A instancias del señor Vicario Capitular y con su consentimiento se ha añadido un externado al Seminario menor; al año; siguiente, sin el consentimiento del mismo o con mi consentimiento dado casi. forzado, el externado desapareció. Los 20 o 25 internos actuales, parecen aspirar casi todos a carreras profanas y si la cosa continua, en muy pocos años no habrá vocaciones con qué alimentar el Seminario menor, lo que será una vergüenza y una desgracia a la vez. Para evitarlo, el señor Vicario Capitular propone, la reapertura del externado para un cierto número de 10 a 12, por ejemplo. Se espera y, a mi parecer, no sin razón, que en esta clase tan numerosa, que no puede pagar 900 francos anuales, además de otros gastos necesarios, se encontraría quienes podrían pagar 100 ó 150 y en esta clase, relativamente pobre y humilde, es donde se encontrarían vocaciones numerosas. Por todas estas razones hemos resuelto su reapertura en e1 próximo año escolar. Asimismo usted había aprobado que se ensayara una especie de sucursal en Cajabamba. Yo soy completamente del mismo parecer y en esto yo no he oído una sola voz discordante. Ninguna cosa hay que pueda retardar su puesta en práctica, sino es la falta de personal (L. m. f.).

Chile, Buenos Aires y Brasil.

El 12 de septiembre el P. Maller estaba por tercera vez en Lima. Desde Lima se embarcó hacia el 20 a Valparaíso y desde allí a Santiago de Chile, adonde llegó el 30 de septiembre siendo recibido por el P. Benech, Visitador dé la .Provincia. Aquí estuvo enfermo y pudo contemplar las costumbres del país y el campo de operaciones de los nuestros, que se dedicaban a la obra de las misiones y a los ejercicios espirituales, recibiendo del P. Maller atinadas orientaciones. Este por su parte escribía el 10 de octubre. “Hace cerca de un año que estoy dando vueltas por estas Américas Norte y Sur, y aún tengo para unos meses. Las dificultades de viajar, aumentadas por la guerra y por una enfermedad que he sufrido, me han detenido algo más de lo que yo calculaba; gracias a Dios, ya voy acercándome al término, pues sólo me faltan, después de esta república, la de Buenos Aires y el Imperio del Brasil que visitar” (Al P. Valdivieso, 16, X, 85).

Efectivamente, el 15 de diciembre ya estaba en Buenos Aires, después de pasar por Montevideo, pasando la visita no sólo a la Casa Central, sino también la de Lujan en donde los PP. Paúles dirigen el celebre Santuario nacional al que toda la Argentina, la alta y la baja, acude a honrar a su patrona, en cuyo honor acababa de levantar el gran P. Salvaire, C: M:, una de las más bellas iglesias de Argentina, réplica de Nuestra Señora de París.

El 18 de febrero llegó a Río de Janeiro en donde vio a sus antiguos súbditos y súbditas, sobrevivientes a sus 25 años de ausencia, y cómo las obras por él fomentadas o acaso sembradas,  se habían desenvuelto y desarrollado. El júbilo fue mutuo, y los alientos y orientaciones dadas útiles y agradecidas. El 15 de abril, después de hecha la cuarentena, logró desembarcar en Lisboa, donde fue agasajado por los misioneros portugueses, capitaneados por aquellas fechas por el misionero, restaurador de la Provincia, que fue el P. Miel. Por fin el 19 tenía la satisfacción de abrazar a sus hermanos de la Casa de los Cipreses y saludar a las hermanas de la calle de Jesús, después de más de un año de ausencia, encaminando luego sus pasos a París, para rendir cuenta de su visita por aquellos países, flor y gala de la Hispanidad. Pero quedaría incompleta la descripción de este periplo sin la visión panorámica del catolicismo a través de los ojos y de los escritos del P. Maller.

La religión en América.

“Las tierras que he recorrido hasta aquí, si se exceptúa la meseta de .Méjico, en nada se parecen a España; pero el Perú al menos lo que yo he visto de él, sí que se parece a Andalucía, así como los llanos de Méjico. El termómetro está entre 15 y 20 grados. Las frutas se parecen a las del mediodía de Europa. La gente poco más o menos como todos loe americanos, algo flojos, bastante  presumidos, siempre en guerra o en revolución. El pueblo muy firme en la fe, pero nada severo en las costumbres, como en Andalucía. El clero:´Sicut populus sic sacerdos´. Se necesitan lastimosamente buenos Seminarios, y pocos son los Obispos que lo comprenden; entre los que algo comprenden no comprenden lo que tiene que ser un Seminario. Temen la influencia de los extranjeros e influidos por un singular patriotismo, ni dejan hacer, ni saben, ni pueden y algunos ni quieren hacer. Las Ordenes religiosas del país tanquam si non sint y aún peor: las de los extranjeros, buenas, edificantes y activas, pero son pocos los obreros. Si un día podemos ayudar a nuestros hermanos de por aquí, como tanto lo desean todos, ¡qué inmenso campo para nuestra Provincia de España!”. Esto escribía desde Lima a mediados de septiembre.

Desde Santiago de Chile.

El día 2 de octubre de 1885, en una carta al P. Valdivieso, nos da una .estampa de grandes contrastes sobre el estado religioso de esta nación. “Este país por otra parte tan rico, se va empobreciendo cada día más y más, gracias a los gobiernos liberales. Todo camina hacia-una bancarrota. ¡Qué tiempos estos, Señor, qué tiempos! ¿Adonde vamos si Dios no lo remedia? ¡Y pronto, pronto, que arde la casa! Aquí tenemos ahora la primavera, y este clima se parece mucho, mucho al de Andalucía por allá por Andújar. En el verano todo se seca .excepto, por supuesto, en tierras de regadío. El pueblo es bueno, hay mucha virtud y religión. Ahora se está dando una tanda de ejercicios sólo para hombre y se han reunido 800 hombres! Las mujeres. también tienen sus tandas y se  está fabricando una casa muy grande con el objeto de dar no sé cuantas tandas, o como dicen aquí “Corridas de ejercicios”, para hombres y señoras alternativamente.

Por la mañana, misa temprano; más tarde, una plática; hacía el mediodía, doctrina, y por la noche, sermón, después del cual; disciplina allí mismo en la, iglesia;  ¡Vea usted! Pero hay que el gobierno es liberal ¡y de lo mas avanzado! ¡Qué lástima! La Masonería trabaja sin cesar, empeñada en dar con la religión en tierra y está haciendo mucho mal.

¿Por ahí cómo va eso? Veo por los últimos partes telegráficos que el cólera va-en disminución. ¡Cuántos azotes sobre la pobre España. ¡Si se aprovechara y aplacara al Señor! Roguemos sin cesar y aplaquemos a. Dios para que nos haga misericordia a nosotros y a toda España.

Salude a toda la comunidad así como a la calle Jesús 1 y 3, y rueguen por este viajero que, aunque ausente de esa con el cuerpo, esta muy presente en espíritu y todos los días ruega por ustedes”

En otro párrafo de su carta del 16 completa el cuadro con estas pinceladas: “Por todas partes hay de todo: mucha, muchísima fe en el pueblo. Las costumbres no corresponden en todas partes a la mucha fe. Aquí en Chile todo está mejor que en ninguna otra parte de las que he visitado. El Clero más instruido, y morigerado y el pueblo lo mismo en proporción. La Masonería y el Liberalismo trabajan mucho” por matar la Fe y la Religión, y desgraciadamente van saliendo con la suya. Si Dios no lo remedia, seguirá el enemigo y se irá pervirtiendo el pueblo, primero en las grandes ciudades y en los puertos de mar y después en los pueblos y hasta en las montañas. La completa victoria que han alcanzado sobre el Perú los tiene engreídos y esto no contribuye nada para que conserven su antigua sencillez”. “El horizonte, sin embargo, es más halagüeño aquí porque hay Capuchinos, .Picpucianos, Jesuitas, Claretianos y Paúles, todos ellos, y sobre todo las dos últimas Congregaciones, con grandes alientos apostólicos”.

Ya casi al fin del periplo, desde Buenos Aires, escribió que: “en estos países hay, mucho qué hacer y mucho qué padecer; mucho trabajo y poca gente. Todos suspirando por más sujetos envidiándonos la, abundancia qué, según ellos gozamos. ¡Ojalá que nos sobraran 20 o 30, que todos se podrían colocar en esos vastísimos países. Pero los que aquí vengan tienen que venir resueltos a sacrificarse por amos de Dios y celo por la salvación de las almas sin otro consuelo que el del cielo, el cuál no falta para los buenos”.

En estos “documentos vivos”, va se apuntan los problemas y los remedios de entonces y de hoy del catolicismo iberoamericano.

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